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viernes, 1 de febrero de 2013

LA VIDA ES ESTO

La vida es esto.
Con estas sabias palabras, un viejo hombre de barrio, ataviado con su gorra comunista, sus inseparables tirantes y su abnegado bastón, por fin dio tajante y definitiva respuesta a la pregunta que, desde los albores de la Humanidad, se han formulado pensadores, científicos, observadores, psicólogos y demás estudiosos de la especie humana, todos ellos con escaso éxito.
¿Qué es la vida?
La vida es esto, le dijo mi querido y admirado Andrés a su amigo Esmeraldo mientras aquél le daba un codazo preñado de agradecimiento, complicidad y alcohol, y miraba satisfecho la larga mesa cubierta con los restos de una, otra, entrañable y divertida comida y a los amigos de toda una vida que, con los buches llenos y los ojos inyectados de sopor, asentían ante el viejo filósofo.
¿La vida?
La vida es esto.
La vida es quedar un domingo de invierno, cargados con bolsas de comida, termos de café y cajas de buen vino, tempranito para ir de “calçotada”.
La vida es saludar a los viejos amigos y bromear con el mismo afecto de siempre, como si el tiempo no hubiera erosionado, en absoluto, los lazos, cada vez más fuertes, hechos de tiempo, paciencia y complicidad.
La vida es recibir los cálidos besos de todos los miembros de la peña en esa gélida mañana de invierno.
La vida es ver los rostros sonrientes, expectantes, generosos, aliviados de los anfitriones de la gran casa al vernos llegar con retraso.
La vida es comprobar cómo la vieja casa sigue en pie, con sus aperos de labranza, sus piedras grabadas de historias y sus secretos.


La vida es convertir a los gallos de la casa, sin saber cómo ni por qué (no cuenta el efecto del vermú, la cerveza, el vino, el cava y las brasas de la parrilla) en unos auténticos "pollos folladores".


La vida es contemplar durante un buen rato el fuego, catártico, purificador, fértil, hipnotizador, sin pensar en cómo va a dejar la ropa -ya se lo digo yo, apestosa de humo y de brasa-.
La vida es escuchar las explicaciones de un nuevo proyecto, un programa sobre puentes (quizás sea eso lo que necesitamos precisamente: puentes que nos unan más en este tiempo de desesperanza, desengaño y desconfianza).
La vida es quemarse con los “calçots” y la parrilla mientras los aguerridos hombres de campo me recuerdan dónde está el Paseo de Gracia (¿por qué será?)
La vida es acordarse de los políticos, banqueros y demás ladrones, estafadores, corruptos mientras vemos cómo se chamuscan los chorizos en la parrilla.


La vida es sentir cómo el campo aguza los sentidos y abre el apetito (¡¡¡por favor, qué manera de comer y de beber!!!)


La vida es competir para ver quién come más “calçots”, quién la dice más gorda y quién es el más porno en materia de “calçots” y de todo lo que se le parezca. (Sí, ya sé, parece lo que parece -¿o es mi mente un tanto cochina?-. Por favor, absténganse de recurrir a la broma fácil... Jajajaja)


La vida es deleitarse con los postres caseros de las mujeres de la peña y disfrutar sin pensar en las calorías, en el colesterol, en el azúcar...
La vida es despedirse de las cervecitas durante un tiempo para "purificar" la sangre y ponerse bueno.
La vida es echar de menos la caja de Infinity.
La vida es ser testigo (con el beneplácito de los dueños de la casa) de la riqueza que en ella albergan: juguetes antiguos, libros viejos, arcaicos muebles, todo un museo perdido en el tiempo y en la historia,  el testimonio de toda una vida que nos recuerda quiénes fuimos y quiénes somos ahora.
La vida es tener en la habitación un semáforo de verdad. Cuando el dueño de ellame lo comentó, pensé que se estaba quedando conmigo. Cuando comprobé in situ que era cierto, flipé en colores. ¡¡Ole tus cojones!!!
La vida es sacrificarse para estudiar los exámenes que esperan el lunes en vez de ver el partido del Barça.
La vida es soñar con nuevos encuentros: la exposición de El Roto, un partido en el Camp Nou, los 10 años del Guateque de la peña, más partidos del Barça, más fiestas mayores, más "calçotadas"…
La vida es colaborar para que el día salga redondo: preparar el almuerzo, hacer la comida, fregar los platos…
La vida es celebrar el triunfo de España en el Campeonato Europeo de balonmano sin que, en ese instante, se interpongan otros sentimientos.
La vida es volver a la infancia y cantar al conductor del autocar aquello de "señor conductor, acelere, acelere". (Era en el viaje de vuelta y ya se pueden imaginar ustedes la causa de esa vuelta -valga la redundancia- al pasado)
La vida es ver a mi chico feliz y yo, feliz junto a él.
La vida es tener un buen objetivo.


