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domingo, 28 de octubre de 2012

PIPÍ-CACA (o el arte del buen viajero)


El jueves pasado fui a cenar a casa de mi amiga Montse: exquisitos quesos para untar, sabrosas aceitunas, encurtido de alcachofa, estupendas croquetas de boletus, vino, cava y un delicioso tajine de pollo y dátiles, sin duda alguna el plato ideal para una velada en la que los viajes y las dunas serían los únicos protagonistas.
En torno a esa mesa nos reunimos seis amantes de los kilómetros y de las aventuras, seis viajeros -que no turistas- con nuestras mochilas a la espalda, mochilas llenas de experiencias, culturas, paisajes, lenguas, amigos y un montón de anécdotas. En torno a esa mesa, hablamos de Marruecos, de Costa de Marfil, de Tumbuctú, del Sáhara..., reímos, contamos, recordamos y planificamos nuevos viajes. Y así, entre platillo y platillo, entre anécdota y anécdota, los seis estuvimos de acuerdo al afirmar que, para viajar, hay que abrir las mentes y activar varios resortes o chips: el chip de la tolerancia, el chip de la capacidad de adaptación y el chip del humor, mejor dicho, el chip de saber reírse de uno mismo. Sólo así, los peores momentos (momentos desagradables, inesperados, violento, comprometedores) en un entorno desconocido (no voy a decir hostil porque tampoco es para tanto) se convierten en un simple pasaje de nuestro gran libro de viajes, un motivo de risas en futuros encuentros.
Recordé aquel viaje de fin de año por Marruecos. Viaje inolvidable con mi hermana y mi cuñado y más gente. Noche del 31 de diciembre, desierto de Merzouga, jaimas, alfombras, dátiles, cava caliente y tajine de cordero y verduras. También recordé el viaje a China y aquel momento histórico en la Ciudad Prohibida (Véase entrada “Popó” del 4 de febrero de 2012).
Otra vez, también en Marruecos, en Rabat concretamente, haciendo un curso de lengua árabe, en la residencia de estudiantes, me entró un apretón. Puse en marcha la “Operación Popó”: toallitas higiénicas, papel higiénico y mi Marie Claire, por supuesto. No me acordaba que los váteres, allí, son simples agujeros en el suelo, con tan mala suerte, además, de que el retrete donde entré tenía el pestillo un poquito suelto (los otros dos estaban ocupados). Y allí me ven, de cuclillas, en una postura un tanto forzada, procurando que mis pantalones no tocaran ni un centímetro del suelo sucio, manteniendo un difícil equilibrio, con una mano aguantando las toallitas, el papel y mi glamourosa revista (mi glamour se estaba yendo por el maldito agujero), alargando la otra mano intentando sujetar la puerta para que nadie la abriera desde fuera y fuera testigo de tan lamentable postal...
Y en otra ocasión, viajando con dos conocidos (lo reconozco, Marruecos me puede, me iría allí hasta con el mismísimo diablo. Lo bueno de aquella excursión es que uno de ellos acabó siendo más que un conocido... hasta ahora. Y que dure) por todo Marruecos en Lada, aterrizamos en un camping perdido en pleno Atlas. Aquí descansaremos. Vale. Yo odio el camping pero por mi Marruecos hago lo que sea. Me tiene tan subyugada que tengo publicado un escrito titulado "Marruecos, la esencia" (http://elpais.com/diario/2005/10/15/viajero/1129410492_850215.html)
Problem, nos dice el encargado, no agua. ¿Cómo? ¿Y cómo me lavo los dientes? ¿Y para ir al lavabo? ¿Tualet? El hombre me señaló una zona de cedros. Supongo que se imaginarán las risas de aquellos dos conocidos compañeros de viaje. ¡Ni una risa! ¡Ni una palabra! Vosotros, ni miréis, les decía mientras, muy digna yo, me dirigía hacia los cedros con mi rollo de papel higiénico y mi revista de turno. ¡Que no miréis! ¡He dicho que no miréis! ¡Como miréis, os las cargáis!, iba yo gritando en cuclillas, intentando concentrarme en mi tarea. La cuestión es que, tan pendiente que estaba yo de que mis colegas no me miraran, no me di cuenta de que una columna de niños uniformados a lo boyscout se iba acercando por mi izquierda. Me quedé helada. Allí estaba yo, en esa postura tan incómoda y tan comprometedora -vamos, con el culo al aire, para qué andarse con rodeos-, convertida en el blanco de las miradas de reojo y las risillas de esos niños que, sin volver la cabeza y con paso marcial, iban desfilando ante mí. No sé si aquella imagen les traumatizó pero a mí se me quitaron las ganas de todo...
O cuando hice una travesía en velero y, después de varios días de estreñimiento, tuve que pasar de mis escrúpulos y de mis prejuicios, coger mi revista y meterme en esos pocos metros cuadrados mientras los demás tripulantes podían oír perfectamente todo lo que hacía. Durante aquel primer viaje en velero (una gran oportunidad para ponerse a prueba uno mismo) comprobé que todos tenemos nuestras manías y costumbres al ir al lavabo, que todos hacemos ruiditos, que todos necesitamos nuestro tiempo y nuestros rituales y que no pasaba absolutamente nada. Y dicen que la muerte es lo que nos hace iguales. ¡Ja! Lo que nos hace verdaderamente iguales es el hecho de ir al lavabo, en otras palabras, mear, cagar y pedorrearse.
Pero, donde pasé más vergüenza fue en una estación de servicio, en un viaje de fin de curso. Yendo hacia Italia en autocar en pleno mes de junio, después de beber mucha agua y con la vejiga a punto de reventar, nada más parar. Me fui corriendo hacia los lavabos. ¡Qué alivio!, pensé al sentarme en la taza blanca. Debía de estar llena, llena, porque aquella micción parecía no tener fin. ¡Joder, quién está meando así!, oigo decir a una de mis alumnas. ¡Qué corte! Contraje los músculos en un intento vano de interrumpir mi tarea. Imposible. La naturaleza es muy sabia. ¡Pedazo meada!, vuelvo a escuchar al otro lado de la puerta del retrete. Identifico la voz. Se la tengo jurada. No puedo hacer nada por parar. Realmente, estaba a tope (¿no les ha pasado nunca? Qué suerte). ¡Joder, si parece un elefante! Muerta de vergüenza, dejé caer las últimas gotas. Qué bochorno. Cómo iba a salir de allí. ¡Parece que el hipopótamo ya ha acabado de mear y el nivel de los ríos ha subido un doscientos por ciento! Bueno, eso era el colmo. Con la cabeza bien alta, abrí la puerta del retrete. ¡Joder, la tutora!, soltó al unísono aquel nutrido grupo de alumnas que todavía seguía allí, como esperando a ver quién era la propietaria de tan tremenda meada. Completamente cortadas, les solté: ¿Qué pasa?, ¿acaso nunca habéis visto un hipopótamo en un lavabo? Pues es la cosa más normal del mundo. No sabéis lo que os perdéis... Y así, mudas y avergonzadas, se quedaron mis chicas mientras yo, tierra trágame, salía de allí como buenamente podía.

Y así transcurrió la velada del jueves pasado, evocando excéntricos momentos, riendo las ocurrencias y soñando con volver a viajar. Por cierto, aquí les dejo la dirección de uno de ellos, experto en viajes por África subsahariana kongooccidental.wordpress.com.

