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sábado, 21 de noviembre de 2015

EL PLACER Y LA MEMORIA DE LAS PIEDRAS




Todavía me acuerdo de cuando era pequeña y mis padres me llevaban a la playa. Recuerdo que, además de hacer hoyos en la arena, hacerme la muerta en el agua o saltar las olas, cogía los cantos rodados y siempre me hacía la misma pregunta: ¿cuántos niños más habrán jugado con ellos?, ¿desde cuándo están en esta playa?
Con el paso del tiempo, esa afición por las piedras “veraniegas” se convirtió en el gusto por las “preciosas”: el jade, la amatista, el rubí... (sí, me encantan los “joyones” de colores, me los pongo siempre, todos los que tengo que son pocos, y dicen, solo dicen, que los sé lucir muy bien) y, más tarde, devino necesidad con las “curativas”: ojo de tigre, pirita, cuarzo... (sí, lo reconozco, desde que Elena, una masajista increíble que me inició en esto de los chacras y demás conexiones extrasensoriales entre mente y cuerpo, naturaleza y cultura, piedras y piel, en el bolso llevo una bolsita -que cada vez se hace más grande- con unas cuantas piedrecitas que me dan energía, me cambian el malhumor por el bueno y me proporcionan buen rollito -o eso quiero creer-). Lo que no sabía yo era que este gusto por los trozos de rocas iba a acabar en una búsqueda continua de las piedras “históricas”. 
Después de varios viajes “temáticos” con un único factor común y recurrente -las ruinas-, no me queda más remedio que aceptarlo y admitirlo públicamente: siento un auténtico placer cuando piso esos adoquines sabiendo que fueron pisados miles de años atrás por gentes que dieron un vuelco a la historia, bien porque cambiaron la forma de pensar o porque, con sus palabras, con sus descubrimientos o con sus simples pero definitivas existencias, ofrecieron al mundo una nueva manera de ver la vida o de enfrentarse a ella;


experimento una emoción indescriptible cuando me coloco ante los restos de esas edificaciones en las que se alojaron mentes privilegiadas, mentes valientes, mentes adelantadas a sus tiempos; 


me estremezco hasta el punto de llorar -sí, soy una sentimental o una bobalicona, lo que quieran- cuando alzo la vista y veo ante mí columnas, estatuas, muros, arcos, tumbas, testigos mudos de las historias que configuran la Historia y me veo formando parte de ella; me satisface comprobar que todo aquello que estudié en los libros de Historia (desde aquí, un besazo a mi profesora Rosa María) realmente existe, que no forma parte de una gran invención, y que todavía sigue en pie. Me hace inmensamente feliz y, ¿qué quieren que les diga?, más sabia y más consciente vivir en primera persona todo aquello que llamamos “nuestro pasado”, sí, nuestras raíces, nuestros inicios como, sencillamente, seres humanos que somos, más allá de nuestro color de piel, nuestras creencias, nuestro lugar de nacimiento o de nuestra propia cultura. 



España. Grecia, Italia, Sicilia, Egipto, Marruecos, ese lecho mediterráneo en el que duermen nuestros antepasados, pero también China, Perú, Japón... Tradiciones milenarias que han conferido a nuestro ADN parte de lo que somos ahora (para bien y para mal, todo sea dicho).

Cuando viajo, las busco, las recorro, las intento tocar (y no puedo), las siento. Ante ellas, me postro, las contemplo, las venero, recuerdo, pienso, imagino, recreo, intuyo, aprendo y agradezco.


No imagino mi vida ni la vida de este planeta sin las cariátides de Atenas, sin la Mezquita de Córdoba, sin el Coliseo de Roma, sin el teatro de Epidauro, son las Pirámides de Egipto, sin los Budas de China, sin... (y todo lo que me queda por ver).  
Por eso, por todo este acervo cultural que proporciona este mundo, porque en él, de una manera o de otra, en mayor o menor medida, encontramos algo de nosotros, me entristece y me cabrea ver por la televisión esas escenas de destrucción y aniquilación de nuestra Historia, de nuestro propio legado, protagonizadas por energúmenos ignorantes que piensan que, así, van a acabar con ella y van a conseguir su propósito, el de imponer sus ideas, el de trazar ellos su propia historia; locos fanáticos que están convencidos de que, eliminando los vestigios, destruyendo las manifestaciones artísticas, podrán eliminar también las creencias, la esencia, el espíritu de todo un pueblo. Monumentos funerarios de Nínive, en Irak; numerosos mausoleos musulmanes que eran Patrimonio Cultural de la Humanidad de la Unesco, en Tombuctú; monumentales estatuas de Buda esculpidas en las rocas del Valle de Bamiyán; la mezquita Babri de Ayodhya y, recientemente, Palmira... 
Sí, han sido destruidos. Lo que no saben ellos es que los que amamos y valoramos la Historia seguiremos teniendo presente esas piedras. Lo que no saben ellos es que, aunque desaparezcan las piedras, siempre nos quedará su memoria.

PD. El turbante blanco, me lo regaló el guía que me acompañó en mi primer viaje por Marruecos. Desde aquella vez, allá por 1999, me acompaña allá donde voy...

sábado, 28 de diciembre de 2013

¡FELIZ BALANCE Y FELIZ 2014!


Ahora que ya está llegando el final de este año, ahora que casi todo el mundo está preparando la última noche de este 2013 (qué me voy a poner, qué voy a cocinar, con quién voy a celebrarlo, adónde voy a ir...), ahora toca hacer balance de estos últimos 365 días. No. No a todos les gusta pensar en lo que han hecho o han dejado de hacer en este año; no todo el mundo tiene el valor y los arreos necesarios para hacer frente a lo que le ha sucedido en estos últimos doce meses; y especialmente no cualquiera tiene la entereza, la fortaleza y la templanza suficientes para ponerse frente al espejo del alma y someterse a juicio por todo lo que ha hecho, ha dicho, ha pensado, lo que ha provocado en este 2013 que está a punto de expirar.
365 días dan para mucho (o para muy poco, según se mire); en 365 días se han podido hacer muchas cosas (o muy pocas, depende de lo que uno se haya planteado a final del 2012); en 365 días hemos podido cambiar el rumbo de la historia, de nuestra propia historia o, sencillamente, hemos seguido sentados en nuestras cómodas y confortables butacas, como meros y expectantes espectadores de nuestra inalienable existencia, sin tomar cartas en el asunto, en nuestro asunto (¿qué asunto no hay más propio que nuestra propia vida?). 365 días... Cuánto y qué poco.
Y aquí me tienen, mis adorados y adorables lectores, haciendo balance de este breve pero intenso tramo de mi vida. Aquí me tienen, buscando entre mis recuerdos, en mis hojas de diario, en mis correos electrónicos y en mis whatsapps (que ya constituyen parte de mis dietarios, porque cartas y postales de correo ordinario, excepto las de mis sobrinas, nada de nada. Cuánto añoro un buzón lleno de sobres e imágenes de allende los mares..., como cuando era jovencita). Aquí me tienen haciendo recuento de las lágrimas que he vertido, de las risas que he reído, de los abrazos que he dado, de los adioses que he despedido, de las gracias que he dado, de los te quiero que he pronunciado.
2013, cuánto ha dado de sí...
Empecemos por lo malo:
Varios ingresos en el hospital (mi sobrino de apenas dos meses, nada más empezar el año. Ahora ya está bien: empieza a caminar, dice papá, se mueve como una lagartija y se ríe como un “condenao”. La del hijo de mi amiga Olga, Dídac, que cada vez lo lleva mejor, o eso es lo que nos quiere hacer ver...)
Varias intervenciones médicas (la catarata de mi padre y también de mi buen amigo Andrés)
Una baja por larga enfermedad (maldita SSQM)
Un cáncer (desde aquí, ánimos a quien tú ya sabes)
Un ictus (qué duro, Laura, ver a una madre así. Pero hay que ser fuerte... Sabes que puedes contar conmigo)
Cuatro muertes (la de mi buen amigo Eloi, la del señor Antonio, la de mi tío Diego y la de la madre de mi amigo Mario. Aquí sobran las palabras)
Y una artrosis incipiente en los huesos de la mano...
Pero también hay que contar lo bueno:
Los viajes (Castilla-León, Ezkurra, Tánger, Essauira, Cabo de Gata, Roma, Huesca, Costa Brava... Ah, y dos travesías en velero con Toni y Quim)
Los encuentros con los amigos (mis amigos los escritores, mis amigos los “veleristas”, mis amigos de la peña Pureta y del casal, mis amigos compañeros del trabajo, mis amigos de siempre Elena, Manel...)
Las comidas, cenas, desayunos familiares (para mí, siempre lo he dicho, uno de los mayores placeres es encontrarme con mi familia y comer, beber, hablar, reír, llorar, comentar, volver a reír, pedir la tanda, discutir, volver a comer, jugar, hacer trabajos manuales, planificar, seguir hablando...)
Los paseos por la playa (otro de mis placeres no ocultos)
Los descubrimientos (este año he probado la ternera de Nebraska, el Bloody Mary, el zumba, los ritmos latinos, el masaje balinés...)
Mi trabajo (que, aunque me proporcionan dosis elevadas de estrés, agotamiento mental y cabreos monumentales, sigue siendo una fuente inagotable de aprendizaje y de inspiración)
Mi novela (que, poco a poco y en silencio, va sumando lectores http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-Mamen-Gargallo-Guil-ebook/dp/B009991H5A)
Mis proyectos (una segunda novela, más viajes -el de la Habana me hace especial ilusión-, más encuentros con mis amigos, seguir con el zumba...)
Y sí, sé que hay motivos para lamentarse y para seguir quejándonos (paro, preferentes, injusticias, recortes...) pero, como alguien me dijo, el destino y la suerte están en nuestro pensamiento y en nuestras acciones.
Dejando a un lado la salud (que son palabras mayores), ¿que no nos gusta el balance que hemos hecho de este último año?, ¿demasiados fracasos?, ¿demasiados sueños sin cumplir?, ¿demasiadas quejas? ¿No nos gusta la vida que llevamos? Lo que dependa de los gobiernos y de los políticos, dejémoselo a ellos. Lo que dependa de nosotros, adelante. Cambiar depende de nosotros. Vamos, actuemos, movámonos, no nos quedemos quietos. No esperemos al 1 de enero.
¡Buen Balance y Feliz 2014!