La vida es reír, reír, no parar de reír (aunque sea por el efecto del alcohol), porque ya lloraremos cuando llegue el momento, ¿no?
La vida es llegar a casa agotada y darse una ducha de agua caliente para desprenderese del olor a humo y parrilla pero no del sabor de lo sentido.
La vida es dar gracias por todo lo vivido.

¿La vida?, nos preguntábamos tú y yo... (con tu permiso)



Cuánta razón tienes, mi buen amigo Andrés. La vida es, sencillamente, esto.


¿Y nos parece poco?


PD. Todas las fotos son de PedroClick.
http://9barrisimatge.blogspot.com.es/
http://pocallum.cat/



domingo, 23 de diciembre de 2012

RISAS DESPERFUMADAS (o mi deseo para esta Navidad)

"El 2 de agosto estaba de puta madre: en la playa, de vacaciones, con la familia... El 5 de agosto me notaba rara, débil, con dolores por todas partes, como resfriada. Y el 10 de agosto, mi vida había cambiado por completo". Con estas pocas palabras, mi amiga Olga me describió, en una mezcla de rabia, impotencia y resignación, su bajada a los infiernos. A partir de ese "resfriado" sin importancia en plena canícula y después de un episodio en el que su hija pequeña se estaba quitando el esmalte de las uñas con acetona y sintió arder su garganta, después de pasar varias fases e infinidad de pruebas, lo que empezó siendo una alergia o una intoxicación alimentaria, acabó siendo el Síndrome de Sensibilidad Química Múltiple (SQM), o lo que es lo mismo y para lo entendamos sin problemas, "una dolencia que afecta sobre todo a mujeres y provoca malestares neurológicos (migraña, confusión, sensación de desconexión), erupción cutánea, sensación de ahogo y problemas de irritación de mucosas. Los culpables son múltiples agentes químicos (de ahí su denominación) comunes en la vida diaria, como productos de limpieza, colonias, disolventes, ciertos alimentos, medicamentos y radiaciones electromagnéticas. Los afectados manifiestan reacciones a estos agentes a un nivel que es tolerado sin más problemas por el resto de la sociedad." (http://www.consumer.es/web/es/salud/atencion_sanitaria/2012/01/09/205959.php)