martes, 25 de septiembre de 2012

FILOFRIKI

Ahora que ya hemos digerido que la Real Academia de la Lengua Española ha aceptado oficialmente términos como 'acojonamiento', 'beisbolero', 'bloguero', 'canalillo', 'chatear', 'cienciología', 'clitoriano', 'culamen', 'euscaldún', 'friki', 'gayumbos', 'minicadena', 'ochomil', 'okupa', 'papamóvil', 'pepero', 'sms', 'sudoku', 'sociata', 'ugetista' o 'usb', voy a proponer a los ilustres academicistas un nuevo término, o mejor, una nueva acepción: FILOFRIKI.
Dicho vocablo surgió durante un delicioso atardecer de verano, en un bello rincón de la Costa Brava, en compañía de mi familia y alguien más. Después de un caluroso día de playa, con un sol refulgente que se escondía tras las montañas y una copa de cava en la mano, el marido de mi prima preguntó en voz  alta qué pueblos franceses están más cerca de la frontera, por aquello de decir que también había estado en el país galo. Tienes Perpignan, Llivia, Carcassone, Colliure… ¿Y qué se puede ver en ellos? Cada uno de los allí presentes fue diciendo las gracias de las localidades: que si uno tiene un río muy bonito, que si en el otro está la farmacia más antigua de Europa (y un bar donde he almorzado ostras, caviar y cava, dije yo -no es broma-), que si es un pueblo medieval amurallado, que si tiene una playa preciosa... Y un cementerio muy pequeño donde está la tumba de Machado, rematé yo, ilusionada. ¿¿¿¿¿Yyyyyyy?????, fue lo que oí a mi alrededor además de ver miradas de alucine absoluto y sonrisas condescendientes. Sólo por eso vale la pena ir, dije convencida. ¿Un cementerio?, ¿una tumba? Y ese Machado, ¿cómo es que acabó allí? Después de contarles la historia de los últimos días del poeta, les expliqué que no pocos filólogos habíamos ido allí a recitar sus versos y a comprobar que todavía hay mucha gente que le recuerda y le añora. Las caras de estupefacción se hicieron más elocuentes y las risas más sonoras, a la vez que alguien exclamó "mira que sois raros lo de letras, ¿eh?",“pero, qué friki, por favor”.
Vamos a ver. ¿Acaso no va la gente detrás de un corredor de motos, o de un artista, o de un futbolista, o de un diseñador y se gasta todos los ahorros por estar en las ciudades que ellos pisan? Y nadie dice nada... Pero bueno.
Lejos de amedrentarme o de enojarme con tan osado juicio de valor, les expliqué que, cuando estudiaba filología, me gustaba comprobar in situ los escenarios que salían en las novelas que leía, y que tenía –y sigo teniendo- un amigo al que le chifla hacer eso cuando viaja. De hecho, muchas veces, hemos elegido nuestros destinos de viaje –cada uno por su lado- en función de la última novela que ha caído en nuestras manos. Así, él fue a la Cueva de Montesinos a declamar el “Oh, Belerma; oh, Belerma” de El Quijote; o a Madrid, a recorrer el callejón del Gato del que tanto hablaba Valle Inclán en su Luces de Bohemia.
Yo también he tenido esos momentos de desatada mitomanía literaria: en mi viaje por tierras gaditanas, me emocioné al descubrir la casa donde había nacido y vivido Carlos Murciano, un poeta con aires andalusíes y caminar por las calles que tan bien reflejó en sus versos (aunque también tengo que reconocer que obligué a mi partenaire a ir a Chipiona para ver la tumba de la más grande…); fui a Oviedo, además de para ver a mi buen amigo don Jorge, para pasear por sus callejuelas y plazas, para recrearme en su catedral, sabiendo que desde lo alto de una de las torres podía estar mirándome Fermín de Pas –de paso, me hice una foto con mi estimada Ana Ozores-; fui a Dublín persiguiendo a James Joyce y, a la vez, para comprobar qué tal estaba mi hermana;  recorrí Marruecos siguiendo las huellas de mis adorados Mohamed Xucri, Tahar Ben Jelloun, Fatima Mernissi...; busqué en el cementerio de Père-Lachaise, en París, el último suspiro de Proust, Apollinaire,  Balzac, Cyrano de Bergerac, aunque donde realmente flipé fue ante la tumba de Jim Morrison, cubierta de flores, latas de cerveza, botellas de whisky y vomitadas varias…; disfruté de lo lindo en Alcalá de Henares, en su universidad, escuchando la historia de los gorrones, en la casa de Cervantes y sentada en un banco entre el enjuto hidalgo y el rechoncho Panza (aunque no sé si disfruté más con las cervecitas y las tapas…); y en la casa-museo de Rosalía de Castro, en Padrón, con esos pimientitos, qué ricos; y en el Puerto de Santa María (¡qué buen marisquito, vive Dios!) rememorando los versos de Alberti
¿Y por todo eso mi primo nos estaba llamando friki? No, friki, no, "FILOFRIKI".
Pues, parece ser que actualmente, el mundo está plagado de filofrikis porque, hace un tiempo, se puso de moda ir a Lisboa por Pessoa o por Saramago; a Barcelona, por Mendoza, Marsé, Laforet, Rodoreda; a El Cairo por Naguib Mahfouz;  a Nueva York, por Paul Auster… Los ayuntamientos, no se sabe si para sacar dinerito o para dar a conocer a sus ilustres artistas, elaboraron recorridos auténticamente literarios: la Barcelona del Quijote, el Sur de Juan Ramón Jiménez, la meseta de Machado, el Madrid de Galdós, el París de Vargas Llosa.  ¿Y qué me dicen de lo más reciente, la Barcelona de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, o de La Catedral del Mar, de Falcones? Me juego lo que sea a que pronto sacarán la ruta de El tiempo entre costuras, de María Dueñas. Ya estoy viendo el eslogan: un viaje sentimental y exótico por la España en tiempos del Protectorado y por el norte africano…
¿Qué quieren que les diga? Eso, lo de viajar buscando los escenarios y las cunas de los escritores, ya lo hacíamos nosotros. El problema está en que, cuando contratamos el viaje en una agenda, somos unos viajeros cultos y curiosos y, cuando vamos por nuestra cuenta, sólo somos unos "filofrikis".

sábado, 25 de agosto de 2012

DE VUELTA

¡¡¡¡¡¡Hola!!!!!

Ya estoy de vuelta. Sí, he regresado de mis vacaciones y ya estoy aquí, con las pilas recargadas y sin ningún síndrome postvacacional, para decir adiós a este veranito y para afrontar un nuevo curso que está a punto de empezar. Con las maletas todavía por deshacer, un montón de ropa por lavar y el bronceador gastado, ahora toca vaciar la tarjeta de la cámara fotográfica, clasificar las fotos más bonitas y ponerles lugar y fecha; ahora toca ordenar todos los papeles que hemos traído del viaje: mapas, folletos informativos, tarjetas de visita, posavasos, y colocar el correspondiente imán en la nevera junto con los otros procedentes de antiguos periplos; ahora toca reencontrarse con los amigos para explicarles con pelos y señales, para su desgracia, todas las aventuras y desventuras del viaje, y para aburrirles con el fabuloso, estupendo y bien elaborado pase de fotos y vídeos que hemos hecho por esos mundos de Dios; ahora toca hacer balance y recordar y valorar y disfrutar de nuevo todos los momentos vividos en este verano de 2012 (verano, por otro lado, para olvidar: incendios, prima de riesgo, recortes, mentiras, accidentes… Pero no, ahora no tocar ponerse dramáticos. Ya habrá tiempo y más razones para ello). En fin, que, como no soy diferente al resto de los mortales, ahí van mis 21 postales de recuerdo; ahí van mis 21 momentos de este estío que ya se nos está yendo:

1.- Momento “campos de paja de la Toscana” que dan al paisaje ese tono dorado tan cálido y romántico (Pisé uno para hacerme la consabida foto y me clavé en el pie una maldita brizna con el consabido dolor/cabreo. O sea que, de romántico… poco)


2.- Momento olímpico. Las medallas de nuestros deportistas españoles (Qué poderío, señores, qué fortaleza y cuánto entusiasmo. Valen un potosí. Lástima que no se les valore como se merecen, especialmente cuando están entrenando. Lo del chándal -o chonichándal, como he oído y leído en algún sitio-, vamos a dejarlo para otro día, ¿no les parece?).
3.- Momento “Lola”. La comida de todos los veranos con mi amiga (y con final accidentado). Un beso desde aquí.
4.- Momento “tartufo”. El panini de paté de trufa negra que me zampé en un exquisito y elegante bar de Florencia (y yo, con camiseta sudada y sandalias trapajosas… Bueno, en realidad, fueron dos y dos copas de vino).
5.- Momento “lo hago por salud, porque es muy sano, no para adelgazar”. Las dos horas de caminata al día que me he currado durante el mes de agosto (vamos a hacer cálculos: 2 horas X 7 días a la semana X 4 semanas que tiene el mes, en total, aproximadamente, ¡¡¡¡56 horas caminando por el paseo marítimo, sudando como una cerda, con la lengua fuera, en vez de estar tranquila, tomando el sol tumbadita en la playa!!!! Joder, soy una máquina).
6.- Momento esteticien. La manicura de color rosa que les hice a mis sobrinas en Begur (tendrían que haber visto a la pequeñaja de dos años y pico presumiendo de uñas pintadas).
7.- Momento enológico. El vermentino que probé en Pienza, un vino blanco, afrutado, frío, delicioso (Bueno, lo confieso, fueron varias copa más el Brunello de Montealcino, y el Nobile de Montepulciano, y el dulce que caté para regalárselo a mi madre…).
8.- Momento “mi novela”. Las dos horas que he pasado releyendo y corrigiendo mi novela, ¿se acuerdan? (apliquen el mismo cálculo que el de las caminatas. Ya está a punto y soy feliz, muy feliz)
9.- Momento “rebajas”. La mañanita que pasé con mi madre de rebajas (no, mi madre, no, no vayamos a liarla): después de patearnos las calles comerciales bajo un sol de justicia, cayeron un pantalón y un cinturón para ella y un vestido para mí (lástima que ya estuvieran en los escaparates las “new collection”, los “new arrivals” de la temporada otoño-invierno y nos hayamos enamorado de una americana negra de más de 300€, ella, o séase, mi madre, y de un abrigo de color azul azafata, lo último, de otros tantos, yo. Habrá que esperar a las rebajas).
10.- Momento “glamour”. Una, bueno, dos copas de cava en la terraza de casa de mi hermana, al atardecer, con unas vistas preciosas, en compañía de mis hermanas y mi prima, hablando de nuestras cosas. Delicioso. Mil gracias, Gemma y Xavi.
11.- Momento “sólo un momento”. Los momentos contados, limitados y muy contenidos que me he permitido soñar con un remoto e hipotético “¿y si mi novela gusta?, ¿y si tiene éxito?” (dicen que soñar es gratis; también dicen que hay que tener cuidado con lo que se sueña porque puede hacerse realidad… ¿Se imaginan? ¡Sería le leche!).



