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domingo, 6 de octubre de 2013

LLAMADME PENÉLOPE



Llamadme Penélope, sí, como la mujer de Ulises, aquella que en La Odisea, de Homero, para sobrellevar mejor la ausencia de su marido y para ahuyentar la presencia de posibles pretendientes, se dedicaba a tejer y a destejer infinitos lienzos… Llamadme Penélope, sí. Os explicaré por qué.
Hace poco leí en una publicación que el participio pasado del verbo 'tejer' en latín (texere) es textu, 'tejido'. ¡Qué maravillosa sorpresa! Y que, de ahí, de ese participio pasado, con el paso del tiempo (¡qué gran aliado!), mediante asociaciones metafóricas, ese vocablo sirvió para designar lo que estaba escrito, el texto, y que “no era otra cosa que el tejido de las letras y de las palabras”. No podía ser más perfecta esta ligazón ni más elocuente ni más representativa. Tejidos para hablar de escritos, de textos. Tejer como sinónimo de escribir. Sencillamente, precioso. Y, mientras escribo estas palabras en mi blog, mi particular telar, como cada semana, me emociono imaginándome como una deliciosa, abnegada y detallista tejedora y me acuerdo de aquellas mujeres del sur de Marruecos que tejían, y siguen tejiendo, sus alfombras y “escribían” allí, en silencio, en esos rudos lienzos, coloridas formas para transmitir sus vidas: sus historias, sus ilusiones, sus penas… O de aquellas mujeres de ancestrales pueblos hispánicos que siguen bordando los mantos a las vírgenes o los mantones de celebración con delicados hilos de oro y plata para declarar su fe y para dejar fijados el folclore y las fiestas… O de aquellas otras mujeres que, incansablemente, dejándose la vista y la espalda, como auténticas orfebres, se esfuerzan por mantener viva la tradición en forma de ajuares “escritos” con puntadas de seda y pasamanería. Y de tantas otras que, con aguja, hilo y dedal, tejen y tejen en cualquier rincón del mundo para dejar constancia de su paso por este mundo. Con esmero, delicadeza, constancia, atención.
Porque, ¿qué es, sino, un texto? Pues eso, una muestra más de nuestro paso por este mundo. Una evidencia, un rastro, una prueba de que alguien estuvo aquí. Un tejido perfectamente tramado con la urdimbre en el telar.
Obviando por un momento el significado maquiavélico y perverso que han adquirido estos términos (urdir, tramar): maquinar; disponer, preparar con astucia y cautela un engaño o una traición contra alguien o para la consecución de algún designio, me quedo con la primigenia acepción, la más bella y “romántica”: disponer los hilos en el telar para formar un lienzo. Porque de eso se trata cuando escribimos: de disponer, de preparar las palabras (los hilos) en el papel (el telar) para formar un texto (un lienzo, una tela, un tejido en el sentido más etimológico de la palabra). Insisto, no puede ser más perfecta ni más elocuente ni más visual esta ancestral ligazón. Maravillosa.
Pero no es tarea fácil; hay que conocer muy bien esos hilos para saber cuáles van mejor para confeccionar cualquier tipo de tela. No todos van bien y hay que seleccionar con cuidado y esmero. Seda, lana, lino, poliéster... no son iguales y no dan los mismos resultados. Tampoco dan los mismos resultados todas las puntadas: no es lo mismo el punto de cruz, el punto de colmena, el bordado... De la misma manera ocurre con el cañamazo sobre el que se teje. Hay que planificar bien qué se quiere hacer y para quién o para qué. Y es quizás en esa acción, pensar bien y seleccionar primorosamente los hilos, los colores, el telar, el tipo de puntada, el diseño, el cañamazo, donde se encuentra el secreto y la belleza de un tejido. 
Pues lo mismo ocurre con la escritura. Antes de coger un papel y un bolígrafo (o antes de abrir el Word en el ordenador), hay que pensar bien qué se quiere escribir, cómo se quiere escribir, a quién se quiere escribir, con qué objetivo, etc. Hay que seleccionar bien las palabras, los conectores, los signos de puntuación, para que, al final, el texto quede bien tramado y quede perfecto.
Y no es fácil. Parece que escribir, escribir bien, no es complicado, que todo el mundo puede hacerlo y hacerlo bien. Pero hay que ser primoroso y exigente con la ortografía (¡menudo hueso acabo de tocar!), con la sintaxis (¡otro hueso!) y con la redacción, con la coherencia y con la cohesión (¡el hueso más duro!). Pero lo más importante no es eso; lo realmente importante es la voluntad, ese deseo de hacerlo bien, de no conformarse con cualquier cosa aunque con esa cualquier cosa ya nos entiendan. No, no es fácil si se quiere hacer bien.
Y aquí me tienen, tejiendo, como Penélope, la de Ulises. Aquí me tienen buscando hilos de oro y plata, hilos de seda y de lana fina, lana selecta, hilos de colores para tejer. Aquí me tienen, puntada tras puntada, haciendo filigranas con los hilos, buscando la orfebrería pura. Pero yo no soy Penélope, yo no tejo para paliar la espera o la ausencia, yo no tejo para rechazar a nadie. Yo tejo para vivir, para decir que estoy viva y para dar a mi vida placer y alegría. Yo tejo para dar sentido a mi vida, yo escribo para seguir viviendo.

jueves, 7 de marzo de 2013

SER MUJER ES...

Madre, esposa, hermana, abuela, amiga, hija, compañera, pareja, maestra, nieta...
Ante todo, personas; en esencia, mujeres.

MUJER, dona, 女人, femme, woman, امرأة, frau, donna.

