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sábado, 31 de octubre de 2015

TÚ (que soy yo)


Mírate. Aquí estás, tumbada en el sofá, rodeada de ejercicios por corregir, escuchando una música que no te suena. Incómoda, intentas encontrar la postura ideal para escribir. Lo estás escuchando. Ahí está él, en tu despacho, haciendo no-se-qué de unas fotos en tu ordenador, tarareando su música preferida. No sabes qué pensar. No sabes qué sentir. O mejor, sí que lo sabes pero no quieres, te da miedo decírtelo. Y dejas el boli, cómo has podido llegar hasta aquí, otra vez. Y recuerdas que es el tercer o cuarto intento que hacéis para salvar esta relación; el tercer o cuarto intento que siempre empieza con buenas intenciones, con un viaje en una nube llena de amor, encuentros románticos, detalles deliciosos y momentos de pasión y lujuria. Y siempre acaba en rutina, abandono y silenciosos reproches. Es el tercer o cuarto intento pero nunca cambia nada. Tú, con tu treintena a cuestas, con tu trabajo un tanto absorbente, tus sobrinas pequeñas, tu coche y tu piso que vas decorando con magníficas facturas y una implacable e inmisericorde hipoteca. Él, con su trabajo de horarios castigadores, la custodia de su hija de doce años, un piso que todavía disfruta su ex, y viviendo con sus padres y su hermana. No cambia nada. Lunes y miércoles él duerme en tu casa y dos fines de semana al mes podéis hacer algo más que dormir. Y tú te encargas de que nunca falte nada.
Todo va bien. Él te quiere. Tú le quieres. Bien. Y, sin embargo, los encuentros son cada vez más distantes y monótonos, prescindes de él para quedar con tu familia o con tus amigos, te fijas más en sus defectos y espías sus movimientos para pillarle en falta y no le dejas pasar ni una. ¿Cómo sabes que estás enamorado de mí? Él lo sabe y punto. No se plantea nada más. Pero, ¿y tú? Tú te estás cuestionando todo. ¿Será así el resto de mi vida? Ya lo decía Julia Otero, el otro día, en su programa, sobre la serie de TV3, al marido ya le va bien, su bar, su mujercita, sus cincuenta, no se plantea nada, todo le parece bien, en su micromundo. A ella se le cae el mundo, toda la vida en el bar, su marido que no la entiende y sus cincuenta que le pesan como una losa, que le recuerdan constantemente que se está haciendo mayor... Y tú, ¿estás enamorada de mí? Y estás a punto de gritarlo, no, ya no estás enamorada, ni de él ni de nadie, que ya no es lo mismo, que no hay pasión, que no hay ganas de románticos encuentros. Mucho cariño, eso sí, pero enamorada, lo que se dice enamorada, ciega de amor, ya no. Y se lo quieres decir pero tienes miedo de hacerle daño, ya vuelves a tener ese sentimiento de culpa, ¿qué pasará si le dejo? ¿Culpa o miedo? ¿No será que tienes terror a quedarte sola? Al menos, ahora hay alguien que te abraza dos veces por semana, que cena contigo frente al televisor, alguien que cuenta contigo para las vacaciones... Treinta y cuatro, ¡qué duro se hace! Estás acojonada y disfrazas tus miedos con falsas culpas, con actos de buena samaritana... ¿Otra vez estás así, con tus dudas y tus respuestas cortantes? No sé da cuenta de nada, ¿verdad? Por cierto, ¿y lo de irnos a vivir juntos? Y te subes por las paredes. Deberías ser más fuerte, más egoísta y decirlo claro. No, nos vamos a ir a vivir juntos, ni hoy, ni mañana ni nunca. Y quieres huir pero lo único que haces es ser cruel, provocar la discusión, hacerle rabiar para que sea él el que tome la decisión de dejarte. Sólo así podrás alejarte sin tener ese maldito sentimiento de culpabilidad. Malditos lastres de la educación judeocristiana.
Oyes su voz. Te llama para que veas las proezas que hace él en tu ordenador, en tu despacho. Dejas de hacer lo que estabas haciendo y vas hacia él. Y te acuerdas de aquella canción que tarareaba tu madre cuando lavaba los platos: Si tú me dices ven, lo dejo todo... ¡Maldita sea!

