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lunes, 8 de agosto de 2016

EN POCAS PALABRAS (Encrucijadas: un sueño hecho realidad)


Un mensaje a través de un correo electrónico:

“Apostamos por tu novela”

Un objetivo:

Publicar Encrucijadas

Una editorial:

Atlantis



Y ahí empezó mi histe (o) ria.


Una llamada a un teléfono para confirmar que no era una broma.

Una voz amable y certera, Maribel.

Un contrato.

Mil correcciones.

Mil pruebas para la portada y la contraportada.


Y una fecha:


Día: 7 de mayo. 
 
Hora: 19.30. 
 



Rápido. Una invitación (conociendo la vida social de mis amigos, conocidos y compañeros, era preciso convocarlos lo antes posible): 

 

Después de tantos años esperando, mi sueño empezaba a hacerse realidad...

Y llegó el día P, el día de la presentación. 

Yo soy la del pañuelo rosa en la solapa, hecha un mar de nervios pero muy feliz.

 No tenía ni idea de cuánta gente iba a asistir. Al final, ¡más de 80 personas!
 Y, al comprobar que todo iba bien, empecé a relajarme.

 ¡¡¡Y a firmar libros!!!
 Disfruté, hablé, reí, expliqué, leí y me di cuenta de que la gente me escuchaba, reía y disfrutaba conmigo. Y, a partí de aquel día, también me leería.

Había cumplido un sueño.

Pero el sueño no acabó ahí.

Otro ofrecimiento de la editorial:

¿Quieres firmar ejemplares en la Feria del Libro de Madrid?

Por supuesto que sí.

Y allí que me fui.





Fue un auténtico placer y un privilegio compartir ese día con otros escritores, ¡los que yo leo! Y fue toda una experiencia vivir esa jornada desde el otro lado...

A la vuelta, tal y como me habían dicho los de la editorial, “a mover el libro”: librerías, webs, blogs... Y no tardaron en llegar las primeras reseñas:




Incluso, una bloguera lo sorteó entre sus lectores


¡¡¡Me hizo una ilusión bárbara!!!

Pero, quizás, una de las cosas que más me llenó de ilusión y de orgullo fue ver mi libro expuesto en La Casa del Libro del Paseo de Gracia de Barcelona. http://www.casadellibro.com/libro-encrucijadas/9788494551840/3021620

 




Pero lo que más, más alegría me ha dado es recibir algún wasap o algún correo electrónico de algún amigo o conocido en el que me decía que le había gustado mucho... 


En fin. Sigo moviéndome para dar a conocer mi novela, porque esto del mundo editorial es muy complicado. Pero, como les dije a mis profesores de la Escuela de Escritores del Ateneu de Barcelona, esta es mi aventura literaria, pequeña, humilde, discreta, pero mía.

Gracias, Editorial Atlantis, por hacerla posible. http://www.edicionesatlantis.com/catalogo/12/encrucijadas/1178/
  

domingo, 21 de diciembre de 2014

ENCRUCIJADAS (o una lección de humildad)

