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sábado, 1 de junio de 2013

OPERACIÓN BIKINI



Hoy, sábado, 1 de junio de 2013, mis queridos y abnegados lectores, empieza para una buena parte de las mortales del mundo mundial la esperada y temida “Operación Bikini”, o, lo que es lo mismo, esa amalgama de trucos, consejos, cálculos, combinaciones, mejunjes y demás triquiñuelas que solemos llevar a cabo el último mes de la primavera para poder lucir palmito los largos días y las cortas noches de la siguiente estación. Y yo, señoras y señores, he inaugurado dicha operación como se merece, por todo lo alto: tostaditas de salmón y paté y un buen cafelito con leche, con su azúcar y su espumita, de esos como los que me preparaba mi madre en tiempos ya remotos. Y es que yo llevo haciendo esto de la “operación bikini” desde hace ya un año. Sí, llevo un año desayunando café solo con sacarina acompañado de una tostada de pan integral con queso de régimen, con un 30% menos de grasa. Y sí, tengo que reconocer que me he acostumbrado, sí, a esa mínima pócima amarga con un mínimo y soso bocado;  mi dietista dice que es lo mejor, sí; pero, qué quieren que les diga, donde se ponga un gran tazón de café con leche con sus dos cucharadas de azúcar blanca y un par de bizcochos de chocolate o unas rebanadas de pan -en plural, sí- cubiertas de algo suculento, no sé, jamoncito, paté, boquerones en vinagre, tortilla de patatas… Llevo un año suspirando por este desayuno y hoy, 1 de junio, primer día de la operación bikini, por fin, he hecho realidad esta fantasía. Déjense de fantasías erótico-festivas: para una mujer que está permanentemente de dieta, pesando los gramos, calculando las calorías, midiendo los centímetros y espiando la báscula, no hay nada más libidinoso, más excitante y más orgásmico que un buen manjar repleto de sabrosas y suculentas viandas, aquellas que rebosan los platos y la mesa, aquellas que transgreden las sagradas combinaciones de nutrientes y que hacen honor a todo lo prohibido. ¡¡¡¡Dios!!!! ¡¡¡¡Qué placer!!!! Llevo un año con el maldito papel colgado en la puerta de la nevera, con los listados de alimentos estrellas: frutas (no todas porque el plátano o la chirimoya están en rojo), verduras y hortalizas (aquí sí que entra todo lo verde, lo rojo y lo naranja), pescado blanco y carne también blanca (pollo, pavo y conejo). ¡¡Y todo con aceite acalórico!! ¡Ay! Cómo echo de menos mi aceite de oliva, el bueno, el sabroso, el genuino. Llevo un año racionando otros alimentos como la ternera o el marisco. Nada de lo otro, sí, de lo realmente bueno, las aceitunas, el coco, el aguacate, la mayonesa o el kétchup, y, por supuesto, nada, absolutamente nada de alcohol y de dulces. A mí no me va lo dulce, nunca me ha ido, pero ¿no les pasado nunca que basta que les prohíban algo para que les entren unas ganas locas de comerlo? Pues eso me ha pasado a mí, en cuanto me prohibieron los dulces, empecé a babear como una lela amorrada a los escaparates de las pastelerías y de las panaderías. Lo mismo con el alcohol. Yo, desde siempre, he bebido mucha agua, poco alcohol (sólo los fines de semana) y nada, absolutamente nada de refrescos (no me gustan); pues bien, sigo bebiendo agua pero, con las malditas prohibiciones, ya me he aficionado a los líquidos de cola y cada vez me pirro más por una cervecita bien fría, una copita de vino o un sorbito de cava. ¡¡Qué vida más perra!!
Y es que, ya lo decía Platón, el ser humano está lleno de contradicciones y ha sido creado para tener siempre un pie en el bien y el resto del cuerpo tanteando y tentando el mal (que, en este aspecto, el de la comida me refiero, no está tan mal)
¡Operación bikini! Me río yo de estas “operaciones” y de todo lo que hay detrás de esas terribles palabras. Para empezar, el sexismo: ¿Por qué no hay una “Operación Slip” o una “Operación Boxer”? ¿Acaso ellos no tienen que ponerse a punto para el verano y perder esos flotadores, lorzas o esas barrigas cerveceras que han ido “trabajando” durante el invierno a base de cervezas, potajes y sedentarismo? ¿Acaso ellos no deberían pensar en los demás (como hacemos nosotras) cuando se ponen el primer bañador de la temporada?  ¿Acaso ellos no están obligados a tener en cuenta que el exceso de michelines, además de ser una cuestión estética, es un asunto de salud? Me acuerdo de que, antes de ponerme yo a dieta, ya me sentía mal: me costaba moverme, roncaba como una cerda (bueno, mi compañero, ídem de ídem, no se vayan a pensar) y no me sentía bien conmigo misma: empecé a odiar ir de compras y empecé a descuidarme (sí, lo reconozco). Pero la puntilla me la dio mi médico de cabecera (una mujer estupenda y una profesional como la copa de un pino) cuando me advirtió que, si seguía así, tendría muchos problemas de salud en un futuro no muy lejano. Vamos, que me acojonó, la tía. Me explicó todos los efectos que tiene el exceso de quilos en una mujer que pasa los 40: que si colesterol, que si después de la menopausia (¡por favor! Yo, menopaúsica, ¡si estoy hecha una pimpollita!), que si tenía que hacerme análisis (¡pero si siempre he estado bien!).... La muy puñetera consiguió que me pusiera manos a la obra.
