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viernes, 8 de febrero de 2013

LA CALIDAD EDUCATIVA. ADOLESCENTE, ¿VÍCTIMA O VERDUGO DE ESTA SOCIEDAD?


De un tiempo a esta parte, quizás debido a los cambios producidos últimamente por la crisis económica (paro, desahucios, recortes salariales, impuestos, recorte en las inversiones, etc.), crisis política (pérdida de horizontes claros y descrédito por parte de nuestros dirigentes vs. desafección y desconfianza por parte de la ciudadanía ), crisis moral (corrupción, hipocresía, ambición, mentiras, etc.); quizás debido al ¿nuevo? papel de los medios de información y comunicación -léase, idiotizar, adocenar, manipular, más que informar y entretener-, quizás a las nuevas maneras de ocio que existen actualmente o quizás, insisto, al ir y venir de las leyes de educación que, al paso que vamos, va a acabar con nuestra paciencia y nuestra confianza en el sistema fin, la realidad de nuestros niños y adolescentes ha ido cambiado, en estos últimos años, especialmente en estos últimos meses, inexorable y considerablemente. Pero esta metamorfosis paulatina no ha sido exclusiva de la figura del joven –sus prioridades, sus pensamientos, sus hobbies- sino también de los grandes conceptos que han acompañado desde siempre al ser humano: sociedad, familia, educación, trabajo, comunicación, religión... Y, como muy bien dijo un día alguien que sabe de modificaciones y “cataclismos”, cualquier cambio supone crisis y cualquier crisis exige un cambio, entendidos estos dos términos como readaptación y/o reestructuración. Y una crisis o un cambio, según cómo sean gestionados y canalizados pueden desembocar en oportunidad y mejora o, contrariamente, en estancamiento y fracaso.
En estas coordenadas actuales, en pleno siglo XXI, se encuentra el ADOLESCENTE y de todos es sabido que, por su naturaleza y sus circunstancias, se ve poderosamente influenciado por tres elementos claramente diferenciados y en constante evolución: FAMILIA, ESCUELA y ENTORNO (o lo que se conoce de una manera más difusa y vaga con el nombre de SOCIEDAD) y no precisamente en este orden de importancia. Paradójicamente, estos tres ámbitos constituyen, en mayor o menor medida, causa activa de las reacciones y de los cambios propios de la época adolescente pero también “sufridores” pasivos de su comportamiento. 
En primer lugar, quizás porque es donde el joven pasa la mayor parte del día durante nueve meses, se encuentra la escuela, único lugar y entorno en el cual –parece ser- se deben inculcar y desarrollar los valores que hagan de esta “personita” un hombre o una mujer de provecho, de futuro y con futuro, así como garante exclusivo de su formación integral. Pero, ¿qué está ocurriendo allí? 
Para responder esta pregunta, habría que empezar por los cimientos: la ley o las leyes. Ciertamente, no es la única responsable de esta situación que se está viviendo de un tiempo a esta parte, pero sí se puede afirmar que ha influido notablemente en el desarrollo de los “acontecimientos” para llegar a este punto ¿sin retorno? ¿Qué se puede esperar de un sistema educativo que está deviniendo constante moneda de cambio en los programas electorales de partidos políticos cuya permanencia en la Moncloa es su máxima aspiración? ¿Cómo es posible que, teniendo en cuenta que los principales “sufridores” de este sistema han de forjar el futuro de nuestro país, todavía nadie se haya percatado de la importancia y del beneficio que supondría la existencia de unas leyes consensuadas y pensadas siempre en aras del crecimiento y del desarrollo intelectual, emocional y físico del niño y del adolescente; unas leyes trabajadas desde el mismo terreno de juego –si se me permite el argot futbolístico- por hombres y mujeres que conocen de primera mano la realidad de las aulas, de los pasillos, de los lugares de recreo y, también, de la calle? ¿Cómo es posible que nos hagan “comulgar” con (y aplicar) unas leyes utópicas, con unos recursos materiales y humanos –en definitiva, con unos recursos económicos, porque, no nos vamos a engañar, parece ser que todo se reduce a eso, a una simple cuestión pecuniaria- inasumibles (por ser escasos para llevar a cabo la práctica docente con un mínimo de profesionalidad y eficacia) o inalcanzables (por ser desmesurados y, por consiguiente, irreales); una leyes dictadas desde unos despachos por hombres y mujeres que dejaron el colegio hace mucho tiempo, sin contar con la opinión, el criterio y la experiencia de maestros y profesores, psicopedagogos y padres, sin escuchar -aunque para algunos parezca una osadía- la voz de los alumnos? ¿Cómo se puede entender que nuestros dirigentes todavía no han caído en la cuenta de que, para que la EDUCACIÓN vuelva a ser un pilar fundamental en nuestra sociedad y obtenga los resultados que se esperan, tiene que estar valorada y dignificada y que eso sólo se podrá conseguir con una política educacional estable, que vaya más allá de los colores y las ideologías, que tenga como principal objetivo la formación integral del niño y del adolescente y no el desprestigio y la humillación del partido de la oposición y aspirante al poder? 
