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domingo, 17 de febrero de 2013

COSAS QUE PUEDES HACER CON 10 KILOS MENOS


En primer lugar, ante todo y sin falsa modestia, siéntete orgullosa del logro. Sí, recreáte en lo que has conseguido porque sólo tú sabes lo que ha supuesto para ti llegar hasta aquí, sin que importe el tiempo invertido. Diez quilos menos, sí. Y sólo tú sabes la cantidad de sacrificios que has hecho para alcanzar la meta. Sólo tú sabes de la constancia, de las renuncias y de la perseverancia. ¿O acaso ya no recuerdas la primera vez que dijiste no a la copa de vino, que rechazaste unas patatas bravas o que pasaste de largo por la estantería de aperitivos del súper?
En segundo lugar, y también sin falsa humildad, recoge con orgullo y agrado todos los piropos que te están diciendo: ¡Pero qué delgada estás!, ¡Qué has hecho!, ¡Estás monísima!, ¡Qué bien te sienta la ropa ahora! No digas que no es para tanto, no digas que no, no te enfades con ellos porque antes no te decían nada, no pienses en que antes estabas como una foca o que ibas hecha un adefesio, no te castigues con tus antiguos quilos de más. Cuando te digan un piropo, sonríe, sonríe, sonríe.
En tercer lugar, ríete al ponerte de nuevo aquellos pantalones enormes y comprobar cómo se deslizan por tus caderas hasta caer rendidos al suelo. Es genial. (pero, insisto, no te flageles pensando ¿¡Cómo podía estar yo tan enorme?!
En cuarto lugar, disfruta embadurnándote de cremas hidratantes, reafirmantes, antiestrías para que tu sacrificio obtenga unos resultados óptimos y para que tu piel no se resienta. Que no te dé pereza. Regálate una buena crema, de textura suave y aroma de azahar o de jazmín, y recréate con ese sensual ritual. (A mí, la verdad, siempre me han gustado las cremas, con quilos y sin quilos. La sorpresa me la llevé cuando a mi médico nutricionista le pregunté por la mejor. Ya que estaba haciendo el sacrificio de la dieta, estaba dispuesta a hacerlo también comprando la mejor crema, la más efectiva; estaba dispuesta a gastarme mi sueldo entero. Ya sé que no se puede hacer publicidad pero, ¿cuál me recomendó sin ningún tipo de duda? La lata azul de Nivea, la lata redonda, la de toda la vida, la que no lleva agua, pura crema, la que cuesta tanto extender -ahí radica su secreto, ahí se escuentra su efectividad-, la que te deja todo el cuerpo grasiento y blanco. ¿Estás segura? Yo pensaba que me recomendaría alguna de doscientos euros, alta cosmética, alta tecnología, con los últimos descubrimientos científicos en el estudio de la piel. Pues eso, ahora mi chico y yo compartimos buenos e íntimos momentos con Nivea: yo, para cuidar mi delicada piel, y él, para cuidar sus cinturones de cuero y sus botas, las de montaña, las de la moto... Y todo, por unos 6 euros la lata formato familiar. Sin comentarios)
En quinto lugar, mírate en un espejo grande, de esos de cuerpo entero, pero mírate desnuda. ¿Qué puedes ver? ¡¡¡¡La línea del bikini!!!! ¡¡¡Síííí!!! ¡Es genial! Esa línea no imaginaria que durante tanto tiempo ha permanecido escondida entre los pliegues de esa prominente y fofa masa llamada barriga -o barrigota, como me dijo una vez mi sobrina pequeña-, esa que no sabías ni que existía porque siempre estaba tapada por las carnes y también por las bragas de cuello alto. Es una sensación indescriptible, de verdad. Ahora falta ir a una buena esteticien para que me haga una buena depilación brasileña...
