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domingo, 14 de julio de 2013

SOY LO QUE LEO/LEO LO QUE SOY

Si, así es, soy lo que leo y lo que he leído. Soy "hija" de las cartillas con las que aprendí a leer mis primeras letras, de los cuentos infantiles que me explicaba mi madre, de los libros de texto de toda una vida académica, de los manuales y de los clásicos que tuve que "diseccionar"  durante mis carreras universitarias y de los diccionarios que utilice y sigo utilizando. Y no, no soy "hija" de aquellos libros de la presdolescencia, Los Hollister, Los Cinco, Las mellizas de Torres de Malory, porque, por mucho que mi familia insistiera, no me gustaban. Con la edad y por mis aficiones, mis lecturas han ido variando y han ido ampliando sus horizontes: libros de adultos y para adultos, libros en otros idiomas, prensa, ensayos, poesía, diccionarios más complejos. Y así, soy lo que leo porque, gracias a todas esas letras, las que he leído y las que no he leído, se ha ido forjando mi yo, me he ido forjando yo.

Y, después de toda una jornada, después de toda una vida, leyendo letras, señales, formas, colores, iconos, llego a casa. Me ducho, me pongo cómoda y entro en mi despacho.  Me quedo quieta ante las estanterías repletas de mis libros protegidos por unas puertas de cristal y me veo reflejada en ellas. Soy yo. Y más allá de mi figura difuminada en la superficie brillante, veo con más claridad los lomos de todos los libros que me hacen pensar en el sentido inverso de aquella reflexión "soy lo que leo". Repaso en silencio y lentamente, muy lentamente, cada una de las estanterías de mi despacho. En la superior, los libros de gran formato sobre arte, religión e historia porque, desde siempre, me ha fascinado el origen de estos tres elementos claves de cualquier civilización, tres elementos claves de la propia Humanidad. Debajo, varias estanterías con las colecciones de los clásicos hispánicos y en otras lenguas porque, desde que empece a leer el primero, supe que mi vida iba a ir por esos derroteros. Soy licenciada en Filología Hispánica. Al lado, los libros, los manuales pertenecientes a la literatura árabe porque, desde que pise por primera vez tierra moruna,  soy una gran apasionada del mundo árabe, de esa cultura tan rica y ancestral: mis moritos, y mis moritas, como los llamo yo, mis moritos y mis moritas que siempre reservo para el verano. Más abajo, todos los libros escritos por mujeres porque, sencillamente, soy mujer. En otras estanterías, varias, la literatura actual, anárquica, desordenada, variada, autóctona, traducida, que obedece a impulsos y a pulsiones cuyo origen desconozco exactamente (quizás, ese sea uno de los misterios del ser humano: ¿por qué me gusta lo que me gusta?). En cierto sentido, soy así, impulsiva y ecléctica. En otra, los diccionarios, muchos, que responden al gran respeto que tengo a la lengua (en general) ya que en ella se encuentra la semilla del tema que nos ocupa (¿y nos preocupa?): la lectura, y porque, ya lo saben ustedes, soy profesora de Lengua. Más abajo, los manuales de escritura, de como escribir bien (que no significa sólo hacerlo sin faltas de ortografía), de como estructurar una novela, de como diseñar unos buenos personajes porque, si bien hoy sólo soy una mujer que escribe, si quiero llegar a ser una buena escritora. En otra, los libros de viajes y no sólo me refiero a las guías turísticas, que también. Y es que soy una gran curiosa: me encanta viajar y conocer nuevas culturas, nuevos paisajes, nuevas gentes... En otra, ensayos y manuales sobre diversos temas (actuales pero de toda la vida): economía, política, sexo, etc. Ante todo, soy persona. Tocando el suelo, a la altura de los más pequeños, los cuentos infantiles, que les he leído no pocas veces. Porque soy tía. Y en la última, carpetas de artículos y de revistas que, por una razón y otra, obedeciendo a esta figura poliédrica que soy, en su momento me interesaron. Porque soy eso, somos eso, un sorprendente y misterioso poliedro de muchos lados, de muchas facetas. Por eso, en efecto, y dando la vuelta a aquellas palabras, leo lo que soy.


