Mostrando entradas con la etiqueta adolescencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta adolescencia. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de febrero de 2013

LA CALIDAD EDUCATIVA. ADOLESCENTE, ¿VÍCTIMA O VERDUGO DE ESTA SOCIEDAD?


De un tiempo a esta parte, quizás debido a los cambios producidos últimamente por la crisis económica (paro, desahucios, recortes salariales, impuestos, recorte en las inversiones, etc.), crisis política (pérdida de horizontes claros y descrédito por parte de nuestros dirigentes vs. desafección y desconfianza por parte de la ciudadanía ), crisis moral (corrupción, hipocresía, ambición, mentiras, etc.); quizás debido al ¿nuevo? papel de los medios de información y comunicación -léase, idiotizar, adocenar, manipular, más que informar y entretener-, quizás a las nuevas maneras de ocio que existen actualmente o quizás, insisto, al ir y venir de las leyes de educación que, al paso que vamos, va a acabar con nuestra paciencia y nuestra confianza en el sistema fin, la realidad de nuestros niños y adolescentes ha ido cambiado, en estos últimos años, especialmente en estos últimos meses, inexorable y considerablemente. Pero esta metamorfosis paulatina no ha sido exclusiva de la figura del joven –sus prioridades, sus pensamientos, sus hobbies- sino también de los grandes conceptos que han acompañado desde siempre al ser humano: sociedad, familia, educación, trabajo, comunicación, religión... Y, como muy bien dijo un día alguien que sabe de modificaciones y “cataclismos”, cualquier cambio supone crisis y cualquier crisis exige un cambio, entendidos estos dos términos como readaptación y/o reestructuración. Y una crisis o un cambio, según cómo sean gestionados y canalizados pueden desembocar en oportunidad y mejora o, contrariamente, en estancamiento y fracaso.
En estas coordenadas actuales, en pleno siglo XXI, se encuentra el ADOLESCENTE y de todos es sabido que, por su naturaleza y sus circunstancias, se ve poderosamente influenciado por tres elementos claramente diferenciados y en constante evolución: FAMILIA, ESCUELA y ENTORNO (o lo que se conoce de una manera más difusa y vaga con el nombre de SOCIEDAD) y no precisamente en este orden de importancia. Paradójicamente, estos tres ámbitos constituyen, en mayor o menor medida, causa activa de las reacciones y de los cambios propios de la época adolescente pero también “sufridores” pasivos de su comportamiento. 
En primer lugar, quizás porque es donde el joven pasa la mayor parte del día durante nueve meses, se encuentra la escuela, único lugar y entorno en el cual –parece ser- se deben inculcar y desarrollar los valores que hagan de esta “personita” un hombre o una mujer de provecho, de futuro y con futuro, así como garante exclusivo de su formación integral. Pero, ¿qué está ocurriendo allí? 
Para responder esta pregunta, habría que empezar por los cimientos: la ley o las leyes. Ciertamente, no es la única responsable de esta situación que se está viviendo de un tiempo a esta parte, pero sí se puede afirmar que ha influido notablemente en el desarrollo de los “acontecimientos” para llegar a este punto ¿sin retorno? ¿Qué se puede esperar de un sistema educativo que está deviniendo constante moneda de cambio en los programas electorales de partidos políticos cuya permanencia en la Moncloa es su máxima aspiración? ¿Cómo es posible que, teniendo en cuenta que los principales “sufridores” de este sistema han de forjar el futuro de nuestro país, todavía nadie se haya percatado de la importancia y del beneficio que supondría la existencia de unas leyes consensuadas y pensadas siempre en aras del crecimiento y del desarrollo intelectual, emocional y físico del niño y del adolescente; unas leyes trabajadas desde el mismo terreno de juego –si se me permite el argot futbolístico- por hombres y mujeres que conocen de primera mano la realidad de las aulas, de los pasillos, de los lugares de recreo y, también, de la calle? ¿Cómo es posible que nos hagan “comulgar” con (y aplicar) unas leyes utópicas, con unos recursos materiales y humanos –en definitiva, con unos recursos económicos, porque, no nos vamos a engañar, parece ser que todo se reduce a eso, a una simple cuestión pecuniaria- inasumibles (por ser escasos para llevar a cabo la práctica docente con un mínimo de profesionalidad y eficacia) o inalcanzables (por ser desmesurados y, por consiguiente, irreales); una leyes dictadas desde unos despachos por hombres y mujeres que dejaron el colegio hace mucho tiempo, sin contar con la opinión, el criterio y la experiencia de maestros y profesores, psicopedagogos y padres, sin escuchar -aunque para algunos parezca una osadía- la voz de los alumnos? ¿Cómo se puede entender que nuestros dirigentes todavía no han caído en la cuenta de que, para que la EDUCACIÓN vuelva a ser un pilar fundamental en nuestra sociedad y obtenga los resultados que se esperan, tiene que estar valorada y dignificada y que eso sólo se podrá conseguir con una política educacional estable, que vaya más allá de los colores y las ideologías, que tenga como principal objetivo la formación integral del niño y del adolescente y no el desprestigio y la humillación del partido de la oposición y aspirante al poder? 