Por si esto fuera poco, este baile de leyes (Pongamos desde la EGB, el BUP y el COU, hemos sufrido la LOECE, la LOGSE, la LOCE, la LOE, y ya estamos sufriendo las precuelas de la LOMCE...) poco han favorecido (ni favorecen) la labor docente y la tarea de cualquier estudiante que se precie como tal. El clásico “enseñar deleitando”, que tanto se defendía antaño, dio paso al método “la letra con la sangre entra” y, en los últimos años, se fue tergiversando y viciando hasta convertirse en “divertir y, si aprenden algo, mejor...” Aquel sistema, aún vigente y avalado por algunos, defendido y practicado por otros compañeros de profesión y expertos en la materia, sólo ha sembrado la desgana y la desmotivación entre los alumnos y un rechazo absoluto a la llamada “cultura del esfuerzo”, lo que supuestamente defiende la nueva ley: disciplina, constancia, paciencia, afán de superación, método, implicación, estudio, curiosidad, espíritu crítico, humildad y proyección de futuro. Lástima que la quieran imponer coartando la libertad del propio gremio (vamos mal, muy mal). Con este "bailad, malditos, bailad" y con unas expectativas de futuro que pasan por marcharse al extranjero, cada vez hay menos chicos implicados, interesados y concienciados en eso que llamamos formación, investigación y profesionalización (algunos de ellos, incluso, han sido tachados por sus propios compañeros e, incluso, por sus maestros y profesores de “raros”, “especiales”, “amargados”, “pelotas” y, en ciertos casos, han sido convertido en clara diana del tan temido y desgraciadamente conocido bullying –aunque para algunos sea simplemente un hecho puntual...-). Haciendo una mera descripción objetiva de la realidad y quizás resultando un tanto radical y pesimista, lo que predomina actualmente en las aulas de nuestros colegios e institutos son adolescentes carentes de interés por nada, de curiosidad, de ganas de saber, de metas, de ilusiones, de afán de superación por lo que, ante un fracaso –un suspenso- o una negativa, tienen pocas opciones: tirar la toalla y dedicarse a molestar a los compañeros, boicotear la clase y amargar la vida de los profesores o tirar la toalla y practicar el absentismo y convertirse en NINIs, “carne de cañón” poniendo en jaque, en ambos casos, a todo el equipo docente, a los padres y a inspección y provocando, en numerosas ocasiones, una situación de desesperación, impotencia y rabia. 
Ante este panorama, los profesores, además de intentar transmitir unos conocimientos para que nuestros alumnos tengan un mínimo bagaje cultural, nos vemos obligados a inculcarles –contra viento y marea, es decir, contra el sistema, contra los propios alumnos, contra la sociedad, contra los medios de comunicación y, en algunas ocasiones, contra la opinión de los mismos padres - una serie de valores que parecen haber perdido toda razón de ser por considerarse obsoletos e improductivos. No es fácil. No está resultando nada fácil.