12.- Momento “¡marchando una cañita y una tapita de atún ahumado!”. Bueno, más de una he tomado y ha sido en Carboneras, un pueblecito de Almería, a las puertas de Cabo de Gata. Buenísimas. Uno de mis descubrimientos del año. Desde aquí, gracias a Juan Diego y a Loli.
13.- Momento “coñazo de tele”. Porque hay que ver lo mala que es la tele en verano. Yo, lo juro, sólo la he visto un ratito después de comer y alguna que otra noche. Y, entre los docufriki de Frank el de la selva, las noticias petarderas de “Sálvame” y compañía, los mismos capítulos de las series norteamericanas, los informativos dando vueltas y más vueltas de tuerca a las tragedias del verano, la verdad es que el aparato ha estado estos días de adorno.
14.- Momento “cocktail”. Fue en el Boadas, una de las mejores y más emblemáticas cocktelerías de Barcelona. Fueron dos: uno de ginebra, lima y melón –chispeante, delicioso, sin palabras- y otro de ginebra, lima y frambuesa -no me gustó tanto porque me recordaba a los jarabes de fresa que tomaba de pequeña-. Fue el día de la ascensión de la Virgen, para celebrarlo. Fue detrás de una cena estupenda y de una mañana “sorprendente” con mi pareja. ¿Qué más se puede pedir?
15.- Momento “un kilo menos”. Ha costado, está costando, pero sigo de dieta. He hecho toda la bondad que he podido pero, coño, qué difícil es. Sí, dicen que ahora es buen momento para hacer dieta (yo empecé en abril, que conste) porque es temporada de ensaladas, gazpachos, sopas frías, pero qué me dicen de las tapitas –véanse momento 4, 12 y la próxima, la 18-, y de la copitas –véanse momentos 7, 10 y 14-, y de las cenitas, y de los helados… Que no, hombre, que no, que no pueden engañarnos; que a ver si nos enteramos todos, joder, que nunca es buen momento para hacer dieta.
16.- Momento “campos de girasoles”. Cada vez que encontrábamos uno con un sitio para aparcar y hacer la foto de turno en la que estas bucólocas y bellas flores mostraran todo su esplendor, las muy "jodías" estaban vueltas al revés o cabizbajas (al final, después de recorrer kilómetros y kilómetros por la Toscana, lo conseguimos).



17.- Momento “ventilador”. Sí, durante este veranito, también mi pareja y yo hemos tenido nuestros momentos... Tras la fase de los preliminares, léase miraditas, tonteos, caricias en el sofá, en la cocina o en el despacho, nos íbamos a la cama pero con el ventilador a toda castaña porque, sin él, con el calor que ha hecho y la humedad, parecíamos dos ranas chorreantes acopladas sin muchas ganas de jarana. Y no, eso no podía seguir así.
18.- Momento “comida sana”. Sí, paella, pescado al horno, bocata de jamón, mariscada, tortilla de patatas, pan con tomate y frankfurts y patatas fritas de bolsa y pipas y ganchitos y… ¿Sigo?
19.- Momento “SIN IVA”. Debido a la ingeniosa medida por parte de nuestro querido gobierno de subir el IVA para salir de esta fatídica crisis, desde aquí, quiero agradecer a los establecimientos que, para contrarrestar los efectos depresivos de dicha decisión, no cobraron el dichoso impuesto durante alguna que otra jornada. Total, que me he comprado un lavavajillas (después de más de 10 años independizada y fregando platos como una descosida, por fin lo he conseguido, ¡¡yuhu!!) y una plancha para mis pescaditos, mi carnecita y mi verdurita.
20.- Momento "¡¡¡oohhhh!!!". Eso y la cara de auténtica flipada cuando, al doblar una esquina, al cruzar una calle o al atrevesar un callejón de algún pueblo/ciudad de la Toscana, he descubierto una iglesia, un palacio, una plazoleta, un mercado o una fachada que me ha dejado sin palabras. ¡¡¡Cuánta belleza!!!


Aunque también tengo que reconocer que he tenido esa misma impresión cuando he pasado delante del escaparate de una de esas elegantes (¡¡y caras!!) tiendas de moda: qué bolsos, qué vestidos, qué zapatos, qué joyas.



(¿Les cuento un secreto? Donde más disfruto es delante de una de esas tiendas de delicatessen donde exponen con calculado detalle y suma exquisitez los salamis, los procciuto, los quesos, la pasta fresca, las especias, las setas... Tengo un problema, ¿no?)
21.- Momento “de vuelta”. Antes de que acaben mis vacaciones, cada año, irremisiblemente, me llega ese momento en que empiezo a pensar en el próximo curso, hago limpieza física y mental en casa, me compro mi agenda, me marco los cumpleaños y las fiestas, formulo mis propósitos y mis deseos y, como cada final de agosto -llevo más de diez-, voy al gimnasio más cercano para informarme sobre las actividades, las tarifas, los horarios y, al salir de allí, con una sonrisa en los labios, me digo superconvencida y superanimada: “este año, sí”. Que sí, que lo digo en serio, que lo prometo, este año, sí. O no…

PD1. ¿Se han dado cuenta de que muchos de mis momentos tienen que ver con una de las necesidades más primarias? No, si donde se ponga una buena mesa...

PD2. Si a alguien le han gustado las fotos, podrá verlas todas en el blog de www.9barrisimatge.blogspot.com

PD3. Sigue pendiente lo de setiembre...

lunes, 2 de julio de 2012

¡¡¡VERANITO!!! (o mis libros para una isla desierta)

Con las maletas a medio hacer, el neceser casi completo, los mapas, las guías de viaje, la documentación a punto y a buen recaudo, busco entre las estanterías todos los libros que, durante este largo invierno -y otoño, y primavera- he ido comprando para leerlos este veranito que ya ha llegado. Este, este, y este, y este también. Demasiados. Y pesan demasiado para no tener ningún altercado con las dichosas azafatas a la hora de facturar en una de estas estupendas compañías low cost que te cobran por llevar cien gramos de más. No, si ya lo decía yo. No era mala idea eso del e-book. Para el año que viene, seguro que ya no tendré ese problema. Lo pediré para mi cumpleaños. Y tal y como está el panorama literario, no estará de más irse familiarizando con este soporte, que no con el arte de leer.
Pero no, no me voy a llevar ningún libro. No me acordaba ya que había pensado otros planes para mí en materia de lecturas. Les cuento.
Allá por el año 2006, creo recordar, mi cabecita empezó a sufrir un extraño fenómeno. Por algo que me contaron, una idea empezó a rondar por los pliegues de mi cerebro y durante mucho tiempo, sin yo quererlo, una historia empezó a fraguarse y una obsesión me fue persiguiendo día tras día, mes tras mes. Y así, incapaz de sacarme esos fantasmas de mi cabeza y de mi vida -personajes con nombres y apellidos, escenarios con sus calles y sus plazas, tramas con nudos y subtramas-, como si de una terapia se tratara, decidí ponerla por escrito. En un año, la tenía escrita e, ilusa de mí, hice un montón de fotocopias y las envié a las editoriales, pensando que eso sería cuestión de coser y cantar. Me contestaron algunas pero la mayoría respondió elocuentemente con el silencio.
Deduje que la novela era una auténtica mierda, pero no me rendí. Todo lo contrario. Como lo único que quería era perfeccionarla, me apunté a la Escuela de Escritores del Ateneu de Barcelona y, durante tres años, entre lecciones magistrales, consejos que no tienen precio, risas, muchos ejercicios escritos con sus jodidas correcciones -la única manera de aprender a escribir es escribiendo y corrigiendo-, y unas cuantas cenas y comidas sin igual, aprendí que el arte de escribir se basa, fundamentalmente, en reflexión (pensar, pensar y pensar la historia que quieras contar), trabajo, mucho trabajo (para aprender las técnicas, para perfeccionarse, para escribir y reescribir tantas veces como sean necesarias), ilusión, mucha ilusión (para no desfallecer nunca), algo de inspiración (porque para eso se llama arte, ¿no?) y muchísima humildad (porque, después de haber escrito una novela de 300 páginas, no te puedes creer alguien genial; y, porque después de más de 50 cartas y/o mails de rechazo, tampoco te puedes creer que no vales nada).
Y después de más de cinco años desde aquel flash en que me he encontrado de todo (coeditoriales que quieren sacarte hasta el último euro; informes de lectura hechos por, no se lo pierdan, ¡un cuidador de perros!; negativas justificándose en la crisis, maldita crisis; ánimos mil para seguie intentándolo), después de varias relecturas más, después de una infinidad de consejos y después de caer y volver a levantarme, he decidido intentarlo de nuevo. Por eso, no me llevo ningún libro de vacaciones. No. Rectifico. Me llevo MI libro, MI novela (y, por qué no decirlo, MIS ilusiones y MIS esperanzas) de viaje, para volver a leerlo, para volver a corregirlo y traerlo de vuelta con un aire nuevo. Y con esta nueva versión, colgarlo en el Amazon y venderlo por 2 euros (uno, para mí y el otro, para alguna ONG o Fundación, para ver si, entre todos, podemos arreglar un poquito este mundo que con la que está cayendo...).
En fin, estos son mis planes de lectura para este veranito. Pero no se preocupen. Aquí les dejo algunos de mis libros preferidos (unos leídos más de dos y tres veces) que me han acompañado en mis viajes y han hecho que mis vacaciones (además de PGF y su cámara, de los paisajes, los vinos nuevos, los descubrimientos y los mares) tengan un sabor especial (y no me refiero a la gastronomía típica del lugar, que también):

