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sábado, 31 de octubre de 2015

TÚ (que soy yo)


Mírate. Aquí estás, tumbada en el sofá, rodeada de ejercicios por corregir, escuchando una música que no te suena. Incómoda, intentas encontrar la postura ideal para escribir. Lo estás escuchando. Ahí está él, en tu despacho, haciendo no-se-qué de unas fotos en tu ordenador, tarareando su música preferida. No sabes qué pensar. No sabes qué sentir. O mejor, sí que lo sabes pero no quieres, te da miedo decírtelo. Y dejas el boli, cómo has podido llegar hasta aquí, otra vez. Y recuerdas que es el tercer o cuarto intento que hacéis para salvar esta relación; el tercer o cuarto intento que siempre empieza con buenas intenciones, con un viaje en una nube llena de amor, encuentros románticos, detalles deliciosos y momentos de pasión y lujuria. Y siempre acaba en rutina, abandono y silenciosos reproches. Es el tercer o cuarto intento pero nunca cambia nada. Tú, con tu treintena a cuestas, con tu trabajo un tanto absorbente, tus sobrinas pequeñas, tu coche y tu piso que vas decorando con magníficas facturas y una implacable e inmisericorde hipoteca. Él, con su trabajo de horarios castigadores, la custodia de su hija de doce años, un piso que todavía disfruta su ex, y viviendo con sus padres y su hermana. No cambia nada. Lunes y miércoles él duerme en tu casa y dos fines de semana al mes podéis hacer algo más que dormir. Y tú te encargas de que nunca falte nada.
Todo va bien. Él te quiere. Tú le quieres. Bien. Y, sin embargo, los encuentros son cada vez más distantes y monótonos, prescindes de él para quedar con tu familia o con tus amigos, te fijas más en sus defectos y espías sus movimientos para pillarle en falta y no le dejas pasar ni una. ¿Cómo sabes que estás enamorado de mí? Él lo sabe y punto. No se plantea nada más. Pero, ¿y tú? Tú te estás cuestionando todo. ¿Será así el resto de mi vida? Ya lo decía Julia Otero, el otro día, en su programa, sobre la serie de TV3, al marido ya le va bien, su bar, su mujercita, sus cincuenta, no se plantea nada, todo le parece bien, en su micromundo. A ella se le cae el mundo, toda la vida en el bar, su marido que no la entiende y sus cincuenta que le pesan como una losa, que le recuerdan constantemente que se está haciendo mayor... Y tú, ¿estás enamorada de mí? Y estás a punto de gritarlo, no, ya no estás enamorada, ni de él ni de nadie, que ya no es lo mismo, que no hay pasión, que no hay ganas de románticos encuentros. Mucho cariño, eso sí, pero enamorada, lo que se dice enamorada, ciega de amor, ya no. Y se lo quieres decir pero tienes miedo de hacerle daño, ya vuelves a tener ese sentimiento de culpa, ¿qué pasará si le dejo? ¿Culpa o miedo? ¿No será que tienes terror a quedarte sola? Al menos, ahora hay alguien que te abraza dos veces por semana, que cena contigo frente al televisor, alguien que cuenta contigo para las vacaciones... Treinta y cuatro, ¡qué duro se hace! Estás acojonada y disfrazas tus miedos con falsas culpas, con actos de buena samaritana... ¿Otra vez estás así, con tus dudas y tus respuestas cortantes? No sé da cuenta de nada, ¿verdad? Por cierto, ¿y lo de irnos a vivir juntos? Y te subes por las paredes. Deberías ser más fuerte, más egoísta y decirlo claro. No, nos vamos a ir a vivir juntos, ni hoy, ni mañana ni nunca. Y quieres huir pero lo único que haces es ser cruel, provocar la discusión, hacerle rabiar para que sea él el que tome la decisión de dejarte. Sólo así podrás alejarte sin tener ese maldito sentimiento de culpabilidad. Malditos lastres de la educación judeocristiana.