Le dieron la baja y no pudo reincorporarse en setiembre a trabajar, como lo hicimos el resto de las compañeras. Sin saber qué decir ni qué pensar ante el alud de información que nos iba llegando de manera inconexa (no sale de casa, lleva una máscara como las que se ven en la tele después de una explosión en una central nuclear, no puede moverse, no puede hablar, no puede respirar), decidí escribirle un correíto electrónico. Quería decirle que, a pesar de no saber exactamente qué le estaba pasando, yo estaba con ella, que pensaba en ella y que quería verla; me daba igual si llevaba máscara o no, si tenía que ir a verla a algún sitio especial o si tenía que hacer algo diferente. Yo sólo quería verla y qué me contara qué le sucedía. No quería hacer caso de esos comentarios que se basaban en las suposiciones o en la propia ignorancia. Y después de varios mails, por fin, leí "cuando quieras, te desperfumas y nos vemos en la playa". Y en ese momento, empezó lo que las dos bautizamos como "RISAS DESPERFUMADAS" (buen título para una novela, ¿no les parece?). Enseguida, me puse manos a la obra: aparte de unas recomendaciones que ella me dio para llevar a cabo el protocolo de "desperfumación" (ya lo sé, esta palabra no existe pero, ¿cuál es el antónimo del verbo "perfumar"? Esto nos da la clave para saber que hay muchas cosas que están ocurriendo en este mundo, muchas enfermedades raras -me atrevería a decir- que son padecidas por muchas personas y que todavía no son reconocidas por las instituciones competentes -¿o incompetentes?-. En fin...), consulté una web que encontré navegando en busca de más información http://mi-estrella-de-mar.blogspot.com, blog pionero en SQM. Si quería verla y que todo fuera bien en nuestro primer y ansiado encuentro en la playa, tenía que seguir las pautas a rajatabla. El primer paso era desterrar de mis quehaceres diarios y durante unos cuatro días todas esas acciones que incluyeran un contacto -por mínimo que fuera- con componentes químicos. Eso significaba que tenía que olvidarme, para empezar, de todas mis cremitas y mis cosméticos: nada del gel o del champú de siempre (tenía que utilizar uno especial, sin olor y sin nada de nada, cien por cien natural), nada de mascarilla suavizante para el pelo; nada de tónico ni antiojeras, nada de crema antiage ni fond de teint, nada de iluminador ni colerete ni rímel ni loción corporal hidratante, reafirmante, antiestrías (tan solo podía utilizar, en sustitución de todo eso, aceite de almendras); nada de pasta de diente blanqueador, con sabor a menta y fresa (me recomendaron una pasta de caléndula), nada de desodorante de marca, con perfume y de efectos prolongados (a cambio, un esprai con una especie de agua hecha con sales minerales naturales, sin aluminio ni nada). También tenía que lavar con bicarbonato la ropa que tenía pensado ponerme para ese encuentro para que se fueran todos los olores procedentes de los detergentes y los suavizantes hechos con sustancias químicas. Y si era posible, que esa ropa fuera de algodón o de algún otro tejido natural. Ah, y por supuesto, nada de colonias o perfumes (¡¡¡a mí me ha pedido eso, a mí, que no puedo salir de casa sin mi Eau!!!)
Cuatro días llevando a cabo esos pasos, a rajatabla y sin saltarme ninguno, para no oler a nada y que mi amiga no me rechazara nada más verme. Cuatro días sin mis potingues, sin mis cremitas, sin mis suavizantes, sin mis perfumes. Nada de nada. Los escondí para no caer en la tentación, para no decir "total, por unas gotitas no pasará nada". Cuatro días yendo a trabajar y pensando que olía a truenos (o eso me parecía a mí). Cuatro días yendo a trabajar con el pelo hecho un estropajo (o eso me parecía a mí). Cuatro días con la ropa en bicarbonato. Cuatro días poniéndome en la piel de mi amiga: si todas renuncias que tenía que hacer durante cuatro días me parecían un suplicio, ¿qué debía de sentir ella?, ¿cómo debía vivirlo ella sabiendo que, de momento, iba a ser para el resto de su vida?, ¿cómo era su día a día?, ¿y el de su familia: su marido, su hija pequeña, sus padres, el resto de su familia y de sus amigos?, ¿cómo se podía sentir ella sabiendo que, cada vez que quisiera ver a alguien, tenía que decirle lo mismo que me dijo a mí: "cuando quieras, te desperfumas y nos vemos en la playa"? Ya se acabaron para ella los encuentros en algún bar para echar unas cervezas y unas risas; ya se acabaron, de momento y hasta que no se encuentre una respuesta a todas dudas y a todos los vacíos que plantea el SQM, las sesiones de cine en su delicioso Verdi; ya se acabaron las jornadas veraniegas en las playas atestadas de gente y de bronceadores químicos; ya se acabaron los paseos por la ciudad, ir de compras, ir en metro o en autobús. Ya se acabaron los viajes en avión. Ya se acabaron los viajes. Y los museos. Y los teatros. Y las representaciones de su hija. Porque en todos esos sitios hay gente. Y donde hay gente, hay productos químicos: perfumes, jabones, cosméticos, ambientadores, detergentes, suavizantes, geles, lacas, desodorantes, velas perfumadas, conservantes químicos, pesticidas, plaguicidas... Y contra todo eso, mi amiga (y un montón de gente más) tiene que luchar sabiendo que las autoridades no están por la labor...

Aquel domingo de octubre, al encontrarnos en la playa (yo, lo reconozco, expectante, nerviosa, temerosa de haber hecho bien el protocolo "RISAS DESPERFUMADAS" y llena de todo el cariño que sentía por ella), recibí el mejor piropo que jamás me habían echado: "¡Qué bien, no hueles a nada!"

