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miércoles, 26 de junio de 2013

A TODOS LOS PROFESORES, FELICES Y MERECIDAS VACACIONES


(Érase una vez un alumno que me miraba con mucha curiosidad. Yo estaba encantada con él: permanecía en silencio, atento y cogía apuntes de mis explicaciones. He aquí el resultado de tanto interés...)







SÍ, YA SÉ QUE POR INTERNET VAN PULULANDO CUESTIONES SOBRE LA EDUCACIÓN Y LAS FLAMANTES IDEAS DE WERT PERO, HABIDA CUENTA DEL INDECENTE BAILE DE LEYES EN ESTE SURREAL MUNDO DE LA EDUCACIÓN Y DE LA DOCENCIA Y SIENDO CONSCIENTES DE LA REALIDAD QUE SE VIVE EN LAS AULAS DE ESTE PAÍS, VAMOS A LLAMAR LAS COSAS POR SU NOMBRE.


·PROGRAMACIÓN: Los mundos de Yupi. 4 hojas llenas de utopías, “Contenidos”, “Habilidades” y, especialmente, “Objetivos” (¡¡jua jua jua jua!!)
·DIARIO DE AULA (o memonotas): El inframundo. 4 hojas de supuesta planificación a 15 días vista, llena de tachones y flechas debido a las “urgencias”, cambios de planes o “sorpresas” en forma de celebraciones, de actividades o de salidas culturales.
·CELEBRACIÓN/ACTIVIDAD O SALIDA CULTURAL: Literalmente, “¿qué clase me pierdo?” (válido para los alumnos y, también -no lo vamos a negar-, para los profesores)
·ACTIVIDAD EN EL SALÓN DE ACTOS (o teatro o sala polivalente o algo que se le parezca): Una horita para echar una cabezadita (en el caso de los alumnos). Una hora para relajarse o para estar como un puto radar (en el caso de los profesores)
·VIAJE DE CURSO: Ya sea con la excusa de hacer un trabajo, de fomentar la convivencia o de culturizarse, 5 días bárbaros para liarla parda (en el caso de algunos alumnos). Y en el caso de los profes, 5 días para estar como un puto radar ¡¡día y noche!! Y tres días antes: canguros, coladaas, comidas, etc., etc., etc.
. SUBRAYAR LAS IDEAS PRINCIPALES: Pintarrajear el libro de fosforito. (¿¡¡Pero quién inventó el maldito fosforito???!!!
.TAREA MULTIDISCIPLINAR o TRANSVERSAL: Aprovechar el trabajo hecho en otra materia (corregido y evaluado por otro profesor) para tener una nota diaria. (¡Esto sí que es un invento!)
·TRABAJO EN PAREJA: Corregir la mitad (¡la leche!)
·TRABAJO EN GRUPO: Corregir la mitad de la mitad (¡la releche!)
·EXAMEN DE RECUPERACIÓN: Las mismas preguntas del examen de evaluación pero cambiadas de orden. ¡¡¡¡Y algunos, ni con esas!!!!
·EXAMEN TIPO TEST: ¡La repanocha! Difícil de preparar pero genial para corregir. Si se vende la moto a los alumnos de que la autocorrección es una muy buena herramienta para reflexionar y de aprender de los errores, ni te cuento.
.EXAMEN EN BLANCO. ¡¡¡¡¡Yuhuuuuuuu!!!!!
·PPT: Una manera como otra cualquiera de tener a los alumnos distraídos durante dos semanas creyendo que están aprendiendo con las TIC, y nosotros, haciendo creer que sí.
·EXPOSICIÓN ORAL: O lo que es lo mismo, corrección inmediata. Un recurso ideal para no gastar tanto boli rojo.
·TUTORÍA: Cajón de sastre, gallinero, confesionario, rincón del vago, hora de descanso… Llámala como quieras.
.TUTOR/A: Además de psicólogo, confesor, terapeuta, mediador, confidente, pseudoprogenitor…, básicamente, BOMBERO: experto en apagar durante todo el curso todos los fuegos que se encienden entre los alumnos y ellos mismos, entre los alumnos y otros alumnos, entre los alumnos y sus novietes/as, entre los alumnos y los padres, entre los alumnos y las parejas de los padres, entre los alumnos y los profesores, entre los alumnos y el puto mundo…
·COORDINACIÓN/JEFATURA DE ESTUDIOS: Siguiendo con el símil, tremendo Parque de Bomberos pero con mangueras más potentes y cortafuegos más radicales y contundentes.
.ENTREVISTA CON LOS PADRES: Ocasión estupenda para que:
o   Los padres (separados) se echen en cara toda la mierda que arrastran desde que se separaron.
o   Los padres (juntos) se den cuenta de que se tienen que separar.
o   Los padres (separados o juntos) hagan terapia de choque.
o   El hijo se avergüence de sus progenitores.
o   El tutor vea en el alumno una versión reducida de Dr. Jekyll and Mr. Hyde.
o   El tutor confirme aquello de “de tal palo tal astilla”
o   El tutor salga de ese encuentro murmurando “virgencita, que me quede como estoy”.
o   El tutor solicite urgentemente al jefe de estudios un relevo indefinido (otra cosa es que te haga caso…)
PUEDE SEÑALAR TODAS LAS OPCIONES
·SESIÓN DE EVALUACIÓN: Una mezcla entre “Sálvame diario”, “Comando actualidad” y cualquier reportaje de animales de la 2.
·PATIO: Hablando de animales, la jungla.
·AULA: Una mezcla de club social, cámara de tortura o la jungla 2.
·ASIGNATURA MARÍA: Antiguamente, religión, dibujo, música y/o gimnasia. Ahora, con tanta tontería, todas.
·LIBRO DE TEXTO: Antiguamente, “tocharro” plagado de palabras, lecciones magistrales y muy pocas ilustraciones: una fuente de auténtica sabiduría. Ahora, con eso de que el niño tiene que ser feliz, algo parecido a un cómic, lleno de dibujos y cuatro palabrejas: un divertimento.
·DICCIONARIO: ¿Lo cualo?
·ORTOGRAFÍA: (Esto me lo dijo literalmente un alumno, palabrita del Niño Jesús) “Paranoia que alguien, que estaba "fumao", patentó para hacerse rico y, de paso, pa jodernos la vida, profe”.
·PROFESOR/A: Un/a “pringao/pringá”, un/a incomprendido/a, un/a abnegado/a o una especie de superman o de superwoman, un ente que pulula por los pasillos, las aulas y las salas de profesores pensando en la asignatura que le toca impartir aquel día, el infome del niño que tiene que ir al psicólogo, el castigo de aquéllos que han boicoteado la clase de inglés, los exámenes que se ha dejado olvidado encima de la lavadora, el registro de notas, la entrevista con aquellos padres un tanto "difíciles", el jefe que le ha recordado que tiene que querer a los alumnos y no debe suspender tanto, la ficha de trabajo, contestar los mensajes de los padres, corregir cien mil trabajos voluntarios, organizar las colonias, preparar la reunión informativa de los padres, organizar la salida que planificó a principio de curos (¡maldita la hora! Siempre pasa lo mismo, en setiembre todo son buenas ideas y muchas ganas para hacer muchas cosas). Más encima, el dalsy del enano que esta mañana tenía unas décimas de fiebre, la colada, la compra, la declaración de la renta, arreglar la estantería del salón, hablar con la señora de la limpieza (aquellos que la tengan, claro), llevar al mediano al médico, quedar con los tutores de los niños, comprarles mochilas nuevas para las colonias. Más encima, estar pendiente de los padres (de los propios, que ellos también existen), de los hermanos y sobrinos; escribir un mail a los amigos (porque eso de quedar, eso de tener vida social, ya se está convirtiendo en una gran utopía. Los niños, con las actividades extraescolares, las fiestas de cumpleaños o los encuentros con los amiguitos tienen más vida social que todos nosotros) y ejercer de pareja, ahí es ná... ¡¡¡Ya estoy agotada!!!

