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viernes, 30 de agosto de 2013

SETIEMBRE

¿A qué suena este mes? ¿A qué sabe setiembre?
Para mí, setiembre es le mes de la nostalgia: mi piel todavía rezuma el disfrute de las vacaciones y me columpio en el recuerdo de mis paseos por la playa, mis idas y venidas por los puertos del sur, mis lecturas reservadas durante el largo invierno, mis risas en días sin fin y mis silencios en madrugadas de luna y mar.
Setiembre es el mes de la melancolía: mis sentidos todavía echan de menos aquellos paisajes, aquellas voces, aquellos olores, aquellos roces que fui descubriendo con la parsimonia del vaivén de las olas.
Por eso, quizás, setiembre sea para muchos el mes de la tristeza, porque durante estos primeros días todavía están muy recientes los adioses, los billetes de vuelta, las ventanas cerradas y las maletas guardadas, todavía siguen muy presentes las vivencias y en cada centímetro de nuestro cuerpo todavía siguen latiendo las vibraciones que han hecho de este verano un momento especial y han hecho de nosotros alguien especial.
Setiembre es el mes idóneo para echar de menos, para hacer esas promesas que no nos atreveríamos a hacer en ningún otro mes del año, para reír o llorar las fotos, para pronunciar las despedidas más amargas y también para revivir lo vivido (Siempre me lo he preguntado: ¿que se hace con más intensidad: vivir o revivir?)
Setiembre es un reencuentro con tu vida, porque el verano, las vacaciones, no nos engañemos, no forman parte de la vida, no forman parte del año. El verano, las vacaciones son esa nube en la que nos subimos para volar alto y respirar, respirar con calma, sin prisas. Esa nube que nos permite viajar -nunca mejor dicho- y nos ayuda a desconcetar, a disfrutar, a descansar y a descubrir -es lo que llamo yo vacaciones en 4D-. Esa nube que vamos alimentando durante el año y que nos retroalimenta para seguir viviendo.
Setiembre es una vuelta a casa, a tu casa, a tu cama, a tu almohada, a tu café, a tu baño, a tus olores, a tus costumbres y a tus manías, a tus paisajes y a tus tiempos.
Setiembre es un regreso a tu cuerpo y a tu mente, a tu realidad y a tus sinsabores, a tus amigos y a tus espacios, a tus rutinas y a tus alicientes de siempre.
Setiembre es un punto y aparte, un capítulo cerrado, un año acabado. Aprendemos las estaciones cantando primavera, verano, otoño, invierno, y nosotros le damos la vuelta porque hay algo que siempre, año tras año, se acaba con el verano, se acaba con la llegada de setiembre.
Pero setiembre, paradójicamente, también es el mes de la esperanza. Setiembre es el incio de algo, de un nuevo curso, de una nueva andadura, y eso siempre confiere esperanza a nuestro caminar.
Setiembre es el mes de los propósitos, de los proyectos, de los retos. Como enero, sí. Pero setiembre tiene algo diferente, algo especial. Setiembre arrastra la vitalidad del verano y eso nos da más fuerzas para actuar; setiembre arrastra las últimas olas del mar, los últimos rayos del sol, los últimos días largos, días de ocio y traquilidad, y eso siempre ayuda para encarar lo que está por llegar.
Setiembre es catarsis, ese ritual necesario para comenzar, para volver a comenzar: tinte y corte de pelo, cremas nuevas y nuevas perspectivas. Cada año es lo mismo pero cada año setiembre supone algo nuevo: nuevo curso, estuche nuevo, libros nuevos, compañeros nuevos, expectivas nuevas y nuevas ilusiones.
Setiembre es ave de paso.
Es tiempo de cambio (de los insoportables calores a los nuevos fríos; de lo sudores estivales a los primeros temblores otoñales; de la larga claridad a la oscuridad temprana; de los blancos, turquesas y rosas a los marrones y morados; de la ropa ligera y corta a los tejidos envolventes más largos y tupidos); es tiempo de renovación (renovar carnet del gimnasio, renovar proyectos, renovar tradiciones) y es tiempo de incertidumbre (¿qué me deparará este nuevo "año"?)
Setiembre es una vuelta de hoja, es una hoja en blanco, un capítulo nuevo. 
Setiembre huele a nuevo...
Setiembre sabe a preludio...
Setiembre suena a ilusión...

lunes, 17 de junio de 2013

A PESAR DE TODO (o 25 pequeñas razones para ser feliz)