  • María DUEÑAS, El tiempo entre costuras (una deliciosa historia en un rincón muy conocido para mí. A la espera de ver la versión televisiva)
  • André GIDE, El inmoralista (un clásico transgresor que releo cada año)
  • Ryszard KAPUSCINSKI, Viajes con Heródoto (una auténtica guía de viajes con pensamientos y lecciones magistrales dignos de ser recordados)
  • Julio MEDEM, Aspasia. Amante de Atenas (todavía no lo he leído pero promete: la vida en la Grecia Clásica, la polis, la democracia, los primeros filósofos, todo visto a través de una mujer excepcional, Aspasia, la amante de Pericles)
  • Eduardo MENDOZA, El enredo de la bolsa y la vida (fresco, tremendamente divertido, ideal para llevárselo de vacaciones)
  • Olga MERINO, Perros que ladran en el sótanos (una historia de sufrimiento y desarraigo contada con maestría)
  • Teresa MOURE, Hierba mora (un momento de la vida de Descartes. Una delicia)
  • Azar NAFISI, Cosas que he callado (todo una vida en Teherán). También es la autora de Leer “Lolita” en Teherán (sencillamente, genial)
  • Mario VARGAS LLOSA, Travesuras de la niña mala (exquisita, sensual)
  • Stefan ZWEIG, Veinticuatro horas en la hora de una mujer (tan pocas páginas para decir tanto)
  • Más de mis “moritas” y “moritos”: algo de Atiq Rahimi, Nedjma, Muhammad Xukri, Kader Abdolah, Salwa al Neimi, Fatima Mernisi, Tahar Ben Jelloun, etc., etc., etc.
  • Y, por supuestos, los cuentos de mi admirada y añorada Mercedes Abad, de Empar Moliner, Javier Tomeo, Fernando Iwasaki...

Me falta un montón de títulos pero estos son los que me llevaría a una isla desierta.


Yo seguiré con lo mío. Quizás, en setiembre, cuando vuelva, pueda anunciarles una buena nueva...

LES DESEO UN FELIZ VERANO Y UNAS ESTUPENDAS VACACIONES 3D PARA :
Desconectar
Descansar
Disfrutar


domingo, 10 de junio de 2012

¿PUTERAS?

Hace una semana que se acabaron las fiestas de la Prospe (¿Ya era hora?, ¿por fin?, como pensaban algunos). No sé si por fin. Lo que sí sé es que, para mí, han sido unas fiestas especiales, muy especiales. Ya empezaron con dos muy buenas noticias. La primera, la petición para ingresar en una de las peñas más simpáticas, más activas (y proactivas, que ahora está muy de moda esta palabra), más concienciadas y con más solera de la historia de las peñas: PeñaPureta. La segunda, la preparación –y la consiguiente inauguración- de la exposición fotográfica de 9BarrisImatge que este año cumple ¿10 años? de frenética actividad poniendo imagen a todo lo que ocurre en el barrio, sacando a la luz tanta actividad, poniendo rostro a tanta reivindicación, dando vida a tanta iniciativa que empieza, como quien no quiere la cosa, en una simple charla de vecinos, en el bar del casal, en una sala de reunión o en la cocina de una casa. A lo que iba, una exposición de más de 1000 fotografías –algunas de ellas, ya históricas- que, por lo que he oído y he visto, ha gustado mucho y, por lo que he vivido en casa, ha supuesto no pocas horas de trabajo por parte de Pedro, Joan y Manel (y colaboradores también, por supuesto), con el beneplácito –allí donde quiera que esté- de Josep Anton, alma mater de este peculiar colectivo fotográfico.
Con respecto al ingreso en la peña, la cosa empezó (aparte de la petición y apunte del correo electrónico por parte de la incansable Pitu una deliciosa mañana de domingo en que se celebraba que la Cultura se iba de fiesta), la cosa empezó con la llegada del primer correo electrónico de una tal Lourdes con un asunto un tanto impactante: PUTERAS, recordándonos lo que debíamos llevar para la primera cena de la peña. Punto número 1: Lourdes, ¿quién era esa tal Lourdes? Yo conozco a Pitu, a Elia, a Reyes, a Pepi, a Mercè, a Joana, a Montse, a Ana, a Trini, a Lili, a muchas de las féminas del grupo, pero ¿Lourdes? Enseguida pensé que era la presidenta de la peña, a la cual nunca había visto, y que me la presentarían en la cena. Esta gente de la peña tiene unas cosas… Mira que no hablarme de Lourdes… Pero lo peor no fue eso, lo peor fue el punto número 2, el asunto del mail: PUTERAS. Joder, cómo las gasta esta tal Lourdes. ¿Yo, putera? Señora Lourdes, con todos mis respetos, ¿no ha recibido el informe que han hecho de mí? Yo soy una mujer decente, de recta moral y nobles valores. ¡Coño, que soy de cole de monjas! ¿Yo, putera? ¡¡Eso sí que no!! Tendré que hablar seriamente con esta mujer. ¡Me quiero borrar inmediatamente de esta peña!
Superados el primer error de tecleo disléxico (que no, que no somos PUTERAS, que somos PURETAS) y el segundo obstáculo (¿¡por qué nadie me dijo que Pitu era Lourdes?!), durante esos diez días, fui perdiendo mi virginidad –sí, Joan, ya sé que esto te pone y, si encima tenemos en cuenta que soy de cole de monjas, ni te cuento, ¿no?- en los diferentes actos en los que participé como miembro Pureta (¿o Putera?).
En todos, tal y como fui observando, había varias cosas en común: la primera, sin lugar a dudas, el entusiasmo (¡cuántas ganas había de fiesta!, ¡cuánta vitalidad!, ¡cuánta ilusión para que las fiestas fueran un éxito!); en segundo lugar, el espíritu crítico y la solidaridad (cualquier ocasión es buena para reclamar justicia y ayudar a los más castigados. Eso sí, acompañado de una buena comida o de un buen “cremat”); en tercer lugar, y relacionado con lo que he dicho una línea más arriba, el saque (¡joder, cómo bebe y cómo come esta peña, nunca mejor dicho! No hay nada que se les resista, no pierden ni una); en cuarto lugar, el color morado: todos los miembros de la peña –bueno, casi todos, para qué negarlo- iban vestidos con la camiseta morada del año pasado, porque, éste, no ha habido presupuesto para encargar unas nuevas. Una marea morada invadió los rincones del barrió durante los días de fiesta. Hasta yo me compré una para decir al mundo que sí, que soy una Pureta (¿o una putera? En fin, dejémoslo…).
Diez días en que he vivido una auténtica simbiosis con el barrio de la Prospe participando en los más singulares actos: la presentación del periódico de fiestas, con concierto incluido; dos cenas memorables en el recinto de la parroquia del barrio -una de ellas, con cura y vino de mesa incluidos. ¡Joder, qué morbo! ¡Cómo las gasta esta peña atea!-; dos pregones –uno de ellos, seguido de un bailoteo memorable. Me recordaba los bailes de verano, en el pueblo-; un coro de niños encantadores con la inquietante y esporádica presencia de un oportunista trajeado-, una jornada de juegos infantiles; un concierto de baile (Pedro y yo nos vamos a apuntar a clases de swing y foxtrot, sólo digo eso) seguido de un guateque sesentero; otro baile pero, esta vez, protagonizado por entrañables abuelos y abuelas; una cantada de habaneras; innumerables paseos por la feria y alguna que otra firma reivindicativa.
Han sido diez días en que me he sentido parte integrante de esta peña, en los que he disfrutado como la que más: he bailado, he reído, he reflexionado, he conversado, he visto, he escuchado, he compartido, he cocinado y me he saltado la dieta (¡ah! ¿No lo había dicho? Llevo 57 días, 10 horas, 25 minutos y 12 segundos –ahora 13- de régimen estricto, he perdido casi 7 kilos y he rebajado dos tallas. Pero, no se preocupen, les daré más detalles –los más morbosos- en una próxima entrada).
En fin, diez días en que la plaza de Ángel Pestaña se ha convertido en mi segundo hogar y que, como ya dije una vez (¿recuerdan la columna de El clásico?), me he sentido novia de todos ellos y de todas ellas (sí, lo reconozco, estoy abierta a otras experiencias erótico-festivas, ejem, ejem… Es broma, ¿eh?) y parte de este corazoncito que late con más fuerza que nunca en este pequeño –y muchas veces olvidado- rincón de Barcelona.
¡Hasta el año que viene!