Desde siempre, hemos asociado a la figura femenina los valores del sacrificio, la abnegación, la renuncia, el sufrimiento, la resignación, y, también, la hemos relacionado con la maternidad, el cariño, la familia, la comprensión, la empatía y la educación, valores que que se han supuesto innatos e inherentes en el hecho de ser mujer.
Sin embargo, los tiempos están cambiando vertiginosamente -ahora, las razones no importan mucho: crisis, nuevas tecnologías, cambio climático, mundo laboral, alimentación, etc.- y parece que los roles, también,
Por eso, es necesario pararse un momento y pensar: Además todo lo que se ha dicho antes, ¿qué más implica ser, hoy, mujer? ¿Qué significa realmente?
Paseando por la calle y observando de cerca los rostros femeninos (rostros llenos de historia y de historias, rostros que hablan del pasado, viven el presente y trabajan el futuro), quizás encontremos la respuesta.
Ser mujer significa ser luchadora porque, ante las injusticias y contra las penurias, las manos y las voces femeninas gritan (algunos lo llaman histeria), denuncian y, ahora más que nunca, se levantan.
Ser mujer significa ser creadora, no solo para dar a luz a los hijos sino también para iluminar los momentos más oscuros y los senderos más difíciles.
Ser mujer significa ser creativa para inventar nuevas formas de pensar, de hacer, de trabajar y de ir por la vida.
Ser mujer significa ser optimista porque es el único camino para no dejarse llevar por la derrota y los malos augurios.
Ser mujer significa ser perseverante (algunos lo llaman obsesión) y no desfallecer nunca en el eterno intento de que las cosas vayan mejor.
Ser mujer es ser valiente para enfrentarse a todo aquello que obstaculiza la búsqueda de la felicidad y de la tranquilidad, para asumir las sorpresas que depara la vida, para romper los moldes.
Ser mujer es ser sabia porque, más allá de la formación que haya podido recibir, una mujer es una auténtica aprendiz de la vida y de la propia experiencia y de sus propios errores, y eso la hace sabia.
Ser mujer significa ser amante: amar de verdad, amar con todas las fuerzas, amar sin condiciones, amar y valorar la familia, los amigos, pero también los pequeños detalles, los buenos momentos, los sueños de futuro, el café a media tarde, un paseo por el barrio.
Ser mujer, hoy, significa...

Ser mujer significa creer que precisamente eso, haber nacido mujer, es lo mejor que nos ha podido pasar en la vida.



sábado, 23 de febrero de 2013

EL AMANTE

(Dicen que es)
Frágil,
misteriosa
y sensual
como una mujer.

(Pero yo creo que tiene)
Esencia masculina,
poderosa,
arrogante,
fuerte,
orgullosa.

Se presenta ante mí
como un amante.

Me va envolviendo poco a poco
como sus ancestrales alfombras
bordadas de historias y secretos.


Me va seduciendo
con los aromas,
los colores,
los sabores...

Me va embaucando
y va desnudando mi alma.
Se me ofrece,
generoso,
paciente,
seguro de su encanto.

Y yo me dejo llevar...

Cada rincón
–desde la Gruta de Hércules en Tánger
hasta las Murallas de Tiznit,
desde el puerto de Essaouira
hasta el albergue de Alí el Cojo en Erg Chebbi-,
es una caricia nueva.



Cada instante con sus gentes
es una mirada nueva.

Y cada vivencia,
un beso:
cada rosa de El-Kelaa M’Gouna,
un sorbo de sha’i bi nana,
cada paseo azul por Chefchauen,
cada zumo de naranja en la Jama’ el-Fna’,
una gota de aceite de argán,
un baile en el desierto de Merzouga,
cada Aid al-Kabir,
cada palabra que aprendo
es un beso.

Un nuevo beso.

Durante el día,
a plena luz del sol,
es abierto,
sonoro,
alegre;
en la oscuridad,
al caer la noche,
ese beso es
callado,
húmedo
y profundo.
Y me dejo llevar...

Cierro los ojos y oigo
las voces de mi amante:
el rumor de las olas
desde las murallas blancas de Assilah;
el murmullo laberíntico del zoco de Fez;
la llamada del almuédano
en el silencio de cualquier kasbah;
la música de los cafetines
en cualquier callejón;
las risas femeninas
que proceden de las azoteas
salpicadas de la gran luna llena parabólica,
las bromas y las triquiñuelas de los niños
de manos ágiles y miradas negras.

Vuelvo a mi amante esencial,
puro,
genuino
y recorro sus perfiles
con los cinco sentidos
para no olvidar ningún detalle,
para poder aprenderlo de memoria
y evocarlo
y soñarlo
en la distancia.

Y mi amante sigue hablándome
y seduciéndome sin compasión,
convencido de su poder,
seguro de su fuerza,
sabiendo que nunca podrá ser mío completamente,
sabiendo que hace tiempo yo soy suya
porque,
nada más besar su playa,
hace ya más de diez años,
se apoderó de mi alma...

Foto de Pedro Click  http://pedroclick.blogspot.com.es/


viernes, 8 de febrero de 2013

LA CALIDAD EDUCATIVA. ADOLESCENTE, ¿VÍCTIMA O VERDUGO DE ESTA SOCIEDAD?