Crisis, corrupción, desahucios, despidos, recortes, fraude, censura, mentiras, hipocresía... Sí, tenemos mil razones para quejarnos, para levantar la voz, para enfadarnos contra todos aquellos que han conseguido que estemos ¿peor que nunca? Sí, nos lamentamos de la situación que nos ha tocado vivir; mejor dicho, que nos han obligado a vivir, y cada uno, a su manera, como puede, sabe o le dejan, intenta sobrevivir en esta jungla hecha de sinrazones. Y sí, ¿para qué negarlo?, tenemos mil razones para seguir lamentándonos porque tenemos muy cerca, con nombre y apellidos, los rostros de los que sufren (sufrimos) en primera persona el desgaste personal, emocional, físico y social que están provocando tantas injusticias. Sí, tenemos derecho a sentirnos desgraciados, a ver la botella medio vacía, el día gris y el futuro negro. Pero, ¡¡¡eppp!!!!, si me lo permiten, también tenemos el deber y la autoridad moral de darle la vuelta a la tortilla, de ver en la lejanía el rayo de sol, de otear un arcoiris en medio de aquello que llaman el mañana. En definitiva, tenemos el deber de intentar estar bien, de ser optimistas y de arañar, allá donde podamos, esos momentos de alegría y de bienestar que tanto se empeñan en arrebatarnos. Sí, no me resigno a que esos pinten mi vida con tonos oscuros; me resisto a que, además de (des)gobernar mi cuenta corriente, mi casa, mis vacaciones o lo que me puedo poner o puedo comer, manden en mis ilusiones, en mis sueños y en mis sonrisas. Por eso, desde aquí, les digo que no, que no van a poder conmigo; que, a pesar de todo y de todos, todavía tengo razones -¡mis razones!- para ser feliz.

  • Sencillamente, porque ya es veranito. Y eso nos levanta el ánimo: el buen tiempo, la playa, la piel morenita, las uñas de los pies pintadas de rojo, los días más largos y las noches, más cálidas. Porque el sol nos da energía y el mar nos hace más saladitos.


  • Porque, cuando nos quejamos de nuestra vida o de nuestro trabajo (o no trabajo) o de nuestra salud o de nuestra situación sentimental, debemos pensar ¿comparado con quien, eh? Eso me lo dijo alguien que yo me sé y es verdad, ¿comparado con quién?
  • Porque siempre hay un amigo para compartir risas y sueños (desde aquí, Olga, mil gracias por esa tarde-noche mágica. Te confieso que has conseguido lo que nadie ha logrado: un viernes por la tarde, que siempre acabo hecha polvo, ¡hasta las diez y media de la noche despierta! Por cierto, a pesar de todo -¿comparado con quien?-, te vi estupenda, estupenda. Y gracias a ti, Elena, por compartir conmigo tu madera. Y gracias a ti, Joaquina -and family-, y a nuestros fines de semana llenos de sabor. Y gracias a ti, Olga; y a ti, Lola; y a ti...)
  • Porque me espera la morería. No necesito más.
  • Porque todavía me enganchan los buenos libros. El que estoy leyendo y me está fascinando: El problema de Spinoza, de Irvin D. Yalom.
  • Porque todavía no se han muerto las flores de mi terraza.
  • Porque el último mes tuve 1000 visitas en mi blog. ¡La leche!
  • Porque, a pesar de que mi libro no ha tenido éxito, no he perdido la esperanza (http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-ebook/dp/B009991H5A). Y continúo escribiendo. Y, lo mejor, sigo sintiéndome feliz cuando lo hago. Ya he empezado a esbozar mi segunda novela...
  • Porque sigo sorprendiéndome con mis sobrinas y mi sobrino. Porque, con ellos, se para el tiempo y puedo tocar, por un momento, la felicidad.
  • Porque, a pesar de mis problemas de cervicales y mis dolores (funciono con dos ibuprofenos al día y relajantes musculares), sigo con mi vida.
  • Porque, a pesar de no tener demasiada pasta, todavía vamos mi madre y yo de compras y nos permitimos algún capricho.
  • Porque disfruto con los paseos por la playa, que tienen un montón de ventajas: no cuestan nada, me ayudan a ponerme morena y tonifican los músculos. ¿Qué más quieres, Baldomero?
  • Porque estoy enamorada.
  • Porque, cuando me pongo taconazos para trabajar, me siento genial.
  • Porque, cada vez que voy a hacer la compra de la semana, todavía puedo ayudar a todos los que están en la puerta del supermercado (en especial, un hombre que me llama mamita porque le compro leche para sus niños y comida para él y su mujer)
  • Porque todavía conservo aquel mapamundi en el que señalo con un alfiler todos los sitios que he visitado y todos los viajes que me quedan por hacer y toda la gente que me queda por conocer.
  • Porque me he cortado el pelo y me gusto.
  • Porque, a pesar de los recortes, puedo seguir aportando mi granito de arena en las ONG a las que estoy asociada.
  • Porque, por fin, tengo emoticonos en mi whatsapp. (Parecerá una chorrada pero no veas cómo disfruto)
  • Porque mi familia es mi mejor y mayor apoyo; especialmente, las mujeres de mi familia, que no son pocas.
  • Porque todavía disfruto con mi soledad y mi silencio.
  • Porque he podido cumplir algunos sueños.
  • Porque todavía tengo sueños que cumplir.
  • Porque todavía sé reírme de mí misma.