Oyes su voz. Te llama para que veas las proezas que hace él en tu ordenador, en tu despacho. Dejas de hacer lo que estabas haciendo y vas hacia él. Y te acuerdas de aquella canción que tarareaba tu madre cuando lavaba los platos: Si tú me dices ven, lo dejo todo... ¡Maldita sea!

viernes, 23 de marzo de 2012

DE CAMPING

¿Chipre con una escapada a Beirut?, ¿Córcega y Cerdeña en velero?, ¿algún país sudamericano?, ¿repetimos Nueva York?, ¿o le digo a mi hermana y a mi cuñado que sí, que aceptamos su invitación para pasar con ellos el veranito en su casa de la Costa Brava? (¿lo habrán dicho para quedar bien?) Cada vez que se acerca el verano, justo por Semana Santa, lo mismo: mil dudas para elegir destino para las vacaciones estivales. Y, siempre que llegan estas fechas, me acuerdo. Ahora me río e, incluso, lo puedo explicar sin problemas pero, cuando lo estaba viviendo, en vivo (valga la redundancia) y en directo, les puedo asegurar que no podía hacer otra cosa que lamentarme y preguntarme hecha un mar de lágrimas pero, ¡¿qué coño hago yo aquí?!
Hace unos cuantos años, recién separada de mi ex, conocí en un viaje por Marruecos a un hombre simpático, amable, cariñoso, trabajador, honrado y, encima, buen amante... (eso lo descubrí más adelante, no se vayan a creer que...) ¿qué más se podía pedir? Un chollo, ¿no? Yo le gustaba, él me gustaba; él estaba libre, yo también. La situación ideal. Ideal para que la relación prosperara, para pasar deliciosas y apasionadas veladas; estupendo, ¿verdad? Incluso era ideal para plantearnos un futuro prometedor (que no, que yo no soy de esas que ve en cada hombre un marido potencial y un posible padre de mis hijos). Todo perfecto. No me lo podía creer. Bueno, se me ha olvidado un pequeño detalle, una hija de nueve años, la mochila, ¿se acuerdan? ¿Qué te parece si pasamos una semanita los tres juntos, en un camping de la Costa Brava? ¿He oído bien? ¿Los “TRES” juntos?, ¿en una tienda de campaña? Ya verás, nos lo pasaremos muy bien y, además, será una buena oportunidad para que os conozcáis mejor. Obviamente, se refería a la niña y a mí... Piel de gallina, carraspera y mil excusas: que si es muy pronto para convivir los tres, que es una semana ideal para que vosotros, padre e hija, podáis estar más tiempo juntos, que si yo nunca he ido de camping –miento, una vez, de pequeña, y lo más divertido que me pasó fue encontrarme un toro a doscientos metros mientras hacía pis en plena naturaleza. Resumiendo, me pasé quince lluviosos días llorando y llamando a mis padres-, que si yo os vendré a ver algún día y con la misma me vuelvo a mi casa... Vamos, anímate, estuvimos el año pasado y es genial: todo el día en bañador, comer entre pinos, piscina, barbacoas... (creo que se le olvidó también mosquitos, quemaduras, incomodidades, lavabos públicos, etc.) Dios no tuvo piedad de mí porque todas las excusas fueron en vano. ¡¿Quién habló de deliciosos y apasionados momentos los DOS, y sólo los DOS, juntos, en un coqueto hotelito, con románticos paseos, románticas cenas y románticos achuchones a la luz de la luna?!