Por si esto fuera poco, este baile de leyes (Pongamos desde la EGB, el BUP y el COU, hemos sufrido la LOECE, la LOGSE, la LOCE, la LOE, y ya estamos sufriendo las precuelas de la LOMCE...) poco han favorecido (ni favorecen) la labor docente y la tarea de cualquier estudiante que se precie como tal. El clásico “enseñar deleitando”, que tanto se defendía antaño, dio paso al método “la letra con la sangre entra” y, en los últimos años, se fue tergiversando y viciando hasta convertirse en “divertir y, si aprenden algo, mejor...” Aquel sistema, aún vigente y avalado por algunos, defendido y practicado por otros compañeros de profesión y expertos en la materia, sólo ha sembrado la desgana y la desmotivación entre los alumnos y un rechazo absoluto a la llamada “cultura del esfuerzo”, lo que supuestamente defiende la nueva ley: disciplina, constancia, paciencia, afán de superación, método, implicación, estudio, curiosidad, espíritu crítico, humildad y proyección de futuro. Lástima que la quieran imponer coartando la libertad del propio gremio (vamos mal, muy mal). Con este "bailad, malditos, bailad" y con unas expectativas de futuro que pasan por marcharse al extranjero, cada vez hay menos chicos implicados, interesados y concienciados en eso que llamamos formación, investigación y profesionalización (algunos de ellos, incluso, han sido tachados por sus propios compañeros e, incluso, por sus maestros y profesores de “raros”, “especiales”, “amargados”, “pelotas” y, en ciertos casos, han sido convertido en clara diana del tan temido y desgraciadamente conocido bullying –aunque para algunos sea simplemente un hecho puntual...-). Haciendo una mera descripción objetiva de la realidad y quizás resultando un tanto radical y pesimista, lo que predomina actualmente en las aulas de nuestros colegios e institutos son adolescentes carentes de interés por nada, de curiosidad, de ganas de saber, de metas, de ilusiones, de afán de superación por lo que, ante un fracaso –un suspenso- o una negativa, tienen pocas opciones: tirar la toalla y dedicarse a molestar a los compañeros, boicotear la clase y amargar la vida de los profesores o tirar la toalla y practicar el absentismo y convertirse en NINIs, “carne de cañón” poniendo en jaque, en ambos casos, a todo el equipo docente, a los padres y a inspección y provocando, en numerosas ocasiones, una situación de desesperación, impotencia y rabia. 
Ante este panorama, los profesores, además de intentar transmitir unos conocimientos para que nuestros alumnos tengan un mínimo bagaje cultural, nos vemos obligados a inculcarles –contra viento y marea, es decir, contra el sistema, contra los propios alumnos, contra la sociedad, contra los medios de comunicación y, en algunas ocasiones, contra la opinión de los mismos padres - una serie de valores que parecen haber perdido toda razón de ser por considerarse obsoletos e improductivos. No es fácil. No está resultando nada fácil.
Y flaco favor hace la televisión con esos programas –series, reality-shows, concursos, “teleencierros”, talk-shows, etc.- que se han erigido en estandartes de los nuevos valores (yo los llamaría contravalores): dinero fácil, éxito rápido, ocio remunerado, recompensas inmediatas, mínimo esfuerzo, culto al cuerpo, desprecio a la mente y todo un supuesto mundo de glamour y fama –malentendida fama-, al alcance de cualquiera, que atrae a los más jóvenes y los convierte en seres sin criterio, autómatas cuya máxima aspiración en la vida –emulando a sus ídolos- es hacer dinero sin estudiar ni trabajar. A modo de ejemplo, para ilustrar lo dicho anteriormente, si nos fijamos en la “parrilla” televisiva de un día cualquiera, nos damos cuenta de la casi total ausencia de programas atractivos y entretenidos para ojos, oídos y mentes de niños y adolescentes que los animen a leer, a esforzarse, a estudiar, a sacrificarse, que ayuden a desarrollar capacidades y aptitudes como la labor en equipo y el trabajo bien hecho y que potencien cualidades como la empatía, la solidaridad, la eficacia sin que haya por medio un cheque, una portada de revista, una entrevista o unos minutos en lo que parece ser el pasaporte al “estrellato”, los programas “basura”. Por no hablar de los programas informativos, en su mayoría, tendenciosos, partidistas, nada objetivos, meramente especulativos, que responden, ¡cómo no! a una ideología clara y cuya única pretensión es manipular las mentes y los pensamientos de las televidentes. Pensamiento único para hacer de nosotros lo que quieran. No pienso, luego existo (¡Si Descartes levantara la cabeza...!) Pero no es la televisión el único medio de entretenimiento y de información de los jóvenes que, si bien no es nociva en sí misma, se puede afirmar que sí se está utilizando de manera inapropiada. Los videojuegos, en estos últimos años, se han erigido en “los reyes” del ocio y la diversión –junto con el botellón y las drogas, sólo hay que ver las estadísticas y los datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad- y también están provocando en nuestros niños y adolescentes una seria y grave de-formación porque, a pesar de desarrollar habilidades y destrezas psicomotrices, están postergando al “jugador” al ostracismo más absoluto y provocando trastornos adictivos impidiéndole relacionarse con sus iguales con toda normalidad. Y, ¿qué se puede decir de Internet? No cabe duda de que es una buena y potente fuente de información, comunicación y entretenimiento –siempre y cuando se utilice como es debido (y, para ello, son necesarios la reflexión, el espíritu crítico y, obviamente, una serie de conocimientos previos, veraces y serios) y sus contenidos sean tratados con rigurosidad y corrección- pero, si no se gestiona adecuadamente (atendiendo a la edad y las necesidades del “navegante”), puede ocasionar problemas en los más jóvenes además de proporcionar un alud de información que, en vez de aumentar su bagaje cultural, lo único que hace es sumir al consumidor en la desinformación y el desconcierto. (además de todo eso, un dato más: supongo que conocerán la página de elrincondelvago o parecidas que fomentan el plagio. Desde ellas, se puede “bajar”, imprimir y presentar al profesor cualquier trabajo de Primaria, ESO y Bachillerato con sólo cuatro movimientos de “ratón”. ¿Dónde quedaron las tardes de biblioteca, las noches leyendo, redactando y corrigiendo? Sólo le veo una ventaja a esta nueva herramienta: nos obliga, a los profesores y padres, a estar al día en esto de las TIC para que no nos den “gato por liebre”). El WhatsApp, el Facebook, el Twitter y demás redes sociales tampoco favorecen la “cultura del esfuerzo”. Efectivamente, son útiles y beneficiosos si se gestionan y/o se controlan adecuadamente pero no podemos olvidar que estos medios de información, comunicación y diversión constituyen los paradigmas de la inmediatez y la facilidad –por no decir de la mala escritura- (justo todo lo contrario a lo que precisa un buen estudiante o un buen profesional)- y favorecen la creación de una realidad virtual que va cogiendo fuerza y credibilidad por momentos. 