Pero, ¿y ellos? ¿Por qué siempre hemos de ser nosotras las que estamos obligadas a estar de coña en la playa o en la piscina? ¿Quién ha dicho que a nosotras nos encanta ver a esos panzudos paseando por la playa, con los michelines embadurnados de crema solar moviéndose al vaivén de las olas o los pectorales a la altura de las costillas? No, señores, a nosotras también nos gusta ver cuerpos esculturales (no importa la edad), músculos tersos, piernas torneadas y tabletas abdominales. Insisto, no nos importa la edad. A nosotras también nos gusta admirar la belleza y no tener que volver la cabeza con cara de asco ante tanto buda apalancado en la arena con la nevera y la silla de plástico al lado.
¡Operación bikini! Otra cuestión relacionada es la publicidad que se hace en torno a este mito: anuncios de chicas jóvenes (algunas tan jóvenes que ni siquiera se han desarrollado), chicas hiperdelgadas que publicitan pastillas para adelgazar, alimentos para adelgazar y empresas que ayudan a adelgazar). ¿Qué pasa? ¿Cómo es que no sale ningun mujer entrada en años y en kilos con el mismo propósito? ¿Qué pasa? ¿Que nos creen idiotas? ¿Quién coño se va a creer toda esa bazofia en la que no nos tienen en cuenta a nosotras, las cuarentonas (mejor dicho, a las cuarentañeras) que nacieron ya con barriga y miches, que tenemos que comer fuera, que tenemos que lidiar con el trabajo, la casa, los niños, el marido; que tenemos que superar la ansiedad y las crisis de todo tipo? ¿En qué narices piensan los publicistas para poner una niñita en bañador anunciando barritas saciadoras o saciantes, pastillas quemagrasas o fajas reductoras? ¡¡¡Por el amor de Dios!!! ¡¡¡Si eso no se lo cree nadie!!! Que me pongan a mí, ya verían como venden después de probarlo todo... O no, porque, por fin, nos daríamos cuenta de que todo eso no vale un pimiento. Que lo único que vale es cerrar la boquita y mirar a otro lado cuando veamos pasar por nuestras narices las bandejas de los camareros repletos de deliciosas tentaciones. ¡¡¡Aaahhhh!!!
Pero lo peor de toda esta maldita “Operación bikini” son los tiempos. Me explico. Los anuncios para adelgazar, tanto en la tele como en la prensa escrita como en las marquesinas de autobús o vallas publicitarias, empiezan a aflorar por abril, mayo (sin olvidar el mes de enero, justo después de los atracones navideños) lo que significa que, supuestamente, en escasos dos meses, una mujer va a poder perder todos los quilos que ha ido acumulando en ¿cuántos meses?, ¿6?, ¿7?, ¿8 meses? ¡¡¡Por favor!!! Eso sí que es un atentado contra la salud pública. Con esas operaciones bikini suicidas, lo único que se consigue es someter al cuerpo y a la mente a unas condiciones completamente perniciosas para el equilibrio de la persona hasta el punto de alterar completamente el organismo con consecuencias, en algunas ocasiones, irreversibles. Promesas y más promesas sin el control de buenos profesionales. Eso sí que debería estar perseguido por la ley. Pasar de los bocadillos, los potajes, los huevos fritos con patatas, los embutidos, los dulces y las cervezas de los partidos de liga a la hoja de lechuga, el pollo a la plancha y la manzana o la piña, así, de golpe, sin preparación alguna. Pasar de las 2000 calorías a las 500 de rigor, ¡¡¡y sin pasarse, ¿eh?!! a base de sacrificios infundados, perversiones nutricionales; vamos, cerrando el pico sin apenas criterio. ¡¡¡Qué duro!!! Pero lo más duro es comprobar que todavía hay mujeres hechas y derechas, cultas y cultivadas, que escuchan esos cantos de sirena y se creen a esos parlanchines y parlanchinas de pacotilla. ¡¡¡Alerta!!!
En fin. Yo he hecho mi operación bikini, estoy haciendo mi operación bikini desde hace un año, con la ayuda de Bibiana, mi querida y abnegada dietista, la que me sonríe siempre cada viernes, la que nunca me regaña si gano algunos gramos durante la semana, la que comprende mis “pecados” y mis debilidades, la que me anima a seguir cuidándome (mil gracias desde aquí, de verdad). He adelgazado unos quilos, sí, estoy más ágil y alguien me dice que ya no ronco, pero sigo teniendo mis mofletes, mis curvas y mis redondeces (si no, ya no sería yo) y me gusto. Porque eso -además de la salud, por supuesto y por encima de todo- es lo importante, estar a gusto en la propia piel, gustarse, seguir gustándose. Porque en eso está la verdadera recompensa: llevar un bikini a gusto, con gusto, con seguridad y con arte es la mejor “operación bikini”.