Historias. Siempre me han gustado las historias. Desde que tengo uso de razón, mi cabecita ha ideado mil historias y, desde que sé escribir, me ha fascinado eso de ponerlas por escrito. Y aún sigo. Me gusta escribir. Soy feliz escribiendo. Lo peor de todo es que (todavía no sé si por suerte o para mi desgracia) siempre me han dicho que no lo hago tan mal. Y eso (por suerte o para mi desgracia) me da alas para seguir escribiendo. Al principio, fueron unos concursos escolares; a continuación, cuentos infantiles cuando caía enferma; más tarde, unos poemas adolescentes; en tiempos universitarios, me aventuré con versos más comprometidos; de mayorcita, me atreví con una novela juvenil y ya, por fin, me dejé seducir por una historia que me rondó durante un par de años y acabé escribiendo mi primera novela "seria". Horas libres, fines de semana, un verano entrero escribiendo. Y fui feliz, muy feliz. No me importaba nada. Sólo quería escribir. Era como si una fuerza superior me arrastrara, primero, a la pluma y el papel y, más tarde, al reto de la pantalla en blanco. Quería escribir. Necesitaba escribir. Y lo malo era que, cada vez que dejaba algún capítulo para leer, me seguían diciendo que no lo hacía tan mal, que escribía bien. Y eso me dio alas, muchas alas (está claro que si alguien me hubiera dicho "mira, nena, escribes fatal, dedícate a otra cosa", lo habría dejado y, quizás, me habría ahorrado muchos sinsabores).
Después de acabar la novela (yo, ilusa de mí, pensaba que ya estaba. No sabía que aquel ejemplar de trescientas y pico páginas sólo era el primero de muchos, muchísimos borradores), en vez de dejarla en el fondo de un cajón como hacía con todo lo que escribía, la mandé a varias, muchas grandes y prestigiosas editoriales (me gasté un montón de pasta en fotocopias y correos) imaginándome cómo sería la llamada que me llevaría al olimpo de las grandes plumas. Menudo bofetón. Todavía guardo las cartas en las que se rechazaba, muy amablemente, mi "obra". Después de decenas de negativas y sumida en un agujero negro lleno de cruda realidad -fracaso, deceoción, desánimo, autoestima baja...-, decidí no achantarme (pero, por Dios, cómo habría agradecido un "nena, en serio, déjalo ya, dedícate a otra cosa. Esto, definitivamente, no es lo tuyo") y me apunté a la Escuela de Escritores del Ateneu de Barcelona. Allí, rodeada de ilusas e ilusos como yo y de grandes profesionales de la escritura (eternamente agradecida a Pau y a Mercedes), me enseñaron todo de lo que adolecía mi novelita. Aprendí las técnicas, los secretos, las normas que debía seguir si quería escribir decentemente unas cuantas páginas. Sometí mis palabras, una a una, a una crítica feroz, corregí no sé cuántas veces los capítulos, cambié el orden de las escenas, volví a corregir. Qué cura de humildad eso de sentirse y ser evaluada constantemente; qué duro eso de "este capítulo no sirve, vuelve a escribirlo". Después de tres años de formación en la escuela y de otros dos años releyendo, corrigiendo y reescribiendo, la di por finalizada y volví a mandarla a no sé cuántas editoriales grandes y pequeñas, solventes, pretigiosas, independientes, recién nacidas... esperando, ahora sí, la esperada respuesta afirmativa. Volvieron a rechazarme, bueno, a ella, a la novela (otro doloroso bofetón en el ego y en el alma) pero algo había cambiado: A pesar de decir que no, que no podían aceptarla, en las respuestas se leía algo diferente ("la novela está bien escrita", "la novela tiene mucho potencial", "la novela suscita mucho interés"... Quiero creer que no lo decían para quedar bien. No era necesario. Con un no hubiera bastado). Y eso me volvió a dar alas para seguir intentándolo. Pasado un tiempo y con un cierto espíritu de humilde derrota, oí cómo alguien me animaba a utilizar otros métodos de publicación, vamos, que la colgara en internet (http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-Mamen-Gargallo-Guil-ebook/dp/B009991H5A). No me gustaba la idea; todavía soñaba con ver en papel mis palabras y mi nombre en una portada. Pero lo hice. No sabía cómo funcionaba el asunto pero lo hice. Correos electrónicos, facebook lo confieso, todavía no me he metido en twitter), "flyers", blogs, webs. Hasta hoy. 
Al principio, la compraron algunos amigos y mis familiares. Y luego cayo en el más profundo y amargo de los olvidos. Y yo también decidí olvidarme de mi pretensión. Y no volví a escribir. Había entendido la lección. Debía reconocer y asumir que, definitiva y dolorosamente, eso de montar historias, recrear personajes y ponerlos negro sobre blanco, eso que me hacía tan feliz, no era lo mío. Debo confesar, sin emabargo, que no dejé de escribir del todo, nunca he dejado de hacerlo. Escribía, sí, pero sin ningún tipo de ánimo. Hasta que un buen día, alguien "colgó" una crítica. Llamé a mis hermanas y a mis amigos para preguntarles si habían sido ellos. ¡Menuda sorpresa! ¡No! ¡Ellos no habían hecho nada, no sabían de qué les estaba hablando! Se tenía que tratar de alguien desconocido que había comprado la novela, la había leído, le había gustado y había querido compartirlo. Un lector. Tenía un lector. Entré en la web para intentar saber algo más y me encontré con una gráfica plagadita de puntitos rojos que indicaban los ejemplares vendidos. No tenía un lector, tenía varios lectores (vale, no son los miles de lectores que tienen María, Carlos, Dolores, pero eran lectores, mis lectores). ¡Qué subidón! Sí, mi novelita se estaba vendiendo, poquito a poco y con humildad. Y hasta hay gente que ha colgado alguna crítica más, y no son malas... Y no los conozco (que ya sabemos que la familia te compra lo que sea). Y qué quieren que les diga: humildemente, soy feliz.

Y ahora me animo con un "booktrailer" (http://vimeo.com/115381696) y con otra novela.

PD. FELIZ NAVIDAD

lunes, 22 de abril de 2013

¡FELIZ LECTURA! ¡FELIZ SANT JORDI! ¡FELIZ ENCRUCIJADAS!

 I


Blanca se volvió por enésima vez. Sumida en un intermitente e incesante vaivén entre el sueño y la vigilia, quiso refugiarse en el calor del cuerpo de su marido, pero, al hacerlo, el brazo aterrizó, indolente, en ese lado de la cama todavía intacto. Lo palpó a tientas y, al abrir los ojos para cerciorarse de la ausencia, sólo vio los números del despertador que caían, rojos, refulgentes, amenazantes, en su negra realidad: las dos y cuarto de la madrugada.
En su inquieto duermevela, se retorció por debajo de ese apacible mar de flores y espigas de cretona pero, como ya hacía varios jueves, se encontró en medio de un gélido, silencioso y oscuro océano. En un intento de llenar ese vacío, se abrazó a la almohada de su marido pero tan sólo percibió el rastro de aquel aroma masculino que tanto le atraía y que hacía tiempo había empezado a desaparecer. Ya desvelada, volvió de nuevo a su sitio e, incorporándose, encendió la lámpara de la mesita de noche con la intención de leer un rato. El parpadeo de la breve luz de su teléfono móvil llamó su atención: “Esto va para largo...” La reunión. Hubiera querido esperarlo despierta. Siempre lo hacía. Y aquella ocasión bien valía la pena. Por Ernesto. No siempre el marido de una podía salir elegido número uno en las listas para las próximas elecciones municipales. Pero el sueño había podido más que la curiosidad. Pobre Ernesto. Meses y meses trabajando duro, intentando demostrar a los del partido que él era la persona idónea para ese puesto, mucho tiempo intentando convencerlos de que él podía ser un buen alcalde y no sólo por su apellido. Pobre Ernesto. Pobre ella, también. Meses y meses aguantando sus ausencias, sus respuestas ariscas y su eterna preocupación por conseguir lo que se había propuesto; demasiadas semanas intentando permanecer siempre en un segundo plano, discreta, paciente, en un frágil equilibrio entre la admiración y el sacrificio, la complacencia y el cariño. Ése era su papel y lo aceptaba sin reparos. Sabía que lo importante era él y lo quería por eso. Volvió a mirar el móvil: ni una llamada. Se le habrá olvidado. No pasa nada. Sabía perfectamente que, fuera cual fuere la decisión tomada, su vida estaba a punto de cambiar. Demasiado tiempo esperando el momento. Y parecía que el momento, por fin, había llegado. Volvió a mirar el despertador. Las dos y media. Cómo odiaba aquellos números encarnados y brillantes que delataban y dilataban esa sensación de abandono que se negaba a aceptar. No pasa nada. De nuevo, se le cerraban los ojos y, por un segundo, vio a su marido triunfador. No pudo evitar sonreír mientras echaba una ojeada a su alrededor: cuánto tiempo había pasado desde que entró por primera vez en aquella habitación, cuántas anécdotas vividas, cuántas ilusiones puestas. Apagó la luz. De nuevo en la oscuridad, un inesperado escalofrío recorrió su cuerpo. Se encogió entre los pliegues de las sábanas y, en ese preciso instante, la cama le pareció más grande, más fría, más vacía que nunca.

