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jueves, 7 de noviembre de 2013

¡MUEVAN EL MONDONGO!

“¡Muevan el mondongo!” Sí, lo han leído bien. “¡Vamos, señoras, muevan el mondongo!” Sí, a mí también se me quedó la misma cara que se les ha puesto a ustedes. “¡Venga ese mondongo!” ¿Mover el qué?, ¿el mondongo? ¿Qué demonios significa eso de “mover el mondongo”? Ahora mismo se lo explico. No se apuren. Para saber qué quiere decir “mover el mondongo”, lo primero que hay que hacer es contextualizar:
Una tarde  de miércoles como otra cualquiera, a eso de las ocho y media de la tarde. Una sala de gimnasio como otra cualquiera, con un gran espejo, música de zumba a todo trapo, una monitora argentina, con su acento suave y sabrosón, y quince mujeres en chándal sudando la gota gorda. Y, entre ellas, una servidora, ataviada con un pantalón (hortera hasta la rodilla que deja al aire mis ridículas y a veces peludas pantorrillas), camiseta de camionero (con todos los respetos a los de ese gremio) que deja al desnudo mis alas de murciélago (léase esos colgajos de carne que penden de la cara interna de los brazos cuando una llega a una edad y ha estado hecha un yoyó entre dieta y dieta), y calzado deportivo ortopédico (vamos, esas bambas con aspecto de plataforma de caucho con cámaras de aire, muelles y demás resortes para amortiguar los saltos y las zancadas que yo nunca doy y que nunca daré). Y es que nunca he entendido a esas mujeres que se ponen estupendas para hacer deporte, que si un pantaloncito estrecho monísimo, un top a juego, unas bambas último modelo, ligeramente maquilladas y con las joyas puestas. ¡Por el amor de Dios!, que van a sudar, no al cine; que acabarán oliendo a perro muerto. ¿De qué sirve acicalarse tanto si van a ir directas a la ducha? Por eso, yo me pongo hecha un adefesio para esos menesteres. Total, para que los chorros de sudor caigan por todas partes, para que acabe hecha un trapo; bueno, una muñeca de trapo, destrozada, con la cara hinchada y colorada por el ejercicio, por el machaque al que me veo sometida durante 60 interminables, castigadores, odiados minutos. En fin, para gustos, colores, y yo lo respeto todo. A lo que iba, entre quince mujeres, allí estoy yo, una servidora, concentrada, intentando seguir los pasos que, con voz enérgica pero sinuosa (por lo de las eses digo, suavesssssito) y una sonrisa encantadora, va indicando la profesora experta en zumba; intentanto seguir el ritmo y llevarlo a todos los rincones de mi cuerpo, combinar de manera femenina y delicada los movimientos de las piernas y de los brazos sin parecer un robot o un espantapájaros, respirar adecuadamente, sonreír todo el rato, no perder de vista el espejo, creerme la tía más sexy del mundo para bailar de manera seductora y mirar constantemente el reloj para saber cuándo acabará la tortura.