Como si de una pesadilla (¿o de una película de risa?) se tratara, todo empezó a ir mal desde que puse el pie en ese supuesto paraíso. Para montar la tienda, lo que padre e hija hacían a las mil maravillas y a una velocidad sorprendente, yo lo estropeaba, tropezaba con los clavos y los torcía, no tensaba correctamente la cuerdas y, a la mínima, la tienda se iba abajo, o, sencillamente, no atinaba a meter los malditos tubitos por los agujeros correspondientes. Cuanto más me esforzaba por hacer las cosas bien y por aparentar ser toda una experta ante los ojos de mi recién estrenado novio y su hija, peor me salían, más bloqueada estaba y más cabreada me ponía. Bolsas instaladas, un rincón destinado para la intendencia, el colchón de matrimonio y uno individual. Y todo en menos de cinco metros cuadrados. A mí me dirán lo que quieran pero el camping es todo menos cómodo y, por supuesto, íntimo. Aunque yo también era un poco ilusa en aquella época. ¿Intimidad?, ¿en una tienda de campaña rodeada de otras tantas, entre caminos por donde pasaban decenas de desconocidos veraneantes a cualquier hora?, ¿con una niña que dormía a cinco centímetros de su padre? Estaba claro que no. Y no me refiero a la intimidad que todos pensamos porque, en el fondo, ¿a quién le importa no poder estar a solas –insisto- con su recién estrenado novio o intentar hacer “algo” entre paredes que parecen papel de fumar o con el temor de que su linda niña asomara su linda cabecita en el mejor de los momentos? Ni soñarlo. Ya me veía yo a dos velas durante toda una semanita...
No. Yo me refiero a otro tipo de intimidad, más... ¿cómo llamarlo?, más doméstica, aquélla que afecta a esos pequeños detalles de tu vida cotidiana. Imagínense, por ejemplo, a una servidora ingeniándoselas para llevar el neceser y la toalla de baño, la ropa limpia y, en caso de necesidades mayores, la revista a los lavabos públicos. Lo primero, para ducharme; lo segundo, para cambiarme y lo tercero, señores, porque no creo que sea la única que lee mientras visita al “señor Roca”. Me sentía violenta al no poder hacer las cosas libremente y muy observada con eso de la revista. Que si debajo de la camiseta, que si entre la ropa limpia, que si bien dobladita en el neceser. ¡Qué rollo! Rezaba para ver a alguien entrando tranquilamente, sin avergonzarse de nada, al lavabo con un lecturas o un marieclaire, pero nada. O no leían o hacían como yo, escondían las revistas o periódicos debajo de la camiseta. Pero el "shock" me vino cuando, al entrar en la zona de aseo para mujeres, encontré (¿pero qué coño pretendía encontrar yo, ilusa de mí?) diez duchas alineadas (vale, lo podré aguantar) y, atención, diez retretes juntitos, uno al lado del otro. ¿Y allí pretendía mi flamante novio que hiciera yo mis necesidades? Huelga decir que, además de las picaduras de mosquitos y una quemadura con una puñetrera lámpara de cámping, me llevé de allí un buen estrenimiento. Lo intenté, les juro que lo intenté. Ante la imposibilidad de hacer nada durante el día (siempre había alguien), me levantaba a horas intempestivas de la madrugada para estar más tranquila y desahogarme -nunca mejor dicho- sin temor a que nadie me viera o me oyera, pero, también, a esas horas, las dos, las tres, las cuatro de la madrugada, también había alguien que había tenido la misma idea que yo.
Y, ¿qué me dicen de la ropa tendida? Una cosa es tender camisetas, bañadores, toallas u otras prendas cotidianas y otra bien diferente mostrar toda la colección de bragas, sujetadores y demás prendas íntimas, porque, digo yo, alguna vez había que lavarlas, ¿no? Qué vergüenza pensar que todos tus “vecinos” podían identificar tu ropa interior y chismorrear mira, por ahí va la de la tanga morada (¿la o el tanga? Siempre he tenido problemas con el género de esta prenda) o esa nunca lleva sujetadores porque no lava ni uno...
Otra cosa es la cuestión de las sombras chinas. ¡Ah!, pero ¿no saben de qué les estoy hablando? Veamos, media noche, recinto a oscuras, una linterna en el interior de la tienda; una servidora, de rodillas o en cuclillas, como puede, intenta ponerse el pijama y empieza a hacer un striptis ¿sugerente?, completamente gratuito para el resto de los veraneantes y su recién estrenado novio -ése que apenas la toca y la mira y que, cuando lo hace, convertido en un “dioni”, está con un ojo puesto en los vecinos y otro en la linda niñita- va y dice cariño, procura cambiarte a oscuras, es que estás dando el espectáculo, se te ve todo. Espectáculo, desde luego, pero ¡de contorsionismo!