Sin embargo, ante este juego de palabras, soy lo que leo, leo lo que soy, ante esta encrucijada sin salida, sólo quedan los verbos, LEER y SER, que se fusionan en una misma realidad. Y eso es lo que realmente importa, ¿no?

sábado, 6 de abril de 2013

LEO, LEO, LEO

Suena el despertador. Me vuelvo de manera autómata y, con los ojos cerrados, apago de un manotazo el despertador. Los abro y unas luces rojas, brillantes, parpadean ante mí. Las seis de la mañana. Ya estoy leyendo. Me levanto. Me desperezo. Levanto la persiana y, a lo lejos, me dan los buenos días unas enormes letras luminosas de una empresa de telefonía. Vuelvo a leer. Voy hacia la cocina. Abro el armario y cuatro formas grabadas en un tarro de cristal me sonríen: C A F E. Abro la nevera y, de nuevo, un montón de signos me acogen entre el frío: zumo, leche, mermelada. Estoy leyendo otra vez. Me desayuno en la mesa de la cocina mientras paseo mi mirada por el calendario de la nevera -febrero- y me fijo especialmente en una casilla coloreada en rojo -11- escrita con mi caligrafía: Gemma. De nuevo, leo. Ostras, hoy es el cumpleaños de mi hermana. Después del café con leche y las tostadas, inexorablemente, voy al lavabo -como digo yo, la llamada de la selva-. En mi trono blanco, cojo lo primero que tengo a mano, el suplemento del diario del domingo: entrevista, reportaje, crítica literaria, recomendación gastronómica, artículo de opinión... Vuelvo a leer. Me lavo los dientes y la marca del dentífrico se pasea ante mí, otra vez estoy leyendo; me ducho y unas letras de color verde esmeralda me invitan a un mar profundo, sigo leyendo; me visto y, mientras consulto el reloj, las siete y veinte -vaya, vuelvo a leer números-, cojo el bolso y salgo de casa. En el ascensor, sigo leyendo, unos panel plateado con números y letras plateados me indican que estoy bajando. De camino al metro, un autobús pasa delante de mí, leo el número de la línea, leo el punto de origen y el punto de llegada, leo el anuncio que lleva en el lateral, leo, leo; un semáforo para cruzar la calle, leo los colores; un letrero colgado en una farola, leo; una señal de tráfico, leo; una señal luminosa en forma de rombo tumbado, leo que yo estoy cerca de la estación; bajo las escaleras, leo la dirección que debo seguir, como cada día, y, en el andén, mis ojos revolotean por los paneles de anuncios, por los letreros de la empresa de transportes. Leo, leo, leo. Llega el metro. Me subo. Consigo alcanzar un asiento -a esas horas de la mañana, los vagones están llenos- y saco del bolso el teléfono móvil. Lo activo. Los iconos llenan la minúscula pantalla, los leo, y unos números rojos, los leo, me indican que tengo asuntos pendientes. Mensajes cortos, lo que se suele llamar SMS: los leo; abro los chats del whasap: los leo; me conecto al correo electrónico: los leo. Leo, leo, leo. Levanto la cabeza y la portada de un periódico se encuentra conmigo: titulares, entradillas, alguna foto, un pie de foto y un anuncio. Lo leo todo. Me fijo en el panel de las paradas de mi línea de metro, las leo una a una. Me fijo en el rótulo del andén donde hemos parado, sigo leyendo. Estoy a punto de llegar. Abro de nuevo el bolso para guardar el teléfono y, al fondo, unas letras impresas en una tapa dura me hacen un guiño en la penumbra. Ya en la calle, un montón de señales, símbolos, iconos, letras, colores, me invaden. Sin querer, sin ser plenamente consciente, sin saber exactamente cómo, interpreto cada una de esas extrañas y conocidas formas que me acercan al mundo. No dejo de leer. Un cartel de metacrilato con letras me dan la bienvenida al centro de trabajo. Sigo leyendo. Saludo a la conserje y me da unos sobres: veo mi nombre y mi apellido en cada uno de ellos. De nuevo, estoy leyendo. Subo las escaleras. Primer piso. Color rosa. Un directorio. Leo números. Leo letras. Leo colores. Segundo piso. Color verde. Siluetas infantiles. Leo. Tercer piso. Color azul. Un pentagrama. Unas siglas. Leo. Por fin, cuarto piso. De manera involuntaria -o voluntaria, todavía no lo sé con exactitud-, he ido pasando mi mirada por todos los letreros de los pasillos y de las diferentes salas. No he dejado de leer un solo segundo. Antes de empezar a trabajar, voy al lavabo y dos figuras humanas, una masculina y la otra femenina, dibujadas en sendas puertas me señalan exactamente hacia cuál de ellas me tengo que dirigir. Entro en el despacho y encima de la mesa veo, como cada día, un calendario pequeño, leo, una placa con un lema que anima a no perder la fe, leo, unos post-it con varios avisos enganchados en el ordenador, leo, la agenda, abierta, repleta de teléfonos y direcciones, leo, otra agenda preñada de asuntos pendientes, leo. Leo, leo, leo. No dejo de leer. Enciendo el ordenador y una nube de iconos, de carpetas amarillas y de grandes uves dobles de color azul, cada uno con su etiqueta correspondiente, como quien no quiere la cosa, inunda mi retina. Sigo leyendo. Me quito la chaqueta mientras, en la estantería, las letras grabadas en los lomos de pequeños y grandes tomos me llaman a gritos: diccionarios, manuales, novelas juveniles, carpetas y mas carpetas. Suena el teléfono y unas grafías se iluminan en la pequeña pantalla del aparato. Vuelvo a leer. El jefe. Un montón de papeles y de informes me están esperando para ser analizados, corregidos y criticados.
Uffff, hoy voy a tener que leer mucho...

