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sábado, 30 de noviembre de 2013

¡¡HASTA LAS NARICES!!


¡¡¡Hasta las narices!!!
¡Hasta las narices! ¡Sí! ¡Estoy hasta las narices, hasta el gorro, hasta el mismísimo..., hasta los mismísimos...
Hoy he ido al súper a comprar y me he encontrado con los voluntarios del Banco de Alimentos y sí, he colaborado, por supuesto. El año pasado fui voluntaria y este año, al no poder comprometerme, he aportado mi grano de arena comprando latas de conservas de pescado. Porque hay gente cerca de nosotros (no, no hay que irse a África subsahariana para comprobar que hay hambre; no, no hay que irse a las fabelas brasileñas para saber que hay niños que no tienen con qué vestirse) que apenas tienen algo que llevarse a la boca. Cerca, muy cerca de nosotros, hay niños que sólo comen una vez al día y eso, gracias al colegio o a entidades sin ánimo de lucro como el Banco de Alimentos.
Y mientras, leo en el diario o escucho en el informativa que una princesita de cuyo nombre no quiero acordarme y su flamante marido se gastaban la pasta que supuestamente ganaban a cambio de servicios serios y solventes en clases de coaching y de ritmos latinos. ¡¡¡Manda huevos!!! ¡Y ahí siguen, tan felices!
También he leído que los de un sindicato autonómico, ese ente que supuestamente se ideó para ayudar a los trabajadores, para apoyarlos, para velar por sus intereses, se gastaba la pasta del organismo en suculentas mariscadas, regalos, fiestones de abril o se quedaban parte de las subvenciones que, en un principio, debían estar destinadas a los trabajadores. ¡¡Qué vergüenza!!
También he leído hoy que un presidente del estado (en el que yo creí, por cierto, y al que yo voté), al hilo de la publicación de una especie de memorias, se desentiende completamente de lo que sucedió cuando él tenía el destino de todos los ciudadanos españoles en sus manos. Pelotas fuera. ¡Cómo se puede ser tan...! ¿Memorias? ¡Y un cuerno! Yo, a todos esos libritos que están saliendo últimamente en los que un, ¿cómo lo llamaría yo?, ¿un presid...?, no; ¿un polít...?, tampoco; ¿un...?, un jeta, sí, así los llamaría yo, un arribista, un mentiroso, un aprovechado, un sinvergüenza, decide escribir una parte de su vida con mentiras, con lapsus temporales, con falsa modestia, creyéndose el salvador del momento, sin un ápice de autocrítica y auto-reflexión seria y honesta, en vez de llamarlos “memorias”, los llamaría “amnesias”. En vez de “Memorias de un presidente”, “Memorias de un mandato”, “Memorias de..”, yo los titularía “La amnesia de un presidente”, “Los lapsus de un mandato”, “Los errores de cuatro años”. Y a todas esas magníficas obras de auto-recreación, autobombo y auto-complacencia, las metería en una colección que se llamaría “Despropósitos onanistas”. Porque, no me lo negarán, la cosa tiene tela. ¡¡¿¿Esta peña no tiene abuela o qué??!!
También estoy leyendo que los violadores y los asesinos ya están saliendo de la cárcel ¡¡¡y cobrando cuatrocientos y poco euros!!! Y ahora, claro, los que están arriba están corriendo para atajar la ola de indignación, de represalias o de felicidad y homenaje que está provocando esa salida masiva de.... No tengo palabras. Pero, ¿en qué coño estaban pensando los que tenían en sus manos el futuro de estos desalmados y, a la vez, la confianza y la esperanza de todos los familiares de las víctimas? ¿Es que nunca se dieron cuenta de lo que esa doctrina suponía? Joder, que no hay que ser muy inteligente... Y ahora, ¿qué? ¿Qué garantías hay de que el que mató y violó hace unos años no lo vuelva a hacer? ¿Qué certezas hay de que no vuelva a matar aquel que ya lo hizo no una vez ni dos ni tres? ¿Y si vuelven a violar y a matar y a coger las armas? ¿De quién será la culpa, eh? ¡Por el amor de Dios! Si parece una broma macabra y perversa... Si parece mentira -literalmente- que estemos en este punto. ¿Cómo se va a proteger a la gente si estos sin-nombre ya están sueltos? ¿Cómo se va a consolar a los familiares -padres, hermanos, abuelos, novios, amigos- de las víctimas? ¿Cómo se les va a convencer de que se está cumpliendo con la ley? ¡¡¿Cómo?!!!