domingo, 12 de febrero de 2012

MOVILIDAD

Movilidad. Eso es lo que piden las empresas cuando contratan a alguien, alguien a quien no le importe pasar días y noches fuera de su casa, lejos de su familia y de sus amigos; alguien a quien le interese visitar los aeropuertos de medio mundo y confraternizar con otras culturas -allende nuestras fronteras físicas y mentales-, otras gastronomías -atrás se quedan la tortilla de patatas y el arrocito de mamá-, otros idiomas –más allá del aiam, yuar, jiis- y otras maneras de ver la vida. Movilidad. Exacto. Es el futuro.
Mi hermana, en su momento, se fue a Irlanda a trabajar (de donde se trajo su flamante marido, algunos amigos y costumbres varias); mi otra hermana está más tiempo en hoteles y aeropuertos que en la empresa de aquí, y un amigo mío se va dentro de poco (¿o ya se ha ido? Ya te vale porque nos prometimos una fiesta brutal de despedida) a Méjico DF también a trabajar. Yo, no. Yo apenas me he movido de mi entorno y lo más cerca que he estado de ese espíritu viajero en el ámbito laboral fue cuando, trabajando para la administración, me destinaron fuera de Barcelona ciudad.
Un buen día de setiembre de un año ya lejano en mi calendario, esperando como una desesperada, me llamaron por teléfono y me dijeron que me presentara urgentemente en la delegación, que ya tenía destino para trabajar. Qué alegría. Por fin, tenía trabajo. Al llegar mi turno, me pidieron los papeles y, acto seguido, a la pregunta ¿a dónde voy?, ¿a Badalona, Hospitalet, Santa Coloma, Mataró como muy lejos?, la señora del mostrador pronunció un nombre que no había escuchado en mi vida. Y, ¿dónde está eso? Salió del mostrador y, con la punta de su bolígrafo, totalmente indiferente, señaló en el mapa de Cataluña que había colgado una palabra escrita con letras minúsculas. Joder, qué lejos estaba ese nombre del de Barcelona, escrito en letras grandes y en negrita. ¿Y qué tren se coge para llegar allí? La señora, impertérrita, no, no hay estación ni apeadero, todavía no llega el tren. Tendrás que coger el coche de línea que sale desde la Plaza Cataluña. Con un nudo en la garganta y los ojos llorosos (lo reconozco, soy muy impresionable a los impactos y a las noticias de semejante relevancia), decía que no con la cabeza, no, a mí no, había oído hablar de esos destinos que estaban en la otra punta del mapa, pero pensaban que se trataba de leyendas urbanas. ¿Yo, en un pueblo a donde ni siquiera llega el tren? Que no, que yo soy urbanita, yo soy de ciudad. Te esperan mañana por la mañana. Aquí tienes la dirección y los papeles que tienes que entregar al director. Suerte.
Después de hacer la bolsa con lo imprescindible y con muchas ganas de renunciar a esa maldita plaza, con mi madre como fiel escudera, como una pantoja más, me planté ante el poste que la empresa de autocares (los únicos que se aventuraban a llegar hasta ese lugar) había puesto en medio de la única calle que tenía ese pueblo (que coincidía, mala señal, con un trozo de la carretera nacional). Sin semáforos (cosa que me impactó bastante), sin cines ni teatros (no es que vaya cada día pero necesito saber que hay por si quiero ir alguna vez, no sé si me entienden), sin bocas de metro, sin barullo, sin gentes yendo de un lado para otro, sin apenas movimiento, sin ruidos… Yo me voy de aquí, mamá. Esto no es para mí. Con comprensión pero con determinación, mi madre se dispuso a buscar un hotel (o, en su defecto, un hostal) para pasar la primera noche. Si te gusta, te quedas, y, si no, durante esta semana buscamos un apartamentito. Total, sólo estarás unas semanas, es una baja por depresión (no me extraña…). Inaudito. No había hotel ni hostal en ese lugar que, a medida que pasaban los minutos –sólo llevábamos un par de horas-, se me iba antojando cada vez más fantasmal, tétrico casi. Al final de la calle, hay una pensión. Pregunten por la señora Eulalia. Todo en catalán, claro; no en vano estábamos en la Cataluña profunda. La señora Eulalia parecía sacada de una película de terror: alta, muy alta, toda de negro y, se lo juro, con un lunar negro en la barbilla de donde salían tres pelos negros, tiesos y largos, muy largos. La pensión iba en consonancia: oscura, antigua y fría. Me enseñó lo que iba a ser mi habitación, la salita y el baño mientras me decía que, de vez en cuando, algún que otro camionero me haría compañía. Miré a mi madre con carita de cordero degollado, no, mamá, no me dejes aquí, seré buena, prometo portarme bien, quiero volver a casa… No sirvió de nada. Con el corazón encogido y algo en la garganta que me impedía mandarlo todo a la mierda y regresar, con mi madre, a mi mundo, le dije adiós con la promesa de que estaría bien.
¡Y una porra! Mientras estaba en el instituto (uno de los mejores en los que he estado, qué instalaciones, qué programas, qué organización), ocupada dando mis clases, no tenía tiempo para pensar y todo iba bien. Pero, fuera de allí, ¡qué duro se me hizo! Todo el mundo me miraba como si fuera una extraña, la recién llegada (con el tiempo me enteré de que me llamaban “la pixapins”); todo el mundo se reía de mi forma de hablar (más de uno me preguntó por qué hablaba con la boca tan abierta… No es lo mismo el catalán cerrado que el catalán de Barcelona); todo el mundo se fijaba en mi forma de vestir (botas de tacón, pantalones de vestir y americanas, a diferencia de las botas de montaña, las camisas de cuadro y los anoraks que, por lo que se ve, estaban de moda allí…).
Durante las primeras semanas, me dormía llorando. Cómo echaba de menos mi habitación, mi casa, mi familia, mis amigos, mis calles llenas de coches, de gentes, de tiendas, de ruido, de contaminación… En el pueblo, a partir de las ocho de la tarde, ya no había nadie; las persianas, echadas; los portales, cerrados; la carretera, vacía. Sólo permanecía abierto un bar al lado de la pensión. Fue allí donde, con la llegada del frío, me acostumbré a cenar un buen vaso de colacao con galletas y fue allí donde conocí a algún camionero que, como yo, tenía que pasar la noche en esa oscura pensión tan deprimente. ¡Qué patético resultaba todo!
Con la llegada del invierno, la cosa se hizo más dura. Con el primer copo de nieve que cayó, me compré unas botazas de color rojo. No me las saqué en todo el invierno. Tanto es así que hasta los alumnos, ya con cierto cariño, me llamaban “la pixapins con botas”. Con frío, mucho frío, sin televisor y con noche cerrada a las cinco de la tarde, a la salida del trabajo iba a la biblioteca. Después de cerrar, iba al bar a tomar el colacao con galletas (mientras algún que otro caminonero de paso se tomaba su pelotazo de turno) y, luego, me metía en la habitación hasta el día siguiente. Total, que aquel año leí un montón de libros, bebí mucho colacao y dormí lo que no he dormido en toda mi vida (a falta de teléfono móvil, ordenador portátil u otros entretenimientos, mis noches eran de unas doce horas).
El viernes era mi día favorito. Lloviera, nevara, hubiera un gran vendaval o cayera una gran tormenta, la menda volvía a casa. Ese día, colgaba la ropa de montaña y aparcaba las botas rojas en el armario y me vestía como una urbanita más, cosa que provocaba toda suerte de comentarios entre los alumnos y mis compañeros. Al mediodía, acabada la jornada laboral y con la bolsa preparada, cogía el autocar de línea que me devolvía a mi mundo, a la Plaza Cataluña. Durante las primeras semanas, me esperaba mi madre y, al bajar del autocar, me abrazaba a ella gimoteando, eso es un infierno, mamá. No puedo más. Renuncio. Eso no es para mí. Y juntas nos íbamos por el Paseo de Gracia o las Ramblas, para que yo me “amorrara” a los tubos de escape de los coches, esnifara mi dosis de contaminación, sintiera el asfalto humeante bajo mis pies o me dejara abducir por las luces de neón de los comercios. Aquello sí que era lo mío. Joder, cómo lo echaba de menos.
Y así una semana tras otra.
El tiempo pasaba lentamente y las tres semanas se convirtieron, al principio, en tres meses (qué habré hecho yo para semejante tortura) y, luego, en tres meses más (bueno, en realidad, la vida de pueblo no está mal: hay más tranquilidad, se come más sano y los hábitos también se sanean) y, más tarde, en otros tres meses (no, si, al final, me va a dar pena marcharme...)
Con la llegada del buen tiempo, la cosa se hizo más liviana. Con los días más largos, después de las clases, iba a dar largos paseos entre los campos y sustituí el colacao con galletas por una cocacola y unas almendritas saladas. Mis compañeros ya me consideraban una más hasta el punto de que uno de ellos me invitó a pasar un fin de semana con su familia y allí, en su finca, aprendí a montar a caballo; otro empezó a regalarme cada viernes unos bulbos de plantas para que me las llevara a la ciudad (tuve que pedirle que me enseñara a transplantarlos y, en unas semanas, la terraza de casa ya estaba adornada de pequeñas hojas de Dios sabía qué); otro me enseñó su granja de cerdos (ya me ven a mí rodeada de puercos y con los pies hundidos en el barro. Toda una experiencia que recomiendo encarecidamente para reencontrarse con la naturaleza salvaje); otro me explicó que, cada mañana, antes de empezar las clases, ordeñaba sus vacas y llevaba la leche al bar donde yo desayunaba (ya decía yo que no sabía igual a la que tomaba en casa, la del tetrabrik). Incluso me invitó a ir a su casa a las cuatro y media de la mañana para ordeñar a Rosario, su vaca favorita. Sin comentarios. A esas alturas del curso, yo ya estaba adaptada al mundo rural pero aquello me parecía demasiado para mi alma urbanita. Otro me invitó a las fiestas patronales de mayo (lo de las fiestas del pueblo no es una leyenda urbana...). Otro me mostró cómo se recogían las hortalizas de los campos de cultivo. Lo cierto es que, con la primavera, todo fue distinto. Hasta los camioneros sonreían más. Había uno que me confesó que le gustaba mucho y que estaba dispuesto a cambiar el letrero de su cabina (aquel que todos pueden leer desde la calle, tipo “Rosi, Juanito y Rosita” o “Jesús me acompaña” o “Mi familia es lo primero”) por uno que dijera “La urbanita más encantadora” o “Lo mejor de la ciudad”. Por supuesto, me negué en rotundo y, durante unos días, dejé de ir al bar para que se olvidara de mí. Sin embargo, cada vez que pasaba por el instituto, tocaba su inconfundible bocina… (con las consiguientes reacciones por parte de los allí presentes).
Durante las últimas semanas de curso, totalmente reconciliada con el entorno y las circunstancias, volvía a Barcelona tranquila, contenta y con los mofletes colorados como una heidi (como me decía mi amiga Lola).
Así, hasta que llegó el “ansiado” final de mi aventura rural. Un libro firmado por mis compañeros, una fiesta sorpresa organizada por mis alumnos y mil invitaciones para quedarme dieron por concluido el curso, nueve meses en los que aprendí mucho sobre la vida en los pueblos, sobre la naturaleza y sobre mí misma.
Eso es lo que tiene la movilidad.