Sí, tortura, porque, a pesar de que sólo dura una hora la clase de zumba, ¡menuda paliza me da la monitora argentina! Durante una hora, la chiquita en cuestión hace, bueno, exige -con la mejor de sus sonrisas pero con un látigo de siete colas (metafórico, claro, no vayan a pensar)- que mueva todos y cada uno de mis músculos, incluso aquellos que creía que no existían: los gemelos, los deltoides, los bíceps, los tríceps, los abductores, el esterno-cleido-mastoideo, el esplenio, los intercostales, los serratos, los pectorales, los dorsales, los trapecios, los pronadores y los supinadores, los flexores y extensores, los glúteos, el sartorio… ¡Madre mía, qué cantidad de músculos tenemos! ¡Y yo sin saberlo! Menos mal que tengo a mi profesora particular que, con cada paso y con cada movimiento que nos pide que hagamos, nos dice qué músculo estamos trabajando. ¡Qué maravilla! ¡Qué recuerdos me trae ese listado de músculos y tejidos! ¡Qué tiempos aquellos en que mi profesora de ciencias me obligaba a aprenderme de memoria esa interminable lista para, luego, tenerla que vomitar en un examen en forma de cuerpo humano rosado y monstruoso! ¡Cómo me costó aprendérmelos en su momento! ¡Y qué fácil me resulta recordarlos y ubicarlos mientras levanto los brazos, echo la pierna hacia atrás, doblo la cintura, respiro fuerte, hago contorsionismo y sigo sudando como una cerda al son de los ritmos zumberos.
La sorpresa llegó cuando, en la última clase, con los brazos en jarras, las piernas ligeramente flexionadas, los glúteos contraídos y a punto de caer exhausta, la profesora, todo sonrisas y eses bonaerenses, ante el espejo y de espaldas a las dieciséis mujeres, empezó a balancear las caderas cual mamachicho de Telecinco (¿se acuerdan?), cada vez con más rapidez e intensidad, y gritó “¡¡¡Muevan el mondongo!!!” ¿El mondongo? ¿Qué músculo es ese?, me planteo yo entre resuello y resuello, buscando por todo mi cuerpo el mondongo. “¡¡¡¡Vamos, señoras, muevan el mondongo!!!!” Y ella, sigue que te sigue moviendo las caderas, la cintura, el culo a un ritmo vertiginoso como si de una lavadora en posición centrifugado se tratara. ¡Qué movimiento! ¡Qué rotundidad! ¡Joé!. Y yo, de la guisa que he descrito minuciosamente con anterioridad a riesgo de resultar patética y/o jocosa, debatiéndome entre intentar seguir -o encontrar- el ritmo y la cadencia necesarias para llevar a cabo tal ejercicio o parar en seco, levantar la mano y preguntar, echa un mar de dudas y, por lo que comprobé más tarde, de pura inocencia, perdón, monitora, ¿qué es, dónde se encuentra, qué forma tiene ese músculo nuevo, ese tal mondongo? Pero al ver cómo se movía la tía, deduje que el mondongo podía ser el culo o el coño (ufff, qué ordinaria, ¿no?). Bueno, rectifico, el mondongo sólo podía ser los glúteos o el suelo pélvico (ahora sí que ha quedado más fino, ¿eh?). Y con esa explicación me quedé. Tenía que mover esa zona y punto y ya me ven haciendo rotar las caderas con fruición para que la profesora viera cómo “movía el mondongo”.
La segunda sorpresa llegó al cabo de unos días, cuando pasé por un restaurante argentino, y en una pizarra que había en la calle pude leer: "Hoy, jornada del mondongo. Mondongo con garbanzos, guiso de mondongo, mondongo hervido..." ¡¡¡¿¿Perdón??!!! ¿Culo (o coño o suelo pélvico) con garbanzos? ¿Guiso de culo? ¿Guiso de coñ...? Una sensación (no sé cómo explicarla) me vino a la boca del estómago y, de ahí, a la bca en forma de arcadas. ¡¡¡Qué asco!!! 