viernes, 30 de agosto de 2013

SETIEMBRE

¿A qué suena este mes? ¿A qué sabe setiembre?
Para mí, setiembre es le mes de la nostalgia: mi piel todavía rezuma el disfrute de las vacaciones y me columpio en el recuerdo de mis paseos por la playa, mis idas y venidas por los puertos del sur, mis lecturas reservadas durante el largo invierno, mis risas en días sin fin y mis silencios en madrugadas de luna y mar.
Setiembre es el mes de la melancolía: mis sentidos todavía echan de menos aquellos paisajes, aquellas voces, aquellos olores, aquellos roces que fui descubriendo con la parsimonia del vaivén de las olas.
Por eso, quizás, setiembre sea para muchos el mes de la tristeza, porque durante estos primeros días todavía están muy recientes los adioses, los billetes de vuelta, las ventanas cerradas y las maletas guardadas, todavía siguen muy presentes las vivencias y en cada centímetro de nuestro cuerpo todavía siguen latiendo las vibraciones que han hecho de este verano un momento especial y han hecho de nosotros alguien especial.
Setiembre es el mes idóneo para echar de menos, para hacer esas promesas que no nos atreveríamos a hacer en ningún otro mes del año, para reír o llorar las fotos, para pronunciar las despedidas más amargas y también para revivir lo vivido (Siempre me lo he preguntado: ¿que se hace con más intensidad: vivir o revivir?)
Setiembre es un reencuentro con tu vida, porque el verano, las vacaciones, no nos engañemos, no forman parte de la vida, no forman parte del año. El verano, las vacaciones son esa nube en la que nos subimos para volar alto y respirar, respirar con calma, sin prisas. Esa nube que nos permite viajar -nunca mejor dicho- y nos ayuda a desconcetar, a disfrutar, a descansar y a descubrir -es lo que llamo yo vacaciones en 4D-. Esa nube que vamos alimentando durante el año y que nos retroalimenta para seguir viviendo.
Setiembre es una vuelta a casa, a tu casa, a tu cama, a tu almohada, a tu café, a tu baño, a tus olores, a tus costumbres y a tus manías, a tus paisajes y a tus tiempos.
Setiembre es un regreso a tu cuerpo y a tu mente, a tu realidad y a tus sinsabores, a tus amigos y a tus espacios, a tus rutinas y a tus alicientes de siempre.
Setiembre es un punto y aparte, un capítulo cerrado, un año acabado. Aprendemos las estaciones cantando primavera, verano, otoño, invierno, y nosotros le damos la vuelta porque hay algo que siempre, año tras año, se acaba con el verano, se acaba con la llegada de setiembre.
Pero setiembre, paradójicamente, también es el mes de la esperanza. Setiembre es el incio de algo, de un nuevo curso, de una nueva andadura, y eso siempre confiere esperanza a nuestro caminar.
Setiembre es el mes de los propósitos, de los proyectos, de los retos. Como enero, sí. Pero setiembre tiene algo diferente, algo especial. Setiembre arrastra la vitalidad del verano y eso nos da más fuerzas para actuar; setiembre arrastra las últimas olas del mar, los últimos rayos del sol, los últimos días largos, días de ocio y traquilidad, y eso siempre ayuda para encarar lo que está por llegar.
Setiembre es catarsis, ese ritual necesario para comenzar, para volver a comenzar: tinte y corte de pelo, cremas nuevas y nuevas perspectivas. Cada año es lo mismo pero cada año setiembre supone algo nuevo: nuevo curso, estuche nuevo, libros nuevos, compañeros nuevos, expectivas nuevas y nuevas ilusiones.
Setiembre es ave de paso.
Es tiempo de cambio (de los insoportables calores a los nuevos fríos; de lo sudores estivales a los primeros temblores otoñales; de la larga claridad a la oscuridad temprana; de los blancos, turquesas y rosas a los marrones y morados; de la ropa ligera y corta a los tejidos envolventes más largos y tupidos); es tiempo de renovación (renovar carnet del gimnasio, renovar proyectos, renovar tradiciones) y es tiempo de incertidumbre (¿qué me deparará este nuevo "año"?)
Setiembre es una vuelta de hoja, es una hoja en blanco, un capítulo nuevo. 
Setiembre huele a nuevo...
Setiembre sabe a preludio...
Setiembre suena a ilusión...

viernes, 26 de abril de 2013

SIMPLEMENTE, NÁPOLES

Tu silueta se dibuja en el horizonte
y tu humanidad se erige,
majestuosa, imponente,
descarada,
entre luces y sombras.


Tu bahía me acoge
y me invita a penetrar en tu seno;
tu oscuridad sin luna
oculta tu tesoro,
accesible sólo a espíritus inquietos
y sabedores que nunca
podrán conocerte del todo,
conscientes de que tu esencia
sólo la pueden descubrir aquellos
que te viven,
te saborean
y te sufren.

Caos,
ruido,
suciedad,
código secreto
de sabores
y olores
 imposible de descifrar.

No importa.

Éste es tu encanto.
Callejuelas empinadas
preñadas de ropa tendida
y santos y vírgenes venerados
con flores y cirios
en continuo encendido.

Quizás sea éste tu secreto:
la devoción de los tuyos te protege,
tus gentes,
con sus plegarias y lágrimas, tejen
ese manto bordado de fe,
superchería y folclore
que te cubre y te hace eterna.
Y la Mafia.


Frutas
Flores
Basura
Ropa blanca,
limpia
Gasolina
Perfume barato
Cera ardiendo
Incienso
Perfume caro
Mar
Noche
Sol



Sal
Pesca
Sudor.
Y las cenizas
de la ya arcana,
inescrutable
y orgullosa
Pompeya
a las faldas
de su perpetuo castigador amante.

Nápoles,
inquieta,
elegante,
salvaje,
callejera,
estilosa,
ordinaria,
astuta,
puro Gambrinus.

Nápoles,
juguetona,
atractiva,
seductora.
Nápoles,
eterna.
Nápoles,

sábado, 23 de marzo de 2013

MALTA Y YO

Tierra extraña,
isla que me acoge,
idioma imposible,
mezcla que embruja:
árabe, inglés e italiano.

¿Qué hago yo aquí?

Autobuses amarillos,
infraestructura precomunitaria,
acantilados vertiginosos.
Mdina, realmente,
la ciudad del silencio

Difíciles momentos de soledad.

Paseos nocturnos después de cenar,
la luna como confidente,
bus 45 Cirkewwa-La Valletta,
hilo musical de las cigarras,
un gato maltés se cuela en mi habitación de hotel,
la sonrisa del camarero al ver mi firma,
la iglesia de Mosta, una maravillosa sorpresa.

Comunicación SMS London-Malta

La Almendra, la evasión;
ciruelas en La Valletta,
Dingli Cliff,
templos de Ggantija,
mi bikini de color fresa que me encanta,
La Ventana Azul de Gozo,
Gozo-Murano, la rivalidad hecha cristal,
la cruz de cuatro brazos y ocho puntas,
la fertilidad del arte, la Venus de Malta,
pocas mujeres solas.

Alguna que otra lágrima

Barbacoas nocturnas de fin de semana;
yo, la mujer de blanco casi siempre.

¿Tranquilidad?

El constante recuerdo de alguien.