Yo creo que ya hemos repasado todos los conceptos que constituyen el día a día de un docente, ¿no?
¿¿¿....???? 
¡¡Jo, se me olvidaba el más importante!! El que constituye la esencia de la educación, el protagonista de nuestros días y el causante de la mayoría de los quebraderos de cabeza: EL ALUMNO.
.ALUMNO: Dícese de aquel ser de origen mitológico, con diez cabezas y veinte brazos, que, expulsado del Olimpo por los dioses, fue castigado a ser el "puto amo" de otro reino, el colegio, del patio, de los pasillos, de los lavabos, especialmente del aula. Cuenta la leyenda que, en función del humor de los dioses, este extraño, peculiar, contradictorio, amado y odiado ser puede reaccionar de diversas maneras:
+ Pasarse la clase durmiendo
+ Pasarse la clase jod... 
+ Pasarse la clase chinchando al compañero
+ Pasarse la clase cuestionando cada palabra del profesor
+ Pasarse la clase mirando las musarañas
+ Pasarse la clase intentando ligar con alguien qur le ha sorbido el seso
+ Pasarse la clase escribiendo chorradas en la agenda
+ Pasarse la clase pensando en Dios sabe qué
+ Pasarse la clase atento, en silencio, escuchando con deleite y curiosidad al profesor (juajuajuajua)

Dedicado a todos los maestros y maestras, profesores y profesoras que, a pesar de la situación (los recortes, los ministros, los jefes, algunos padres y ciertos alumnos) seguimos creyendo en eso que llaman la EDUCACIÓN y la DOCENCIA (sí, no es ninguna quimera), seguimos teniendo eso que llaman VOCACIÓN (sí, algunos la van perdiendo por el camino. se entiende perfectamente) y seguimos entrando en las aulas con alegría, confianza, paciencia y perseverancia, con la intención de enseñar, compartir, aprender y disfrutar. 

En fin, lo dicho, que FELICES Y MERECIDAS VACACIONES y hasta el curso que viene.

viernes, 8 de febrero de 2013

LA CALIDAD EDUCATIVA. ADOLESCENTE, ¿VÍCTIMA O VERDUGO DE ESTA SOCIEDAD?