Y flaco favor hace la televisión con esos programas –series, reality-shows, concursos, “teleencierros”, talk-shows, etc.- que se han erigido en estandartes de los nuevos valores (yo los llamaría contravalores): dinero fácil, éxito rápido, ocio remunerado, recompensas inmediatas, mínimo esfuerzo, culto al cuerpo, desprecio a la mente y todo un supuesto mundo de glamour y fama –malentendida fama-, al alcance de cualquiera, que atrae a los más jóvenes y los convierte en seres sin criterio, autómatas cuya máxima aspiración en la vida –emulando a sus ídolos- es hacer dinero sin estudiar ni trabajar. A modo de ejemplo, para ilustrar lo dicho anteriormente, si nos fijamos en la “parrilla” televisiva de un día cualquiera, nos damos cuenta de la casi total ausencia de programas atractivos y entretenidos para ojos, oídos y mentes de niños y adolescentes que los animen a leer, a esforzarse, a estudiar, a sacrificarse, que ayuden a desarrollar capacidades y aptitudes como la labor en equipo y el trabajo bien hecho y que potencien cualidades como la empatía, la solidaridad, la eficacia sin que haya por medio un cheque, una portada de revista, una entrevista o unos minutos en lo que parece ser el pasaporte al “estrellato”, los programas “basura”. Por no hablar de los programas informativos, en su mayoría, tendenciosos, partidistas, nada objetivos, meramente especulativos, que responden, ¡cómo no! a una ideología clara y cuya única pretensión es manipular las mentes y los pensamientos de las televidentes. Pensamiento único para hacer de nosotros lo que quieran. No pienso, luego existo (¡Si Descartes levantara la cabeza...!) Pero no es la televisión el único medio de entretenimiento y de información de los jóvenes que, si bien no es nociva en sí misma, se puede afirmar que sí se está utilizando de manera inapropiada. Los videojuegos, en estos últimos años, se han erigido en “los reyes” del ocio y la diversión –junto con el botellón y las drogas, sólo hay que ver las estadísticas y los datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad- y también están provocando en nuestros niños y adolescentes una seria y grave de-formación porque, a pesar de desarrollar habilidades y destrezas psicomotrices, están postergando al “jugador” al ostracismo más absoluto y provocando trastornos adictivos impidiéndole relacionarse con sus iguales con toda normalidad. Y, ¿qué se puede decir de Internet? No cabe duda de que es una buena y potente fuente de información, comunicación y entretenimiento –siempre y cuando se utilice como es debido (y, para ello, son necesarios la reflexión, el espíritu crítico y, obviamente, una serie de conocimientos previos, veraces y serios) y sus contenidos sean tratados con rigurosidad y corrección- pero, si no se gestiona adecuadamente (atendiendo a la edad y las necesidades del “navegante”), puede ocasionar problemas en los más jóvenes además de proporcionar un alud de información que, en vez de aumentar su bagaje cultural, lo único que hace es sumir al consumidor en la desinformación y el desconcierto. (además de todo eso, un dato más: supongo que conocerán la página de elrincondelvago o parecidas que fomentan el plagio. Desde ellas, se puede “bajar”, imprimir y presentar al profesor cualquier trabajo de Primaria, ESO y Bachillerato con sólo cuatro movimientos de “ratón”. ¿Dónde quedaron las tardes de biblioteca, las noches leyendo, redactando y corrigiendo? Sólo le veo una ventaja a esta nueva herramienta: nos obliga, a los profesores y padres, a estar al día en esto de las TIC para que no nos den “gato por liebre”). El WhatsApp, el Facebook, el Twitter y demás redes sociales tampoco favorecen la “cultura del esfuerzo”. Efectivamente, son útiles y beneficiosos si se gestionan y/o se controlan adecuadamente pero no podemos olvidar que estos medios de información, comunicación y diversión constituyen los paradigmas de la inmediatez y la facilidad –por no decir de la mala escritura- (justo todo lo contrario a lo que precisa un buen estudiante o un buen profesional)- y favorecen la creación de una realidad virtual que va cogiendo fuerza y credibilidad por momentos. 