sábado, 17 de noviembre de 2012

PATADAS EN EL DICCIONARIO (o todos somos la RAE)


“No, hija, muchas gracias, pero no quiero LSD en mi casa”. Con estas palabras, respondió mi madre, muy convencida ella, a la respuesta de si quería que les pusiéramos Internet en casa. ¿¿¡¡LSD, mamá!!?? “Sí, hija, es que tengo miedo de engancharme con eso... -argumentaba mi santa madre, muy digna ella-. Mira la vecina del quinto; desde que se lo puso, no para con los mails y ya dice que no puede vivir sin él”. Pero mamá... “Que no, no insistas, he dicho que no quiero LSD y no quiero LSD”. Chico trabajo me costó convencerla de que no se trataba de LSD o de cualquier otro tipo de estupefacientes sino de ADSL (mirándolo bien, Internet se ha convertido en una de las drogas más potentes del siglo XXI y ya llevamos unos años oyendo de la adicción a las nuevas tecnologías. Ya hay unidades clínicas para tratar a aquellos que están enganchados al mail, al whatsapp o al facebook...). “Tú ya me has entendido, ¿no?”, fue lo que me dijo. Y tan tranquila...
Y es que mi madre es experta en hacer que la lengua, aquello que los ilustres de la RAE defienden como un sistema que se tiene que adaptar a los hablantes, sea un organismo vivo -valga el pleonasmo-. Y tanto que es un organismo vivo; que se lo digan a ella que, cada dos por tres, le da la vuelta a las palabras y a las estructuras sintácticas. Hace unos meses, yo misma lloraba de la risa al oírla decir “hija, ¿tienes "sicolina" en casa? (ahora mismo, este palabra, sicolina, aparece en la pantalla de mi ordenador subrayada con una patata ondulada de color rojo. Coloco el cursor encima de ella y... ¡sorpresa! ¡Esta palabra no existe!) Perdona, mamá, pero ¿qué me has pedido exactamente? Hay, hija, últimamente estás muy espesa (¡espesa, yo...!), te he pedido sicolina, sí, hombre, lo que tenéis en casa para las baldosas del baño... (Pero qué buena es mi madre enriqueciendo el léxico español. Si los de la RAE tendrían que cederle una letra y todo...)
Pero ella no es la única.
Cuando yo era jovencita (más jovencita que ahora porque todavía sigo siéndolo, ¿eh?), una tarde llegué a casa hecha polvo. Había tenido tres exámenes aquel día y, la verdad, estaba cansadísima. Debía de hacer muy mala cara porque, en cuanto entré en el portal, la señora portera, que estaba distribuyendo el correo en los buzones, al verme, me dijo: “Niña, qué mala cara llevas, ¿que tienes la monstruación? (Atención, otra palabra que no existe pero que forma parte de ese organismo vivo que es nuestra lengua...) ¡¿La monstruación?! Sí, niña, la regla. Es que tienes muy mala cara. ¡¡La menstruación!! Vale que yo viva la regla como si fuera un auténtico “palo” pero de ahí a relacionarla con los monstruos...