jueves, 2 de abril de 2015

ROMPIENDO TÓPICOS

Nacer
Crecer
No reproducirse
Morir

jueves, 1 de enero de 2015

MIS 500 MUJERES

Hoy, 1 de enero de 2015, después de recoger el último confeti y la última peluca de colores de la fiesta de anoche, después de guardar la vajilla y la cubertería de gala y de colocar las sobras de la cena en fiambreras, me he puesto a eller los periódicos y las revistas de la última semana. Cada año es lo mismo: listas y listas para fotografiar lo que fue, lo que pasó en el año que está a punto de finalizar. Los libros más vendidos, las películas más vistas, los destinos más visitados, los artistas más premiados e, incluso, las palabras más dichas.  Una de las revistas -tildada de femenina- sacó un  número especial sobre el poder femenino y  las 500 españolas más influyentes. Sí, me gustó ver y leer tanto “empoderamiento”, tanta belleza, tanto talento y tanta sabiduría. Pero, lo siento, después de más de una semana dándole vueltas al asunto, se impone una reflexión:
Vuelvo la cabeza en el trabajo, en la compra, en la familia, entre los amigos y no veo por ningún lado mujeres posando con deliciosos vestidos, perfectamente maquilladas y peinadas, en suntuosos salones, como si la vida les hubiera venido regalada. Y sé que no es así, sé que detrás de tanta sonrisa impecable y en lo alto de esos tacones, hay horas y horas de esfuerzo, miles de momentos de debilidad y unos cuantos de fértil resiliencia; quizás haya habido también días y meses de desierto para poder llegar hasta el objetivo del fotógrafo en cuestión. Yo, a mi alrededor, veo mujeres, sí, muchas mujeres, pero todas sabemos que jamás posarán para una portada ni les harán una entrevista para un reportaje a doble página. Y, qué quieren que les diga, para mí, que vivo a ras de suelo, quizás esas mujeres, con su trabajo o con su manera de hacerlo, sean las más influyentes para la gran mayoría. Sin restar mérito a las grandes científicas, las grandes profesionales de las leyes, las grandes actrices, las grandes políticas, las grandes periodistas y un largo etcétera de grandes, miro a mi alrededor y hago mi particular lista de las 500 mujeres más influyentes:
Empiezo por mi madre, una abuela que, como la mayoría de las abuelas, ha vuelto a trabajar a jornada completa cuidando a los nietos para que sus hijas puedan ir a trabajar o haciéndose cargo de algunos gastos de la casa o cocinando para todos.
Mis hermanas, que, como la mayoría de mujeres -casadas o no- con hijos, son auténticas ingenieras de lo doméstico, en eso que llaman conciliación. Sin apenas tiempo para ellas (porque se lo entregan al jefe, a los hijos, a la casa, al marido, a los padres...), se han convertido en malabaristas en esta gran carpa que es la vida real.
Sigo con mi doctora de cabecera que, con paciencia y a pesar de los recortes, sigue tratándome con profesionalidad, delicadeza y tiempo suficiente hasta el punto de convertirse en confesora, consejera, psicóloga, confidente o, incluso, amiga.
La tendera que, como todas las tenderas -pescatera, carnicra, frutera, etc-, se levanta a las tantas para ir a comprar el género que, con buen tino, me aconseja cada día.
La profesora de instituto (como yo) que se deja la piel en el aula para inculcar un mínimo de curiosidad a sus alumnos adolescentes a la vez que se pelea por una coma bien puesta o da consejos de cómo tratar al sexo opuesto.
La vendedora de la ONCE a la que cada semana me acerco para comprarle el número y para que me contagie un poco de su optimismo y de su particular manera de “ver” la vida.
La señora de la limpieza, con tres hijos y su marido en paro. El único sustento de la familia.