 Y, ante toda esta avalancha de estímulos, ¿quién o quiénes deben actuar cómo gestores de estas “modernas herramientas” y, en última instancia, quién o quiénes deberían ser los auténticos y verdaderos artífices y garantes de la educación de estos niños y adolescentes? Sencillamente, los padres. Esos padres trabajadores, agobiados, esclavos del reloj y las facturas, sin tiempo suficiente para dedicarles a sus hijos (ni paciencia, en muchas ocasiones). Padres que, acuciados por los fantasmas (desgraciadamente, cada vez más cercanos y reales) del paro y de los recortes salariales, fieles seguidores de la sociedad del bienestar o sociedad de consumo -¿existe diferencia?-, pretenden hacer de aquello extraordinario que tuvieron de jóvenes algo cotidiano, “normal” en la vida de sus hijos. Padres que intentan compaginar trabajo, familia, aficiones y amistades sin mucho éxito. Padres que luchan para proporcionar lo mejor, lo más fácil y lo más placentero a sus hijos sin concederles la oportunidad de equivocarse o fracasar. Padres que, en su afán de acallar sus conciencias y, de manera equivocada, inculcar a los hijos las ganas de trabajar y aprender para, en última instancia, aprobar, equiparan un “suficiente” o un título académico con una moto o cualquier otro regalo. Padres que no quieren tener problemas con sus “retoños” y, por ello, no se atreven a decir NO o a infligir un castigo y, cuando lo hacen, se ven incapaces de mantenerlo, entre otras razones porque decir NO al hijo supone decirse NO a uno mismo –es lo que llamamos coherencia, algo que no siempre es fácil de mantener- y castigar al hijo implica castigarse uno mismo –y no siempre estamos dispuesto a sacrificarnos hasta tal punto-. Padres que, por no tener tiempo (ni, a veces, ganas) de dialogar y pactar con sus hijos, imponen su ley o los callan con cualquier bagatela sin permitirles que la obtengan con su propio esfuerzo y, así, aprecien su valor. Padres que, bajo el sincero y lógico deseo “yo lo único que quiero es que mi hijo sea feliz”, los liberan de obligaciones y deberes, de responsabilidades y esfuerzos desautorizando las decisiones de los profesores, desprestigiando, incluso, su labor como co-educadores y haciendo de sus hijos (nuestros alumnos) pequeños e indómitos monstruos. Padres que utilizan el centro escolar como un auténtico parking de sus hijos, que ceden al colegio la responsabilidad, el deber pero también el derecho de educar a sus hijos, pero que, paradójicamente, recriminan cualquier decisión del profesor y contaminan de negatividad e inutilidad el placer de la lectura, la satisfacción del trabajo bien hecho y el gozo de saber por saber aunque ello suponga tiempo, esfuerzo, constancia y su recompensa llegue a largo plazo (si es que llega). 
Y este es el resultado: niños y adolescentes consentidos, insolentes, excesivamente mimados, vagos, provocadores, egoístas, irrespetuosos, incívicos, caprichosos, intolerantes, carentes de límites, con bajo umbral de frustración, prepotentes y muy conscientes de su situación privilegiada: son, y se saben, los nuevos dioses a pesar de mostrarse ante los mayores como víctimas de la sociedad y se aprovechan de ello aunque, en el fondo, anhelen una figura autoritaria, un referente sin fisuras. Pero, aunque nos pese, el problema no se acaba en la ESO y el Bachillerato. Debido a la influencia de los cambios en el sistema educativo obligatorio y postobligatorio y, consecuentemente, a los cambios que se están produciendo últimamente en su concepción y organización, la Universidad tampoco parece que esté viviendo su mejor momento. Los niveles de exigencia y los resultados también han sufrido un descenso considerable y los que consiguen acabar los estudios superiores tampoco pueden garantizar una solvencia conceptual y teórica y una competencia profesional, a pesar de esperar una gran y ascendente carrera laboral y –a modo de ejemplo- pedir, en su primera entrevista de trabajo, como si fuera la cosa más usual del mundo, un gran sueldo, un horario estupendo, vacaciones de 2 meses –como en el colegio y en la universidad- y unas prerrogativas (léase móvil de empresa, coche de empresa, tarjeta de crédito, vales de restaurante) que sólo se consiguen una vez contrastada y demostrada la valía. ¿Cómo se le puede pedir a un joven de veintitantos años que asuma el hecho de que una buena carrera profesional siempre empieza desde abajo, que debe ser humilde con sus pretensiones, que debe ser respetuoso con los jefes, los compañeros y las normas establecidas, que debe demostrar día a día sus capacidades y habilidades, superando -con tesón y su mejor sonrisa- obstáculos y zancadillas y que sólo con esfuerzo, trabajo, constancia, afán de superación, empatía y sacrificio puede forjar una buena y sólida carrera profesional? ¿Cómo se puede pretender todo eso de un joven que no lo ha aprendido e interiorizado a lo largo de su vida como estudiante, bien porque no se lo han enseñado, bien porque no lo ha creído necesario aplicar para la consecución de sus deseos y necesidades, en ambos casos debido a la desidia de padres y docentes? Yendo más allá, ¿cómo podemos confiar en el futuro de nuestro país, en nuestro propio futuro, si depende de ellos, si ellos deben hacer posible ese futuro?

