Mostrando entradas con la etiqueta soltera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta soltera. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de febrero de 2012

EN EL ROMPEOLAS

Ahora que ya empieza a hacer buen tiempo, me estoy planteando hacer un poco de ejercicio al aire libre. No sé, algo suave, paseítos por la playa o algo así. Hace ya varios años, mi hermana me enseñó una ruta para ir en bicicleta, una ruta que iba desde casa –la de mis padres- hasta el antiguo Rompeolas, pasando por el Puerto Olímpico y la Barceloneta. El gran espigón culminaba en el Porta Coelum -¿se acuerdan?-, uno de los restaurantes más conocidos y emblemáticos de la Ciudad Condal, sede también de la BBC –bautizos, bodas y comuniones-. Y, de ahí, toca pared y a desandar lo andado, de vuelta a casa, con la lengua fuera. Un paseo ideal donde los haya. Lástima que a mí no me gustara ir en bici. A decir verdad, nunca me ha gustado castigar mi cuerpo haciendo deporte. Y con el ciclismo, muchísimo menos. Es que nunca le he encontrado la gracia en eso de irme clavando el minúsculo sillín en mis nalgas a la vez que se me van descolocando las bragas. Lo he probado pero, definitivamente, no es lo mío. Pero, sí que podía hacer ese mismo recorrido a pie, ¿no? Así, mataría dos pájaros de un tiro: haría deporte y, a la vez, me iría poniendo morenita.
Calzado deportivo, calcetines cortos de algodón, shorts más cortos todavía –valga la redundancia-, parte de arriba del bikini, minicamiseta, gorra y gafas de sol. ¡Ah! Los walkman (insisto, de esto hace ya varios, muchos años) para no aburrirme en ese nuevo intento de parecer, en unas pocas semanas, una sirena morenaza en vez de la foca chorreante de todos los años. Lunes, diez de la mañana de un caluroso día de julio, los 40 principales en mis oídos, unas monedas, el DNI, por si acaso, unos pañuelos de papel y las llaves, todo repartido entre los dos bolsillos. Pies, para qué os quiero.
A paso ligero, como si fuera una experta ya en la materia, voy cruzando las calles mientras me encuentro de todo, mujeres y hombres con carrito; unos, el de la compra; otros, el de correos; alterados conductores que no saben por dónde meterse para seguir avanzando; peatones varios cruzando en rojo y unos rezagados afterianos que intentan arañar los últimos momentos de una juerga inolvidable, antes de volver a casa... Noto que mi presencia no pasa desapercibida, miradas de arriba abajo y comentarios que se mezclan con el ruido ensordecedor de la calle. Al llegar a las torres del Puerto Olímpico, un sol achicharrante, que ha ido espiando todos mis movimientos a lo largo de lo que llevo de periplo, y un mar en calma me dan la bienvenida a su reino. Y, allí, en un gesto de deferencia hacia ellos, y sin disminuir un ápice el ritmo, descubro mi voluptuosa anatomía de caderas para arriba y me pongo la camiseta a modo de cinturón. Paralela a la playa, voy avanzando por el paseo de la Barceloneta: los primeros bañistas, negros como el tizón, juegan al ajedrez o a la petanca lejos de la orilla; unos cuantos jóvenes vomitando a la salida de una de las discotecas más in de la ciudad; algún turista que duerme la mona a la sombra de las escasas palmeras aliadas contra un sol ya a pleno rendimiento; paseantes haciendo tiempo para ir a comer a alguno de los restaurantes que se han puesto, últimamente, tan de moda en el Puerto Olímpico; obligados visitantes del Hospital del Mar, apurando el consabido cigarrillo apoyados en la barandilla; algún extranjero perdido y, ¡atención!, unas siluetas que se mueven en la lejanía. No estoy sola en el arduo y vano intento de recuperar mi línea –pero, qué digo, ilusa de mí, ¿acaso tuve línea alguna vez?-. Aparecen en el horizonte borrosas figuras que se van acercando hacia mí, un ciclista solitario, una pandilla de patinadores on-line, y algunos “footineros” que me miran entre cortinas de sudor como si lo suyo fuera mejor, me refiero a su especialidad deportiva, ¿eh? No. Yo no corro, señores. Yo sólo camino a paso ligero.