Además, he leído las causas y consecuencias del cierre de una televisión autonómica. ¿Dónde fue a parar la decencia y la profesionalidad? ¿Qué es eso de que el derecho inalienable a estar informados objetiva e imparcialmente esté por debajo de los intereses partidistas y completamente pervertidos de un grupito al que solo le importa quedar bien ante las cámaras y tener los bolsillos llenos? ¿Me pueden decir cómo estamos ejerciendo eso que llaman democracia?¿Me pueden decir cómo narices podemos llevar a la práctica eso que llaman libertad, igualdad...? ¡¡Ah, no!! ¡Que eso ya pasó a la historia! ¡Que ahora estamos volviendo atrás! Que no, que no estamos hablando de evolución y de progreso, que estamos equivocados, que no se trata de ganar en derechos y libertades. No. ¡Qué ilusos somos! Que ahora se trata de involucionar, de volver atrás, de perder, de destruir, de aniquiliar todo lo bueno que tanto trabajo, sudor, lágrimas y sangre ha costado conseguir. ¿Alguien me puede explicar por qué y para qué tanta sinrazón?
Esto no lo he leído. Esto lo sé porque me lo están contando. Gente brillante, inteligente, arriesgada, comprometida, con un título universitario o de Ciclo Superior de Formación Profesional bajo el brazo y con muchas ganas de hacer cosas tiene que marcharse fuera, lejos para poner en práctica todo lo que han aprendido y que tanto dinero ha costado. Señores, que no hay que ser muy inteligente para saber que, si dejamos marchar tan a la ligera a los jóvenes formados, este país se va a la mierda. ¿Qué habrá dentro de nada? Nada (y dentro de ese nada me incluyo yo, que conste). Nada porque no habrá profesionales (se habrán quedado en el país que, con vista, los haya acogido para trabajar y producir), no habrá niños (porque esos que se fueron para conseguir un puesto de trabajo habrán formado sus propias familias y habrán procreado en aquel país que, insisto, con visión de futuro, los acogió siendo jóvenes valientes), no habrá negocios ni empresas (porque todas estarán fuera, con nombres españoles, con personal español, eso sí, pero no estarán en España). Sólo quedaremos los jubilados y los parados. ¡Pues vaya! A esto lo llamo una buena jugada, sí señor. A esto lo llamo visión de futuro; a esto lo llamo confianza; a esto lo llamo... ¡¡incompetencia absoluta!! Para que luego me hablen de la marca España.
Y, mientras, hambre, crisis, paro, desesperanza, tristeza y rabia.
¿Sigo?
Mejor, no, ¿verdad?
Pues eso, lo dicho.
¡¡¡Hasta las narices me tienen!!!

PD. Esta tarde vuelvo al súper para comprar más latas de sardinas.


