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sábado, 23 de marzo de 2013

MALTA Y YO

Tierra extraña,
isla que me acoge,
idioma imposible,
mezcla que embruja:
árabe, inglés e italiano.

¿Qué hago yo aquí?

Autobuses amarillos,
infraestructura precomunitaria,
acantilados vertiginosos.
Mdina, realmente,
la ciudad del silencio

Difíciles momentos de soledad.

Paseos nocturnos después de cenar,
la luna como confidente,
bus 45 Cirkewwa-La Valletta,
hilo musical de las cigarras,
un gato maltés se cuela en mi habitación de hotel,
la sonrisa del camarero al ver mi firma,
la iglesia de Mosta, una maravillosa sorpresa.

Comunicación SMS London-Malta

La Almendra, la evasión;
ciruelas en La Valletta,
Dingli Cliff,
templos de Ggantija,
mi bikini de color fresa que me encanta,
La Ventana Azul de Gozo,
Gozo-Murano, la rivalidad hecha cristal,
la cruz de cuatro brazos y ocho puntas,
la fertilidad del arte, la Venus de Malta,
pocas mujeres solas.

Alguna que otra lágrima

Barbacoas nocturnas de fin de semana;
yo, la mujer de blanco casi siempre.

¿Tranquilidad?

El constante recuerdo de alguien.

Olivos y vides,
mi padre que me acaba de llamar,
piedra calcárea,
La canción de Dorotea, más evasión;
Marta y Emma que me dejan felizmente exhaustas,
regalos para todos,
La degollación de Caravaggio,
karrozin por tierra,
dghajsa por mar,
los famosos caballeros,
donde Ulises no sucumbió
a los encantos de Calipso,
increíbles fachadas de tradición inglesa,
crucigramas para matar el tiempo,
muchas iglesias dominando el paisaje,
casas “bautizadas”, ¡me encanta!,
devoción por la Virgen y los santos.
Y Penélope esperando...

La Laguna Azul,
Gozo, Comino, Cominoto y Filfla,
San Pablo que naufraga,
mi madre con sus hermanas;
mis hermanas, con sus familias;
y yo, entre calas,
calas hermosísimas,
azul
verde
más azul.

Alma en espera
(en algún sitio leí que
“la espera es el óxido del alma”)

U2 en goleta.
Azul,
¡qué azul!

¿Dónde estará mi compañero de viajes?
¿Dónde estará mi compañero de viaje?

Mil preguntas
y una ramita de olivo...

domingo, 13 de enero de 2013

DE VIAJE CON EL SUPERMIRAFIORI

Acabo de pasar el fin de semana en un lugar idílico de la Costa Brava y, mientras volvía en coche a mi casa, tranquila, relajada, escuchando mi musiquita en mi Ipod conectado, cómoda y calentita, me acordaba de esos viajes horrorosos e interminables que hacíamos mi familia y yo de vuelta a casa los domingos por la tarde después de pasar el fin de semana en el apartamento del Maresme. Daba igual que hiciera frío o calor, que tuviéramos deberes o no, que quisiéramos ir o no. Sí o sí -no había posibilidad de negociación ni de chantaje emocional-, cada viernes cogíamos el coche cargados con los capazos de mimbre de la comida, la carteras -en mi época, no existían las mochilas con ruedas ni las modernas bandoleras- repletas de libros y de libretas, estuches, compases, diccionarios para hacer los deberes y algunas maletas de ropa, especialmente en invierno porque, ¿no se lo había dicho antes?, en ese pueblo del Maresme hacía un frío del carajo. Y, después de pasar el fin de semana haciendo deberes, yendo a la plaza de los columpios y dando un paseo por la calle peatonal, los domingos por la tarde, de nuevo, cogíamos las carteras -que, a la vuelta, pesaban más porque, come le dije una vez a mi madre, muy convencida yo, en las libretas había más letras, más frases, más números, más problemas resueltos y todo eso debía de pesar, ¿no? Bendita ingenuidad, bendita inocencia o bendita gilipollez, elijan lo que quieran-, los capazos de mimbre de la comida y las maletas con la ropa sucia y nos metíamos en el Seat Supermirafiori, ¿se acuerdan? e iniciábamos el camino de vuelta a casa. Un suplicio, vamos.
El primer trago que teníamos que pasar era el puro que se encendía mi padre nada más poner en marcha el coche. Papá, abre la ventanilla, por favor, que nos estamos ahogando. Papá, apaga el puro que echa un pestazo que no veas. No molestéis a vuestro padre, que está conduciendo. Pero, mamá... Ni mamá ni leches, zanjaba mi padre la controversia del maldito puro. Total, una hora aproximadamente tragando humo y peste. Y sí, ya sé lo que están pensando, en aquella época, nosotras, mi madre y mis hermanas, ya podíamos aparecer como fumadoras pasivas. No me extraña que ahora odie el tabaco...
El segundo aro por el que teníamos que pasar durante el viaje era el "Carrusel deportivo". ¡Menudo coñazo, por favor! (Esto lo digo ahora; yo, en aquellos tiempos, no decía esas palabrotas porque de la bronca que me metía mi padre, quedaba servida para el resto de mis días). Odiaba soberanamente escuchar las retransmisiones deportivas de un partido de fútbol y las conexiones que hacían cuando en los otros encuentros de liga alguien marcaba un gol. Había un montón de hombres gritando a pulmón abierto los pases de los jugadores y que se quedaban sin voz cuando alguien metía un ¡¡¡¡Goooooooooooool en el Villamarín!!!!! De tantos domingos escuchando la misma tontería, llegué a aprender el nombre de los estadios de fútbol de España: el Villamarín, la Romareda, el Sánchez Pizjuán, el Camp Nou, el Bernabeu. Entre el puro habano y el sonsonete aquel, el viaje de vuelta a casa los domingos se me antojaba una auténtica tortura. Papá, ¿puedes cambiar de emisora, por favor? Esto es muy aburrido. Y mi madre: no molestéis a vuestro padre, que está conduciendo. Sin embargo, en esas retransmisiones, había un momento hilarante para mí, un momento que me parecía, ya en esa época, de tan machista, ridículo: "Soberano es cosa de hombres". No me digan que ya lo han olvidado. ¿Y qué pasaba con la cantidad de niñas, mujeres, madres que se veían obligadas a escuchar ese rollaco? ¿Acaso no había nada que no fuera cosa de ellas?
El tercer obstáculo que debíamos pasar eran las insufribles caravanas, pero no porque tardáramos más en volver a casa sino porque, en aquellas circunstancias, el coche se calaba y no había dios que lo volviera a poner en marcha. ¿Se lo imaginan? Los coches ya circulando y el nuestro, que nada, que no quiere hacerlo. Mil intentos girando la llave de contacto, unos ruidos sospechosos, la radio apagada, ¡qué alivio! y mi padre, callad que necesito oír el motor. ¿Qué quería decir con eso? Pero el motor no decía nada. Un intento, otro intento, los coches circulando a nuestro lado pitando a mi padre y a nuestro infortunio hasta que llegaba el momento fatídico, vale, niñas, salid y empujad. ¡Que vergüenza pasaba! Mi madre, mis hermana y yo empujando por el maletero, hiciera frío o calor, mientras mi padre, tan ricamente sentado en su asiento de todopoderoso conductor, ahogando el motor con sus intentos de poner el coche en marcha. Eso si, en medio del recorrido, no se decidía a inspeccionar el motor o a arreglar algún faro que no funcionaba del todo bien. Entonces, ni corto ni perezoso, en un golpe de volante (de nuevo, los avergonzantes pitidos de los otros conductores, ¡loco!, ¡pero, se puede saber qué coño estás haciendo, y con criaturas...!, ¡deberían retirarte el carné! (menos mal que, en aquella época, no existía eso de los puntos porque si no...) Todavía me acuerdo de la escenita: mi madre, alumbrando el motor con un mechero (en esas ocasiones daba gracias de que fumara...) y mi padre, a ver, niñas, ¿tenéis un trozo de papel de plata, un envoltorio de chicle?, por aquí debo de tener un palillo, unos cuantos segundos después, sin saber cómo ni por qué, todo volvía a funcionar. Es un arreglo provisional; en cuanto lleguemos a casa, lo llevo al taller. Mi padre lo arreglaba todo de manera provisional y con unos mecanismos un tanto sospechosos. A mi me recordaba a McGiver, ¿se acuerdan? aquel tipo que te hacía una bomba con un alambre, un palo de polo, un trozo de cable y un chicle mascado. Pues mi padre, igual. Sólo les diré que, algunos años después, cuando salía con un chico gallego, mi padre le dejó el Supermirafiori para que me llevara de paseo y en medio del camino, ya de noche, se apagaron de golpe las luces y el automóvil dejó de funcionar. Parecía cosa de encuentros en la tercera fase. Con el miedo en el cuerpo, el chico hizo correctamente todas las maniobras para parar en el arcén, y cuando abrió el capó para ver qué ocurría, se encontró con toda una feria choquetín hecha de papel de plata y palillos varios. ¡¡¡¡Qué vergüenza cuando lo vio el de la grúa y preguntó quién había diseñado esa manualidad...!!!! Y así trascurrían nuestros viajes de vuelta a casa: entre carruseles deportivos, peste a puro habano, rezando para que nos nos quedáramos parados en mitad de la caravana, contando las matrículas para encontrar alguna que sumara diez y jugando a "De la Habana ha venido un barco cargado con la letra..." Nos machábamos los sesos buscando palabras con esa letra. Y no vean todas las que pensábamos. No, si, pensándolo bien, al final tendré que agradecer a esos horrorosos, insufribles, interminables viajes por haber enriquecido mi vocabulario. ¡¡Acabáramos!!

sábado, 8 de diciembre de 2012

MORBO=PORNO=POLVO

"el candidato se abalanzó sobre ella y, sin caricias, sin susurros, sin una maldita palabra que la excitara mínimamente y facilitara el trámite, la penetró. Y ella lo encontró más grande, más fuerte, más duro que nunca. Volvió a cerrar los ojos, suspiró y se abandonó a él mientras buscaba en su mente a aquél que la ayudaba a sobrellevar mejor la obligación marital, como le decía su madre. ¿Cómo se llamaba la película? La del joven que seducía a la protagonista madura. Mientras Ernesto la empujaba una y otra vez, demostrando un brío y una inspiración inusitadas, Blanca recreaba la escena en la que él, el amante sin rostro ni nombre, se encontraba con la respetable mujer, felizmente casada, y, en ese anonimato que podía conferir un bar repleto de gente, la ponía a mil con una mirada profunda, con palabras deliciosamente obscenas que la hacían sentir la más atractiva y experta entre todas las mujeres, con caricias no por suaves menos indiscretas, mordiscos en el cuello, proposiciones impensables... Eso sí que la ponía cachonda y, aunque se lo negaba como un terrible secreto, era su refugio y su salvación la noche de los viernes."