PD. A ese encuentro le han seguido un montón de correos electrónicos y otro encuentro más en la playa en el que, bajo un delicioso sol de otoño y más guapa, más activa y más segura que nunca, me comunicó que le iban a dar el alta (sin comentarios) y que solo quería una cosita para Navidad: SALUD, SALUD Y MÁS SALUD.

Este también es mi deseo, no solo para esta NAVIDAD sino para el resto del año y de los años que nos quedan por vivir.

¡FELIZ NAVIDAD y gracias por leerme!

domingo, 28 de octubre de 2012

PIPÍ-CACA (o el arte del buen viajero)


El jueves pasado fui a cenar a casa de mi amiga Montse: exquisitos quesos para untar, sabrosas aceitunas, encurtido de alcachofa, estupendas croquetas de boletus, vino, cava y un delicioso tajine de pollo y dátiles, sin duda alguna el plato ideal para una velada en la que los viajes y las dunas serían los únicos protagonistas.
En torno a esa mesa nos reunimos seis amantes de los kilómetros y de las aventuras, seis viajeros -que no turistas- con nuestras mochilas a la espalda, mochilas llenas de experiencias, culturas, paisajes, lenguas, amigos y un montón de anécdotas. En torno a esa mesa, hablamos de Marruecos, de Costa de Marfil, de Tumbuctú, del Sáhara..., reímos, contamos, recordamos y planificamos nuevos viajes. Y así, entre platillo y platillo, entre anécdota y anécdota, los seis estuvimos de acuerdo al afirmar que, para viajar, hay que abrir las mentes y activar varios resortes o chips: el chip de la tolerancia, el chip de la capacidad de adaptación y el chip del humor, mejor dicho, el chip de saber reírse de uno mismo. Sólo así, los peores momentos (momentos desagradables, inesperados, violento, comprometedores) en un entorno desconocido (no voy a decir hostil porque tampoco es para tanto) se convierten en un simple pasaje de nuestro gran libro de viajes, un motivo de risas en futuros encuentros.
Recordé aquel viaje de fin de año por Marruecos. Viaje inolvidable con mi hermana y mi cuñado y más gente. Noche del 31 de diciembre, desierto de Merzouga, jaimas, alfombras, dátiles, cava caliente y tajine de cordero y verduras. También recordé el viaje a China y aquel momento histórico en la Ciudad Prohibida (Véase entrada “Popó” del 4 de febrero de 2012).
Otra vez, también en Marruecos, en Rabat concretamente, haciendo un curso de lengua árabe, en la residencia de estudiantes, me entró un apretón. Puse en marcha la “Operación Popó”: toallitas higiénicas, papel higiénico y mi Marie Claire, por supuesto. No me acordaba que los váteres, allí, son simples agujeros en el suelo, con tan mala suerte, además, de que el retrete donde entré tenía el pestillo un poquito suelto (los otros dos estaban ocupados). Y allí me ven, de cuclillas, en una postura un tanto forzada, procurando que mis pantalones no tocaran ni un centímetro del suelo sucio, manteniendo un difícil equilibrio, con una mano aguantando las toallitas, el papel y mi glamourosa revista (mi glamour se estaba yendo por el maldito agujero), alargando la otra mano intentando sujetar la puerta para que nadie la abriera desde fuera y fuera testigo de tan lamentable postal...
Y en otra ocasión, viajando con dos conocidos (lo reconozco, Marruecos me puede, me iría allí hasta con el mismísimo diablo. Lo bueno de aquella excursión es que uno de ellos acabó siendo más que un conocido... hasta ahora. Y que dure) por todo Marruecos en Lada, aterrizamos en un camping perdido en pleno Atlas. Aquí descansaremos. Vale. Yo odio el camping pero por mi Marruecos hago lo que sea. Me tiene tan subyugada que tengo publicado un escrito titulado "Marruecos, la esencia" (http://elpais.com/diario/2005/10/15/viajero/1129410492_850215.html)