lunes, 17 de junio de 2013

A PESAR DE TODO (o 25 pequeñas razones para ser feliz)


Crisis, corrupción, desahucios, despidos, recortes, fraude, censura, mentiras, hipocresía... Sí, tenemos mil razones para quejarnos, para levantar la voz, para enfadarnos contra todos aquellos que han conseguido que estemos ¿peor que nunca? Sí, nos lamentamos de la situación que nos ha tocado vivir; mejor dicho, que nos han obligado a vivir, y cada uno, a su manera, como puede, sabe o le dejan, intenta sobrevivir en esta jungla hecha de sinrazones. Y sí, ¿para qué negarlo?, tenemos mil razones para seguir lamentándonos porque tenemos muy cerca, con nombre y apellidos, los rostros de los que sufren (sufrimos) en primera persona el desgaste personal, emocional, físico y social que están provocando tantas injusticias. Sí, tenemos derecho a sentirnos desgraciados, a ver la botella medio vacía, el día gris y el futuro negro. Pero, ¡¡¡eppp!!!!, si me lo permiten, también tenemos el deber y la autoridad moral de darle la vuelta a la tortilla, de ver en la lejanía el rayo de sol, de otear un arcoiris en medio de aquello que llaman el mañana. En definitiva, tenemos el deber de intentar estar bien, de ser optimistas y de arañar, allá donde podamos, esos momentos de alegría y de bienestar que tanto se empeñan en arrebatarnos. Sí, no me resigno a que esos pinten mi vida con tonos oscuros; me resisto a que, además de (des)gobernar mi cuenta corriente, mi casa, mis vacaciones o lo que me puedo poner o puedo comer, manden en mis ilusiones, en mis sueños y en mis sonrisas. Por eso, desde aquí, les digo que no, que no van a poder conmigo; que, a pesar de todo y de todos, todavía tengo razones -¡mis razones!- para ser feliz.

  • Sencillamente, porque ya es veranito. Y eso nos levanta el ánimo: el buen tiempo, la playa, la piel morenita, las uñas de los pies pintadas de rojo, los días más largos y las noches, más cálidas. Porque el sol nos da energía y el mar nos hace más saladitos.


  • Porque, cuando nos quejamos de nuestra vida o de nuestro trabajo (o no trabajo) o de nuestra salud o de nuestra situación sentimental, debemos pensar ¿comparado con quien, eh? Eso me lo dijo alguien que yo me sé y es verdad, ¿comparado con quién?
  • Porque siempre hay un amigo para compartir risas y sueños (desde aquí, Olga, mil gracias por esa tarde-noche mágica. Te confieso que has conseguido lo que nadie ha logrado: un viernes por la tarde, que siempre acabo hecha polvo, ¡hasta las diez y media de la noche despierta! Por cierto, a pesar de todo -¿comparado con quien?-, te vi estupenda, estupenda. Y gracias a ti, Elena, por compartir conmigo tu madera. Y gracias a ti, Joaquina -and family-, y a nuestros fines de semana llenos de sabor. Y gracias a ti, Olga; y a ti, Lola; y a ti...)
  • Porque me espera la morería. No necesito más.
  • Porque todavía me enganchan los buenos libros. El que estoy leyendo y me está fascinando: El problema de Spinoza, de Irvin D. Yalom.
  • Porque todavía no se han muerto las flores de mi terraza.
  • Porque el último mes tuve 1000 visitas en mi blog. ¡La leche!
  • Porque, a pesar de que mi libro no ha tenido éxito, no he perdido la esperanza (http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-ebook/dp/B009991H5A). Y continúo escribiendo. Y, lo mejor, sigo sintiéndome feliz cuando lo hago. Ya he empezado a esbozar mi segunda novela...
  • Porque sigo sorprendiéndome con mis sobrinas y mi sobrino. Porque, con ellos, se para el tiempo y puedo tocar, por un momento, la felicidad.
  • Porque, a pesar de mis problemas de cervicales y mis dolores (funciono con dos ibuprofenos al día y relajantes musculares), sigo con mi vida.
  • Porque, a pesar de no tener demasiada pasta, todavía vamos mi madre y yo de compras y nos permitimos algún capricho.
  • Porque disfruto con los paseos por la playa, que tienen un montón de ventajas: no cuestan nada, me ayudan a ponerme morena y tonifican los músculos. ¿Qué más quieres, Baldomero?
  • Porque estoy enamorada.
  • Porque, cuando me pongo taconazos para trabajar, me siento genial.
  • Porque, cada vez que voy a hacer la compra de la semana, todavía puedo ayudar a todos los que están en la puerta del supermercado (en especial, un hombre que me llama mamita porque le compro leche para sus niños y comida para él y su mujer)
  • Porque todavía conservo aquel mapamundi en el que señalo con un alfiler todos los sitios que he visitado y todos los viajes que me quedan por hacer y toda la gente que me queda por conocer.
  • Porque me he cortado el pelo y me gusto.