De un tiempo a esta parte, quizás debido a los cambios producidos últimamente por la crisis económica (paro, desahucios, recortes salariales, impuestos, recorte en las inversiones, etc.), crisis política (pérdida de horizontes claros y descrédito por parte de nuestros dirigentes vs. desafección y desconfianza por parte de la ciudadanía ), crisis moral (corrupción, hipocresía, ambición, mentiras, etc.); quizás debido al ¿nuevo? papel de los medios de información y comunicación -léase, idiotizar, adocenar, manipular, más que informar y entretener-, quizás a las nuevas maneras de ocio que existen actualmente o quizás, insisto, al ir y venir de las leyes de educación que, al paso que vamos, va a acabar con nuestra paciencia y nuestra confianza en el sistema fin, la realidad de nuestros niños y adolescentes ha ido cambiado, en estos últimos años, especialmente en estos últimos meses, inexorable y considerablemente. Pero esta metamorfosis paulatina no ha sido exclusiva de la figura del joven –sus prioridades, sus pensamientos, sus hobbies- sino también de los grandes conceptos que han acompañado desde siempre al ser humano: sociedad, familia, educación, trabajo, comunicación, religión... Y, como muy bien dijo un día alguien que sabe de modificaciones y “cataclismos”, cualquier cambio supone crisis y cualquier crisis exige un cambio, entendidos estos dos términos como readaptación y/o reestructuración. Y una crisis o un cambio, según cómo sean gestionados y canalizados pueden desembocar en oportunidad y mejora o, contrariamente, en estancamiento y fracaso.
En estas coordenadas actuales, en pleno siglo XXI, se encuentra el ADOLESCENTE y de todos es sabido que, por su naturaleza y sus circunstancias, se ve poderosamente influenciado por tres elementos claramente diferenciados y en constante evolución: FAMILIA, ESCUELA y ENTORNO (o lo que se conoce de una manera más difusa y vaga con el nombre de SOCIEDAD) y no precisamente en este orden de importancia. Paradójicamente, estos tres ámbitos constituyen, en mayor o menor medida, causa activa de las reacciones y de los cambios propios de la época adolescente pero también “sufridores” pasivos de su comportamiento. 
En primer lugar, quizás porque es donde el joven pasa la mayor parte del día durante nueve meses, se encuentra la escuela, único lugar y entorno en el cual –parece ser- se deben inculcar y desarrollar los valores que hagan de esta “personita” un hombre o una mujer de provecho, de futuro y con futuro, así como garante exclusivo de su formación integral. Pero, ¿qué está ocurriendo allí? 
Para responder esta pregunta, habría que empezar por los cimientos: la ley o las leyes. Ciertamente, no es la única responsable de esta situación que se está viviendo de un tiempo a esta parte, pero sí se puede afirmar que ha influido notablemente en el desarrollo de los “acontecimientos” para llegar a este punto ¿sin retorno? ¿Qué se puede esperar de un sistema educativo que está deviniendo constante moneda de cambio en los programas electorales de partidos políticos cuya permanencia en la Moncloa es su máxima aspiración? ¿Cómo es posible que, teniendo en cuenta que los principales “sufridores” de este sistema han de forjar el futuro de nuestro país, todavía nadie se haya percatado de la importancia y del beneficio que supondría la existencia de unas leyes consensuadas y pensadas siempre en aras del crecimiento y del desarrollo intelectual, emocional y físico del niño y del adolescente; unas leyes trabajadas desde el mismo terreno de juego –si se me permite el argot futbolístico- por hombres y mujeres que conocen de primera mano la realidad de las aulas, de los pasillos, de los lugares de recreo y, también, de la calle? ¿Cómo es posible que nos hagan “comulgar” con (y aplicar) unas leyes utópicas, con unos recursos materiales y humanos –en definitiva, con unos recursos económicos, porque, no nos vamos a engañar, parece ser que todo se reduce a eso, a una simple cuestión pecuniaria- inasumibles (por ser escasos para llevar a cabo la práctica docente con un mínimo de profesionalidad y eficacia) o inalcanzables (por ser desmesurados y, por consiguiente, irreales); una leyes dictadas desde unos despachos por hombres y mujeres que dejaron el colegio hace mucho tiempo, sin contar con la opinión, el criterio y la experiencia de maestros y profesores, psicopedagogos y padres, sin escuchar -aunque para algunos parezca una osadía- la voz de los alumnos? ¿Cómo se puede entender que nuestros dirigentes todavía no han caído en la cuenta de que, para que la EDUCACIÓN vuelva a ser un pilar fundamental en nuestra sociedad y obtenga los resultados que se esperan, tiene que estar valorada y dignificada y que eso sólo se podrá conseguir con una política educacional estable, que vaya más allá de los colores y las ideologías, que tenga como principal objetivo la formación integral del niño y del adolescente y no el desprestigio y la humillación del partido de la oposición y aspirante al poder? 
Por si esto fuera poco, este baile de leyes (Pongamos desde la EGB, el BUP y el COU, hemos sufrido la LOECE, la LOGSE, la LOCE, la LOE, y ya estamos sufriendo las precuelas de la LOMCE...) poco han favorecido (ni favorecen) la labor docente y la tarea de cualquier estudiante que se precie como tal. El clásico “enseñar deleitando”, que tanto se defendía antaño, dio paso al método “la letra con la sangre entra” y, en los últimos años, se fue tergiversando y viciando hasta convertirse en “divertir y, si aprenden algo, mejor...” Aquel sistema, aún vigente y avalado por algunos, defendido y practicado por otros compañeros de profesión y expertos en la materia, sólo ha sembrado la desgana y la desmotivación entre los alumnos y un rechazo absoluto a la llamada “cultura del esfuerzo”, lo que supuestamente defiende la nueva ley: disciplina, constancia, paciencia, afán de superación, método, implicación, estudio, curiosidad, espíritu crítico, humildad y proyección de futuro. Lástima que la quieran imponer coartando la libertad del propio gremio (vamos mal, muy mal). Con este "bailad, malditos, bailad" y con unas expectativas de futuro que pasan por marcharse al extranjero, cada vez hay menos chicos implicados, interesados y concienciados en eso que llamamos formación, investigación y profesionalización (algunos de ellos, incluso, han sido tachados por sus propios compañeros e, incluso, por sus maestros y profesores de “raros”, “especiales”, “amargados”, “pelotas” y, en ciertos casos, han sido convertido en clara diana del tan temido y desgraciadamente conocido bullying –aunque para algunos sea simplemente un hecho puntual...-). Haciendo una mera descripción objetiva de la realidad y quizás resultando un tanto radical y pesimista, lo que predomina actualmente en las aulas de nuestros colegios e institutos son adolescentes carentes de interés por nada, de curiosidad, de ganas de saber, de metas, de ilusiones, de afán de superación por lo que, ante un fracaso –un suspenso- o una negativa, tienen pocas opciones: tirar la toalla y dedicarse a molestar a los compañeros, boicotear la clase y amargar la vida de los profesores o tirar la toalla y practicar el absentismo y convertirse en NINIs, “carne de cañón” poniendo en jaque, en ambos casos, a todo el equipo docente, a los padres y a inspección y provocando, en numerosas ocasiones, una situación de desesperación, impotencia y rabia. 
Ante este panorama, los profesores, además de intentar transmitir unos conocimientos para que nuestros alumnos tengan un mínimo bagaje cultural, nos vemos obligados a inculcarles –contra viento y marea, es decir, contra el sistema, contra los propios alumnos, contra la sociedad, contra los medios de comunicación y, en algunas ocasiones, contra la opinión de los mismos padres - una serie de valores que parecen haber perdido toda razón de ser por considerarse obsoletos e improductivos. No es fácil. No está resultando nada fácil.
Y flaco favor hace la televisión con esos programas –series, reality-shows, concursos, “teleencierros”, talk-shows, etc.- que se han erigido en estandartes de los nuevos valores (yo los llamaría contravalores): dinero fácil, éxito rápido, ocio remunerado, recompensas inmediatas, mínimo esfuerzo, culto al cuerpo, desprecio a la mente y todo un supuesto mundo de glamour y fama –malentendida fama-, al alcance de cualquiera, que atrae a los más jóvenes y los convierte en seres sin criterio, autómatas cuya máxima aspiración en la vida –emulando a sus ídolos- es hacer dinero sin estudiar ni trabajar. A modo de ejemplo, para ilustrar lo dicho anteriormente, si nos fijamos en la “parrilla” televisiva de un día cualquiera, nos damos cuenta de la casi total ausencia de programas atractivos y entretenidos para ojos, oídos y mentes de niños y adolescentes que los animen a leer, a esforzarse, a estudiar, a sacrificarse, que ayuden a desarrollar capacidades y aptitudes como la labor en equipo y el trabajo bien hecho y que potencien cualidades como la empatía, la solidaridad, la eficacia sin que haya por medio un cheque, una portada de revista, una entrevista o unos minutos en lo que parece ser el pasaporte al “estrellato”, los programas “basura”. Por no hablar de los programas informativos, en su mayoría, tendenciosos, partidistas, nada objetivos, meramente especulativos, que responden, ¡cómo no! a una ideología clara y cuya única pretensión es manipular las mentes y los pensamientos de las televidentes. Pensamiento único para hacer de nosotros lo que quieran. No pienso, luego existo (¡Si Descartes levantara la cabeza...!) Pero no es la televisión el único medio de entretenimiento y de información de los jóvenes que, si bien no es nociva en sí misma, se puede afirmar que sí se está utilizando de manera inapropiada. Los videojuegos, en estos últimos años, se han erigido en “los reyes” del ocio y la diversión –junto con el botellón y las drogas, sólo hay que ver las estadísticas y los datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad- y también están provocando en nuestros niños y adolescentes una seria y grave de-formación porque, a pesar de desarrollar habilidades y destrezas psicomotrices, están postergando al “jugador” al ostracismo más absoluto y provocando trastornos adictivos impidiéndole relacionarse con sus iguales con toda normalidad. Y, ¿qué se puede decir de Internet? No cabe duda de que es una buena y potente fuente de información, comunicación y entretenimiento –siempre y cuando se utilice como es debido (y, para ello, son necesarios la reflexión, el espíritu crítico y, obviamente, una serie de conocimientos previos, veraces y serios) y sus contenidos sean tratados con rigurosidad y corrección- pero, si no se gestiona adecuadamente (atendiendo a la edad y las necesidades del “navegante”), puede ocasionar problemas en los más jóvenes además de proporcionar un alud de información que, en vez de aumentar su bagaje cultural, lo único que hace es sumir al consumidor en la desinformación y el desconcierto. (además de todo eso, un dato más: supongo que conocerán la página de elrincondelvago o parecidas que fomentan el plagio. Desde ellas, se puede “bajar”, imprimir y presentar al profesor cualquier trabajo de Primaria, ESO y Bachillerato con sólo cuatro movimientos de “ratón”. ¿Dónde quedaron las tardes de biblioteca, las noches leyendo, redactando y corrigiendo? Sólo le veo una ventaja a esta nueva herramienta: nos obliga, a los profesores y padres, a estar al día en esto de las TIC para que no nos den “gato por liebre”). El WhatsApp, el Facebook, el Twitter y demás redes sociales tampoco favorecen la “cultura del esfuerzo”. Efectivamente, son útiles y beneficiosos si se gestionan y/o se controlan adecuadamente pero no podemos olvidar que estos medios de información, comunicación y diversión constituyen los paradigmas de la inmediatez y la facilidad –por no decir de la mala escritura- (justo todo lo contrario a lo que precisa un buen estudiante o un buen profesional)- y favorecen la creación de una realidad virtual que va cogiendo fuerza y credibilidad por momentos. 
 Y, ante toda esta avalancha de estímulos, ¿quién o quiénes deben actuar cómo gestores de estas “modernas herramientas” y, en última instancia, quién o quiénes deberían ser los auténticos y verdaderos artífices y garantes de la educación de estos niños y adolescentes? Sencillamente, los padres. Esos padres trabajadores, agobiados, esclavos del reloj y las facturas, sin tiempo suficiente para dedicarles a sus hijos (ni paciencia, en muchas ocasiones). Padres que, acuciados por los fantasmas (desgraciadamente, cada vez más cercanos y reales) del paro y de los recortes salariales, fieles seguidores de la sociedad del bienestar o sociedad de consumo -¿existe diferencia?-, pretenden hacer de aquello extraordinario que tuvieron de jóvenes algo cotidiano, “normal” en la vida de sus hijos. Padres que intentan compaginar trabajo, familia, aficiones y amistades sin mucho éxito. Padres que luchan para proporcionar lo mejor, lo más fácil y lo más placentero a sus hijos sin concederles la oportunidad de equivocarse o fracasar. Padres que, en su afán de acallar sus conciencias y, de manera equivocada, inculcar a los hijos las ganas de trabajar y aprender para, en última instancia, aprobar, equiparan un “suficiente” o un título académico con una moto o cualquier otro regalo. Padres que no quieren tener problemas con sus “retoños” y, por ello, no se atreven a decir NO o a infligir un castigo y, cuando lo hacen, se ven incapaces de mantenerlo, entre otras razones porque decir NO al hijo supone decirse NO a uno mismo –es lo que llamamos coherencia, algo que no siempre es fácil de mantener- y castigar al hijo implica castigarse uno mismo –y no siempre estamos dispuesto a sacrificarnos hasta tal punto-. Padres que, por no tener tiempo (ni, a veces, ganas) de dialogar y pactar con sus hijos, imponen su ley o los callan con cualquier bagatela sin permitirles que la obtengan con su propio esfuerzo y, así, aprecien su valor. Padres que, bajo el sincero y lógico deseo “yo lo único que quiero es que mi hijo sea feliz”, los liberan de obligaciones y deberes, de responsabilidades y esfuerzos desautorizando las decisiones de los profesores, desprestigiando, incluso, su labor como co-educadores y haciendo de sus hijos (nuestros alumnos) pequeños e indómitos monstruos. Padres que utilizan el centro escolar como un auténtico parking de sus hijos, que ceden al colegio la responsabilidad, el deber pero también el derecho de educar a sus hijos, pero que, paradójicamente, recriminan cualquier decisión del profesor y contaminan de negatividad e inutilidad el placer de la lectura, la satisfacción del trabajo bien hecho y el gozo de saber por saber aunque ello suponga tiempo, esfuerzo, constancia y su recompensa llegue a largo plazo (si es que llega). 
Y este es el resultado: niños y adolescentes consentidos, insolentes, excesivamente mimados, vagos, provocadores, egoístas, irrespetuosos, incívicos, caprichosos, intolerantes, carentes de límites, con bajo umbral de frustración, prepotentes y muy conscientes de su situación privilegiada: son, y se saben, los nuevos dioses a pesar de mostrarse ante los mayores como víctimas de la sociedad y se aprovechan de ello aunque, en el fondo, anhelen una figura autoritaria, un referente sin fisuras. Pero, aunque nos pese, el problema no se acaba en la ESO y el Bachillerato. Debido a la influencia de los cambios en el sistema educativo obligatorio y postobligatorio y, consecuentemente, a los cambios que se están produciendo últimamente en su concepción y organización, la Universidad tampoco parece que esté viviendo su mejor momento. Los niveles de exigencia y los resultados también han sufrido un descenso considerable y los que consiguen acabar los estudios superiores tampoco pueden garantizar una solvencia conceptual y teórica y una competencia profesional, a pesar de esperar una gran y ascendente carrera laboral y –a modo de ejemplo- pedir, en su primera entrevista de trabajo, como si fuera la cosa más usual del mundo, un gran sueldo, un horario estupendo, vacaciones de 2 meses –como en el colegio y en la universidad- y unas prerrogativas (léase móvil de empresa, coche de empresa, tarjeta de crédito, vales de restaurante) que sólo se consiguen una vez contrastada y demostrada la valía. ¿Cómo se le puede pedir a un joven de veintitantos años que asuma el hecho de que una buena carrera profesional siempre empieza desde abajo, que debe ser humilde con sus pretensiones, que debe ser respetuoso con los jefes, los compañeros y las normas establecidas, que debe demostrar día a día sus capacidades y habilidades, superando -con tesón y su mejor sonrisa- obstáculos y zancadillas y que sólo con esfuerzo, trabajo, constancia, afán de superación, empatía y sacrificio puede forjar una buena y sólida carrera profesional? ¿Cómo se puede pretender todo eso de un joven que no lo ha aprendido e interiorizado a lo largo de su vida como estudiante, bien porque no se lo han enseñado, bien porque no lo ha creído necesario aplicar para la consecución de sus deseos y necesidades, en ambos casos debido a la desidia de padres y docentes? Yendo más allá, ¿cómo podemos confiar en el futuro de nuestro país, en nuestro propio futuro, si depende de ellos, si ellos deben hacer posible ese futuro?