sábado, 4 de febrero de 2012

POPÓ

Permítanme que vuelva al tema. Hace poco, alguien me preguntó si no me daba “corte” hablar sobre temas tan íntimos como el de ir al lavabo (visitar al señor Roca, ir al excusado, cambiar el agua al canario, hacer aguas menores, decir palabras mayores, ir a mear, ir a cagar, defecar, darse un respiro, evacuar, hacer de vientre, sentarse en el trono, tomarse un ratito de lectura, vaciar, liberarse…). ¡Pero si es algo natural y muy humano!, le contesté yo. Está claro que no voy a hacer nada en medio de la Plaza Cataluña (entre otras cosas, porque me detendrían) y que no voy a explicar nada que atente contra mi integridad moral y física y, menos, contra de la de mis anónimos (y no tan anónimos), sufridos y admirados lectores (y si lo he hecho, mil disculpas). Pero también tengo muy claro que si hay algo que nos iguala, algo que nos mide por el mismo rasero a todos los seres humanos que hay sobre la faz de la tierra (ríanse ustedes de la ley...), es nuestra necesidad vital de ir al lavabo o, lo que es lo mismo, de hacer pipí y/o popó.
Y es que, cuando la urgencia aprieta, el resto del mundo pierde importancia o, lo que es lo mismo, pierdes de vista al resto de mundo. Lo único que te interesa, lo único que te preocupa y te ocupa es que nadie se dé cuenta de lo mal que lo estás pasando (retortijones, ruidos instestinales, pedetes, etc.); a continuación, todas tus energías y tus esfuerzos se centran en aguantar como puedas el mal trago (aprietas el culo, cruzas las piernas, respiras hondo...) y en encontrar ese lugar y ese momento preciosos para salir del atolladero. El resto, insisto, da igual con quién estés, de qué estás hablando o qué está pasando a tu alrededor, pasa a un segundo plano.
Hace muchos años, en un viaje por Marruecos, me di cuenta de todo eso que les acabo de mencionar. Fuimos a pasar Fin de Año al desierto, cerca de la frontera con Argelia. Haimas, velas, música tribal, alfombras, cuscús, cava y, en lugar de las uvas, aceitunas. Fue perfecto, precioso y muy, muy original. Aquella última noche del año, con la pretensión de hacer todavía más diferente y exclusiva la experiencia, decidí levantarme temprano para ver amanecer en el desierto. Apenas dormí pensando que no me despertaría a tiempo. No hizo falta despertador. A eso de las cuatro de la madrugada, sentí la voz de la naturaleza, de mi naturaleza (ustedes ya me entienden). En silencio y sin perder ni un momento, que no se me escapara nada, me puse las botas (nos habíamos acostado vestidos), el anorak y cogí de la mochila el rollo de papel higiénico. Y allá que me fui rapidita en busca de una palmera, un arbusto o una simple mata para hacer mis necesidades. Sólo encontré un pequeño cactus (claro, estábamos en pleno desierto; qué, si no). Estaba sola, completamente sola, ante la inmensidad del desierto y sus dunas y la grandiosidad de un cielo bordado de estrellas. Espectacular. Al lado el pequeño cactus y con mucho cuidado de no pincharme, me bajé los pantalones (¡qué frío!)y me puse en cuclillas, así, sin mi marieclaire para leer, sin baldosas para contar, sin botes de champú, y sin un ápice de vergüenza. Total, me había alejado ligeramente del campamento y estaba completamente sola. ¿Sola? En plena faena escatológica, empecé a sentirme como observada. ¿Saben esa sensación de que alguien les está observando pero no saben quién? Pues eso. Miré a mi alrededor. Nada. Nadie. Solo dunas de arena y cielo estrellado. Durante los minutos que siguieron, esa sensación fue en aumento y, a punto de dar por concluida la cuestión y a punto de amanecer, volví la cabeza, levanté los ojos y allí estaba: la silueta de un beduino, todo de azul, chilaba azul, turbante azul, de pie en lo alto de una duna, con una lanza en la mano, oteando el horizonte y fijándose en mi culo, mi culo que tiritaba de frío y de miedo porque no quería pincharse con el cactus de marras. Al principió, me violenté, por favor, un hombre estaba mirando mi culo con total descaro. Pero, de perdidos al río. Estaba en su territorio. ¿Qué podía hacer? Pues, como si estuviera en i propio cuarto de baño, hice todo lo que tenía que hacer, me limpié, me subí las bragas y los pantalones, enterré mis miserias, me lavé las manos con la arena y, como tenía previsto, subí a la duna para presenciar la salida del sol. Al llegar, toda respetuosa, incliné la cabeza ante el beduino y, él, que continuaba allí, impertérrito e imperturbable, hizo lo mismo y los dos, uno al lado del otro (él, con su turbante azul y su lanza, y yo, recién cag...) fuimos testigos de uno de los espectáculos más increíbles que he visto en mi vida; los dos compartiendo el silencio, los primeros rayos de sol de un uno de enero y, para qué engañarse, un secreto. Me imagino la escena posterior: llegaría al poblado ¡hey, gente!, ¿a que no sabéis que me ha pasado? Resulta que estaba yo haciendo la ronda y me encontré con un culo a ras de suelo a punto de pincharse con el cactus ese que está al lado de la duna de vigilancia… La chica subió a la duna conmigo... Qué maja.
Otro año, navegando en velero por las calmadas aguas del Mediterráneo, el patrón, antas de zarpar, nos dio unas cuantas instrucciones entre las cuales se encontraba la de no hacer caca en el barco cuando estuviéramos atracados en el puerto o cerca de alguna playa. O sea, que sólo podíamos defecar cuando estuviéramos en alta mar. Durante la mayor parte de la travesía, todos los que íbamos en el Onas pudimos acatar las órdenes del patrón, pero una mañana, después de una cena copiosa anclados cerca del puerto de Mahón, las intenciones se fueron al garete. A una de las del grupo (juro que, esta vez, no fui yo) le entró un apretón y, aprovechando que el patrón había ido a tierra firme, se metió en el minúsculo lavabo para “liberarse”. El resto estábamos en cubierta tomando el sol y todo parecía ir bien, hasta que oímos la voz del patrón: ¡Joder! ¡¿Quién está cagando?! Nos levantamos al instante y dirigimos nuestras miradas hacia los gritos. No pudimos aguantar la risa al ver el panorama: allí abajo estaba el capitán, en su barca hinchable llena de bolsas de supermercado (el pobre se había levantado temprano para comprar víveres), rodeado de mierda flotando en el mar. No hace falta decir cómo se quedó la pobre chica al salir del lavabo y, en cubierta y totalmente satisfecha, comprobar a dónde habían ido a parar sus “cositas”.
Otro verano, en otro país árabe, en una excursión, al preguntar por el toilete, el guía me señaló un palmeral mientras, con una sonrisa picarona, me decía "cualquiera de ellas te servirá".
Y este verano, en China, en los lavabos públicos de la Ciudad Prohibida, con la vejiga a punto de explotar y una cola de mil pares, me encontré con un retrete vacío porque no tenía puerta. La china que estaba detrás de mí, con cara de angustia, me preguntó algo y, al ver que yo no respondía (más que nada porque no entendía ni papa), pasó delante de mí y se metió en el retrete sin puerta. Ni corta ni perezosa, ante la atenta, disimulada y sorprendida mirada de todas las que estábamos allí -la mayoría, chinas-, se bajó los pantalones, se puso en cuclillas -los lavabos públicos allí son agujeros en el suelo- y su cuerpo empezó a emitir todo tipo de sonidos que la mujer acompañaba con una sonrisa de enorme alivio… ¡No hay nada como viajar y ver mundo!
Pero las mejores experiencias que he tenido al respecto las he vivido con mis sobrinas, cuando eran pequeñitas, justo en el momento cumbre, cuando más tranquilidad y soledad necesito. Una, juguetona, que llama constantemente a la puerta mientras yo estoy con mi lectura y no para hasta que abro y le dejo entrar; otra, que se empeña en que la coja en brazos o en jugar a las momias con el papel higiénico; la pequeñaja, que se queda mirándome con esos ojazos que cortan el hipo (y el rollo, claro) o que quiere saber qué tengo entre las piernas. Más de una vez, entre risas infantiles y mis gritos llamando a sus madres respectivas para que las niñas salieran del baño, he declarado imposible la misión.
En fin… Ya lo dice mi amiga: para no tener problemas, antes de salir de casa, todos comidos y “pipidos” (o, en su defecto, “popados”. ¿O se dice "popodos"?)