Otro punto y aparte es la convivencia con tus congéneres, cuando, por primera vez, llevas los platos de la comida al fregadero y te pones a lavarlos como si estuvieras en la cocina de tu casa. Casualmente, te encuentras a tu vecina de parcela y empieza el suplicio: en el primer encuentro, te explica que, efectivamente, es tu vecina y que son de Moratalaz y que ya llevan viniendo cinco años a este camping tan maravilloso –y yo que me pregunto, ¿y a mí, qué?-. Otro día, entre fiambreras y platos con sobras de pollo a l’ast, te explica intimidades de su familia, su trabajo, sus vacaciones y sus michelines –y yo que me pregunto, ya un poquito asqueada, ¿acaso tengo cara de que me interese?-. Y el tercer encuentro ya se produce a la puerta de tu “choza”, sobre las diez de la noche, cuando has conseguido convencer a tu novio recién estrenado para dar una vuelta, SOLOS, por la orilla del mar, bajo la luz de la luna, como una pareja de novios normal y corriente, y se presenta la familia de la vecina de parcela al completo con unas cuantas latas de cervezas y unas bolsas de patatas, ¿hace unas cervecitas, vecino? Chistes verdes, y malos, algún que otro eructo, diálogo de besugos (más que nada, porque yo me sentía así, como una auténtica besuga en medio de todo aquello...), los chiquillos correteando a tu alrededor, agarrándote con las manos pringosas y mi compañera de fregoteo que me coge del brazo y me suelta en plan confidente ven aquí, xoxete (ahhhggg), que hablaremos de nuestras cosas. ¡HORREAUR! A partir de aquí, lo de la revista y las sombras chinas, créanme, se convirtieron en pura anécdota.
Pero, sin duda alguna, lo mejor de esa semanita de camping fueron sus noches. Cálidas y eternas noches enlatada, literalmente, en una superficie minúscula e incómoda, con un montón de ropa ajena desperdigada (Pero, ¿quién quiere un hotelito, con sus amplias habitaciones, su servicio de limpieza, sus camas duras y confortables, sus comidas de buffet libre, su aire acondicionado, su baño privado? ¿En qué estaría yo pensando? ¡Pero qué excéntrica y pija soy!). Cálidas y excitantes noches con tu partenaire rozándote por detrás y pidiendo guerra; la luna como testigo de esos encuentros tan "apasionados"; la niña, a cinco centímetros de su padre, soñando en voz alta; el rumor de las olas que ya empiezas a destestar con todas tus fuerzas; los vecinos de Moratalaz que continúan con su juerga particular; ruidos guturales y otro tipo de sonidos perfectamente identificables procedentes de otras tiendas de camping (bueno, va, lo digo, ¡eran pedos! ¿Se imaginan? Cada noche, un concierto de pedos de todo tipo. Lo dicho, ¿¡¿qué coño hacía yo allí!?!); grillos y animalillos diversos correteando a un palmo de tus narices; los ingleses, que vuelven “pacíficamente” del pueblo; la brisa marina que ya ni siento; la silueta de una lagartija en una de las “paredes” de la tienda y el hombre, aquel hombre ideal -el chollo, ¿recuerdan?- que sigue meneándose como una culebrilla, pegado a una servidora, intentando pasar a la siguiente fase. Para, que te va a oír la niña. Suspiro resignada y le doy un manotazo; se ríe y empieza a roncar. Decidido, mañana me voy a mi casa. ¿Quién demonios dijo que el roce hace el cariño...?