Y, ante este panorama tan desolador y decepcionante, cabría plantearse una cuestión: ¿está todo perdido? La respuesta es NO, un tajante y rotundo NO. No todo está perdido. Afortunadamente, todavía existen personas comprometidas con eso que llamamos EDUCACIÓN: políticos concienciados de que unas leyes bien pensadas, consensuadas y estables constituyen la única vía para que el sistema educativo y su comunidad tengan el lugar que se merecen en nuestra sociedad; profesores formados, bien formados, coherentes, abiertos y convencidos de que una buena formación humana, intelectual y emocional de los niños y adolescentes sólo se consigue con disciplina y paciencia y que es la garantía del futuro del país; padres responsables, valientes, implicados y conscientes de lo que supone educar a un hijo: seriedad, coherencia y mucho amor y, por último, alumnos motivados, curiosos, críticos y sabedores de que el aprendizaje –de conocimientos, de hábitos y actitudes- y el desarrollo de capacidades y aptitudes es el único camino. Este grupo de personas constituyen la esperanza para el presente y el futuro.
¿Juventud en cambio? ¿Juventud en crisis? Puede que sí pero nuestra obligación -como políticos, maestros y profesores, psicólogos, padres y empresarios- es despojar este término de sus connotaciones negativas para convertirlo en un reto y una oportunidad de mejora y progreso. Para ello, sería necesario y urgente dejar de divagar, de imponer, de especular, de teorizar sobre el problema que estamos sufriendo todos. Deberíamos dejar de buscar culpables en este ente abstracto que llamamos sociedad, deberíamos dejar de ir pasando la pelota como si de un partido de tenis se tratara (parece que en eso consiste la política, ¿no? En vez de sacrifico y compromiso, en vez de trabajar conjuntamente por el BIEN COMÚN, un simple partido de tenis, individuo contra individuo, partido contra partido, a ver quién gana el último set). No es cuestión de señalar con el dedo a alguien o a algo y sí de responsabilizarnos para abordar la cuestión desde todos los ámbitos –político, administrativo, familiar, escolar, laboral, psicológico- poniendo nombre propio a sus protagonistas. Como bien dijo un día alguien que sabe de cambios y crisis: Deberíamos dejar de pre-ocuparnos tanto y ocuparnos más.