La profesora de zumba que cada martes me alegra (todas somos mujeres) con sus movimientos y me recomienda el sudor como buen antídoto contra la baja autoestima.
La conductora del autobús que cojo cada mañana para ir a trabajar y los “piropos” que tiene que aguantar de algunos usuarios.
La madre de mi chico, que siempre me cuenta que, sin saber apenas leer y escribir, sobrevivió a la miseria y a la ignorancia.
La que lucha, desde una insignificante asociación de barrio o desde una desconocida ONG, por la igualdad y por los derechos de las mujeres y también, por qué no, de los hombres.
Una alumna lesbiana, que todavía no se atreve a decírselo a sus amigas y a sus padres.
Una vecina que sufría maltrato y que, un buen día, desapareció. No hace mucho, al cabo de unos meses, volví a verla en el supermercado: guapa, alegre, sola. No todas pueden decir lo mismo.
La abogada que lleva el divorcio de una amiga y que tiene que aguantar las “tonterías” del marido ofendido: la justicia, la paciencia, el saber hacer y la implacabilidad tienen su rostro.
Mis sobrinas, mis pequeñas mujercitas, que van forjando su carácter a golpe de experiencias (buenas y malas) y mucho amor.
Un montón de amigas que están intentando hacerse un hueco en el mundo de la música, del teatro, de la moda, de la interpretación, de... y que sí, que algunas veces tirarían la toalla, pero enseguida se ponen la pestaña y, de nuevo, manos a la obra. Como les digo yo a mis alumnos y a ellas: tenemos derecho a la pataleta, tenemos derecho a dar de vez en cuando un puñetazo en la mesa y cagarnos en todo (perdonen la expresión), tenemos derecho a tropezar y a dudar, pero, acto seguido, tenemos la obligación (moral o no) de levantarnos, sacudir el polvo de nuestras ropas, alzar orgullosas la cabeza y seguir caminando.
¿Sigo? Seguro que, si me lo propusiera, llegaría a las quinientas porque miro a mi alrededor y esas son las mujeres que yo veo: ojerosas, cansadas, siempre de aquí para allá, con sus cuitas y sus esperanzas, con la risa puesta o con la lágrima a punto de caer, intentando ser madres, hijas, amigas, amantes, esposas, profesionales... Y me tropiezo con un espejo y allí me veo yo, arrastrando mis complejos, mis risas, mis culpas, mis dudas, mis buenos momentos y mis aspiraciones a escritora. Pero soy yo y no me cambiaría por nadie porque, permítanme este subidón de autoestima, yo soy la persona más influyente para mí, yo soy la mujer más importante para mí: yo soy la mujer que más se admira, la que más se ayuda, la que más se gusta, la que más se quiere (ya lo decía mi madre, si no te quieres, ¿quién te va a querer?; si no quieres ayudarte, ¿quién va a poder hacerlo?; si no te gustas, ¿cómo va a gustar a los demás?)
Y no, nadie va a invitarnos a uno de esos divertidos afterwork o a una exquisita fiesta o a un torneo deportivo o a un foro profesional o a una presentación de algún producto importante. No, nadie va a pedirnos que posemos ante unos focos y una cámara fotográfica después de haber pasado por backstage. No, nadie va a ponernos un micrófono y va a preguntarnos cómo es nuestra vida y qué hemos hecho para llegar hasta donde hemos llegado. No, nadie va a reparar en nuestros pequeños logros y en nuestros fracasos, aquellos que nos hicieron crecer.
Miro a mi alrededor y esas son las mujeres -quizás desconocidas, quizás irrelevantes, quizás insignificantes- que me acompañan cada día, que van dejando un poco de su sabiduría a su paso y las que, sin ellas saberlo, ejercen una pequeña o una gran influencia sobre mí. Son las “500” más influyentes para mí. Son mis 500.