¿Les suena esta escena? ¿Sí? ¿No? Yo les explico. Esto es lo que se llama literalmente "una fantasía sexual" o una "fantasía erótica" y es lo que, desde tiempos ancestrales, las mujeres hemos ido utilizando en algunas ocasiones con nuestros "partanaires" para ponernos a tono. ¿Les va sonando? Sí, mujer, sí. Les sigo explicando: marido que solicita a su esposa, esposa que no tiene ganas y se hace la remolona, marido que se pone tonto e insiste en el tema, mujer que sigue sin tener ganas pero bueno... allí vamos, marido que tiene ganas de perrear y a la mujer le quedan dos opciones: fingir para acabar rápido o recurrir a una de sus fantasías eróticas, esas que le ponen a cien, esas que le hacen sonreír y gemir mientras el marido sigue con lo suyo. Ya les suena, ¿no?
Porque, vamos a hablar claro, que levante la mano aquella que nunca, nunca, nunca ha recurrido a uno de esos sueños eróticos para pasar un buen rato, hacerse un apañito o, incluso, para cumplir con el hombre de la casa. Que levante la mano quien no haya fantaseado con polvazos rápidos en el ascensor con un desconocido, uno que le diga aquí estoy y te voy a hacer lo que no te han hecho en tu vida, uno que le susurra al oído mil y una guarrerías y le haga mil y una perrerías en unos pocos metros cuadrados. Que levante la mano aquella que no ha sonreído maquiavélicamente imaginándose con dos tíos o con un hombre de color (vamos, con un negraco de esos que quita el hipo...) o con... Que levante la mano quien no ha cerrado los ojos y se ha visto en aquella postura tan sugerente o con aquellos ligueros y taconazos negros, o con el látigo en la mano o acercando la boca o la mano o el pie a aquella zona prohibida. Que levante la mano aquella que no ha pensado, aunque sólo haya sido durante un segundo, en dejarse hacer eso o aquello. Que levante la mano quien... Y así, podríamos estar hasta la eternidad.
Entonces, ¿a qué viene tanto revuelo con las malditas sombras? Sí, hombre, las de Grey. Cualquiera diría que somos novatas en este tema. ¿Por qué se escandaliza la gente con la dichosa trilogía? ¿Por qué se empeñan en poner nombre, como si fuera un gran descubrimiento, una gran novedad, a eso con lo que han convivido, han vivido y han sobrevivido muchas mujeres desde tiempos inmemoriales? ¿Por qué eso de "porno para mamás"? Por el amor de Dios, si tan solo se trata de haber puesto negro sobre blanco lo que casi todas (absolutamente todas, casadas, solteras, divorciadas o viudas, vírgenes o no, mamás, tías, hijas, hermanas y abuelas, me atrevería a afirmar) hemos recreado alguna vez y con lo que nos hemos recreado no pocas veces. Y esto, muy señoras y señores míos, ha existido desde que nuestros tatatatatarabuelos, es decir, Adán y Eva, fueron expulsados del Paraíso. Sin ir más lejos, ¿se acuerdan de Corín Tellado? En aquella época, no hace mucho, también fue catalogado de literatura "subida de tono" y sólo explicaba cómo la chica notaba cómo el miembro erecto le rozaba la pierna... Y, curiosamente, los "usuarios" de estas novelitas picantes que se vendía, se compraba y se leía casi a escondidas, eran mamás, tías, abuelas y demás seres racionales de sexo femenino (solteras o casadas, eso era lo de menos, aunque me atrevería a afirmar que las casadas ganaban en porcentaje). Lo dicho, que nadie ha descubierto la pólvora aunque, eso sí, se ha subido unos cuantos grados.
Y es que (esto me lo dijo el otro día el chico de la copistería de mi barrio) la autora ha dado un paso muy importante. Palabras textuales: tradicionalmente, era el hombre el que consumía porno y sexo de manera habitual y a la vista de todos: revistas, películas, cómics que se venden en los kioskos junto con los periódicos, las revistas de cotilleos y los cromos para los niños; sex-shops y peep-show dispersados por toda la ciudad, casas de citas en los barrios, anuncios en la prensa. Y todo, dirigido al público masculino. Y sin problemas. Todo el mundo tiene asumido que al hombre le gusta el porno. Pero, ¿y la mujer? ¿Qué le gusta a la mujer? ¿Acaso no le va también el porno? Y pensábamos que, tradicionalmente -sigo con las palabras textuales del chico de las fotocopias-, a las mujeres les va más lo sugerente, lo sensual (no lo sexual), que les digan "te quiero" o "eres la mujer de mi vida" en vez de "ven aquí, putita mía", que no les hablen de follar sino de hacer el amor, que solo les gusta la postura del misionero y hacerlo a oscuras; y ahora sale esta escritora y nos descubre que a las mujeres les encanta el porno y el morbo y el sado, vamos que les encanta el sexo (¡¡¡¡Acabáramos!!!)
¡Que levante la mano a quien no le guste el sexo! Estos hombres todavía no se han enterado de nada. Pues claro que a las mujeres les gusta el sexo. Como a los hombres, ni más ni menos. Lo que pasa, y parece ser que muchos seres de género masculino todavía no se han percatado de ello, es que nos gusta, y mucho, pero a nuestra manera. Y en eso, en el CÓMO, cada mujer es un mundo y no sirve generalizar ni pensar que, si a una le gusta de una manera, a las demás también les debe gustar así. Y en eso, en el CÓMO -insisto- no se vale creer que somos como ellos, que pensamos, sentimos y reaccionamos como ellos. ¡¡¡Error!!! Las mujeres tenemos nuestros mecanismos, nuestros "tempos" y nuestros resortes que el hombre debe estudiar (como si fuera una ingeniería) y conocer y querer accionar si desea que su pareja sienta placer, disfrute y experimente el placer (eso es harina de otro costal). Porque, si no es así, ya sabemos lo que ocurre, ¿no? Cuatro gemidos fingidos o un viajecito a la fantasía sexual de turno para pasar el trámite, que en eso no hay quien gane a las mujeres. ¿La razón? Dicen que el mejor órgano sexual no está entre las piernas sino entre las orejas. Efectivamente, por encima de unas buenas tetas, de un buen culo o de un cuerpo escultural, el cerebro es el órgano por excelencia, un cerebro inteligente que (además de fingir) imagine, que sea creativo, que recree y se recree, que invente, que suponga, que sueñe, que proponga, que sugiera, y para cerebritos (estábamos hablando claro, ¿no?), no nos engañemos, el de la mujer. En eso, estamos todos de acuerdo, ¿verdad?
No, si ya lo decía yo, que el morbo, el porno y el polvo (agrupados en una única palabra: sexo) constituyen uno de los motores del mundo, tanto para los hombre como para las mujeres (como muestra, les diré que la entrada de mi blog que ha superado todas mis expectativas y que recibe al día un montonazo de visitas es el cuento porno titulado "La pluma de don Julián". Por algo será, ¿no?).
En fin, que por una razón o por otra, seguimos siendo unas incomprendidas, ahora porque nos gusta leer escenas porno...Y lo hacemos a la vista de todo el mundo (sinceramente, yo debo ser una excepción porque, desde que en la facultad mis profesores me hablaban de la literatura árabe femenina, nunca he leído nada más erótico y porno en mi vida... ¡¡¡¡Y lo hacía incluso delante de mis padres!!!!). 
Y hablando de escenas, ¿se acuerdan de la que empezaba esta entrada? Es una de tantas "subidas de tono" de mi novela Encrucijadas que encontrarán en www.amazon.es y que, sin perseguirlo, ya ha sido catalogada de erótica, y, encima, con toques lésbicos. Si quieren ser originales, rompedores y sugerentes, regale Encrucijadas http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-ebook/dp/B009991H5A/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1356168377&sr=1-1estas Navidades. (Por si no lo han notado, estoy haciendo publicidad de mi libro...)

PD. Todavía resuena en mi cerebro la pregunta que me formuló el chico de la copistería: ¿qué pasaría si ese libro catalogado como "porno para mamás" cayera en manos de papá y quisiera llevarlo a la práctica con mamá...?

sábado, 17 de noviembre de 2012

PATADAS EN EL DICCIONARIO (o todos somos la RAE)