viernes, 1 de febrero de 2013

LA VIDA ES ESTO

La vida es esto.
Con estas sabias palabras, un viejo hombre de barrio, ataviado con su gorra comunista, sus inseparables tirantes y su abnegado bastón, por fin dio tajante y definitiva respuesta a la pregunta que, desde los albores de la Humanidad, se han formulado pensadores, científicos, observadores, psicólogos y demás estudiosos de la especie humana, todos ellos con escaso éxito.
¿Qué es la vida?
La vida es esto, le dijo mi querido y admirado Andrés a su amigo Esmeraldo mientras aquél le daba un codazo preñado de agradecimiento, complicidad y alcohol, y miraba satisfecho la larga mesa cubierta con los restos de una, otra, entrañable y divertida comida y a los amigos de toda una vida que, con los buches llenos y los ojos inyectados de sopor, asentían ante el viejo filósofo.
¿La vida?
La vida es esto.
La vida es quedar un domingo de invierno, cargados con bolsas de comida, termos de café y cajas de buen vino, tempranito para ir de “calçotada”.
La vida es saludar a los viejos amigos y bromear con el mismo afecto de siempre, como si el tiempo no hubiera erosionado, en absoluto, los lazos, cada vez más fuertes, hechos de tiempo, paciencia y complicidad.
La vida es recibir los cálidos besos de todos los miembros de la peña en esa gélida mañana de invierno.
La vida es ver los rostros sonrientes, expectantes, generosos, aliviados de los anfitriones de la gran casa al vernos llegar con retraso.
La vida es comprobar cómo la vieja casa sigue en pie, con sus aperos de labranza, sus piedras grabadas de historias y sus secretos.