  • Porque, a pesar de los recortes, puedo seguir aportando mi granito de arena en las ONG a las que estoy asociada.
  • Porque, por fin, tengo emoticonos en mi whatsapp. (Parecerá una chorrada pero no veas cómo disfruto)
  • Porque mi familia es mi mejor y mayor apoyo; especialmente, las mujeres de mi familia, que no son pocas.
  • Porque todavía disfruto con mi soledad y mi silencio.
  • Porque he podido cumplir algunos sueños.
  • Porque todavía tengo sueños que cumplir.
  • Porque todavía sé reírme de mí misma.


  • Porque estoy aquí y lo puedo contar.

viernes, 8 de febrero de 2013

LA CALIDAD EDUCATIVA. ADOLESCENTE, ¿VÍCTIMA O VERDUGO DE ESTA SOCIEDAD?


De un tiempo a esta parte, quizás debido a los cambios producidos últimamente por la crisis económica (paro, desahucios, recortes salariales, impuestos, recorte en las inversiones, etc.), crisis política (pérdida de horizontes claros y descrédito por parte de nuestros dirigentes vs. desafección y desconfianza por parte de la ciudadanía ), crisis moral (corrupción, hipocresía, ambición, mentiras, etc.); quizás debido al ¿nuevo? papel de los medios de información y comunicación -léase, idiotizar, adocenar, manipular, más que informar y entretener-, quizás a las nuevas maneras de ocio que existen actualmente o quizás, insisto, al ir y venir de las leyes de educación que, al paso que vamos, va a acabar con nuestra paciencia y nuestra confianza en el sistema fin, la realidad de nuestros niños y adolescentes ha ido cambiado, en estos últimos años, especialmente en estos últimos meses, inexorable y considerablemente. Pero esta metamorfosis paulatina no ha sido exclusiva de la figura del joven –sus prioridades, sus pensamientos, sus hobbies- sino también de los grandes conceptos que han acompañado desde siempre al ser humano: sociedad, familia, educación, trabajo, comunicación, religión... Y, como muy bien dijo un día alguien que sabe de modificaciones y “cataclismos”, cualquier cambio supone crisis y cualquier crisis exige un cambio, entendidos estos dos términos como readaptación y/o reestructuración. Y una crisis o un cambio, según cómo sean gestionados y canalizados pueden desembocar en oportunidad y mejora o, contrariamente, en estancamiento y fracaso.
En estas coordenadas actuales, en pleno siglo XXI, se encuentra el ADOLESCENTE y de todos es sabido que, por su naturaleza y sus circunstancias, se ve poderosamente influenciado por tres elementos claramente diferenciados y en constante evolución: FAMILIA, ESCUELA y ENTORNO (o lo que se conoce de una manera más difusa y vaga con el nombre de SOCIEDAD) y no precisamente en este orden de importancia. Paradójicamente, estos tres ámbitos constituyen, en mayor o menor medida, causa activa de las reacciones y de los cambios propios de la época adolescente pero también “sufridores” pasivos de su comportamiento. 
En primer lugar, quizás porque es donde el joven pasa la mayor parte del día durante nueve meses, se encuentra la escuela, único lugar y entorno en el cual –parece ser- se deben inculcar y desarrollar los valores que hagan de esta “personita” un hombre o una mujer de provecho, de futuro y con futuro, así como garante exclusivo de su formación integral. Pero, ¿qué está ocurriendo allí? 