Problem, nos dice el encargado, no agua. ¿Cómo? ¿Y cómo me lavo los dientes? ¿Y para ir al lavabo? ¿Tualet? El hombre me señaló una zona de cedros. Supongo que se imaginarán las risas de aquellos dos conocidos compañeros de viaje. ¡Ni una risa! ¡Ni una palabra! Vosotros, ni miréis, les decía mientras, muy digna yo, me dirigía hacia los cedros con mi rollo de papel higiénico y mi revista de turno. ¡Que no miréis! ¡He dicho que no miréis! ¡Como miréis, os las cargáis!, iba yo gritando en cuclillas, intentando concentrarme en mi tarea. La cuestión es que, tan pendiente que estaba yo de que mis colegas no me miraran, no me di cuenta de que una columna de niños uniformados a lo boyscout se iba acercando por mi izquierda. Me quedé helada. Allí estaba yo, en esa postura tan incómoda y tan comprometedora -vamos, con el culo al aire, para qué andarse con rodeos-, convertida en el blanco de las miradas de reojo y las risillas de esos niños que, sin volver la cabeza y con paso marcial, iban desfilando ante mí. No sé si aquella imagen les traumatizó pero a mí se me quitaron las ganas de todo...
O cuando hice una travesía en velero y, después de varios días de estreñimiento, tuve que pasar de mis escrúpulos y de mis prejuicios, coger mi revista y meterme en esos pocos metros cuadrados mientras los demás tripulantes podían oír perfectamente todo lo que hacía. Durante aquel primer viaje en velero (una gran oportunidad para ponerse a prueba uno mismo) comprobé que todos tenemos nuestras manías y costumbres al ir al lavabo, que todos hacemos ruiditos, que todos necesitamos nuestro tiempo y nuestros rituales y que no pasaba absolutamente nada. Y dicen que la muerte es lo que nos hace iguales. ¡Ja! Lo que nos hace verdaderamente iguales es el hecho de ir al lavabo, en otras palabras, mear, cagar y pedorrearse.
Pero, donde pasé más vergüenza fue en una estación de servicio, en un viaje de fin de curso. Yendo hacia Italia en autocar en pleno mes de junio, después de beber mucha agua y con la vejiga a punto de reventar, nada más parar. Me fui corriendo hacia los lavabos. ¡Qué alivio!, pensé al sentarme en la taza blanca. Debía de estar llena, llena, porque aquella micción parecía no tener fin. ¡Joder, quién está meando así!, oigo decir a una de mis alumnas. ¡Qué corte! Contraje los músculos en un intento vano de interrumpir mi tarea. Imposible. La naturaleza es muy sabia. ¡Pedazo meada!, vuelvo a escuchar al otro lado de la puerta del retrete. Identifico la voz. Se la tengo jurada. No puedo hacer nada por parar. Realmente, estaba a tope (¿no les ha pasado nunca? Qué suerte). ¡Joder, si parece un elefante! Muerta de vergüenza, dejé caer las últimas gotas. Qué bochorno. Cómo iba a salir de allí. ¡Parece que el hipopótamo ya ha acabado de mear y el nivel de los ríos ha subido un doscientos por ciento! Bueno, eso era el colmo. Con la cabeza bien alta, abrí la puerta del retrete. ¡Joder, la tutora!, soltó al unísono aquel nutrido grupo de alumnas que todavía seguía allí, como esperando a ver quién era la propietaria de tan tremenda meada. Completamente cortadas, les solté: ¿Qué pasa?, ¿acaso nunca habéis visto un hipopótamo en un lavabo? Pues es la cosa más normal del mundo. No sabéis lo que os perdéis... Y así, mudas y avergonzadas, se quedaron mis chicas mientras yo, tierra trágame, salía de allí como buenamente podía.

Y así transcurrió la velada del jueves pasado, evocando excéntricos momentos, riendo las ocurrencias y soñando con volver a viajar. Por cierto, aquí les dejo la dirección de uno de ellos, experto en viajes por África subsahariana kongooccidental.wordpress.com.

domingo, 10 de junio de 2012

¿PUTERAS?