Hace unos años, una amiga, sabiendo que otras amigas y yo nos habíamos quedado hasta tarde para preparar la declaración de renta, vino a vernos a casa y, sonriente, nos dijo: “Qué, en pleno aborigen, ¿no?” Mis amigas y yo nos miramos extrañadas, como preguntándonos qué demonios quería decir aquello del aborigen, y, al ver que no respondíamos, mi amiga nos lo aclaró: “Tantos nervios, tantas prisas, tantas horas, menudo aborigen estáis viviendo”. ¡¡¡Acabáramos!!! ¿Acaso quería decir vorágine? No nos atrevimos a rectificarla en su error: era nuestra jefa... La cuestión es que sigue siéndolo y, cada vez que entramos en una etapa de prisas, de nervios, de preparación para alguna auditoría, ella, para tranquilizarnos, siempre nos dice: “Que no os invada el aborigen. Ante el aborigen que se acerca, lo mejor es mantener la calma...” Huelga decir que, cada vez que menciona esa palabra en lugar de la otra -no pocas veces a lo largo del año-, mis amigas y yo hacemos esfuerzos supremos para no mirarnos y, sobre todo, para que no se nos escape la risa delante de ella... Pero cada vez es más difícil porque ella, como mi madre, es una experta en renovar el vocabulario: absoleto (otra palabra que no existe) por obsoleto, pipti pipti por fifty fift (aquí, como pueden observar, hace una gran aportación al inglés...); morroña (me suena al anuncio de yogures jorroña que jorroña) por morriña o casualística por casuística (qué manera de complicar la lengua, Dios mío). Además, como se debe aburrir con los refranes o las frases hechas del imaginario español, los renueva sin ningún tipo de miramiento: “A buenas horas, manzanas verdes” en vez de “A buenas horas, mangas verdes” o "entre pintos y flautas", "adiós, mundo fiel", “A cabo saco” en vez de “a saco Paco”... 
¿Y quién no se acuerda de las meteduras de pata de algunos/as famosos/as en cuanto a palabras se refiere? Supongo que algunos de ustedes recordarán el célebre candelabro de la Mazagatos cuando cambió la expresión de "estar en el candelero" por "estar en el candelabro"...
La verdad es que pensaba que todo esto de inventarse palabras (por omisión de letras, adición de letras, cambio de orden de letras o directamente palabra nueva) sólo existía en los mercadillos de barrio: “Espera, xoxo, que voy a la fragoneta a ver si hay de tu talla” o “Niña, que tengo la tanga de cavinkrein...” o “Xoxete, si vas mu cargá, pídete un tachis”. También pensaba que eso de inventarse palabras podía ser una fase que viven los niños a la hora de aprender a hablar. Un día escuché a una niñas monísimas (o sea, mis sobrinillas) decir: “He visto a Jofesina en el patio” o “El coche de papá no funfiona” o “Mamá ha ido a darse un majasito” o la famosa canción “la putaracha, la putaracha ya no puede caminar...”.
Durante mis años de carrera universitaria, me acerqué al origen y formación de la lengua española: el latín, las lenguas romances, los dobletes (palabras patrimoniales y cultismos), los préstamos, arabismos, galicismos, germanismos, anglicismos... y después de ver todos estos ejemplos en los que queda patente la “viveza” de la lengua, lo cierto es que todos los que hablamos, o sea, todos, absolutamente todos tenemos en nuestras manos, perdón, en nuestra boca, el poder de hacer evolucionar nuestra lengua, sea la que fuere.
No. Si ya lo digo yo. Si los de la RAE han aceptado "asín" arguyendo que lo dice mucha gente, como mi madre siga con lo de la sicolina y el LSD, el día menos pensado, me la encuentro sentada en la butaca de la letra O. O de... ¡¡¡OLE TUS COJONES!!!