Para responder esta pregunta, habría que empezar por los cimientos: la ley o las leyes. Ciertamente, no es la única responsable de esta situación que se está viviendo de un tiempo a esta parte, pero sí se puede afirmar que ha influido notablemente en el desarrollo de los “acontecimientos” para llegar a este punto ¿sin retorno? ¿Qué se puede esperar de un sistema educativo que está deviniendo constante moneda de cambio en los programas electorales de partidos políticos cuya permanencia en la Moncloa es su máxima aspiración? ¿Cómo es posible que, teniendo en cuenta que los principales “sufridores” de este sistema han de forjar el futuro de nuestro país, todavía nadie se haya percatado de la importancia y del beneficio que supondría la existencia de unas leyes consensuadas y pensadas siempre en aras del crecimiento y del desarrollo intelectual, emocional y físico del niño y del adolescente; unas leyes trabajadas desde el mismo terreno de juego –si se me permite el argot futbolístico- por hombres y mujeres que conocen de primera mano la realidad de las aulas, de los pasillos, de los lugares de recreo y, también, de la calle? ¿Cómo es posible que nos hagan “comulgar” con (y aplicar) unas leyes utópicas, con unos recursos materiales y humanos –en definitiva, con unos recursos económicos, porque, no nos vamos a engañar, parece ser que todo se reduce a eso, a una simple cuestión pecuniaria- inasumibles (por ser escasos para llevar a cabo la práctica docente con un mínimo de profesionalidad y eficacia) o inalcanzables (por ser desmesurados y, por consiguiente, irreales); una leyes dictadas desde unos despachos por hombres y mujeres que dejaron el colegio hace mucho tiempo, sin contar con la opinión, el criterio y la experiencia de maestros y profesores, psicopedagogos y padres, sin escuchar -aunque para algunos parezca una osadía- la voz de los alumnos? ¿Cómo se puede entender que nuestros dirigentes todavía no han caído en la cuenta de que, para que la EDUCACIÓN vuelva a ser un pilar fundamental en nuestra sociedad y obtenga los resultados que se esperan, tiene que estar valorada y dignificada y que eso sólo se podrá conseguir con una política educacional estable, que vaya más allá de los colores y las ideologías, que tenga como principal objetivo la formación integral del niño y del adolescente y no el desprestigio y la humillación del partido de la oposición y aspirante al poder? 
Por si esto fuera poco, este baile de leyes (Pongamos desde la EGB, el BUP y el COU, hemos sufrido la LOECE, la LOGSE, la LOCE, la LOE, y ya estamos sufriendo las precuelas de la LOMCE...) poco han favorecido (ni favorecen) la labor docente y la tarea de cualquier estudiante que se precie como tal. El clásico “enseñar deleitando”, que tanto se defendía antaño, dio paso al método “la letra con la sangre entra” y, en los últimos años, se fue tergiversando y viciando hasta convertirse en “divertir y, si aprenden algo, mejor...” Aquel sistema, aún vigente y avalado por algunos, defendido y practicado por otros compañeros de profesión y expertos en la materia, sólo ha sembrado la desgana y la desmotivación entre los alumnos y un rechazo absoluto a la llamada “cultura del esfuerzo”, lo que supuestamente defiende la nueva ley: disciplina, constancia, paciencia, afán de superación, método, implicación, estudio, curiosidad, espíritu crítico, humildad y proyección de futuro. Lástima que la quieran imponer coartando la libertad del propio gremio (vamos mal, muy mal). Con este "bailad, malditos, bailad" y con unas expectativas de futuro que pasan por marcharse al extranjero, cada vez hay menos chicos implicados, interesados y concienciados en eso que llamamos formación, investigación y profesionalización (algunos de ellos, incluso, han sido tachados por sus propios compañeros e, incluso, por sus maestros y profesores de “raros”, “especiales”, “amargados”, “pelotas” y, en ciertos casos, han sido convertido en clara diana del tan temido y desgraciadamente conocido bullying –aunque para algunos sea simplemente un hecho puntual...-). Haciendo una mera descripción objetiva de la realidad y quizás resultando un tanto radical y pesimista, lo que predomina actualmente en las aulas de nuestros colegios e institutos son adolescentes carentes de interés por nada, de curiosidad, de ganas de saber, de metas, de ilusiones, de afán de superación por lo que, ante un fracaso –un suspenso- o una negativa, tienen pocas opciones: tirar la toalla y dedicarse a molestar a los compañeros, boicotear la clase y amargar la vida de los profesores o tirar la toalla y practicar el absentismo y convertirse en NINIs, “carne de cañón” poniendo en jaque, en ambos casos, a todo el equipo docente, a los padres y a inspección y provocando, en numerosas ocasiones, una situación de desesperación, impotencia y rabia. 