Ernesto abrió la puerta del dormitorio con sigilo y vio el cuerpo de Blanca levemente iluminado por un haz de luz procedente del distribuidor. Qué manía tenía de destaparse en mitad de la noche, con el frío que hacía a esas horas en la calle. Entró de puntillas y buscó la hora en el despertador digital. Las tres y diez. Qué tarde se le había hecho. Con la de cosas que tenía que hacer al día siguiente. Para no hacer ruido y despertarla, se fue quitando la ropa con cuidado, sin perder de vista la silueta dormida que tanta lo atraía, y, ligeramente excitado, se metió en la cama. Ya era viernes.
—Lo he conseguido. —Dejando fuera el crudo enero, Ernesto se había acercado por detrás al cálido contorno de su mujer y la abrazaba con todas sus fuerzas.
—Estaba preocupada por ti —musitó Blanca, acoplándose como una gata coqueta al perfil cóncavo de su marido al sentir aquel roce inesperado.
—Lo siento, cariño; se me ha echado el tiempo encima —le decía al oído mientras su rostro desaparecía en la melena de ella—. Qué bien hueles.
—Tendrías que haberme llamado. —Aquella susurrante voz femenina, en la penumbra, sonaba cálida, dulce, y eso lo encendía todavía más. Con un movimiento certero de pelvis, Ernesto se pegó con decisión a la espalda y le apretó los pechos con ímpetu—. La próxima vez, dime algo, aunque sea sólo un mensajito.
—Ya sabes cómo son los del partido. Se han empeñado en celebrarlo... —La mano de Ernesto se deslizaba de arriba abajo por debajo del camisón de seda siguiendo la senda trazada del cuerpo de Blanca hasta acabar debajo de las bragas y, mientras adivinaba en la oscuridad los recovecos más ocultos, sentía cómo ella, soñolienta, se retorcía sinuosamente dejando escapar breves jadeos —. Lo he conseguido, cariño.
—Lo sabía. No sabes cuánto me alegro. —Blanca se volvió sobre sí misma y se acurrucó contra el torso de su marido. Con los ojos completamente abiertos y una amplia sonrisa, buscó el rostro de él y empezó a cubrirlo con pueriles, breves y suaves besos mientras le daba la enhorabuena—: Felicidades, te quiero, eres el mejor, te quiero, el más guapo, te quiero...
Ernesto permaneció quieto, sonriente, dejando que su mujer lo besara y lo abrazara como una adolescente hasta que, como impelido por un resorte automático, de golpe, se separó de ella y, serio, la miró fijamente.
—Es viernes. —La besó con fuerza, metiéndole la lengua en la boca y, en un movimiento ágil y un tanto brusco, se puso encima de ella. Blanca cerró los ojos. No le apetecía hacer el amor. Prefería hablar con él, abrazada contra su pecho, que le contara cómo había ido lo reunión, qué había pasado, qué le habían dicho, qué iba a pasar desde ese momento. Pero no dijo nada. Nunca decía nada. Simplemente, cerraba los ojos y se iba. Como cada viernes.
—Qué ganas tenía de follarte. —Ernesto, más activo, más viril que nunca, le mordía los pezones por encima de la suave seda e intentaba deshacerse del camisón con torpes gestos mientras su esposa se dejaba hacer—. Qué ganas...
Con falsa impaciencia, Blanca acabó quitándose las bragas y con su marido de rodillas sobre la cama encima de ella, aprisionándola con las piernas, esperó que la embistiera como hacía cada viernes por la noche. Sin embargo y contra todo pronóstico, Ernesto se quedó quieto, erguido ante su mujer mientras ella sentía en la piel los ojos ávidos del flamante candidato a alcalde cuya respiración, cada vez más agitada, iba rasgando poco a poco el silencio de la noche. Blanca mantuvo la mirada en contrapicado y, tumbada ante él, en esa posición entre sumisa y solícita, por unos segundos, lo admiró: con ese cuerpo masculino apenas esculpido a golpe de mancuerna; el pecho henchido, varonil y tatuado con breves segmentos de una tímida luna que ya entraba por las rendijas de la persiana, el miembro erecto apuntándola desafiante y todos los músculos en tensión, aquel hombre se le antojó, por un momento, un auténtico coloso y, durante otro rápido instante, recordó todo lo que aquella misma imagen, un tanto soberbia pero muy de hombre, le había provocado en los primeros meses de casada. Lástima que aquello durara tan poco y que en tan poco tiempo descubriera en qué acababa ese alarde de sexual hombría: el simple, mecánico y previsible quehacer de los viernes. Al principio, pensó que era culpa de ella pero prefirió no decirle nada. Más tarde, se planteó la posibilidad de que fuera de él y consideró prudente no decirle nada. Con el paso del tiempo, impelida por la costumbre y la desidia y amparada en la fantasía, resolvió no hacer nada para recuperar aquellas primeras noches de amor. Así, más de ocho años. Nunca se atrevió a explicarle lo que sentía o, mejor dicho, lo que no sentía. Pero a ella no le importó. A ella ya le iba bien. Era feliz porque lo quería, lo quería mucho, era su esposa y eso era lo único que contaba.
—Por fin lo he conseguido. —En aquellos momentos, lo vio como un héroe, alguien capaz de elevarla a las cotas más altas del placer y de la felicidad; sin embargo, desengañándola para siempre de ese idílico oasis con final feliz, el candidato se abalanzó sobre ella y, sin caricias, sin susurros, sin una maldita palabra que la excitara mínimamente y facilitara el trámite, la penetró. Y ella lo encontró más grande, más fuerte, más duro que nunca. Volvió a cerrar los ojos, suspiró y se abandonó a él mientras buscaba en su mente a aquél que la ayudaba a sobrellevar mejor la obligación marital, como le decía su madre. ¿Cómo se llamaba la película? La del joven que seducía a la protagonista madura. Mientras Ernesto la empujaba una y otra vez, demostrando un brío y una inspiración inusitadas, Blanca recreaba la escena en la que él, el amante sin rostro ni nombre, se encontraba con la respetable mujer, felizmente casada, y, en ese anonimato que podía conferir un bar repleto de gente, la ponía a mil con una mirada profunda, con palabras deliciosamente obscenas que la hacían sentir la más atractiva y experta entre todas las mujeres, con caricias no por suaves menos indiscretas, mordiscos en el cuello, proposiciones impensables... Eso sí que la ponía cachonda y, aunque se lo negaba como un terrible secreto, era su refugio y su salvación la noche de los viernes. En su mente reinaba aquella escena de la película, algo sobre la infidelidad, sin identidades ni voces: sólo un cuerpo femenino que quería volver a sentir y que alguien lo sintiera, sólo un cuerpo masculino que la seducía, la excitaba y la poseía. Así, con los músculos, cada vez más tensos, de su marido encima de ella y el crucifijo que subía y bajaba acompasadamente en el espejo del armario, la mujer del flamante candidato suspiraba de vez en cuando y aguardaba. Ése parecía ser su único cometido: esperar la gran exclamación final masculina acompañada del previsible, brusco y preciso movimiento de retirada a tiempo que le permitía presenciar cómo la inteligencia, el carisma, el saber hacer de su admirado Ernesto se derramaba, caliente, viscoso, blanquecino, sobre el vientre mientras permanecía quieta, como si la cosa no fuera con ella. Como cada viernes. Y ya le iba bien.
—Mi sueño, por fin, hecho realidad —pronunció Ernesto, todavía desnudo, cogiéndola por el hombro, al tiempo que se lo acariciaba cadenciosamente; ella, después de haberse limpiado con una toallita húmeda y con las bragas y el camisón puestos, jugueteaba con los caracolillos del vello del pecho. Debía faltar poco para que amaneciera y el dormitorio olía a semen. Blanca seguía oyendo las palabras de su marido como una melodía cada vez más lejana: A partir de mañana... Blanca se acordó de cuando lo conoció, qué joven era ella, qué inexperta y qué inocente. Te necesito a mi lado... Lo reconocía, él se lo había enseñado todo. Él la había moldeado a su gusto, había sido el primero y ambos sabían perfectamente que sería el único. Estaré muy ocupado… Y era consciente de que ese pensamiento, a su marido, le volvía loco de pasión. Cuando esto haya pasado... Y ella aprendió muy rápido y muy bien. No te preocupes por nada… Sabía que no había nada por qué preocuparse. Mañana viernes me despido de los de la asesoría… Él siempre estaba allí. A decir verdad, en los últimos meses, no tanto, pero era comprensible. Ella también estaba siempre a su lado, dispuesta, esperándolo. La comida y luego... Lo tenía todo. Te quiero, le susurró él, como cada viernes. Qué más podía desear.
—Yo también te quiero, cariño.