martes, 25 de septiembre de 2012

FILOFRIKI

Ahora que ya hemos digerido que la Real Academia de la Lengua Española ha aceptado oficialmente términos como 'acojonamiento', 'beisbolero', 'bloguero', 'canalillo', 'chatear', 'cienciología', 'clitoriano', 'culamen', 'euscaldún', 'friki', 'gayumbos', 'minicadena', 'ochomil', 'okupa', 'papamóvil', 'pepero', 'sms', 'sudoku', 'sociata', 'ugetista' o 'usb', voy a proponer a los ilustres academicistas un nuevo término, o mejor, una nueva acepción: FILOFRIKI.
Dicho vocablo surgió durante un delicioso atardecer de verano, en un bello rincón de la Costa Brava, en compañía de mi familia y alguien más. Después de un caluroso día de playa, con un sol refulgente que se escondía tras las montañas y una copa de cava en la mano, el marido de mi prima preguntó en voz  alta qué pueblos franceses están más cerca de la frontera, por aquello de decir que también había estado en el país galo. Tienes Perpignan, Llivia, Carcassone, Colliure… ¿Y qué se puede ver en ellos? Cada uno de los allí presentes fue diciendo las gracias de las localidades: que si uno tiene un río muy bonito, que si en el otro está la farmacia más antigua de Europa (y un bar donde he almorzado ostras, caviar y cava, dije yo -no es broma-), que si es un pueblo medieval amurallado, que si tiene una playa preciosa... Y un cementerio muy pequeño donde está la tumba de Machado, rematé yo, ilusionada. ¿¿¿¿¿Yyyyyyy?????, fue lo que oí a mi alrededor además de ver miradas de alucine absoluto y sonrisas condescendientes. Sólo por eso vale la pena ir, dije convencida. ¿Un cementerio?, ¿una tumba? Y ese Machado, ¿cómo es que acabó allí? Después de contarles la historia de los últimos días del poeta, les expliqué que no pocos filólogos habíamos ido allí a recitar sus versos y a comprobar que todavía hay mucha gente que le recuerda y le añora. Las caras de estupefacción se hicieron más elocuentes y las risas más sonoras, a la vez que alguien exclamó "mira que sois raros lo de letras, ¿eh?",“pero, qué friki, por favor”.
Vamos a ver. ¿Acaso no va la gente detrás de un corredor de motos, o de un artista, o de un futbolista, o de un diseñador y se gasta todos los ahorros por estar en las ciudades que ellos pisan? Y nadie dice nada... Pero bueno.
Lejos de amedrentarme o de enojarme con tan osado juicio de valor, les expliqué que, cuando estudiaba filología, me gustaba comprobar in situ los escenarios que salían en las novelas que leía, y que tenía –y sigo teniendo- un amigo al que le chifla hacer eso cuando viaja. De hecho, muchas veces, hemos elegido nuestros destinos de viaje –cada uno por su lado- en función de la última novela que ha caído en nuestras manos. Así, él fue a la Cueva de Montesinos a declamar el “Oh, Belerma; oh, Belerma” de El Quijote; o a Madrid, a recorrer el callejón del Gato del que tanto hablaba Valle Inclán en su Luces de Bohemia.
Yo también he tenido esos momentos de desatada mitomanía literaria: en mi viaje por tierras gaditanas, me emocioné al descubrir la casa donde había nacido y vivido Carlos Murciano, un poeta con aires andalusíes y caminar por las calles que tan bien reflejó en sus versos (aunque también tengo que reconocer que obligué a mi partenaire a ir a Chipiona para ver la tumba de la más grande…); fui a Oviedo, además de para ver a mi buen amigo don Jorge, para pasear por sus callejuelas y plazas, para recrearme en su catedral, sabiendo que desde lo alto de una de las torres podía estar mirándome Fermín de Pas –de paso, me hice una foto con mi estimada Ana Ozores-; fui a Dublín persiguiendo a James Joyce y, a la vez, para comprobar qué tal estaba mi hermana;  recorrí Marruecos siguiendo las huellas de mis adorados Mohamed Xucri, Tahar Ben Jelloun, Fatima Mernissi...; busqué en el cementerio de Père-Lachaise, en París, el último suspiro de Proust, Apollinaire,  Balzac, Cyrano de Bergerac, aunque donde realmente flipé fue ante la tumba de Jim Morrison, cubierta de flores, latas de cerveza, botellas de whisky y vomitadas varias…; disfruté de lo lindo en Alcalá de Henares, en su universidad, escuchando la historia de los gorrones, en la casa de Cervantes y sentada en un banco entre el enjuto hidalgo y el rechoncho Panza (aunque no sé si disfruté más con las cervecitas y las tapas…); y en la casa-museo de Rosalía de Castro, en Padrón, con esos pimientitos, qué ricos; y en el Puerto de Santa María (¡qué buen marisquito, vive Dios!) rememorando los versos de Alberti
¿Y por todo eso mi primo nos estaba llamando friki? No, friki, no, "FILOFRIKI".
Pues, parece ser que actualmente, el mundo está plagado de filofrikis porque, hace un tiempo, se puso de moda ir a Lisboa por Pessoa o por Saramago; a Barcelona, por Mendoza, Marsé, Laforet, Rodoreda; a El Cairo por Naguib Mahfouz;  a Nueva York, por Paul Auster… Los ayuntamientos, no se sabe si para sacar dinerito o para dar a conocer a sus ilustres artistas, elaboraron recorridos auténticamente literarios: la Barcelona del Quijote, el Sur de Juan Ramón Jiménez, la meseta de Machado, el Madrid de Galdós, el París de Vargas Llosa.  ¿Y qué me dicen de lo más reciente, la Barcelona de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, o de La Catedral del Mar, de Falcones? Me juego lo que sea a que pronto sacarán la ruta de El tiempo entre costuras, de María Dueñas. Ya estoy viendo el eslogan: un viaje sentimental y exótico por la España en tiempos del Protectorado y por el norte africano…
¿Qué quieren que les diga? Eso, lo de viajar buscando los escenarios y las cunas de los escritores, ya lo hacíamos nosotros. El problema está en que, cuando contratamos el viaje en una agenda, somos unos viajeros cultos y curiosos y, cuando vamos por nuestra cuenta, sólo somos unos "filofrikis".

lunes, 2 de julio de 2012

¡¡¡VERANITO!!! (o mis libros para una isla desierta)