“No, hija, muchas gracias, pero no quiero LSD en mi casa”. Con estas palabras, respondió mi madre, muy convencida ella, a la respuesta de si quería que les pusiéramos Internet en casa. ¿¿¡¡LSD, mamá!!?? “Sí, hija, es que tengo miedo de engancharme con eso... -argumentaba mi santa madre, muy digna ella-. Mira la vecina del quinto; desde que se lo puso, no para con los mails y ya dice que no puede vivir sin él”. Pero mamá... “Que no, no insistas, he dicho que no quiero LSD y no quiero LSD”. Chico trabajo me costó convencerla de que no se trataba de LSD o de cualquier otro tipo de estupefacientes sino de ADSL (mirándolo bien, Internet se ha convertido en una de las drogas más potentes del siglo XXI y ya llevamos unos años oyendo de la adicción a las nuevas tecnologías. Ya hay unidades clínicas para tratar a aquellos que están enganchados al mail, al whatsapp o al facebook...). “Tú ya me has entendido, ¿no?”, fue lo que me dijo. Y tan tranquila...
Y es que mi madre es experta en hacer que la lengua, aquello que los ilustres de la RAE defienden como un sistema que se tiene que adaptar a los hablantes, sea un organismo vivo -valga el pleonasmo-. Y tanto que es un organismo vivo; que se lo digan a ella que, cada dos por tres, le da la vuelta a las palabras y a las estructuras sintácticas. Hace unos meses, yo misma lloraba de la risa al oírla decir “hija, ¿tienes "sicolina" en casa? (ahora mismo, este palabra, sicolina, aparece en la pantalla de mi ordenador subrayada con una patata ondulada de color rojo. Coloco el cursor encima de ella y... ¡sorpresa! ¡Esta palabra no existe!) Perdona, mamá, pero ¿qué me has pedido exactamente? Hay, hija, últimamente estás muy espesa (¡espesa, yo...!), te he pedido sicolina, sí, hombre, lo que tenéis en casa para las baldosas del baño... (Pero qué buena es mi madre enriqueciendo el léxico español. Si los de la RAE tendrían que cederle una letra y todo...)
Pero ella no es la única.
Cuando yo era jovencita (más jovencita que ahora porque todavía sigo siéndolo, ¿eh?), una tarde llegué a casa hecha polvo. Había tenido tres exámenes aquel día y, la verdad, estaba cansadísima. Debía de hacer muy mala cara porque, en cuanto entré en el portal, la señora portera, que estaba distribuyendo el correo en los buzones, al verme, me dijo: “Niña, qué mala cara llevas, ¿que tienes la monstruación? (Atención, otra palabra que no existe pero que forma parte de ese organismo vivo que es nuestra lengua...) ¡¿La monstruación?! Sí, niña, la regla. Es que tienes muy mala cara. ¡¡La menstruación!! Vale que yo viva la regla como si fuera un auténtico “palo” pero de ahí a relacionarla con los monstruos...
Hace unos años, una amiga, sabiendo que otras amigas y yo nos habíamos quedado hasta tarde para preparar la declaración de renta, vino a vernos a casa y, sonriente, nos dijo: “Qué, en pleno aborigen, ¿no?” Mis amigas y yo nos miramos extrañadas, como preguntándonos qué demonios quería decir aquello del aborigen, y, al ver que no respondíamos, mi amiga nos lo aclaró: “Tantos nervios, tantas prisas, tantas horas, menudo aborigen estáis viviendo”. ¡¡¡Acabáramos!!! ¿Acaso quería decir vorágine? No nos atrevimos a rectificarla en su error: era nuestra jefa... La cuestión es que sigue siéndolo y, cada vez que entramos en una etapa de prisas, de nervios, de preparación para alguna auditoría, ella, para tranquilizarnos, siempre nos dice: “Que no os invada el aborigen. Ante el aborigen que se acerca, lo mejor es mantener la calma...” Huelga decir que, cada vez que menciona esa palabra en lugar de la otra -no pocas veces a lo largo del año-, mis amigas y yo hacemos esfuerzos supremos para no mirarnos y, sobre todo, para que no se nos escape la risa delante de ella... Pero cada vez es más difícil porque ella, como mi madre, es una experta en renovar el vocabulario: absoleto (otra palabra que no existe) por obsoleto, pipti pipti por fifty fift (aquí, como pueden observar, hace una gran aportación al inglés...); morroña (me suena al anuncio de yogures jorroña que jorroña) por morriña o casualística por casuística (qué manera de complicar la lengua, Dios mío). Además, como se debe aburrir con los refranes o las frases hechas del imaginario español, los renueva sin ningún tipo de miramiento: “A buenas horas, manzanas verdes” en vez de “A buenas horas, mangas verdes” o "entre pintos y flautas", "adiós, mundo fiel", “A cabo saco” en vez de “a saco Paco”... 
¿Y quién no se acuerda de las meteduras de pata de algunos/as famosos/as en cuanto a palabras se refiere? Supongo que algunos de ustedes recordarán el célebre candelabro de la Mazagatos cuando cambió la expresión de "estar en el candelero" por "estar en el candelabro"...
La verdad es que pensaba que todo esto de inventarse palabras (por omisión de letras, adición de letras, cambio de orden de letras o directamente palabra nueva) sólo existía en los mercadillos de barrio: “Espera, xoxo, que voy a la fragoneta a ver si hay de tu talla” o “Niña, que tengo la tanga de cavinkrein...” o “Xoxete, si vas mu cargá, pídete un tachis”. También pensaba que eso de inventarse palabras podía ser una fase que viven los niños a la hora de aprender a hablar. Un día escuché a una niñas monísimas (o sea, mis sobrinillas) decir: “He visto a Jofesina en el patio” o “El coche de papá no funfiona” o “Mamá ha ido a darse un majasito” o la famosa canción “la putaracha, la putaracha ya no puede caminar...”.
Durante mis años de carrera universitaria, me acerqué al origen y formación de la lengua española: el latín, las lenguas romances, los dobletes (palabras patrimoniales y cultismos), los préstamos, arabismos, galicismos, germanismos, anglicismos... y después de ver todos estos ejemplos en los que queda patente la “viveza” de la lengua, lo cierto es que todos los que hablamos, o sea, todos, absolutamente todos tenemos en nuestras manos, perdón, en nuestra boca, el poder de hacer evolucionar nuestra lengua, sea la que fuere.
No. Si ya lo digo yo. Si los de la RAE han aceptado "asín" arguyendo que lo dice mucha gente, como mi madre siga con lo de la sicolina y el LSD, el día menos pensado, me la encuentro sentada en la butaca de la letra O. O de... ¡¡¡OLE TUS COJONES!!!

domingo, 11 de noviembre de 2012

10 AÑOS DE DIFERENCIA (del morbo a la normalidad)

Un domingo cualquiera, como este domingo, por ejemplo. Un domingo entero por delante, mi chico y yo, día nublado, lavadora puesta, cansancio acumulado, prensa dominical, sofá mullidito, manta de la abuela, empieza a chispear y... ¿qué más? Aperitivo, por supuesto. Hazlo tú mientras yo selecciono algo de música, me dice distraído. A falta del típico, buenísimo y caro aperitivo “Espinaler”, preparo con gracia unos pinchos 3A (¿no saben qué es? Les cuento, es muy sencillo de hacer: cogen un bote de corazones de alcachofas, una lata de anchoas y otra de aceitunas. Con un palillo van ensartado un elemento de cada tipo , lo riegan con una mezcla de vinagre y pimentón de la Vera, y, ¡voilà!, ya tenemos un pincho 3A, o sea, de alcachofa/anchoa/aceituna), unas tostaditas con queso aderezado con aceite de oliva y pimienta, y unos berberechos de lata. De beber, un verdejo bien frío. Pongo un mantelito mono en la mesita del salón, las copas y los platillos con las viandas mientras él trastea en el despacho. Sirvo el vino y él aparece con un cd escondido entre los brazos. ¿Qué vas a poner?, pregunto intrigada. Creo que no lo conoces; es genial, responde él . A la par que pego un primer mordisco a la tostada de queso, suenan las primeras notas de una música que sí reconozco pero que, efectivamente, me resultan muy lejanas: soul, voz ronca, ritmo, letras románticas y Barry White. ¿Se acuerdan? Mi chico, mientras degluta el pincho de alcachofas/anchoas/aceitunas, empieza a hablarme de sus tiempos de discoteca, de cuando sonaban en las pistas Dona Summer, Bee Gees, Barry White, Pink Floyd, Elton John, Eric Clapton, Tina Turner. ¿Cuánto hace ya de eso? ¿Cuántos años tenías tú? A ver, déjame pensar..., le respondo mientras saboreo el verdejo, bien frío, y me pierdo en el cielo nublado de este domingo. Dices que era alrededor de 1975, ¿no? A ver, yo nací en el 69, pues... No puedo acabar la frase. Mis cábalas me devuelven a mi cruda realidad, una verdad que siempre obvio. Joder, responde él por mí, se me había olvidado. Sí, cariño, cuando tú tenías dieciséis años y ya recorrías las discotecas, yo era una cándida, inocente y pueril criatura de ¡¡¡seis añitos!!! ¡¡¡¡Qué fuerte!!!!
Mi chico y yo nos llevamos diez años y siempre se nos olvida que:
Cuando él ya conocía a artistas internacionales, en mi casa todavía se oía a Sergio y Estíbaliz, Camilo Sexto, Raphael, Lola Flores, Cecilia, Las Grecas.
Cuando él ya combinaba el trabajo (por la mañana) con los estudios de FP (por la noche), yo todavía andaba por 3º de EGB (¡esto sí que suena fuerte!).
Cuando él ya despotricaba de los curas (por sus malas experiencias con ellos, como un montón de chicos de su época), yo, superconvencida, todavía decía que de mayor me iba a hacer monja.
Cuando él ya tenía sus primeros escarceos amorosos, yo todavía jugaba con el Baby Mocosete y el Nenuco.
Cuando él iba de discotecas con sus colegas, yo iba al cine con toda mi familia a ver Tiburón I.
Cuando él ya corría delante de los grises, yo no tenía ni idea de política y de quién era ese señor bajito de bigotillo respingón y voz ridícula. 
Cuando él echaba sus primeras caladas a los Celta, yo todavía bebía el trinaranjus en pajita.
Cuando él llevaba su corbata de cuero gris y su cazadora a juego para estar más guapo y así poder ligar más (sin comentarios), yo todavía llevaba uniforme azul marino y calcetines blancos.
Cuando él se alegraba de la muerte de ese hombrecillo porque no le dejaba estudiar tranquilo, yo sólo recuerdo que tuvimos fiesta en el cole.
Cuando el probaba sus primeros tragos de alcohol, yo no tenía ni idea de chupitos ni de combinados ni de otras cosas, claro.
Cuando él ya podía ver películas y series televisivas con dos rombos, yo todavía me entusiasmaba y lloraba con Marco, Heidi...
Cuando él se echaba su primera novieta, yo tenía el póster de Los Pecos colgado en pared de mi habitación y soñaba con casarme con el rubio.
Cuando él ya decía sus primeros "tacos" serios, yo todavía pensaba que decir "teta", "culo", "caca" era pecado y que me iría derechita al infierno sin pasar por el purgatorio.
Cuando él ya leía a Hermann Hesse (Siddartha), yo todavía leía los tebeos de los domingos.
Cuando él compró su primera caja de condones, a mí todavía me explicaban el dichoso tema con la historia de la abejita y la flor (de nuevo, sin comentarios).
Cuando el cobró su primer sueldo serio, yo todavía echaba lo que me regalaban mis tías y mis abuelos por mi cumpleaños en un cerdito de barro.
Cuando él probó por primera vez el porro, mis únicos conocimientos sobre "flores aromáticas" se reducían a la manzanilla que me daba mi madre cuando tenía dolor de barriga.
Cuando él ya hacía números para independizarse, yo saltaba de alegría porque -después de varios años suplicándoselo a mis padres-, por fin, me "independizaba" de mi hermana pequeña y tenía mi propia habitación.
En fin. Que, cuando él tenía 25 años, yo era una adolescente -con acné y mil complejos- de quince años.
¿Se imaginan? No me dirán que no es fuerte... Incluso suena a morboso y a perverso, ¿verdad? Supongo que les vendrá a la mente un montón de sucesos provocados por esa diferencia de edad, ¿no? A mí, sí. No se lo voy a negar. Si me lo hubieran dicho a los quince años, si alguien me hubiera comentado que acabaría con un hombre diez años mayor que yo, le habría tachado de loco, de insensato. ¿Yo?, ¿con un vejestorio diez años mayor que yo? ¡¡Ni soñarlo!!
Pues ya me ven... Aquí estoy, un domingo cualquiera, con el cielo cubierto y la manta sobre mis piernas, junto a este hombre diez años mayor que yo. Mientras sigo dando cuenta del vino y del pincho 3A, mientras sigo escuchando a Barry White...
we got it together did'nt we
nobody but you and me
we got it together baby
my first, my last, my everything
and the answer to all my dreams
you're my sun, my moon, my guiding star
my kind of wonderful, that's what you are
i know there's only, only one like you
theres no way they could have made two
you're you're all i'm living for
your love i'll keep for evermore,
you're the first my last my everything
in you i've found so many things
a love so new only you could bring
can't you see if you,
you'll make me feel this way
you're like a first morning dew on a brand new day
i see so many ways that i can love you
till the day i die........
you're my reality yet i'm lost in a dream
you're the first my last my everything
pienso en lo afortunada que soy al haberlo encontrado en mi camino, pienso en lo felices que somos y en lo bien que nos compenetramos, en lo provechoso y tranquilizador que resulta llevarnos diez años (diferencia de perspectivas, de puntos de vista, de maneras de enfrentarse a los problemas, de gestionar las emociones...) pero, sin poder evitarlo, una duda planea por mi cabeza: si durante muchos años, esa diferencia de edad provoca inquietud, morbo, miedo, e, incluso, puede ser objeto de perversión y de denuncia, ¿cuándo pasa a considerarse normal en una relación de pareja?