  • Porque estoy aquí y lo puedo contar.

sábado, 1 de junio de 2013

OPERACIÓN BIKINI



Hoy, sábado, 1 de junio de 2013, mis queridos y abnegados lectores, empieza para una buena parte de las mortales del mundo mundial la esperada y temida “Operación Bikini”, o, lo que es lo mismo, esa amalgama de trucos, consejos, cálculos, combinaciones, mejunjes y demás triquiñuelas que solemos llevar a cabo el último mes de la primavera para poder lucir palmito los largos días y las cortas noches de la siguiente estación. Y yo, señoras y señores, he inaugurado dicha operación como se merece, por todo lo alto: tostaditas de salmón y paté y un buen cafelito con leche, con su azúcar y su espumita, de esos como los que me preparaba mi madre en tiempos ya remotos. Y es que yo llevo haciendo esto de la “operación bikini” desde hace ya un año. Sí, llevo un año desayunando café solo con sacarina acompañado de una tostada de pan integral con queso de régimen, con un 30% menos de grasa. Y sí, tengo que reconocer que me he acostumbrado, sí, a esa mínima pócima amarga con un mínimo y soso bocado;  mi dietista dice que es lo mejor, sí; pero, qué quieren que les diga, donde se ponga un gran tazón de café con leche con sus dos cucharadas de azúcar blanca y un par de bizcochos de chocolate o unas rebanadas de pan -en plural, sí- cubiertas de algo suculento, no sé, jamoncito, paté, boquerones en vinagre, tortilla de patatas… Llevo un año suspirando por este desayuno y hoy, 1 de junio, primer día de la operación bikini, por fin, he hecho realidad esta fantasía. Déjense de fantasías erótico-festivas: para una mujer que está permanentemente de dieta, pesando los gramos, calculando las calorías, midiendo los centímetros y espiando la báscula, no hay nada más libidinoso, más excitante y más orgásmico que un buen manjar repleto de sabrosas y suculentas viandas, aquellas que rebosan los platos y la mesa, aquellas que transgreden las sagradas combinaciones de nutrientes y que hacen honor a todo lo prohibido. ¡¡¡¡Dios!!!! ¡¡¡¡Qué placer!!!! Llevo un año con el maldito papel colgado en la puerta de la nevera, con los listados de alimentos estrellas: frutas (no todas porque el plátano o la chirimoya están en rojo), verduras y hortalizas (aquí sí que entra todo lo verde, lo rojo y lo naranja), pescado blanco y carne también blanca (pollo, pavo y conejo). ¡¡Y todo con aceite acalórico!! ¡Ay! Cómo echo de menos mi aceite de oliva, el bueno, el sabroso, el genuino. Llevo un año racionando otros alimentos como la ternera o el marisco. Nada de lo otro, sí, de lo realmente bueno, las aceitunas, el coco, el aguacate, la mayonesa o el kétchup, y, por supuesto, nada, absolutamente nada de alcohol y de dulces. A mí no me va lo dulce, nunca me ha ido, pero ¿no les pasado nunca que basta que les prohíban algo para que les entren unas ganas locas de comerlo? Pues eso me ha pasado a mí, en cuanto me prohibieron los dulces, empecé a babear como una lela amorrada a los escaparates de las pastelerías y de las panaderías. Lo mismo con el alcohol. Yo, desde siempre, he bebido mucha agua, poco alcohol (sólo los fines de semana) y nada, absolutamente nada de refrescos (no me gustan); pues bien, sigo bebiendo agua pero, con las malditas prohibiciones, ya me he aficionado a los líquidos de cola y cada vez me pirro más por una cervecita bien fría, una copita de vino o un sorbito de cava. ¡¡Qué vida más perra!!
Y es que, ya lo decía Platón, el ser humano está lleno de contradicciones y ha sido creado para tener siempre un pie en el bien y el resto del cuerpo tanteando y tentando el mal (que, en este aspecto, el de la comida me refiero, no está tan mal)
¡Operación bikini! Me río yo de estas “operaciones” y de todo lo que hay detrás de esas terribles palabras. Para empezar, el sexismo: ¿Por qué no hay una “Operación Slip” o una “Operación Boxer”? ¿Acaso ellos no tienen que ponerse a punto para el verano y perder esos flotadores, lorzas o esas barrigas cerveceras que han ido “trabajando” durante el invierno a base de cervezas, potajes y sedentarismo? ¿Acaso ellos no deberían pensar en los demás (como hacemos nosotras) cuando se ponen el primer bañador de la temporada?  ¿Acaso ellos no están obligados a tener en cuenta que el exceso de michelines, además de ser una cuestión estética, es un asunto de salud? Me acuerdo de que, antes de ponerme yo a dieta, ya me sentía mal: me costaba moverme, roncaba como una cerda (bueno, mi compañero, ídem de ídem, no se vayan a pensar) y no me sentía bien conmigo misma: empecé a odiar ir de compras y empecé a descuidarme (sí, lo reconozco). Pero la puntilla me la dio mi médico de cabecera (una mujer estupenda y una profesional como la copa de un pino) cuando me advirtió que, si seguía así, tendría muchos problemas de salud en un futuro no muy lejano. Vamos, que me acojonó, la tía. Me explicó todos los efectos que tiene el exceso de quilos en una mujer que pasa los 40: que si colesterol, que si después de la menopausia (¡por favor! Yo, menopaúsica, ¡si estoy hecha una pimpollita!), que si tenía que hacerme análisis (¡pero si siempre he estado bien!).... La muy puñetera consiguió que me pusiera manos a la obra.