Ante este panorama, los profesores, además de intentar transmitir unos conocimientos para que nuestros alumnos tengan un mínimo bagaje cultural, nos vemos obligados a inculcarles –contra viento y marea, es decir, contra el sistema, contra los propios alumnos, contra la sociedad, contra los medios de comunicación y, en algunas ocasiones, contra la opinión de los mismos padres - una serie de valores que parecen haber perdido toda razón de ser por considerarse obsoletos e improductivos. No es fácil. No está resultando nada fácil.
Y flaco favor hace la televisión con esos programas –series, reality-shows, concursos, “teleencierros”, talk-shows, etc.- que se han erigido en estandartes de los nuevos valores (yo los llamaría contravalores): dinero fácil, éxito rápido, ocio remunerado, recompensas inmediatas, mínimo esfuerzo, culto al cuerpo, desprecio a la mente y todo un supuesto mundo de glamour y fama –malentendida fama-, al alcance de cualquiera, que atrae a los más jóvenes y los convierte en seres sin criterio, autómatas cuya máxima aspiración en la vida –emulando a sus ídolos- es hacer dinero sin estudiar ni trabajar. A modo de ejemplo, para ilustrar lo dicho anteriormente, si nos fijamos en la “parrilla” televisiva de un día cualquiera, nos damos cuenta de la casi total ausencia de programas atractivos y entretenidos para ojos, oídos y mentes de niños y adolescentes que los animen a leer, a esforzarse, a estudiar, a sacrificarse, que ayuden a desarrollar capacidades y aptitudes como la labor en equipo y el trabajo bien hecho y que potencien cualidades como la empatía, la solidaridad, la eficacia sin que haya por medio un cheque, una portada de revista, una entrevista o unos minutos en lo que parece ser el pasaporte al “estrellato”, los programas “basura”. Por no hablar de los programas informativos, en su mayoría, tendenciosos, partidistas, nada objetivos, meramente especulativos, que responden, ¡cómo no! a una ideología clara y cuya única pretensión es manipular las mentes y los pensamientos de las televidentes. Pensamiento único para hacer de nosotros lo que quieran. No pienso, luego existo (¡Si Descartes levantara la cabeza...!) Pero no es la televisión el único medio de entretenimiento y de información de los jóvenes que, si bien no es nociva en sí misma, se puede afirmar que sí se está utilizando de manera inapropiada. Los videojuegos, en estos últimos años, se han erigido en “los reyes” del ocio y la diversión –junto con el botellón y las drogas, sólo hay que ver las estadísticas y los datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad- y también están provocando en nuestros niños y adolescentes una seria y grave de-formación porque, a pesar de desarrollar habilidades y destrezas psicomotrices, están postergando al “jugador” al ostracismo más absoluto y provocando trastornos adictivos impidiéndole relacionarse con sus iguales con toda normalidad. Y, ¿qué se puede decir de Internet? No cabe duda de que es una buena y potente fuente de información, comunicación y entretenimiento –siempre y cuando se utilice como es debido (y, para ello, son necesarios la reflexión, el espíritu crítico y, obviamente, una serie de conocimientos previos, veraces y serios) y sus contenidos sean tratados con rigurosidad y corrección- pero, si no se gestiona adecuadamente (atendiendo a la edad y las necesidades del “navegante”), puede ocasionar problemas en los más jóvenes además de proporcionar un alud de información que, en vez de aumentar su bagaje cultural, lo único que hace es sumir al consumidor en la desinformación y el desconcierto. (además de todo eso, un dato más: supongo que conocerán la página de elrincondelvago o parecidas que fomentan el plagio. Desde ellas, se puede “bajar”, imprimir y presentar al profesor cualquier trabajo de Primaria, ESO y Bachillerato con sólo cuatro movimientos de “ratón”. ¿Dónde quedaron las tardes de biblioteca, las noches leyendo, redactando y corrigiendo? Sólo le veo una ventaja a esta nueva herramienta: nos obliga, a los profesores y padres, a estar al día en esto de las TIC para que no nos den “gato por liebre”). El WhatsApp, el Facebook, el Twitter y demás redes sociales tampoco favorecen la “cultura del esfuerzo”. Efectivamente, son útiles y beneficiosos si se gestionan y/o se controlan adecuadamente pero no podemos olvidar que estos medios de información, comunicación y diversión constituyen los paradigmas de la inmediatez y la facilidad –por no decir de la mala escritura- (justo todo lo contrario a lo que precisa un buen estudiante o un buen profesional)- y favorecen la creación de una realidad virtual que va cogiendo fuerza y credibilidad por momentos. 