domingo, 28 de octubre de 2012

PIPÍ-CACA (o el arte del buen viajero)


El jueves pasado fui a cenar a casa de mi amiga Montse: exquisitos quesos para untar, sabrosas aceitunas, encurtido de alcachofa, estupendas croquetas de boletus, vino, cava y un delicioso tajine de pollo y dátiles, sin duda alguna el plato ideal para una velada en la que los viajes y las dunas serían los únicos protagonistas.
En torno a esa mesa nos reunimos seis amantes de los kilómetros y de las aventuras, seis viajeros -que no turistas- con nuestras mochilas a la espalda, mochilas llenas de experiencias, culturas, paisajes, lenguas, amigos y un montón de anécdotas. En torno a esa mesa, hablamos de Marruecos, de Costa de Marfil, de Tumbuctú, del Sáhara..., reímos, contamos, recordamos y planificamos nuevos viajes. Y así, entre platillo y platillo, entre anécdota y anécdota, los seis estuvimos de acuerdo al afirmar que, para viajar, hay que abrir las mentes y activar varios resortes o chips: el chip de la tolerancia, el chip de la capacidad de adaptación y el chip del humor, mejor dicho, el chip de saber reírse de uno mismo. Sólo así, los peores momentos (momentos desagradables, inesperados, violento, comprometedores) en un entorno desconocido (no voy a decir hostil porque tampoco es para tanto) se convierten en un simple pasaje de nuestro gran libro de viajes, un motivo de risas en futuros encuentros.
Recordé aquel viaje de fin de año por Marruecos. Viaje inolvidable con mi hermana y mi cuñado y más gente. Noche del 31 de diciembre, desierto de Merzouga, jaimas, alfombras, dátiles, cava caliente y tajine de cordero y verduras. También recordé el viaje a China y aquel momento histórico en la Ciudad Prohibida (Véase entrada “Popó” del 4 de febrero de 2012).
Otra vez, también en Marruecos, en Rabat concretamente, haciendo un curso de lengua árabe, en la residencia de estudiantes, me entró un apretón. Puse en marcha la “Operación Popó”: toallitas higiénicas, papel higiénico y mi Marie Claire, por supuesto. No me acordaba que los váteres, allí, son simples agujeros en el suelo, con tan mala suerte, además, de que el retrete donde entré tenía el pestillo un poquito suelto (los otros dos estaban ocupados). Y allí me ven, de cuclillas, en una postura un tanto forzada, procurando que mis pantalones no tocaran ni un centímetro del suelo sucio, manteniendo un difícil equilibrio, con una mano aguantando las toallitas, el papel y mi glamourosa revista (mi glamour se estaba yendo por el maldito agujero), alargando la otra mano intentando sujetar la puerta para que nadie la abriera desde fuera y fuera testigo de tan lamentable postal...
Y en otra ocasión, viajando con dos conocidos (lo reconozco, Marruecos me puede, me iría allí hasta con el mismísimo diablo. Lo bueno de aquella excursión es que uno de ellos acabó siendo más que un conocido... hasta ahora. Y que dure) por todo Marruecos en Lada, aterrizamos en un camping perdido en pleno Atlas. Aquí descansaremos. Vale. Yo odio el camping pero por mi Marruecos hago lo que sea. Me tiene tan subyugada que tengo publicado un escrito titulado "Marruecos, la esencia" (http://elpais.com/diario/2005/10/15/viajero/1129410492_850215.html)
Problem, nos dice el encargado, no agua. ¿Cómo? ¿Y cómo me lavo los dientes? ¿Y para ir al lavabo? ¿Tualet? El hombre me señaló una zona de cedros. Supongo que se imaginarán las risas de aquellos dos conocidos compañeros de viaje. ¡Ni una risa! ¡Ni una palabra! Vosotros, ni miréis, les decía mientras, muy digna yo, me dirigía hacia los cedros con mi rollo de papel higiénico y mi revista de turno. ¡Que no miréis! ¡He dicho que no miréis! ¡Como miréis, os las cargáis!, iba yo gritando en cuclillas, intentando concentrarme en mi tarea. La cuestión es que, tan pendiente que estaba yo de que mis colegas no me miraran, no me di cuenta de que una columna de niños uniformados a lo boyscout se iba acercando por mi izquierda. Me quedé helada. Allí estaba yo, en esa postura tan incómoda y tan comprometedora -vamos, con el culo al aire, para qué andarse con rodeos-, convertida en el blanco de las miradas de reojo y las risillas de esos niños que, sin volver la cabeza y con paso marcial, iban desfilando ante mí. No sé si aquella imagen les traumatizó pero a mí se me quitaron las ganas de todo...
O cuando hice una travesía en velero y, después de varios días de estreñimiento, tuve que pasar de mis escrúpulos y de mis prejuicios, coger mi revista y meterme en esos pocos metros cuadrados mientras los demás tripulantes podían oír perfectamente todo lo que hacía. Durante aquel primer viaje en velero (una gran oportunidad para ponerse a prueba uno mismo) comprobé que todos tenemos nuestras manías y costumbres al ir al lavabo, que todos hacemos ruiditos, que todos necesitamos nuestro tiempo y nuestros rituales y que no pasaba absolutamente nada. Y dicen que la muerte es lo que nos hace iguales. ¡Ja! Lo que nos hace verdaderamente iguales es el hecho de ir al lavabo, en otras palabras, mear, cagar y pedorrearse.
Pero, donde pasé más vergüenza fue en una estación de servicio, en un viaje de fin de curso. Yendo hacia Italia en autocar en pleno mes de junio, después de beber mucha agua y con la vejiga a punto de reventar, nada más parar. Me fui corriendo hacia los lavabos. ¡Qué alivio!, pensé al sentarme en la taza blanca. Debía de estar llena, llena, porque aquella micción parecía no tener fin. ¡Joder, quién está meando así!, oigo decir a una de mis alumnas. ¡Qué corte! Contraje los músculos en un intento vano de interrumpir mi tarea. Imposible. La naturaleza es muy sabia. ¡Pedazo meada!, vuelvo a escuchar al otro lado de la puerta del retrete. Identifico la voz. Se la tengo jurada. No puedo hacer nada por parar. Realmente, estaba a tope (¿no les ha pasado nunca? Qué suerte). ¡Joder, si parece un elefante! Muerta de vergüenza, dejé caer las últimas gotas. Qué bochorno. Cómo iba a salir de allí. ¡Parece que el hipopótamo ya ha acabado de mear y el nivel de los ríos ha subido un doscientos por ciento! Bueno, eso era el colmo. Con la cabeza bien alta, abrí la puerta del retrete. ¡Joder, la tutora!, soltó al unísono aquel nutrido grupo de alumnas que todavía seguía allí, como esperando a ver quién era la propietaria de tan tremenda meada. Completamente cortadas, les solté: ¿Qué pasa?, ¿acaso nunca habéis visto un hipopótamo en un lavabo? Pues es la cosa más normal del mundo. No sabéis lo que os perdéis... Y así, mudas y avergonzadas, se quedaron mis chicas mientras yo, tierra trágame, salía de allí como buenamente podía.

Y así transcurrió la velada del jueves pasado, evocando excéntricos momentos, riendo las ocurrencias y soñando con volver a viajar. Por cierto, aquí les dejo la dirección de uno de ellos, experto en viajes por África subsahariana kongooccidental.wordpress.com.

sábado, 20 de octubre de 2012

¿INDECENTE, YO?

Hace dos días, paseando por una calle comercial de Barcelona, vi en el escaparate de una tienda una camisa preciosa que parecía ligera y muy, muy cómoda. Viendo que el precio se adecuaba a mi presupuesto, entré en el establecimiento y me la probé. Al verme en el espejo de ese minúsculo probador, me gustó y me gusté. “Si se desabrocha este botón, le da un tono más desenfadado, no tan serio”, me dijo la dependienta. Y así fui a trabajar al día siguiente, con la camisa nueva y el botón, desabrochado. No se veía nada, apenas unos centímetros de escote; simplemente, le daba a mi imagen un aire diferente. La jornada laboral transcurrió con total normalidad (mis compañeras me dijeron que me sentaba de maravilla y que estaba estupenda) hasta que un colega de rango superior, antes de empezar una reunión, se acercó por detrás y, sin esperarlo, me susurró al oído: “Chica, no veas cómo me gustas tan indecente”. Me volví sorprendida y enojada (no, señores, aquello no era un piropo, no vayamos a confundir los términos) pero sólo supe responderle que teníamos que aclarar ciertas cosas (sí, lo sé, debería haberlo mandado a la mierda pero no tuve coraje...). El hombrecillo volvió a su silla y, entre risas rijosas y con las mejillas coloradas, sin dejar de mirarme, parecía comentar la jugada con su compañero de mesa. Intenté olvidar el asunto y concentrarme en el contenido de la charla pero mi cabeza no dejaba de dar vueltas en torno a esa maldita palabra tan arcaica pero tan estigmatizadora: ¡Indecente! ¡Indecente! ¡Indecente!

¿Indecente, yo?

¿Sensual? Sí. ¿Voluptuosa? También. ¿Seductora? Sólo en ocasiones especiales. ¿Frívola? Sólo cuando hace falta. ¿Indecente? …

No, señoras y señores, indecente, no.