Por cierto, ayer hice una ensaladilla rusa para chuparse los dedos (receta de mi madre). Es que hoy tengo cenita con los amigos. Y, mañana, comida familiar. Y pasado...
Lo dicho, ¡3 hurras por la operación bikini!

domingo, 17 de febrero de 2013

COSAS QUE PUEDES HACER CON 10 KILOS MENOS


En primer lugar, ante todo y sin falsa modestia, siéntete orgullosa del logro. Sí, recreáte en lo que has conseguido porque sólo tú sabes lo que ha supuesto para ti llegar hasta aquí, sin que importe el tiempo invertido. Diez quilos menos, sí. Y sólo tú sabes la cantidad de sacrificios que has hecho para alcanzar la meta. Sólo tú sabes de la constancia, de las renuncias y de la perseverancia. ¿O acaso ya no recuerdas la primera vez que dijiste no a la copa de vino, que rechazaste unas patatas bravas o que pasaste de largo por la estantería de aperitivos del súper?
En segundo lugar, y también sin falsa humildad, recoge con orgullo y agrado todos los piropos que te están diciendo: ¡Pero qué delgada estás!, ¡Qué has hecho!, ¡Estás monísima!, ¡Qué bien te sienta la ropa ahora! No digas que no es para tanto, no digas que no, no te enfades con ellos porque antes no te decían nada, no pienses en que antes estabas como una foca o que ibas hecha un adefesio, no te castigues con tus antiguos quilos de más. Cuando te digan un piropo, sonríe, sonríe, sonríe.
En tercer lugar, ríete al ponerte de nuevo aquellos pantalones enormes y comprobar cómo se deslizan por tus caderas hasta caer rendidos al suelo. Es genial. (pero, insisto, no te flageles pensando ¿¡Cómo podía estar yo tan enorme?!
En cuarto lugar, disfruta embadurnándote de cremas hidratantes, reafirmantes, antiestrías para que tu sacrificio obtenga unos resultados óptimos y para que tu piel no se resienta. Que no te dé pereza. Regálate una buena crema, de textura suave y aroma de azahar o de jazmín, y recréate con ese sensual ritual. (A mí, la verdad, siempre me han gustado las cremas, con quilos y sin quilos. La sorpresa me la llevé cuando a mi médico nutricionista le pregunté por la mejor. Ya que estaba haciendo el sacrificio de la dieta, estaba dispuesta a hacerlo también comprando la mejor crema, la más efectiva; estaba dispuesta a gastarme mi sueldo entero. Ya sé que no se puede hacer publicidad pero, ¿cuál me recomendó sin ningún tipo de duda? La lata azul de Nivea, la lata redonda, la de toda la vida, la que no lleva agua, pura crema, la que cuesta tanto extender -ahí radica su secreto, ahí se escuentra su efectividad-, la que te deja todo el cuerpo grasiento y blanco. ¿Estás segura? Yo pensaba que me recomendaría alguna de doscientos euros, alta cosmética, alta tecnología, con los últimos descubrimientos científicos en el estudio de la piel. Pues eso, ahora mi chico y yo compartimos buenos e íntimos momentos con Nivea: yo, para cuidar mi delicada piel, y él, para cuidar sus cinturones de cuero y sus botas, las de montaña, las de la moto... Y todo, por unos 6 euros la lata formato familiar. Sin comentarios)
En quinto lugar, mírate en un espejo grande, de esos de cuerpo entero, pero mírate desnuda. ¿Qué puedes ver? ¡¡¡¡La línea del bikini!!!! ¡¡¡Síííí!!! ¡Es genial! Esa línea no imaginaria que durante tanto tiempo ha permanecido escondida entre los pliegues de esa prominente y fofa masa llamada barriga -o barrigota, como me dijo una vez mi sobrina pequeña-, esa que no sabías ni que existía porque siempre estaba tapada por las carnes y también por las bragas de cuello alto. Es una sensación indescriptible, de verdad. Ahora falta ir a una buena esteticien para que me haga una buena depilación brasileña...
