Mostrando entradas con la etiqueta corrupción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta corrupción. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de septiembre de 2012

ENCRUCIJADAS, MY FIRST KINDLE BOOK



Blanca está convencida de que lleva un apacible, cómodo y feliz matrimonio con Ernesto, dueño de la empresa familiar “AdeA Asesores de Almenara”, quien, siguiendo los pasos de su difunto padre, el legendario y admirado alcalde Ernesto de Almenara, ha sido nombrado candidato al consistorio para las próximas elecciones municipales.
En el primer acto de campaña, la inauguración de una bodega, situada en una zona objeto de deseo y especulación de constructores y políticos, conocerán a Ari, la joven que ha alquilado el local para poner en marcha su negocio “Modus Vivendi De óleos y espíritus”.
Con el entramado político de fondo, la bodega y su nueva “dueña” pondrán a prueba a sinceridad de tan idílico matrimonio, la honestidad y la lealtad del alcalde, e, incluso, la sexualidad de Blanca.

Esta es la sinopsis de Encrucijadas, mi primera novela, mi primer kindle book. Lo encontrarán en Amazon.es, en los siguientes enlaces:

http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-ebook/dp/B009991H5A/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1356168377&sr=1-1

Y, como regalo, les adelanto el primer capítulo:




 I


Blanca se volvió por enésima vez. Sumida en un intermitente e incesante vaivén entre el sueño y la vigilia, quiso refugiarse en el calor del cuerpo de su marido, pero, al hacerlo, el brazo aterrizó, indolente, en ese lado de la cama todavía intacto. Lo palpó a tientas y, al abrir los ojos para cerciorarse de la ausencia, sólo vio los números del despertador que caían, rojos, refulgentes, amenazantes, en su negra realidad: las dos y cuarto de la madrugada.
En su inquieto duermevela, se retorció por debajo de ese apacible mar de flores y espigas de cretona pero, como ya hacía varios jueves, se encontró en medio de un gélido, silencioso y oscuro océano. En un intento de llenar ese vacío, se abrazó a la almohada de su marido pero tan sólo percibió el rastro de aquel aroma masculino que tanto le atraía y que hacía tiempo había empezado a desaparecer. Ya desvelada, volvió de nuevo a su sitio e, incorporándose, encendió la lámpara de la mesita de noche con la intención de leer un rato. El parpadeo de la breve luz de su teléfono móvil llamó su atención: “Esto va para largo...” La reunión. Hubiera querido esperarlo despierta. Siempre lo hacía. Y aquella ocasión bien valía la pena. Por Ernesto. No siempre el marido de una podía salir elegido número uno en las listas para las próximas elecciones municipales. Pero el sueño había podido más que la curiosidad. Pobre Ernesto. Meses y meses trabajando duro, intentando demostrar a los del partido que él era la persona idónea para ese puesto, mucho tiempo intentando convencerlos de que él podía ser un buen alcalde y no sólo por su apellido. Pobre Ernesto. Pobre ella, también. Meses y meses aguantando sus ausencias, sus respuestas ariscas y su eterna preocupación por conseguir lo que se había propuesto; demasiadas semanas intentando permanecer siempre en un segundo plano, discreta, paciente, en un frágil equilibrio entre la admiración y el sacrificio, la complacencia y el cariño. Ése era su papel y lo aceptaba sin reparos. Sabía que lo importante era él y lo quería por eso. Volvió a mirar el móvil: ni una llamada. Se le habrá olvidado. No pasa nada. Sabía perfectamente que, fuera cual fuere la decisión tomada, su vida estaba a punto de cambiar. Demasiado tiempo esperando el momento. Y parecía que el momento, por fin, había llegado. Volvió a mirar el despertador. Las dos y media. Cómo odiaba aquellos números encarnados y brillantes que delataban y dilataban esa sensación de abandono que se negaba a aceptar. No pasa nada. De nuevo, se le cerraban los ojos y, por un segundo, vio a su marido triunfador. No pudo evitar sonreír mientras echaba una ojeada a su alrededor: cuánto tiempo había pasado desde que entró por primera vez en aquella habitación, cuántas anécdotas vividas, cuántas ilusiones puestas. Apagó la luz. De nuevo en la oscuridad, un inesperado escalofrío recorrió su cuerpo. Se encogió entre los pliegues de las sábanas y, en ese preciso instante, la cama le pareció más grande, más fría, más vacía que nunca.

