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viernes, 6 de diciembre de 2013

¿QUIÉN LLAMÓ PALABRA A LA PALABRA? 300 AÑOS DE LA RAE

¿Quién fue? ¿Quién? ¿Quién tuvo esa genial idea de poner nombre a las cosas? ¿Quién creó las palabras? ¿Y cómo? ¿Cuándo? ¿Qué pasó para que alguien viera algo, no sé, por ejemplo, un , y decidiera que aquello que veía se llamaría a partir de aquel momento así, “árbol”. ¿Por qué no lo llamó “nube”?, ¿o “sol”?, ¿o “luna”? 
  Y, cuando viera una o un    , ¿cómo los habría llamado? 
Qué delicioso y utópico enigma. ¿Qué ocurrió realmente en la cabeza de aquel mago para que se produjera esa singular y fértil simbiosis gracias a la cual quedaban unidos para siempre el hombre y el resto de todo lo que existía a su alrededor, esa eterna ligazón entre la humanidad y el mundo, la realidad?
Más. ¿Qué debió maquinar aquel ser clarividente y privilegiado u otro, no sé, para que esa realidad, árbol, luna, sol, nube, se plasmaran en una piedra, en un pergamino o en una hoja de papel con formas extrañas, redondeadas, rectas, alargadas o chatas (las letras) y que esas formas caprichosas se pronunciaran de una manera particular hasta que pudiéramos decir “árbol”?
¿Quién fue, eh, el que empezó a poner orden en el universo adjudicando un nombre, una palabra, a cada uno de los elementos que existían en él?
Tremendo misterio.
Pero la cosa no se quedó aquí. Alguien puede pensar que es fácil poner palabra a lo que vemos o captamos a través de los sentidos, pero, ¿qué pasa con aquello que no se ve pero se siente, a aquello que se experimenta debajo de la piel? ¿Quién tuvo la ocurrencia de llamar amor al amor, nostalgia a la nostalgia, rabia a la rabia o incertidumbre a la incertidumbre? ¿Quién? ¿Qué rocambolesco método utilizó para nombrar a los sentimientos o a los pensamientos? ¿Quién fue el osado que propugnó que todo aquello que pasaba por la mente, por el alma, podía sacarlo a través de aquello que llamamos palabra? ¿Quién llamó palabra a la palabra?
Y en esa diatriba me encuentro cuando alguien me dice que hemos celebrado ya 3oo años de la Real Academia de la Lengua Española. Qué espléndida coincidencia para seguir hablando de las palabras y, por extensión, de la lengua. Porque si alguien las inventó (y creo que esta intriga nos acompañará hasta el final de los días), alguien también tiene que velar por tan tamaño descubrimiento. Y esa es la razón de ser de la RAE: cuidar las palabras, mantenerlas vivas, sacarles el brillo que se merecen, protegerlas de devastadoras modas y modos, procurar que sigan ahí, con toda su magia y con todo su esplendor.
Pero no nos engañemos, la RAE somos todos; somos nosotros mismos, los que hablamos, los que escribimos, los que nos comunicamos, los que debemos velar por ellas, los que debemos valorarlas (¿cómo? Admitiendo que son ellas y sólo ellas (y por extensión, las frases, los textos) las que nos permiten trazar ese camino bidireccional entre lo que pasa dentro de uno y lo que ocurre fuera de uno; es esa vía en doble sentido, ese cordón umbilical que nos une al mundo de una manera especial, concreta, misteriosa, y lo que une el mundo a nosotros. Es perfecto. Pero, además, somos nosotros los que debemos respetarlas (¿cómo? Para empezar, escribiéndolas y pronunciándolas correctamente. Las palabras son así, con sus acentos, sus haches y sus uves, sus diéresis y sus y griegas. No tienen ningún secreto. Cuando dejamos de escribirlas de esa manera en que fueron creadas, dejan de ser esas palabras, ya no designan esa realidad a la que queremos referirnos. Es así de sencillo); somos nosotros los que debemos cuidarlas (¿cómo? Utilizándolas de manera adecuada según convengan, sin pervertirlas, sin manipularlas, sin manosearlas, sin menoscabarlas). En definitiva, somos nosotros, los que hablamos y escribimos, es decir, todo, absolutamente todos nosotros, los que debemos preservarlas (¿cómo? Teniéndolas en cuenta, a todas; buscándoles el momento idóneo para utilizarlas en nuestra vida), como si de auténticas joyas se tratara.
Precisamente, cuando estoy hablando de utlizar todo nuestro léxico, que es mucho y variado, me acuerdo de unas palabras que pronunció un día Saramago: “Vivimos con menos de 300 palabras”. Qué tristeza. Qué desazón reducir el vasto universo a sólo 300 palabras. Qué pobreza. Pero, desgraciadamente, tiene razón. Y con menos palabras viven algunos, diría yo. Y no nos damos cuenta de lo que ello significa: 300 palabras son muy pocas para expresar todo lo que tenemos dentro: nuestros anhelos, nuestras pesadillas, nuestros miedos, nuestras esperanzas. 300 palabras no es nada para ver todo lo que nuestros ojos ven, lo que nuestras manos pueden tocar, lo que nuestros oídos pueden escuchar. 300 palabras. ¿Qué son 300 palabras? Nada, absolutamente nada ante la cantidad de términos y vocablos que se han ido forjando a lo largo de la historia como fiel testimonio de eso, de nuestra Historia: palabras precisas, exactas, bellas. Sí, ya sé que alguien dirá que para qué se necesitan más si ya nos entendemos, si ya nos comunicamos. ¿Para qué más palabras? Simplemente, para decir exactamente aquello que queremos decir, ni más ni menos; para expresar con precisión aquellos que queremos, aquello que pensamos, aquello que sentimos, aquello que deseamos. Simplemente, para no volver a las cavernas y acabar siendo animales que se comunican con sonidos guturales o gestos instintivos. Simplemente, debemos utilizar las palabras para no dejar de ser humanos.
¡Ah! Y para que aquel loco genio que nombró por primera vez el mundo crea (aunque algunos de nuestros alumnos estén convencidos de que les está amargando la vida…) que su magia valió la pena...