En sexto lugar, siguiendo con el tema y tú sigues desnuda ante el espejo, ahora agacha la cabeza y ¿qué ves? ¡¡¡Sí!!! Efectivamente, ¡¡puedes verlo!! Antes, sólo podías ver tu barriga, tu ombligo orondo y nada más. Tus carnes te impedían saber qué había debajo de tu masa favorita. Ahora ya sabes qué hay más allá de él. Es estupendo. Incluso, si te apuras un poco, también podrás ver tus pies. 
En séptimo lugar, deshazte ya de las bragas de cuello alto, esas que llegan hasta el sobaco y que dan la impresión de que recogen todos los michelines, esas bragotas quilométricas de color carne (pero, ¿por qué no las harán de colores o con dibujitos para alegrarnos la vida?), que ocupan medio cajón y que dan vergüenza tender; esas que son los más antierótico que te puedes echar a la cara (no nos engañemos, van muy bien, son muy cómodas -esto no lo entenderán las que nacieron delgadas- pero destrempa a cualquier macho que se preste; que me lo digan a mí...). Tengo que confesar que yo no me he deshecho de ellas, les tengo demasiado cariño, han sido mis fieles compañeras y mis cómplices durante mucho tiempo y han aguantado estoicamente mis redondeces y mis carnes fofas sin quejarse y sin romperse. Son geniales. Tengo que confesar también que me he comprado alguna que otra tanga y alguna que otra braguita pequeña, fina y monísima pero, qué quieren que les diga, me siento incómoda, desnuda. Demasiados años: yo ya estoy hecha a las otras, a las de toda la vida.
En octavo lugar, quema aquellos “chalecos antibalas”, aquellos sostenes que parecen de hierro forjado, tan antiestéticos, tan de abuela de pueblo (con todos los respetos a las abuelas de pueblo a las que adoro y admiro), con tirantes y tiras de dos o tres dedos de ancho, con esas copas enormes, duras, rígidas, resistentes, como si estuvieran hechas de acero, que más que sujertarte las tetas, te comprimían medio cuerpo lleno de lorzas ocultando el tan deseado canalillo. Sí, tira esas “armaduras medievales” y regálate uno de esos sexys sujetadores de color fresa, con blonda, semitransparentes, con finos tirantes, tan bonitos que hasta te dan ganas de lucirlos por la calle. (pero, atención, cómpratelos buenos, de los que sujetan, porque ahora las carnes están un poco flácidas...)
En noveno lugar, ya puedes pasearte desnuda o en ropa interior por la casa (yo siempre lo he hecho, con bragas de cuello alto o sin ellas, la verdad. Me encanta. A mi chico, no tanto, porque, aparte de que es muy pudosoro, en casa no tenemos cortinas... Pero ya tengo excusa: entiéndelo, cari, no es que me encante pasear en pelotas por la casa, es que tengo que dejar que la crema se absorba...) y abalanzarte encima de tu hombre (o mujer) sin temor a chafarle y a dejarle sin respiración, sin repetir constantemente ¿¿¿Peso???
En décimo lugar, mírate y admírate, sin miedo, sin vergüenza. Eres tú, sigues siendo tú, quizás con los rasgos más estilizados o más angulosos, con menos tetas y menos curvas. Pero sigues siendo tú, con tu humor y con tus paranoias, intentando sacar punta a todo esto...