Olivos y vides,
mi padre que me acaba de llamar,
piedra calcárea,
La canción de Dorotea, más evasión;
Marta y Emma que me dejan felizmente exhaustas,
regalos para todos,
La degollación de Caravaggio,
karrozin por tierra,
dghajsa por mar,
los famosos caballeros,
donde Ulises no sucumbió
a los encantos de Calipso,
increíbles fachadas de tradición inglesa,
crucigramas para matar el tiempo,
muchas iglesias dominando el paisaje,
casas “bautizadas”, ¡me encanta!,
devoción por la Virgen y los santos.
Y Penélope esperando...

La Laguna Azul,
Gozo, Comino, Cominoto y Filfla,
San Pablo que naufraga,
mi madre con sus hermanas;
mis hermanas, con sus familias;
y yo, entre calas,
calas hermosísimas,
azul
verde
más azul.

Alma en espera
(en algún sitio leí que
“la espera es el óxido del alma”)

U2 en goleta.
Azul,
¡qué azul!

¿Dónde estará mi compañero de viajes?
¿Dónde estará mi compañero de viaje?

Mil preguntas
y una ramita de olivo...

viernes, 15 de marzo de 2013

ADIÓS



Hoy pensaba escribir sobre los hombres, sobre sus particularidades como género humano, sobre sus manías, sus miedos mal disimulados y sus paranoias peor gestionadas. Hoy pensaba reírme con ellos (no de ellos, no, ¡eso nunca...!). Hoy pensaba reír mientras escribía, pero... hoy se me ha roto el alma.
¿Se acuerdan de esa letra sevillana que decía “Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”?
Se me ha muerto un amigo y, sí, algo se está muriendo en el alma.
Se me ha ido un amigo y, con él, se ha ido parte de mí, la que viví con él.
Se me ha ido un amigo y, contigo, amigo, se ha ido nuestra historia, una historia que empezó allá por 1998 (Dios, cómo pasa el tiempo), cuando nos conocimos en el instituto de Llavaneres y, sin darnos cuenta, sin saber ni cómo ni por qué, empezamos a compartir pizzas y esperanzas.
Se han ido esas comidas a medias en las que, poco a poco, muy poco a poco, nos fuimos conociendo: yo, urbanita de pro, pija, amorrada a un tubo de escape; tú, para qué vamos a engañarnos, más de campo que las amapolas. Yo, de letras puras; tú, de ciencias puras. Yo, extrovertida; tú, tímido como una cosa mala. Yo, bajita, rechoncha y morena; tú, alto, delgado y rubio. ¿Qué podíamos tener en común? Nada. Sin embargo...
Se han ido esas conversaciones, íntimas, casi confidencias, casi secretos. Tú me hablabas de tus excursiones y de tus proyectos. Yo te hablaba de mis letras y de mis sueños. Tú me hablabas de animalitos y plantas. Yo te escuchaba y aprendía. Tú me hablabas de tus quiero pero no puedo; yo te daba la paliza con miks amores y desamores. Y no dejábamos de mirarnos.
Se ha ido aquella cena de codornices con pétalos de rosas, en la terraza de Encarna, ¿te acuerdas?, emulando el sensual capítulo de Como agua para chocolate, esperando ansiosos los eróticos efectos de tan curiosa combinación. Nada de nada. Pero las risas que nos echamos bien valieron aquel intento culinario.  
Se han ido esas noches de baile y ese bañito en la playa a la luz de la luna. 
Se han ido esas sesiones de cine, esos encuentros literarios en los que el arte, la cultura y la gastronomía formaban un todo compacto: letras, música, buena comida, buena bebida y tu sonrisa. Sin fisuras.
Se han ido esas palabras de admiración hacia la montaña (una de tus pasiones), esas palabras de excitación y de riesgo (cuando me dijiste que te ibas a no sé qué coño de montaña en la zona de Cashmire, en la India, en pleno conflicto político. Te lo confieso: estuve preocupada hasta que volviste. Pero nunca te lo dije), esas palabras de huida cuando me dijiste que te ibas a la Patagonia a cuidar tortugas (¿o eran focas?) y me preguntaste si quería acompañarte... (le digo yo a mi jefe que me pido una excedencia para ir a cuidar focas y me hace fimar el finiquito ya)
Se han ido esos paisajes que tanto buscabas y que, de vez en cuando, encontrabas. Se han ido esas imágenes que captabas a través de tu objetivo. ¿Y tus objetivos? ¿Dónde se fueron tus objetivos?


Del Pirineu al mar de Eloi Figueras Trouwborst de Mataró (Barcelona)
Lugar: Cim del Costabona
Descripción: El mar al Golf de Roses des del Costabona

Se han ido esas paellas marineras en Can Margarit de Mataró. Cómo disfrutábamos. Cómo degustábamos la comida, el pan con tomate, la ensalada. Nos conformábamos con muy poco y cuánto bien nos hacía. Cómo reíamos (especialmente, después de una botella de vino turbio) cuando venía el dueño porque te confundía con alguien conocido. Desde que tú me enseñaste ese rincón casi a la orilla del mar, tengo que decir que, en plena canícula, mi santo (que coincide con el santo y el cumpleaños de mi madre) lo celebramos siempre allí. Y cada vez que voy, te busco.
Se han ido la ilusión y la sorpresa que sentí al verte en la fiesta de mi cuarenta aniversario.
Se han ido esos paseos por Mataró durante Les Santes.
Se han ido aquellos encuentros en Barcelona en los que hablábamos de sueños y esperanzas.
Se han ido esos detalles nuestros, solo nuestros: aquellos largos en la piscina, en pleno invierno (qué vergüenza pasé ante ti); aquella rosa que jamás me regalaste; aquella comidita en tu casa; aquel abrazo; aquel mordisco de pizza de albahaca... ¡Qué fácil era agarrarse a ellos para seguir sonriendo! ¡Qué sencillo resultaba dejarse llevar por ellos para seguir viviendo! Pero tú no supiste hacerlo, no pudiste hacerlo....
Se ha ido aquel viaje a Marruecos con tus amigos de la UEC (Unió Excusionista de Catalunya). ¡Dios, qué bien me lo pasé! Recorrimos el país de norte a sur en una camioneta cochambrosa. Se ha ido aquel deambular por tierras morunas a tu lado, en la camioneta a tu lado, en aquellos albergues del Atlas a tu lado, entre risas y mapas. Se han ido los bailes en la casa de Alí el Cojo y los paseos por los zocos. Se han idos esas noches en tienda de campaña rodeadas de bichos (yo, urbanita de pro...) en Souss Massa. Yo, con mi Sansonitte, hecha toda una pija; tú, con tus pantalones estampados y tus calcetines, que ya caminaban solos. Se han ido los tés morunos y las llamadas del almuédano. Marruecos no volverá a ser lo mismo sin ti.
Porque te has ido.
Ya no volveré a ver tu cielo estrellado.
Ya no volveré a disfrutar de tu pequeño huerto.
Ya no volveré a escuchar tu voz leyendo alguno de mis poemas.
Ya no volveré a recibir ninguna postal de tus viajes.
Ya no volveré a recibir ningún correo tuyo preguntándome cómo me va la vida.
Yo ya no volveré a...
Demasiado dolor.
Demasiadas preguntas.
Demasiada tristeza.
“Algo se muere en el alma cuando un amigo se va” y siento mi alma vacía, desolada, llorosa, rota.
 Eloi Figueras Trouwborst
Te has ido, Eloi, amigo, y no te has despedido de mí.
Te has ido y yo me he quedado aquí.
Te has ido y te has llevado un trocito de mi alma. Y me duele lo que queda de ella.
Te has ido y no sé qué sentir. Dime tú qué tengo que sentir:
Tristeza, porque ya no estás.
Alivio, porque ya has dejado de sufrir.
Enfado, porque no has pensado en los que te hemos querido, en los que te hemos acompañado en algún tramo de tu vida.
Rabia, porque no viste todo lo bueno que había cerca de ti: tu familia, tus amigos, tus hobbies, tu trabajo.
Te has ido.
¿Alguien me puede enseñar cómo debo soportar tu ausencia, ahora para siempre? ¿Alguien me puede decir cómo puedo digerir tus silencios, ahora eternos?