 Y, ante toda esta avalancha de estímulos, ¿quién o quiénes deben actuar cómo gestores de estas “modernas herramientas” y, en última instancia, quién o quiénes deberían ser los auténticos y verdaderos artífices y garantes de la educación de estos niños y adolescentes? Sencillamente, los padres. Esos padres trabajadores, agobiados, esclavos del reloj y las facturas, sin tiempo suficiente para dedicarles a sus hijos (ni paciencia, en muchas ocasiones). Padres que, acuciados por los fantasmas (desgraciadamente, cada vez más cercanos y reales) del paro y de los recortes salariales, fieles seguidores de la sociedad del bienestar o sociedad de consumo -¿existe diferencia?-, pretenden hacer de aquello extraordinario que tuvieron de jóvenes algo cotidiano, “normal” en la vida de sus hijos. Padres que intentan compaginar trabajo, familia, aficiones y amistades sin mucho éxito. Padres que luchan para proporcionar lo mejor, lo más fácil y lo más placentero a sus hijos sin concederles la oportunidad de equivocarse o fracasar. Padres que, en su afán de acallar sus conciencias y, de manera equivocada, inculcar a los hijos las ganas de trabajar y aprender para, en última instancia, aprobar, equiparan un “suficiente” o un título académico con una moto o cualquier otro regalo. Padres que no quieren tener problemas con sus “retoños” y, por ello, no se atreven a decir NO o a infligir un castigo y, cuando lo hacen, se ven incapaces de mantenerlo, entre otras razones porque decir NO al hijo supone decirse NO a uno mismo –es lo que llamamos coherencia, algo que no siempre es fácil de mantener- y castigar al hijo implica castigarse uno mismo –y no siempre estamos dispuesto a sacrificarnos hasta tal punto-. Padres que, por no tener tiempo (ni, a veces, ganas) de dialogar y pactar con sus hijos, imponen su ley o los callan con cualquier bagatela sin permitirles que la obtengan con su propio esfuerzo y, así, aprecien su valor. Padres que, bajo el sincero y lógico deseo “yo lo único que quiero es que mi hijo sea feliz”, los liberan de obligaciones y deberes, de responsabilidades y esfuerzos desautorizando las decisiones de los profesores, desprestigiando, incluso, su labor como co-educadores y haciendo de sus hijos (nuestros alumnos) pequeños e indómitos monstruos. Padres que utilizan el centro escolar como un auténtico parking de sus hijos, que ceden al colegio la responsabilidad, el deber pero también el derecho de educar a sus hijos, pero que, paradójicamente, recriminan cualquier decisión del profesor y contaminan de negatividad e inutilidad el placer de la lectura, la satisfacción del trabajo bien hecho y el gozo de saber por saber aunque ello suponga tiempo, esfuerzo, constancia y su recompensa llegue a largo plazo (si es que llega). 
Y este es el resultado: niños y adolescentes consentidos, insolentes, excesivamente mimados, vagos, provocadores, egoístas, irrespetuosos, incívicos, caprichosos, intolerantes, carentes de límites, con bajo umbral de frustración, prepotentes y muy conscientes de su situación privilegiada: son, y se saben, los nuevos dioses a pesar de mostrarse ante los mayores como víctimas de la sociedad y se aprovechan de ello aunque, en el fondo, anhelen una figura autoritaria, un referente sin fisuras. Pero, aunque nos pese, el problema no se acaba en la ESO y el Bachillerato. Debido a la influencia de los cambios en el sistema educativo obligatorio y postobligatorio y, consecuentemente, a los cambios que se están produciendo últimamente en su concepción y organización, la Universidad tampoco parece que esté viviendo su mejor momento. Los niveles de exigencia y los resultados también han sufrido un descenso considerable y los que consiguen acabar los estudios superiores tampoco pueden garantizar una solvencia conceptual y teórica y una competencia profesional, a pesar de esperar una gran y ascendente carrera laboral y –a modo de ejemplo- pedir, en su primera entrevista de trabajo, como si fuera la cosa más usual del mundo, un gran sueldo, un horario estupendo, vacaciones de 2 meses –como en el colegio y en la universidad- y unas prerrogativas (léase móvil de empresa, coche de empresa, tarjeta de crédito, vales de restaurante) que sólo se consiguen una vez contrastada y demostrada la valía. ¿Cómo se le puede pedir a un joven de veintitantos años que asuma el hecho de que una buena carrera profesional siempre empieza desde abajo, que debe ser humilde con sus pretensiones, que debe ser respetuoso con los jefes, los compañeros y las normas establecidas, que debe demostrar día a día sus capacidades y habilidades, superando -con tesón y su mejor sonrisa- obstáculos y zancadillas y que sólo con esfuerzo, trabajo, constancia, afán de superación, empatía y sacrificio puede forjar una buena y sólida carrera profesional? ¿Cómo se puede pretender todo eso de un joven que no lo ha aprendido e interiorizado a lo largo de su vida como estudiante, bien porque no se lo han enseñado, bien porque no lo ha creído necesario aplicar para la consecución de sus deseos y necesidades, en ambos casos debido a la desidia de padres y docentes? Yendo más allá, ¿cómo podemos confiar en el futuro de nuestro país, en nuestro propio futuro, si depende de ellos, si ellos deben hacer posible ese futuro?

Y, ante este panorama tan desolador y decepcionante, cabría plantearse una cuestión: ¿está todo perdido? La respuesta es NO, un tajante y rotundo NO. No todo está perdido. Afortunadamente, todavía existen personas comprometidas con eso que llamamos EDUCACIÓN: políticos concienciados de que unas leyes bien pensadas, consensuadas y estables constituyen la única vía para que el sistema educativo y su comunidad tengan el lugar que se merecen en nuestra sociedad; profesores formados, bien formados, coherentes, abiertos y convencidos de que una buena formación humana, intelectual y emocional de los niños y adolescentes sólo se consigue con disciplina y paciencia y que es la garantía del futuro del país; padres responsables, valientes, implicados y conscientes de lo que supone educar a un hijo: seriedad, coherencia y mucho amor y, por último, alumnos motivados, curiosos, críticos y sabedores de que el aprendizaje –de conocimientos, de hábitos y actitudes- y el desarrollo de capacidades y aptitudes es el único camino. Este grupo de personas constituyen la esperanza para el presente y el futuro.