En sexto lugar, siguiendo con el tema y tú sigues desnuda ante el espejo, ahora agacha la cabeza y ¿qué ves? ¡¡¡Sí!!! Efectivamente, ¡¡puedes verlo!! Antes, sólo podías ver tu barriga, tu ombligo orondo y nada más. Tus carnes te impedían saber qué había debajo de tu masa favorita. Ahora ya sabes qué hay más allá de él. Es estupendo. Incluso, si te apuras un poco, también podrás ver tus pies. 
En séptimo lugar, deshazte ya de las bragas de cuello alto, esas que llegan hasta el sobaco y que dan la impresión de que recogen todos los michelines, esas bragotas quilométricas de color carne (pero, ¿por qué no las harán de colores o con dibujitos para alegrarnos la vida?), que ocupan medio cajón y que dan vergüenza tender; esas que son los más antierótico que te puedes echar a la cara (no nos engañemos, van muy bien, son muy cómodas -esto no lo entenderán las que nacieron delgadas- pero destrempa a cualquier macho que se preste; que me lo digan a mí...). Tengo que confesar que yo no me he deshecho de ellas, les tengo demasiado cariño, han sido mis fieles compañeras y mis cómplices durante mucho tiempo y han aguantado estoicamente mis redondeces y mis carnes fofas sin quejarse y sin romperse. Son geniales. Tengo que confesar también que me he comprado alguna que otra tanga y alguna que otra braguita pequeña, fina y monísima pero, qué quieren que les diga, me siento incómoda, desnuda. Demasiados años: yo ya estoy hecha a las otras, a las de toda la vida.
En octavo lugar, quema aquellos “chalecos antibalas”, aquellos sostenes que parecen de hierro forjado, tan antiestéticos, tan de abuela de pueblo (con todos los respetos a las abuelas de pueblo a las que adoro y admiro), con tirantes y tiras de dos o tres dedos de ancho, con esas copas enormes, duras, rígidas, resistentes, como si estuvieran hechas de acero, que más que sujertarte las tetas, te comprimían medio cuerpo lleno de lorzas ocultando el tan deseado canalillo. Sí, tira esas “armaduras medievales” y regálate uno de esos sexys sujetadores de color fresa, con blonda, semitransparentes, con finos tirantes, tan bonitos que hasta te dan ganas de lucirlos por la calle. (pero, atención, cómpratelos buenos, de los que sujetan, porque ahora las carnes están un poco flácidas...)
En noveno lugar, ya puedes pasearte desnuda o en ropa interior por la casa (yo siempre lo he hecho, con bragas de cuello alto o sin ellas, la verdad. Me encanta. A mi chico, no tanto, porque, aparte de que es muy pudosoro, en casa no tenemos cortinas... Pero ya tengo excusa: entiéndelo, cari, no es que me encante pasear en pelotas por la casa, es que tengo que dejar que la crema se absorba...) y abalanzarte encima de tu hombre (o mujer) sin temor a chafarle y a dejarle sin respiración, sin repetir constantemente ¿¿¿Peso???
En décimo lugar, mírate y admírate, sin miedo, sin vergüenza. Eres tú, sigues siendo tú, quizás con los rasgos más estilizados o más angulosos, con menos tetas y menos curvas. Pero sigues siendo tú, con tu humor y con tus paranoias, intentando sacar punta a todo esto...

¿Y qué más puedes hacer con diez quilos menos?
Pues dar una clase magistral de dietética y nutrición. Tantas semanas yendo al médico nutricionista (porque, esto sí que es importante, no se te ocurra hacer dieta sin la supervisión de un profesional), tantas semanas escuchando lo que puedes o no puedes comer, las combinaciones peligrosas que hacías, las calorías que no pedía tu cuerpo -pero que tú se las dabas tan ricamente-, lo que está permitido o no; qué significa todo eso de las féculas, los carbohidratos; dónde están las vitaminas y las proteínas; que las grasas son necesarias pero que hay que controlarlas; que con los azúcares pasa lo mismo; que el alcohol es puro azúcar, etc., etc., etc., lo que estaba diciendo, tantas semanas recibiendo lecciones de cómo comer bien, sano y equilibrado, me he convertido en una auténtica experta en el tema.