domingo, 16 de diciembre de 2012

I'M NOT A BLOGGER

Pues no. No soy una blogger. Tengo un blog, sí, pero de ahí a que me consideren una blogger... hay todo un trecho. Y lo digo porque, últimamente, algunas personas de mi entorno han hecho no poca coña con eso de que soy una blogger, de que por fin tengo Facebook y que a ver cuando me hago de Twitter, que si el Papa ya se ha hecho "twitero", que por qué yo no. ¡¡¿¿Y qué más??!! Y una página web, me dijo alguien, ¿por qué no te haces tu propia página web para publicitarte?
No soy una blogger porque, informándome y consultando un montón de blogs, puedo llegar a la conclusión de que la mayoría de los blogs (por no decir todos) son puros y meros escaparates de moda (ropa, calzado, accesorios -bolsos, cinturones, sombreros, joyas, bisutería más o menos cara-, cosméticos, peinados, etc.) y/o de famoseo. Bueno, también he rastreado muchos blogs de cocina y de viajes. Pero, qué quieren que los diga, yo, para bien o para mal, no estoy para esas cosas; vamos, como se dice vulgarmente, pero que muy vulgarmente, “no tengo el coño pa ruidos”.
No, para qué me voy a engañar. No soy una celebrity ni una it girl que aparece en el photocall de todos los acontecimientos sociales o en el front row de todos los pases de modelo. Tampoco soy una actriz ni una cantante que se apunta a todos los estrenos de cine (cada vez, menos, la verdad, es una pena...) o participa en los show cooking que tan de moda están actualmente. Tampoco soy una novia-de ni una hija-de (uy, qué mal ha sonado eso, ¿verdad?) que colabora “desinteresadamente” en todos los rastrillos y en todos los saraos solidarios propios de estos días (y la pregunta es: ¿por qué no los hacen más a menudo durante todo el año?) o que va a todos los afterwork o a todas las fiestas de renombre, con catering de alto copete y dj de moda. Tampoco soy una top model, de esas de rompe y rasga, con unas medidas perfectas, que sale en el calendario Pirelli o en unas fotos robadas en el backstage de la última semana de la moda. Ni tampoco soy nadie con título nobiliario con un refugio en la nieve (da igual donde esté esa nieve, en Baqueira, Sierra Nevada, los Alpes o o en Gstaad, un dúplex en la playa (lo mismo, da igual donde esté ese rincón de arena y mar, en Capri, Begur, Formentera o en Los Hamptons), o un loft, minimalista y con líneas depuradas, en Manhattan o en pleno barrio de Salamanca en Madrid. No. No, señoras y señores, no soy nada de eso para creerme que visto de coña, que tengo glamour, o que mi street style o mi life style es tan estupendo que hasta doy lecciones de eso, sea cual fuere mi estilo, ni me creo tan importante como para crear un blog o una página web y colgar ahí las fotos que me hago cada mañana antes de salir de casa para mostrar qué me pongo cada día y, de paso, enseñar al mundo qué vida tan maravillosa llevo, ni pienso que mi manera de hacer es tan excepcional como para escribir un twit cada dos minutos o para hacer un making of de mis días y mis noches.
No. Yo sólo soy una tía normal y corriente, con una vida de currante normal y corriente (a pesar del sueño acumulado y algunos problemillas inherentes al mundo laboral, a pesar de los recortes salariales, aquí sí que me siento excepcional porque con todo el paro que hay...), con un pisito normal y corriente (tengo una humedad en el salón que no me deja vivir pero reconozco que aquí me vuelvo a sentir privilegiada porque con todos los desahucios que hay...), con una salud normal y corriente (con mis contracturas y mis dolores de ovarios cada vez que ovulo, con mi dolor de cuello y de muñecas, pero oyendo las noticias de salud -cáncer, sida, infartos, enfermedades llamadas raras, etc., etc., etc.-, otra vez pienso que soy una afortunada), con un coche normal y corriente (pero es el que siempre había soñado, deportivo y de color rojo), con una familia y unos amigos normales y corrientes (tendrán sus defectos, como todos nosotros, pero he de decir que, para mí, son los mejores y son únicos) y con una pareja normal y corriente (ya hablaré de él largo y tendido otro día pero, sí, me tocó la lotería cuando lo conocí).
Sí. Yo sólo soy una tía (lo de tía va en serio porque ya tengo cuatro sobrinos), una tía normal y corriente que, cada vez que se pone falda y medias, está siempre vigilando para que no se le haga una carrera; que, cada vez que se maquilla, se le acaba corriendo el rímel porque siempre acaba llorando de risa y alguna vez de pena o de impotencia o de rabia; que, cada vez que invita a cenar a su gente, se pone histérica para que todo salga bien; que, cada vez que se acerca la Navidad, hace unas postales especiales para sus sobrinos; que, cada vez que se mira al espejo, hace el firme propósito de ponerse a dieta (aunque luego se zampe unas cervecitas o unas copas de cava o unas tapitas o pan con allioli...) o de apuntarse al gimansio (esta vez va en serio, el 1 de enero de 2013 empiezo. Lo juro por... No, mejor no jurar, que voy a ir al infierno de cabeza). Una tía normal y corriente. Eso mismo. Ni más ni menos.  Y toco madera.
Y por eso no soy una blogger.
En mi blog no hay consejos de cómo maquillarse o cómo combinar la pana con el print o como hacer un buen coctail o como decorar una mesa; no hay fotos donde salgo yo posando mientras me arreglo para ir a trabajar o mientras me pongo el antiojeras o mientras cocino una ensaladita o mientras cuelgo los adornos de Navidad en la puerta de mi casa. Como mucho, alguna foto de alguno de mis viajes. No, en mi blog, sólo hay letras, muchas letras: lo que sueño, lo que me preocupa, lo que me hace reír, lo que me hace llorar, lo que anhelo, lo que rechazo, lo que me hace seguir creciendo, algún cuento, infantil o no... Por eso me reafirmo en lo del principio: No, yo no soy una blogger; yo sólo soy una tía normal y corriente a la que le gusta escribir y a la que le gustaría vivir de la escritura. ¿Les parece poco?
PD.http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-ebook/dp/B009991H5A/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1356168377&sr=1-1

domingo, 28 de octubre de 2012

PIPÍ-CACA (o el arte del buen viajero)