¿Juventud en cambio? ¿Juventud en crisis? Puede que sí pero nuestra obligación -como políticos, maestros y profesores, psicólogos, padres y empresarios- es despojar este término de sus connotaciones negativas para convertirlo en un reto y una oportunidad de mejora y progreso. Para ello, sería necesario y urgente dejar de divagar, de imponer, de especular, de teorizar sobre el problema que estamos sufriendo todos. Deberíamos dejar de buscar culpables en este ente abstracto que llamamos sociedad, deberíamos dejar de ir pasando la pelota como si de un partido de tenis se tratara (parece que en eso consiste la política, ¿no? En vez de sacrifico y compromiso, en vez de trabajar conjuntamente por el BIEN COMÚN, un simple partido de tenis, individuo contra individuo, partido contra partido, a ver quién gana el último set). No es cuestión de señalar con el dedo a alguien o a algo y sí de responsabilizarnos para abordar la cuestión desde todos los ámbitos –político, administrativo, familiar, escolar, laboral, psicológico- poniendo nombre propio a sus protagonistas. Como bien dijo un día alguien que sabe de cambios y crisis: Deberíamos dejar de pre-ocuparnos tanto y ocuparnos más.

sábado, 14 de enero de 2012

MISTERIOS DE LA HUMANIDAD

La Muralla China, el Faro de Alejandría, las Pirámides de Egipto, el Coloso de Rodas… Sin duda alguna, se trata de grandes obras que constituyen una gran incógnita para el hombre, que, todavía hoy, despiertan una gran curiosidad y generan un sinfín de preguntas. Sin embargo, más allá de estas espectaculares construcciones, podemos decir que, hoy por hoy, existe otro tipo de misterio relacionado con la Humanidad que provoca, al menos en mí, grandes dudas y, en algunas ocasiones, grandes quebraderos de cabeza. Veamos.
Una tarde cualquiera, de compras, una servidora se para ante el escaparate de una zapatería, se fija en un artículo -le gusta-; observa el precio –se ajusta a su presupuesto- y, ni corta ni perezosa, entra en el establecimiento y se dirige a una dependienta –una joven dispuesta a agradar y a hacer bien su trabajo- llevándola hacia el escaparate para indicarle con el dedo índice exactamente el par de botas del que se ha enamorado (botas de caña alta, de piel negra, con un detalle de plata envejecida en los lados, sin tacón): Esas. Sí, en negro. Un 38, por favor. Una se sienta y, al cabo de un par de minutos, ve a la joven aparecer con una gran caja de cartón, qué bien, ya tengo botas. La chiquita en cuestión abre la caja mientras pronuncia convencida de estar realizando una gran tarea: No tengo su número en negro, pero le he traído unas de color marrón, son un 37. ¿He oído bien? Miro a la dependienta como quien acaba de descubrir un marciano en pleno mercado. ¿Ha oído bien lo que le he dicho? Miro las botas (en efecto, son marrones, un 37, tienen un poco de tacón y no se parecen en nada a las que yo le había pedido) Me siento como si estuviera en la dimensión desconocida. ¿Qué está pasando? Vuelvo a mirar a la niña procurando vislumbrar un atisbo de sentido común en sus ojos ocultos tras un kilo de rímel y pinturas varias e intentando adivinar en qué momento de su trayectoria académica dejó de entender los enunciados de los ejercicios y de los problemas. Vamos a ver. Creo que no hay mucho que analizar: un modelo particular de botas, de color negro, número 38. No es muy complicado, ¿no? Con lo fácil que sería decir lo siento, no tengo lo que usted quiere, y dejar que el cliente se decida por otro modelo o por otro color (A todas las dependientas de zapaterías, exclusiva, por mucho que se empeñen, lo de cambiar el número de pie lo veo más difícil). Pues no, las dependientas (lo digo en plural porque no me ha pasado ni una ni dos ni tres veces) de las zapaterías, con toda su buena fe, no digo que no, te sacan algo que no tiene nada que ver con lo que le has pedido pero, encima, se cabrean como unas monas cuando les preguntas, con toda la buena fe (o no), si han entendido lo que les has pedido…
Lo mismo ocurre cuando vas a comprar una prenda de ropa, pongamos un pantalón: ¿tienen este modelo? Sí, de color marrón, la talla 42. Y va y te trae uno de color negro, de la talla 40. No me voy a poner tiquismiquis con el color pero, joder, si le he pedido una 42, es que necesito una 42, no una 40 o una 44. Pruébeselo -me dice, ingenua, la dependienta que, con todos los respectos, a duras penas se habrá sacado la ESO-, seguro que le sienta muy bien, sacando un poco el botón… Sí, claro, así cualquiera, sacando un poco el botón, poniendo un parche en el culo, quitando la cremallera y poniendo unos corchetes... Tienen cada idea... Y la pregunta es: ¿es que estas chicas no se plantean nunca que cuando un cliente pido algo es porque quieren precisamente eso, de esas características y no otras? Porque, digo yo, es sólo un suponer, si yo quisiera un pantalón de la talla 40, pediría un pantalón de la talla 40, ¿no?
Lo mismo ocurre cuando vas a la peluquería y te toca una aprendiz (con todo lo que ello supone, además de la cara tuneada con pircings y vestida como si estuviera de botellón…): lavar y cortar sólo las puntas, por favor. Fácil, ¿no? Pues no, porque la niña, llevada por el espíritu de Eduardo Manostijeras y regida por media neurona, empieza a cortar hasta que le digo, perdona, bonita, te he dicho sólo las puntas. Dios mío, que habrá entendido por “sólo las puntas”. El momento álgido de la sesión de peluquería llega con el secado. Después de pedirle que lo quiero informal, con las puntas hacia afuera, en plan despeinado, y de relajarme con el calorcito y el runrún del secador, a las palabras de bueno, esto ya está, ¿qué le parece?, abro los ojos, me miro en el espejo y… ¿qué veo? Mi cabeza y mi pelo como si fuera el envoltorio de una caja de bombones de una pastelería de barrio: tirabuzones por aquí, estirados por allá, rizado por detrás… ¿Que qué me parece? Qué ganas tengo de decirle cuatro cosas a esa mona... Te he pedido informal... ¡Pero si te queda monísimo! Sí, para ponerme en lo alto de un pastel de bodas. ¡¡¡Ahhhhh!!! ¡¡¿Dónde está la hoja de reclamaciones?!! Esto mismo le pasó una vez a mi hermana y salió llorando de la peluquería pero no porque se viera rara con ese nuevo peinado sino porque pensaba en el futuro del país...