¿Te gusta?, ¿quieres leer más?, ¿quieres saber cómo irá?


Encuentra el libro en 
http://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_noss?__mk_es_ES=%C5M%C5Z%D5%D1&url=node%3D827231031&field-keywords=mamen+gargallo+encrucijadas&x=17&y=22 

y ¡feliz lectura!




sábado, 8 de diciembre de 2012

MORBO=PORNO=POLVO

"el candidato se abalanzó sobre ella y, sin caricias, sin susurros, sin una maldita palabra que la excitara mínimamente y facilitara el trámite, la penetró. Y ella lo encontró más grande, más fuerte, más duro que nunca. Volvió a cerrar los ojos, suspiró y se abandonó a él mientras buscaba en su mente a aquél que la ayudaba a sobrellevar mejor la obligación marital, como le decía su madre. ¿Cómo se llamaba la película? La del joven que seducía a la protagonista madura. Mientras Ernesto la empujaba una y otra vez, demostrando un brío y una inspiración inusitadas, Blanca recreaba la escena en la que él, el amante sin rostro ni nombre, se encontraba con la respetable mujer, felizmente casada, y, en ese anonimato que podía conferir un bar repleto de gente, la ponía a mil con una mirada profunda, con palabras deliciosamente obscenas que la hacían sentir la más atractiva y experta entre todas las mujeres, con caricias no por suaves menos indiscretas, mordiscos en el cuello, proposiciones impensables... Eso sí que la ponía cachonda y, aunque se lo negaba como un terrible secreto, era su refugio y su salvación la noche de los viernes."