¿Y qué más puedes hacer con diez quilos menos?
Pues dar una clase magistral de dietética y nutrición. Tantas semanas yendo al médico nutricionista (porque, esto sí que es importante, no se te ocurra hacer dieta sin la supervisión de un profesional), tantas semanas escuchando lo que puedes o no puedes comer, las combinaciones peligrosas que hacías, las calorías que no pedía tu cuerpo -pero que tú se las dabas tan ricamente-, lo que está permitido o no; qué significa todo eso de las féculas, los carbohidratos; dónde están las vitaminas y las proteínas; que las grasas son necesarias pero que hay que controlarlas; que con los azúcares pasa lo mismo; que el alcohol es puro azúcar, etc., etc., etc., lo que estaba diciendo, tantas semanas recibiendo lecciones de cómo comer bien, sano y equilibrado, me he convertido en una auténtica experta en el tema.
También acabas deleitándote con la verdura, el embutido de pavo, el queso bajo en sal y en grasas. En serio, a mí me encanta. Y lo mejor de todo, cuando lo comes, tu conciencia está la mar de tranquila. Y eso no tiene precio porque disfrutas el doble.
Comprarte esos magníficos tacones por los que has estado suspirando durante tanto tiempo. Vamos, ve a la zapatería y pruébatelos sin miedo a que ya no aguanten tu envergadura. ¿Qué tal? A que te sientan bien, ¿verdad? Y qué bonitas piernas tienes. Y hasta pareces más delgada todavía. ¡¡Qué buen invento este de los taconazos!!
Y ahora, ve a la tienda y pruébate ese vestidito corto. Por fin te entra. Se acabó la tiranía de las tallas grandes, se acabó la ropa ancha, se acabaron los colores oscuros porque estilizan, se acabó el ir a tiendas “especiales” porque en las “normales” no hay más allá de la 40, se acabó el no querer ir de tiendas. ¡Se acabó! Mírate ¡y qué guapa estás! Eso sí que es una experiencia religiosa. Lo demás son tonterías.
Ahora ya puedes pedirle a tu hermana (la delgada, la mona, la tía buena, la que te generó tantos complejos durante tu adolescencia, a la que odiabas tanto porque, cuando conocíais a algún chico, ella siempre era la guapa y tú... la simpática. ¡¡¡Había que joderse!!!) aquella blusa tan bonita o aquel pantalón tan estupendo. (Tengo que reconocer que todavía no me caben pero todo se andará...)
Ahora ya puedes pedirle a tu madre que baje del altillo toda aquella ropa de cuando tenías 18 primaveras... ¡¡¡Pero qué ilusas somos, de verdad!!!
Ahora ya puedes subir las escaleras sin ahogarte, mejor dicho, ahogándote menos, porque ahora no pesarán los quilos pero siguen pensando los años...
Ahora ya puedes pasar frío de verdad, porque, como me dijo mi médico, "claro, si ya te has quitado la capa de grasa, es normal que ahora sientas más frío". Nunca me he sentido uan foca, ni con quilos ni con michelines ni con bigote, pero, al oír aquellas palabras, me sentí más foca, más morsa que nunca. Viva el tacto y la empatía, sí, señor.


¿Y qué no puedo hacer todavía?
Lo siento, lo reconozco -y esta noche me flagelaré buscando la eterna penitencia-, pero lo que todavía no he podido conseguir es dejar de pensar en unas buenas viandas. Sigo salibando ante un buen escaparate de embutidos o una barra repleta de montaditos; sigo deleitándome ante una cazuelita de morros fritos, sigo dándome algún que otro homenaje con las bravas de La Pubilla del Taulat, sigo suspirando por unos huevos fritos y unas buenas patatas fritas, sigo disfrutando como una loca con la mejor cena que me puede hacer mi chico: su tortilla de patatas -insuperable-, un buen jamoncito de bellota, pan con tomate y aceite y un buen Ribera del Duero...
Si dejara de hacer esto, entonces, seguro, ya no sería yo. Y eso sí que no lo puedo permitir, ¿no?