Indecentes
son aquellos
que consideran la mujer como mero objeto
que piensan que las mujeres, en el trabajo, siguen siendo meros objetos
que prefieren unas buenas tetas a un buen cerebro (¿quién dijo que una mujer no puede tener ambas cosas?)
que, cuando ven a una mujer con buenas tetas y buen cerebro, la tachan de Dios sabe qué
que hacen del palo del churrero (por lo de caliente) su bandera
que confunden el piropo con el insulto
que ponen etiquetas y no aceptan ser etiquetados
que disfrutan ninguneando, menospreciando y/o humillando al otro (y si es la otra, ni les cuento)
que hacen ver que son y nos lo quieren hacer creer (aquí, ya se me está yendo la cabeza por otros derroteros...)
que no admiten el error
que justifican su incompetencia y/o su vagancia desprestigiando a los demás (y si se trata de las demás, ya se pueden imaginar de dónde vendrá tal desprestigio)
que se creen en posesión de la verdad
que dicen mucho y hacen poco
que dicen una cosa, piensan otra y hacen lo que más les conviene
que afirman ser sinceros pero no son valientes
que, después de la misa dominical, se saltan todos los mandamientos, especialmente el 10, pero también el 8, el 7, el 6, el 9...
que hacen de la crítica fácil su razón de vivir
que “chanchullean” con la vida, el trabajo y con los sueños de los demás
que pretenden inocular el respeto a través de la política del terror
que se muestran intolerantes e intransigentes ante la diversidad de opiniones
que se creen imprescindibles pero no necesarios
que confunden delegar con escaquearse
que necesitan un “cabeza de turco” para continuar con sus vidas
que se erigen en salvaguardas de los valores mientras arden en la hoguera de las vanidades...

¿Indecente, yo?

Quizás, pero al menos mi indecencia se "arregla" abrochando un botón...

sábado, 25 de agosto de 2012

DE VUELTA

¡¡¡¡¡¡Hola!!!!!

Ya estoy de vuelta. Sí, he regresado de mis vacaciones y ya estoy aquí, con las pilas recargadas y sin ningún síndrome postvacacional, para decir adiós a este veranito y para afrontar un nuevo curso que está a punto de empezar. Con las maletas todavía por deshacer, un montón de ropa por lavar y el bronceador gastado, ahora toca vaciar la tarjeta de la cámara fotográfica, clasificar las fotos más bonitas y ponerles lugar y fecha; ahora toca ordenar todos los papeles que hemos traído del viaje: mapas, folletos informativos, tarjetas de visita, posavasos, y colocar el correspondiente imán en la nevera junto con los otros procedentes de antiguos periplos; ahora toca reencontrarse con los amigos para explicarles con pelos y señales, para su desgracia, todas las aventuras y desventuras del viaje, y para aburrirles con el fabuloso, estupendo y bien elaborado pase de fotos y vídeos que hemos hecho por esos mundos de Dios; ahora toca hacer balance y recordar y valorar y disfrutar de nuevo todos los momentos vividos en este verano de 2012 (verano, por otro lado, para olvidar: incendios, prima de riesgo, recortes, mentiras, accidentes… Pero no, ahora no tocar ponerse dramáticos. Ya habrá tiempo y más razones para ello). En fin, que, como no soy diferente al resto de los mortales, ahí van mis 21 postales de recuerdo; ahí van mis 21 momentos de este estío que ya se nos está yendo:

1.- Momento “campos de paja de la Toscana” que dan al paisaje ese tono dorado tan cálido y romántico (Pisé uno para hacerme la consabida foto y me clavé en el pie una maldita brizna con el consabido dolor/cabreo. O sea que, de romántico… poco)


2.- Momento olímpico. Las medallas de nuestros deportistas españoles (Qué poderío, señores, qué fortaleza y cuánto entusiasmo. Valen un potosí. Lástima que no se les valore como se merecen, especialmente cuando están entrenando. Lo del chándal -o chonichándal, como he oído y leído en algún sitio-, vamos a dejarlo para otro día, ¿no les parece?).
3.- Momento “Lola”. La comida de todos los veranos con mi amiga (y con final accidentado). Un beso desde aquí.
4.- Momento “tartufo”. El panini de paté de trufa negra que me zampé en un exquisito y elegante bar de Florencia (y yo, con camiseta sudada y sandalias trapajosas… Bueno, en realidad, fueron dos y dos copas de vino).
5.- Momento “lo hago por salud, porque es muy sano, no para adelgazar”. Las dos horas de caminata al día que me he currado durante el mes de agosto (vamos a hacer cálculos: 2 horas X 7 días a la semana X 4 semanas que tiene el mes, en total, aproximadamente, ¡¡¡¡56 horas caminando por el paseo marítimo, sudando como una cerda, con la lengua fuera, en vez de estar tranquila, tomando el sol tumbadita en la playa!!!! Joder, soy una máquina).
6.- Momento esteticien. La manicura de color rosa que les hice a mis sobrinas en Begur (tendrían que haber visto a la pequeñaja de dos años y pico presumiendo de uñas pintadas).
7.- Momento enológico. El vermentino que probé en Pienza, un vino blanco, afrutado, frío, delicioso (Bueno, lo confieso, fueron varias copa más el Brunello de Montealcino, y el Nobile de Montepulciano, y el dulce que caté para regalárselo a mi madre…).
8.- Momento “mi novela”. Las dos horas que he pasado releyendo y corrigiendo mi novela, ¿se acuerdan? (apliquen el mismo cálculo que el de las caminatas. Ya está a punto y soy feliz, muy feliz)
9.- Momento “rebajas”. La mañanita que pasé con mi madre de rebajas (no, mi madre, no, no vayamos a liarla): después de patearnos las calles comerciales bajo un sol de justicia, cayeron un pantalón y un cinturón para ella y un vestido para mí (lástima que ya estuvieran en los escaparates las “new collection”, los “new arrivals” de la temporada otoño-invierno y nos hayamos enamorado de una americana negra de más de 300€, ella, o séase, mi madre, y de un abrigo de color azul azafata, lo último, de otros tantos, yo. Habrá que esperar a las rebajas).
10.- Momento “glamour”. Una, bueno, dos copas de cava en la terraza de casa de mi hermana, al atardecer, con unas vistas preciosas, en compañía de mis hermanas y mi prima, hablando de nuestras cosas. Delicioso. Mil gracias, Gemma y Xavi.
11.- Momento “sólo un momento”. Los momentos contados, limitados y muy contenidos que me he permitido soñar con un remoto e hipotético “¿y si mi novela gusta?, ¿y si tiene éxito?” (dicen que soñar es gratis; también dicen que hay que tener cuidado con lo que se sueña porque puede hacerse realidad… ¿Se imaginan? ¡Sería le leche!).



12.- Momento “¡marchando una cañita y una tapita de atún ahumado!”. Bueno, más de una he tomado y ha sido en Carboneras, un pueblecito de Almería, a las puertas de Cabo de Gata. Buenísimas. Uno de mis descubrimientos del año. Desde aquí, gracias a Juan Diego y a Loli.
13.- Momento “coñazo de tele”. Porque hay que ver lo mala que es la tele en verano. Yo, lo juro, sólo la he visto un ratito después de comer y alguna que otra noche. Y, entre los docufriki de Frank el de la selva, las noticias petarderas de “Sálvame” y compañía, los mismos capítulos de las series norteamericanas, los informativos dando vueltas y más vueltas de tuerca a las tragedias del verano, la verdad es que el aparato ha estado estos días de adorno.
14.- Momento “cocktail”. Fue en el Boadas, una de las mejores y más emblemáticas cocktelerías de Barcelona. Fueron dos: uno de ginebra, lima y melón –chispeante, delicioso, sin palabras- y otro de ginebra, lima y frambuesa -no me gustó tanto porque me recordaba a los jarabes de fresa que tomaba de pequeña-. Fue el día de la ascensión de la Virgen, para celebrarlo. Fue detrás de una cena estupenda y de una mañana “sorprendente” con mi pareja. ¿Qué más se puede pedir?
15.- Momento “un kilo menos”. Ha costado, está costando, pero sigo de dieta. He hecho toda la bondad que he podido pero, coño, qué difícil es. Sí, dicen que ahora es buen momento para hacer dieta (yo empecé en abril, que conste) porque es temporada de ensaladas, gazpachos, sopas frías, pero qué me dicen de las tapitas –véanse momento 4, 12 y la próxima, la 18-, y de la copitas –véanse momentos 7, 10 y 14-, y de las cenitas, y de los helados… Que no, hombre, que no, que no pueden engañarnos; que a ver si nos enteramos todos, joder, que nunca es buen momento para hacer dieta.
16.- Momento “campos de girasoles”. Cada vez que encontrábamos uno con un sitio para aparcar y hacer la foto de turno en la que estas bucólocas y bellas flores mostraran todo su esplendor, las muy "jodías" estaban vueltas al revés o cabizbajas (al final, después de recorrer kilómetros y kilómetros por la Toscana, lo conseguimos).



17.- Momento “ventilador”. Sí, durante este veranito, también mi pareja y yo hemos tenido nuestros momentos... Tras la fase de los preliminares, léase miraditas, tonteos, caricias en el sofá, en la cocina o en el despacho, nos íbamos a la cama pero con el ventilador a toda castaña porque, sin él, con el calor que ha hecho y la humedad, parecíamos dos ranas chorreantes acopladas sin muchas ganas de jarana. Y no, eso no podía seguir así.
18.- Momento “comida sana”. Sí, paella, pescado al horno, bocata de jamón, mariscada, tortilla de patatas, pan con tomate y frankfurts y patatas fritas de bolsa y pipas y ganchitos y… ¿Sigo?
19.- Momento “SIN IVA”. Debido a la ingeniosa medida por parte de nuestro querido gobierno de subir el IVA para salir de esta fatídica crisis, desde aquí, quiero agradecer a los establecimientos que, para contrarrestar los efectos depresivos de dicha decisión, no cobraron el dichoso impuesto durante alguna que otra jornada. Total, que me he comprado un lavavajillas (después de más de 10 años independizada y fregando platos como una descosida, por fin lo he conseguido, ¡¡yuhu!!) y una plancha para mis pescaditos, mi carnecita y mi verdurita.
20.- Momento "¡¡¡oohhhh!!!". Eso y la cara de auténtica flipada cuando, al doblar una esquina, al cruzar una calle o al atrevesar un callejón de algún pueblo/ciudad de la Toscana, he descubierto una iglesia, un palacio, una plazoleta, un mercado o una fachada que me ha dejado sin palabras. ¡¡¡Cuánta belleza!!!


Aunque también tengo que reconocer que he tenido esa misma impresión cuando he pasado delante del escaparate de una de esas elegantes (¡¡y caras!!) tiendas de moda: qué bolsos, qué vestidos, qué zapatos, qué joyas.



(¿Les cuento un secreto? Donde más disfruto es delante de una de esas tiendas de delicatessen donde exponen con calculado detalle y suma exquisitez los salamis, los procciuto, los quesos, la pasta fresca, las especias, las setas... Tengo un problema, ¿no?)
21.- Momento “de vuelta”. Antes de que acaben mis vacaciones, cada año, irremisiblemente, me llega ese momento en que empiezo a pensar en el próximo curso, hago limpieza física y mental en casa, me compro mi agenda, me marco los cumpleaños y las fiestas, formulo mis propósitos y mis deseos y, como cada final de agosto -llevo más de diez-, voy al gimnasio más cercano para informarme sobre las actividades, las tarifas, los horarios y, al salir de allí, con una sonrisa en los labios, me digo superconvencida y superanimada: “este año, sí”. Que sí, que lo digo en serio, que lo prometo, este año, sí. O no…

PD1. ¿Se han dado cuenta de que muchos de mis momentos tienen que ver con una de las necesidades más primarias? No, si donde se ponga una buena mesa...