Y, ante este panorama tan desolador y decepcionante, cabría plantearse una cuestión: ¿está todo perdido? La respuesta es NO, un tajante y rotundo NO. No todo está perdido. Afortunadamente, todavía existen personas comprometidas con eso que llamamos EDUCACIÓN: políticos concienciados de que unas leyes bien pensadas, consensuadas y estables constituyen la única vía para que el sistema educativo y su comunidad tengan el lugar que se merecen en nuestra sociedad; profesores formados, bien formados, coherentes, abiertos y convencidos de que una buena formación humana, intelectual y emocional de los niños y adolescentes sólo se consigue con disciplina y paciencia y que es la garantía del futuro del país; padres responsables, valientes, implicados y conscientes de lo que supone educar a un hijo: seriedad, coherencia y mucho amor y, por último, alumnos motivados, curiosos, críticos y sabedores de que el aprendizaje –de conocimientos, de hábitos y actitudes- y el desarrollo de capacidades y aptitudes es el único camino. Este grupo de personas constituyen la esperanza para el presente y el futuro.
¿Juventud en cambio? ¿Juventud en crisis? Puede que sí pero nuestra obligación -como políticos, maestros y profesores, psicólogos, padres y empresarios- es despojar este término de sus connotaciones negativas para convertirlo en un reto y una oportunidad de mejora y progreso. Para ello, sería necesario y urgente dejar de divagar, de imponer, de especular, de teorizar sobre el problema que estamos sufriendo todos. Deberíamos dejar de buscar culpables en este ente abstracto que llamamos sociedad, deberíamos dejar de ir pasando la pelota como si de un partido de tenis se tratara (parece que en eso consiste la política, ¿no? En vez de sacrifico y compromiso, en vez de trabajar conjuntamente por el BIEN COMÚN, un simple partido de tenis, individuo contra individuo, partido contra partido, a ver quién gana el último set). No es cuestión de señalar con el dedo a alguien o a algo y sí de responsabilizarnos para abordar la cuestión desde todos los ámbitos –político, administrativo, familiar, escolar, laboral, psicológico- poniendo nombre propio a sus protagonistas. Como bien dijo un día alguien que sabe de cambios y crisis: Deberíamos dejar de pre-ocuparnos tanto y ocuparnos más.

domingo, 13 de mayo de 2012

LA VERDAD QUE...

La verdad que hace tiempo que le estoy dando vueltas al tema. La verdad que hace tiempo que lo voy observando. Y la verdad que estoy hasta los mismísimos. La verdad que todo empezó cuando una señora supuestamente famosa (digo lo de supuesta porque en realidad sólo era la mujer del exmarido de una tonadillera, muy buena peluquera, eso sí, pero se había metido -¿o la habían metido?- en el mundo del papel cuché y de la prensa rosa por vía interpuesta. O sea, y para resumir, se había convertido de la noche a la mañana y por enamorarse de un “ex de” en famosilla de tercera mano); bueno, a lo que iba, que pierdo el hilo, todo empezó cuando esta señora se sentó en un programa de cotilleos para someterse a una entrevista de corazón. No miento si digo que a cada una de las preguntas que le hizo el presentador ella empezó respondiendo con un “la verdad que”. Total, ¿cuántas cuestiones le formularon?, ¿veinte?, ¿treinta? Pues veinte o treinta “la verdad que” soltó la señora en un tiempo récord mientras veía la entrevista (sí, lo reconozco, yo también veo de vez en cuando, sólo de vez en cuando estos programas infumables pero un tanto saludables para dejar el encefalograma plano durante unos minutos. Sólo unos minutos porque, cuando empiezan a gritar los tertulianos de turno y a insultarse entre ellos, ya empiezo a tener dolor de encéfalo). “La verdad que mi marido y yo nos queremos muchísimo”, “la verdad que su exmujer y yo nos llevamos fenomenal”, “la verdad que su hija me adora y yo la adoro a ella”, “la verdad que…” ¡Cuánta riqueza de vocabulario!, ¡qué habilidad para responder!, ¡qué manera tan elegante de enlazar las preguntas con las respuestas!, ¡cómo se repite la señora!, ¿es que no sabe decir otra cosa! Tanto es así que yo misma, una servidora, en pijama y con un cuenco de palomitas entre las piernas, empezaba las intervenciones