Lo mismo me ocurre cuando voy al mercado. Yo sólo quiero que me pongan un cuarto de almejas para el arroz. Si quisiera 300 gramos, habría pedido 300 gramos, ¿no? Si pido un kilo de judías, no quiero más, ni un kilo cien, ni un kilo doscientos. Si pido ciento cincuenta de jamón dulce, quiero exactamente eso. Hay dependientes y dependientas que lo clavan: son exactos, precisos y, cuando se pasan o no llegan, se esfuerzan por llegar al peso solicitado. Y ya estás tú para decirles ya está bien o déjalo así. Pero hay otros y otras que se piensan que la balanza es su aliada para tomarte el pelo e inflar la cuenta. Ni una mirada de complicidad, ni un gesto de duda, nada de nada. Y así nos van las cosas: inflando cuentas. Ay, no me tiren de la lengua...
Y lo mismo me ha ocurrido alguna vez en algún bar o restaurante. Chicos con perilla y tatuajes en los brazos poniendo patas arriba el negocio: pedidos equivocados, orden de los platos alterado. No, yo te he pedido el filete poco hecho y, de primero, ensalada de la casa… Perdón, es que no lo he entendido bien… Insisto, ¿qué coño hay que entender cuando pides un menú?
Y cuando me sucede todo eso, no puedo evitar pensar en la infancia y en el paso por el colegio (deformación profesional). Me acuerdo de que, cuando la señorita decía a ver, niños, hoy vamos a hacer un trabajo manual. Primero, vamos a pintar esta manzana. Y, ¿qué hacían los niños? Pues eso, pintar la manzana. Ahora, vamos a recortarla. Y, ¿qué teníamos que hacer? Precisamente eso, recortar la manzana. Y ahora, vamos a pegarla en esta otra hoja. Y los niños la enganchaban sin ningún problema. Y, más o menos, unos mejor y otros no tan bien, todos seguían las tres indicaciones, una detrás de otra. Qué bonito era. ¿Dónde ha quedado todo eso?
Porque, por lo que veo, algunos niños, a medida que han ido creciendo (estoy hablando de la juventud, que quede claro), han ido perdiendo neuronas (¿no debería ser al revés?), sus capacidades intelectuales han ido mermando considerablemente (¿no deberían estar en su apogeo?) y sus habilidades se han ido atrofiando (¿no deberían potenciarse al máximo?).
Y la gran duda es: ¿cuándo narices la línea constituida por las siguientes acciones escucho (con atención)-proceso (entiendo perfectamente o, si no, pregunto)-ejecuto (sin problemas) se rompió? ¿En qué maldito momento aquello de pinta, recorta y pega quedó relegado al más absoluto ostracismo?
Y la siguiente duda: ¿Acaso no es este (y no otro) el gran misterio de la Humanidad?

sábado, 10 de diciembre de 2011

LA MOCHILA


Hace unos años, salí con un chico que llevaba mochila incorporada (léase, tenía una hija). Reconozco que esto de tener una pareja con apéndice tiene sus pros y sus contras. Supongo que como todo en la vida ¿no? Entre los contras podemos encontrar el hecho de ver a tu amante, aquél que te mete mano en la cola del cine o te susurra las mil y una guarrerías que te haría si no estuviéramos cenando con unos amigos o te mira con ojos lascivos mientras poner a hervir los mejillones, ejerciendo de solícito, tierno y paternal –valga la redundancia- padre en momentos, quizás y sólo quizás, en los que tú lo necesitas más o lo requieres como macho ibérico. Reconozco que frases como ¿Esta tarde? Uff, imposible. Tengo que llevar a la niña al dentista o Este sábado toca festival de Laurita, ¿por qué no nos acompañas? o Este fin de semana su madre no se puede quedar con la niña, ¿te importa si...? pueden acabar con la libido de cualquier mujer y hacer desaparecer cualquier indicio de la perra cachonda que todas llevamos dentro. Sin contar con la mala leche que te entra al ver cómo tus planes y tus expectativas de velada romántica y solitaria –a dúo, me refiero, naturalmente- se escapan por el sumidero. Entre los contras, también podemos observar el hecho de no poder intervenir directa y contundentemente ante reacciones de niña caprichosa, malcriada y maleducada –algo muy común, parece ser, porque no podemos olvidar, y esto sale en todos los manuales, que la niña ve a la pareja de su padre como una rival que la ha relegado a un segundo plano- por lo que una debe reaccionar siempre con elegancia, paciencia, una sonrisa y un tranquilo, cariño, ya se le pasará cuando, en realidad, lo que está pensando es joder, lo que necesita esta niña es un buen sopapo o un buen internado y porque, ante cualquier reacción tuya, la niña siempre te puede soltar un tú calla que no eres mi madre...
Pero, como decía, la cuestión que nos ocupa también tiene sus pros. Y esto yo lo empecé a ver cuando la hija de mi amante empezó a entrar en la pre-adolescencia. Resultó muy interesante y divertido presenciar la evolución de Laura desde la barrera sin esa implicación y, por consiguiente, sin ese sufrimiento propio de los progenitores naturales. Todavía me acuerdo cuando el padre intentó explicarle qué era la menstruación y qué “riesgos” entrañaba. Hazlo tú, cariño, acabó diciéndome el padre entre cortado y desconcertado, tú ya tienes mucha mano con adolescentes y, además, eres mujer. ¡Acabáramos! ¿Por qué esa absurda y estúpida manía de creer que sólo las mujeres pueden y deben explicar a las hijas “el tema”? ¿Acaso los hombres no saben cómo funciona “el tema” o es que les da reparo? Y ya me ven a mí, explicandoles a los dos –no sé quién estaba más interesado, la verdad, si la hija o el padre-, mediante dibujos y flechas, lo del óvulo y su recorrido desde los ovarios, las trompas y demás recovecos femeninos hasta llegar a los cambios de humor y demás alteraciones premenstruales y a los cinco días de compresas y tampones con sus correspondientes mitos y leyendas urbanas. Aproveché la ocasión, con la complicidad y el permiso del padre y ante la sorpresa de la niña, para explicarle a Laurita, de manera objetiva, seria y científica, algunos aspectos de las relaciones sexuales. Todavía me acuerdo, en mis años de estudiante, cuando la monja de religión anunció, en segundo de BUP, que nos iba a explicar todo lo referente al sexo entre un hombre y una mujer y que lo haría ¡con diapositivas! Menudo revuelo se armó con aquel anuncio. Todas nos frotábamos las manos ante tan sugerente clase. Aquello que mirábamos, descubríamos y aprendíamos, en secreto, en revistas de dudosa reputación –porque con los padres, lógicamente, no podíamos contar-, lo íbamos a confirmar en clase de religión; y, encima, con fotos o dibujos, daba igual. Primera diapositiva, una flor. Segunda diapositiva, una abeja. Tercera diapositiva, la abeja posada en la flor. ¡Y eso fue todo, señores! Menudo chasco, vaya mierda de explicación –no me extraña que saliéramos tan taradas...-, otra vez teníamos que volver a las revistas y novelitas clandestinas subidas de tono.