El jueves pasado fui a cenar a casa de mi amiga Montse: exquisitos quesos para untar, sabrosas aceitunas, encurtido de alcachofa, estupendas croquetas de boletus, vino, cava y un delicioso tajine de pollo y dátiles, sin duda alguna el plato ideal para una velada en la que los viajes y las dunas serían los únicos protagonistas.
En torno a esa mesa nos reunimos seis amantes de los kilómetros y de las aventuras, seis viajeros -que no turistas- con nuestras mochilas a la espalda, mochilas llenas de experiencias, culturas, paisajes, lenguas, amigos y un montón de anécdotas. En torno a esa mesa, hablamos de Marruecos, de Costa de Marfil, de Tumbuctú, del Sáhara..., reímos, contamos, recordamos y planificamos nuevos viajes. Y así, entre platillo y platillo, entre anécdota y anécdota, los seis estuvimos de acuerdo al afirmar que, para viajar, hay que abrir las mentes y activar varios resortes o chips: el chip de la tolerancia, el chip de la capacidad de adaptación y el chip del humor, mejor dicho, el chip de saber reírse de uno mismo. Sólo así, los peores momentos (momentos desagradables, inesperados, violento, comprometedores) en un entorno desconocido (no voy a decir hostil porque tampoco es para tanto) se convierten en un simple pasaje de nuestro gran libro de viajes, un motivo de risas en futuros encuentros.
Recordé aquel viaje de fin de año por Marruecos. Viaje inolvidable con mi hermana y mi cuñado y más gente. Noche del 31 de diciembre, desierto de Merzouga, jaimas, alfombras, dátiles, cava caliente y tajine de cordero y verduras. También recordé el viaje a China y aquel momento histórico en la Ciudad Prohibida (Véase entrada “Popó” del 4 de febrero de 2012).
Otra vez, también en Marruecos, en Rabat concretamente, haciendo un curso de lengua árabe, en la residencia de estudiantes, me entró un apretón. Puse en marcha la “Operación Popó”: toallitas higiénicas, papel higiénico y mi Marie Claire, por supuesto. No me acordaba que los váteres, allí, son simples agujeros en el suelo, con tan mala suerte, además, de que el retrete donde entré tenía el pestillo un poquito suelto (los otros dos estaban ocupados). Y allí me ven, de cuclillas, en una postura un tanto forzada, procurando que mis pantalones no tocaran ni un centímetro del suelo sucio, manteniendo un difícil equilibrio, con una mano aguantando las toallitas, el papel y mi glamourosa revista (mi glamour se estaba yendo por el maldito agujero), alargando la otra mano intentando sujetar la puerta para que nadie la abriera desde fuera y fuera testigo de tan lamentable postal...
Y en otra ocasión, viajando con dos conocidos (lo reconozco, Marruecos me puede, me iría allí hasta con el mismísimo diablo. Lo bueno de aquella excursión es que uno de ellos acabó siendo más que un conocido... hasta ahora. Y que dure) por todo Marruecos en Lada, aterrizamos en un camping perdido en pleno Atlas. Aquí descansaremos. Vale. Yo odio el camping pero por mi Marruecos hago lo que sea. Me tiene tan subyugada que tengo publicado un escrito titulado "Marruecos, la esencia" (http://elpais.com/diario/2005/10/15/viajero/1129410492_850215.html)
Problem, nos dice el encargado, no agua. ¿Cómo? ¿Y cómo me lavo los dientes? ¿Y para ir al lavabo? ¿Tualet? El hombre me señaló una zona de cedros. Supongo que se imaginarán las risas de aquellos dos conocidos compañeros de viaje. ¡Ni una risa! ¡Ni una palabra! Vosotros, ni miréis, les decía mientras, muy digna yo, me dirigía hacia los cedros con mi rollo de papel higiénico y mi revista de turno. ¡Que no miréis! ¡He dicho que no miréis! ¡Como miréis, os las cargáis!, iba yo gritando en cuclillas, intentando concentrarme en mi tarea. La cuestión es que, tan pendiente que estaba yo de que mis colegas no me miraran, no me di cuenta de que una columna de niños uniformados a lo boyscout se iba acercando por mi izquierda. Me quedé helada. Allí estaba yo, en esa postura tan incómoda y tan comprometedora -vamos, con el culo al aire, para qué andarse con rodeos-, convertida en el blanco de las miradas de reojo y las risillas de esos niños que, sin volver la cabeza y con paso marcial, iban desfilando ante mí. No sé si aquella imagen les traumatizó pero a mí se me quitaron las ganas de todo...
O cuando hice una travesía en velero y, después de varios días de estreñimiento, tuve que pasar de mis escrúpulos y de mis prejuicios, coger mi revista y meterme en esos pocos metros cuadrados mientras los demás tripulantes podían oír perfectamente todo lo que hacía. Durante aquel primer viaje en velero (una gran oportunidad para ponerse a prueba uno mismo) comprobé que todos tenemos nuestras manías y costumbres al ir al lavabo, que todos hacemos ruiditos, que todos necesitamos nuestro tiempo y nuestros rituales y que no pasaba absolutamente nada. Y dicen que la muerte es lo que nos hace iguales. ¡Ja! Lo que nos hace verdaderamente iguales es el hecho de ir al lavabo, en otras palabras, mear, cagar y pedorrearse.
Pero, donde pasé más vergüenza fue en una estación de servicio, en un viaje de fin de curso. Yendo hacia Italia en autocar en pleno mes de junio, después de beber mucha agua y con la vejiga a punto de reventar, nada más parar. Me fui corriendo hacia los lavabos. ¡Qué alivio!, pensé al sentarme en la taza blanca. Debía de estar llena, llena, porque aquella micción parecía no tener fin. ¡Joder, quién está meando así!, oigo decir a una de mis alumnas. ¡Qué corte! Contraje los músculos en un intento vano de interrumpir mi tarea. Imposible. La naturaleza es muy sabia. ¡Pedazo meada!, vuelvo a escuchar al otro lado de la puerta del retrete. Identifico la voz. Se la tengo jurada. No puedo hacer nada por parar. Realmente, estaba a tope (¿no les ha pasado nunca? Qué suerte). ¡Joder, si parece un elefante! Muerta de vergüenza, dejé caer las últimas gotas. Qué bochorno. Cómo iba a salir de allí. ¡Parece que el hipopótamo ya ha acabado de mear y el nivel de los ríos ha subido un doscientos por ciento! Bueno, eso era el colmo. Con la cabeza bien alta, abrí la puerta del retrete. ¡Joder, la tutora!, soltó al unísono aquel nutrido grupo de alumnas que todavía seguía allí, como esperando a ver quién era la propietaria de tan tremenda meada. Completamente cortadas, les solté: ¿Qué pasa?, ¿acaso nunca habéis visto un hipopótamo en un lavabo? Pues es la cosa más normal del mundo. No sabéis lo que os perdéis... Y así, mudas y avergonzadas, se quedaron mis chicas mientras yo, tierra trágame, salía de allí como buenamente podía.

Y así transcurrió la velada del jueves pasado, evocando excéntricos momentos, riendo las ocurrencias y soñando con volver a viajar. Por cierto, aquí les dejo la dirección de uno de ellos, experto en viajes por África subsahariana kongooccidental.wordpress.com.

martes, 25 de septiembre de 2012

FILOFRIKI

Ahora que ya hemos digerido que la Real Academia de la Lengua Española ha aceptado oficialmente términos como 'acojonamiento', 'beisbolero', 'bloguero', 'canalillo', 'chatear', 'cienciología', 'clitoriano', 'culamen', 'euscaldún', 'friki', 'gayumbos', 'minicadena', 'ochomil', 'okupa', 'papamóvil', 'pepero', 'sms', 'sudoku', 'sociata', 'ugetista' o 'usb', voy a proponer a los ilustres academicistas un nuevo término, o mejor, una nueva acepción: FILOFRIKI.
Dicho vocablo surgió durante un delicioso atardecer de verano, en un bello rincón de la Costa Brava, en compañía de mi familia y alguien más. Después de un caluroso día de playa, con un sol refulgente que se escondía tras las montañas y una copa de cava en la mano, el marido de mi prima preguntó en voz  alta qué pueblos franceses están más cerca de la frontera, por aquello de decir que también había estado en el país galo. Tienes Perpignan, Llivia, Carcassone, Colliure… ¿Y qué se puede ver en ellos? Cada uno de los allí presentes fue diciendo las gracias de las localidades: que si uno tiene un río muy bonito, que si en el otro está la farmacia más antigua de Europa (y un bar donde he almorzado ostras, caviar y cava, dije yo -no es broma-), que si es un pueblo medieval amurallado, que si tiene una playa preciosa... Y un cementerio muy pequeño donde está la tumba de Machado, rematé yo, ilusionada. ¿¿¿¿¿Yyyyyyy?????, fue lo que oí a mi alrededor además de ver miradas de alucine absoluto y sonrisas condescendientes. Sólo por eso vale la pena ir, dije convencida. ¿Un cementerio?, ¿una tumba? Y ese Machado, ¿cómo es que acabó allí? Después de contarles la historia de los últimos días del poeta, les expliqué que no pocos filólogos habíamos ido allí a recitar sus versos y a comprobar que todavía hay mucha gente que le recuerda y le añora. Las caras de estupefacción se hicieron más elocuentes y las risas más sonoras, a la vez que alguien exclamó "mira que sois raros lo de letras, ¿eh?",“pero, qué friki, por favor”.
Vamos a ver. ¿Acaso no va la gente detrás de un corredor de motos, o de un artista, o de un futbolista, o de un diseñador y se gasta todos los ahorros por estar en las ciudades que ellos pisan? Y nadie dice nada... Pero bueno.
Lejos de amedrentarme o de enojarme con tan osado juicio de valor, les expliqué que, cuando estudiaba filología, me gustaba comprobar in situ los escenarios que salían en las novelas que leía, y que tenía –y sigo teniendo- un amigo al que le chifla hacer eso cuando viaja. De hecho, muchas veces, hemos elegido nuestros destinos de viaje –cada uno por su lado- en función de la última novela que ha caído en nuestras manos. Así, él fue a la Cueva de Montesinos a declamar el “Oh, Belerma; oh, Belerma” de El Quijote; o a Madrid, a recorrer el callejón del Gato del que tanto hablaba Valle Inclán en su Luces de Bohemia.
Yo también he tenido esos momentos de desatada mitomanía literaria: en mi viaje por tierras gaditanas, me emocioné al descubrir la casa donde había nacido y vivido Carlos Murciano, un poeta con aires andalusíes y caminar por las calles que tan bien reflejó en sus versos (aunque también tengo que reconocer que obligué a mi partenaire a ir a Chipiona para ver la tumba de la más grande…); fui a Oviedo, además de para ver a mi buen amigo don Jorge, para pasear por sus callejuelas y plazas, para recrearme en su catedral, sabiendo que desde lo alto de una de las torres podía estar mirándome Fermín de Pas –de paso, me hice una foto con mi estimada Ana Ozores-; fui a Dublín persiguiendo a James Joyce y, a la vez, para comprobar qué tal estaba mi hermana;  recorrí Marruecos siguiendo las huellas de mis adorados Mohamed Xucri, Tahar Ben Jelloun, Fatima Mernissi...; busqué en el cementerio de Père-Lachaise, en París, el último suspiro de Proust, Apollinaire,  Balzac, Cyrano de Bergerac, aunque donde realmente flipé fue ante la tumba de Jim Morrison, cubierta de flores, latas de cerveza, botellas de whisky y vomitadas varias…; disfruté de lo lindo en Alcalá de Henares, en su universidad, escuchando la historia de los gorrones, en la casa de Cervantes y sentada en un banco entre el enjuto hidalgo y el rechoncho Panza (aunque no sé si disfruté más con las cervecitas y las tapas…); y en la casa-museo de Rosalía de Castro, en Padrón, con esos pimientitos, qué ricos; y en el Puerto de Santa María (¡qué buen marisquito, vive Dios!) rememorando los versos de Alberti
¿Y por todo eso mi primo nos estaba llamando friki? No, friki, no, "FILOFRIKI".
Pues, parece ser que actualmente, el mundo está plagado de filofrikis porque, hace un tiempo, se puso de moda ir a Lisboa por Pessoa o por Saramago; a Barcelona, por Mendoza, Marsé, Laforet, Rodoreda; a El Cairo por Naguib Mahfouz;  a Nueva York, por Paul Auster… Los ayuntamientos, no se sabe si para sacar dinerito o para dar a conocer a sus ilustres artistas, elaboraron recorridos auténticamente literarios: la Barcelona del Quijote, el Sur de Juan Ramón Jiménez, la meseta de Machado, el Madrid de Galdós, el París de Vargas Llosa.  ¿Y qué me dicen de lo más reciente, la Barcelona de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, o de La Catedral del Mar, de Falcones? Me juego lo que sea a que pronto sacarán la ruta de El tiempo entre costuras, de María Dueñas. Ya estoy viendo el eslogan: un viaje sentimental y exótico por la España en tiempos del Protectorado y por el norte africano…
¿Qué quieren que les diga? Eso, lo de viajar buscando los escenarios y las cunas de los escritores, ya lo hacíamos nosotros. El problema está en que, cuando contratamos el viaje en una agenda, somos unos viajeros cultos y curiosos y, cuando vamos por nuestra cuenta, sólo somos unos "filofrikis".