Hace una semana que se acabaron las fiestas de la Prospe (¿Ya era hora?, ¿por fin?, como pensaban algunos). No sé si por fin. Lo que sí sé es que, para mí, han sido unas fiestas especiales, muy especiales. Ya empezaron con dos muy buenas noticias. La primera, la petición para ingresar en una de las peñas más simpáticas, más activas (y proactivas, que ahora está muy de moda esta palabra), más concienciadas y con más solera de la historia de las peñas: PeñaPureta. La segunda, la preparación –y la consiguiente inauguración- de la exposición fotográfica de 9BarrisImatge que este año cumple ¿10 años? de frenética actividad poniendo imagen a todo lo que ocurre en el barrio, sacando a la luz tanta actividad, poniendo rostro a tanta reivindicación, dando vida a tanta iniciativa que empieza, como quien no quiere la cosa, en una simple charla de vecinos, en el bar del casal, en una sala de reunión o en la cocina de una casa. A lo que iba, una exposición de más de 1000 fotografías –algunas de ellas, ya históricas- que, por lo que he oído y he visto, ha gustado mucho y, por lo que he vivido en casa, ha supuesto no pocas horas de trabajo por parte de Pedro, Joan y Manel (y colaboradores también, por supuesto), con el beneplácito –allí donde quiera que esté- de Josep Anton, alma mater de este peculiar colectivo fotográfico.
Con respecto al ingreso en la peña, la cosa empezó (aparte de la petición y apunte del correo electrónico por parte de la incansable Pitu una deliciosa mañana de domingo en que se celebraba que la Cultura se iba de fiesta), la cosa empezó con la llegada del primer correo electrónico de una tal Lourdes con un asunto un tanto impactante: PUTERAS, recordándonos lo que debíamos llevar para la primera cena de la peña. Punto número 1: Lourdes, ¿quién era esa tal Lourdes? Yo conozco a Pitu, a Elia, a Reyes, a Pepi, a Mercè, a Joana, a Montse, a Ana, a Trini, a Lili, a muchas de las féminas del grupo, pero ¿Lourdes? Enseguida pensé que era la presidenta de la peña, a la cual nunca había visto, y que me la presentarían en la cena. Esta gente de la peña tiene unas cosas… Mira que no hablarme de Lourdes… Pero lo peor no fue eso, lo peor fue el punto número 2, el asunto del mail: PUTERAS. Joder, cómo las gasta esta tal Lourdes. ¿Yo, putera? Señora Lourdes, con todos mis respetos, ¿no ha recibido el informe que han hecho de mí? Yo soy una mujer decente, de recta moral y nobles valores. ¡Coño, que soy de cole de monjas! ¿Yo, putera? ¡¡Eso sí que no!! Tendré que hablar seriamente con esta mujer. ¡Me quiero borrar inmediatamente de esta peña!
Superados el primer error de tecleo disléxico (que no, que no somos PUTERAS, que somos PURETAS) y el segundo obstáculo (¿¡por qué nadie me dijo que Pitu era Lourdes?!), durante esos diez días, fui perdiendo mi virginidad –sí, Joan, ya sé que esto te pone y, si encima tenemos en cuenta que soy de cole de monjas, ni te cuento, ¿no?- en los diferentes actos en los que participé como miembro Pureta (¿o Putera?).
En todos, tal y como fui observando, había varias cosas en común: la primera, sin lugar a dudas, el entusiasmo (¡cuántas ganas había de fiesta!, ¡cuánta vitalidad!, ¡cuánta ilusión para que las fiestas fueran un éxito!); en segundo lugar, el espíritu crítico y la solidaridad (cualquier ocasión es buena para reclamar justicia y ayudar a los más castigados. Eso sí, acompañado de una buena comida o de un buen “cremat”); en tercer lugar, y relacionado con lo que he dicho una línea más arriba, el saque (¡joder, cómo bebe y cómo come esta peña, nunca mejor dicho! No hay nada que se les resista, no pierden ni una); en cuarto lugar, el color morado: todos los miembros de la peña –bueno, casi todos, para qué negarlo- iban vestidos con la camiseta morada del año pasado, porque, éste, no ha habido presupuesto para encargar unas nuevas. Una marea morada invadió los rincones del barrió durante los días de fiesta. Hasta yo me compré una para decir al mundo que sí, que soy una Pureta (¿o una putera? En fin, dejémoslo…).
Diez días en que he vivido una auténtica simbiosis con el barrio de la Prospe participando en los más singulares actos: la presentación del periódico de fiestas, con concierto incluido; dos cenas memorables en el recinto de la parroquia del barrio -una de ellas, con cura y vino de mesa incluidos. ¡Joder, qué morbo! ¡Cómo las gasta esta peña atea!-; dos pregones –uno de ellos, seguido de un bailoteo memorable. Me recordaba los bailes de verano, en el pueblo-; un coro de niños encantadores con la inquietante y esporádica presencia de un oportunista trajeado-, una jornada de juegos infantiles; un concierto de baile (Pedro y yo nos vamos a apuntar a clases de swing y foxtrot, sólo digo eso) seguido de un guateque sesentero; otro baile pero, esta vez, protagonizado por entrañables abuelos y abuelas; una cantada de habaneras; innumerables paseos por la feria y alguna que otra firma reivindicativa.
Han sido diez días en que me he sentido parte integrante de esta peña, en los que he disfrutado como la que más: he bailado, he reído, he reflexionado, he conversado, he visto, he escuchado, he compartido, he cocinado y me he saltado la dieta (¡ah! ¿No lo había dicho? Llevo 57 días, 10 horas, 25 minutos y 12 segundos –ahora 13- de régimen estricto, he perdido casi 7 kilos y he rebajado dos tallas. Pero, no se preocupen, les daré más detalles –los más morbosos- en una próxima entrada).
En fin, diez días en que la plaza de Ángel Pestaña se ha convertido en mi segundo hogar y que, como ya dije una vez (¿recuerdan la columna de El clásico?), me he sentido novia de todos ellos y de todas ellas (sí, lo reconozco, estoy abierta a otras experiencias erótico-festivas, ejem, ejem… Es broma, ¿eh?) y parte de este corazoncito que late con más fuerza que nunca en este pequeño –y muchas veces olvidado- rincón de Barcelona.
¡Hasta el año que viene!