de la famosilla de tercera mano con un sonoro y carcajeante “la verdad que”. Y no debí de ser la única, porque, durante toda la semana siguiente, salió en todos los programas de “zapping”, se comentó en la prensa escrita y se oyó más de un comentario en los programas de radio y en otros de la televisión. La señora en cuestión consiguió su objetivo: ser famosa por méritos propios, convertirse en material de estudio por los miembros de la RAE (Real Academia de la Lengua Española) –y si no fue así, poco le faltaron-, y, lo más importante, ser la creadora de toda una moda lingüística que, poco coña, ha perdurado hasta nuestros días. La verdad que, pasados unos cuantos años, todavía veo en la tele a más de una persona de esas que se consideran famosas que posa glamurosa –menudo ripio me acaba de salir-, interesante e incluso con ciertos aires de culta en la photocall o a la salida de algún que otro evento y, con la alcachofa en los labios, después de oír la pregunta de turno, empieza su intervención con un ya manido, ridículo, repetitivo e irrisorio “la verdad que” como si esas tres palabras (deberían ser cuatro: “la verdad es que”, pero por razones de economía lingüística o por algún otro motivo que va más allá de mi inteligencia comprensiva, han quedado fosilizadas en tres), como si esas tres palabras pronunciadas con una gran sonrisa, una mirada fija en la cámara y una caída de pestañas fueran un mantra, un ritual para deshacerse de los genios malignos que rodean a la prensa rosa, o, sencillamente, otra manera de seducir al personal. La verdad que no lo acabo de entender. Lo peor de todo es que lo que empezó siendo una moda, horrorosa pero, por suerte, efímera, se fue gravando en la mente de las personas –famosas o no-hasta convertirse en un uso lingüístico en toda regla (en serio, señoras y señores de la RAE, yo, de ustedes, empezaría a planteármelo). Deportistas, periodistas, artistas, políticos, todos, ¡absolutamente todos! empiezan a hablar con un “la verdad que”. El otro día, sin ir más lejos, un cantante de renombre, célebre –que no famoso porque esta palabra ya ha perdido su verdadera carga semántica- por sus canciones y también por su labor solidaria, en una entrevista en la radio, pronunció dieciocho veces (las conté) “la verdad que”; al día siguiente, salió por la televisión en uno de esos programas llamados “magazine”, o sea, de todo un poco, y volvió a responder la preguntas del presentador con trece (las conté) “la verdad que”; y, para más inri, en la prensa escrita, en otra entrevista, leí once veces (también las conté) tan magnífica fórmula “la verdad que”. La verdad que la tenemos, la maldita fórmula fosilizada, tan interiorizada, tan asimilada que parece que nadie se dé cuenta de la cantidad de veces que la repiten. Yo debo de ser un bicho raro porque sí, las cuento. Y, además, creo que tengo insertado en mi cabeza un chip detector de “la verdad que” porque enseguida me percato de ello y no me pasa desapercibido. Lo peor de todo no es eso, no es que pierda el hilo de la entrevista o de la conversación del personaje en cuestión porque presto más atención a los “la verdad que” que va soltando de manera reiterada, como auténticas perlas lingüísticas, sino que el protagonista de la velada, que a priori me podía resultar interesante, culto hasta el punto de ser un referente en mi imaginario personal, con dos “la verdad que” que suelte, ya pierde todo su encanto, todo su atractivo, todo su interés y queda desterrado a mi personal cementerio de personajillos y demás monstruos –en el más estricto sentido de la palabra- lingüísticos. (Sí, esto también lo reconozco, me encanta fijarme en la manera de hablar de la gente; no hay nada que me produzca más repulsión que un charlatán de feria, un demagogo, uno que hable mucho y no diga nada, y que, encima, la vaya dando patadas al diccionario. Sí, qué le vamos a hacer, no hay nada que me “ponga” más que un buen discurso, bien organizado, bien “hilvanado”, bien construido. Si a eso le añadimos una voz sugerente…) Y la verdad que ustedes me dirán: sí, todo esto está muy bien, pero cada uno tiene su forma de hablar y eso hay que respetarlo. Completamente de acuerdo. No me pregunten