sábado, 25 de agosto de 2012

DE VUELTA

¡¡¡¡¡¡Hola!!!!!

Ya estoy de vuelta. Sí, he regresado de mis vacaciones y ya estoy aquí, con las pilas recargadas y sin ningún síndrome postvacacional, para decir adiós a este veranito y para afrontar un nuevo curso que está a punto de empezar. Con las maletas todavía por deshacer, un montón de ropa por lavar y el bronceador gastado, ahora toca vaciar la tarjeta de la cámara fotográfica, clasificar las fotos más bonitas y ponerles lugar y fecha; ahora toca ordenar todos los papeles que hemos traído del viaje: mapas, folletos informativos, tarjetas de visita, posavasos, y colocar el correspondiente imán en la nevera junto con los otros procedentes de antiguos periplos; ahora toca reencontrarse con los amigos para explicarles con pelos y señales, para su desgracia, todas las aventuras y desventuras del viaje, y para aburrirles con el fabuloso, estupendo y bien elaborado pase de fotos y vídeos que hemos hecho por esos mundos de Dios; ahora toca hacer balance y recordar y valorar y disfrutar de nuevo todos los momentos vividos en este verano de 2012 (verano, por otro lado, para olvidar: incendios, prima de riesgo, recortes, mentiras, accidentes… Pero no, ahora no tocar ponerse dramáticos. Ya habrá tiempo y más razones para ello). En fin, que, como no soy diferente al resto de los mortales, ahí van mis 21 postales de recuerdo; ahí van mis 21 momentos de este estío que ya se nos está yendo:

1.- Momento “campos de paja de la Toscana” que dan al paisaje ese tono dorado tan cálido y romántico (Pisé uno para hacerme la consabida foto y me clavé en el pie una maldita brizna con el consabido dolor/cabreo. O sea que, de romántico… poco)


2.- Momento olímpico. Las medallas de nuestros deportistas españoles (Qué poderío, señores, qué fortaleza y cuánto entusiasmo. Valen un potosí. Lástima que no se les valore como se merecen, especialmente cuando están entrenando. Lo del chándal -o chonichándal, como he oído y leído en algún sitio-, vamos a dejarlo para otro día, ¿no les parece?).
3.- Momento “Lola”. La comida de todos los veranos con mi amiga (y con final accidentado). Un beso desde aquí.
4.- Momento “tartufo”. El panini de paté de trufa negra que me zampé en un exquisito y elegante bar de Florencia (y yo, con camiseta sudada y sandalias trapajosas… Bueno, en realidad, fueron dos y dos copas de vino).
5.- Momento “lo hago por salud, porque es muy sano, no para adelgazar”. Las dos horas de caminata al día que me he currado durante el mes de agosto (vamos a hacer cálculos: 2 horas X 7 días a la semana X 4 semanas que tiene el mes, en total, aproximadamente, ¡¡¡¡56 horas caminando por el paseo marítimo, sudando como una cerda, con la lengua fuera, en vez de estar tranquila, tomando el sol tumbadita en la playa!!!! Joder, soy una máquina).
6.- Momento esteticien. La manicura de color rosa que les hice a mis sobrinas en Begur (tendrían que haber visto a la pequeñaja de dos años y pico presumiendo de uñas pintadas).
7.- Momento enológico. El vermentino que probé en Pienza, un vino blanco, afrutado, frío, delicioso (Bueno, lo confieso, fueron varias copa más el Brunello de Montealcino, y el Nobile de Montepulciano, y el dulce que caté para regalárselo a mi madre…).
8.- Momento “mi novela”. Las dos horas que he pasado releyendo y corrigiendo mi novela, ¿se acuerdan? (apliquen el mismo cálculo que el de las caminatas. Ya está a punto y soy feliz, muy feliz)
9.- Momento “rebajas”. La mañanita que pasé con mi madre de rebajas (no, mi madre, no, no vayamos a liarla): después de patearnos las calles comerciales bajo un sol de justicia, cayeron un pantalón y un cinturón para ella y un vestido para mí (lástima que ya estuvieran en los escaparates las “new collection”, los “new arrivals” de la temporada otoño-invierno y nos hayamos enamorado de una americana negra de más de 300€, ella, o séase, mi madre, y de un abrigo de color azul azafata, lo último, de otros tantos, yo. Habrá que esperar a las rebajas).
10.- Momento “glamour”. Una, bueno, dos copas de cava en la terraza de casa de mi hermana, al atardecer, con unas vistas preciosas, en compañía de mis hermanas y mi prima, hablando de nuestras cosas. Delicioso. Mil gracias, Gemma y Xavi.
11.- Momento “sólo un momento”. Los momentos contados, limitados y muy contenidos que me he permitido soñar con un remoto e hipotético “¿y si mi novela gusta?, ¿y si tiene éxito?” (dicen que soñar es gratis; también dicen que hay que tener cuidado con lo que se sueña porque puede hacerse realidad… ¿Se imaginan? ¡Sería le leche!).



12.- Momento “¡marchando una cañita y una tapita de atún ahumado!”. Bueno, más de una he tomado y ha sido en Carboneras, un pueblecito de Almería, a las puertas de Cabo de Gata. Buenísimas. Uno de mis descubrimientos del año. Desde aquí, gracias a Juan Diego y a Loli.
13.- Momento “coñazo de tele”. Porque hay que ver lo mala que es la tele en verano. Yo, lo juro, sólo la he visto un ratito después de comer y alguna que otra noche. Y, entre los docufriki de Frank el de la selva, las noticias petarderas de “Sálvame” y compañía, los mismos capítulos de las series norteamericanas, los informativos dando vueltas y más vueltas de tuerca a las tragedias del verano, la verdad es que el aparato ha estado estos días de adorno.
14.- Momento “cocktail”. Fue en el Boadas, una de las mejores y más emblemáticas cocktelerías de Barcelona. Fueron dos: uno de ginebra, lima y melón –chispeante, delicioso, sin palabras- y otro de ginebra, lima y frambuesa -no me gustó tanto porque me recordaba a los jarabes de fresa que tomaba de pequeña-. Fue el día de la ascensión de la Virgen, para celebrarlo. Fue detrás de una cena estupenda y de una mañana “sorprendente” con mi pareja. ¿Qué más se puede pedir?
15.- Momento “un kilo menos”. Ha costado, está costando, pero sigo de dieta. He hecho toda la bondad que he podido pero, coño, qué difícil es. Sí, dicen que ahora es buen momento para hacer dieta (yo empecé en abril, que conste) porque es temporada de ensaladas, gazpachos, sopas frías, pero qué me dicen de las tapitas –véanse momento 4, 12 y la próxima, la 18-, y de la copitas –véanse momentos 7, 10 y 14-, y de las cenitas, y de los helados… Que no, hombre, que no, que no pueden engañarnos; que a ver si nos enteramos todos, joder, que nunca es buen momento para hacer dieta.
16.- Momento “campos de girasoles”. Cada vez que encontrábamos uno con un sitio para aparcar y hacer la foto de turno en la que estas bucólocas y bellas flores mostraran todo su esplendor, las muy "jodías" estaban vueltas al revés o cabizbajas (al final, después de recorrer kilómetros y kilómetros por la Toscana, lo conseguimos).