Ernesto abrió la puerta del dormitorio con sigilo y vio el cuerpo de Blanca levemente iluminado por un haz de luz procedente del distribuidor. Qué manía tenía de destaparse en mitad de la noche, con el frío que hacía a esas horas en la calle. Entró de puntillas y buscó la hora en el despertador digital. Las tres y diez. Qué tarde se le había hecho. Con la de cosas que tenía que hacer al día siguiente. Para no hacer ruido y despertarla, se fue quitando la ropa con cuidado, sin perder de vista la silueta dormida que tanta lo atraía, y, ligeramente excitado, se metió en la cama. Ya era viernes.
—Lo he conseguido. —Dejando fuera el crudo enero, Ernesto se había acercado por detrás al cálido contorno de su mujer y la abrazaba con todas sus fuerzas.
—Estaba preocupada por ti —musitó Blanca, acoplándose como una gata coqueta al perfil cóncavo de su marido al sentir aquel roce inesperado.
—Lo siento, cariño; se me ha echado el tiempo encima —le decía al oído mientras su rostro desaparecía en la melena de ella—. Qué bien hueles.
—Tendrías que haberme llamado. —Aquella susurrante voz femenina, en la penumbra, sonaba cálida, dulce, y eso lo encendía todavía más. Con un movimiento certero de pelvis, Ernesto se pegó con decisión a la espalda y le apretó los pechos con ímpetu—. La próxima vez, dime algo, aunque sea sólo un mensajito.
—Ya sabes cómo son los del partido. Se han empeñado en celebrarlo... —La mano de Ernesto se deslizaba de arriba abajo por debajo del camisón de seda siguiendo la senda trazada del cuerpo de Blanca hasta acabar debajo de las bragas y, mientras adivinaba en la oscuridad los recovecos más ocultos, sentía cómo ella, soñolienta, se retorcía sinuosamente dejando escapar breves jadeos —. Lo he conseguido, cariño.
—Lo sabía. No sabes cuánto me alegro. —Blanca se volvió sobre sí misma y se acurrucó contra el torso de su marido. Con los ojos completamente abiertos y una amplia sonrisa, buscó el rostro de él y empezó a cubrirlo con pueriles, breves y suaves besos mientras le daba la enhorabuena—: Felicidades, te quiero, eres el mejor, te quiero, el más guapo, te quiero...
Ernesto permaneció quieto, sonriente, dejando que su mujer lo besara y lo abrazara como una adolescente hasta que, como impelido por un resorte automático, de golpe, se separó de ella y, serio, la miró fijamente.
—Es viernes. —La besó con fuerza, metiéndole la lengua en la boca y, en un movimiento ágil y un tanto brusco, se puso encima de ella. Blanca cerró los ojos. No le apetecía hacer el amor. Prefería hablar con él, abrazada contra su pecho, que le contara cómo había ido lo reunión, qué había pasado, qué le habían dicho, qué iba a pasar desde ese momento. Pero no dijo nada. Nunca decía nada. Simplemente, cerraba los ojos y se iba. Como cada viernes.
—Qué ganas tenía de follarte. —Ernesto, más activo, más viril que nunca, le mordía los pezones por encima de la suave seda e intentaba deshacerse del camisón con torpes gestos mientras su esposa se dejaba hacer—. Qué ganas...
Con falsa impaciencia, Blanca acabó quitándose las bragas y con su marido de rodillas sobre la cama encima de ella, aprisionándola con las piernas, esperó que la embistiera como hacía cada viernes por la noche. Sin embargo y contra todo pronóstico, Ernesto se quedó quieto, erguido ante su mujer mientras ella sentía en la piel los ojos ávidos del flamante candidato a alcalde cuya respiración, cada vez más agitada, iba rasgando poco a poco el silencio de la noche. Blanca mantuvo la mirada en contrapicado y, tumbada ante él, en esa posición entre sumisa y solícita, por unos segundos, lo admiró: con ese cuerpo masculino apenas esculpido a golpe de mancuerna; el pecho henchido, varonil y tatuado con breves segmentos de una tímida luna que ya entraba por las rendijas de la persiana, el miembro erecto apuntándola desafiante y todos los músculos en tensión, aquel hombre se le antojó, por un momento, un auténtico coloso y, durante otro rápido instante, recordó todo lo que aquella misma imagen, un tanto soberbia pero muy de hombre, le había provocado en los primeros meses de casada. Lástima que aquello durara tan poco y que en tan poco tiempo descubriera en qué acababa ese alarde de sexual