sábado, 17 de noviembre de 2012

PATADAS EN EL DICCIONARIO (o todos somos la RAE)


“No, hija, muchas gracias, pero no quiero LSD en mi casa”. Con estas palabras, respondió mi madre, muy convencida ella, a la respuesta de si quería que les pusiéramos Internet en casa. ¿¿¡¡LSD, mamá!!?? “Sí, hija, es que tengo miedo de engancharme con eso... -argumentaba mi santa madre, muy digna ella-. Mira la vecina del quinto; desde que se lo puso, no para con los mails y ya dice que no puede vivir sin él”. Pero mamá... “Que no, no insistas, he dicho que no quiero LSD y no quiero LSD”. Chico trabajo me costó convencerla de que no se trataba de LSD o de cualquier otro tipo de estupefacientes sino de ADSL (mirándolo bien, Internet se ha convertido en una de las drogas más potentes del siglo XXI y ya llevamos unos años oyendo de la adicción a las nuevas tecnologías. Ya hay unidades clínicas para tratar a aquellos que están enganchados al mail, al whatsapp o al facebook...). “Tú ya me has entendido, ¿no?”, fue lo que me dijo. Y tan tranquila...
Y es que mi madre es experta en hacer que la lengua, aquello que los ilustres de la RAE defienden como un sistema que se tiene que adaptar a los hablantes, sea un organismo vivo -valga el pleonasmo-. Y tanto que es un organismo vivo; que se lo digan a ella que, cada dos por tres, le da la vuelta a las palabras y a las estructuras sintácticas. Hace unos meses, yo misma lloraba de la risa al oírla decir “hija, ¿tienes "sicolina" en casa? (ahora mismo, este palabra, sicolina, aparece en la pantalla de mi ordenador subrayada con una patata ondulada de color rojo. Coloco el cursor encima de ella y... ¡sorpresa! ¡Esta palabra no existe!) Perdona, mamá, pero ¿qué me has pedido exactamente? Hay, hija, últimamente estás muy espesa (¡espesa, yo...!), te he pedido sicolina, sí, hombre, lo que tenéis en casa para las baldosas del baño... (Pero qué buena es mi madre enriqueciendo el léxico español. Si los de la RAE tendrían que cederle una letra y todo...)
Pero ella no es la única.
Cuando yo era jovencita (más jovencita que ahora porque todavía sigo siéndolo, ¿eh?), una tarde llegué a casa hecha polvo. Había tenido tres exámenes aquel día y, la verdad, estaba cansadísima. Debía de hacer muy mala cara porque, en cuanto entré en el portal, la señora portera, que estaba distribuyendo el correo en los buzones, al verme, me dijo: “Niña, qué mala cara llevas, ¿que tienes la monstruación? (Atención, otra palabra que no existe pero que forma parte de ese organismo vivo que es nuestra lengua...) ¡¿La monstruación?! Sí, niña, la regla. Es que tienes muy mala cara. ¡¡La menstruación!! Vale que yo viva la regla como si fuera un auténtico “palo” pero de ahí a relacionarla con los monstruos...