domingo, 25 de septiembre de 2011

GORDA

De buen ver, rellenita, “fuerte”, con barriguita, de buen año, macizorra, bien alimentada, con unos kilitos de más, rolliza… No señores, dejémonos de eufemismos. Gorda, ésa es la palabra exacta, aunque algunas de nosotras huyamos de ella, aunque nos produzca sarpullido solo oírla. Seamos valientes y afrontemos la realidad. Gorda. Gorda. Gorda. Al fin y al cabo, sólo se trata de un adjetivo, como guapa, fea, delgada, alta, baja. Sólo una palabra. Las connotaciones se las ponemos nosotros y, sobre todo, nosotras, auténticas arpías envidiosas, despiadadas y crueles con los miembros de nuestro propio sexo. Aunque, sinceramente, difícil lo tenemos cuando estamos constantemente bombardeadas con imágenes de sílfides comiendo una miserable barrita energética o una desangelada hoja de lechuga, sílfides luciendo biquini, saliendo de una idílica e inalcanzable piscina en medio de un paraíso sin igual, sílfides abrochándose sin problemas aquel pantalón que lucieron en la fiesta de los dieciocho años. Sílfides. Sólo vemos chicas monísimas, superdelgadas, esplendorosas, sin un gramo de más, sin una estría de más, sin una arruga de más que no hacen otra cosa que poner en evidencia nuestra ordinaria y mal aceptada humanidad. Y es esa imagen la que nos marca a nosotras a la hora de enfrentarnos con nuestros michelines y la que condiciona la percepción que tienen de nosotras. Varios ejemplos:
Yo, que siempre he tenido barriga –siempre digo que lo primero que salió del vientre de mi madre fueron esos rollitos de primavera que tanto me cuestan hacer desaparecer- y dos hermanas delgadas y estilosas –somos tan diferentes que, al comentario de lo poco que nos parecemos, siempre digo que soy adoptada- he sufrido en primera persona las consecuencias de esos antiestéticos michelines. Para disimular mis orondas formas, de jovencita, llevaba camisas anchas, jerséis amplios, pantalones holgados y faldas largas y, en verano, bañador entero de color negro –el color de la sofisticación, de la elegancia y, para qué nos vamos a engañar, el más socorrido por las de buen ver, por aquello de que estiliza las curvas-. Incluso, hubo una época en la que llevaba faja para disimular mi notorio perímetro. ¿¿¡¡Se imaginan??!! Las que yo llevaba no tienen nada que ver con las que utilizan las famosas, de tejidos suaves y formas delicadas. Me acuerdo que una vez, saliendo con un antiguo novio, el pobre se quedó de piedra cuando, en un arrebato de lujuria y pecado, se atrevió a tocarme el culo… y, en vez de encontrarse con unas nalgas blanditas y apetecibles, se topó con una superficie plana y acartonada, rígida como una muñeca de plástico –y no precisamente hinchable-. ¡Tierra, trágame! La verdad es que fue muy galante el muchacho porque no hizo ningún comentario a tan desagradable sensación pero la cara de “pero, ¿qué es eso que tienes en el culo?” habló por él…
Con el paso del tiempo y con mucho esfuerzo, ya entrada en la treintena, después de mil intentos para llevar a buen puerto infinitos regímenes o tablas de gimnasia, aunque no las he hecho desaparecer del todo, he conseguido suavizar mis redondeces a base de mucho caminar y, con buenas dosis de humor, de madurez y de autoestima; he aprendido a convivir en paz y armonía con mi maltrecho cuerpo y a sacar provecho de mi anatomía hasta el punto que ya me atrevo a lucir de todo: camisetas estrechas y escotadas, minifalda e, incluso, un biquini de color fresa que me vuelve loca. Lo que ocurre es que la moda, sinceramente, no acompaña a aquellas que tenemos algún kilo de más. Hace un año, cuando los pantalones de talle bajo estaban tan de moda –algunos tienen el talle tan bajo que yo los llamo púbicos porque, como no esté bien depilada, por encima del botón se te puede ver toda la pelambrera rizadita...- y te tenías que gastar un pastón para tener uno que fuera por la cintura, se me ocurrió ir a una de esas tiendas, de nombre italiano y precios asequibles, para adquirir un pantalón. Pruébese éste, es de su talla, me dijo la joven dependienta. ¿La cuarenta? ¿No tienen más tallas?, le espeté casi ofendida. Qué manía con hacer tallajes y patrones ridículos para maduritas en edad de lucir palmito... Dejándola con la palabra en la boca, me dirigí hacia los probadores dispuesta a embutirme en esos deliciosos pantalones. Aguantando la respiración, pude subirme la cremallera y abrocharme el pantalón. Salí del vestidor para mirarme en el espejo: rollitos de primavera por todas partes, michelines por doquier y la carne que rebosaba casi por las costuras que estaban a punto de estallar. ¿A ver?, dijo la chica haciéndose la experta y la interesada, te queda perfecto... Yo me miraba en el espejo e intentaba ver a través de los ojos de la dependienta. Pero nada, yo sólo veía un muñeco michelín en vaqueros. Es tu talla... Y, sin poder evitarlo, le dije casi gritando: Pero, bueno, ¿¡es que estás ciega o qué?!