hombría: el simple, mecánico y previsible quehacer de los viernes. Al principio, pensó que era culpa de ella pero prefirió no decirle nada. Más tarde, se planteó la posibilidad de que fuera de él y consideró prudente no decirle nada. Con el paso del tiempo, impelida por la costumbre y la desidia y amparada en la fantasía, resolvió no hacer nada para recuperar aquellas primeras noches de amor. Así, más de ocho años. Nunca se atrevió a explicarle lo que sentía o, mejor dicho, lo que no sentía. Pero a ella no le importó. A ella ya le iba bien. Era feliz porque lo quería, lo quería mucho, era su esposa y eso era lo único que contaba.
—Por fin lo he conseguido. —En aquellos momentos, lo vio como un héroe, alguien capaz de elevarla a las cotas más altas del placer y de la felicidad; sin embargo, desengañándola para siempre de ese idílico oasis con final feliz, el candidato se abalanzó sobre ella y, sin caricias, sin susurros, sin una maldita palabra que la excitara mínimamente y facilitara el trámite, la penetró. Y ella lo encontró más grande, más fuerte, más duro que nunca. Volvió a cerrar los ojos, suspiró y se abandonó a él mientras buscaba en su mente a aquél que la ayudaba a sobrellevar mejor la obligación marital, como le decía su madre. ¿Cómo se llamaba la película? La del joven que seducía a la protagonista madura. Mientras Ernesto la empujaba una y otra vez, demostrando un brío y una inspiración inusitadas, Blanca recreaba la escena en la que él, el amante sin rostro ni nombre, se encontraba con la respetable mujer, felizmente casada, y, en ese anonimato que podía conferir un bar repleto de gente, la ponía a mil con una mirada profunda, con palabras deliciosamente obscenas que la hacían sentir la más atractiva y experta entre todas las mujeres, con caricias no por suaves menos indiscretas, mordiscos en el cuello, proposiciones impensables... Eso sí que la ponía cachonda y, aunque se lo negaba como un terrible secreto, era su refugio y su salvación la noche de los viernes. En su mente reinaba aquella escena de la película, algo sobre la infidelidad, sin identidades ni voces: sólo un cuerpo femenino que quería volver a sentir y que alguien lo sintiera, sólo un cuerpo masculino que la seducía, la excitaba y la poseía. Así, con los músculos, cada vez más tensos, de su marido encima de ella y el crucifijo que subía y bajaba acompasadamente en el espejo del armario, la mujer del flamante candidato suspiraba de vez en cuando y aguardaba. Ése parecía ser su único cometido: esperar la gran exclamación final masculina acompañada del previsible, brusco y preciso movimiento de retirada a tiempo que le permitía presenciar cómo la inteligencia, el carisma, el saber hacer de su admirado Ernesto se derramaba, caliente, viscoso, blanquecino, sobre el vientre mientras permanecía quieta, como si la cosa no fuera con ella. Como cada viernes. Y ya le iba bien.
—Mi sueño, por fin, hecho realidad —pronunció Ernesto, todavía desnudo, cogiéndola por el hombro, al tiempo que se lo acariciaba cadenciosamente; ella, después de haberse limpiado con una toallita húmeda y con las bragas y el camisón puestos, jugueteaba con los caracolillos del vello del pecho. Debía faltar poco para que amaneciera y el dormitorio olía a semen. Blanca seguía oyendo las palabras de su marido como una melodía cada vez más lejana: A partir de mañana... Blanca se acordó de cuando lo conoció, qué joven era ella, qué inexperta y qué inocente. Te necesito a mi lado... Lo reconocía, él se lo había enseñado todo. Él la había moldeado a su gusto, había sido el primero y ambos sabían perfectamente que sería el único. Estaré muy ocupado… Y era consciente de que ese pensamiento, a su marido, le volvía loco de pasión. Cuando esto haya pasado... Y ella aprendió muy rápido y muy bien. No te preocupes por nada… Sabía que no había nada por qué preocuparse. Mañana viernes me despido de los de la asesoría… Él siempre estaba allí. A decir verdad, en los últimos meses, no tanto, pero era comprensible. Ella también estaba siempre a su lado, dispuesta, esperándolo. La comida y luego... Lo tenía todo. Te quiero, le susurró él, como cada viernes. Qué más podía desear.
—Yo también te quiero, cariño.