La vida es convertir a los gallos de la casa, sin saber cómo ni por qué (no cuenta el efecto del vermú, la cerveza, el vino, el cava y las brasas de la parrilla) en unos auténticos "pollos folladores".


La vida es contemplar durante un buen rato el fuego, catártico, purificador, fértil, hipnotizador, sin pensar en cómo va a dejar la ropa -ya se lo digo yo, apestosa de humo y de brasa-.
La vida es escuchar las explicaciones de un nuevo proyecto, un programa sobre puentes (quizás sea eso lo que necesitamos precisamente: puentes que nos unan más en este tiempo de desesperanza, desengaño y desconfianza).
La vida es quemarse con los “calçots” y la parrilla mientras los aguerridos hombres de campo me recuerdan dónde está el Paseo de Gracia (¿por qué será?)
La vida es acordarse de los políticos, banqueros y demás ladrones, estafadores, corruptos mientras vemos cómo se chamuscan los chorizos en la parrilla.


La vida es sentir cómo el campo aguza los sentidos y abre el apetito (¡¡¡por favor, qué manera de comer y de beber!!!)


La vida es competir para ver quién come más “calçots”, quién la dice más gorda y quién es el más porno en materia de “calçots” y de todo lo que se le parezca. (Sí, ya sé, parece lo que parece -¿o es mi mente un tanto cochina?-. Por favor, absténganse de recurrir a la broma fácil... Jajajaja)


La vida es deleitarse con los postres caseros de las mujeres de la peña y disfrutar sin pensar en las calorías, en el colesterol, en el azúcar...
La vida es despedirse de las cervecitas durante un tiempo para "purificar" la sangre y ponerse bueno.
La vida es echar de menos la caja de Infinity.
La vida es ser testigo (con el beneplácito de los dueños de la casa) de la riqueza que en ella albergan: juguetes antiguos, libros viejos, arcaicos muebles, todo un museo perdido en el tiempo y en la historia,  el testimonio de toda una vida que nos recuerda quiénes fuimos y quiénes somos ahora.
La vida es tener en la habitación un semáforo de verdad. Cuando el dueño de ellame lo comentó, pensé que se estaba quedando conmigo. Cuando comprobé in situ que era cierto, flipé en colores. ¡¡Ole tus cojones!!!
La vida es sacrificarse para estudiar los exámenes que esperan el lunes en vez de ver el partido del Barça.
La vida es soñar con nuevos encuentros: la exposición de El Roto, un partido en el Camp Nou, los 10 años del Guateque de la peña, más partidos del Barça, más fiestas mayores, más "calçotadas"…
La vida es colaborar para que el día salga redondo: preparar el almuerzo, hacer la comida, fregar los platos…
La vida es celebrar el triunfo de España en el Campeonato Europeo de balonmano sin que, en ese instante, se interpongan otros sentimientos.
La vida es volver a la infancia y cantar al conductor del autocar aquello de "señor conductor, acelere, acelere". (Era en el viaje de vuelta y ya se pueden imaginar ustedes la causa de esa vuelta -valga la redundancia- al pasado)
La vida es ver a mi chico feliz y yo, feliz junto a él.
La vida es tener un buen objetivo.


La vida es reír, reír, no parar de reír (aunque sea por el efecto del alcohol), porque ya lloraremos cuando llegue el momento, ¿no?
La vida es llegar a casa agotada y darse una ducha de agua caliente para desprenderese del olor a humo y parrilla pero no del sabor de lo sentido.
La vida es dar gracias por todo lo vivido.

¿La vida?, nos preguntábamos tú y yo... (con tu permiso)



Cuánta razón tienes, mi buen amigo Andrés. La vida es, sencillamente, esto.


¿Y nos parece poco?


PD. Todas las fotos son de PedroClick.
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http://pocallum.cat/