Ya, en el Rompeolas, Porta Coelum se me antoja un delicioso espejismo, la meta con una estupenda recompensa, un botellín de agua. El paisaje, no obstante, es espectacular: sólo mar, mar abierto, mar azul -¿esto no les suena a la letra de una canción?-. Avanzando por mi derecha, un coche pasa por mi izquierda, qué meneo, niña. En fin, hay gente que no da pa más El hit parade del momento no ha impedido que oyera esas “simpáticas” palabras. Ni caso. Tú sigue, que todavía queda mucho camino por delante. A pocos metros de mí, veo un pelotón de ciclistas, deben ser de un club o de una peña porque todos parecen llevar el mismo maillot. Sí. En efecto. Todos son de una peña, la peña del reuma. La mirada del que va a la cabeza se cae en mi escote; uno, ay, lo que te comería; otro, eso sí que es carne; el tercero, si fuera sudor. ¿Sigo? Mis oídos no dan crédito, ¿qué ha sido del respeto y de la educación? Lo peor de todo, y lo que más me molesta, es que, encima, se creen que te están piropeando y que les tienes que agradecer el requiebro con una sonrisa. Más que un halago, señores, es un auténtico insulto. Sigo adelante, con la cabeza bien alta, como si conmigo no fuera la cosa. Llego a Porta Coelum. Un botellín de agua que voy bebiendo envuelta de masculinas miradas lujuriosas y femeninos murmullos envenenados. Todos de domingo, muy bien arregladitos, eso sí.
De vuelta, la caminata a paso ligero se convierte en una carrera de obstáculos: algunos coches permanecen aparcados al lado de los pilones impidiendo, así, que yo pueda mantener mi ritmo y mi paso, propios de una atleta consumada: unos, con hombre leyendo el periódico mientras la parienta, echada en una hamaca de playa, está tomando el sol con bañador de cazoletas y gorra de cartón; otros, con el capó abierto y la caña de pescar entre las rocas; y unos cuantos, con jóvenes parejas que apuran sus últimos momentos de amor; ella, poniéndose bien la blusa; él, fumando el consabido cigarrillo “post” mientras mira el techo de su flamante “buga”. Pero no es sólo eso. Además, condones usados, sospechosos pañuelos de papel, latas de bebidas y envases de cartón de hamburguesas y patatas fritas, colillas estratégicamente cortadas... Qué asco. A mí me parece muy bien que el rompeolas sea un santuario del amor –vamos, el picadero oficial de la ciudad-, el lugar ideal (será por el paisaje, porque si es por la comodidad...) para dar rienda suelta a los instintos, pero lo que no me parece tan bien es que dejen los restos y rastros de tanta supuesta pasión para que deportistas natas como yo, con una mente inquieta y cotilla como la mía, vayan sorteándolos y montándose películas con ellos. Los grandes afortunados son los gatos, esos animalillos que van apareciendo al paso, que sobreviven de esas sobras y de un mejunje de aspecto asqueroso que le pone cada semana una misteriosa mujer.
Sigo con mi paseo, mirando la azul y misteriosa inmensidad del mar: petroleros en la lejanía, manchas de aceite y desperdicios en la cercanía. Pescadores de caña, submarinistas de escopeta o, sencillamente, papás que, con un cuchillo y mucha paciencia, enseñan a sus hijos a coger mejillones y lapas de las rocas. No se lo creerán pero, cierta mañana, vi un hombre que se “pajilleaba” entre las rocas mientras miraba las hojas de una revista porno abandonada. Realmente, bucólico. ¡Joder, qué asco! Casualmente, me encuentro con los mismos ciclistas y corredores que había visto y oído a la ida. Deseando pasar desapercibida, giro la cabeza hacia el mar, qué cuerpazo, cómo me estás poniendo y varias lindezas más. Vamos a ver. Lo reconozco, soy una chica joven y mona (qué modesta soy, ¿verdad?) que, para más inri, camina con un pantalón corto y la parte de arriba del bikini. Hasta ahí, correcto. Pero, ¿cuántas veces hemos visto a corredores y ciclistas haciendo deporte con un diminuto y “marcante” pantaloncito y sin camiseta? Montones, ¿no? Y, ¿cuántas veces se nos ha ocurrido volver la cabeza a su paso y gritarles descaradamente ¡vaya culito!, ¡quién pillara ese paquete! o ¡con ese cuerpo, yo sí que te haría un favor!? Les puedo asegurar que a mí, ninguna. Yo los veo correr semidesnudos, sudorosos, musculosos, atletas perdidos, y nunca se me ha pasado por la cabeza decir ni hacer nada (lo que piense es asunto mío). ¿Por qué ellos sí hacen y dicen tantas tonterías y, encima, creen que quedan como unos auténticos caballeros? Supongo que éste es otro de los misterios de la vida que nunca se resolverán...