 Y, ante toda esta avalancha de estímulos, ¿quién o quiénes deben actuar cómo gestores de estas “modernas herramientas” y, en última instancia, quién o quiénes deberían ser los auténticos y verdaderos artífices y garantes de la educación de estos niños y adolescentes? Sencillamente, los padres. Esos padres trabajadores, agobiados, esclavos del reloj y las facturas, sin tiempo suficiente para dedicarles a sus hijos (ni paciencia, en muchas ocasiones). Padres que, acuciados por los fantasmas (desgraciadamente, cada vez más cercanos y reales) del paro y de los recortes salariales, fieles seguidores de la sociedad del bienestar o sociedad de consumo -¿existe diferencia?-, pretenden hacer de aquello extraordinario que tuvieron de jóvenes algo cotidiano, “normal” en la vida de sus hijos. Padres que intentan compaginar trabajo, familia, aficiones y amistades sin mucho éxito. Padres que luchan para proporcionar lo mejor, lo más fácil y lo más placentero a sus hijos sin concederles la oportunidad de equivocarse o fracasar. Padres que, en su afán de acallar sus conciencias y, de manera equivocada, inculcar a los hijos las ganas de trabajar y aprender para, en última instancia, aprobar, equiparan un “suficiente” o un título académico con una moto o cualquier otro regalo. Padres que no quieren tener problemas con sus “retoños” y, por ello, no se atreven a decir NO o a infligir un castigo y, cuando lo hacen, se ven incapaces de mantenerlo, entre otras razones porque decir NO al hijo supone decirse NO a uno mismo –es lo que llamamos coherencia, algo que no siempre es fácil de mantener- y castigar al hijo implica castigarse uno mismo –y no siempre estamos dispuesto a sacrificarnos hasta tal punto-. Padres que, por no tener tiempo (ni, a veces, ganas) de dialogar y pactar con sus hijos, imponen su ley o los callan con cualquier bagatela sin permitirles que la obtengan con su propio esfuerzo y, así, aprecien su valor. Padres que, bajo el sincero y lógico deseo “yo lo único que quiero es que mi hijo sea feliz”, los liberan de obligaciones y deberes, de responsabilidades y esfuerzos desautorizando las decisiones de los profesores, desprestigiando, incluso, su labor como co-educadores y haciendo de sus hijos (nuestros alumnos) pequeños e indómitos monstruos. Padres que utilizan el centro escolar como un auténtico parking de sus hijos, que ceden al colegio la responsabilidad, el deber pero también el derecho de educar a sus hijos, pero que, paradójicamente, recriminan cualquier decisión del profesor y contaminan de negatividad e inutilidad el placer de la lectura, la satisfacción del trabajo bien hecho y el gozo de saber por saber aunque ello suponga tiempo, esfuerzo, constancia y su recompensa llegue a largo plazo (si es que llega). 