De un tiempo a esta parte, quizás debido a los cambios producidos últimamente por la crisis económica (paro, desahucios, recortes salariales, impuestos, recorte en las inversiones, etc.), crisis política (pérdida de horizontes claros y descrédito por parte de nuestros dirigentes vs. desafección y desconfianza por parte de la ciudadanía ), crisis moral (corrupción, hipocresía, ambición, mentiras, etc.); quizás debido al ¿nuevo? papel de los medios de información y comunicación -léase, idiotizar, adocenar, manipular, más que informar y entretener-, quizás a las nuevas maneras de ocio que existen actualmente o quizás, insisto, al ir y venir de las leyes de educación que, al paso que vamos, va a acabar con nuestra paciencia y nuestra confianza en el sistema fin, la realidad de nuestros niños y adolescentes ha ido cambiado, en estos últimos años, especialmente en estos últimos meses, inexorable y considerablemente. Pero esta metamorfosis paulatina no ha sido exclusiva de la figura del joven –sus prioridades, sus pensamientos, sus hobbies- sino también de los grandes conceptos que han acompañado desde siempre al ser humano: sociedad, familia, educación, trabajo, comunicación, religión... Y, como muy bien dijo un día alguien que sabe de modificaciones y “cataclismos”, cualquier cambio supone crisis y cualquier crisis exige un cambio, entendidos estos dos términos como readaptación y/o reestructuración. Y una crisis o un cambio, según cómo sean gestionados y canalizados pueden desembocar en oportunidad y mejora o, contrariamente, en estancamiento y fracaso.
En estas coordenadas actuales, en pleno siglo XXI, se encuentra el ADOLESCENTE y de todos es sabido que, por su naturaleza y sus circunstancias, se ve poderosamente influenciado por tres elementos claramente diferenciados y en constante evolución: FAMILIA, ESCUELA y ENTORNO (o lo que se conoce de una manera más difusa y vaga con el nombre de SOCIEDAD) y no precisamente en este orden de importancia. Paradójicamente, estos tres ámbitos constituyen, en mayor o menor medida, causa activa de las reacciones y de los cambios propios de la época adolescente pero también “sufridores” pasivos de su comportamiento. 
En primer lugar, quizás porque es donde el joven pasa la mayor parte del día durante nueve meses, se encuentra la escuela, único lugar y entorno en el cual –parece ser- se deben inculcar y desarrollar los valores que hagan de esta “personita” un hombre o una mujer de provecho, de futuro y con futuro, así como garante exclusivo de su formación integral. Pero, ¿qué está ocurriendo allí? 
Para responder esta pregunta, habría que empezar por los cimientos: la ley o las leyes. Ciertamente, no es la única responsable de esta situación que se está viviendo de un tiempo a esta parte, pero sí se puede afirmar que ha influido notablemente en el desarrollo de los “acontecimientos” para llegar a este punto ¿sin retorno? ¿Qué se puede esperar de un sistema educativo que está deviniendo constante moneda de cambio en los programas electorales de partidos políticos cuya permanencia en la Moncloa es su máxima aspiración? ¿Cómo es posible que, teniendo en cuenta que los principales “sufridores” de este sistema han de forjar el futuro de nuestro país, todavía nadie se haya percatado de la importancia y del beneficio que supondría la existencia de unas leyes consensuadas y pensadas siempre en aras del crecimiento y del desarrollo intelectual, emocional y físico del niño y del adolescente; unas leyes trabajadas desde el mismo terreno de juego –si se me permite el argot futbolístico- por hombres y mujeres que conocen de primera mano la realidad de las aulas, de los pasillos, de los lugares de recreo y, también, de la calle? ¿Cómo es posible que nos hagan “comulgar” con (y aplicar) unas leyes utópicas, con unos recursos materiales y humanos –en definitiva, con unos recursos económicos, porque, no nos vamos a engañar, parece ser que todo se reduce a eso, a una simple cuestión pecuniaria- inasumibles (por ser escasos para llevar a cabo la práctica docente con un mínimo de profesionalidad y eficacia) o inalcanzables (por ser desmesurados y, por consiguiente, irreales); una leyes dictadas desde unos despachos por hombres y mujeres que dejaron el colegio hace mucho tiempo, sin contar con la opinión, el criterio y la experiencia de maestros y profesores, psicopedagogos y padres, sin escuchar -aunque para algunos parezca una osadía- la voz de los alumnos? ¿Cómo se puede entender que nuestros dirigentes todavía no han caído en la cuenta de que, para que la EDUCACIÓN vuelva a ser un pilar fundamental en nuestra sociedad y obtenga los resultados que se esperan, tiene que estar valorada y dignificada y que eso sólo se podrá conseguir con una política educacional estable, que vaya más allá de los colores y las ideologías, que tenga como principal objetivo la formación integral del niño y del adolescente y no el desprestigio y la humillación del partido de la oposición y aspirante al poder? 
Por si esto fuera poco, este baile de leyes (Pongamos desde la EGB, el BUP y el COU, hemos sufrido la LOECE, la LOGSE, la LOCE, la LOE, y ya estamos sufriendo las precuelas de la LOMCE...) poco han favorecido (ni favorecen) la labor docente y la tarea de cualquier estudiante que se precie como tal. El clásico “enseñar deleitando”, que tanto se defendía antaño, dio paso al método “la letra con la sangre entra” y, en los últimos años, se fue tergiversando y viciando hasta convertirse en “divertir y, si aprenden algo, mejor...” Aquel sistema, aún vigente y avalado por algunos, defendido y practicado por otros compañeros de profesión y expertos en la materia, sólo ha sembrado la desgana y la desmotivación entre los alumnos y un rechazo absoluto a la llamada “cultura del esfuerzo”, lo que supuestamente defiende la nueva ley: disciplina, constancia, paciencia, afán de superación, método, implicación, estudio, curiosidad, espíritu crítico, humildad y proyección de futuro. Lástima que la quieran imponer coartando la libertad del propio gremio (vamos mal, muy mal). Con este "bailad, malditos, bailad" y con unas expectativas de futuro que pasan por marcharse al extranjero, cada vez hay menos chicos implicados, interesados y concienciados en eso que llamamos formación, investigación y profesionalización (algunos de ellos, incluso, han sido tachados por sus propios compañeros e, incluso, por sus maestros y profesores de “raros”, “especiales”, “amargados”, “pelotas” y, en ciertos casos, han sido convertido en clara diana del tan temido y desgraciadamente conocido bullying –aunque para algunos sea simplemente un hecho puntual...-). Haciendo una mera descripción objetiva de la realidad y quizás resultando un tanto radical y pesimista, lo que predomina actualmente en las aulas de nuestros colegios e institutos son adolescentes carentes de interés por nada, de curiosidad, de ganas de saber, de metas, de ilusiones, de afán de superación por lo que, ante un fracaso –un suspenso- o una negativa, tienen pocas opciones: tirar la toalla y dedicarse a molestar a los compañeros, boicotear la clase y amargar la vida de los profesores o tirar la toalla y practicar el absentismo y convertirse en NINIs, “carne de cañón” poniendo en jaque, en ambos casos, a todo el equipo docente, a los padres y a inspección y provocando, en numerosas ocasiones, una situación de desesperación, impotencia y rabia. 
Ante este panorama, los profesores, además de intentar transmitir unos conocimientos para que nuestros alumnos tengan un mínimo bagaje cultural, nos vemos obligados a inculcarles –contra viento y marea, es decir, contra el sistema, contra los propios alumnos, contra la sociedad, contra los medios de comunicación y, en algunas ocasiones, contra la opinión de los mismos padres - una serie de valores que parecen haber perdido toda razón de ser por considerarse obsoletos e improductivos. No es fácil. No está resultando nada fácil.