domingo, 29 de enero de 2012

EL CLÁSICO

Llegué a las ocho y media de la tarde para coger sitio. La mesa ya estaba reservada pero me dijeron que íbamos a ser unos veinte aquella noche. Saludé a Ángela, la china que lleva todo el cotarro. Pedí un agua con rodajitas de limón. Cogí el periódico. Me senté en un rinconcito y me dispuse a pasar el tiempo tranquilamente (es un decir porque sólo leí noticias catastróficas) hasta que llegara la hora.
A partir de las nueve, nueve y cuarto, empezaron a llegar los demás: Andrés -que venía con un amigo recién llegado de Senegal-, Manel, Isidro, Nico, Lili y su familia, Joan, Elia, Kiko, y un largo etcétera cuyos nombres todavía no recuerdo con exactitud. Poco a poco, se fueron colocando alrededor de la mesa como piezas del tetris, encajando a la perfección, sin dejar ni un solo espacio, de tal modo que ¡joder, vamos a tener que ponernos una sonda porque, tal y como estamos ya, va a ser imposible ir al lavabo!
A las nueve y media, el lugar estaba abarrotado y Ángela ya iba de bólido de la cocina a la barra, de la barra a las mesas, de las mesas a la cocina: dos cervezas, un bocadillo de panceta, un plato combinado de chuleta de cerdo, tres cañas, una de bravas, almendritas saladas, dos de morro caliente, cuatro tubos, tres bocadillos de tortilla, cinco quintos y algún que otro cuenco de arroz chino. Todos colocados, todos servidos. Y, por fin, llegó la hora, las diez de la noche, la hora C de aquel miércoles de enero. Y yo estaba allí, rodeada de botellines de cerveza y platos rebosantes de colesterol, envuelta de atávica testosterona (es decir, de gritos, cánticos iniciáticos, golpes en la mesa, bufandas ondeando en lo alto y demás demostraciones masculinas) a punto de presenciar el gran evento de la hora C, la hora del clásico: Otro partido del Barça contra el Real Madrid.
Sí, señores, yo, que me acuesto cada día como las gallinas, a las diez y media de la noche; yo, que no sacrifico mi sueño por nada del mundo (es que me levanto cada día a las seis de la mañana); yo, que siempre he despotricado de esos encuentros salvajes y desproporcionados, que no hay nada como un buen cine de autor o una obra de teatro, de esas que te hacen pensar...; yo, que me estoy quejando constantemente de los sueltos astronómicos que cobran ciertos jugadores de fútbol; yo estaba allí, como ida ante la pantalla plana gigante, contagiada de todo el entusiasmo que se vivía en esos pocos metros cuadrados, aplaudiendo a rabiar a Messi, a Xavi, a Pinto, a Alves, a Iniesta, a Busquets; abucheando a Pepe, a Cristiano, a Casillas, a Ramos, y cantando a todo pulmón el himno del Barça (que no sé) en cuanto apareció la figura del entrenador mientras estrechaba cortésmente la mano del polémico portugués. ¡Ángela, una sin alcohol! Empieza el partido.
Me había propuesto no abusar en la cena pero, mientras veinte hombrecillos en pantalón corto sudaban la gota gorda corriendo tras una pelota, yo sólo presenciaba un ir y venir de platillos humeantes que rezumaban grasa. Mi estómago empezó a hacer de las suyas, mis jugos gástricos iniciaron su ritual y mi boca ya estaba salivando ante tanto “manjar”. De fondo, un “hilo musical” lleno de ¡uyyyy! cada vez que el portero local despejaba un balón enemigo; de ánimos cada vez que uno de los nuestros se apropiaba del esférico; pero, sobre todo, de improperios: ¡tarugo!, ¡inútil!, ¡asesino! cuando alguien en concreto se acercaba a uno bicolor. Pero yo, modosita y recatada ante tanto “salvaje”, a lo mío, debatiéndome entre un plato de ensalada o algo más “suculento”. No, acuérdate de la dieta. No te conviene tanta porquería, y menos por la noche. Mejor, un pescadito a la plancha, un poco de ensalada y agua. Sí, eso.
¡Ángela, una cerveza, una de bravas y una de morro cliente!
¡Qué placer gastronómico! ¡Qué bien sabe el pecado! ¡Qué gusto transgredir la norma!
Con la gula satisfecha, ese saborcito en los labios y el alcohol en las neuronas (qué exagerada soy, ¿no?), el partido empezó a cambiar de rumbo (¿o fui yo la que lo vio de otra manera?)
Al primer gol, ya noté ese cambio: me levanté, me abracé al de al lado (sólo lo conocía de vista y había cruzado con él cuatro palabras contadas), claro que la ocasión lo merecía. Pero, a partir de ahí, fui otra. ¡Vamos!, ¡arriba!, ¡chuta, cabrón!, ¿¡que no lo ves!? ¡hijo de tu madre! Ni yo misma me reconocí aunque, comparado con lo que decían los otros, lo mío era un juego de niños. ¡Angela, otra cerveza! El segundo gol local, un chutazo impresionante, despertó la fiera que hay en mí: gritos, silbidos, palmadas en la espalda, abrazos con todos los del bar, besos, risas... Aquello parecía una auténtica catarsis. ¡Qué liberación gritar sin que nadie diga lo contrario! ¡Qué sensación la de decir tacos sin que nadie te lo repruebe! ¡Qué bueno silbar, suspirar, animar, aplaudir, cantar todos juntos! ¡Qué borregos parecíamos!
Media parte. Como si de un ritual religioso se tratara, con el gesto del árbitro, todos los allí presentes nos levantamos de golpe: unos para ir al lavabo (con la consecuente cola) y otros para fumar fuera.
A las once y cinco de la noche (hacía una media hora que yo ya debía estar en brazos de Morfeo), también como autómatas, todos volvimos a nuestros asientos y, de nuevo, otra ronda: más cervezas, más bocadillos de tortilla, más patatas bravas, más morro caliente, más panceta, ale, venga colesterol, venga grasa, y yo, como buena niña que soy, me limité a pedir un quinto. El último, lo juro.
Gol anulado del contrario. Jugarretas varias. ¡Cabrón! ¡Hijo de …! Gol del contrario. No pasa nada. Todavía nos tienen que marcar más. En un abrir y cerrar de ojos, otro gol del contrario. Ahora sí que está la cosa chunga. Hay que vender al portero. Nervios. Tensión. Diez minutos para que acabe el partido. Y, justo, en ese preciso momento, el “hilo musical” dejó de escucharse. Tan sólo, algún ¡Ángela, un descafeinado! o ¡Ángela, un coñac! o ¡Ángela, un gintonic, que esto no hay quien lo aguante!
Me levanté un momento para estirar las piernas y, por un momento, me fijé en los parroquianos que estaban allí, subyugados ante la pantalla plana gigante. Todo el mundo estaba en silencio, aguantando la respiración, suplicando en murmullos para que acabara ya el encuentro. Por un momento, pensé que todo el mundo, sí, literal, todo el mundo -Argentina, Paraguay y Uruguay a las 17:00 (-5h); en Chile, Bolivia y el Este de Estados Unidos (New York, Miami, Boston, New Jersey) a las 16:00 (-6h); en Venezuela a las 15:30 (-6:30); en Colombia, Perú, México y el Centro de Estados Unidos (Texas, Kansas, Oklahoma ) a las 15:00 horas (7); en Honduras, Nuevo México (US), El Salvador, Utah y Denver a las 14:00 horas (-8); y en Los Angeles, San Francisco, a las 13:00 horas (+9). Esta información la he sacado de Internet-, lo que iba diciendo, todo el mundo estaría igual que nosotros, con el corazón en un puño (por ambas partes), con los nervios a flor de piel, en torno a una mesa llena de cervezas y platillos con las sobras de colesterol.
Porque, pensándolo bien, ¿alguien se puede imaginar un encuentro así (no sólo me refiero al partido de fútbol en sí) con un plato de verdura hervida?