Con las maletas a medio hacer, el neceser casi completo, los mapas, las guías de viaje, la documentación a punto y a buen recaudo, busco entre las estanterías todos los libros que, durante este largo invierno -y otoño, y primavera- he ido comprando para leerlos este veranito que ya ha llegado. Este, este, y este, y este también. Demasiados. Y pesan demasiado para no tener ningún altercado con las dichosas azafatas a la hora de facturar en una de estas estupendas compañías low cost que te cobran por llevar cien gramos de más. No, si ya lo decía yo. No era mala idea eso del e-book. Para el año que viene, seguro que ya no tendré ese problema. Lo pediré para mi cumpleaños. Y tal y como está el panorama literario, no estará de más irse familiarizando con este soporte, que no con el arte de leer.
Pero no, no me voy a llevar ningún libro. No me acordaba ya que había pensado otros planes para mí en materia de lecturas. Les cuento.
Allá por el año 2006, creo recordar, mi cabecita empezó a sufrir un extraño fenómeno. Por algo que me contaron, una idea empezó a rondar por los pliegues de mi cerebro y durante mucho tiempo, sin yo quererlo, una historia empezó a fraguarse y una obsesión me fue persiguiendo día tras día, mes tras mes. Y así, incapaz de sacarme esos fantasmas de mi cabeza y de mi vida -personajes con nombres y apellidos, escenarios con sus calles y sus plazas, tramas con nudos y subtramas-, como si de una terapia se tratara, decidí ponerla por escrito. En un año, la tenía escrita e, ilusa de mí, hice un montón de fotocopias y las envié a las editoriales, pensando que eso sería cuestión de coser y cantar. Me contestaron algunas pero la mayoría respondió elocuentemente con el silencio.
Deduje que la novela era una auténtica mierda, pero no me rendí. Todo lo contrario. Como lo único que quería era perfeccionarla, me apunté a la Escuela de Escritores del Ateneu de Barcelona y, durante tres años, entre lecciones magistrales, consejos que no tienen precio, risas, muchos ejercicios escritos con sus jodidas correcciones -la única manera de aprender a escribir es escribiendo y corrigiendo-, y unas cuantas cenas y comidas sin igual, aprendí que el arte de escribir se basa, fundamentalmente, en reflexión (pensar, pensar y pensar la historia que quieras contar), trabajo, mucho trabajo (para aprender las técnicas, para perfeccionarse, para escribir y reescribir tantas veces como sean necesarias), ilusión, mucha ilusión (para no desfallecer nunca), algo de inspiración (porque para eso se llama arte, ¿no?) y muchísima humildad (porque, después de haber escrito una novela de 300 páginas, no te puedes creer alguien genial; y, porque después de más de 50 cartas y/o mails de rechazo, tampoco te puedes creer que no vales nada).
Y después de más de cinco años desde aquel flash en que me he encontrado de todo (coeditoriales que quieren sacarte hasta el último euro; informes de lectura hechos por, no se lo pierdan, ¡un cuidador de perros!; negativas justificándose en la crisis, maldita crisis; ánimos mil para seguie intentándolo), después de varias relecturas más, después de una infinidad de consejos y después de caer y volver a levantarme, he decidido intentarlo de nuevo. Por eso, no me llevo ningún libro de vacaciones. No. Rectifico. Me llevo MI libro, MI novela (y, por qué no decirlo, MIS ilusiones y MIS esperanzas) de viaje, para volver a leerlo, para volver a corregirlo y traerlo de vuelta con un aire nuevo. Y con esta nueva versión, colgarlo en el Amazon y venderlo por 2 euros (uno, para mí y el otro, para alguna ONG o Fundación, para ver si, entre todos, podemos arreglar un poquito este mundo que con la que está cayendo...).
En fin, estos son mis planes de lectura para este veranito. Pero no se preocupen. Aquí les dejo algunos de mis libros preferidos (unos leídos más de dos y tres veces) que me han acompañado en mis viajes y han hecho que mis vacaciones (además de PGF y su cámara, de los paisajes, los vinos nuevos, los descubrimientos y los mares) tengan un sabor especial (y no me refiero a la gastronomía típica del lugar, que también):

  • María DUEÑAS, El tiempo entre costuras (una deliciosa historia en un rincón muy conocido para mí. A la espera de ver la versión televisiva)
  • André GIDE, El inmoralista (un clásico transgresor que releo cada año)
  • Ryszard KAPUSCINSKI, Viajes con Heródoto (una auténtica guía de viajes con pensamientos y lecciones magistrales dignos de ser recordados)
  • Julio MEDEM, Aspasia. Amante de Atenas (todavía no lo he leído pero promete: la vida en la Grecia Clásica, la polis, la democracia, los primeros filósofos, todo visto a través de una mujer excepcional, Aspasia, la amante de Pericles)
  • Eduardo MENDOZA, El enredo de la bolsa y la vida (fresco, tremendamente divertido, ideal para llevárselo de vacaciones)
  • Olga MERINO, Perros que ladran en el sótanos (una historia de sufrimiento y desarraigo contada con maestría)
  • Teresa MOURE, Hierba mora (un momento de la vida de Descartes. Una delicia)
  • Azar NAFISI, Cosas que he callado (todo una vida en Teherán). También es la autora de Leer “Lolita” en Teherán (sencillamente, genial)
  • Mario VARGAS LLOSA, Travesuras de la niña mala (exquisita, sensual)
  • Stefan ZWEIG, Veinticuatro horas en la hora de una mujer (tan pocas páginas para decir tanto)
  • Más de mis “moritas” y “moritos”: algo de Atiq Rahimi, Nedjma, Muhammad Xukri, Kader Abdolah, Salwa al Neimi, Fatima Mernisi, Tahar Ben Jelloun, etc., etc., etc.
  • Y, por supuestos, los cuentos de mi admirada y añorada Mercedes Abad, de Empar Moliner, Javier Tomeo, Fernando Iwasaki...