sábado, 10 de diciembre de 2011

LA MOCHILA


Hace unos años, salí con un chico que llevaba mochila incorporada (léase, tenía una hija). Reconozco que esto de tener una pareja con apéndice tiene sus pros y sus contras. Supongo que como todo en la vida ¿no? Entre los contras podemos encontrar el hecho de ver a tu amante, aquél que te mete mano en la cola del cine o te susurra las mil y una guarrerías que te haría si no estuviéramos cenando con unos amigos o te mira con ojos lascivos mientras poner a hervir los mejillones, ejerciendo de solícito, tierno y paternal –valga la redundancia- padre en momentos, quizás y sólo quizás, en los que tú lo necesitas más o lo requieres como macho ibérico. Reconozco que frases como ¿Esta tarde? Uff, imposible. Tengo que llevar a la niña al dentista o Este sábado toca festival de Laurita, ¿por qué no nos acompañas? o Este fin de semana su madre no se puede quedar con la niña, ¿te importa si...? pueden acabar con la libido de cualquier mujer y hacer desaparecer cualquier indicio de la perra cachonda que todas llevamos dentro. Sin contar con la mala leche que te entra al ver cómo tus planes y tus expectativas de velada romántica y solitaria –a dúo, me refiero, naturalmente- se escapan por el sumidero. Entre los contras, también podemos observar el hecho de no poder intervenir directa y contundentemente ante reacciones de niña caprichosa, malcriada y maleducada –algo muy común, parece ser, porque no podemos olvidar, y esto sale en todos los manuales, que la niña ve a la pareja de su padre como una rival que la ha relegado a un segundo plano- por lo que una debe reaccionar siempre con elegancia, paciencia, una sonrisa y un tranquilo, cariño, ya se le pasará cuando, en realidad, lo que está pensando es joder, lo que necesita esta niña es un buen sopapo o un buen internado y porque, ante cualquier reacción tuya, la niña siempre te puede soltar un tú calla que no eres mi madre...
Pero, como decía, la cuestión que nos ocupa también tiene sus pros. Y esto yo lo empecé a ver cuando la hija de mi amante empezó a entrar en la pre-adolescencia. Resultó muy interesante y divertido presenciar la evolución de Laura desde la barrera sin esa implicación y, por consiguiente, sin ese sufrimiento propio de los progenitores naturales. Todavía me acuerdo cuando el padre intentó explicarle qué era la menstruación y qué “riesgos” entrañaba. Hazlo tú, cariño, acabó diciéndome el padre entre cortado y desconcertado, tú ya tienes mucha mano con adolescentes y, además, eres mujer. ¡Acabáramos! ¿Por qué esa absurda y estúpida manía de creer que sólo las mujeres pueden y deben explicar a las hijas “el tema”? ¿Acaso los hombres no saben cómo funciona “el tema” o es que les da reparo? Y ya me ven a mí, explicandoles a los dos –no sé quién estaba más interesado, la verdad, si la hija o el padre-, mediante dibujos y flechas, lo del óvulo y su recorrido desde los ovarios, las trompas y demás recovecos femeninos hasta llegar a los cambios de humor y demás alteraciones premenstruales y a los cinco días de compresas y tampones con sus correspondientes mitos y leyendas urbanas. Aproveché la ocasión, con la complicidad y el permiso del padre y ante la sorpresa de la niña, para explicarle a Laurita, de manera objetiva, seria y científica, algunos aspectos de las relaciones sexuales. Todavía me acuerdo, en mis años de estudiante, cuando la monja de religión anunció, en segundo de BUP, que nos iba a explicar todo lo referente al sexo entre un hombre y una mujer y que lo haría ¡con diapositivas! Menudo revuelo se armó con aquel anuncio. Todas nos frotábamos las manos ante tan sugerente clase. Aquello que mirábamos, descubríamos y aprendíamos, en secreto, en revistas de dudosa reputación –porque con los padres, lógicamente, no podíamos contar-, lo íbamos a confirmar en clase de religión; y, encima, con fotos o dibujos, daba igual. Primera diapositiva, una flor. Segunda diapositiva, una abeja. Tercera diapositiva, la abeja posada en la flor. ¡Y eso fue todo, señores! Menudo chasco, vaya mierda de explicación –no me extraña que saliéramos tan taradas...-, otra vez teníamos que volver a las revistas y novelitas clandestinas subidas de tono.