Pero, ¿y ellos? ¿Por qué siempre hemos de ser nosotras las que estamos obligadas a estar de coña en la playa o en la piscina? ¿Quién ha dicho que a nosotras nos encanta ver a esos panzudos paseando por la playa, con los michelines embadurnados de crema solar moviéndose al vaivén de las olas o los pectorales a la altura de las costillas? No, señores, a nosotras también nos gusta ver cuerpos esculturales (no importa la edad), músculos tersos, piernas torneadas y tabletas abdominales. Insisto, no nos importa la edad. A nosotras también nos gusta admirar la belleza y no tener que volver la cabeza con cara de asco ante tanto buda apalancado en la arena con la nevera y la silla de plástico al lado.
¡Operación bikini! Otra cuestión relacionada es la publicidad que se hace en torno a este mito: anuncios de chicas jóvenes (algunas tan jóvenes que ni siquiera se han desarrollado), chicas hiperdelgadas que publicitan pastillas para adelgazar, alimentos para adelgazar y empresas que ayudan a adelgazar). ¿Qué pasa? ¿Cómo es que no sale ningun mujer entrada en años y en kilos con el mismo propósito? ¿Qué pasa? ¿Que nos creen idiotas? ¿Quién coño se va a creer toda esa bazofia en la que no nos tienen en cuenta a nosotras, las cuarentonas (mejor dicho, a las cuarentañeras) que nacieron ya con barriga y miches, que tenemos que comer fuera, que tenemos que lidiar con el trabajo, la casa, los niños, el marido; que tenemos que superar la ansiedad y las crisis de todo tipo? ¿En qué narices piensan los publicistas para poner una niñita en bañador anunciando barritas saciadoras o saciantes, pastillas quemagrasas o fajas reductoras? ¡¡¡Por el amor de Dios!!! ¡¡¡Si eso no se lo cree nadie!!! Que me pongan a mí, ya verían como venden después de probarlo todo... O no, porque, por fin, nos daríamos cuenta de que todo eso no vale un pimiento. Que lo único que vale es cerrar la boquita y mirar a otro lado cuando veamos pasar por nuestras narices las bandejas de los camareros repletos de deliciosas tentaciones. ¡¡¡Aaahhhh!!!
Pero lo peor de toda esta maldita “Operación bikini” son los tiempos. Me explico. Los anuncios para adelgazar, tanto en la tele como en la prensa escrita como en las marquesinas de autobús o vallas publicitarias, empiezan a aflorar por abril, mayo (sin olvidar el mes de enero, justo después de los atracones navideños) lo que significa que, supuestamente, en escasos dos meses, una mujer va a poder perder todos los quilos que ha ido acumulando en ¿cuántos meses?, ¿6?, ¿7?, ¿8 meses? ¡¡¡Por favor!!! Eso sí que es un atentado contra la salud pública. Con esas operaciones bikini suicidas, lo único que se consigue es someter al cuerpo y a la mente a unas condiciones completamente perniciosas para el equilibrio de la persona hasta el punto de alterar completamente el organismo con consecuencias, en algunas ocasiones, irreversibles. Promesas y más promesas sin el control de buenos profesionales. Eso sí que debería estar perseguido por la ley. Pasar de los bocadillos, los potajes, los huevos fritos con patatas, los embutidos, los dulces y las cervezas de los partidos de liga a la hoja de lechuga, el pollo a la plancha y la manzana o la piña, así, de golpe, sin preparación alguna. Pasar de las 2000 calorías a las 500 de rigor, ¡¡¡y sin pasarse, ¿eh?!! a base de sacrificios infundados, perversiones nutricionales; vamos, cerrando el pico sin apenas criterio. ¡¡¡Qué duro!!! Pero lo más duro es comprobar que todavía hay mujeres hechas y derechas, cultas y cultivadas, que escuchan esos cantos de sirena y se creen a esos parlanchines y parlanchinas de pacotilla. ¡¡¡Alerta!!!
En fin. Yo he hecho mi operación bikini, estoy haciendo mi operación bikini desde hace un año, con la ayuda de Bibiana, mi querida y abnegada dietista, la que me sonríe siempre cada viernes, la que nunca me regaña si gano algunos gramos durante la semana, la que comprende mis “pecados” y mis debilidades, la que me anima a seguir cuidándome (mil gracias desde aquí, de verdad). He adelgazado unos quilos, sí, estoy más ágil y alguien me dice que ya no ronco, pero sigo teniendo mis mofletes, mis curvas y mis redondeces (si no, ya no sería yo) y me gusto. Porque eso -además de la salud, por supuesto y por encima de todo- es lo importante, estar a gusto en la propia piel, gustarse, seguir gustándose. Porque en eso está la verdadera recompensa: llevar un bikini a gusto, con gusto, con seguridad y con arte es la mejor “operación bikini”.