Me falta un montón de títulos pero estos son los que me llevaría a una isla desierta.


Yo seguiré con lo mío. Quizás, en setiembre, cuando vuelva, pueda anunciarles una buena nueva...

LES DESEO UN FELIZ VERANO Y UNAS ESTUPENDAS VACACIONES 3D PARA :
Desconectar
Descansar
Disfrutar


miércoles, 19 de octubre de 2011

SOY DE LETRAS

Soy de letras. Ea, ya lo he dicho. Sí, soy de letras. ¿Y qué? ¿Pasa algo? Joder, como si ser de letras fuera una especie de virus cuyo antídoto todavía no se ha encontrado (yo estoy convencida de que ni siquiera se está buscando porque ya nos dan por perdidos). Sí, soy de letras. Y a mucha honra. Y me pongo así de chula porque me da la impresión de que decir que una es de letras es como decir ‘soy una lerda’, que he elegido letras porque soy un auténtico zoquete con los números, las ciencias y todo lo que tenga que ver con fórmulas, ya sean matemáticas, físicas o químicas; que decidí hacer letras por descarte, por desesperación, por hacer algo, vaya. Pues no. Yo soy de letras por convicción y por vocación. Y sí, lo reconozco, soy algo durilla con los números, qué le vamos a hacer, algún defecto debía de tener, ¿no?; más bien, diría que me cuesta entender los conceptos matemáticos y los términos económicos que están tan de moda y que, al parecer, hay que dominar si una quiere tener una jubilación tranquila.
Porque una cosa es tener todas los recibos bien ordenaditos en una carpeta monísima de colores; otra cosa es tener todos los papeles de la hipoteca perfectamente clasificados en otra carpeta también monísima; y otra cosa es tener en el ordenador un Excel con todos los haberes y deberes que voy rellenando religiosamente cada mes (es que soy una auténtica virgo). Pero otra cosa muy diferente es entender todos y cada uno de los conceptos que aparecen en esos insidiosos papelitos de diferentes colores, texturas y medidas. Porque, supongo que me darán la razón, hay veces que la cosa no es tan simple, hay veces que todo se complica, como si las fuerzas del mal en forma de incomprensibles términos y palabras raras se hubieran aliado en mi contra. Entonces es cuando echo de menos ser de ciencias.
Como muestra, dos botones:
Desde que empecé a trabajar, con nómina, TC, Seguridad Social y toda la mandanga, y tuve que hacer la declaración de la renta, mayo se me antojaba como el mes de las histerias de la economía doméstica: ¿me falta algún papel?, ¿me habrán hecho bien la retención?; si se me olvida algo, ¿me meterán en la cárcel? Llamaba por teléfono, reservaba día y hora y bien arregladita (como si fuera al ministerio, vamos, inocente de mí) me presentaba en la delegación de hacienda con mis carpetitas bajo el brazo y todos los recibos primorosamente ordenados y revisados hasta la extenuación. A medida que el funcionario me los iba pidiendo, yo los iba sacando de la dichosa carpetita con una sonrisa y una respiración cada vez más tranquila, y él iba tecleando con una rapidez nunca vista no se qué. Entonces llegaba el gran momento en que el individuo en cuestión giraba la pantalla del ordenador y preguntaba al aire: ¿Todo bien? Yo miraba y remiraba aquel monstruo de tres cabezas y no se cuántos tentáculos en forma de extraños conceptos y números y más números. Le devuelven 937,46 euros. Yo, mientras, repasaba aquellas incomprensibles cifras y, sin entender de dónde demonios habían salido, afirmaba disimulando un apabullante dominio del tema: Todo perfecto.
Hasta que me compré el piso. Estuve pagando durante tres años unos recibos mensuales en concepto de entrada y, cuando firmé la hipoteca, mi padre ya me avisó que la declaración de renta de aquel año sufriría algunas modificaciones. Se acercaba mayo y yo, hecha un atajo de nervios, revisando una y otra vez cada maldito papel de la dichosa carpetita, que ya empezaba a odiar, pedí a mi padre que me explicara en qué iban a consistir tales modificaciones. Tres cuartos de hora estuvo. No entendí ni papa. Se lo pedí a mi cuñado. Nada. Y el que era un proyecto de novio en aquel entonces también se prestó a explicármelo. Inútil. El día D, de Declaración de renta, llegué a la mesa 73 de la delegación y una tal señorita Merche se presentó muy