Y flaco favor hace la televisión con esos programas –series, reality-shows, concursos, “teleencierros”, talk-shows, etc.- que se han erigido en estandartes de los nuevos valores (yo los llamaría contravalores): dinero fácil, éxito rápido, ocio remunerado, recompensas inmediatas, mínimo esfuerzo, culto al cuerpo, desprecio a la mente y todo un supuesto mundo de glamour y fama –malentendida fama-, al alcance de cualquiera, que atrae a los más jóvenes y los convierte en seres sin criterio, autómatas cuya máxima aspiración en la vida –emulando a sus ídolos- es hacer dinero sin estudiar ni trabajar. A modo de ejemplo, para ilustrar lo dicho anteriormente, si nos fijamos en la “parrilla” televisiva de un día cualquiera, nos damos cuenta de la casi total ausencia de programas atractivos y entretenidos para ojos, oídos y mentes de niños y adolescentes que los animen a leer, a esforzarse, a estudiar, a sacrificarse, que ayuden a desarrollar capacidades y aptitudes como la labor en equipo y el trabajo bien hecho y que potencien cualidades como la empatía, la solidaridad, la eficacia sin que haya por medio un cheque, una portada de revista, una entrevista o unos minutos en lo que parece ser el pasaporte al “estrellato”, los programas “basura”. Por no hablar de los programas informativos, en su mayoría, tendenciosos, partidistas, nada objetivos, meramente especulativos, que responden, ¡cómo no! a una ideología clara y cuya única pretensión es manipular las mentes y los pensamientos de las televidentes. Pensamiento único para hacer de nosotros lo que quieran. No pienso, luego existo (¡Si Descartes levantara la cabeza...!) Pero no es la televisión el único medio de entretenimiento y de información de los jóvenes que, si bien no es nociva en sí misma, se puede afirmar que sí se está utilizando de manera inapropiada. Los videojuegos, en estos últimos años, se han erigido en “los reyes” del ocio y la diversión –junto con el botellón y las drogas, sólo hay que ver las estadísticas y los datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad- y también están provocando en nuestros niños y adolescentes una seria y grave de-formación porque, a pesar de desarrollar habilidades y destrezas psicomotrices, están postergando al “jugador” al ostracismo más absoluto y provocando trastornos adictivos impidiéndole relacionarse con sus iguales con toda normalidad. Y, ¿qué se puede decir de Internet? No cabe duda de que es una buena y potente fuente de información, comunicación y entretenimiento –siempre y cuando se utilice como es debido (y, para ello, son necesarios la reflexión, el espíritu crítico y, obviamente, una serie de conocimientos previos, veraces y serios) y sus contenidos sean tratados con rigurosidad y corrección- pero, si no se gestiona adecuadamente (atendiendo a la edad y las necesidades del “navegante”), puede ocasionar problemas en los más jóvenes además de proporcionar un alud de información que, en vez de aumentar su bagaje cultural, lo único que hace es sumir al consumidor en la desinformación y el desconcierto. (además de todo eso, un dato más: supongo que conocerán la página de elrincondelvago o parecidas que fomentan el plagio. Desde ellas, se puede “bajar”, imprimir y presentar al profesor cualquier trabajo de Primaria, ESO y Bachillerato con sólo cuatro movimientos de “ratón”. ¿Dónde quedaron las tardes de biblioteca, las noches leyendo, redactando y corrigiendo? Sólo le veo una ventaja a esta nueva herramienta: nos obliga, a los profesores y padres, a estar al día en esto de las TIC para que no nos den “gato por liebre”). El WhatsApp, el Facebook, el Twitter y demás redes sociales tampoco favorecen la “cultura del esfuerzo”. Efectivamente, son útiles y beneficiosos si se gestionan y/o se controlan adecuadamente pero no podemos olvidar que estos medios de información, comunicación y diversión constituyen los paradigmas de la inmediatez y la facilidad –por no decir de la mala escritura- (justo todo lo contrario a lo que precisa un buen estudiante o un buen profesional)- y favorecen la creación de una realidad virtual que va cogiendo fuerza y credibilidad por momentos. 
 Y, ante toda esta avalancha de estímulos, ¿quién o quiénes deben actuar cómo gestores de estas “modernas herramientas” y, en última instancia, quién o quiénes deberían ser los auténticos y verdaderos artífices y garantes de la educación de estos niños y adolescentes? Sencillamente, los padres. Esos padres trabajadores, agobiados, esclavos del reloj y las facturas, sin tiempo suficiente para dedicarles a sus hijos (ni paciencia, en muchas ocasiones). Padres que, acuciados por los fantasmas (desgraciadamente, cada vez más cercanos y reales) del paro y de los recortes salariales, fieles seguidores de la sociedad del bienestar o sociedad de consumo -¿existe diferencia?-, pretenden hacer de aquello extraordinario que tuvieron de jóvenes algo cotidiano, “normal” en la vida de sus hijos. Padres que intentan compaginar trabajo, familia, aficiones y amistades sin mucho éxito. Padres que luchan para proporcionar lo mejor, lo más fácil y lo más placentero a sus hijos sin concederles la oportunidad de equivocarse o fracasar. Padres que, en su afán de acallar sus conciencias y, de manera equivocada, inculcar a los hijos las ganas de trabajar y aprender para, en última instancia, aprobar, equiparan un “suficiente” o un título académico con una moto o cualquier otro regalo. Padres que no quieren tener problemas con sus “retoños” y, por ello, no se atreven a decir NO o a infligir un castigo y, cuando lo hacen, se ven incapaces de mantenerlo, entre otras razones porque decir NO al hijo supone decirse NO a uno mismo –es lo que llamamos coherencia, algo que no siempre es fácil de mantener- y castigar al hijo implica castigarse uno mismo –y no siempre estamos dispuesto a sacrificarnos hasta tal punto-. Padres que, por no tener tiempo (ni, a veces, ganas) de dialogar y pactar con sus hijos, imponen su ley o los callan con cualquier bagatela sin permitirles que la obtengan con su propio esfuerzo y, así, aprecien su valor. Padres que, bajo el sincero y lógico deseo “yo lo único que quiero es que mi hijo sea feliz”, los liberan de obligaciones y deberes, de responsabilidades y esfuerzos desautorizando las decisiones de los profesores, desprestigiando, incluso, su labor como co-educadores y haciendo de sus hijos (nuestros alumnos) pequeños e indómitos monstruos. Padres que utilizan el centro escolar como un auténtico parking de sus hijos, que ceden al colegio la responsabilidad, el deber pero también el derecho de educar a sus hijos, pero que, paradójicamente, recriminan cualquier decisión del profesor y contaminan de negatividad e inutilidad el placer de la lectura, la satisfacción del trabajo bien hecho y el gozo de saber por saber aunque ello suponga tiempo, esfuerzo, constancia y su recompensa llegue a largo plazo (si es que llega). 
Y este es el resultado: niños y adolescentes consentidos, insolentes, excesivamente mimados, vagos, provocadores, egoístas, irrespetuosos, incívicos, caprichosos, intolerantes, carentes de límites, con bajo umbral de frustración, prepotentes y muy conscientes de su situación privilegiada: son, y se saben, los nuevos dioses a pesar de mostrarse ante los mayores como víctimas de la sociedad y se aprovechan de ello aunque, en el fondo, anhelen una figura autoritaria, un referente sin fisuras. Pero, aunque nos pese, el problema no se acaba en la ESO y el Bachillerato. Debido a la influencia de los cambios en el sistema educativo obligatorio y postobligatorio y, consecuentemente, a los cambios que se están produciendo últimamente en su concepción y organización, la Universidad tampoco parece que esté viviendo su mejor momento. Los niveles de exigencia y los resultados también han sufrido un descenso considerable y los que consiguen acabar los estudios superiores tampoco pueden garantizar una solvencia conceptual y teórica y una competencia profesional, a pesar de esperar una gran y ascendente carrera laboral y –a modo de ejemplo- pedir, en su primera entrevista de trabajo, como si fuera la cosa más usual del mundo, un gran sueldo, un horario estupendo, vacaciones de 2 meses –como en el colegio y en la universidad- y unas prerrogativas (léase móvil de empresa, coche de empresa, tarjeta de crédito, vales de restaurante) que sólo se consiguen una vez contrastada y demostrada la valía. ¿Cómo se le puede pedir a un joven de veintitantos años que asuma el hecho de que una buena carrera profesional siempre empieza desde abajo, que debe ser humilde con sus pretensiones, que debe ser respetuoso con los jefes, los compañeros y las normas establecidas, que debe demostrar día a día sus capacidades y habilidades, superando -con tesón y su mejor sonrisa- obstáculos y zancadillas y que sólo con esfuerzo, trabajo, constancia, afán de superación, empatía y sacrificio puede forjar una buena y sólida carrera profesional? ¿Cómo se puede pretender todo eso de un joven que no lo ha aprendido e interiorizado a lo largo de su vida como estudiante, bien porque no se lo han enseñado, bien porque no lo ha creído necesario aplicar para la consecución de sus deseos y necesidades, en ambos casos debido a la desidia de padres y docentes? Yendo más allá, ¿cómo podemos confiar en el futuro de nuestro país, en nuestro propio futuro, si depende de ellos, si ellos deben hacer posible ese futuro?