PD2. Si a alguien le han gustado las fotos, podrá verlas todas en el blog de www.9barrisimatge.blogspot.com

PD3. Sigue pendiente lo de setiembre...

viernes, 2 de marzo de 2012

UNA DE ORDENADORES

Estoy pensando en comprarme una tableta. Aunque parezca que sigo pensando en la comida (tableta de chocolate, de turrón...), me estoy refiriendo a uno de esos artilugios informáticos de última generación. Un Ipad para los entendidos. A mí me da igual como lo llamen porque todo me suena a lo mismo: Iphone, Ipod, Ipad. Prefiero el nombre de “tableta”, me resulta más goloso, coloquial, más cercano, aunque, la primera vez que lo escuché, reconozco que me quedé a cuadros. Fue mi hermana la que me sacó, una vez más, de la caverna de la ignorancia en materia informática, en una comida familiar (¿se han dado cuenta de lo mucho que comemos mi familia y yo? Todo sucede en las comidas familiares). Tu cuñado ha hecho un plato especial. ¿Lleva pimiento? Creo que no, pero compruébalo en la tableta. En la tableta. Miro a mi alrededor: el portátil, el mando a distancia, los juguetes de la niña, revistas, los auriculares y una pantalla suelta. Sí, eso es la tableta. Recuerdo que la vi por primera vez en un restaurante de Zaragoza. Al pedir la carta, en lugar de la consabida carpeta de cuero con fundas de plástico en su interior o una simple hoja fotocopiada, me trajeron ese delicado y sofisticado aparatito en cuya pantalla se deslizaban los platos con un leve movimiento de yema de dedo. Flipé con tanta innovación, pero no se me ocurrió preguntar el dichoso nombre.
Lo cierto es que, cuando vaya a comprarlo, ya no me pasará lo que me ocurrió cuando decidí comprar mi primer ordenador o, lo que es lo mismo, cuando decidí iniciarme en el innovador, tecnológico, fascinante y, dicen, sencillo, universo de los computers y sobrevivir con dignidad. ¿Cuánto hace de eso? No tanto, que tampoco soy tan vieja. Pero, ¿se han dado cuenta? Ya hemos pasado del mundo de la informática al ciberespacio global, lo que significa más opciones, más funciones, más prestaciones pero también más posibilidades para que se te ponga cara de idiota ante un monitor y un teclado.
Efectivamente. Después de hacer el cursillo de Word para usuarios, decidí comprar un buen ordenador para poner en práctica lo poco que había aprendido. Como soy así de chula, quise realizar esta empresa solita, sin ningún “trespiernas” que cubriera mis espaldas. Ya se sabe que, cuando se trata de tornillos, léase mecánica, informática, electrodomésticos o toda suerte de aparatos que emitan algún sonido o imagen, el macho ibérico respira ufano, ensancha sus pectorales y ya se cree el rey del mambo. Pero, como no soy todavía tan chula, fui pidiendo asesoramiento e información a diversos especímenes del género masculino, mi cuñado, mi padre, mi amante, mis amigos, mis colegas del trabajo... ¡Ah! Y la excepción que confirma la regla; también le pregunté a mi hermana que es licenciada en informática y que de esto sabe bastante. Yo te recomiendo un 2.6, con 512 megas y 120 gigas (qué tiempos aquellos). Para lo que lo utilizas, éste te irá de coña. Oído cocina. Un 2.6, con 512 megas -¿qué narices es un mega?- y 120 gigas -y esto, ¿qué demonios debe significar?-. No pasa nada. Todo controlado. Esto es lo que debes tener en cuenta. Si puedes, porque están muy caras, compra una pantalla plana, no ocuparán tanto espacio en tu mesa repleta de botes, libretitas y demás “chuminadas” –aquí, mi cuñado no estuvo muy acertado, que digamos-. Y ve a esta tienda que allí la relación calidad-precio está muy bien. Vale. Sin problemas. ¿Lo has entendido todo? Dicen que la duda ofende. Y es verdad. Por favor, ¿qué si lo entiendo todo? Pues claro, está “chupao”. Ni que fuera idiota...
Sábado por la mañana. Después de aprenderme durante toda la noche los datos de memoria, 2.6-512-120, 2.6-512-120, 2.6-512-120 como el chiste aquel, una barra de pan, un litro de leche y mantequilla, una barra de pan, un litro de leche y mantequilla y de vestirme decentemente –no todos los días una se compra un ordenador-, me dirijo a la tienda en cuestión ubicada en una calle repleta de tiendas iguales. Yo, con mi traje de chaqueta, en plan ejecutiva agresiva, me veo rodeada, en cuestión de segundos, de niñatos y niñatas con cazadoras vaqueras, cadenas por todas partes, pantalones a la altura casi de la zona púbica y unos conocimientos de informática que ríete tú de Bill Gates. Tranquila. Todo controlado. Antes de entrar en la tienda, vuelvo a repetir las tres cifras vitales en aquel momento. 2.6, 512, 120. Adelante. ¿Se lo imaginan? Un pasillo largo de torres, monitores, altavoces, teclados y un sinfín de artilugios para hacer más fácil la información y la comunicación. Al final, un mostrador detrás del cual me espera otro niñato con bigotillo incipiente, acné adolescente, un piercing en la nariz, otro en la lengua y ortodoncia. Y, a la pregunta de ¿qué desea?, le respondo de carrerilla, un 2,6, con 512 megas y 120 gigas. Y una amplia sonrisa se dibuja en mi cara: prueba superada. El niño en cuestión, con una habilidad pasmosa, empieza a teclear y a manejar el ratón a la vez que me va diciendo que tienen una oferta de esas características que incluye DVD, CD, grabadora, un floppy 3,5 y el panda. A ver si me aclaro, ¿un qué?, ¿flopi? Nadie me había hablado de algo que tiene nombre de cereales americanos. ¿Quieres unos flopi con leche para desayunar? Y, ¿qué me dicen del panda? Yo sólo conozco dos tipos de panda: el coche que hizo furor hace unos cuantos añitos y el dulce y gracioso animalillo que suele ser blanco y negro y sólo come caña de bambú. En unos segundos, ojeando los folletos informtivos, supe, porque –aunque en algunos momentos lo parezca- una no es tonta, que el panda de las narices era sólo el nombre de un programa antivirus... Perfecto, digo sin perder la compostura ni la sonrisa, como dominando el tema. Vale, ¿cuánto es todo? Creo que en ese preciso momento me delaté. El pobre niño, con su “alámbrica” sonrisa, sus piercings, esos cuatro pelillos que luchaban por salir encima del labio superior y su acné, no sabía cómo decirme que no, que todavía faltaban más cosas. Yo le recomiendo un tefeté de 17, un logitec de lux ergonómico y un maus óptico. Los tengo muy bien de precio. Y ahora la hachepé 3650 está de oferta. También tenemos el equispé houm casi regalado. Y, si quiere algún periférico, le puedo enseñar lo último que ha llegado... Joder. Estupendo. Sólo me suena la hachepé: es una marca de impresora. ¡Me cago en mi cuñado! ¡Me cago en todos! Pero, ¿qué es todo esto?, ¿de qué coño me está hablando este insolente imberbe? ¿Tefequé?, ¿logiqué?, ¿qué es eso del equispé houm? ¿Y los periféricos? Me suena a teleférico... ¿Por qué nadie me habló de ellos? Que no cunda el pánico. Nada de perder los papeles y menos delante de aquel chico que, aunque me pasa varias cabezas, tiene menos neuronas que yo. Carraspeo un poco mientras me acuerdo de todos los “trespiernas” que me informaron sólo a medias. De esta, se acuerdan. Respiro hondo, recojo mi sonrisa del suelo y, con toda la elegancia y el savoir fair que los genes y la mariclaire me han dado, respondo perfecto, ¿me lo pueden llevar a casa? Pues no. Ya me temía yo que esto no era como el corteinglés...
Si salí airosa de aquella tienda, también podía montarlo yo solita, pensé. Fuera las cajas de embalar, fuera las protecciones de poriespán, fuera las fundas de plástico, fuera todo lo que hay encima de la mesa. Fuera todo. Sólo mi ordenador nuevo, el móvil con línea directa con mi hermana y la “menda” que ya está por faena. En menos de cinco minutos ya estoy llamando a la informática de la familia. Entre tanto cable, no sé por dónde empezar, ni qué conectar a qué, sólo sé en qué lado de la mesa pondré la estupenda pantalla plana, el tefeté que hizo que se desencajara mi mandíbula. ¿Ves la torre? Sí, claro. Hasta ahí llego. Dale la vuelta. Bien, ¿cuántos puertos hay? ¿Perdón? ¿Me estás preguntando por unos puertos? ¿A qué se referirá mi querida y amantísima hermana? Aquí sólo veo rendijas y una especie de enchufes con pinchos o con agujeritos más pequeños. A mí siempre me han enseñado que los puertos están cerca del mar y, vale, yo vivo cerca de la playa pero... Color con color, me decía mi hermana. ¿A qué me sonaba eso? ¡Ah, sí! Eso es lo que le dice mi otra hermana a su hija de tres años para que aprenda a hacer puzzles... Color con color y forma con forma. Sólo eso. No tiene más secreto. Llámame si tienes algún otro problema. Supongo que sobra decir que, al final, vino a casa con su novio a cambio de unas cervezas...
Pero lo mejor fue cuando, durante una comida familiar en mi casa (¿lo ven? Somos una familia muy glotona), hablando de los juegos de ordenador que había en el mío, mi hermana se ofreció a grabarlos para pasárselos a mi madre. Después de comer, los grabo, dijo mientras sacaba del bolso un exquisito, glamouroso y pequeño artilugio plateado. Oye, perdona, pero ya sabes que prefiero que fumes en la terraza... Cara de extrañeza. No, si yo ya he dejado de fumar. ¿Y ese mechero? La niña se había marcado el puntazo de enseñarnos, como quien no quiere la cosa, el novísimo modelo de diskette que su equipo de trabajo había sacado al mercado. Lo último en informática. Monísimo. Podía pasar por un mechero, pero también podía ser perfectamente un exclusivo colgante de diseño...Una singular, minúscula e innovadora chuchería capaz de almacenar una “porrada” de información y que había que conectar en algún puerto (italiano al pie de las montañas...)
Podría seguir explicándoles más anécdotas que reflejara mi particular relación con el mundo de los ordenadores. Como aquella vez que fui a casa de mi hermana a que me enseñara a hacer presentaciones por power-point. Acababa de llegar de viaje y tenía la casa un poquito desordenada. ¿Puedes ir al salón y traer el laptop al despacho mientras me cambio? Faltaría más. Yo, por mi hermana, hago lo que sea. Perfecto. El laptop. Vale. Enseguida te lo llevo al despacho. Lástima que no tenga ni idea de lo que me ha pedido. ¿Qué puede ser? ¿Una nueva marca de tabaco?, ¿una bebida energética?, ¿un teléfono móvil especial? Le digo que no lo encuentro, principalmente porque no sé qué demonios estoy buscando. Debe estar encima de la mesa, me grita desde la habitación. Encima de la mesa. Bien. Oye, que encima de la mesa sólo veo el tabaco, unas revistas, el mando de la tele, un cenicero y el portátil... Oigo una carcajada en la lejanía, sale mi hermana del cuarto, en chándal y zapatillas, y, mientras me mira con una sonrisa de misericordiosa complicidad, coge el ordenador y se lo lleva al despacho...
Bueno, vale ya de tanta risa, ¿no? Ya sé que me queda mucho por aprender pero, para seguir escribiendo, no necesito más. Además, ¿qué quieren que les diga? Tampoco me agobio. Hay casos peores que el mío. Tengo una amiga que, tras años y años renegando de la tecnología, se unió al club de los informatizados y descubrió, después de apretar mil veces las teclas, conexión vía telefónica con un asesor de la marca del ordenador , que lo primero que debía hacer, antes de empezar a despotricar ante la pantalla negra y esperar algo de ella, era enchufar la máquina...