17.- Momento “ventilador”. Sí, durante este veranito, también mi pareja y yo hemos tenido nuestros momentos... Tras la fase de los preliminares, léase miraditas, tonteos, caricias en el sofá, en la cocina o en el despacho, nos íbamos a la cama pero con el ventilador a toda castaña porque, sin él, con el calor que ha hecho y la humedad, parecíamos dos ranas chorreantes acopladas sin muchas ganas de jarana. Y no, eso no podía seguir así.
18.- Momento “comida sana”. Sí, paella, pescado al horno, bocata de jamón, mariscada, tortilla de patatas, pan con tomate y frankfurts y patatas fritas de bolsa y pipas y ganchitos y… ¿Sigo?
19.- Momento “SIN IVA”. Debido a la ingeniosa medida por parte de nuestro querido gobierno de subir el IVA para salir de esta fatídica crisis, desde aquí, quiero agradecer a los establecimientos que, para contrarrestar los efectos depresivos de dicha decisión, no cobraron el dichoso impuesto durante alguna que otra jornada. Total, que me he comprado un lavavajillas (después de más de 10 años independizada y fregando platos como una descosida, por fin lo he conseguido, ¡¡yuhu!!) y una plancha para mis pescaditos, mi carnecita y mi verdurita.
20.- Momento "¡¡¡oohhhh!!!". Eso y la cara de auténtica flipada cuando, al doblar una esquina, al cruzar una calle o al atrevesar un callejón de algún pueblo/ciudad de la Toscana, he descubierto una iglesia, un palacio, una plazoleta, un mercado o una fachada que me ha dejado sin palabras. ¡¡¡Cuánta belleza!!!


Aunque también tengo que reconocer que he tenido esa misma impresión cuando he pasado delante del escaparate de una de esas elegantes (¡¡y caras!!) tiendas de moda: qué bolsos, qué vestidos, qué zapatos, qué joyas.



(¿Les cuento un secreto? Donde más disfruto es delante de una de esas tiendas de delicatessen donde exponen con calculado detalle y suma exquisitez los salamis, los procciuto, los quesos, la pasta fresca, las especias, las setas... Tengo un problema, ¿no?)
21.- Momento “de vuelta”. Antes de que acaben mis vacaciones, cada año, irremisiblemente, me llega ese momento en que empiezo a pensar en el próximo curso, hago limpieza física y mental en casa, me compro mi agenda, me marco los cumpleaños y las fiestas, formulo mis propósitos y mis deseos y, como cada final de agosto -llevo más de diez-, voy al gimnasio más cercano para informarme sobre las actividades, las tarifas, los horarios y, al salir de allí, con una sonrisa en los labios, me digo superconvencida y superanimada: “este año, sí”. Que sí, que lo digo en serio, que lo prometo, este año, sí. O no…

PD1. ¿Se han dado cuenta de que muchos de mis momentos tienen que ver con una de las necesidades más primarias? No, si donde se ponga una buena mesa...

PD2. Si a alguien le han gustado las fotos, podrá verlas todas en el blog de www.9barrisimatge.blogspot.com

PD3. Sigue pendiente lo de setiembre...

lunes, 2 de julio de 2012

¡¡¡VERANITO!!! (o mis libros para una isla desierta)

Con las maletas a medio hacer, el neceser casi completo, los mapas, las guías de viaje, la documentación a punto y a buen recaudo, busco entre las estanterías todos los libros que, durante este largo invierno -y otoño, y primavera- he ido comprando para leerlos este veranito que ya ha llegado. Este, este, y este, y este también. Demasiados. Y pesan demasiado para no tener ningún altercado con las dichosas azafatas a la hora de facturar en una de estas estupendas compañías low cost que te cobran por llevar cien gramos de más. No, si ya lo decía yo. No era mala idea eso del e-book. Para el año que viene, seguro que ya no tendré ese problema. Lo pediré para mi cumpleaños. Y tal y como está el panorama literario, no estará de más irse familiarizando con este soporte, que no con el arte de leer.
Pero no, no me voy a llevar ningún libro. No me acordaba ya que había pensado otros planes para mí en materia de lecturas. Les cuento.
Allá por el año 2006, creo recordar, mi cabecita empezó a sufrir un extraño fenómeno. Por algo que me contaron, una idea empezó a rondar por los pliegues de mi cerebro y durante mucho tiempo, sin yo quererlo, una historia empezó a fraguarse y una obsesión me fue persiguiendo día tras día, mes tras mes. Y así, incapaz de sacarme esos fantasmas de mi cabeza y de mi vida -personajes con nombres y apellidos, escenarios con sus calles y sus plazas, tramas con nudos y subtramas-, como si de una terapia se tratara, decidí ponerla por escrito. En un año, la tenía escrita e, ilusa de mí, hice un montón de fotocopias y las envié a las editoriales, pensando que eso sería cuestión de coser y cantar. Me contestaron algunas pero la mayoría respondió elocuentemente con el silencio.
Deduje que la novela era una auténtica mierda, pero no me rendí. Todo lo contrario. Como lo único que quería era perfeccionarla, me apunté a la Escuela de Escritores del Ateneu de Barcelona y, durante tres años, entre lecciones magistrales, consejos que no tienen precio, risas, muchos ejercicios escritos con sus jodidas correcciones -la única manera de aprender a escribir es escribiendo y corrigiendo-, y unas cuantas cenas y comidas sin igual, aprendí que el arte de escribir se basa, fundamentalmente, en reflexión (pensar, pensar y pensar la historia que quieras contar), trabajo, mucho trabajo (para aprender las técnicas, para perfeccionarse, para escribir y reescribir tantas veces como sean necesarias), ilusión, mucha ilusión (para no desfallecer nunca), algo de inspiración (porque para eso se llama arte, ¿no?) y muchísima humildad (porque, después de haber escrito una novela de 300 páginas, no te puedes creer alguien genial; y, porque después de más de 50 cartas y/o mails de rechazo, tampoco te puedes creer que no vales nada).
Y después de más de cinco años desde aquel flash en que me he encontrado de todo (coeditoriales que quieren sacarte hasta el último euro; informes de lectura hechos por, no se lo pierdan, ¡un cuidador de perros!; negativas justificándose en la crisis, maldita crisis; ánimos mil para seguie intentándolo), después de varias relecturas más, después de una infinidad de consejos y después de caer y volver a levantarme, he decidido intentarlo de nuevo. Por eso, no me llevo ningún libro de vacaciones. No. Rectifico. Me llevo MI libro, MI novela (y, por qué no decirlo, MIS ilusiones y MIS esperanzas) de viaje, para volver a leerlo, para volver a corregirlo y traerlo de vuelta con un aire nuevo. Y con esta nueva versión, colgarlo en el Amazon y venderlo por 2 euros (uno, para mí y el otro, para alguna ONG o Fundación, para ver si, entre todos, podemos arreglar un poquito este mundo que con la que está cayendo...).
En fin, estos son mis planes de lectura para este veranito. Pero no se preocupen. Aquí les dejo algunos de mis libros preferidos (unos leídos más de dos y tres veces) que me han acompañado en mis viajes y han hecho que mis vacaciones (además de PGF y su cámara, de los paisajes, los vinos nuevos, los descubrimientos y los mares) tengan un sabor especial (y no me refiero a la gastronomía típica del lugar, que también):

  • María DUEÑAS, El tiempo entre costuras (una deliciosa historia en un rincón muy conocido para mí. A la espera de ver la versión televisiva)
  • André GIDE, El inmoralista (un clásico transgresor que releo cada año)
  • Ryszard KAPUSCINSKI, Viajes con Heródoto (una auténtica guía de viajes con pensamientos y lecciones magistrales dignos de ser recordados)
  • Julio MEDEM, Aspasia. Amante de Atenas (todavía no lo he leído pero promete: la vida en la Grecia Clásica, la polis, la democracia, los primeros filósofos, todo visto a través de una mujer excepcional, Aspasia, la amante de Pericles)
  • Eduardo MENDOZA, El enredo de la bolsa y la vida (fresco, tremendamente divertido, ideal para llevárselo de vacaciones)
  • Olga MERINO, Perros que ladran en el sótanos (una historia de sufrimiento y desarraigo contada con maestría)
  • Teresa MOURE, Hierba mora (un momento de la vida de Descartes. Una delicia)
  • Azar NAFISI, Cosas que he callado (todo una vida en Teherán). También es la autora de Leer “Lolita” en Teherán (sencillamente, genial)
  • Mario VARGAS LLOSA, Travesuras de la niña mala (exquisita, sensual)
  • Stefan ZWEIG, Veinticuatro horas en la hora de una mujer (tan pocas páginas para decir tanto)
  • Más de mis “moritas” y “moritos”: algo de Atiq Rahimi, Nedjma, Muhammad Xukri, Kader Abdolah, Salwa al Neimi, Fatima Mernisi, Tahar Ben Jelloun, etc., etc., etc.
  • Y, por supuestos, los cuentos de mi admirada y añorada Mercedes Abad, de Empar Moliner, Javier Tomeo, Fernando Iwasaki...

Me falta un montón de títulos pero estos son los que me llevaría a una isla desierta.