También acabas deleitándote con la verdura, el embutido de pavo, el queso bajo en sal y en grasas. En serio, a mí me encanta. Y lo mejor de todo, cuando lo comes, tu conciencia está la mar de tranquila. Y eso no tiene precio porque disfrutas el doble.
Comprarte esos magníficos tacones por los que has estado suspirando durante tanto tiempo. Vamos, ve a la zapatería y pruébatelos sin miedo a que ya no aguanten tu envergadura. ¿Qué tal? A que te sientan bien, ¿verdad? Y qué bonitas piernas tienes. Y hasta pareces más delgada todavía. ¡¡Qué buen invento este de los taconazos!!
Y ahora, ve a la tienda y pruébate ese vestidito corto. Por fin te entra. Se acabó la tiranía de las tallas grandes, se acabó la ropa ancha, se acabaron los colores oscuros porque estilizan, se acabó el ir a tiendas “especiales” porque en las “normales” no hay más allá de la 40, se acabó el no querer ir de tiendas. ¡Se acabó! Mírate ¡y qué guapa estás! Eso sí que es una experiencia religiosa. Lo demás son tonterías.
Ahora ya puedes pedirle a tu hermana (la delgada, la mona, la tía buena, la que te generó tantos complejos durante tu adolescencia, a la que odiabas tanto porque, cuando conocíais a algún chico, ella siempre era la guapa y tú... la simpática. ¡¡¡Había que joderse!!!) aquella blusa tan bonita o aquel pantalón tan estupendo. (Tengo que reconocer que todavía no me caben pero todo se andará...)
Ahora ya puedes pedirle a tu madre que baje del altillo toda aquella ropa de cuando tenías 18 primaveras... ¡¡¡Pero qué ilusas somos, de verdad!!!
Ahora ya puedes subir las escaleras sin ahogarte, mejor dicho, ahogándote menos, porque ahora no pesarán los quilos pero siguen pensando los años...
Ahora ya puedes pasar frío de verdad, porque, como me dijo mi médico, "claro, si ya te has quitado la capa de grasa, es normal que ahora sientas más frío". Nunca me he sentido uan foca, ni con quilos ni con michelines ni con bigote, pero, al oír aquellas palabras, me sentí más foca, más morsa que nunca. Viva el tacto y la empatía, sí, señor.


¿Y qué no puedo hacer todavía?
Lo siento, lo reconozco -y esta noche me flagelaré buscando la eterna penitencia-, pero lo que todavía no he podido conseguir es dejar de pensar en unas buenas viandas. Sigo salibando ante un buen escaparate de embutidos o una barra repleta de montaditos; sigo deleitándome ante una cazuelita de morros fritos, sigo dándome algún que otro homenaje con las bravas de La Pubilla del Taulat, sigo suspirando por unos huevos fritos y unas buenas patatas fritas, sigo disfrutando como una loca con la mejor cena que me puede hacer mi chico: su tortilla de patatas -insuperable-, un buen jamoncito de bellota, pan con tomate y aceite y un buen Ribera del Duero...
Si dejara de hacer esto, entonces, seguro, ya no sería yo. Y eso sí que no lo puedo permitir, ¿no?

sábado, 14 de enero de 2012

MISTERIOS DE LA HUMANIDAD

La Muralla China, el Faro de Alejandría, las Pirámides de Egipto, el Coloso de Rodas… Sin duda alguna, se trata de grandes obras que constituyen una gran incógnita para el hombre, que, todavía hoy, despiertan una gran curiosidad y generan un sinfín de preguntas. Sin embargo, más allá de estas espectaculares construcciones, podemos decir que, hoy por hoy, existe otro tipo de misterio relacionado con la Humanidad que provoca, al menos en mí, grandes dudas y, en algunas ocasiones, grandes quebraderos de cabeza. Veamos.