sábado, 1 de septiembre de 2012

¿LA ÚLTIMA REFORMA?

A aquellas mentes privilegiadas (privilegiadas por los sueldos, pensiones, remuneraciones, dietas e indemnizaciones que reciben, no por otra cosa) que durante estos últimos años se han estado devanando los sesos para meternos a los ciudadanos de a pie -nosotros: esos simples, abnegados y cada vez más hartos mortales- en esta cruenta y eterna crisis y que ahora nos quieren sacar de ella con fabulosas reformas materializadas en inconsecuentes y contraproducentes políticas de recortes -en sanidad, en educación, en cultura, etc.-, rocambolescas e injustas leyes de despido,  subidas de impuestos y demás sospechosas argucias; a todos ellos, decía, les propongo una nueva y última reforma:

Recortes salariales, bueno, no, despido definitivo y sin indemnización ni nada por el estilo a todos aquellos cuya ocupación -y preocupación- debería ser velar por el bien común y garantizar por encima de todo el bienestar de los ciudadanos que están bajo su auspicio y que, sin embargo, han demostrado con denodado esfuerzo, probada solvencia y sobrada profesionalidad:

* que han olvidado por qué están ahí,
* que se han pasado por el forro lo que prometieron,
* que están imputados en alguna causa judicial (siempre juran que no han hecho nada pero si están imputados, por algo será, ¿no?),
* que son unos auténticos demagogos (hablan, hablan, hablan pero nunca dicen nada...),
* que se prodigan en mentiras y falsedades (aunque para mantenerlas y justificarlas tengan que recurrir a más mentiras y falsedades. Es el cuento de nunca acabar...),
* que no cumplen lo que prometen (aunque luego digan que nunca han prometido nada),
* que no son tolerantes con las opiniones y las ideas de los demás,
* que se piensan que están en posesión de la verdad,
* que se dedican a insultar de manera constante y sistemática a los que no están de acuerdo con ellos (por aquello de estás conmigo o contra mí),
* que consideran que una buena defensa consiste en un buen ataque,
* que practican el absentismo en sus puestos de trabajos (llámese escaño, despacho, etc.)
* que pretenden lucrarse con sospechosas acciones y transacciones,
* que se burlan de las necesidades y desgracias ajenas,
* que se aprovechan de la buena fe de los ciudadanos (y de la confianza y del desconocimiento y de la desesperación y de la desesperanza...)
* que son unos auténticos incompetentes, inútiles, lerdos a la hora de acometer sus funciones,
* que no saben cuáles son sus funciones ni se preocupan por saberlas,
* que no tienen ética ni moral ni escrúpulos ni conciencia a la hora de tomar decisiones,
* que no saben pensar ni dialogar ni llegar a consensos,
* que se jactan de su posición y de su cargo y abusan de ellos,
* que están convencidos de que pueden actuar con total impunidad por el simple hecho de ser quienes son, por el simple hecho de estar donde están,
* que no contemplan su cargo como una responsabilidad y un servicio a los ciudadanos sino todo lo contrario, que los ciudadanos estamos a su servicio,
* que ocupan un cargo sin tener en cuenta sus capacidades intelectuales, sus habilidades profesionales y su talla moral,
* que no saben hablar inglés (como mínimo),
* que creen que la política es igual a ambición y poder,
* que piensan que sólo se puede ejercer el poder prohibiendo las libertades (de expresión, de asociación, etc.) y amenazando (es lo que se llama política el terror, ¿no?),
* que piensan que para tener poder tienen que esconder, manipular y tergiversar la información,
* que utilizan los medios de comunicación para adocenar y manipular a los ciudadanos,
* que se aprovechan impunemente de esta crisis (ya se sabe, en río revuelto…)
* que todavía no saben el verdadero significado de términos como democracia, libertad, consenso, bien común, etc., etc., etc.,
* que, después de suplicar el voto con promesas falsas y falsas complicidades, cosifican a los ciudadanos, los desprecian, los ningunean y, lo peor de todo,
* que consideran que somos unos auténticos idiotas.