Y, ante este panorama tan desolador y decepcionante, cabría plantearse una cuestión: ¿está todo perdido? La respuesta es NO, un tajante y rotundo NO. No todo está perdido. Afortunadamente, todavía existen personas comprometidas con eso que llamamos EDUCACIÓN: políticos concienciados de que unas leyes bien pensadas, consensuadas y estables constituyen la única vía para que el sistema educativo y su comunidad tengan el lugar que se merecen en nuestra sociedad; profesores formados, bien formados, coherentes, abiertos y convencidos de que una buena formación humana, intelectual y emocional de los niños y adolescentes sólo se consigue con disciplina y paciencia y que es la garantía del futuro del país; padres responsables, valientes, implicados y conscientes de lo que supone educar a un hijo: seriedad, coherencia y mucho amor y, por último, alumnos motivados, curiosos, críticos y sabedores de que el aprendizaje –de conocimientos, de hábitos y actitudes- y el desarrollo de capacidades y aptitudes es el único camino. Este grupo de personas constituyen la esperanza para el presente y el futuro.
¿Juventud en cambio? ¿Juventud en crisis? Puede que sí pero nuestra obligación -como políticos, maestros y profesores, psicólogos, padres y empresarios- es despojar este término de sus connotaciones negativas para convertirlo en un reto y una oportunidad de mejora y progreso. Para ello, sería necesario y urgente dejar de divagar, de imponer, de especular, de teorizar sobre el problema que estamos sufriendo todos. Deberíamos dejar de buscar culpables en este ente abstracto que llamamos sociedad, deberíamos dejar de ir pasando la pelota como si de un partido de tenis se tratara (parece que en eso consiste la política, ¿no? En vez de sacrifico y compromiso, en vez de trabajar conjuntamente por el BIEN COMÚN, un simple partido de tenis, individuo contra individuo, partido contra partido, a ver quién gana el último set). No es cuestión de señalar con el dedo a alguien o a algo y sí de responsabilizarnos para abordar la cuestión desde todos los ámbitos –político, administrativo, familiar, escolar, laboral, psicológico- poniendo nombre propio a sus protagonistas. Como bien dijo un día alguien que sabe de cambios y crisis: Deberíamos dejar de pre-ocuparnos tanto y ocuparnos más.