Por cierto, ayer hice una ensaladilla rusa para chuparse los dedos (receta de mi madre). Es que hoy tengo cenita con los amigos. Y, mañana, comida familiar. Y pasado...
Lo dicho, ¡3 hurras por la operación bikini!

sábado, 23 de marzo de 2013

MALTA Y YO

Tierra extraña,
isla que me acoge,
idioma imposible,
mezcla que embruja:
árabe, inglés e italiano.

¿Qué hago yo aquí?

Autobuses amarillos,
infraestructura precomunitaria,
acantilados vertiginosos.
Mdina, realmente,
la ciudad del silencio

Difíciles momentos de soledad.

Paseos nocturnos después de cenar,
la luna como confidente,
bus 45 Cirkewwa-La Valletta,
hilo musical de las cigarras,
un gato maltés se cuela en mi habitación de hotel,
la sonrisa del camarero al ver mi firma,
la iglesia de Mosta, una maravillosa sorpresa.

Comunicación SMS London-Malta

La Almendra, la evasión;
ciruelas en La Valletta,
Dingli Cliff,
templos de Ggantija,
mi bikini de color fresa que me encanta,
La Ventana Azul de Gozo,
Gozo-Murano, la rivalidad hecha cristal,
la cruz de cuatro brazos y ocho puntas,
la fertilidad del arte, la Venus de Malta,
pocas mujeres solas.

Alguna que otra lágrima

Barbacoas nocturnas de fin de semana;
yo, la mujer de blanco casi siempre.

¿Tranquilidad?

El constante recuerdo de alguien.

Olivos y vides,
mi padre que me acaba de llamar,
piedra calcárea,
La canción de Dorotea, más evasión;
Marta y Emma que me dejan felizmente exhaustas,
regalos para todos,
La degollación de Caravaggio,
karrozin por tierra,
dghajsa por mar,
los famosos caballeros,
donde Ulises no sucumbió
a los encantos de Calipso,
increíbles fachadas de tradición inglesa,
crucigramas para matar el tiempo,
muchas iglesias dominando el paisaje,
casas “bautizadas”, ¡me encanta!,
devoción por la Virgen y los santos.
Y Penélope esperando...

La Laguna Azul,
Gozo, Comino, Cominoto y Filfla,
San Pablo que naufraga,
mi madre con sus hermanas;
mis hermanas, con sus familias;
y yo, entre calas,
calas hermosísimas,
azul
verde
más azul.

Alma en espera
(en algún sitio leí que
“la espera es el óxido del alma”)

U2 en goleta.
Azul,
¡qué azul!

¿Dónde estará mi compañero de viajes?
¿Dónde estará mi compañero de viaje?

Mil preguntas
y una ramita de olivo...