Seguro que me faltan más puntos pero, ¿qué les parece esta reforma? ¿Cuánto dinero creen que podemos ahorrar? ¿La aprobamos, aunque sea por decretazo?

miércoles, 5 de octubre de 2011

CIENCIAS DE LA CORRUPCIÓN

Un nuevo curso, nuevos alumnos y los mismos retos: intentar que los adolescentes tomen consciencia de lo que significa tener unos estudios, una cultura y una educación; de lo importante que es ser disciplinado, constante y trabajador; de que deben aprender a ser autónomos y proactivos, a trabajar en grupo, a ser consecuentes, a ser críticos con ellos mismos y con lo que les rodea… Bla, bla, bla… Siempre lo mismo. Y la cuestión es: ¿lo estamos consiguiendo? ¿A pesar de los recortes y de los esfuerzos por parte del gremio docente (y la mayoria,decente), estamos inculcando todos esos valores para que lleguen a ser ciudadanos de futuro y con futuro? Pero creo que ésas no deben ser las cuestiones que nos debemos plantear. Siendo sinceros y viendo lo que sucede a nuestro alrededor, el gran interrogante debería ser: ¿Realmente, son ésos los valores que debemos inculcar o tendrían que ser otros?
Ahora que nuestros alumnos de 2º de Bachillerato ya se están planteando qué hacer con su vida después de acabar esta etapa y se están debatiendo entre infinidad de titulaciones para elegir su futuro (no olvidemos que serán nuestros futuros médicos, futuros abogados, futuros investigadores, futuros políticos, futuros profesores, futuros ingenieros, etc.) y después de revisar infinidad de veces el listado infinito de grados que ofrecen las diferentes universidades (Ciencias Ambientales, Ciencias Biomédicas, Ciencias de la actividad física y del deporte, Ciencias Empresariales, Ciencias Políticas, Ciencias de la Información, Ciencias de la Educación), viendo el panorama nacional e internacional, echo de menos algo. Me pregunto dónde está el grado de Ciencias de la Corrupción, en qué universidad se estudia y qué materias o créditos lo componen.
Observando y analizando los perfiles de estos titulados en Ciencias de la Corrupción, se podría decir que han estudiado las siguientes asignaturas:
Derecho, para conocer las leyes con el único objetivo de transgredirlas. No para respetarlas y hacerlas respetar sino para descubrir sus recovecos oscuros, para saber qué vacios legales presentan y poder actuar, así, con total impunidad.
Economía, para dominar términos y realidades como “cohecho”, “malversación de fondos”, “prevaricación”, “paraíso fiscal”, “contratación fraudulenta”, “economía sumergida”, “fraude fiscal”. O, simplemente, para saber que, si te doy X a cambio de Y, yo recibo ZZZZZZ o, lo que es lo mismo, $$$$$$$ o €€€€€€.
Ética, para acabar sabiendo que, si se actúa sin ella, no ocurre absolutamente nada; que, incluso, es recomendable “pasar de ella” para conseguir pingües beneficios en las transacciones o pactos. Después de miles de años de reflexión y estudio por parte de nuestros filósofos para poder dilucidar qué mueve al ser humano a actuar de esa manera, llegamos a la conclusión de que se puede vivir con “total dignidad” siendo completamente amoral o inmoral, y que es precisamente esa falta de ética el motor de las economías mundiales. Si sumamos la falta de escrúpulos al egoísmo, más la ambición, más la ignorancia, más la estupidez supina, obtendremos como resultado el perfil del corrupto idóneo. No, si ya lo decía Platón…