amablemente dispuesta a hacerme los cálculos pertinentes y a resolver todas mis dudas. Perfecto Por fin, lo podré entender de una maldita vez. A medida que iba introduciendo los datos, efectivamente, me iba explicando todo lo que estaba sucediendo en la pantalla de su ordenador y, por ende, en mi declaración. ¿Lo ha entendido? Pues no, lo siento. ¿Le importaría volver a explicármelo? La señorita Merche repitió, palabra a palabra, la perorata de las hipotecas y las entradas. ¿Ya lo ha entendido? Pero, ¿cómo lo voy a entender si me ha dicho exactamente lo mismo? Con todos los recibos dispersos por la mesa y el manual de declaración de renta de aquel año abierto por el apartado del tema que nos ocupaba, la funcionaria, resoplando de manera insolente y adoptando una actitud de maestra de niños pequeños, me lo explicó todo de nuevo. ¿Lo entiende ahora? Mi cara debía ser todo un poema porque la mujer soltó en voz alta un joder, tampoco es tan difícil. Ni que fuera usted de letras. ¡ACABÁRAMOS!
A partir de ahí, como si mi mente selectiva hubiera borrado tan bochornoso incidente, sólo me acuerdo de que, ofendidísima, empecé a recoger los papeles, mientras otra señorita (supongo que era la supervisora o algo así) me dirigía muy amablemente a una sala más apartada. Bueno, en realidad, también me recuerdo a mí misma gritando como una energúmena entre las mesas y los contribuyentes: ¡Perdona, guapita de cara, ¿acaso sabes tú hacer un comentario literario de un soneto de Góngora?!
Pero el colmo de mi cortedad en cuestión de números y finanzas domésticas llegó este verano, mientras preparaba mi viaje a China. Como cada año, llamaba a mi hermana para decirle dónde estaban apuntados los números secretos de las cuentas corrientes y de las tarjetas, las claves para entrar en las entidades bancarias on-line, todo lo del fondo de pensiones, el seguro de viajes. Todo por si me pasaba algo durante el viaje. ¿Y el seguro de vida? ¿Seguro de vida? ¿Qué seguro de vida? No tenía ni idea si lo tenía o no. No te iría mal que te informaras y que te hicieras uno… Ya sabes, el piso, papá, mamá, nosotras…Vale. Muy puesta, yo, llamo a la entidad bancaria donde tengo la hipoteca para averiguar si lo tengo. No, no lo tengo. Una voz muy amable me pregunta si quiero informarme sobre sus seguros de vida. ¿Tienen más de uno? Habrá que estar muy atenta para pillar a la primera las diferencias y las prestaciones. La voz empieza a hablarme sobre las cuotas mensuales, no es muy caro, no; me habla de los beneficiarios, me menciona eso de en caso de accidente, luego me comenta algo de en caso de fallecimiento… Pero mi cabeza está en otro sitio y mis oídos ya no escuchan esa voz tan agradable. Vamos a ver si lo he entendido. Yo voy a pagar cada mes una cantidad determinada de dinero para que, en caso de accidente o muerte, lo reciban mis beneficiarios. Sí, lo he entendido perfectamente. Pero una duda me está corroyendo: si no tengo ningún accidente, ¿me devolverán el dinero? Si es así, perfecto, me apunto. Si no así, ¿dónde iría a parar MI dinero? No se lo pregunto porque estoy metida en esa vorágine de dudas. No pienso. Sólo quiero respuestas. Sólo quiero que me digan que no me preocupe por nada, que, en ningún caso, voy a perder dinero. La voz me sigue hablando pero yo, a lo mío: mi dinero, ¿quién se lo va a quedar? Y sin someter mis dudas a una mínima reflexión, vamos, sin contar hasta cien, como siempre me aconseja mi madre, me lanzo al ruedo: Perdone, señorita, ¿y si no tengo nunca ningún accidente? La voz empieza a contestar pues, si no tiene ningún… pero yo, erre que erre, sigo enfrascada en mis cavilaciones y, convencida (lo juro) de la complejidad y la lógica de mis dudas, vuelvo a tirarme a la piscina (obviamente y conociéndome, sin agua): Es más, ¿¿¿¿¿y si nunca me muero?????

PD. Supongo que querrán saber cómo acabó la consulta. Pues bien, después de tan absurda, ridícula, irrisoria, patética y esperpéntica pregunta, se hizo el silencio. Al cabo de unos segundos, mi cerebro, que se había parado durante unos minutos (porque, si no, no lo entiendo), volvió a funcionar y colgué de inmediato. Creo que la voz todavía se está partiendo de risa.