por qué, pero, efecto, cada uno de nosotros tiene una particular manera de expresarse. Por la educación recibida, por el entorno en que ha crecido, ahora también por los programas de televisión que ha visto, o por alguna oscura e inescrutable razón, cada uno de nosotros ha interiorizado una serie de coletillas, de fórmulas fijas, de expresiones que ya forman parte de nuestro ADN lingüístico. Yo misma. Si les preguntaran a mis alumnos o a los que integran mi círculo más cercano –y no tan cercano, me atrevería a decir- por mis “comodines” lingüísticos, seguro que le dirían varios. Pero una cosa es tener eso, lo que yo llamo recursos, y otra cosa muy diferente es tener un registro tan limitado que cualquier conversación, cualquier entrevista o cualquier intervención mediática se convierte en una auténtica carrera de obstáculos por parte del oyente o el lector para extraer entre tanto “la verdad que” algo de información, la verdadera esencia de todo discurso. Y todo esto, ¿a qué venía? Pues que, en plena época de exámenes, me encontré con un comentario de texto literario de un alumno que empezaba con “La verdad que”. Me quedé alucinada, completamente paralizada con el boli rojo en la mano. ¿Hasta aquí han llegado? ¿Ya se han metido en las aulas? ¿Cuándo ha sido? Rodeé las tres malditas palabras con varios desaforados e iracundos círculos rojos y una palabra con muchos interrogantes y exclamaciones: ¡¡¡¿¿¿¡¡¡Perdón!!!!???!!! Seguí leyendo el examen pensando que se trataba tan solo de un desliz por parte de la autora del escrito, pero cuál fue mi sorpresa al percatarme de que había empezado todos los párrafos de la misma manera. Llamé a mi alumna para saber por qué había hecho eso: “La gente habla así, todo el mundo lo dice, sale en la tele”. Con esas inocentes palabras, se me apareció la virgen. Lo vi todo claro. “Sale en la tele”. No hay más que decir. Pero yo, cual quijote intentando deshacer entuertos, le respondí: “Mira, cariño (sí, así estamos los profesores, haciendo de solícitos, comprensivos y cariñosos papás para que los niños no se nos desmotiven…), lo primero que tienes que saber es que se dice “la verdad es que”, no “la verdad que”. En segundo lugar, que no todo lo que sale en la tele vale y no todo lo que oyes está dicho correctamente. Tienes que ser más crítica con todo lo que sale en la tele o se publica en internet. Y, en tercer lugar, hay otras maneras más adecuadas y variadas para cohesionar un texto. Busca sinónimos, consulta el listado de conectores que di a principio de curso. ¿Lo entiendes?” Tras la respuesta afirmativa, le di la opción de repetir el ejercicio. Al cabo de unos días, un lunes, la alumna me entregaba satisfecha su comentario de texto corregido. Empezaba con un “Ciertamente” (bien, la niña ha hecho caso a mis indicaciones) y seguía y acababa con varios “ciertamente” a principio de párrafo. Lo leí varias veces y no daba crédito: la niña no ha entendido nada. Desesperada, desmotivada y totalmente impotente ante la situación, puse la tele no para desconectar mi encefalograma sino para ver algo bien hecho, un programa de la 2 o del 33, algo de libros, de historia, de cultura, no sé, algo que no me hiciera perder definitivamente la esperanza en el género humano y su rasgo más exclusivo, el lenguaje. Quien busca halla. ¡Ahá! Un programa literario. Y uno de mis autores favoritos. ¡Qué bien! Sobria puesta en escena, mirada penetrante, atenta a las cuestiones del presentador. Primera pregunta, primera respuesta: “Ciertamente, la novela presenta rasgos del realismo decimonónico…”. Segunda pregunta, segunda respuesta: “Ciertamente, se trata de un narrador testigo que…” Tercera pregunta, tercera respuesta: “Ciertamente,...” Así hasta llegar a la última pregunta y su correspondiente respuesta: “Ciertamente, el lector de hoy en día no es exigente, se conforma con cualquier cosa, habla de cualquier manera y me atrevería a decir que, salvando honrosas excepciones, quedamos muy pocos en eso que llamamos Cultura con mayúscula.” ¡Será cretino! Me sentí completamente desolada: jolines, él era uno de ellos, uno de mis referentes, pero, ciertamente, él solito se ha cavado su propia tumba en mi particular cementerio…