viernes, 15 de marzo de 2013

ADIÓS



Hoy pensaba escribir sobre los hombres, sobre sus particularidades como género humano, sobre sus manías, sus miedos mal disimulados y sus paranoias peor gestionadas. Hoy pensaba reírme con ellos (no de ellos, no, ¡eso nunca...!). Hoy pensaba reír mientras escribía, pero... hoy se me ha roto el alma.
¿Se acuerdan de esa letra sevillana que decía “Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”?
Se me ha muerto un amigo y, sí, algo se está muriendo en el alma.
Se me ha ido un amigo y, con él, se ha ido parte de mí, la que viví con él.
Se me ha ido un amigo y, contigo, amigo, se ha ido nuestra historia, una historia que empezó allá por 1998 (Dios, cómo pasa el tiempo), cuando nos conocimos en el instituto de Llavaneres y, sin darnos cuenta, sin saber ni cómo ni por qué, empezamos a compartir pizzas y esperanzas.
Se han ido esas comidas a medias en las que, poco a poco, muy poco a poco, nos fuimos conociendo: yo, urbanita de pro, pija, amorrada a un tubo de escape; tú, para qué vamos a engañarnos, más de campo que las amapolas. Yo, de letras puras; tú, de ciencias puras. Yo, extrovertida; tú, tímido como una cosa mala. Yo, bajita, rechoncha y morena; tú, alto, delgado y rubio. ¿Qué podíamos tener en común? Nada. Sin embargo...
Se han ido esas conversaciones, íntimas, casi confidencias, casi secretos. Tú me hablabas de tus excursiones y de tus proyectos. Yo te hablaba de mis letras y de mis sueños. Tú me hablabas de animalitos y plantas. Yo te escuchaba y aprendía. Tú me hablabas de tus quiero pero no puedo; yo te daba la paliza con miks amores y desamores. Y no dejábamos de mirarnos.
Se ha ido aquella cena de codornices con pétalos de rosas, en la terraza de Encarna, ¿te acuerdas?, emulando el sensual capítulo de Como agua para chocolate, esperando ansiosos los eróticos efectos de tan curiosa combinación. Nada de nada. Pero las risas que nos echamos bien valieron aquel intento culinario.  
Se han ido esas noches de baile y ese bañito en la playa a la luz de la luna. 
Se han ido esas sesiones de cine, esos encuentros literarios en los que el arte, la cultura y la gastronomía formaban un todo compacto: letras, música, buena comida, buena bebida y tu sonrisa. Sin fisuras.
Se han ido esas palabras de admiración hacia la montaña (una de tus pasiones), esas palabras de excitación y de riesgo (cuando me dijiste que te ibas a no sé qué coño de montaña en la zona de Cashmire, en la India, en pleno conflicto político. Te lo confieso: estuve preocupada hasta que volviste. Pero nunca te lo dije), esas palabras de huida cuando me dijiste que te ibas a la Patagonia a cuidar tortugas (¿o eran focas?) y me preguntaste si quería acompañarte... (le digo yo a mi jefe que me pido una excedencia para ir a cuidar focas y me hace fimar el finiquito ya)
Se han ido esos paisajes que tanto buscabas y que, de vez en cuando, encontrabas. Se han ido esas imágenes que captabas a través de tu objetivo. ¿Y tus objetivos? ¿Dónde se fueron tus objetivos?


Del Pirineu al mar de Eloi Figueras Trouwborst de Mataró (Barcelona)
Lugar: Cim del Costabona
Descripción: El mar al Golf de Roses des del Costabona

Se han ido esas paellas marineras en Can Margarit de Mataró. Cómo disfrutábamos. Cómo degustábamos la comida, el pan con tomate, la ensalada. Nos conformábamos con muy poco y cuánto bien nos hacía. Cómo reíamos (especialmente, después de una botella de vino turbio) cuando venía el dueño porque te confundía con alguien conocido. Desde que tú me enseñaste ese rincón casi a la orilla del mar, tengo que decir que, en plena canícula, mi santo (que coincide con el santo y el cumpleaños de mi madre) lo celebramos siempre allí. Y cada vez que voy, te busco.
Se han ido la ilusión y la sorpresa que sentí al verte en la fiesta de mi cuarenta aniversario.
Se han ido esos paseos por Mataró durante Les Santes.
Se han ido aquellos encuentros en Barcelona en los que hablábamos de sueños y esperanzas.
Se han ido esos detalles nuestros, solo nuestros: aquellos largos en la piscina, en pleno invierno (qué vergüenza pasé ante ti); aquella rosa que jamás me regalaste; aquella comidita en tu casa; aquel abrazo; aquel mordisco de pizza de albahaca... ¡Qué fácil era agarrarse a ellos para seguir sonriendo! ¡Qué sencillo resultaba dejarse llevar por ellos para seguir viviendo! Pero tú no supiste hacerlo, no pudiste hacerlo....
Se ha ido aquel viaje a Marruecos con tus amigos de la UEC (Unió Excusionista de Catalunya). ¡Dios, qué bien me lo pasé! Recorrimos el país de norte a sur en una camioneta cochambrosa. Se ha ido aquel deambular por tierras morunas a tu lado, en la camioneta a tu lado, en aquellos albergues del Atlas a tu lado, entre risas y mapas. Se han ido los bailes en la casa de Alí el Cojo y los paseos por los zocos. Se han idos esas noches en tienda de campaña rodeadas de bichos (yo, urbanita de pro...) en Souss Massa. Yo, con mi Sansonitte, hecha toda una pija; tú, con tus pantalones estampados y tus calcetines, que ya caminaban solos. Se han ido los tés morunos y las llamadas del almuédano. Marruecos no volverá a ser lo mismo sin ti.
Porque te has ido.
Ya no volveré a ver tu cielo estrellado.
Ya no volveré a disfrutar de tu pequeño huerto.
Ya no volveré a escuchar tu voz leyendo alguno de mis poemas.
Ya no volveré a recibir ninguna postal de tus viajes.
Ya no volveré a recibir ningún correo tuyo preguntándome cómo me va la vida.
Yo ya no volveré a...
Demasiado dolor.
Demasiadas preguntas.
Demasiada tristeza.
“Algo se muere en el alma cuando un amigo se va” y siento mi alma vacía, desolada, llorosa, rota.
 Eloi Figueras Trouwborst
Te has ido, Eloi, amigo, y no te has despedido de mí.
Te has ido y yo me he quedado aquí.
Te has ido y te has llevado un trocito de mi alma. Y me duele lo que queda de ella.
Te has ido y no sé qué sentir. Dime tú qué tengo que sentir:
Tristeza, porque ya no estás.
Alivio, porque ya has dejado de sufrir.
Enfado, porque no has pensado en los que te hemos querido, en los que te hemos acompañado en algún tramo de tu vida.
Rabia, porque no viste todo lo bueno que había cerca de ti: tu familia, tus amigos, tus hobbies, tu trabajo.
Te has ido.
¿Alguien me puede enseñar cómo debo soportar tu ausencia, ahora para siempre? ¿Alguien me puede decir cómo puedo digerir tus silencios, ahora eternos?