domingo, 12 de febrero de 2012

MOVILIDAD

Movilidad. Eso es lo que piden las empresas cuando contratan a alguien, alguien a quien no le importe pasar días y noches fuera de su casa, lejos de su familia y de sus amigos; alguien a quien le interese visitar los aeropuertos de medio mundo y confraternizar con otras culturas -allende nuestras fronteras físicas y mentales-, otras gastronomías -atrás se quedan la tortilla de patatas y el arrocito de mamá-, otros idiomas –más allá del aiam, yuar, jiis- y otras maneras de ver la vida. Movilidad. Exacto. Es el futuro.
Mi hermana, en su momento, se fue a Irlanda a trabajar (de donde se trajo su flamante marido, algunos amigos y costumbres varias); mi otra hermana está más tiempo en hoteles y aeropuertos que en la empresa de aquí, y un amigo mío se va dentro de poco (¿o ya se ha ido? Ya te vale porque nos prometimos una fiesta brutal de despedida) a Méjico DF también a trabajar. Yo, no. Yo apenas me he movido de mi entorno y lo más cerca que he estado de ese espíritu viajero en el ámbito laboral fue cuando, trabajando para la administración, me destinaron fuera de Barcelona ciudad.
Un buen día de setiembre de un año ya lejano en mi calendario, esperando como una desesperada, me llamaron por teléfono y me dijeron que me presentara urgentemente en la delegación, que ya tenía destino para trabajar. Qué alegría. Por fin, tenía trabajo. Al llegar mi turno, me pidieron los papeles y, acto seguido, a la pregunta ¿a dónde voy?, ¿a Badalona, Hospitalet, Santa Coloma, Mataró como muy lejos?, la señora del mostrador pronunció un nombre que no había escuchado en mi vida. Y, ¿dónde está eso? Salió del mostrador y, con la punta de su bolígrafo, totalmente indiferente, señaló en el mapa de Cataluña que había colgado una palabra escrita con letras minúsculas. Joder, qué lejos estaba ese nombre del de Barcelona, escrito en letras grandes y en negrita. ¿Y qué tren se coge para llegar allí? La señora, impertérrita, no, no hay estación ni apeadero, todavía no llega el tren. Tendrás que coger el coche de línea que sale desde la Plaza Cataluña. Con un nudo en la garganta y los ojos llorosos (lo reconozco, soy muy impresionable a los impactos y a las noticias de semejante relevancia), decía que no con la cabeza, no, a mí no, había oído hablar de esos destinos que estaban en la otra punta del mapa, pero pensaban que se trataba de leyendas urbanas. ¿Yo, en un pueblo a donde ni siquiera llega el tren? Que no, que yo soy urbanita, yo soy de ciudad. Te esperan mañana por la mañana. Aquí tienes la dirección y los papeles que tienes que entregar al director. Suerte.
Después de hacer la bolsa con lo imprescindible y con muchas ganas de renunciar a esa maldita plaza, con mi madre como fiel escudera, como una pantoja más, me planté ante el poste que la empresa de autocares (los únicos que se aventuraban a llegar hasta ese lugar) había puesto en medio de la única calle que tenía ese pueblo (que coincidía, mala señal, con un trozo de la carretera nacional). Sin semáforos (cosa que me impactó bastante), sin cines ni teatros (no es que vaya cada día pero necesito saber que hay por si quiero ir alguna vez, no sé si me entienden), sin bocas de metro, sin barullo, sin gentes yendo de un lado para otro, sin apenas movimiento, sin ruidos… Yo me voy de aquí, mamá. Esto no es para mí. Con comprensión pero con determinación, mi madre se dispuso a buscar un hotel (o, en su defecto, un hostal) para pasar la primera noche. Si te gusta, te quedas, y, si no, durante esta semana buscamos un apartamentito. Total, sólo estarás unas semanas, es una baja por depresión (no me extraña…). Inaudito. No había hotel ni hostal en ese lugar que, a medida que pasaban los minutos –sólo llevábamos un par de horas-, se me iba antojando cada vez más fantasmal, tétrico casi. Al final de la calle, hay una pensión. Pregunten por la señora Eulalia. Todo en catalán, claro; no en vano estábamos en la Cataluña profunda. La señora Eulalia parecía sacada de una película de terror: alta, muy alta, toda de negro y, se lo juro, con un lunar negro en la barbilla de donde salían tres pelos negros, tiesos y largos, muy largos. La pensión iba en consonancia: oscura, antigua y fría. Me enseñó lo que iba a ser mi habitación, la salita y el baño mientras me decía que, de vez en cuando, algún que otro camionero me haría compañía. Miré a mi madre con carita de cordero degollado, no, mamá, no me dejes aquí, seré buena, prometo portarme bien, quiero volver a casa… No sirvió de nada. Con el corazón encogido y algo en la garganta que me impedía mandarlo todo a la mierda y regresar, con mi madre, a mi mundo, le dije adiós con la promesa de que estaría bien.
¡Y una porra! Mientras estaba en el instituto (uno de los mejores en los que he estado, qué instalaciones, qué programas, qué organización), ocupada dando mis clases, no tenía tiempo para pensar y todo iba bien. Pero, fuera de allí, ¡qué duro se me hizo! Todo el mundo me miraba como si fuera una extraña, la recién llegada (con el tiempo me enteré de que me llamaban “la pixapins”); todo el mundo se reía de mi forma de hablar (más de uno me preguntó por qué hablaba con la boca tan abierta… No es lo mismo el catalán cerrado que el catalán de Barcelona); todo el mundo se fijaba en mi forma de vestir (botas de tacón, pantalones de vestir y americanas, a diferencia de las botas de montaña, las camisas de cuadro y los anoraks que, por lo que se ve, estaban de moda allí…).
Durante las primeras semanas, me dormía llorando. Cómo echaba de menos mi habitación, mi casa, mi familia, mis amigos, mis calles llenas de coches, de gentes, de tiendas, de ruido, de contaminación… En el pueblo, a partir de las ocho de la tarde, ya no había nadie; las persianas, echadas; los portales, cerrados; la carretera, vacía. Sólo permanecía abierto un bar al lado de la pensión. Fue allí donde, con la llegada del frío, me acostumbré a cenar un buen vaso de colacao con galletas y fue allí donde conocí a algún camionero que, como yo, tenía que pasar la noche en esa oscura pensión tan deprimente. ¡Qué patético resultaba todo!
Con la llegada del invierno, la cosa se hizo más dura. Con el primer copo de nieve que cayó, me compré unas botazas de color rojo. No me las saqué en todo el invierno. Tanto es así que hasta los alumnos, ya con cierto cariño, me llamaban “la pixapins con botas”. Con frío, mucho frío, sin televisor y con noche cerrada a las cinco de la tarde, a la salida del trabajo iba a la biblioteca. Después de cerrar, iba al bar a tomar el colacao con galletas (mientras algún que otro caminonero de paso se tomaba su pelotazo de turno) y, luego, me metía en la habitación hasta el día siguiente. Total, que aquel año leí un montón de libros, bebí mucho colacao y dormí lo que no he dormido en toda mi vida (a falta de teléfono móvil, ordenador portátil u otros entretenimientos, mis noches eran de unas doce horas).
El viernes era mi día favorito. Lloviera, nevara, hubiera un gran vendaval o cayera una gran tormenta, la menda volvía a casa. Ese día, colgaba la ropa de montaña y aparcaba las botas rojas en el armario y me vestía como una urbanita más, cosa que provocaba toda suerte de comentarios entre los alumnos y mis compañeros. Al mediodía, acabada la jornada laboral y con la bolsa preparada, cogía el autocar de línea que me devolvía a mi mundo, a la Plaza Cataluña. Durante las primeras semanas, me esperaba mi madre y, al bajar del autocar, me abrazaba a ella gimoteando, eso es un infierno, mamá. No puedo más. Renuncio. Eso no es para mí. Y juntas nos íbamos por el Paseo de Gracia o las Ramblas, para que yo me “amorrara” a los tubos de escape de los coches, esnifara mi dosis de contaminación, sintiera el asfalto humeante bajo mis pies o me dejara abducir por las luces de neón de los comercios. Aquello sí que era lo mío. Joder, cómo lo echaba de menos.
Y así una semana tras otra.
El tiempo pasaba lentamente y las tres semanas se convirtieron, al principio, en tres meses (qué habré hecho yo para semejante tortura) y, luego, en tres meses más (bueno, en realidad, la vida de pueblo no está mal: hay más tranquilidad, se come más sano y los hábitos también se sanean) y, más tarde, en otros tres meses (no, si, al final, me va a dar pena marcharme...)
Con la llegada del buen tiempo, la cosa se hizo más liviana. Con los días más largos, después de las clases, iba a dar largos paseos entre los campos y sustituí el colacao con galletas por una cocacola y unas almendritas saladas. Mis compañeros ya me consideraban una más hasta el punto de que uno de ellos me invitó a pasar un fin de semana con su familia y allí, en su finca, aprendí a montar a caballo; otro empezó a regalarme cada viernes unos bulbos de plantas para que me las llevara a la ciudad (tuve que pedirle que me enseñara a transplantarlos y, en unas semanas, la terraza de casa ya estaba adornada de pequeñas hojas de Dios sabía qué); otro me enseñó su granja de cerdos (ya me ven a mí rodeada de puercos y con los pies hundidos en el barro. Toda una experiencia que recomiendo encarecidamente para reencontrarse con la naturaleza salvaje); otro me explicó que, cada mañana, antes de empezar las clases, ordeñaba sus vacas y llevaba la leche al bar donde yo desayunaba (ya decía yo que no sabía igual a la que tomaba en casa, la del tetrabrik). Incluso me invitó a ir a su casa a las cuatro y media de la mañana para ordeñar a Rosario, su vaca favorita. Sin comentarios. A esas alturas del curso, yo ya estaba adaptada al mundo rural pero aquello me parecía demasiado para mi alma urbanita. Otro me invitó a las fiestas patronales de mayo (lo de las fiestas del pueblo no es una leyenda urbana...). Otro me mostró cómo se recogían las hortalizas de los campos de cultivo. Lo cierto es que, con la primavera, todo fue distinto. Hasta los camioneros sonreían más. Había uno que me confesó que le gustaba mucho y que estaba dispuesto a cambiar el letrero de su cabina (aquel que todos pueden leer desde la calle, tipo “Rosi, Juanito y Rosita” o “Jesús me acompaña” o “Mi familia es lo primero”) por uno que dijera “La urbanita más encantadora” o “Lo mejor de la ciudad”. Por supuesto, me negué en rotundo y, durante unos días, dejé de ir al bar para que se olvidara de mí. Sin embargo, cada vez que pasaba por el instituto, tocaba su inconfundible bocina… (con las consiguientes reacciones por parte de los allí presentes).
Durante las últimas semanas de curso, totalmente reconciliada con el entorno y las circunstancias, volvía a Barcelona tranquila, contenta y con los mofletes colorados como una heidi (como me decía mi amiga Lola).
Así, hasta que llegó el “ansiado” final de mi aventura rural. Un libro firmado por mis compañeros, una fiesta sorpresa organizada por mis alumnos y mil invitaciones para quedarme dieron por concluido el curso, nueve meses en los que aprendí mucho sobre la vida en los pueblos, sobre la naturaleza y sobre mí misma.
Eso es lo que tiene la movilidad.