Hace unos años, una amiga, sabiendo que otras amigas y yo nos habíamos quedado hasta tarde para preparar la declaración de renta, vino a vernos a casa y, sonriente, nos dijo: “Qué, en pleno aborigen, ¿no?” Mis amigas y yo nos miramos extrañadas, como preguntándonos qué demonios quería decir aquello del aborigen, y, al ver que no respondíamos, mi amiga nos lo aclaró: “Tantos nervios, tantas prisas, tantas horas, menudo aborigen estáis viviendo”. ¡¡¡Acabáramos!!! ¿Acaso quería decir vorágine? No nos atrevimos a rectificarla en su error: era nuestra jefa... La cuestión es que sigue siéndolo y, cada vez que entramos en una etapa de prisas, de nervios, de preparación para alguna auditoría, ella, para tranquilizarnos, siempre nos dice: “Que no os invada el aborigen. Ante el aborigen que se acerca, lo mejor es mantener la calma...” Huelga decir que, cada vez que menciona esa palabra en lugar de la otra -no pocas veces a lo largo del año-, mis amigas y yo hacemos esfuerzos supremos para no mirarnos y, sobre todo, para que no se nos escape la risa delante de ella... Pero cada vez es más difícil porque ella, como mi madre, es una experta en renovar el vocabulario: absoleto (otra palabra que no existe) por obsoleto, pipti pipti por fifty fift (aquí, como pueden observar, hace una gran aportación al inglés...); morroña (me suena al anuncio de yogures jorroña que jorroña) por morriña o casualística por casuística (qué manera de complicar la lengua, Dios mío). Además, como se debe aburrir con los refranes o las frases hechas del imaginario español, los renueva sin ningún tipo de miramiento: “A buenas horas, manzanas verdes” en vez de “A buenas horas, mangas verdes” o "entre pintos y flautas", "adiós, mundo fiel", “A cabo saco” en vez de “a saco Paco”... 
¿Y quién no se acuerda de las meteduras de pata de algunos/as famosos/as en cuanto a palabras se refiere? Supongo que algunos de ustedes recordarán el célebre candelabro de la Mazagatos cuando cambió la expresión de "estar en el candelero" por "estar en el candelabro"...
La verdad es que pensaba que todo esto de inventarse palabras (por omisión de letras, adición de letras, cambio de orden de letras o directamente palabra nueva) sólo existía en los mercadillos de barrio: “Espera, xoxo, que voy a la fragoneta a ver si hay de tu talla” o “Niña, que tengo la tanga de cavinkrein...” o “Xoxete, si vas mu cargá, pídete un tachis”. También pensaba que eso de inventarse palabras podía ser una fase que viven los niños a la hora de aprender a hablar. Un día escuché a una niñas monísimas (o sea, mis sobrinillas) decir: “He visto a Jofesina en el patio” o “El coche de papá no funfiona” o “Mamá ha ido a darse un majasito” o la famosa canción “la putaracha, la putaracha ya no puede caminar...”.
Durante mis años de carrera universitaria, me acerqué al origen y formación de la lengua española: el latín, las lenguas romances, los dobletes (palabras patrimoniales y cultismos), los préstamos, arabismos, galicismos, germanismos, anglicismos... y después de ver todos estos ejemplos en los que queda patente la “viveza” de la lengua, lo cierto es que todos los que hablamos, o sea, todos, absolutamente todos tenemos en nuestras manos, perdón, en nuestra boca, el poder de hacer evolucionar nuestra lengua, sea la que fuere.
No. Si ya lo digo yo. Si los de la RAE han aceptado "asín" arguyendo que lo dice mucha gente, como mi madre siga con lo de la sicolina y el LSD, el día menos pensado, me la encuentro sentada en la butaca de la letra O. O de... ¡¡¡OLE TUS COJONES!!!