domingo, 25 de noviembre de 2012

CARTA A MIS QUERIDOS POLÍTICOS

Mis queridos políticos y demás personas que ostentan un cargo público, económico o judicial -y, por ello, tienen la enorme responsabilidad de tener mi vida, mi bienestar, mi seguridad y mi futuro en sus manos-,

Les escribo esta carta porque estoy muy preocupada por ustedes.

Sí, resultará extraño y un tanto paradójico que una ciudadana cualquiera, en vez de alarmarse por la situación tan nefasta que estamos viviendo y manifestarse en contra de las injusticias, muestre una cierta sensibilidad por ustedes.

Mis queridos políticos (presidentes, alcaldes, diputados, ministros, asesores, directores, etc. etc.), ¿cómo están?, ¿cómo se encuentran? ¿Pueden dormir bien cada noche?, ¿sufren de insomnio,? ¿y de estreñimiento?, ¿tienen pesadillas, ¿padecen de cefalea?, ¿cómo llevan las cervicales?, ¿sufren de ansiedad o de depresión?, ¿viven episodios de estrés en general? ¿O, sencillamente, están tristes, desanimados y desesperanzados?

Se lo pregunto porque yo, con todo lo que está cayendo, sí que estoy viviendo y sufriendo en mis carnes, un día sí y otro también, todas estos síntomas y, cuando tengo que echar mano de fármacos para combatirlos, siempre me vienen a la cabeza sus rostros, siempre impasibles, sonrientes, impermeables, y sus palabras, siempre vacías, falsas, inoportunas, y me pregunto, mis queridos presidentes y demás políticos:
Cuando eran pequeños, ¿sus papás y sus abuelos no les decían que era feo mentir, que con las mentiras no se iba a ningún sitio, que se pillaba antes a un mentiroso que a un cojo? ¿Acaso no les enseñaban que mentir y engañar era de cobardes, que siempre había que ir con la verdad por delante aunque eso supusiera una reprimenda o quedarse sin tele o sin salir con los amigos? ¿Acaso no les decían que la mejor manera para no mentir, par no recurrir a la mentira, era hacer las cosas bien?
Cuando eran pequeños, ¿no les decían que, si hacían algo mal, debían reconocerlo y asumir la responsabilidad en vez de echar la culpa a otro o, sencillamente, decir “yo no he sido”?
Cuando eran pequeños, ¿sus papás no les decían que no se podía hacer trampas cuando jugaban al parchís o a las cartas o a cualquier otro juego? ¿No los insistían en que los tramposos siempre eran rechazados por los compañeros y los amigos, que nadie quería jugar con los tramposos y los mentirosos ni tenerlos como amigos y que había que echarlos del juego?
Cuando eran pequeños y se acercaba la época de Navidad y Reyes Magos o el día del cumpleaños, ¿acaso sus papás y sus abuelos no les decían que no se debía ser egoísta ni ambicioso, que los Reyes Magos traerían lo que buenamente pudieran porque había más niños que también querían juguetes? ¿No les decían que había que ser humilde y generoso y, sobre todo, pensar si se habían portado bien para merecer tantos regalos? ¿No les insistían en que había niños que no tendrían regalos y que había que pensar en ellos?
Cuando eran pequeños, ¿sus papás y sus abuelos no les decían que robar era pecado?
Cuando eran pequeños e iban al parque, ¿sus papás no les decían que había que compartir el cubo y la pala con los otros niños que no tenían juguetes?
Cuando eran pequeños, ¿no les decían que no se podía hacer daño a nadie, que no se podía pegar a nadie, ni escupir, ni tirar de los pelos, ni empujar, que debían ser niños buenos y portarse bien?
Cuando eran pequeños, ¿no insistían en que si lo hacían, si mentían, si pegaban, si cogían cosas que no eran suyas, si empujaban, si hacían daño a alguien, debían pedir perdón y decir que nunca más lo volverían a hacer?
Cuando eran pequeños, ¿no les decían que las cosas se debían hacer siempre bien porque era su obligación y nunca para conseguir una recompensa?, ¿que había que estudiar, ordenar la habitación y ser cariñosos por el simple hecho de hacerlo, que la única recompensa era la propia satisfacción por el trabajo bien hecho?
Cuando eran pequeños, ¿no les decían que el interés, el trabajo, el esfuerzo y la constancia eran las únicas herramientas para sacar buenas notas, que no valía hacer chuletas, copiar o chivar -en definitiva, hacer trampas- en los exámenes?
Cuando eran pequeños y pretendían justificar sus malas acciones con promesas como “mamá, te prometo que no lo volveré a hacer”, ¿acaso no les decían que las palabras se las lleva el viento, que lo único que vale son los hechos?
Cuando eran pequeños y no cumplían sus promesas, ¿acaso sus papás no apelaban a la responsabilidad, a la honestidad, a la sinceridad,a la bondad, a la seriedad y al compromiso?
Cuando eran pequeños, ¿sus papás y sus abuelitos no les decían que...?