sábado, 4 de febrero de 2012

POPÓ

Permítanme que vuelva al tema. Hace poco, alguien me preguntó si no me daba “corte” hablar sobre temas tan íntimos como el de ir al lavabo (visitar al señor Roca, ir al excusado, cambiar el agua al canario, hacer aguas menores, decir palabras mayores, ir a mear, ir a cagar, defecar, darse un respiro, evacuar, hacer de vientre, sentarse en el trono, tomarse un ratito de lectura, vaciar, liberarse…). ¡Pero si es algo natural y muy humano!, le contesté yo. Está claro que no voy a hacer nada en medio de la Plaza Cataluña (entre otras cosas, porque me detendrían) y que no voy a explicar nada que atente contra mi integridad moral y física y, menos, contra de la de mis anónimos (y no tan anónimos), sufridos y admirados lectores (y si lo he hecho, mil disculpas). Pero también tengo muy claro que si hay algo que nos iguala, algo que nos mide por el mismo rasero a todos los seres humanos que hay sobre la faz de la tierra (ríanse ustedes de la ley...), es nuestra necesidad vital de ir al lavabo o, lo que es lo mismo, de hacer pipí y/o popó.
Y es que, cuando la urgencia aprieta, el resto del mundo pierde importancia o, lo que es lo mismo, pierdes de vista al resto de mundo. Lo único que te interesa, lo único que te preocupa y te ocupa es que nadie se dé cuenta de lo mal que lo estás pasando (retortijones, ruidos instestinales, pedetes, etc.); a continuación, todas tus energías y tus esfuerzos se centran en aguantar como puedas el mal trago (aprietas el culo, cruzas las piernas, respiras hondo...) y en encontrar ese lugar y ese momento preciosos para salir del atolladero. El resto, insisto, da igual con quién estés, de qué estás hablando o qué está pasando a tu alrededor, pasa a un segundo plano.
Hace muchos años, en un viaje por Marruecos, me di cuenta de todo eso que les acabo de mencionar. Fuimos a pasar Fin de Año al desierto, cerca de la frontera con Argelia. Haimas, velas, música tribal, alfombras, cuscús, cava y, en lugar de las uvas, aceitunas. Fue perfecto, precioso y muy, muy original. Aquella última noche del año, con la pretensión de hacer todavía más diferente y exclusiva la experiencia, decidí levantarme temprano para ver amanecer en el desierto. Apenas dormí pensando que no me despertaría a tiempo. No hizo falta despertador. A eso de las cuatro de la madrugada, sentí la voz de la naturaleza, de mi naturaleza (ustedes ya me entienden). En silencio y sin perder ni un momento, que no se me escapara nada, me puse las botas (nos habíamos acostado vestidos), el anorak y cogí de la mochila el rollo de papel higiénico. Y allá que me fui rapidita en busca de una palmera, un arbusto o una simple mata para hacer mis necesidades. Sólo encontré un pequeño cactus (claro, estábamos en pleno desierto; qué, si no). Estaba sola, completamente sola, ante la inmensidad del desierto y sus dunas y la grandiosidad de un cielo bordado de estrellas. Espectacular. Al lado el pequeño cactus y con mucho cuidado de no pincharme, me bajé los pantalones (¡qué frío!)y me puse en cuclillas, así, sin mi marieclaire para leer, sin baldosas para contar, sin botes de champú, y sin un ápice de vergüenza. Total, me había alejado ligeramente del campamento y estaba completamente sola. ¿Sola? En plena faena escatológica, empecé a sentirme como observada. ¿Saben esa sensación de que alguien les está observando pero no saben quién? Pues eso. Miré a mi alrededor. Nada. Nadie. Solo dunas de arena y cielo estrellado. Durante los minutos que siguieron, esa sensación fue en aumento y, a punto de dar por concluida la cuestión y a punto de amanecer, volví la cabeza, levanté los ojos y allí estaba: la silueta de un beduino, todo de azul, chilaba azul, turbante azul, de pie en lo alto de una duna, con una lanza en la mano, oteando el horizonte y fijándose en mi culo, mi culo que tiritaba de frío y de miedo porque no quería pincharse con el cactus de marras. Al principió, me violenté, por favor, un hombre estaba mirando mi culo con total descaro. Pero, de perdidos al río. Estaba en su territorio. ¿Qué podía hacer? Pues, como si estuviera en i propio cuarto de baño, hice todo lo que tenía que hacer, me limpié, me subí las bragas y los pantalones, enterré mis miserias, me lavé las manos con la arena y, como tenía previsto, subí a la duna para presenciar la salida del sol. Al llegar, toda respetuosa, incliné la cabeza ante el beduino y, él, que continuaba allí, impertérrito e imperturbable, hizo lo mismo y los dos, uno al lado del otro (él, con su turbante azul y su lanza, y yo, recién cag...) fuimos testigos de uno de los espectáculos más increíbles que he visto en mi vida; los dos compartiendo el silencio, los primeros rayos de sol de un uno de enero y, para qué engañarse, un secreto. Me imagino la escena posterior: llegaría al poblado ¡hey, gente!, ¿a que no sabéis que me ha pasado? Resulta que estaba yo haciendo la ronda y me encontré con un culo a ras de suelo a punto de pincharse con el cactus ese que está al lado de la duna de vigilancia… La chica subió a la duna conmigo... Qué maja.
Otro año, navegando en velero por las calmadas aguas del Mediterráneo, el patrón, antas de zarpar, nos dio unas cuantas instrucciones entre las cuales se encontraba la de no hacer caca en el barco cuando estuviéramos atracados en el puerto o cerca de alguna playa. O sea, que sólo podíamos defecar cuando estuviéramos en alta mar. Durante la mayor parte de la travesía, todos los que íbamos en el Onas pudimos acatar las órdenes del patrón, pero una mañana, después de una cena copiosa anclados cerca del puerto de Mahón, las intenciones se fueron al garete. A una de las del grupo (juro que, esta vez, no fui yo) le entró un apretón y, aprovechando que el patrón había ido a tierra firme, se metió en el minúsculo lavabo para “liberarse”. El resto estábamos en cubierta tomando el sol y todo parecía ir bien, hasta que oímos la voz del patrón: ¡Joder! ¡¿Quién está cagando?! Nos levantamos al instante y dirigimos nuestras miradas hacia los gritos. No pudimos aguantar la risa al ver el panorama: allí abajo estaba el capitán, en su barca hinchable llena de bolsas de supermercado (el pobre se había levantado temprano para comprar víveres), rodeado de mierda flotando en el mar. No hace falta decir cómo se quedó la pobre chica al salir del lavabo y, en cubierta y totalmente satisfecha, comprobar a dónde habían ido a parar sus “cositas”.
Otro verano, en otro país árabe, en una excursión, al preguntar por el toilete, el guía me señaló un palmeral mientras, con una sonrisa picarona, me decía "cualquiera de ellas te servirá".
Y este verano, en China, en los lavabos públicos de la Ciudad Prohibida, con la vejiga a punto de explotar y una cola de mil pares, me encontré con un retrete vacío porque no tenía puerta. La china que estaba detrás de mí, con cara de angustia, me preguntó algo y, al ver que yo no respondía (más que nada porque no entendía ni papa), pasó delante de mí y se metió en el retrete sin puerta. Ni corta ni perezosa, ante la atenta, disimulada y sorprendida mirada de todas las que estábamos allí -la mayoría, chinas-, se bajó los pantalones, se puso en cuclillas -los lavabos públicos allí son agujeros en el suelo- y su cuerpo empezó a emitir todo tipo de sonidos que la mujer acompañaba con una sonrisa de enorme alivio… ¡No hay nada como viajar y ver mundo!
Pero las mejores experiencias que he tenido al respecto las he vivido con mis sobrinas, cuando eran pequeñitas, justo en el momento cumbre, cuando más tranquilidad y soledad necesito. Una, juguetona, que llama constantemente a la puerta mientras yo estoy con mi lectura y no para hasta que abro y le dejo entrar; otra, que se empeña en que la coja en brazos o en jugar a las momias con el papel higiénico; la pequeñaja, que se queda mirándome con esos ojazos que cortan el hipo (y el rollo, claro) o que quiere saber qué tengo entre las piernas. Más de una vez, entre risas infantiles y mis gritos llamando a sus madres respectivas para que las niñas salieran del baño, he declarado imposible la misión.
En fin… Ya lo dice mi amiga: para no tener problemas, antes de salir de casa, todos comidos y “pipidos” (o, en su defecto, “popados”. ¿O se dice "popodos"?)