sábado, 26 de enero de 2013

CUERPOS Y CUERPAZOS

“Las muñecas de Famosa se dirigen al portal para hacer llegar al Niño su alegría y su amistad. Y Jesús en el pesebre se ríe porque está alegre...” ¿Se acuerdan? Qué tiempos aquellos en los que los Reyes Magos recorrían cientos, miles de kilómetros, para colocar junto al zapato limpio unos cuantos juguetes, cajas de colores y monedas de chocolate. Y carbón si nos habíamos portado mal durante el año que acababa de acabar. Para mí, sigue siendo lo mismo: sigo poniendo el zapato y sigo esperando, ilusionada, los regalos, que se van adaptando a la edad que, año tras año, de manera inexorable, van sumando en mi calendario. Los juguetes y los colores de la infancia pasaron a mejor vida y llegaron la ropa de adolescente y a los cassettes y a los libros. De ahí pasamos a la electrónica y demás artilugios y, así, sin prisa pero sin pausa, hemos llegado a la vida adulta y a unos Reyes Magos pragmáticos, que no se andan con tonterías: cosméticos, vales de ropa (para comprarla en rebajas), alguna que otra sesión de spa o de cata de vinos, entradas de teatro, más libros y, desde que tengo sobrinos, el que más ilusión me hace, un calendario con las sonrisas de mis “tres niñas y un niño” (es que todavía no me he acostumbrado a hablar en masculino, habida cuenta que en este ranking gana la mayoría femenina), un calendario que luzco en mi mesa de trabajo (en el trabajo) y que me hace sonreír cada vez que lo miro.
Este año, sin embargo, los Reyes Magos han roto mis esquemas y mis expectativas: junto al taconazo de este año, además del libro y del vale de ropa, había un regalo grande y plano. Qué bien, pensé, el calendario de mis sobrinos pero, esta vez, de pared. Lo desenvolví con ansiedad y, ante mis ojos redondos y grandes como platos, apareció un torso masculino, desnudo, moreno, lustroso, que marcaba músculo por todas partes y que anunciaba un nuevo año, 2013. ¡¡¡El calendario de los bomberos!!! No podía creérmelo. ¿De quién coño había sido la idea? Y, encima, dedicado: “Mamen: Todo el fuego para ti. Quémate y llama al cuerpo”. ¡¡¡Manda huevos!!! Allí estaba yo, en la mañanita de Reyes, delante de mis padres, mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinas y mi churri, con el cuerpo del delito, ¡y qué cuerpo!, nunca mejor dicho. No sabía qué decir. En mi mirada se dibujaba la consabida pregunta: ¿quién ha sido?, ¿a quién se le ha ocurrido semejante idea? Pero, claro, delante de las niñas, no podía decir nada, no podía echar por tierra la magia de los Reyes Magos. Para que lo cuelgues en el despacho, me dijo riendo mi hermana. ¿En el despacho del trabajo? Y enseguida me imaginé la escena: esos bomberos colgados en la pared, desnudos, sudorosos, potentes, provocativos, mirándome a los ojos, seduciéndome con cada centímetro de su piel, con cada músculo, con todos los músculos de su anatomía. ¡¡Qué bien iba a trabajar!! ¡¡Qué feliz iba a estar durante todo el día!! ¡¡Qué estupendo ver cada mañana a ese tiarrón esperándome en el despacho!! Lástima de un pequeño detalle: comparto despacho con mi jefa y por ahí pasan un montón de chavales y chavalas a lo largo de todo el día. Qué pensarían de mí: yo, seria, estricta, profesional, disciplinada, con ese elenco de cuerpazos encima de mi cabeza. ¡¡¡Ufff!!! Imposible. Mejor, el calendario de mis sobrinos. Pero, mientras ojeaba los meses y a los chicarrones en esas posturas imposibles, con esos cuerpos moldeados a golpe de mancuerna y abdominal, con esas miradas penetrantes y esas sonrisas encantadoras, mientras alababa la profesionalidad de los modelos y del fotógrafo, una duda empezaba a rondar por mi cabecita: Vale, no sé de quién ha sido la idea de regalarme el calendario de los benditos bomberos (la verdad es que nunca lo había visto, pensaba que era una leyenda urbana), pero, ¿a santo de qué me lo ha regalado? ¿Tan mal me ve?, ¿tan desesperada estoy que no lo puedo disimular? Y miraba a mi churri que, sin el menor atisbo de incomodidad o de celos, sonreía maliciosamente mientras decía que no con la cabeza y levantaba los hombros. No, yo no he sido, te lo juro. Y no sé quién ha sido el artífice del regalo que te ha dejado muda.
Y aquí tengo a mi ejército de bomberos desnuditos y deliciosos, colgados en la pared del despacho de casa. El de enero está de muerte, está corriendo por una pasarela de madera, ataviado únicamente con unas deportivas. Lo miro y lo vuelvo a mirar. Joder, sí que está bueno, sí. Miro a mi chico, que ahora está a mi lado, trabajando con el otro ordenador, y me siento culpable. Me mira y me sonríe. Lleva el chándal de los sábados, la barba del fin de semana y una barriga que se está haciendo más que incipiente, la maldita curva de la felicidad o la maldita cerveza (más bien, lo segundo). Disimuladamente, miro al bombero de enero. Vuelvo a mirar a mi chico. Decididamente no hay color pero, como me dijo una amiga que vio el calendario -aquí, quien no se consuela es porque no quiere-, esos chicos no existen, no; no existen esos torsos perfectos ni esa anatomía griega, proporcionada y tan bien depilada (atención, si alguno de esos bomberos está leyendo esto, que me llame y me diga que sí, que existe. Más que nada, para ir matando mitos). Tengo que adelgazar, ¿verdad? Pienso detenidamente la respuesta para que no se desate una batalla inútil: ¿Tú te sientes bien, cariño? Lo importante es la salud. Me sonríe y se va. Vuelve con una cerveza y una bolsa de patatas fritas. Pues sí, estoy de coña. (Se me había olvidado que tiene una autoestima a prueba de bomba y una imagen de sí mismo a prueba de respuestas ridículas. Si esto mismo hubiera pasado al revés, habría estado sin hablarle durante una semana, lo juro). Y otra duda vuelve a rondar por esta mente femenina que Dios me ha dado: ¿cómo habría reaccionado yo si a él le hubieran traído los Reyes Magos un calendario plagado de señoritas medio desnudas, embutidas en biquinis imposibles, con unas tetas rebosantes y una cinturita de Barby, en posturas escandalosas?, ¿lo habría tolerado? ¿Cómo llevaría yo eso de tener colgado en el despacho un calendario de doce cuerpazos esculpidos a golpe de bisturí y bótox, con sus correspondientes atributos y esas boquitas (me imagino) de muñeca hinchable? ¡¡¡Ahhh!!! ¡¡Por favor, que aún hay clases!! ¡¡Ni que estuviéramos en la cabina de un camión!!

PD. Lo acabo de decidir. No voy a esperar al de febrero. En cuanto cuelgue esta entrada, descuelgo el calendario y lo hago desparecer. No vaya a ser que los Reyes Magos de 2014 me quieran poner a prueba...

domingo, 23 de diciembre de 2012

RISAS DESPERFUMADAS (o mi deseo para esta Navidad)

"El 2 de agosto estaba de puta madre: en la playa, de vacaciones, con la familia... El 5 de agosto me notaba rara, débil, con dolores por todas partes, como resfriada. Y el 10 de agosto, mi vida había cambiado por completo". Con estas pocas palabras, mi amiga Olga me describió, en una mezcla de rabia, impotencia y resignación, su bajada a los infiernos. A partir de ese "resfriado" sin importancia en plena canícula y después de un episodio en el que su hija pequeña se estaba quitando el esmalte de las uñas con acetona y sintió arder su garganta, después de pasar varias fases e infinidad de pruebas, lo que empezó siendo una alergia o una intoxicación alimentaria, acabó siendo el Síndrome de Sensibilidad Química Múltiple (SQM), o lo que es lo mismo y para lo entendamos sin problemas, "una dolencia que afecta sobre todo a mujeres y provoca malestares neurológicos (migraña, confusión, sensación de desconexión), erupción cutánea, sensación de ahogo y problemas de irritación de mucosas. Los culpables son múltiples agentes químicos (de ahí su denominación) comunes en la vida diaria, como productos de limpieza, colonias, disolventes, ciertos alimentos, medicamentos y radiaciones electromagnéticas. Los afectados manifiestan reacciones a estos agentes a un nivel que es tolerado sin más problemas por el resto de la sociedad." (http://www.consumer.es/web/es/salud/atencion_sanitaria/2012/01/09/205959.php)