El primer día de discoteca de Laurita también lo viví con relativa tranquilidad. Mientras yo miraba el espectáculo que allí, a las puertas del garito, se había organizado, el padre de la criatura alargaba, inquieto, el cuello para poder ver a su hija entre tanto quinceañero o escudriñaba el reloj como si unos minutos más o menos de la hora pactada fueran a librarle de tanto nerviosismo. Reconozco que me divertía ver la puerta de la discoteca abarrotada de jovencitas excitadísimas y jovencitos no tanto, pero todos ellos sonrientes, sudorosos y con la emoción y la ilusión en los ojos y en los labios. Del resto del cuerpo, mejor no hablamos, ¿vale? Al otro lado de la calle y en los alrededores de la discoteca, coches y más coches de padres y madres preocupadas y expectantes oteando el horizonte y respirando tranquilos al ver a su hijo salir de ese "antro de lujuria y perdición". Más que la puerta de una discoteca de 18:00 a 21:00 horas, aquello parecía la puerta de un colegio cuando llegan los alumnos de una excursión. Laura, ¿dónde estás? Deja de morrearte y sal ya. Son las nueve y cuarto. Éstas fueron las "simpáticas" palabras que mi amante y pareja dirigió a su telçefono móvil. Y, efectivamente, no pasaron ni cinco minutos cuando vimos salir a Laura, cogida del brazo de una amiga, tambaleándose sobre unos finos y delicados tacones (sus primeros tacones) y lamentándose de un dolor de pies inaguantable. No puedo más, estoy hecha polvo, fueron sus palabras nada más dejarse caer en el asiento trasero del coche. Ni un hola papá, ni un beso, nada. Te has fijado en ese tío de la barra, molaba cacho pero estaba con la guarra de la Jessi. Esa sí que buscaba rollo. La próxima vez le entro. Su padre, mudo y atónito, me apretó la mano mientras conducía. Yo me limitaba a sonreír y a ser su apoyo moral en tan difícil trance. Su niña se había hecho mayor...
Unos meses más tarde, comiendo los tres juntos un apacible mediodía de sábado, hablando, hablando, Laura dejó ir que, efectivamente, justo cuando recibió la llamada de su padre dándole prisa para salir de la discoteca, se estaba “morreando” con un tío. A su padre y a mí se nos escapó la risa supongo que de complicidad por lo violenta que debió resultar la situación para ella. Y entre jujú jajá, le pregunté si se había enrollado con él, y ella, también entre jujú, jajá, soltó pues claro y siguió riendo. Nos quedamos mudos, ¿Laura, enrollándose con un chico en una discoteca? ¿Con sólo 15 años? Pero enseguida reaccionamos y nos pusimos a reír, esta vez de nerviosismo al comprobar científicamente que sí, Laura se había hecho mayor.
La segunda fase de este proceso natural para la protagonista y para mí pero turbador para su padre, aunque nunca lo quiso reconocer, fue la comunicación de la existencia de un novio. Por cierto, os comunico que ya tengo novio, fue lo que dijo cuando la dejábamos en casa de una amiga. Lo siguiente que se oyó fue el ruido del portazo que dio al salir del coche. ¿O fue el corazón de su padre al dar un vuelco? Silencio absoluto. Durante el recorrido hacia el cine donde pasaríamos la tarde antes de recoger a Laura, sólo hubo silencio. Sólo él sabe lo que debió pasar por su mente después de recibir esa noticia, por cierto, os comunico que ya tengo novio. Yo me lo puedo imaginar. ¿Novio?, ¿desde cuando?, ¿y qué se supone que significa ese ya? –esta última pregunta es muy complicada para una mente masculina, reconozco que es cosecha propia, lo siento-, ¿y ahora, qué? ¿Estás bien? Silencio. Minutos de angustioso y desconcertante silencio. Es ley de vida, acerté a decir sin ser plenamente consciente de lo que supone para un padre saber que su hija, su única hija, “ya” tiene novio. Ya lo sé, me contestó forzando una sonrisa y espachurrándome la mano. Malo, cuando me aprieta la mano es porque algo le preocupa más de la cuenta o porque está mal y no me lo dice. Y, al cabo de un buen rato, ¿me ayudarás? Me lo podía imaginar, niña adolescente, sus primeras experiencias y él, que se sentía perdido, desbordado. Por supuesto, cariño, yo estaré a tu lado. Joder, menudo papelón. Una cosa es ser profesora e intentar orientar a los padres de mis alumnos en su tarea de educar a “sus” hijos. Una cosa es ser testigo, siempre desde la barrera –con lo bien que se estaba allí- de casi todas las acciones que emprendía mi amante en aras de una buena educación y formación para su hija. Pero, ay señoras, otra cosa muy diferente es que te pida con voz temblorosa que te impliques para ayudar a padre e hija a llevar con la mayor dignidad y naturalidad posibles esa fase. En esos momentos, le vi tan vulnerable, tan solo –el síndrome de rey destronado ya estaba mostrando sus primeros síntomas- que no pude negarme.