¿Se acuerdan? Yo sí me acuerdo de todo eso que me decían mis padres y mis abuelos y mis profesores cuando era pequeña y, ahora que ya soy mayor, procuro tenerlo siempre presente. A veces cuesta mucho, más de lo que debería, pero no cejo en el empeño de ser humilde, trabajadora, honesta, generosa, solidaria, coherente y consecuente (quizás sea esto último lo que más cuesta). ¿Y ustedes? ¿Ustedes lo tienen presente o han hecho tabula rasa de todas aquellas enseñanzas que recibieron y de todos esos valores que les inculcaron desde que nacieron? Si me permiten ser sincera, me parece a mí, visto lo visto y oído lo oído, que ya se han olvidado de todo eso, y yo vuelvo a preguntar:
¿Dónde fueron a parar tantos años de educación, de ética, de diálogo, de esfuerzo para que ustedes fueran, sencillamente, buenas personas? ¿Se han planteado alguna vez cómo se deben (deberían) de sentir sus padres, sus abuelos, sus maestros cuando los ven y los oyen prometer en vano, mentir sin escrúpulos, falsear en aras del propio beneficio? Si algunos de ellos levantaran la cabeza...
Y ustedes, ¿cómo se sienten? ¿Pueden vivir tranquilos con todo lo que esta pasando? ¿No se sienten culpables o, como mínimo, responsables? ¿Cómo están sus conciencias? ¿Hacen acto de contrición? ¿Van a misa?, ¿y se confiesan?, ¿y qué le dicen al sacerdote? ¿Cómo pueden sobrellevar la enorme carga que suponen los suicidios de esas personas que se vieron obligadas a dejar sus casas, los heridos que sólo intentaban manifestarse por una vida mejor y más justa, los parados, los jóvenes universitarios que no tienen otra opción que salir del país? ¿Cómo pueden llevar sobre sus hombros la muerte de personas por la mala gestión y la avaricia y la ambición...? ¿Cómo pueden seguir sonriendo y seguir prometiendo  sabiendo que están destruyendo la educación, la sanidad, la información, la cultura, el bienestar, en definitiva, el futuro de este país? ¿Cómo pueden seguir apoyando y manteniendo en sus cargos a auténticos ladrones, estafadores, incompetentes? ¿Cómo pueden seguir viviendo? Lo que les decía al principio, ¿no sufren migrañas, insomnio, estreñimiento, ansiedad? Por lo que parece, no, porque, si no, no me lo explico.
Pero lo peor no es esto, lo peor es: Con todo este panorama, mis queridos políticos, ¿cómo se atreven a reclamar nuestro voto, cómo se atreven a pedirnos confianza y paciencia, cómo se atreven a mirarnos a la cara y seguir hablando como si no pasara absolutamente nada? ¿Acaso nunca les enseñaron sus papás y sus abuelos que, cuando hacían algo malo, tenían que agachar la cabeza y estar calladitos... mientras esperaban el castigo?