¿Les suena esta escena? ¿Sí? ¿No? Yo les explico. Esto es lo que se llama literalmente "una fantasía sexual" o una "fantasía erótica" y es lo que, desde tiempos ancestrales, las mujeres hemos ido utilizando en algunas ocasiones con nuestros "partanaires" para ponernos a tono. ¿Les va sonando? Sí, mujer, sí. Les sigo explicando: marido que solicita a su esposa, esposa que no tiene ganas y se hace la remolona, marido que se pone tonto e insiste en el tema, mujer que sigue sin tener ganas pero bueno... allí vamos, marido que tiene ganas de perrear y a la mujer le quedan dos opciones: fingir para acabar rápido o recurrir a una de sus fantasías eróticas, esas que le ponen a cien, esas que le hacen sonreír y gemir mientras el marido sigue con lo suyo. Ya les suena, ¿no?
Porque, vamos a hablar claro, que levante la mano aquella que nunca, nunca, nunca ha recurrido a uno de esos sueños eróticos para pasar un buen rato, hacerse un apañito o, incluso, para cumplir con el hombre de la casa. Que levante la mano quien no haya fantaseado con polvazos rápidos en el ascensor con un desconocido, uno que le diga aquí estoy y te voy a hacer lo que no te han hecho en tu vida, uno que le susurra al oído mil y una guarrerías y le haga mil y una perrerías en unos pocos metros cuadrados. Que levante la mano aquella que no ha sonreído maquiavélicamente imaginándose con dos tíos o con un hombre de color (vamos, con un negraco de esos que quita el hipo...) o con... Que levante la mano quien no ha cerrado los ojos y se ha visto en aquella postura tan sugerente o con aquellos ligueros y taconazos negros, o con el látigo en la mano o acercando la boca o la mano o el pie a aquella zona prohibida. Que levante la mano aquella que no ha pensado, aunque sólo haya sido durante un segundo, en dejarse hacer eso o aquello. Que levante la mano quien... Y así, podríamos estar hasta la eternidad.
Entonces, ¿a qué viene tanto revuelo con las malditas sombras? Sí, hombre, las de Grey. Cualquiera diría que somos novatas en este tema. ¿Por qué se escandaliza la gente con la dichosa trilogía? ¿Por qué se empeñan en poner nombre, como si fuera un gran descubrimiento, una gran novedad, a eso con lo que han convivido, han vivido y han sobrevivido muchas mujeres desde tiempos inmemoriales? ¿Por qué eso de "porno para mamás"? Por el amor de Dios, si tan solo se trata de haber puesto negro sobre blanco lo que casi todas (absolutamente todas, casadas, solteras, divorciadas o viudas, vírgenes o no, mamás, tías, hijas, hermanas y abuelas, me atrevería a afirmar) hemos recreado alguna vez y con lo que nos hemos recreado no pocas veces. Y esto, muy señoras y señores míos, ha existido desde que nuestros tatatatatarabuelos, es decir, Adán y Eva, fueron expulsados del Paraíso. Sin ir más lejos, ¿se acuerdan de Corín Tellado? En aquella época, no hace mucho, también fue catalogado de literatura "subida de tono" y sólo explicaba cómo la chica notaba cómo el miembro erecto le rozaba la pierna... Y, curiosamente, los "usuarios" de estas novelitas picantes que se vendía, se compraba y se leía casi a escondidas, eran mamás, tías, abuelas y demás seres racionales de sexo femenino (solteras o casadas, eso era lo de menos, aunque me atrevería a afirmar que las casadas ganaban en porcentaje). Lo dicho, que nadie ha descubierto la pólvora aunque, eso sí, se ha subido unos cuantos grados.
Y es que (esto me lo dijo el otro día el chico de la copistería de mi barrio) la autora ha dado un paso muy importante. Palabras textuales: tradicionalmente, era el hombre el que consumía porno y sexo de manera habitual y a la vista de todos: revistas, películas, cómics que se venden en los kioskos junto con los periódicos, las revistas de cotilleos y los cromos para los niños; sex-shops y peep-show dispersados por toda la ciudad, casas de citas en los barrios, anuncios en la prensa. Y todo, dirigido al público masculino. Y sin problemas. Todo el mundo tiene asumido que al hombre le gusta el porno. Pero, ¿y la mujer? ¿Qué le gusta a la mujer? ¿Acaso no le va también el porno? Y pensábamos que, tradicionalmente -sigo con las palabras textuales del chico de las fotocopias-, a las mujeres les va más lo sugerente, lo sensual (no lo sexual), que les digan "te quiero" o "eres la mujer de mi vida" en vez de "ven aquí, putita mía", que no les hablen de follar sino de hacer el amor, que solo les gusta la postura del misionero y hacerlo a oscuras; y ahora sale esta escritora y nos descubre que a las mujeres les encanta el porno y el morbo y el sado, vamos que les encanta el sexo (¡¡¡¡Acabáramos!!!)
¡Que levante la mano a quien no le guste el sexo! Estos hombres todavía no se han enterado de nada. Pues claro que a las mujeres les gusta el sexo. Como a los hombres, ni más ni menos. Lo que pasa, y parece ser que muchos seres de género masculino todavía no se han percatado de ello, es que nos gusta, y mucho, pero a nuestra manera. Y en eso, en el CÓMO, cada mujer es un mundo y no sirve generalizar ni pensar que, si a una le gusta de una manera, a las demás también les debe gustar así. Y en eso, en el CÓMO -insisto- no se vale creer que somos como ellos, que pensamos, sentimos y reaccionamos como ellos. ¡¡¡Error!!! Las mujeres tenemos nuestros mecanismos, nuestros "tempos" y nuestros resortes que el hombre debe estudiar (como si fuera una ingeniería) y conocer y querer accionar si desea que su pareja sienta placer, disfrute y experimente el placer (eso es harina de otro costal). Porque, si no es así, ya sabemos lo que ocurre, ¿no? Cuatro gemidos fingidos o un viajecito a la fantasía sexual de turno para pasar el trámite, que en eso no hay quien gane a las mujeres. ¿La razón? Dicen que el mejor órgano sexual no está entre las piernas sino entre las orejas. Efectivamente, por encima de unas buenas tetas, de un buen culo o de un cuerpo escultural, el cerebro es el órgano por excelencia, un cerebro inteligente que (además de fingir) imagine, que sea creativo, que recree y se recree, que invente, que suponga, que sueñe, que proponga, que sugiera, y para cerebritos (estábamos hablando claro, ¿no?), no nos engañemos, el de la mujer. En eso, estamos todos de acuerdo, ¿verdad?
No, si ya lo decía yo, que el morbo, el porno y el polvo (agrupados en una única palabra: sexo) constituyen uno de los motores del mundo, tanto para los hombre como para las mujeres (como muestra, les diré que la entrada de mi blog que ha superado todas mis expectativas y que recibe al día un montonazo de visitas es el cuento porno titulado "La pluma de don Julián". Por algo será, ¿no?).
En fin, que por una razón o por otra, seguimos siendo unas incomprendidas, ahora porque nos gusta leer escenas porno...Y lo hacemos a la vista de todo el mundo (sinceramente, yo debo ser una excepción porque, desde que en la facultad mis profesores me hablaban de la literatura árabe femenina, nunca he leído nada más erótico y porno en mi vida... ¡¡¡¡Y lo hacía incluso delante de mis padres!!!!). 
Y hablando de escenas, ¿se acuerdan de la que empezaba esta entrada? Es una de tantas "subidas de tono" de mi novela Encrucijadas que encontrarán en www.amazon.es y que, sin perseguirlo, ya ha sido catalogada de erótica, y, encima, con toques lésbicos. Si quieren ser originales, rompedores y sugerentes, regale Encrucijadas http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-ebook/dp/B009991H5A/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1356168377&sr=1-1estas Navidades. (Por si no lo han notado, estoy haciendo publicidad de mi libro...)