FELIZ 2015

lunes, 15 de diciembre de 2014

UNA BUENA FOTO o UNA FOTO BUENA


Sales de casa, la cámara de fotos en el bolsillo o colgada del cuello. Es inevitable. Ya no puedes ir sin ella. Ya forma parte de ti, de tu manera de vivir, de tu manera de ser. Vas por la ciudad sin un destino concreto, sin rumbo fijo. Un paseo. Caminas. Calles, esquinas, gente, vehículos. Ja conoces todo lo que te rodea pero todo te parece nuevo. Te paras delante de un semáforo en rojo. Fachadas, coches, peatones, farolas. Verde. Sigues tus pasos sin saber a dónde te llevarán. Plazas, callejuelas, más gente. Una calle cortada. Otro semáforo. Vuelves a pararte y vuelves la cabeza. Un movimiento reflejo. Y allí está. No sabes qué es exactamente pero ya la tienes. Coges la cámara lentamente como si aquello que, en un segundo y sin razón aparente, te ha cautivado estuviera a punto de huir, de emprender el vuelo. Una luz, una sombra, un rostro, una piedra... No sabes qué es. Lo único que comprendes -y no con la razón- es que aquello tan cotidiano, tan insignificante, tan... acaba de contarte una historia, te ha dicho algo que ha traspasado el cerebro y la piel. Te colocas la cámara delante del ojo como si formara parte de tu propia mirada, de tu rostro, incluso de tu cuerpo. Miras a través del objetivo: para ti, la luz perfecta, la posición perfecta, la imagen perfecta. Es la perfección subjetiva. Aprietas el botón. Ya la tienes. Estás convencido. Es la foto. Tu foto. Una buena foto. 
 