Completamente convulsionada por la vivencia que había experimentado (¿Culo guisado? ¿De quién?) y, por supuesto, no conforme con mis deducciones a las que llegué en el gimnasio, después de una sesión de zumba en la que volví a escuchar eso de ¡¡¡muevan el mondongo!!!, al llegar a casa y tras de una buena ducha reparadora gracias a la cual mi rostro dejó de ser un globo rosa hinchado a punto de reventar, mi nivel de sudoración volvió a la normalidad y dejé de oler a perro muerto para oler a lavanda, busqué “mondongo” en el diccionario:

mondongo.
(De mondejo).
1. m. Intestinos y panza de las reses, y especialmente los del cerdo.
2. m. coloq. Intestinos del hombre.
hacer el ~.
1. loc. verb. Emplearlo en hacer morcillas, chorizos, longanizas, etc.

O sea, que lo que tenía que mover era los intestinos. ¡¡¡Acabáramos!!! O, como me dijo la monitora cuando le pregunté por el mondongo: "Mover el mondongo, mover la 'pansa' (panza) con sabrosura, mover la 'sintura' sexy, mover las carnes, mover la grasa, los michelines. Moverlo todo, mi niña."

Sin comentarios…

sábado, 26 de enero de 2013

CUERPOS Y CUERPAZOS

“Las muñecas de Famosa se dirigen al portal para hacer llegar al Niño su alegría y su amistad. Y Jesús en el pesebre se ríe porque está alegre...” ¿Se acuerdan? Qué tiempos aquellos en los que los Reyes Magos recorrían cientos, miles de kilómetros, para colocar junto al zapato limpio unos cuantos juguetes, cajas de colores y monedas de chocolate. Y carbón si nos habíamos portado mal durante el año que acababa de acabar. Para mí, sigue siendo lo mismo: sigo poniendo el zapato y sigo esperando, ilusionada, los regalos, que se van adaptando a la edad que, año tras año, de manera inexorable, van sumando en mi calendario. Los juguetes y los colores de la infancia pasaron a mejor vida y llegaron la ropa de adolescente y a los cassettes y a los libros. De ahí pasamos a la electrónica y demás artilugios y, así, sin prisa pero sin pausa, hemos llegado a la vida adulta y a unos Reyes Magos pragmáticos, que no se andan con tonterías: cosméticos, vales de ropa (para comprarla en rebajas), alguna que otra sesión de spa o de cata de vinos, entradas de teatro, más libros y, desde que tengo sobrinos, el que más ilusión me hace, un calendario con las sonrisas de mis “tres niñas y un niño” (es que todavía no me he acostumbrado a hablar en masculino, habida cuenta que en este ranking gana la mayoría femenina), un calendario que luzco en mi mesa de trabajo (en el trabajo) y que me hace sonreír cada vez que lo miro.
Este año, sin embargo, los Reyes Magos han roto mis esquemas y mis expectativas: junto al taconazo de este año, además del libro y del vale de ropa, había un regalo grande y plano. Qué bien, pensé, el calendario de mis sobrinos pero, esta vez, de pared. Lo desenvolví con ansiedad y, ante mis ojos redondos y grandes como platos, apareció un torso masculino, desnudo, moreno, lustroso, que marcaba músculo por todas partes y que anunciaba un nuevo año, 2013. ¡¡¡El calendario de los bomberos!!! No podía creérmelo. ¿De quién coño había sido la idea? Y, encima, dedicado: “Mamen: Todo el fuego para ti. Quémate y llama al cuerpo”. ¡¡¡Manda huevos!!! Allí estaba yo, en la mañanita de Reyes, delante de mis padres, mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinas y mi churri, con el cuerpo del delito, ¡y qué cuerpo!, nunca mejor dicho. No sabía qué decir. En mi mirada se dibujaba la consabida pregunta: ¿quién ha sido?, ¿a quién se le ha ocurrido semejante idea? Pero, claro, delante de las niñas, no podía decir nada, no podía echar por tierra la magia de los Reyes Magos. Para que lo cuelgues en el despacho, me dijo riendo mi hermana. ¿En el despacho del trabajo? Y enseguida me imaginé la escena: esos bomberos colgados en la pared, desnudos, sudorosos, potentes, provocativos, mirándome