domingo, 23 de diciembre de 2012

RISAS DESPERFUMADAS (o mi deseo para esta Navidad)

"El 2 de agosto estaba de puta madre: en la playa, de vacaciones, con la familia... El 5 de agosto me notaba rara, débil, con dolores por todas partes, como resfriada. Y el 10 de agosto, mi vida había cambiado por completo". Con estas pocas palabras, mi amiga Olga me describió, en una mezcla de rabia, impotencia y resignación, su bajada a los infiernos. A partir de ese "resfriado" sin importancia en plena canícula y después de un episodio en el que su hija pequeña se estaba quitando el esmalte de las uñas con acetona y sintió arder su garganta, después de pasar varias fases e infinidad de pruebas, lo que empezó siendo una alergia o una intoxicación alimentaria, acabó siendo el Síndrome de Sensibilidad Química Múltiple (SQM), o lo que es lo mismo y para lo entendamos sin problemas, "una dolencia que afecta sobre todo a mujeres y provoca malestares neurológicos (migraña, confusión, sensación de desconexión), erupción cutánea, sensación de ahogo y problemas de irritación de mucosas. Los culpables son múltiples agentes químicos (de ahí su denominación) comunes en la vida diaria, como productos de limpieza, colonias, disolventes, ciertos alimentos, medicamentos y radiaciones electromagnéticas. Los afectados manifiestan reacciones a estos agentes a un nivel que es tolerado sin más problemas por el resto de la sociedad." (http://www.consumer.es/web/es/salud/atencion_sanitaria/2012/01/09/205959.php)