viernes, 16 de diciembre de 2011

CAÍDAS o VAHÍDOS


¿Se han planteado alguna vez por qué una de las cosas que provoca nuestra sonrisa, nuestra risa o nuestra carcajada son las caídas o los tropiezos ajenos? Es que somos maliciosos, no me digan que no. No hay nada que nos haga más gracia que ver a alguien caminado delante de nosotros y ser testigos privilegiados de cómo, de repente, ese alguien anónimo pisa una bolsa, se tropieza con una baldosa mal puesta o, simplemente, da un mal paso, hace un amago de caída; como puede, se reincorpora y, con toda la dignidad del mundo, sigue caminando como si no hubiera pasado nada. Y si ese alguien es conocido, ya tenemos broma para toda la semana.
¿No les ha pasado nunca? Vamos, confiésenlo. A mí, sí.
Me acuerdo del primer y único día que fui al colegio con mis primeros tacones. Tenía yo unos 16 años y un viernes al mediodía decidí ponérmelos para ir al colegio por la tarde. En aquella época, como en todos los colegios de monjas (de niñas, vaya) que tenían cerca un colegio de hermanos o curas (de niños, vaya), las inmediaciones de mi cole se convertían a las cinco de la tarde de los viernes en el lugar propicio para otear el “ganado masculino” que se acercaba a echar el lazo a alguna de las niñas. Aquel viernes con tacones, yo me quedé un rato cuchicheando con mis amigas y a los diez minutos, me despedí para irme a mi casa. Pasada una calle, me di cuenta de que, detrás de mí, como cada viernes, tenía a un grupo de chicos y me esmeré para caminar erguida y elegante sobre mis taconcitos a pesar del dolor de mis pies y de las rozaduras que intuía ya en el talón y en algún que otro dedo. Acostumbrada a ir con bambas, nunca había reparado en los adoquines, los socavones y demás peligros que ofrecía el pavimento urbano y, siendo lógicos, tampoco debía suponer ningún problema aquel viernes, por mucho tacón que llevara. Yo seguía a lo mío, concentrada en mis tacones, contoneándome ante aquel grupo de imberbes. Atención. Imperfección en el pavimento ciudadano a la vista. No pasa nada. Hay que seguir caminando. Así, con naturalidad, pisando fuerte, dominando la situación. A cincuenta metros, un pequeño agujerito de nada en la acera se me antojaba como la gran prueba de fuego para demostrar mis habilidades “taconiles” ante el grupo de chicos que iban detrás de mí charlando y bromeando (seguramente, sin haber reparado en mi presencia). No pasa nada. Solo hay que caminar, sortear los adoquines mal puestos y seguir. No pasa nada. Iba tan inmersa en esos pensamientos que, cuando llegué a la “zona de peligro”, ¡¡¡zasca!!! ¡Qué vergüenza! ¡Joder, no lo había planeado así! Lo malo no fue el tropezón. Lo malo fue ver a ese grupo de chicos partiéndose la caja ante mis propias narices. Y ni un ¿estás bien?, ¿te has hecho daño? Nada. Siguieron caminado riendo a mandíbula batiente. Serán… Después de un eterno minuto en shock tambaleándome sobre mis malditos tacones clavados entre los adoquines, me incorporé como pude, con un dolor en los tobillos que me moría, y seguí caminando, mirando disimuladamente a ambos lados para comprobar si alguien más se había divertido con mi escenita.