Y me puse manos a la obra. Mucha comunicación, aconsejo yo a los padres de mis alumnos, sobre todo que no falte la comunicación. Y ya sabes, Laura, cariño, nos puedes contar lo que quieras, absolutamente todo. No tengas miedo. Cualquier duda, cualquier problema, algo que no entiendas, acude a nosotros, ¿vale, corazón? Sólo me faltó mover la cabeza a lo Igartiburu y susurrar "corazón de verano”. Comunicación, comprensión, respeto, mentes abiertas, Y, sobre todo, tú decides lo que quieres hacer y lo que no quieres hacer con ese chico. Tú decides, nada de extrañarse o poner el grito en el cielo ante lo que digan los adolescentes porque, si no, no volverán a confiar en vosotros. Qué bien hablo, ¿verdad? No, si yo la teoría me la sé muy bien...
La gran prueba llegó cuando, mientras sacaba la mesa después de comer y su padre y yo todavía estábamos con el café, nos dijo, oye, en confianza, una cosa, ¿es normal que cuando te meten la lengua en la boca para besarte la muevan con mucha velocidad? A su padre se le atragantó el café y a mí se me escapó una carcajada, más sonora y escandalosa de lo habitual, que ya es decir. Pero, ¿cómo de rápido?, le pregunté adoptando la seriedad necesaria para tratar un asunto de tanta enjundia, la velocidad de la lengua al besar –ni yo me había planteado el tema en mi primer beso, me excuso contarlo porque creo que el receptor recibió tal mordisco que le fue imposible meterme la lengua; es más, se limitó a darme “piquitos” y ya está-. Es que parece una centrifugadora... Su padre seguía mudo y paralizado y a mí ya se me caían las lágrimas de la risa (no sé si por la preguntita de marras o por la cara del padre). La cuestión no es que vaya rápido o lento sino que lo importante es saber si te gusta cómo te besa o no. ¿A ti te gusta cómo te besa tu novio? La callada por respuesta. Y, sin contarme ni un pelo y recurriendo a mi experiencia y a mi profesión, le expliqué que si no le comentaba nada al chico, el no podría saber nunca que sus besos no eran bien recibidos y que, por lo tanto, seguiría besando como una centrifugadora. (Señoras, esto que le acababa de decir a Laura y que ella entendió a la perfección con 15 años yo tardé en averiguar otros 15 años más. Pensaba que los hombres tenían que adivinar o intuir –por un gesto, un tono de voz, una mirada- todo lo que pasaba por mi mente y todo lo que me ocurría. ¡Qué ilusa!) La niña miraba a su padre buscando su aprobación y él movía afirmativamente la cabeza mientras me sonreía y me preguntaba ¿Te acuerdas? (Que si me acuerdo, dice, ¿cómo no me voy a acordar? Pero eso es tema para otra columna... ) Seguimos riendo con la ocurrencia de la niña, ya no tan niña. Estaba bien esto de la comunicación, se notaba que Laura tenía confianza en nosotros. Era preferible que nos contara sus dudas, que no buscara información en fuentes de dudosa procedencia y nula veracidad y fiabilidad. Nuestras palabras habían caído en terreno abonado. Comunicación. Confianza. Estábamos orgullosos de lo que habíamos conseguido. Pero, súbitamente, vi cómo una nube negra se posaba sobre la cabeza de mi amante: todo esto esta muy bien, pero, una preguntita de nada, cuando la niña eche su primer polvo, ¿también nos lo “comunicará”...?

miércoles, 28 de septiembre de 2011

ADOLESCENTE CON GAFAS

Supongo que estarán de acuerdo conmigo cuando les digo que una de las peores y más maravillosas etapas que puede vivir el ser humano es la adolescencia, ¿no? Supongo que no les descubriré la pólvora si les comento que se trata de una época preñada de rebeldías, contradicciones, manías, incertidumbres y utopías en la que el “quiero y no me dejan” y “me dejan pero no me da la gana” están a la orden del día. Tampoco me las voy a dar de experta en la materia al afirmar que es en esta fase de la trayectoria vital de cualquier ser humano de sexo femenino –los del masculino ya me dirán si también les pasa lo mismo- cuando se hacen miles de esfuerzos para gustar (lo de "yo lo que pretendo es gustarme a mí misma, los demás me dan igual" suena a excusa barata) y, en última instancia, saber que gustas. Pues bien. Yo no soy ninguna excepción. Pero, a diferencia de la de mis amigas, mi adolescencia fue más bien propia de una tragicomedia. Yo era normal, lo que se dice una chica más bien del montón: estatura media, castaña, curvas pronunciadas... Vamos, una tía normal (¿alguien me puede definir, por favor, el término normal?) pero me mataban mis grandes gafas, no de culo de botella pero casi. Todo el mundo me decía que me las quitara, que estaba mucho más mona sin ellas pero, si lo hacía, sólo podía ver siluetas amorfas. Mientras estaba en clase, era normal –otra vez con la dichosa palabrita. ¿Alguien se ha dado cuenta de que es uno de los vocablos más utilizados y, sin embargo, es también uno de los más ambiguos en cuanto a significado?- que las llevara puesta. Todo el mundo lo podía entender. Pero, claro, durante el consabido viaje de fin de curso a Italia, aquel que se espera con ansiedad y fruición no precisamente porque supone el final de una etapa sino porque se sabe perfectamente que algún italiano siempre “cae” –¿o es una la que cae?