Coges el coche. Llevas las cámaras fotográficas, el trípode, los filtros, los objetivos. Queda poco para que el sol se ponga. Sabes dónde tienes que ir. Desde los búnkers o desde Torre Baró, el paisaje es increíble. Tienes la foto asegurada. Y lo sabes. Aparcas. No hay nadie. Hace frío. De pie, miras hacia el horizonte. Realmente, es un bello espectáculo. Abres el trípode y lo aseguras en la tierra con unas piedras. Fijas la cámara. Sabes perfectamente qué quieres. Un filtro determinado. Un objetivo concreto. La ley de los tres tercios, la profundidad de campo, el diafragma, la velocidad. ¿Qué más? Todas las leyes, todos los consejos, todos los conocimientos adquiridos con la experiencia, con las lecturas especializadas, con los cursos y un montón de fotos vistas se ponen al servicio de este momento. La luz, el cielo, los colores, las luces de la ciudad, el sol, los contrastes, el ruido de la imagen. Encuadras. Te alejas. Cambias de objetivo. Mueves la cámara. Te acercas. Lo tienes todo controlado. Está todo perfecto. Es la perfección objetiva. Apuntas. Ya está. Ya la tienes. Sí. Estás convencido. Es la foto, tu foto. Una foto buena.
Este es el secreto de la fotografía: ¿Una buena foto o una foto buena?


sábado, 28 de diciembre de 2013

¡FELIZ BALANCE Y FELIZ 2014!


Ahora que ya está llegando el final de este año, ahora que casi todo el mundo está preparando la última noche de este 2013 (qué me voy a poner, qué voy a cocinar, con quién voy a celebrarlo, adónde voy a ir...), ahora toca hacer balance de estos últimos 365 días. No. No a todos les gusta pensar en lo que han hecho o han dejado de hacer en este año; no todo el mundo tiene el valor y los arreos necesarios para hacer frente a lo que le ha sucedido en estos últimos doce meses; y especialmente no cualquiera tiene la entereza, la fortaleza y la templanza suficientes para ponerse frente al espejo del alma y someterse a juicio por todo lo que ha hecho, ha dicho, ha pensado, lo que ha provocado en este 2013 que está a punto de expirar.
365 días dan para mucho (o para muy poco, según se mire); en 365 días se han podido hacer muchas cosas (o muy pocas, depende de lo que uno se haya planteado a final del 2012); en 365 días hemos podido cambiar el rumbo de la historia, de nuestra propia historia o, sencillamente, hemos seguido sentados en nuestras cómodas y confortables butacas, como meros y expectantes espectadores de nuestra inalienable existencia, sin tomar cartas en el asunto, en nuestro asunto (¿qué asunto no hay más propio que nuestra propia vida?). 365 días... Cuánto y qué poco.
Y aquí me tienen, mis adorados y adorables lectores, haciendo balance de este breve pero intenso tramo de mi vida. Aquí me tienen, buscando entre mis recuerdos, en mis hojas de diario, en mis correos electrónicos y en mis whatsapps (que ya constituyen parte de mis dietarios, porque cartas y postales de correo ordinario, excepto las de mis sobrinas, nada de nada. Cuánto añoro un buzón lleno de sobres e imágenes de allende los mares..., como cuando era jovencita). Aquí me tienen haciendo recuento de las lágrimas que he vertido, de las risas que he reído, de los abrazos que he dado, de los adioses que he despedido, de las gracias que he dado, de los te quiero que he pronunciado.
2013, cuánto ha dado de sí...
Empecemos por lo malo:
Varios ingresos en el hospital (mi sobrino de apenas dos meses, nada más empezar el año. Ahora ya está bien: empieza a caminar, dice papá, se mueve como una lagartija y se ríe como un “condenao”. La del hijo de mi amiga Olga, Dídac, que cada vez lo lleva mejor, o eso es lo que nos quiere hacer ver...)
Varias intervenciones médicas (la catarata de mi padre y también de mi buen amigo Andrés)
Una baja por larga enfermedad (maldita SSQM)
Un cáncer (desde aquí, ánimos a quien tú ya sabes)
Un ictus (qué duro, Laura, ver a una madre así. Pero hay que ser fuerte... Sabes que puedes contar conmigo)
Cuatro muertes (la de mi buen amigo Eloi, la del señor Antonio, la de mi tío Diego y la de la madre de mi amigo Mario. Aquí sobran las palabras)
Y una artrosis incipiente en los huesos de la mano...
Pero también hay que contar lo bueno:
Los viajes (Castilla-León, Ezkurra, Tánger, Essauira, Cabo de Gata, Roma, Huesca, Costa Brava... Ah, y dos travesías en velero con Toni y Quim)
Los encuentros con los amigos (mis amigos los escritores, mis amigos los “veleristas”, mis amigos de la peña Pureta y del casal, mis amigos compañeros del trabajo, mis amigos de siempre Elena, Manel...)
Las comidas, cenas, desayunos familiares (para mí, siempre lo he dicho, uno de los mayores placeres es encontrarme con mi familia y comer, beber, hablar, reír, llorar, comentar, volver a reír, pedir la tanda, discutir, volver a comer, jugar, hacer trabajos manuales, planificar, seguir hablando...)
Los paseos por la playa (otro de mis placeres no ocultos)
Los descubrimientos (este año he probado la ternera de Nebraska, el Bloody Mary, el zumba, los ritmos latinos, el masaje balinés...)
Mi trabajo (que, aunque me proporcionan dosis elevadas de estrés, agotamiento mental y cabreos monumentales, sigue siendo una fuente inagotable de aprendizaje y de inspiración)
Mi novela (que, poco a poco y en silencio, va sumando lectores http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-Mamen-Gargallo-Guil-ebook/dp/B009991H5A)
Mis proyectos (una segunda novela, más viajes -el de la Habana me hace especial ilusión-, más encuentros con mis amigos, seguir con el zumba...)
Y sí, sé que hay motivos para lamentarse y para seguir quejándonos (paro, preferentes, injusticias, recortes...) pero, como alguien me dijo, el destino y la suerte están en nuestro pensamiento y en nuestras acciones.
Dejando a un lado la salud (que son palabras mayores), ¿que no nos gusta el balance que hemos hecho de este último año?, ¿demasiados fracasos?, ¿demasiados sueños sin cumplir?, ¿demasiadas quejas? ¿No nos gusta la vida que llevamos? Lo que dependa de los gobiernos y de los políticos, dejémoselo a ellos. Lo que dependa de nosotros, adelante. Cambiar depende de nosotros. Vamos, actuemos, movámonos, no nos quedemos quietos. No esperemos al 1 de enero.
¡Buen Balance y Feliz 2014!