Y es que es inevitable. Supongo. Paseando con mi madre, mientras charlábamos tan tranquilas, de golpe y porrazo (nunca mejor dicho), me la encontré en el suelo. No sabía cómo había sucedido. La cuestión es que, en unos segundos, pasó de estar a mi altura a estar sentada en el suelo, con el culo dolorido y una expresión de desconcierto y bochorno que hizo que yo estallara en carcajadas. Mi madre, tirada en la calle y yo, sin parar de reír. Mi madre, sin poder decir nada (no sé si de la vergüenza o del impacto de la caída) y yo, apoyada en la pared, llorando de la risa. Varias personas, muy amables, se acercaron a mi madre y la ayudaron a levantarse. Yo ni siquiera había pensado en ella. ¿Está bien, señora? ¿Se ha hecho mucho daño? No sé qué me ha pasado. Me he sentido mareada, no sé, decía en plan dama de las camelias. Nada, he tenido un vahído…, seguía diciendo mi madre mientras se sacudía con elegancia la ropa. Gracias, gracias. No es nada. Ya estoy bien. Mamá, ¿un mareo? Mis risas dieron paso a la preocupación. ¿Quieres que vayamos al médico? ¡Qué mareo ni qué leches! ¡Que he pisado una jodida bolsa de plástico…! Anda, vámonos de aquí (no hace falta decir que nos alejamos del lugar aguantando la risa) Por cierto, gracias por morirte de risa a mi costa, ¿eh?
Yo también he aprendido a llevar las caídas con dignidad y prestancia. Cada vez que me pasa (va por rachas), suelto un ¡coño, que me caigo!, miro a mi alrededor y, si veo a alguien reprimiendo la risa, le digo no se agobie, ríase que para eso estamos las patosas.
Ayer mismo, después de hacer unas compras, iba caminado por una plaza donde había varios niños jugando a la pelota. Vi cómo un balón se acercaba lentamente hacia mí mientras una voz infantil gritaba ¡La pelota! ¡Cuidado! La pelota se estaba acercando peligrosamente hacia mí. Pero está todo controlado. Veo la pelota, sólo tengo que esquivarla y ya está. ¡La pelota! ¡Cuidado! Vuelvo a escuchar los gritos alarmante de los niños. Mi pensamiento se rebela: ¿Quién se han creído que son? ¡Ya he visto la pelota! ¡Ni que fuera una anciana, joder! Pues no sé qué coño hice que justo al querer esquivarla la pisé y me pegué una leche de las que hacen historia. Ya me ven a mí sentada en el suelo con la pelota entre mis piernas y las bolsas desparramadas, rodeada de críos con rostros preocupados y preguntándome señora, ¿está bien?, ¿se ha hecho daño, señora? ¿¿¿¡¡¡¡Señora????!!!! ¡¡Lo que me faltaba!! Me acordé de la madre de aquellos niños y de la mía propia. No podía decir que había tenido un vahído. Simplemente, me limité a decir que no había sido nada mientras notaba las rodillas y los tobillos estallar de dolor. Me levanté como pude y me fui. Sólo había sido un pequeño contratiempo y, gracias a Dios, nadie se había reído. Lástima que, al alejarme, oí cómo uno de los niños le decía o otro: como se entere mi padre, me la voy a cargar. Siempre me dice que hay que tener cuidado con las señoras mayores…