domingo, 9 de octubre de 2011

TENGO UN AMANTE

¿No lo saben? ¿Todavía no se lo he dicho? Pues, sí. Tengo un amante. Pero no se lo digan a nadie. No lo saben ni mi familia ni mis amigos, sólo ustedes. Es un secreto y espero que siga siéndolo, al menos, hasta que yo decida desvelarlo, aunque no es nada fácil. Se preguntarán por qué quiero mantener a este hombre sometido a las oscuridades de lo arcano, a las profundidades de lo misterioso. ¿Acaso él es un hombre casado? No. Y yo, ¿acaso soy una mujer casada o comprometida con algún ser humano o divino? Tampoco. Entonces, ¿a qué viene tanta parafernalia? Pues, verán, después de algunas relaciones serias fallidas, después de numerosos intentos por mantener un hombre a mi lado sin caer en compromisos obsoletos y obligaciones absurdas y cargantes que desembocan irremisiblemente en la rutina y el aburrimiento, después de tanto esfuerzo inútil, les decía, me he dado cuenta de que lo mejor para vivir una vida llena de deseo y excitación es tener un amante, uno a quien veo porque realmente me apetece, no porque “toca”; con quien me acuesto cuando me lo pide el cuerpo, no cuando “toca”; con quien no existen las reuniones familiares, aquéllas que se hacen eternas y cuyas conversaciones propician que una se fije sobremanera en el dibujo de los zócalos, en el bordado del mantel o en la decoración del juego de café; uno por quien soy capaz de mentir a mi madre e inventarme una burda excusa para no acompañarla a ir de compras a cambio de un excitante y oscuro encuentro en un bar en la otra punta de la ciudad; uno, en definitiva, a quien no le tengo que lavar sus calzoncillos ni contemplar sus miserias. Ahora que recuerdo, ya me lo dijo alguien en su día cuando me propuso ser su amante, es lo mejor que te puedo ofrecer, que seas mi amante. Ten en cuenta que tú sólo verías lo bueno de mí. Lo peor se queda en casa, con mi mujer. Era muy jovencita, yo, en aquella época y mi educación judeo-cristiana no me permitió ver el “chollo” que me ponía el chico en bandeja. Contrariamente, yo me vi, en esos precisos momentos, bajo un potente rayo de luz ¿divina? que salía de un enorme dedo acusador ¿divino? cual gigante E.T. El autor de tan osado ofrecimiento se fue convirtiendo paulatinamente, ante mis inocentes y asustadizos ojos, en una mezcla de serpiente, cabra y medusa de cuya cabeza salían unas desagradables culebrillas, sapos, calaveras y rayos. Nunca supe si esa imagen respondía, efectivamente, a las horas de catecismo y religión o había salido de una viñeta de alguno de los tebeos que leí durante mi infancia y mi primera juventud. El caso es, señores, que varios, muchos años después de la declinación a esa oferta, entre ofendida y excitada, entre inexperta y deseosa, entre intrigada y temerosa, aquí me tienen, con un amante, deliciosamente consciente de lo que ello significa: transgresión, alevosía, excitación y, se lo confieso ahora que ya hay confianza, preocupación. Preocupación porque, para tener un amante y mantenerlo en secreto, son necesarios, primero, mucha sangre fría para controlar todas las situaciones y palabras y, segundo, ser capaz de confeccionar una estupenda red de conexiones y mantenerla permanentemente activada con el objetivo de tener siempre a punto la excusa perfecta, la coartada idónea para que, a pesar de las precauciones, los cálculos y los preparativos exhaustivos, una pueda salir airosa de cualquier insidioso comentario tipo oye, me pareció verte el otro día en un bar –ya lo decían, el mundo es un pañuelo-, el que está delante de la academia de inglés de mi hija -¡puta casualidad!-, brindando muy acaramelada con un hombre -¡se han disparado todas las alarmas!-. Con lo lejos que está ese bar de tu casa. Ahora que lo pienso, no debías ser tú, si no tienes novio ni nada -¡acabáramos!-; o para justificar ante los presentes la llamada del amante en cuestión: si estoy con la familia, quien llama es uno de mis amigos; si estoy con los amigos, quien está al otro lado de la línea es alguna de mis hermanas o algún otro conocido y, entre monosílabos y frases inacabadas, poco identificables, voy trampeando.
Aunque les reconozco que esto me saca de las casillas, lo realmente embarazoso son las visitas sorpresas de mis padres a mi casa. Creo que están convencidos, especialmente mi padre, que, por el hecho de vivir sola en mi casa, no estar casada o salir públicamente con alguien, no tengo vida privada ni relaciones y, por consiguiente, pueden llamar a cualquier hora del día o de la noche con cualquier excusa. Y, claro, teniendo un amante secreto, estas visitas, otrora bien venidas y placenteras, se convierten en verdaderas pruebas de fuego. Les explico: a mi amante sólo le permito que deje en mi casa el cepillo de dientes, una crema y una cuchilla de afeitar, el after-shave, unas zapatillas y, como mucho, unos calzoncillos de recambio. Paradójicamente, el hombre –haciendo caso omiso de mis enérgicas órdenes disfrazadas de suaves y sabios consejos- no puede evitar traer algún libro o algún CD que escuchamos juntos mientras emulamos Instinto básico. Y lo entiendo, ¿eh? Pero lo que me altera soberanamente es su tremenda capacidad para dejarse siempre olvidado algún objeto personal perfectamente identificable, las gafas de sol, el paquete de tabaco, el móvil, unas llaves... Cuando estoy sola, que se acaba de ir mi amante, suena el interfono y oigo hola, cariño, somos papá y mamá, tengo que ir corriendo detrás de mi corazón que ha salido disparado y sujetar mi cabeza para que no se convierta en un auténtico radar de objetos cotidianos. Tranquila, que no cunda el pánico. Mientras cogen el ascensor, mierda, otra vez se ha dejado el jersey, mira que se lo tengo dicho. Primer piso. ¡Las zapatillas! ¿Por qué no las guardará en su sitio en vez de dejarlas en medio del dormitorio? Segundo piso. ¡El cenicero!, ¡las copas! Rápido, no hay tiempo que perder. Ya se oye la puerta del ascensor. ¡Las ventanas! Aquí huele más a bacalao que en toda la lonja de Arenys. Cuando les abro la puerta, parezco más una corredora de fondo al llegar a la meta que la querida, soltera y, al parecer, desamparada hija que recibe a sus queridos padres. Recuérdenme que me busque un ático sin ascensor la próxima vez que decida mudarme. Hola, cariño, pasábamos por aquí y hemos decidido hacerte una visita. ¿Cómo que pasábamos por aquí? Pero si siempre me han dicho que –y perdonen la expresión- vivo en el coño del mundo... ¿Un café? Se ponen cómodos, conversación amena, yo que me voy relajando, otra cafetera. Todo va sobre ruedas hasta que retumba en mis oídos la tan temida y des-esperada pregunta, cariño, ¿y eso?. Y se queda marcado en mi pupila un alargado dedo índice con uña larga, roja, desafiante, que, cual flecha que ha encontrado su diana, señala un objeto no identificado por mi madre entre varios conocidos que hay encima de la mesa. Lo siento, señores, pero lo tengo que decir. Mi madre tendría que trabajar en el CSI. Es implacable, la puñetera. Entre libros, llaves, cajitas, recibos, cartas, agendas, monederos, más cartas, maquillaje, el bronceador, más llaves, mi santa y querida madre se ha tenido que fijar en una cartera, al parecer no procesada por su disco duro. Atención, alarma, red de conexiones activada. No, si es de fulanito -amigo de la infancia, íntimo de la familia, sin peligro-, que vino el otro día a hacerme una visita y se la dejó olvidada. Ya le he llamado para dársela. Creo que no ha colado. Si quieres, se la llevamos nosotros. Nos viene de paso. El pobre muchacho debe estar intranquilo. Pero qué generosos y solidarios que son mis padres. Dicen que la intención es lo que cuenta... Después de varios “tirayafloja”, otra cafetera y algún que otro comentario, ¿no estás muy sola aquí, hija? Deberías buscarte a alguien..., les dejo en el ascensor y yo vuelvo a respirar tranquila y con normalidad. Y me prometo buscar novio formal.
Lo malo es que el ser humano siempre tropieza con la misma piedra no una, ni dos, ni tres sino infinidad de veces. El otro día, con mi amante en la ducha y yo vistiéndome, sonó el interfono. ¿Diga? pregunté despreocupada esperando las pizzas calentitas que habíamos pedido por teléfono. Hola, cariño, somos papá y mamá...