viernes, 8 de febrero de 2013

LA CALIDAD EDUCATIVA. ADOLESCENTE, ¿VÍCTIMA O VERDUGO DE ESTA SOCIEDAD?


De un tiempo a esta parte, quizás debido a los cambios producidos últimamente por la crisis económica (paro, desahucios, recortes salariales, impuestos, recorte en las inversiones, etc.), crisis política (pérdida de horizontes claros y descrédito por parte de nuestros dirigentes vs. desafección y desconfianza por parte de la ciudadanía ), crisis moral (corrupción, hipocresía, ambición, mentiras, etc.); quizás debido al ¿nuevo? papel de los medios de información y comunicación -léase, idiotizar, adocenar, manipular, más que informar y entretener-, quizás a las nuevas maneras de ocio que existen actualmente o quizás, insisto, al ir y venir de las leyes de educación que, al paso que vamos, va a acabar con nuestra paciencia y nuestra confianza en el sistema fin, la realidad de nuestros niños y adolescentes ha ido cambiado, en estos últimos años, especialmente en estos últimos meses, inexorable y considerablemente. Pero esta metamorfosis paulatina no ha sido exclusiva de la figura del joven –sus prioridades, sus pensamientos, sus hobbies- sino también de los grandes conceptos que han acompañado desde siempre al ser humano: sociedad, familia, educación, trabajo, comunicación, religión... Y, como muy bien dijo un día alguien que sabe de modificaciones y “cataclismos”, cualquier cambio supone crisis y cualquier crisis exige un cambio, entendidos estos dos términos como readaptación y/o reestructuración. Y una crisis o un cambio, según cómo sean gestionados y canalizados pueden desembocar en oportunidad y mejora o, contrariamente, en estancamiento y fracaso.
En estas coordenadas actuales, en pleno siglo XXI, se encuentra el ADOLESCENTE y de todos es sabido que, por su naturaleza y sus circunstancias, se ve poderosamente influenciado por tres elementos claramente diferenciados y en constante evolución: FAMILIA, ESCUELA y ENTORNO (o lo que se conoce de una manera más difusa y vaga con el nombre de SOCIEDAD) y no precisamente en este orden de importancia. Paradójicamente, estos tres ámbitos constituyen, en mayor o menor medida, causa activa de las reacciones y de los cambios propios de la época adolescente pero también “sufridores” pasivos de su comportamiento. 
En primer lugar, quizás porque es donde el joven pasa la mayor parte del día durante nueve meses, se encuentra la escuela, único lugar y entorno en el cual –parece ser- se deben inculcar y desarrollar los valores que hagan de esta “personita” un hombre o una mujer de provecho, de futuro y con futuro, así como garante exclusivo de su formación integral. Pero, ¿qué está ocurriendo allí? 
Para responder esta pregunta, habría que empezar por los cimientos: la ley o las leyes. Ciertamente, no es la única responsable de esta situación que se está viviendo de un tiempo a esta parte, pero sí se puede afirmar que ha influido notablemente en el desarrollo de los “acontecimientos” para llegar a este punto ¿sin retorno? ¿Qué se puede esperar de un sistema educativo que está deviniendo constante moneda de cambio en los programas electorales de partidos políticos cuya permanencia en la Moncloa es su máxima aspiración? ¿Cómo es posible que, teniendo en cuenta que los principales “sufridores” de este sistema han de forjar el futuro de nuestro país, todavía nadie se haya percatado de la importancia y del beneficio que supondría la existencia de unas leyes consensuadas y pensadas siempre en aras del crecimiento y del desarrollo intelectual, emocional y físico del niño y del adolescente; unas leyes trabajadas desde el mismo terreno de juego –si se me permite el argot futbolístico- por hombres y mujeres que conocen de primera mano la realidad de las aulas, de los pasillos, de los lugares de recreo y, también, de la calle? ¿Cómo es posible que nos hagan “comulgar” con (y aplicar) unas leyes utópicas, con unos recursos materiales y humanos –en definitiva, con unos recursos económicos, porque, no nos vamos a engañar, parece ser que todo se reduce a eso, a una simple cuestión pecuniaria- inasumibles (por ser escasos para llevar a cabo la práctica docente con un mínimo de profesionalidad y eficacia) o inalcanzables (por ser desmesurados y, por consiguiente, irreales); una leyes dictadas desde unos despachos por hombres y mujeres que dejaron el colegio hace mucho tiempo, sin contar con la opinión, el criterio y la experiencia de maestros y profesores, psicopedagogos y padres, sin escuchar -aunque para algunos parezca una osadía- la voz de los alumnos? ¿Cómo se puede entender que nuestros dirigentes todavía no han caído en la cuenta de que, para que la EDUCACIÓN vuelva a ser un pilar fundamental en nuestra sociedad y obtenga los resultados que se esperan, tiene que estar valorada y dignificada y que eso sólo se podrá conseguir con una política educacional estable, que vaya más allá de los colores y las ideologías, que tenga como principal objetivo la formación integral del niño y del adolescente y no el desprestigio y la humillación del partido de la oposición y aspirante al poder? 