PD. Todavía resuena en mi cerebro la pregunta que me formuló el chico de la copistería: ¿qué pasaría si ese libro catalogado como "porno para mamás" cayera en manos de papá y quisiera llevarlo a la práctica con mamá...?

sábado, 15 de septiembre de 2012

ENCRUCIJADAS, MY FIRST KINDLE BOOK



Blanca está convencida de que lleva un apacible, cómodo y feliz matrimonio con Ernesto, dueño de la empresa familiar “AdeA Asesores de Almenara”, quien, siguiendo los pasos de su difunto padre, el legendario y admirado alcalde Ernesto de Almenara, ha sido nombrado candidato al consistorio para las próximas elecciones municipales.
En el primer acto de campaña, la inauguración de una bodega, situada en una zona objeto de deseo y especulación de constructores y políticos, conocerán a Ari, la joven que ha alquilado el local para poner en marcha su negocio “Modus Vivendi De óleos y espíritus”.
Con el entramado político de fondo, la bodega y su nueva “dueña” pondrán a prueba a sinceridad de tan idílico matrimonio, la honestidad y la lealtad del alcalde, e, incluso, la sexualidad de Blanca.

Esta es la sinopsis de Encrucijadas, mi primera novela, mi primer kindle book. Lo encontrarán en Amazon.es, en los siguientes enlaces:

http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-ebook/dp/B009991H5A/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1356168377&sr=1-1

Y, como regalo, les adelanto el primer capítulo:




 I


Blanca se volvió por enésima vez. Sumida en un intermitente e incesante vaivén entre el sueño y la vigilia, quiso refugiarse en el calor del cuerpo de su marido, pero, al hacerlo, el brazo aterrizó, indolente, en ese lado de la cama todavía intacto. Lo palpó a tientas y, al abrir los ojos para cerciorarse de la ausencia, sólo vio los números del despertador que caían, rojos, refulgentes, amenazantes, en su negra realidad: las dos y cuarto de la madrugada.
En su inquieto duermevela, se retorció por debajo de ese apacible mar de flores y espigas de cretona pero, como ya hacía varios jueves, se encontró en medio de un gélido, silencioso y oscuro océano. En un intento de llenar ese vacío, se abrazó a la almohada de su marido pero tan sólo percibió el rastro de aquel aroma masculino que tanto le atraía y que hacía tiempo había empezado a desaparecer. Ya desvelada, volvió de nuevo a su sitio e, incorporándose, encendió la lámpara de la mesita de noche con la intención de leer un rato. El parpadeo de la breve luz de su teléfono móvil llamó su atención: “Esto va para largo...” La reunión. Hubiera querido esperarlo despierta. Siempre lo hacía. Y aquella ocasión bien valía la pena. Por Ernesto. No siempre el marido de una podía salir elegido número uno en las listas para las próximas elecciones municipales. Pero el sueño había podido más que la curiosidad. Pobre Ernesto. Meses y meses trabajando duro, intentando demostrar a los del partido que él era la persona idónea para ese puesto, mucho tiempo intentando convencerlos de que él podía ser un buen alcalde y no sólo por su apellido. Pobre Ernesto. Pobre ella, también. Meses y meses aguantando sus ausencias, sus respuestas ariscas y su eterna preocupación por conseguir lo que se había propuesto; demasiadas semanas intentando permanecer siempre en un segundo plano, discreta, paciente, en un frágil equilibrio entre la admiración y el sacrificio, la complacencia y el cariño. Ése era su papel y lo aceptaba sin reparos. Sabía que lo importante era él y lo quería por eso. Volvió a mirar el móvil: ni una llamada. Se le habrá olvidado. No pasa nada. Sabía perfectamente que, fuera cual fuere la decisión tomada, su vida estaba a punto de cambiar. Demasiado tiempo esperando el momento. Y parecía que el momento, por fin, había llegado. Volvió a mirar el despertador. Las dos y media. Cómo odiaba aquellos números encarnados y brillantes que delataban y dilataban esa sensación de abandono que se negaba a aceptar. No pasa nada. De nuevo, se le cerraban los ojos y, por un segundo, vio a su marido triunfador. No pudo evitar sonreír mientras echaba una ojeada a su alrededor: cuánto tiempo había pasado desde que entró por primera vez en aquella habitación, cuántas anécdotas vividas, cuántas ilusiones puestas. Apagó la luz. De nuevo en la oscuridad, un inesperado escalofrío recorrió su cuerpo. Se encogió entre los pliegues de las sábanas y, en ese preciso instante, la cama le pareció más grande, más fría, más vacía que nunca.