Una tarde cualquiera, de compras, una servidora se para ante el escaparate de una zapatería, se fija en un artículo -le gusta-; observa el precio –se ajusta a su presupuesto- y, ni corta ni perezosa, entra en el establecimiento y se dirige a una dependienta –una joven dispuesta a agradar y a hacer bien su trabajo- llevándola hacia el escaparate para indicarle con el dedo índice exactamente el par de botas del que se ha enamorado (botas de caña alta, de piel negra, con un detalle de plata envejecida en los lados, sin tacón): Esas. Sí, en negro. Un 38, por favor. Una se sienta y, al cabo de un par de minutos, ve a la joven aparecer con una gran caja de cartón, qué bien, ya tengo botas. La chiquita en cuestión abre la caja mientras pronuncia convencida de estar realizando una gran tarea: No tengo su número en negro, pero le he traído unas de color marrón, son un 37. ¿He oído bien? Miro a la dependienta como quien acaba de descubrir un marciano en pleno mercado. ¿Ha oído bien lo que le he dicho? Miro las botas (en efecto, son marrones, un 37, tienen un poco de tacón y no se parecen en nada a las que yo le había pedido) Me siento como si estuviera en la dimensión desconocida. ¿Qué está pasando? Vuelvo a mirar a la niña procurando vislumbrar un atisbo de sentido común en sus ojos ocultos tras un kilo de rímel y pinturas varias e intentando adivinar en qué momento de su trayectoria académica dejó de entender los enunciados de los ejercicios y de los problemas. Vamos a ver. Creo que no hay mucho que analizar: un modelo particular de botas, de color negro, número 38. No es muy complicado, ¿no? Con lo fácil que sería decir lo siento, no tengo lo que usted quiere, y dejar que el cliente se decida por otro modelo o por otro color (A todas las dependientas de zapaterías, exclusiva, por mucho que se empeñen, lo de cambiar el número de pie lo veo más difícil). Pues no, las dependientas (lo digo en plural porque no me ha pasado ni una ni dos ni tres veces) de las zapaterías, con toda su buena fe, no digo que no, te sacan algo que no tiene nada que ver con lo que le has pedido pero, encima, se cabrean como unas monas cuando les preguntas, con toda la buena fe (o no), si han entendido lo que les has pedido…
Lo mismo ocurre cuando vas a comprar una prenda de ropa, pongamos un pantalón: ¿tienen este modelo? Sí, de color marrón, la talla 42. Y va y te trae uno de color negro, de la talla 40. No me voy a poner tiquismiquis con el color pero, joder, si le he pedido una 42, es que necesito una 42, no una 40 o una 44. Pruébeselo -me dice, ingenua, la dependienta que, con todos los respectos, a duras penas se habrá sacado la ESO-, seguro que le sienta muy bien, sacando un poco el botón… Sí, claro, así cualquiera, sacando un poco el botón, poniendo un parche en el culo, quitando la cremallera y poniendo unos corchetes... Tienen cada idea... Y la pregunta es: ¿es que estas chicas no se plantean nunca que cuando un cliente pido algo es porque quieren precisamente eso, de esas características y no otras? Porque, digo yo, es sólo un suponer, si yo quisiera un pantalón de la talla 40, pediría un pantalón de la talla 40, ¿no?