Pero ahí no queda la cosa. Me acuerdo que estaba de vacaciones con mi familia en un pueblecito de Murcia. Casi cada día íbamos a la piscina municipal para pasar la mañana y, una de ellas, decido coger a mi sobrina con pocos meses para darle un bañito. Me meto en la piscina y empiezo a jugar con ella. Eso que viene una niña de unos diez años, entradita en carnes como se dice vulgarmente, y empieza a preguntarme cosas sobre el bebé, que cómo se llama, cuántos meses tiene, que si es mi hija. No, yo no tengo hijos. Y va la niña, mirando fijamente mi barriga que yo no creía tan prominente, ¿de cuántos meses estás? A lo que respondí con una cara de mala leche que le asustó: No, guapa, yo no estoy embarazada, yo sólo estoy gorda.
Esto puede parecer una simple tontería, una anécdota para contar en una cena de amigos, con un par de copas entre pecho y espalda pero empieza a ser preocupante cuando sucede más de una vez: en el autobús, cuando un señor –último conato de elegancia y educación- te cede el asiento alegando tu supuesto estado de buena esperanza –mi hermana se partía entera y no sabía dónde meterse con la ocurrencia del caballero- o con las amigas de mis sobrinas pequeñas, cuando me acarician mi barriga y me preguntan –santa y jodida inocencia- si voy a tener un bebé. Claro que, para salir de la incómoda y violenta situación, ya están mis sobrinas que, sin problema alguno, exclaman: No, tonta, lo que pasa es que mi tita tiene una barriga muy gorda...

Nota: Harta ya de que me confundieran por algo que, de momento, no estaba dispuesta a ser (léase, una mujer embarazada) y de que mi gordura fuera motivo de comentarios improcedentes, decidí dejarme aconsejar por expertos en la materia. Visité dos. El primero, un endocrino de la seguridad social, después de medirme y pesarme con extraños aparatos, se quedó unos segundos en silencio mirándome de arriba abajo -yo estaba en bragas de cuello alto y sujetador tipo coraza medieval, con eso lo digo todo- y, al cabo de un rato, me espetó: Señorita, usted jamás estará delgada. Me quedé hecha polvo. Sin embargo, no sé si fruto de la compasión o del morbo, continuó diciendo guiñándome un ojo y pellizcándome el muslo: Pero también le digo que está usted compensada, equilibrada, sus carnes taán prietas... Vamos, que está usted de muy buen ver...
En otra visita, una de esas franquicias que tanto anuncian en las revistas y que te prometen adelgazar equis quilos en equis tiempo dejando de comer equis sabrosos productos, después de responder a unas cuantas preguntas, que si bebo mucho alcohol -lo justo y necesario, sobre todo los fines de semana-, que si picoteo a menudo -sólo cuando me entra el gusanillo-, que si me gusta poner mucha sal en los platos -me encanta todo lo salado-, que si soy disciplinada con las comidas -para nada, soy una dejada-, que si fumo -esto es lo único que hago correctamente; no, no fumo nada-, después de medirme -Dios, ¡¿tan poco mido?!- y pesarme con una curiosa báscula donde se ve lo que te sobra de grasa y lo que te sobra de agua –Dios, ¡¿tanto peso?! Hay que hacer algo YA-, la dietista me dijo que yo tenía un serio problema de retención de líquidos y que, en cuanto lo solucionara, desaparecería gran parte de mi voluminosidad.
¡Claro! ¿Cómo no lo había pensado antes? Retención de líquidos. No es que yo coma por dos, no es que yo me hinche de patatas fritas, no es me encante mojar pan en las salsas. Para nada. Lo mío era otra cosa. Ahora lo entendía todo. ¿Gorda yo? Perdona, bonita, yo no estoy gorda, yo SÓLO retengo líquidos...