Ernesto abrió la puerta del dormitorio con sigilo y vio el cuerpo de Blanca levemente iluminado por un haz de luz procedente del distribuidor. Qué manía tenía de destaparse en mitad de la noche, con el frío que hacía a esas horas en la calle. Entró de puntillas y buscó la hora en el despertador digital. Las tres y diez. Qué tarde se le había hecho. Con la de cosas que tenía que hacer al día siguiente. Para no hacer ruido y despertarla, se fue quitando la ropa con cuidado, sin perder de vista la silueta dormida que tanta lo atraía, y, ligeramente excitado, se metió en la cama. Ya era viernes.
—Lo he conseguido. —Dejando fuera el crudo enero, Ernesto se había acercado por detrás al cálido contorno de su mujer y la abrazaba con todas sus fuerzas.
—Estaba preocupada por ti —musitó Blanca, acoplándose como una gata coqueta al perfil cóncavo de su marido al sentir aquel roce inesperado.
—Lo siento, cariño; se me ha echado el tiempo encima —le decía al oído mientras su rostro desaparecía en la melena de ella—. Qué bien hueles.
—Tendrías que haberme llamado. —Aquella susurrante voz femenina, en la penumbra, sonaba cálida, dulce, y eso lo encendía todavía más. Con un movimiento certero de pelvis, Ernesto se pegó con decisión a la espalda y le apretó los pechos con ímpetu—. La próxima vez, dime algo, aunque sea sólo un mensajito.
—Ya sabes cómo son los del partido. Se han empeñado en celebrarlo... —La mano de Ernesto se deslizaba de arriba abajo por debajo del camisón de seda siguiendo la senda trazada del cuerpo de Blanca hasta acabar debajo de las bragas y, mientras adivinaba en la oscuridad los recovecos más ocultos, sentía cómo ella, soñolienta, se retorcía sinuosamente dejando escapar breves jadeos —. Lo he conseguido, cariño.
—Lo sabía. No sabes cuánto me alegro. —Blanca se volvió sobre sí misma y se acurrucó contra el torso de su marido. Con los ojos completamente abiertos y una amplia sonrisa, buscó el rostro de él y empezó a cubrirlo con pueriles, breves y suaves besos mientras le daba la enhorabuena—: Felicidades, te quiero, eres el mejor, te quiero, el más guapo, te quiero...
Ernesto permaneció quieto, sonriente, dejando que su mujer lo besara y lo abrazara como una adolescente hasta que, como impelido por un resorte automático, de golpe, se separó de ella y, serio, la miró fijamente.
—Es viernes. —La besó con fuerza, metiéndole la lengua en la boca y, en un movimiento ágil y un tanto brusco, se puso encima de ella. Blanca cerró los ojos. No le apetecía hacer el amor. Prefería hablar con él, abrazada contra su pecho, que le contara cómo había ido lo reunión, qué había pasado, qué le habían dicho, qué iba a pasar desde ese momento. Pero no dijo nada. Nunca decía nada. Simplemente, cerraba los ojos y se iba. Como cada viernes.
—Qué ganas tenía de follarte. —Ernesto, más activo, más viril que nunca, le mordía los pezones por encima de la suave seda e intentaba deshacerse del camisón con torpes gestos mientras su esposa se dejaba hacer—. Qué ganas...
Con falsa impaciencia, Blanca acabó quitándose las bragas y con su marido de rodillas sobre la cama encima de ella, aprisionándola con las piernas, esperó que la embistiera como hacía cada viernes por la noche. Sin embargo y contra todo pronóstico, Ernesto se quedó quieto, erguido ante su mujer mientras ella sentía en la piel los ojos ávidos del flamante candidato a alcalde cuya respiración, cada vez más agitada, iba rasgando poco a poco el silencio de la noche. Blanca mantuvo la mirada en contrapicado y, tumbada ante él, en esa posición entre sumisa y solícita, por unos segundos, lo admiró: con ese cuerpo masculino apenas esculpido a golpe de mancuerna; el pecho henchido, varonil y tatuado con breves segmentos de una tímida luna que ya entraba por las rendijas de la persiana, el miembro erecto apuntándola desafiante y todos los músculos en tensión, aquel hombre se le antojó, por un momento, un auténtico coloso y, durante otro rápido instante, recordó todo lo que aquella misma imagen, un tanto soberbia pero muy de hombre, le había provocado en los primeros meses de casada. Lástima que aquello durara tan poco y que en tan poco tiempo descubriera en qué acababa ese alarde de sexual hombría: el simple, mecánico y previsible quehacer de los viernes. Al principio, pensó que era culpa de ella pero prefirió no decirle nada. Más tarde, se planteó la posibilidad de que fuera de él y consideró prudente no decirle nada. Con el paso del tiempo, impelida por la costumbre y la desidia y amparada en la fantasía, resolvió no hacer nada para recuperar aquellas primeras noches de amor. Así, más de ocho años. Nunca se atrevió a explicarle lo que sentía o, mejor dicho, lo que no sentía. Pero a ella no le importó. A ella ya le iba bien. Era feliz porque lo quería, lo quería mucho, era su esposa y eso era lo único que contaba.
—Por fin lo he conseguido. —En aquellos momentos, lo vio como un héroe, alguien capaz de elevarla a las cotas más altas del placer y de la felicidad; sin embargo, desengañándola para siempre de ese idílico oasis con final feliz, el candidato se abalanzó sobre ella y, sin caricias, sin susurros, sin una maldita palabra que la excitara mínimamente y facilitara el trámite, la penetró. Y ella lo encontró más grande, más fuerte, más duro que nunca. Volvió a cerrar los ojos, suspiró y se abandonó a él mientras buscaba en su mente a aquél que la ayudaba a sobrellevar mejor la obligación marital, como le decía su madre. ¿Cómo se llamaba la película? La del joven que seducía a la protagonista madura. Mientras Ernesto la empujaba una y otra vez, demostrando un brío y una inspiración inusitadas, Blanca recreaba la escena en la que él, el amante sin rostro ni nombre, se encontraba con la respetable mujer, felizmente casada, y, en ese anonimato que podía conferir un bar repleto de gente, la ponía a mil con una mirada profunda, con palabras deliciosamente obscenas que la hacían sentir la más atractiva y experta entre todas las mujeres, con caricias no por suaves menos indiscretas, mordiscos en el cuello, proposiciones impensables... Eso sí que la ponía cachonda y, aunque se lo negaba como un terrible secreto, era su refugio y su salvación la noche de los viernes. En su mente reinaba aquella escena de la película, algo sobre la infidelidad, sin identidades ni voces: sólo un cuerpo femenino que quería volver a sentir y que alguien lo sintiera, sólo un cuerpo masculino que la seducía, la excitaba y la poseía. Así, con los músculos, cada vez más tensos, de su marido encima de ella y el crucifijo que subía y bajaba acompasadamente en el espejo del armario, la mujer del flamante candidato suspiraba de vez en cuando y aguardaba. Ése parecía ser su único cometido: esperar la gran exclamación final masculina acompañada del previsible, brusco y preciso movimiento de retirada a tiempo que le permitía presenciar cómo la inteligencia, el carisma, el saber hacer de su admirado Ernesto se derramaba, caliente, viscoso, blanquecino, sobre el vientre mientras permanecía quieta, como si la cosa no fuera con ella. Como cada viernes. Y ya le iba bien.
—Mi sueño, por fin, hecho realidad —pronunció Ernesto, todavía desnudo, cogiéndola por el hombro, al tiempo que se lo acariciaba cadenciosamente; ella, después de haberse limpiado con una toallita húmeda y con las bragas y el camisón puestos, jugueteaba con los caracolillos del vello del pecho. Debía faltar poco para que amaneciera y el dormitorio olía a semen. Blanca seguía oyendo las palabras de su marido como una melodía cada vez más lejana: A partir de mañana... Blanca se acordó de cuando lo conoció, qué joven era ella, qué inexperta y qué inocente. Te necesito a mi lado... Lo reconocía, él se lo había enseñado todo. Él la había moldeado a su gusto, había sido el primero y ambos sabían perfectamente que sería el único. Estaré muy ocupado… Y era consciente de que ese pensamiento, a su marido, le volvía loco de pasión. Cuando esto haya pasado... Y ella aprendió muy rápido y muy bien. No te preocupes por nada… Sabía que no había nada por qué preocuparse. Mañana viernes me despido de los de la asesoría… Él siempre estaba allí. A decir verdad, en los últimos meses, no tanto, pero era comprensible. Ella también estaba siempre a su lado, dispuesta, esperándolo. La comida y luego... Lo tenía todo. Te quiero, le susurró él, como cada viernes. Qué más podía desear.
—Yo también te quiero, cariño.