a los ojos, seduciéndome con cada centímetro de su piel, con cada músculo, con todos los músculos de su anatomía. ¡¡Qué bien iba a trabajar!! ¡¡Qué feliz iba a estar durante todo el día!! ¡¡Qué estupendo ver cada mañana a ese tiarrón esperándome en el despacho!! Lástima de un pequeño detalle: comparto despacho con mi jefa y por ahí pasan un montón de chavales y chavalas a lo largo de todo el día. Qué pensarían de mí: yo, seria, estricta, profesional, disciplinada, con ese elenco de cuerpazos encima de mi cabeza. ¡¡¡Ufff!!! Imposible. Mejor, el calendario de mis sobrinos. Pero, mientras ojeaba los meses y a los chicarrones en esas posturas imposibles, con esos cuerpos moldeados a golpe de mancuerna y abdominal, con esas miradas penetrantes y esas sonrisas encantadoras, mientras alababa la profesionalidad de los modelos y del fotógrafo, una duda empezaba a rondar por mi cabecita: Vale, no sé de quién ha sido la idea de regalarme el calendario de los benditos bomberos (la verdad es que nunca lo había visto, pensaba que era una leyenda urbana), pero, ¿a santo de qué me lo ha regalado? ¿Tan mal me ve?, ¿tan desesperada estoy que no lo puedo disimular? Y miraba a mi churri que, sin el menor atisbo de incomodidad o de celos, sonreía maliciosamente mientras decía que no con la cabeza y levantaba los hombros. No, yo no he sido, te lo juro. Y no sé quién ha sido el artífice del regalo que te ha dejado muda.
Y aquí tengo a mi ejército de bomberos desnuditos y deliciosos, colgados en la pared del despacho de casa. El de enero está de muerte, está corriendo por una pasarela de madera, ataviado únicamente con unas deportivas. Lo miro y lo vuelvo a mirar. Joder, sí que está bueno, sí. Miro a mi chico, que ahora está a mi lado, trabajando con el otro ordenador, y me siento culpable. Me mira y me sonríe. Lleva el chándal de los sábados, la barba del fin de semana y una barriga que se está haciendo más que incipiente, la maldita curva de la felicidad o la maldita cerveza (más bien, lo segundo). Disimuladamente, miro al bombero de enero. Vuelvo a mirar a mi chico. Decididamente no hay color pero, como me dijo una amiga que vio el calendario -aquí, quien no se consuela es porque no quiere-, esos chicos no existen, no; no existen esos torsos perfectos ni esa anatomía griega, proporcionada y tan bien depilada (atención, si alguno de esos bomberos está leyendo esto, que me llame y me diga que sí, que existe. Más que nada, para ir matando mitos). Tengo que adelgazar, ¿verdad? Pienso detenidamente la respuesta para que no se desate una batalla inútil: ¿Tú te sientes bien, cariño? Lo importante es la salud. Me sonríe y se va. Vuelve con una cerveza y una bolsa de patatas fritas. Pues sí, estoy de coña. (Se me había olvidado que tiene una autoestima a prueba de bomba y una imagen de sí mismo a prueba de respuestas ridículas. Si esto mismo hubiera pasado al revés, habría estado sin hablarle durante una semana, lo juro). Y otra duda vuelve a rondar por esta mente femenina que Dios me ha dado: ¿cómo habría reaccionado yo si a él le hubieran traído los Reyes Magos un calendario plagado de señoritas medio desnudas, embutidas en biquinis imposibles, con unas tetas rebosantes y una cinturita de Barby, en posturas escandalosas?, ¿lo habría tolerado? ¿Cómo llevaría yo eso de tener colgado en el despacho un calendario de doce cuerpazos esculpidos a golpe de bisturí y bótox, con sus correspondientes atributos y esas boquitas (me imagino) de muñeca hinchable? ¡¡¡Ahhh!!! ¡¡Por favor, que aún hay clases!! ¡¡Ni que estuviéramos en la cabina de un camión!!

PD. Lo acabo de decidir. No voy a esperar al de febrero. En cuanto cuelgue esta entrada, descuelgo el calendario y lo hago desparecer. No vaya a ser que los Reyes Magos de 2014 me quieran poner a prueba...