Más allá del mediodía, a mitad de camino, ya, en el pez dorado, un delicioso aroma a fritanga me está martirizando. El olor y las vistas son estupendos, paella, parrillada de marisco, arroz negro y los camareros, todos orientales, vestidos con grandes delantales blancos, me invitan a dejarlo todo y entregarme a uno de los placeres más mundanos. Resisto y sigo. Ánimo que ya falta poco. Llego a casa. Prueba superada. El sudor se ha instalado en mi cuerpo; mi cara, brillante y roja como un tomate, parece que va a estallar; ya me he enterado de quién está en el número uno de los 40 principales. No puedo más. Me quito los calcetines que se van solos hacia la lavadora; el pantalón corto se queda de pie y mi piel está llena de marcas provocadas por los rayos de un sol que no me ha abandonado ni un momento de mi fatigoso periplo: en la cara, la marca de las gafas como la de los esquiadores de Baqueira, la raya del bikini, la del pantalón y la de los calcetines. Vamos, todo un poema hecho de tatuajes solares. En el baño, antes de ducharme, la báscula me hace un guiño. Resisto la tentación. Total, sólo llevo un día de caminata. Poso el dedo gordo del pie sobre la plataforma y la aguja se dispara. No voy a insistir, no soy tan masoca.
Lo dicho, ahora que se acerca el buen tiempo (y con estos recuerdos), no sé qué narices voy a hacer.

domingo, 16 de octubre de 2011

ME VOY DE BODA

Un sábado cualquiera de setiembre de un año cualquiera, boda a la vista: se casa un primo mío –llamémosle Juan-, el de Madrid, el juerguista, el crápula, el follonero. ¿La afortunada? La novia de toda la vida, la paciente (por esperar tantos años), la resignada (por aguantar los escarceos del novio con otras chicas), pero novia y futura esposa, que eso es lo que cuenta, al fin y al cabo. Fina, elegante, quisquillosa y con unas ganas locas de pasar por la vicaría. Para ambas familias, es la boda del año: ceremonia en un barrio pijo de la capital y banquete en una finca señorial, a las afueras de Madrid, últimamente el lugar más chic&cool para celebrar cualquier enlace.
Meses antes –no digo cuántos para que no me llamen paranoica-, en Barcelona, ya empezamos a planificar el evento: que si traje –¿largo?, no dice nada la invitación, ¿habrá que ir con mantilla?-; que si regalo –como hay confianza y la lista es en el Corte Inglés, cosa que odio, decido aumentar la cuenta corriente de la pareja-; que si alojamiento –¿habrá sitio suficiente para toda la familia, todos los tíos, los otros primos, mis padres, mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinas y yo, o me tendré que buscar un hotelito barato para mí sola?-. ¿No lo he dicho todavía? Voy a ir sin acompañante masculino.
Llamada desde Madrid algunas semanas antes del gran evento, la madre del novio, o sea, mi tía: hola guapa, ¿cómo te va la vida?. Oye, con respecto a la boda, ya me han dicho que tú no traes a nadie, ¿no? Bien hecho, hija, menos líos. Entonces, podrás dormir en cualquier sitio... (primer lanzamiento). Y se queda tan ancha, la tía –es que, en verdad, es mi tía-. Dormir en cualquier sitio. ¿Qué debe significar eso?, ¿que me tengo que buscar la vida por Madrid?, ¿que, por no ir con un señor a juego con mi bolso, me debo conformar con un colchón en cualquier rincón de la casa?, ¿que me van a reservar la habitación del fondo, la de los niños pequeños (algo muy común, no se sabe por qué, que la tita soltera duerma siempre con los sobrinos)? ¿Acaso no se han parado a pensar que precisamente por eso, por el hecho de ser soltera y sin compromiso, me puede salir algún plan, que me pueden proponer una noche de sexo desenfrenado o puedo encontrar al hombre de mi vida y, por eso, no puedo dormir en cualquier sitio, rodeada de niños pequeños, que necesito la mejor habitación de la casa, con baño incorporado, si es posible? Decididamente, la gente no piensa. Al final, me reservan una alcoba en la buhardilla, llena de trastos viejos y una cama de hace mil años. No, si ya lo sabía yo...
Ya, en la capital del imperio, en casa de mi primo, dos horas antes de la ceremonia, toda la parentela, elegantísima, nos vamos haciendo las fotos de rigor. Además, algunos amigos del novio también van llegando. Una de mis tías, entre encajes y perlas, hace un segundo lanzamiento: Oye, tú no tienes novia, ¿verdad? Negativa del pobre muchacho, entre atribulado y avergonzado. Me lo veo venir: Qué bien, ésta –leve movimiento de su cabeza llena de bucles señalándome a mí; no hay tierra suficiente para tragarme- también está libre. Comentario hecho con todo el cariño del mundo, no se vayan a pensar, ¿eh? Pero, joder con la manía y la obsesión que tienen los parientes de buscar pareja a los que no la tienen...