Antropología y Sociología, para conocer a la víctima de nuestras argucias; para saber que el ser humano necesita confiar en sus representantes, necesita una cierta estabilidad política para seguir creyendo en el sistema, necesita seguridad para seguir viviendo, y está dispuesto a apoyar, una vez más, a aquel que le está robando, le está engañando y se está riendo en su cara. Da la impresión de que en esta materia existe un seminario en el que se enseña cómo detectar los grupos sociales más vulnerables, más frágiles y cómo aprovecharse de ellos con mentiras, engaños y falsas promesas. Debe de haber otro seminario en el que se da pautas para ejercer el abuso de poder mediante abusos sexuales…
Demagogia, para aprender a hablar, hablar y hablar sin decir absolutamente nada. Y en este bloque se podría encontrar un ciclo de conferencias sobre Léxico y Gramática, en las que se enseña diversas técnicas para decir siempre lo mismo -es decir, nada- sin repetir las mismas palabras. Y con un apartado muy importante para aprender a humillar, atacar e insultar a los que acusan, a los que dudan, a los que denuncian, a los que se cuestionan los hechos y los actos, todo ello sin vulnerar, eso sí, las leyes de la diplomacia.
Semántica, para recuperar el verdadero significado de conceptos como “democracia”, “justicia”, “igualdad”, “bien común” y un largo etcétera que se olvidan nada más asumir el poder. Jurarían que esta matería, la suspenden todos...
Psicología, para profundizar en uno mismo y conocer cuáles son los propios límites en el asunto que nos ocupa, la CORRUPCIÓN. Para hilvanar un pensamiento y un discurso basado en el YO-ME-MÍ-CONMIGO y quedarse “tan pancho”. Para esconder los defectos, las incapacidades y, sobre todo, las inseguridades y debilidades personales y sociales.
Telegenia, para aparecer ante la prensa y la opinión pública bien vestidos, bien peinados y con el discurso –que, insisto, no dice nada, no ofrece nada- bien aprendido, con las palabras bien buscadas y, especialmente, con esa prepotencia y esa sorna que caracterizan al corrupto.
Obviamente, y siguiendo el famoso Plan de Bolonia, las universidades que ofertan este grado universitario, Ciencias de la Corrupción, garantizan prácticas en diferentes y reconocidas instituciones. Véase: ministerios, consejerías, consistorios, clubs deportivos, ONGs, entidades financieras, centros educativos, empresas de diversa índole. Como se puede observar, existe un amplio abanico de posibilidades para que el estudiante de Ciencias de la Corrupción pueda aplicar sus conocimientos.
Así las cosas, la próxima vez que un alumno me pregunte sobre los estudios superiores y me pida ayuda para tomar la gran decisión, no se me ocurrirá apelar a los intereses personales, a las habilidades sociales, a las aptitudes profesionales. Tampoco aludiré al esfuerzo, a la constancia y a la ilusión. La próxima vez que alguien me responda “Sí, todo eso está muy bien pero, ¿ganaré mucho dinero?”, guardaré todos esos argumentos en el cajón de las utopías y le contestaré: ¡Ah, haber empezado por ahí! ¿Es eso lo único que quieres? ¿Sólo ganar dinero? Pues, está claro. Corrupto, hijo, hazte corrupto.