El primer día de discoteca de Laurita también lo viví con relativa tranquilidad. Mientras yo miraba el espectáculo que allí, a las puertas del garito, se había organizado, el padre de la criatura alargaba, inquieto, el cuello para poder ver a su hija entre tanto quinceañero o escudriñaba el reloj como si unos minutos más o menos de la hora pactada fueran a librarle de tanto nerviosismo. Reconozco que me divertía ver la puerta de la discoteca abarrotada de jovencitas excitadísimas y jovencitos no tanto, pero todos ellos sonrientes, sudorosos y con la emoción y la ilusión en los ojos y en los labios. Del resto del cuerpo, mejor no hablamos, ¿vale? Al otro lado de la calle y en los alrededores de la discoteca, coches y más coches de padres y madres preocupadas y expectantes oteando el horizonte y respirando tranquilos al ver a su hijo salir de ese "antro de lujuria y perdición". Más que la puerta de una discoteca de 18:00 a 21:00 horas, aquello parecía la puerta de un colegio cuando llegan los alumnos de una excursión. Laura, ¿dónde estás? Deja de morrearte y sal ya. Son las nueve y cuarto. Éstas fueron las "simpáticas" palabras que mi amante y pareja dirigió a su telçefono móvil. Y, efectivamente, no pasaron ni cinco minutos cuando vimos salir a Laura, cogida del brazo de una amiga, tambaleándose sobre unos finos y delicados tacones (sus primeros tacones) y lamentándose de un dolor de pies inaguantable. No puedo más, estoy hecha polvo, fueron sus palabras nada más dejarse caer en el asiento trasero del coche. Ni un hola papá, ni un beso, nada. Te has fijado en ese tío de la barra, molaba cacho pero estaba con la guarra de la Jessi. Esa sí que buscaba rollo. La próxima vez le entro. Su padre, mudo y atónito, me apretó la mano mientras conducía. Yo me limitaba a sonreír y a ser su apoyo moral en tan difícil trance. Su niña se había hecho mayor...
Unos meses más tarde, comiendo los tres juntos un apacible mediodía de sábado, hablando, hablando, Laura dejó ir que, efectivamente, justo cuando recibió la llamada de su padre dándole prisa para salir de la discoteca, se estaba “morreando” con un tío. A su padre y a mí se nos escapó la risa supongo que de complicidad por lo violenta que debió resultar la situación para ella. Y entre jujú jajá, le pregunté si se había enrollado con él, y ella, también entre jujú, jajá, soltó pues claro y siguió riendo. Nos quedamos mudos, ¿Laura, enrollándose con un chico en una discoteca? ¿Con sólo 15 años? Pero enseguida reaccionamos y nos pusimos a reír, esta vez de nerviosismo al comprobar científicamente que sí, Laura se había hecho mayor.
La segunda fase de este proceso natural para la protagonista y para mí pero turbador para su padre, aunque nunca lo quiso reconocer, fue la comunicación de la existencia de un novio. Por cierto, os comunico que ya tengo novio, fue lo que dijo cuando la dejábamos en casa de una amiga. Lo siguiente que se oyó fue el ruido del portazo que dio al salir del coche. ¿O fue el corazón de su padre al dar un vuelco? Silencio absoluto. Durante el recorrido hacia el cine donde pasaríamos la tarde antes de recoger a Laura, sólo hubo silencio. Sólo él sabe lo que debió pasar por su mente después de recibir esa noticia, por cierto, os comunico que ya tengo novio. Yo me lo puedo imaginar. ¿Novio?, ¿desde cuando?, ¿y qué se supone que significa ese ya? –esta última pregunta es muy complicada para una mente masculina, reconozco que es cosecha propia, lo siento-, ¿y ahora, qué? ¿Estás bien? Silencio. Minutos de angustioso y desconcertante silencio. Es ley de vida, acerté a decir sin ser plenamente consciente de lo que supone para un padre saber que su hija, su única hija, “ya” tiene novio. Ya lo sé, me contestó forzando una sonrisa y espachurrándome la mano. Malo, cuando me aprieta la mano es porque algo le preocupa más de la cuenta o porque está mal y no me lo dice. Y, al cabo de un buen rato, ¿me ayudarás? Me lo podía imaginar, niña adolescente, sus primeras experiencias y él, que se sentía perdido, desbordado. Por supuesto, cariño, yo estaré a tu lado. Joder, menudo papelón. Una cosa es ser profesora e intentar orientar a los padres de mis alumnos en su tarea de educar a “sus” hijos. Una cosa es ser testigo, siempre desde la barrera –con lo bien que se estaba allí- de casi todas las acciones que emprendía mi amante en aras de una buena educación y formación para su hija. Pero, ay señoras, otra cosa muy diferente es que te pida con voz temblorosa que te impliques para ayudar a padre e hija a llevar con la mayor dignidad y naturalidad posibles esa fase. En esos momentos, le vi tan vulnerable, tan solo –el síndrome de rey destronado ya estaba mostrando sus primeros síntomas- que no pude negarme.