-, era inadmisible pasear por Piazza Navona o Ponto Vechio con gafas de mariposa. Y una compañera, buena samaritana allí donde las haya, decidió hacer de mí una auténtica diva de la belleza: Cada día me maquillaba con, atención al dato, una marcada línea negra en ambos párpados, sombra de ojos ¡azul brillante!, salud de pote por un tubo y colorete a discreción. ¿Qué quieren? Era lo que se llevaba en aquella época, lo más cool del momento pero, sinceramente, lo reconozco, más que una chica de cole de monjas parecía una “putoncilla”. Le puso una cadenita a mis gafas -póntelas cuando sea estrictamente necesario, me dijo mi asesora de imagen- y, hale, a comerse Roma. Nunca mejor dicho. Con el resto de mis compañeras, iba feliz, sin ver tres en un burro, pero feliz porque, de esa guisa, podía ligar como la que más. Y, efectivamente, una noche ligué con un italiano. Con las gafas a la altura del primer botón de la blusa, con ese maquillaje fantasía y con esas sombras fantasmagóricas que veía, allí estaba yo, más contenta que nadie, con mi italiano de turno (no me pregunten cómo era porque no lo pude ver bien; con la oscuridad de la noche y mis dioptrías, la verdad es que apenas distinguía sus rasgos). Experto seductor él, cegata nerviosa yo, lo cierto es que, entre señas, me invitó a alejarme del grupo y a dar un paseo a la luz de la luna. Solos él y yo. Sinceramente, en vez de ella, hubiera necesitado un foco de campo de fútbol para ver, al menos, por dónde pisaba. Mis gafas, con sus círculos concéntricos, bailoteaban al mismo ritmo que mis caderas; todo se me antojaba un enorme túnel negro pero yo, erre que erre, orgullosa con mi ligue, me acordaba de los sabios consejos de mi compañera: ante todo, tú no te pongas las gafas; sólo cuando sea estrictamente necesario. ¿Estrictamente necesario? Joder, ¿a quién pretendía engañar? Para mí y mi miopía, ¡eso era siempre! Por las calles oscuras de Roma, el romano y yo, en una mezcla de italiano, inglés y español, íbamos hablando del mar y de los peces y, en un momento dado, noté cómo se alejaba ligeramente de mí. Sorprendida, le miré fijamente –se me salían los ojos de las órbitas de tanto que le miraba a pesar de mi graduación, y no la de final de curso precisamente-, miré al frente (por supuesto, sin ver apenas nada) y seguí caminando a mi rollo. Un paso, una absurda sonrisa; dos pasos, un guiño a una sombra; tres pasos y ¡zas! Pero, ¡se puede saber quién ha puesto un palo en mi camino! ¡Menudo guarrazo con un maldita de señal de tráfico! ¿Se imaginan estar paseando con un pedazo de romano, guapísimo –eso creo, vaya-, a la luz de la luna, todo romanticismo, y estrellarse literalmente con un poste en mitad de la calle? ¿Se lo imaginan...? Me quedé fuera de juego. No sabía dónde estaba de la hostia que me había dado y el romano no sabía qué hacer para aguantar la risa. Can I help you?
Lo peor de todo no fue eso, no. Lo peor fue llegar a la Fontana di Trevi, donde habíamos quedado todas las chicas para volver al hotel, y justificar la gran columna roja que me había salido a lo largo de todo el moflete, incluyendo el ojo y parte de la frente. ¿Qué tienes en la cara?, ¿qué te ha pasado? Tierra trágame, ¡¿qué digo yo ahora!? Nada, el italiano, que me ha besado por toda la cara y me ha abrazado tan fuerte que me ha dejado marca. Fui la estrella durante esa noche pero el tortazo no me lo quitaba nadie. Eso, el dolor y la mala leche que me entró al llegar al hotel. Fui directa a hablar con una de las profesoras acompañantes, mira qué me ha pasado (huelga decir que ella también intentó aguantarse la risa al oír la historia), es que no veía nada, de verdad; estoy caminado con el romano tan ricamente y voy y me como un poste. Qué vergüenza. Es que las malditas gafas... Jamás ligaré, nadie me va a querer con estas gafotas. En su papel de buena consejera, mi profesora me intentó animar poco a poco con un discurso coherente y hasta convincente, mira, tú eres guapa aunque algunos no lo vean, simpática, buena persona, no te preocupes, ya encontrarás a slguien que te valore tal y como tú eres... (sinceramente, ¿cuántas veces hemos oído estas palabras de consuelo? Yo, un montón) hasta que la “cagó”, ... además, cuando los chicos te digan algo sobre tus gafas, tú enséñales tu expediente, diles las notas que has sacado... Esta tía está idiota o qué. A ver si lo he entendido bien: cuando un tío me rechace por llevar gafas, cuando un tío me deje claro que no quiere estar conmigo porque soy un adefesio, cuando un tío no me haga ni puto caso, le cojo del brazo, le enseño mis notas –que, casualmente, llevo en el bolsillo- y seguro que cambia de opinión, que cae rendido a mis pies. Vale. Esta mujer debe vivir en los mundos de Yupi...
El trauma debido a mis gafas –o a la ausencia de ellas- llegó a su punto álgido al año siguiente, en el colegio mixto donde estudié COU. Tres semanas después del comienzo del curso –todo parecía ir bien a pesar de haber entrado nueva-, llegué a mi clase y vi a todos mis compañeros apelotonados delante del corcho de anuncios del aula. Me fui haciendo camino hasta llegar al panel y vi la hoja con las caras de todos los de la clase, Álvarez, Antúnez, Ayuso, Barragán, Cereijo, García... y, al llegar a mi apellido, vi una especie de mosca con dos enormes ojos plateados. ¡Hijos de su madre! Alguien había hecho la gracia de sustituir las gafas de la foto por chinchetas...
Pero este episodio resultó ser el aperitivo de todo un menú de –ahora y sólo ahora- “simpáticas” anécdotas. Me acuerdo de un viernes en que había quedado con un compañero de otro grupo en el patio del colegio. Me gustaba mucho y parecía que yo, a él, también. Me preparé a conciencia para mi primera cita. Iba monísima: una especie de poncho verde, falda negra larga, medias blancas, manoletinas verdes, un gran broche dorado en el cuello del jersey –era la última moda, lo juro-, un bolso marrón –lo de las combinaciones todavía no lo dominaba- y mis gafas. Estaba emocionadísima. Allí estaba él, esperándome. Nos pusimos a charlar en medio del patio, ¿vamos a tomar una cocacola? Nada de italianos, éste sí que me apreciaba por lo que era, me conocía de clase y sabía mis notas. Este chico sí que me merecía...Y, mientras le miraba para decirle que sí, noté que algo caía con violencia en medio del cristal de mis gafas. ¡Una paloma se había cagado! y, casualidades de la vida, sus verdes, pastosos y humeantes residuos fueron a parar justo a mi lente. No me lo podía creer. Si no llevo las gafas, me estampo contra un poste; si las llevo, se me cagan las palomas. Era el colmo de la mala suerte. A Murphy se le olvidó escribir una ley... El chico se moría de risa y yo, de vergüenza. Perdona, voy un momento al lavabo, ¿me esperas aquí? No dijo nada. Me esperó pero ya no fue lo mismo. Tranquila, no pasa nada. Le puede pasar a cualquiera. El lunes siguiente, en mi foto ya no había chinchetas, eran chicles de menta...