La iglesia, preciosa; la ceremonia, emotiva; la novia, elegantísima; los invitados, afables y el aperitivo, insuperable... Alrededores de la finca, a 30 kilómetros de Madrid. 20.30 h. Un derroche de pedrería, lentejuelas, tacones de aguja, gasas, sedas y brocados contrasta con el negro sempiterno de los chaqués. Entre flashes y canapés, intento caminar de puntillas para que mis tacones no se claven en el maldito césped del jardín y, entre eso, el chal que no sé cómo ponérmelo, el canapé, la copa de cava, el bolsito de marras y los niños revoletando entre mis piernas, debo parecer a Chiquito de la Calzada... Haciendo equilibrios, me voy encontrando con algún que otro conocido de otras bodas, primos carnales, parientes lejanos y gente nueva que me presenta la alcahueta de mi tía. Intercambio de nombres, ocupaciones, relación con los novios, hasta que llega el típico y tópico comentario sin gracia: te he visto muy sola en la iglesia... (tercer lanzamiento) ¿Sola?, ¿con mis padres, mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinas, mis tíos, mis primos...? ¿Están ciegos o qué? ¡¡¡Ah!!! Se refieren a que voy sin acompañante masculino. Ahora lo entiendo. Y ante mi muda sonrisa de "qué coñazo de gente", respuestas varias (elijan la que más rabia les dé):
1) Haces bien, los hombres sólo traen problemas,
2) Tú sí que te lo has montado bien: sin obligaciones, sin problemas, sin agobios...,
3) Pues a ver si te espabilas que ya se te está pasando el arroz...,
4) Pobre, con lo mona que eres... No te preocupes, ya te llegará.
Y el mejor, éste no tiene desperdicio (a partir de aquí, dejé de contar los lanzamientos):
5) Y, ¿cómo llevas lo del sexo?
¡¿Cómo?! ¡¿He oído bien?! ¿Sexo? ¿Y qué hay de mi trabajo, de mi salud, d emi casa? Y lo que es peor, ¿ni un maldito comentario sobre mi modelito de pedrería y crepê de seda que me ha costado un pastón? Estoy empezando a preocuparme. ¿Qué pasa, que por no llevar un señor colgado del brazo una ya se convierte –mejor dicho, la convierten- en un ser invisible y sin vida propia, como la que podría tener cualquier hijo de vecino emparejado?, ¿que, por no presentar oficialmente a un hombre como pareja o novio, no se puede tener una vida sexual activa o una relación estable? Y, además, ¿por qué tanto interés por mi vida privada?. ¿Acaso voy preguntando a los casados qué, qué tal te va con la parienta, cuánto hace que no lo hacéis, te lo hace bien...?
En la mesa, la cosa va “in crescendo”: rodeada de primos supuestamente felices en sus matrimonios, soy el blanco de todo tipo de observaciones monotemáticas. Mi prima, la hermana del novio, hemos estado a punto de ponerte en la mesa de los amigos de Juan, todos chicos y todos solteros pero siempre van super-salidos. Sonrío diplomáticamente. A mí han debido verme cara de ninfómana desesperada porque, si no, no logro entenderlo. La mujer de mi otro primo, y, ¿cómo llevas lo de no tener novio? Me muerdo la lengua. Insisto, hay gente un tanto limitada intelectualmente. Venga, volvamos a explicarlo, no tener novio no significa no tener otras relaciones amistosas, sexuales, amorosas. El primo de mi primo, seguro que vas de fiesta en fiesta y que tu casa es un auténtico centro de diversión, lujuria y perversión. Cuento hasta cien. No, me parece que no se ha entendido. Ahora, nos hemos ido al otro extremo. Ni tanto ni tan calvo. Otro más, deberías salir un poco más, se te ve amuermada. Esto ya es el colmo. Y otro, no, seguro que tiene a alguien por ahí escondido... Vale, ya no puedo más, todo lo que queráis, pero de todos los que estamos en esta mesa, seguro que la que más folla soy yo.
Silencio, miradas de reojo, codazos delatores, bocas abiertas, gestos de resignación y alguno, entre sorprendido y avergonzado –como si se hubiera destapado la caja de truenos- asintiendo disimuladamente con la cabeza.
Vals iniciático, barra libre, Beyoncé amenizando la velada y, hacia las 4 de la mañana, entre pinchos de tortilla y un madrugador chocolate con churros, por supuesto, el último comentario –ya lo estaba echando de menos-, quiero creer fruto del nivel de alcohol en la sangre y el dolor de pies, por parte de la madre del novio, tú sí que has sabido ser inteligente... -por fin alguien reconocía mi valía, dos carreras universitarias, una profesión que me encanta, el reconocimiento de mis colegas, algún cargo de responsabilidad, mi primer (espero que no el último) poemario, algún artículo publicado, una independencia consecuente, un equilibrio personal, muchos proyectos de futuro, buenos amigos, un piso de propiedad mantenido sin ayuda de nadie, la verdad es que sí, ¿por qué voy a negarlo?, no me puedo negar: soy inteligente- ...no tener marido es lo más inteligente que has hecho en tu vida.