Y me puse manos a la obra. Mucha comunicación, aconsejo yo a los padres de mis alumnos, sobre todo que no falte la comunicación. Y ya sabes, Laura, cariño, nos puedes contar lo que quieras, absolutamente todo. No tengas miedo. Cualquier duda, cualquier problema, algo que no entiendas, acude a nosotros, ¿vale, corazón? Sólo me faltó mover la cabeza a lo Igartiburu y susurrar "corazón de verano”. Comunicación, comprensión, respeto, mentes abiertas, Y, sobre todo, tú decides lo que quieres hacer y lo que no quieres hacer con ese chico. Tú decides, nada de extrañarse o poner el grito en el cielo ante lo que digan los adolescentes porque, si no, no volverán a confiar en vosotros. Qué bien hablo, ¿verdad? No, si yo la teoría me la sé muy bien...
La gran prueba llegó cuando, mientras sacaba la mesa después de comer y su padre y yo todavía estábamos con el café, nos dijo, oye, en confianza, una cosa, ¿es normal que cuando te meten la lengua en la boca para besarte la muevan con mucha velocidad? A su padre se le atragantó el café y a mí se me escapó una carcajada, más sonora y escandalosa de lo habitual, que ya es decir. Pero, ¿cómo de rápido?, le pregunté adoptando la seriedad necesaria para tratar un asunto de tanta enjundia, la velocidad de la lengua al besar –ni yo me había planteado el tema en mi primer beso, me excuso contarlo porque creo que el receptor recibió tal mordisco que le fue imposible meterme la lengua; es más, se limitó a darme “piquitos” y ya está-. Es que parece una centrifugadora... Su padre seguía mudo y paralizado y a mí ya se me caían las lágrimas de la risa (no sé si por la preguntita de marras o por la cara del padre). La cuestión no es que vaya rápido o lento sino que lo importante es saber si te gusta cómo te besa o no. ¿A ti te gusta cómo te besa tu novio? La callada por respuesta. Y, sin contarme ni un pelo y recurriendo a mi experiencia y a mi profesión, le expliqué que si no le comentaba nada al chico, el no podría saber nunca que sus besos no eran bien recibidos y que, por lo tanto, seguiría besando como una centrifugadora. (Señoras, esto que le acababa de decir a Laura y que ella entendió a la perfección con 15 años yo tardé en averiguar otros 15 años más. Pensaba que los hombres tenían que adivinar o intuir –por un gesto, un tono de voz, una mirada- todo lo que pasaba por mi mente y todo lo que me ocurría. ¡Qué ilusa!) La niña miraba a su padre buscando su aprobación y él movía afirmativamente la cabeza mientras me sonreía y me preguntaba ¿Te acuerdas? (Que si me acuerdo, dice, ¿cómo no me voy a acordar? Pero eso es tema para otra columna... ) Seguimos riendo con la ocurrencia de la niña, ya no tan niña. Estaba bien esto de la comunicación, se notaba que Laura tenía confianza en nosotros. Era preferible que nos contara sus dudas, que no buscara información en fuentes de dudosa procedencia y nula veracidad y fiabilidad. Nuestras palabras habían caído en terreno abonado. Comunicación. Confianza. Estábamos orgullosos de lo que habíamos conseguido. Pero, súbitamente, vi cómo una nube negra se posaba sobre la cabeza de mi amante: todo esto esta muy bien, pero, una preguntita de nada, cuando la niña eche su primer polvo, ¿también nos lo “comunicará”...?