Lo mismo ocurre cuando vas a la peluquería y te toca una aprendiz (con todo lo que ello supone, además de la cara tuneada con pircings y vestida como si estuviera de botellón…): lavar y cortar sólo las puntas, por favor. Fácil, ¿no? Pues no, porque la niña, llevada por el espíritu de Eduardo Manostijeras y regida por media neurona, empieza a cortar hasta que le digo, perdona, bonita, te he dicho sólo las puntas. Dios mío, que habrá entendido por “sólo las puntas”. El momento álgido de la sesión de peluquería llega con el secado. Después de pedirle que lo quiero informal, con las puntas hacia afuera, en plan despeinado, y de relajarme con el calorcito y el runrún del secador, a las palabras de bueno, esto ya está, ¿qué le parece?, abro los ojos, me miro en el espejo y… ¿qué veo? Mi cabeza y mi pelo como si fuera el envoltorio de una caja de bombones de una pastelería de barrio: tirabuzones por aquí, estirados por allá, rizado por detrás… ¿Que qué me parece? Qué ganas tengo de decirle cuatro cosas a esa mona... Te he pedido informal... ¡Pero si te queda monísimo! Sí, para ponerme en lo alto de un pastel de bodas. ¡¡¡Ahhhhh!!! ¡¡¿Dónde está la hoja de reclamaciones?!! Esto mismo le pasó una vez a mi hermana y salió llorando de la peluquería pero no porque se viera rara con ese nuevo peinado sino porque pensaba en el futuro del país...
Lo mismo me ocurre cuando voy al mercado. Yo sólo quiero que me pongan un cuarto de almejas para el arroz. Si quisiera 300 gramos, habría pedido 300 gramos, ¿no? Si pido un kilo de judías, no quiero más, ni un kilo cien, ni un kilo doscientos. Si pido ciento cincuenta de jamón dulce, quiero exactamente eso. Hay dependientes y dependientas que lo clavan: son exactos, precisos y, cuando se pasan o no llegan, se esfuerzan por llegar al peso solicitado. Y ya estás tú para decirles ya está bien o déjalo así. Pero hay otros y otras que se piensan que la balanza es su aliada para tomarte el pelo e inflar la cuenta. Ni una mirada de complicidad, ni un gesto de duda, nada de nada. Y así nos van las cosas: inflando cuentas. Ay, no me tiren de la lengua...
Y lo mismo me ha ocurrido alguna vez en algún bar o restaurante. Chicos con perilla y tatuajes en los brazos poniendo patas arriba el negocio: pedidos equivocados, orden de los platos alterado. No, yo te he pedido el filete poco hecho y, de primero, ensalada de la casa… Perdón, es que no lo he entendido bien… Insisto, ¿qué coño hay que entender cuando pides un menú?
Y cuando me sucede todo eso, no puedo evitar pensar en la infancia y en el paso por el colegio (deformación profesional). Me acuerdo de que, cuando la señorita decía a ver, niños, hoy vamos a hacer un trabajo manual. Primero, vamos a pintar esta manzana. Y, ¿qué hacían los niños? Pues eso, pintar la manzana. Ahora, vamos a recortarla. Y, ¿qué teníamos que hacer? Precisamente eso, recortar la manzana. Y ahora, vamos a pegarla en esta otra hoja. Y los niños la enganchaban sin ningún problema. Y, más o menos, unos mejor y otros no tan bien, todos seguían las tres indicaciones, una detrás de otra. Qué bonito era. ¿Dónde ha quedado todo eso?
Porque, por lo que veo, algunos niños, a medida que han ido creciendo (estoy hablando de la juventud, que quede claro), han ido perdiendo neuronas (¿no debería ser al revés?), sus capacidades intelectuales han ido mermando considerablemente (¿no deberían estar en su apogeo?) y sus habilidades se han ido atrofiando (¿no deberían potenciarse al máximo?).
Y la gran duda es: ¿cuándo narices la línea constituida por las siguientes acciones escucho (con atención)-proceso (entiendo perfectamente o, si no, pregunto)-ejecuto (sin problemas) se rompió? ¿En qué maldito momento aquello de pinta, recorta y pega quedó relegado al más absoluto ostracismo?
Y la siguiente duda: ¿Acaso no es este (y no otro) el gran misterio de la Humanidad?