Por si esto fuera poco, este baile de leyes (Pongamos desde la EGB, el BUP y el COU, hemos sufrido la LOECE, la LOGSE, la LOCE, la LOE, y ya estamos sufriendo las precuelas de la LOMCE...) poco han favorecido (ni favorecen) la labor docente y la tarea de cualquier estudiante que se precie como tal. El clásico “enseñar deleitando”, que tanto se defendía antaño, dio paso al método “la letra con la sangre entra” y, en los últimos años, se fue tergiversando y viciando hasta convertirse en “divertir y, si aprenden algo, mejor...” Aquel sistema, aún vigente y avalado por algunos, defendido y practicado por otros compañeros de profesión y expertos en la materia, sólo ha sembrado la desgana y la desmotivación entre los alumnos y un rechazo absoluto a la llamada “cultura del esfuerzo”, lo que supuestamente defiende la nueva ley: disciplina, constancia, paciencia, afán de superación, método, implicación, estudio, curiosidad, espíritu crítico, humildad y proyección de futuro. Lástima que la quieran imponer coartando la libertad del propio gremio (vamos mal, muy mal). Con este "bailad, malditos, bailad" y con unas expectativas de futuro que pasan por marcharse al extranjero, cada vez hay menos chicos implicados, interesados y concienciados en eso que llamamos formación, investigación y profesionalización (algunos de ellos, incluso, han sido tachados por sus propios compañeros e, incluso, por sus maestros y profesores de “raros”, “especiales”, “amargados”, “pelotas” y, en ciertos casos, han sido convertido en clara diana del tan temido y desgraciadamente conocido bullying –aunque para algunos sea simplemente un hecho puntual...-). Haciendo una mera descripción objetiva de la realidad y quizás resultando un tanto radical y pesimista, lo que predomina actualmente en las aulas de nuestros colegios e institutos son adolescentes carentes de interés por nada, de curiosidad, de ganas de saber, de metas, de ilusiones, de afán de superación por lo que, ante un fracaso –un suspenso- o una negativa, tienen pocas opciones: tirar la toalla y dedicarse a molestar a los compañeros, boicotear la clase y amargar la vida de los profesores o tirar la toalla y practicar el absentismo y convertirse en NINIs, “carne de cañón” poniendo en jaque, en ambos casos, a todo el equipo docente, a los padres y a inspección y provocando, en numerosas ocasiones, una situación de desesperación, impotencia y rabia. 
Ante este panorama, los profesores, además de intentar transmitir unos conocimientos para que nuestros alumnos tengan un mínimo bagaje cultural, nos vemos obligados a inculcarles –contra viento y marea, es decir, contra el sistema, contra los propios alumnos, contra la sociedad, contra los medios de comunicación y, en algunas ocasiones, contra la opinión de los mismos padres - una serie de valores que parecen haber perdido toda razón de ser por considerarse obsoletos e improductivos. No es fácil. No está resultando nada fácil.
Y flaco favor hace la televisión con esos programas –series, reality-shows, concursos, “teleencierros”, talk-shows, etc.- que se han erigido en estandartes de los nuevos valores (yo los llamaría contravalores): dinero fácil, éxito rápido, ocio remunerado, recompensas inmediatas, mínimo esfuerzo, culto al cuerpo, desprecio a la mente y todo un supuesto mundo de glamour y fama –malentendida fama-, al alcance de cualquiera, que atrae a los más jóvenes y los convierte en seres sin criterio, autómatas cuya máxima aspiración en la vida –emulando a sus ídolos- es hacer dinero sin estudiar ni trabajar. A modo de ejemplo, para ilustrar lo dicho anteriormente, si nos fijamos en la “parrilla” televisiva de un día cualquiera, nos damos cuenta de la casi total ausencia de programas atractivos y entretenidos para ojos, oídos y mentes de niños y adolescentes que los animen a leer, a esforzarse, a estudiar, a sacrificarse, que ayuden a desarrollar capacidades y aptitudes como la labor en equipo y el trabajo bien hecho y que potencien cualidades como la empatía, la solidaridad, la eficacia sin que haya por medio un cheque, una portada de revista, una entrevista o unos minutos en lo que parece ser el pasaporte al “estrellato”, los programas “basura”. Por no hablar de los programas informativos, en su mayoría, tendenciosos, partidistas, nada objetivos, meramente especulativos, que responden, ¡cómo no! a una ideología clara y cuya única pretensión es manipular las mentes y los pensamientos de las televidentes. Pensamiento único para hacer de nosotros lo que quieran. No pienso, luego existo (¡Si Descartes levantara la cabeza...!) Pero no es la televisión el único medio de entretenimiento y de información de los jóvenes que, si bien no es nociva en sí misma, se puede afirmar que sí se está utilizando de manera inapropiada. Los videojuegos, en estos últimos años, se han erigido en “los reyes” del ocio y la diversión –junto con el botellón y las drogas, sólo hay que ver las estadísticas y los datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad- y también están provocando en nuestros niños y adolescentes una seria y grave de-formación porque, a pesar de desarrollar habilidades y destrezas psicomotrices, están postergando al “jugador” al ostracismo más absoluto y provocando trastornos adictivos impidiéndole relacionarse con sus iguales con toda normalidad. Y, ¿qué se puede decir de Internet? No cabe duda de que es una buena y potente fuente de información, comunicación y entretenimiento –siempre y cuando se utilice como es debido (y, para ello, son