Yo seguiré con lo mío. Quizás, en setiembre, cuando vuelva, pueda anunciarles una buena nueva...

LES DESEO UN FELIZ VERANO Y UNAS ESTUPENDAS VACACIONES 3D PARA :
Desconectar
Descansar
Disfrutar


sábado, 4 de febrero de 2012

POPÓ

Permítanme que vuelva al tema. Hace poco, alguien me preguntó si no me daba “corte” hablar sobre temas tan íntimos como el de ir al lavabo (visitar al señor Roca, ir al excusado, cambiar el agua al canario, hacer aguas menores, decir palabras mayores, ir a mear, ir a cagar, defecar, darse un respiro, evacuar, hacer de vientre, sentarse en el trono, tomarse un ratito de lectura, vaciar, liberarse…). ¡Pero si es algo natural y muy humano!, le contesté yo. Está claro que no voy a hacer nada en medio de la Plaza Cataluña (entre otras cosas, porque me detendrían) y que no voy a explicar nada que atente contra mi integridad moral y física y, menos, contra de la de mis anónimos (y no tan anónimos), sufridos y admirados lectores (y si lo he hecho, mil disculpas). Pero también tengo muy claro que si hay algo que nos iguala, algo que nos mide por el mismo rasero a todos los seres humanos que hay sobre la faz de la tierra (ríanse ustedes de la ley...), es nuestra necesidad vital de ir al lavabo o, lo que es lo mismo, de hacer pipí y/o popó.
Y es que, cuando la urgencia aprieta, el resto del mundo pierde importancia o, lo que es lo mismo, pierdes de vista al resto de mundo. Lo único que te interesa, lo único que te preocupa y te ocupa es que nadie se dé cuenta de lo mal que lo estás pasando (retortijones, ruidos instestinales, pedetes, etc.); a continuación, todas tus energías y tus esfuerzos se centran en aguantar como puedas el mal trago (aprietas el culo, cruzas las piernas, respiras hondo...) y en encontrar ese lugar y ese momento preciosos para salir del atolladero. El resto, insisto, da igual con quién estés, de qué estás hablando o qué está pasando a tu alrededor, pasa a un segundo plano.
Hace muchos años, en un viaje por Marruecos, me di cuenta de todo eso que les acabo de mencionar. Fuimos a pasar Fin de Año al desierto, cerca de la frontera con Argelia. Haimas, velas, música tribal, alfombras, cuscús, cava y, en lugar de las uvas, aceitunas. Fue perfecto, precioso y muy, muy original. Aquella última noche del año, con la pretensión de hacer todavía más diferente y exclusiva la experiencia, decidí levantarme temprano para ver amanecer en el desierto. Apenas dormí pensando que no me despertaría a tiempo. No hizo falta despertador. A eso de las cuatro de la madrugada, sentí la voz de la naturaleza, de mi naturaleza (ustedes ya me entienden). En silencio y sin perder ni un momento, que no se me escapara nada, me puse las botas (nos habíamos acostado vestidos), el anorak y cogí de la mochila el rollo de papel higiénico. Y allá que me fui rapidita en busca de una palmera, un arbusto o una simple mata para hacer mis necesidades. Sólo encontré un pequeño cactus (claro, estábamos en pleno desierto; qué, si no). Estaba sola, completamente sola, ante la inmensidad del desierto y sus dunas y la grandiosidad de un cielo bordado de estrellas. Espectacular. Al lado el pequeño cactus y con mucho cuidado de no pincharme, me bajé los pantalones (¡qué frío!)y me puse en cuclillas, así, sin mi marieclaire para leer, sin baldosas para contar, sin botes de champú, y sin un ápice de vergüenza. Total, me había alejado ligeramente del campamento y estaba completamente sola. ¿Sola? En plena faena escatológica, empecé a sentirme como observada. ¿Saben esa sensación de que alguien les está observando pero no saben quién? Pues eso. Miré a mi alrededor. Nada. Nadie. Solo dunas de arena y cielo estrellado. Durante los minutos que siguieron, esa sensación fue en aumento y, a punto de dar por concluida la cuestión y a punto de amanecer, volví la cabeza, levanté los ojos y allí estaba: la silueta de un beduino, todo de azul, chilaba azul, turbante azul, de pie en lo alto de una duna, con una lanza en la mano, oteando el horizonte y fijándose en mi culo, mi culo que tiritaba de frío y de miedo porque no quería pincharse con el cactus de marras. Al principió, me violenté, por favor, un hombre estaba mirando mi culo con total descaro. Pero, de perdidos al río. Estaba en su territorio. ¿Qué podía hacer? Pues, como si estuviera en i propio cuarto de baño, hice todo lo que tenía que hacer, me limpié, me subí las bragas y los pantalones, enterré mis miserias, me lavé las manos con la arena y, como tenía previsto, subí a la duna para presenciar la salida del sol. Al llegar, toda respetuosa, incliné la cabeza ante el beduino y, él, que continuaba allí, impertérrito e imperturbable, hizo lo mismo y los dos, uno al lado del otro (él, con su turbante azul y su lanza, y yo, recién cag...) fuimos testigos de uno de los espectáculos más increíbles que he visto en mi vida; los dos compartiendo el silencio, los primeros rayos de sol de un uno de enero y, para qué engañarse, un secreto. Me imagino la escena posterior: llegaría al poblado ¡hey, gente!, ¿a que no sabéis que me ha pasado? Resulta que estaba yo haciendo la ronda y me encontré con un culo a ras de suelo a punto de pincharse con el cactus ese que está al lado de la duna de vigilancia… La chica subió a la duna conmigo... Qué maja.
Otro año, navegando en velero por las calmadas aguas del Mediterráneo, el patrón, antas de zarpar, nos dio unas cuantas instrucciones entre las cuales se encontraba la de no hacer caca en el barco cuando estuviéramos atracados en el puerto o cerca de alguna playa. O sea, que sólo podíamos defecar cuando estuviéramos en alta mar. Durante la mayor parte de la travesía, todos los que íbamos en el Onas pudimos acatar las órdenes del patrón, pero una mañana, después de una cena copiosa anclados cerca del puerto de Mahón, las intenciones se fueron al garete. A una de las del grupo (juro que, esta vez, no fui yo) le entró un apretón y, aprovechando que el patrón había ido a tierra firme, se metió en el minúsculo lavabo para “liberarse”. El resto estábamos en cubierta tomando el sol y todo parecía ir bien, hasta que oímos la voz del patrón: ¡Joder! ¡¿Quién está cagando?! Nos levantamos al instante y dirigimos nuestras miradas hacia los gritos. No pudimos aguantar la risa al ver el panorama: allí abajo estaba el capitán, en su barca hinchable llena de bolsas de supermercado (el pobre se había levantado temprano para comprar víveres), rodeado de mierda flotando en el mar. No hace falta decir cómo se quedó la pobre chica al salir del lavabo y, en cubierta y totalmente satisfecha, comprobar a dónde habían ido a parar sus “cositas”.
Otro verano, en otro país árabe, en una excursión, al preguntar por el toilete, el guía me señaló un palmeral mientras, con una sonrisa picarona, me decía "cualquiera de ellas te servirá".
Y este verano, en China, en los lavabos públicos de la Ciudad Prohibida, con la vejiga a punto de explotar y una cola de mil pares, me encontré con un retrete vacío porque no tenía puerta. La china que estaba detrás de mí, con cara de angustia, me preguntó algo y, al ver que yo no respondía (más que nada porque no entendía ni papa), pasó delante de mí y se metió en el retrete sin puerta. Ni corta ni perezosa, ante la atenta, disimulada y sorprendida mirada de todas las que estábamos allí -la mayoría, chinas-, se bajó los pantalones, se puso en cuclillas -los lavabos públicos allí son agujeros en el suelo- y su cuerpo empezó a emitir todo tipo de sonidos que la mujer acompañaba con una sonrisa de enorme alivio… ¡No hay nada como viajar y ver mundo!
Pero las mejores experiencias que he tenido al respecto las he vivido con mis sobrinas, cuando eran pequeñitas, justo en el momento cumbre, cuando más tranquilidad y soledad necesito. Una, juguetona, que llama constantemente a la puerta mientras yo estoy con mi lectura y no para hasta que abro y le dejo entrar; otra, que se empeña en que la coja en brazos o en jugar a las momias con el papel higiénico; la pequeñaja, que se queda mirándome con esos ojazos que cortan el hipo (y el rollo, claro) o que quiere saber qué tengo entre las piernas. Más de una vez, entre risas infantiles y mis gritos llamando a sus madres respectivas para que las niñas salieran del baño, he declarado imposible la misión.
En fin… Ya lo dice mi amiga: para no tener problemas, antes de salir de casa, todos comidos y “pipidos” (o, en su defecto, “popados”. ¿O se dice "popodos"?)