Le dieron la baja y no pudo reincorporarse en setiembre a trabajar, como lo hicimos el resto de las compañeras. Sin saber qué decir ni qué pensar ante el alud de información que nos iba llegando de manera inconexa (no sale de casa, lleva una máscara como las que se ven en la tele después de una explosión en una central nuclear, no puede moverse, no puede hablar, no puede respirar), decidí escribirle un correíto electrónico. Quería decirle que, a pesar de no saber exactamente qué le estaba pasando, yo estaba con ella, que pensaba en ella y que quería verla; me daba igual si llevaba máscara o no, si tenía que ir a verla a algún sitio especial o si tenía que hacer algo diferente. Yo sólo quería verla y qué me contara qué le sucedía. No quería hacer caso de esos comentarios que se basaban en las suposiciones o en la propia ignorancia. Y después de varios mails, por fin, leí "cuando quieras, te desperfumas y nos vemos en la playa". Y en ese momento, empezó lo que las dos bautizamos como "RISAS DESPERFUMADAS" (buen título para una novela, ¿no les parece?). Enseguida, me puse manos a la obra: aparte de unas recomendaciones que ella me dio para llevar a cabo el protocolo de "desperfumación" (ya lo sé, esta palabra no existe pero, ¿cuál es el antónimo del verbo "perfumar"? Esto nos da la clave para saber que hay muchas cosas que están ocurriendo en este mundo, muchas enfermedades raras -me atrevería a decir- que son padecidas por muchas personas y que todavía no son reconocidas por las instituciones competentes -¿o incompetentes?-. En fin...), consulté una web que encontré navegando en busca de más información http://mi-estrella-de-mar.blogspot.com, blog pionero en SQM. Si quería verla y que todo fuera bien en nuestro primer y ansiado encuentro en la playa, tenía que seguir las pautas a rajatabla. El primer paso era desterrar de mis quehaceres diarios y durante unos cuatro días todas esas acciones que incluyeran un contacto -por mínimo que fuera- con componentes químicos. Eso significaba que tenía que olvidarme, para empezar, de todas mis cremitas y mis cosméticos: nada del gel o del champú de siempre (tenía que utilizar uno especial, sin olor y sin nada de nada, cien por cien natural), nada de mascarilla suavizante para el pelo; nada de tónico ni antiojeras, nada de crema antiage ni fond de teint, nada de iluminador ni colerete ni rímel ni loción corporal hidratante, reafirmante, antiestrías (tan solo podía utilizar, en sustitución de todo eso, aceite de almendras); nada de pasta de diente blanqueador, con sabor a menta y fresa (me recomendaron una pasta de caléndula), nada de desodorante de marca, con perfume y de efectos prolongados (a cambio, un esprai con una especie de agua hecha con sales minerales naturales, sin aluminio ni nada). También tenía que lavar con bicarbonato la ropa que tenía pensado ponerme para ese encuentro para que se fueran todos los olores procedentes de los detergentes y los suavizantes hechos con sustancias químicas. Y si era posible, que esa ropa fuera de algodón o de algún otro tejido natural. Ah, y por supuesto, nada de colonias o perfumes (¡¡¡a mí me ha pedido eso, a mí, que no puedo salir de casa sin mi Eau!!!)
Cuatro días llevando a cabo esos pasos, a rajatabla y sin saltarme ninguno, para no oler a nada y que mi amiga no me rechazara nada más verme. Cuatro días sin mis potingues, sin mis cremitas, sin mis suavizantes, sin mis perfumes. Nada de nada. Los escondí para no caer en la tentación, para no decir "total, por unas gotitas no pasará nada". Cuatro días yendo a trabajar y pensando que olía a truenos (o eso me parecía a mí). Cuatro días yendo a trabajar con el pelo hecho un estropajo (o eso me parecía a mí). Cuatro días con la ropa en bicarbonato. Cuatro días poniéndome en la piel de mi amiga: si todas renuncias que tenía que hacer durante cuatro días me parecían un suplicio, ¿qué debía de sentir ella?, ¿cómo debía vivirlo ella sabiendo que, de momento, iba a ser para el resto de su vida?, ¿cómo era su día a día?, ¿y el de su familia: su marido, su hija pequeña, sus padres, el resto de su familia y de sus amigos?, ¿cómo se podía sentir ella sabiendo que, cada vez que quisiera ver a alguien, tenía que decirle lo mismo que me dijo a mí: "cuando quieras, te desperfumas y nos vemos en la playa"? Ya se acabaron para ella los encuentros en algún bar para echar unas cervezas y unas risas; ya se acabaron, de momento y hasta que no se encuentre una respuesta a todas dudas y a todos los vacíos que plantea el SQM, las sesiones de cine en su delicioso Verdi; ya se acabaron las jornadas veraniegas en las playas atestadas de gente y de bronceadores químicos; ya se acabaron los paseos por la ciudad, ir de compras, ir en metro o en autobús. Ya se acabaron los viajes en avión. Ya se acabaron los viajes. Y los museos. Y los teatros. Y las representaciones de su hija. Porque en todos esos sitios hay gente. Y donde hay gente, hay productos químicos: perfumes, jabones, cosméticos, ambientadores, detergentes, suavizantes, geles, lacas, desodorantes, velas perfumadas, conservantes químicos, pesticidas, plaguicidas... Y contra todo eso, mi amiga (y un montón de gente más) tiene que luchar sabiendo que las autoridades no están por la labor...

Aquel domingo de octubre, al encontrarnos en la playa (yo, lo reconozco, expectante, nerviosa, temerosa de haber hecho bien el protocolo "RISAS DESPERFUMADAS" y llena de todo el cariño que sentía por ella), recibí el mejor piropo que jamás me habían echado: "¡Qué bien, no hueles a nada!"

PD. A ese encuentro le han seguido un montón de correos electrónicos y otro encuentro más en la playa en el que, bajo un delicioso sol de otoño y más guapa, más activa y más segura que nunca, me comunicó que le iban a dar el alta (sin comentarios) y que solo quería una cosita para Navidad: SALUD, SALUD Y MÁS SALUD.

Este también es mi deseo, no solo para esta NAVIDAD sino para el resto del año y de los años que nos quedan por vivir.

¡FELIZ NAVIDAD y gracias por leerme!