PD. A Joan, Manel, Elia, Andrés, Kiko, Nico, Isidro, Lili y ese largo etcétera de 9barris que vosotros ya sabéis, gracias por dejarme ser "vuestra novia".

domingo, 22 de enero de 2012

SUR

Que vaya por delante que soy del Sur: mi ADN lleva un cachito de Sur, por mis venas corre la esencia del Sur, en mi piel llevo tatuados rincones del Sur y en mi retina, en mi memoria y -aunque suene cursi- en mi corazón, se han grabado a fuego momentos inolvidables en el Sur. Me gustan sus paisajes, sus playas, sus gentes, su manera de ver la vida, sus cervecitas al salir del trabajo, sus bromas, su gracia, ese deje tan peculiar que tienen y esa manera tan curiosa de explicarse y explicar la vida.

Hace unos cuantos años -bastantes, diría yo, aunque, para mí, fue ayer-, estaba yo una mañana en el aeropuerto de Málaga esperando a mi hermana que llegara de Dublín. Empezó a sonar el inconfundible ding-dong de antaño, ese que anunciaba el inicio de un aviso por megafonía: “Atención. Se ruega al dueño del automóvil SEAT 124 con matrícula Málaga...” (hasta aquí, todo correcto: sintaxis perfecta, dicción impecable, propia de un gran profesional; incluso, no parecía que estuviera en un aeropuerto del Sur. Hay que ver... qué manía esa de que los del Sur no saben hablar ni saben decir las cosas adecuadamente. ¡Bah! Topicazo, manía, prejuicio) “… haga uté er favó de exá su coxe a un laíto, que no pué salí la fregoneta”. Sí, ya lo sé, parece un chiste, pero no lo es. Esas fueron las palabras exactas. Que conste que me había propuesto no imitar el deje sureño pero, supongo que lo entienden, me resulta difícil no reproducirlo cuando recuerdo la anécdota. A lo que iba. No sé cómo ni por qué, pero el discurso había cambiado de rumbo completamente. En el aeropuerto, la gente seguía con sus cosas sin hacer caso del aviso pero se pueden imaginar mi cara de estupor al oír el final de aquel aviso. No me lo podía creer. Y allí, frente a la puerta de Llegadas/Arrivals, estaba yo descojonándome sola cuando me vio mi hermana con sus aires irlandeses. ¿Qué te pasa? Con lágrimas en los ojos, me limité a repetir “… haga uté er favó de exá su coxe a un laíto, que no pué salí la fregoneta”.

En otra ocasión, no hace mucho, estando de vacaciones en Ceuta (al sur del Sur), vi en el escaparate de una óptica (la de más solera, reconocimiento y profesionalidad de la ciudad) unas gafas de sol preciosas a un precio muy competitivo (vamos, las segundas rebajas). Entré para probármelas. Eran de pasta verde, con cristales verdes, muy extremadas y, no es por nada, me quedaban que ni pintadas. La dependienta, con su bata blanca de profesional y sus conocimientos también de profesional, me explicó detalladamente las gracias de las gafas con un vocabulario preciso y unas lacónicas expresiones. Vamos, de auténtica profesional de la óptica y de la oftalmología. Me las llevo. La mujer colocó las gafas en una funda rígida, lo metió todo en una bolsa y, cobrándome, me dijo muy amablemente: “Si tiene algún problema con ellas, no dude en traerlas, que, muy amablemente, se lo resolveremos”. Por favor, cuánta amabilidad, cuánta profesionalidad, cuánta seriedad... Al llegar a casa, muy contenta y satisfecha, quise compartir mi compra con la familia pero, al mostrar las gafas, me di cuenta de que la funda no cerraba bien, con ese efecto de cierre hermético y seco, sino que se quedaba ligeramente abierta. Ni me las probé. Volví a meterlo todo en la bolsa y, en cinco minutos, estaba de nuevo ante aquella dependienta, con su bata blanca, rezumando profesionalidad. Le expliqué lo que había pasado. Se acordaba de mí (menos mal) y, con una amplia y profesional sonrisa, empezó a inspeccionar la funda. Hizo el ademán de abrirla y cerrarla varias veces pero, en efecto, no se cerraba del todo con ese golpe seco característico de las fundas rígidas. La colocó bajo una lupa de gran aumento para dilucidar la causa de esa anomalía (lo digo así porque ésas fueron las palabras exactas), llamó a un colega para discutir el caso y, después de unos minutos, volvió al mostrador y, ofreciéndome de nuevo la funda estropeada, muy seria y convencida, me dijo: “Er poniente”. ¿¿¡¡¿¿Perdón??!!?? ¿Qué quiere usted decir? “Puéj eso, er poniente que ahora esta mú fuerte aquí”. Parpadeé varias veces y miré a mi alrededor buscando la cámara oculta. Esa dependienta, profesionalidad donde las hubiera y especialista en materia de óptica, estaba justificando el defecto de la funda con un simple, populachero (ese argumento ya lo había oído en el mercado, en la calle, pero en un establecimiento serio como aquél...) y sospechoso “Er poniente”. ¿Lo está diciendo en serio? Sí, lo estaba diciendo completamente en serio, completamente convencida de que esa, los malditos vientos de poniente, y no otra era la verdadera razón por la cual la funda de las gafas no podía cerrarse completamente y por la cual no me la podía cambiar. “Venga con la funda cuando tengamos levante y ya hablaremos”. Me quedé sin palabras y procuré que no se notara la cara de idiota que se me estaba poniendo. Cogí humildemente la bolsita de marras y salí de la óptica sin saber bien qué había pasado. Lo único que sabía era que si esto me pasaba en una óptica de Barcelona, les montaba un pollo de mil pares... Se lo juro.

Y hace poco, en un viajecito por la provincia de Cádiz, mi pareja y yo paramos en un bar de tapas para comer antes de coger el avión en Jerez. Teníamos tres horas por delante, lo que nos dejaba un buen margen para comer con tranquilidad, llegar al aeropuerto y facturar sin prisas ni agobios. El bar estaba abarrotado y pudimos encontrar en un rinconcito una mesa para dos. El camarero llegó enseguida para tomar nota. Por favor, dos de secreto ibérico, una fritura de pescado para dos, una ensalada de la casa y dos cervezas. Y, como si de Eco se tratara, escuchamos a grito pelao: ¡¡¡¡Dó zecreto, una de pejcaíto, ensalaílla i dó servesa”. Las cervezas y la tapa de ibérico llegaron enseguida pero, no sé por qué extraña razón, la ensalada de la casa (¿qué complicación podían tener unas hojas de lechuga, unos trozos de tomate, unas rodajas de cebolleta, un par de espárragos, un tronco de atún y unas aceitunas?) y la fritura de pescado (eso ya lo podíamos entender más) tardaban en llegar. Pasaban los minutos, el bar hasta la bandera y los camareros corriendo por el local llevando platos y copas de cerveza. Yo, apurando la bebida y con el brazo en alto para llamar al camarero. A la media hora larga, llegó la fritura de pescado. ¿Y la ensalada? Ej que la cosina está a tope... Vale, vale. Pero, es que tenemos un poquito de prisa. Le agradeceríamos que... Y, dejándome con la palabra en la boca (no hay cosa que más rabia me dé), el camarero se puso a vociferar ¡¡¡¡a vé esa ensalaílla pá la cuatro!!!! como si, de esta manera, dejara claro que él ya hacía su trabajo. Harta de esperar, cabreada como una mona -ofendida casi, por tanta falta de profesionalidad- y con la hoja de reclamaciones en mi mente, llamé al camarero y, con cara de pocos amigos, le pedí la cuenta advirtiéndole que todavía no había traído el plato de pescado y que el servicio había sido pésimo. Se lo confieso: yo esperaba, como mínimo, una rebaja en la factura, una disculpa y un chupito de la casa. Y, ¿saben con qué me salió? ¡¡Con un chiste!! Me contó un chiste el mú jodío, un chiste de camareros andaluces y tardanzas y retrasos. Hay que tener morro. Pero, como era tan gracioso (no sé si por ser del sur o porque era el chiste que siempre contaba cuando la clientela se quejaba por sus retrasos en el pedido), no pude evitar reírme. Lo peor de todo no fue eso. Lo peor fue que yo, olvidándome del enorme cabreo que llevaba encima, acabé contándole también otro chiste de catalanes...
Ya, en el aeropuerto, con la maleta facturada y a punto de embarcar, le seguía dando vueltas a aquello que sólo había sido una divertida anécdota. Pensaba que, en Barcelona, por eso mismo, ya habría pedido la hoja de reclamaciones...
Y es que no sé qué me pasa cuando voy al Sur. Como decía aquel anuncio: yo, para encontrar mi norte, necesito un poco de sur (o algo así)