Y este es el resultado: niños y adolescentes consentidos, insolentes, excesivamente mimados, vagos, provocadores, egoístas, irrespetuosos, incívicos, caprichosos, intolerantes, carentes de límites, con bajo umbral de frustración, prepotentes y muy conscientes de su situación privilegiada: son, y se saben, los nuevos dioses a pesar de mostrarse ante los mayores como víctimas de la sociedad y se aprovechan de ello aunque, en el fondo, anhelen una figura autoritaria, un referente sin fisuras. Pero, aunque nos pese, el problema no se acaba en la ESO y el Bachillerato. Debido a la influencia de los cambios en el sistema educativo obligatorio y postobligatorio y, consecuentemente, a los cambios que se están produciendo últimamente en su concepción y organización, la Universidad tampoco parece que esté viviendo su mejor momento. Los niveles de exigencia y los resultados también han sufrido un descenso considerable y los que consiguen acabar los estudios superiores tampoco pueden garantizar una solvencia conceptual y teórica y una competencia profesional, a pesar de esperar una gran y ascendente carrera laboral y –a modo de ejemplo- pedir, en su primera entrevista de trabajo, como si fuera la cosa más usual del mundo, un gran sueldo, un horario estupendo, vacaciones de 2 meses –como en el colegio y en la universidad- y unas prerrogativas (léase móvil de empresa, coche de empresa, tarjeta de crédito, vales de restaurante) que sólo se consiguen una vez contrastada y demostrada la valía. ¿Cómo se le puede pedir a un joven de veintitantos años que asuma el hecho de que una buena carrera profesional siempre empieza desde abajo, que debe ser humilde con sus pretensiones, que debe ser respetuoso con los jefes, los compañeros y las normas establecidas, que debe demostrar día a día sus capacidades y habilidades, superando -con tesón y su mejor sonrisa- obstáculos y zancadillas y que sólo con esfuerzo, trabajo, constancia, afán de superación, empatía y sacrificio puede forjar una buena y sólida carrera profesional? ¿Cómo se puede pretender todo eso de un joven que no lo ha aprendido e interiorizado a lo largo de su vida como estudiante, bien porque no se lo han enseñado, bien porque no lo ha creído necesario aplicar para la consecución de sus deseos y necesidades, en ambos casos debido a la desidia de padres y docentes? Yendo más allá, ¿cómo podemos confiar en el futuro de nuestro país, en nuestro propio futuro, si depende de ellos, si ellos deben hacer posible ese futuro?

Y, ante este panorama tan desolador y decepcionante, cabría plantearse una cuestión: ¿está todo perdido? La respuesta es NO, un tajante y rotundo NO. No todo está perdido. Afortunadamente, todavía existen personas comprometidas con eso que llamamos EDUCACIÓN: políticos concienciados de que unas leyes bien pensadas, consensuadas y estables constituyen la única vía para que el sistema educativo y su comunidad tengan el lugar que se merecen en nuestra sociedad; profesores formados, bien formados, coherentes, abiertos y convencidos de que una buena formación humana, intelectual y emocional de los niños y adolescentes sólo se consigue con disciplina y paciencia y que es la garantía del futuro del país; padres responsables, valientes, implicados y conscientes de lo que supone educar a un hijo: seriedad, coherencia y mucho amor y, por último, alumnos motivados, curiosos, críticos y sabedores de que el aprendizaje –de conocimientos, de hábitos y actitudes- y el desarrollo de capacidades y aptitudes es el único camino. Este grupo de personas constituyen la esperanza para el presente y el futuro.
¿Juventud en cambio? ¿Juventud en crisis? Puede que sí pero nuestra obligación -como políticos, maestros y profesores, psicólogos, padres y empresarios- es despojar este término de sus connotaciones negativas para convertirlo en un reto y una oportunidad de mejora y progreso. Para ello, sería necesario y urgente dejar de divagar, de imponer, de especular, de teorizar sobre el problema que estamos sufriendo todos. Deberíamos dejar de buscar culpables en este ente abstracto que llamamos sociedad, deberíamos dejar de ir pasando la pelota como si de un partido de tenis se tratara (parece que en eso consiste la política, ¿no? En vez de sacrifico y compromiso, en vez de trabajar conjuntamente por el BIEN COMÚN, un simple partido de tenis, individuo contra individuo, partido contra partido, a ver quién gana el último set). No es cuestión de señalar con el dedo a alguien o a algo y sí de responsabilizarnos para abordar la cuestión desde todos los ámbitos –político, administrativo, familiar, escolar, laboral, psicológico- poniendo nombre propio a sus protagonistas. Como bien dijo un día alguien que sabe de cambios y crisis: Deberíamos dejar de pre-ocuparnos tanto y ocuparnos más.