Le dieron la baja y no pudo reincorporarse en setiembre a trabajar, como lo hicimos el resto de las compañeras. Sin saber qué decir ni qué pensar ante el alud de información que nos iba llegando de manera inconexa (no sale de casa, lleva una máscara como las que se ven en la tele después de una explosión en una central nuclear, no puede moverse, no puede hablar, no puede respirar), decidí escribirle un correíto electrónico. Quería decirle que, a pesar de no saber exactamente qué le estaba pasando, yo estaba con ella, que pensaba en ella y que quería verla; me daba igual si llevaba máscara o no, si tenía que ir a verla a algún sitio especial o si tenía que hacer algo diferente. Yo sólo quería verla y qué me contara qué le sucedía. No quería hacer caso de esos comentarios que se basaban en las suposiciones o en la propia ignorancia. Y después de varios mails, por fin, leí "cuando quieras, te desperfumas y nos vemos en la playa". Y en ese momento, empezó lo que las dos bautizamos como "RISAS DESPERFUMADAS" (buen título para una novela, ¿no les parece?). Enseguida, me puse manos a la obra: aparte de unas recomendaciones que ella me dio para llevar a cabo el protocolo de "desperfumación" (ya lo sé, esta palabra no existe pero, ¿cuál es el antónimo del verbo "perfumar"? Esto nos da la clave para saber que hay muchas cosas que están ocurriendo en este mundo, muchas enfermedades raras -me atrevería a decir- que son padecidas por muchas personas y que todavía no son reconocidas por las instituciones competentes -¿o incompetentes?-. En fin...), consulté una web que encontré navegando en busca de más información http://mi-estrella-de-mar.blogspot.com, blog pionero en SQM. Si quería verla y que todo fuera bien en nuestro primer y ansiado encuentro en la playa, tenía que seguir las pautas a rajatabla. El primer paso era desterrar de mis quehaceres diarios y durante unos cuatro días todas esas acciones que incluyeran un contacto -por mínimo que fuera- con componentes químicos. Eso significaba que tenía que olvidarme, para empezar, de todas mis cremitas y mis cosméticos: nada del gel o del champú de siempre (tenía que utilizar uno especial, sin olor y sin nada de nada, cien por cien natural), nada de mascarilla suavizante para el pelo; nada de tónico ni antiojeras, nada de crema antiage ni fond de teint, nada de iluminador ni colerete ni rímel ni loción corporal hidratante, reafirmante, antiestrías (tan solo podía utilizar, en sustitución de todo eso, aceite de almendras); nada de pasta de diente blanqueador, con sabor a menta y fresa (me recomendaron una pasta de caléndula), nada de desodorante de marca, con perfume y de efectos prolongados (a cambio, un esprai con una especie de agua hecha con sales minerales naturales, sin aluminio ni nada). También tenía que lavar con bicarbonato la ropa que tenía pensado ponerme para ese encuentro para que se fueran todos los olores procedentes de los detergentes y los suavizantes hechos con sustancias químicas. Y si era posible, que esa ropa fuera de algodón o de algún otro tejido natural. Ah, y por supuesto, nada de colonias o perfumes (¡¡¡a mí me ha pedido eso, a mí, que no puedo salir de casa sin mi Eau!!!)
Cuatro días llevando a cabo esos pasos, a rajatabla y sin saltarme ninguno, para no oler a nada y que mi amiga no me rechazara nada más verme. Cuatro días sin mis potingues, sin mis cremitas, sin mis suavizantes, sin mis perfumes. Nada de nada. Los escondí para no caer en la tentación, para no decir "total, por unas gotitas no pasará nada". Cuatro días yendo a trabajar y pensando que olía a truenos (o eso me parecía a mí). Cuatro días yendo a trabajar con el pelo hecho un estropajo (o eso me parecía a mí). Cuatro días con la ropa en bicarbonato. Cuatro días poniéndome en la piel de mi amiga: si todas renuncias que tenía que hacer durante cuatro días me parecían un suplicio, ¿qué debía de sentir ella?, ¿cómo debía vivirlo ella sabiendo que, de momento, iba a ser para el resto de su vida?, ¿cómo era su día a día?, ¿y el de su familia: su marido, su hija pequeña, sus padres, el resto de su familia y de sus amigos?, ¿cómo se podía sentir ella sabiendo que, cada vez que quisiera ver a alguien, tenía que decirle lo mismo que me dijo a mí: "cuando quieras, te desperfumas y nos vemos en la playa"? Ya se acabaron para ella los encuentros en algún bar para echar unas cervezas y unas risas; ya se acabaron, de momento y hasta que no se encuentre una respuesta a todas dudas y a todos los vacíos que plantea el SQM, las sesiones de cine en su delicioso Verdi; ya se acabaron las jornadas veraniegas en las playas atestadas de gente y de bronceadores químicos; ya se acabaron los paseos por la ciudad, ir de compras, ir en metro o en autobús. Ya se acabaron los viajes en avión. Ya se acabaron los viajes. Y los museos. Y los teatros. Y las representaciones de su hija. Porque en todos esos sitios hay gente. Y donde hay gente, hay productos químicos: perfumes, jabones, cosméticos, ambientadores, detergentes, suavizantes, geles, lacas, desodorantes, velas perfumadas, conservantes químicos, pesticidas, plaguicidas... Y contra todo eso, mi amiga (y un montón de gente más) tiene que luchar sabiendo que las autoridades no están por la labor...

Aquel domingo de octubre, al encontrarnos en la playa (yo, lo reconozco, expectante, nerviosa, temerosa de haber hecho bien el protocolo "RISAS DESPERFUMADAS" y llena de todo el cariño que sentía por ella), recibí el mejor piropo que jamás me habían echado: "¡Qué bien, no hueles a nada!"

PD. A ese encuentro le han seguido un montón de correos electrónicos y otro encuentro más en la playa en el que, bajo un delicioso sol de otoño y más guapa, más activa y más segura que nunca, me comunicó que le iban a dar el alta (sin comentarios) y que solo quería una cosita para Navidad: SALUD, SALUD Y MÁS SALUD.

Este también es mi deseo, no solo para esta NAVIDAD sino para el resto del año y de los años que nos quedan por vivir.

¡FELIZ NAVIDAD y gracias por leerme!