necesarios la reflexión, el espíritu crítico y, obviamente, una serie de conocimientos previos, veraces y serios) y sus contenidos sean tratados con rigurosidad y corrección- pero, si no se gestiona adecuadamente (atendiendo a la edad y las necesidades del “navegante”), puede ocasionar problemas en los más jóvenes además de proporcionar un alud de información que, en vez de aumentar su bagaje cultural, lo único que hace es sumir al consumidor en la desinformación y el desconcierto. (además de todo eso, un dato más: supongo que conocerán la página de elrincondelvago o parecidas que fomentan el plagio. Desde ellas, se puede “bajar”, imprimir y presentar al profesor cualquier trabajo de Primaria, ESO y Bachillerato con sólo cuatro movimientos de “ratón”. ¿Dónde quedaron las tardes de biblioteca, las noches leyendo, redactando y corrigiendo? Sólo le veo una ventaja a esta nueva herramienta: nos obliga, a los profesores y padres, a estar al día en esto de las TIC para que no nos den “gato por liebre”). El WhatsApp, el Facebook, el Twitter y demás redes sociales tampoco favorecen la “cultura del esfuerzo”. Efectivamente, son útiles y beneficiosos si se gestionan y/o se controlan adecuadamente pero no podemos olvidar que estos medios de información, comunicación y diversión constituyen los paradigmas de la inmediatez y la facilidad –por no decir de la mala escritura- (justo todo lo contrario a lo que precisa un buen estudiante o un buen profesional)- y favorecen la creación de una realidad virtual que va cogiendo fuerza y credibilidad por momentos. 
 Y, ante toda esta avalancha de estímulos, ¿quién o quiénes deben actuar cómo gestores de estas “modernas herramientas” y, en última instancia, quién o quiénes deberían ser los auténticos y verdaderos artífices y garantes de la educación de estos niños y adolescentes? Sencillamente, los padres. Esos padres trabajadores, agobiados, esclavos del reloj y las facturas, sin tiempo suficiente para dedicarles a sus hijos (ni paciencia, en muchas ocasiones). Padres que, acuciados por los fantasmas (desgraciadamente, cada vez más cercanos y reales) del paro y de los recortes salariales, fieles seguidores de la sociedad del bienestar o sociedad de consumo -¿existe diferencia?-, pretenden hacer de aquello extraordinario que tuvieron de jóvenes algo cotidiano, “normal” en la vida de sus hijos. Padres que intentan compaginar trabajo, familia, aficiones y amistades sin mucho éxito. Padres que luchan para proporcionar lo mejor, lo más fácil y lo más placentero a sus hijos sin concederles la oportunidad de equivocarse o fracasar. Padres que, en su afán de acallar sus conciencias y, de manera equivocada, inculcar a los hijos las ganas de trabajar y aprender para, en última instancia, aprobar, equiparan un “suficiente” o un título académico con una moto o cualquier otro regalo. Padres que no quieren tener problemas con sus “retoños” y, por ello, no se atreven a decir NO o a infligir un castigo y, cuando lo hacen, se ven incapaces de mantenerlo, entre otras razones porque decir NO al hijo supone decirse NO a uno mismo –es lo que llamamos coherencia, algo que no siempre es fácil de mantener- y castigar al hijo implica castigarse uno mismo –y no siempre estamos dispuesto a sacrificarnos hasta tal punto-. Padres que, por no tener tiempo (ni, a veces, ganas) de dialogar y pactar con sus hijos, imponen su ley o los callan con cualquier bagatela sin permitirles que la obtengan con su propio esfuerzo y, así, aprecien su valor. Padres que, bajo el sincero y lógico deseo “yo lo único que quiero es que mi hijo sea feliz”, los liberan de obligaciones y deberes, de responsabilidades y esfuerzos desautorizando las decisiones de los profesores, desprestigiando, incluso, su labor como co-educadores y haciendo de sus hijos (nuestros alumnos) pequeños e indómitos monstruos. Padres que utilizan el centro escolar como un auténtico parking de sus hijos, que ceden al colegio la responsabilidad, el deber pero también el derecho de educar a sus hijos, pero que, paradójicamente, recriminan cualquier decisión del profesor y contaminan de negatividad e inutilidad el placer de la lectura, la satisfacción del trabajo bien hecho y el gozo de saber por saber aunque ello suponga tiempo, esfuerzo, constancia y su recompensa llegue a largo plazo (si es que llega). 
Y este es el resultado: niños y adolescentes consentidos, insolentes, excesivamente mimados, vagos, provocadores, egoístas, irrespetuosos, incívicos, caprichosos, intolerantes, carentes de límites, con bajo umbral de frustración, prepotentes y muy conscientes de su situación privilegiada: son, y se saben, los nuevos dioses a pesar de mostrarse ante los mayores como víctimas de la sociedad y se aprovechan de ello aunque, en el fondo, anhelen una figura autoritaria, un referente sin fisuras. Pero, aunque nos pese, el problema no se acaba en la ESO y el Bachillerato. Debido a la influencia de los cambios en el sistema educativo obligatorio y postobligatorio y, consecuentemente, a los cambios que se están produciendo últimamente en su concepción y organización, la Universidad tampoco parece que esté viviendo su mejor momento. Los niveles de exigencia y los resultados también han sufrido un descenso considerable y los que consiguen acabar los estudios superiores tampoco pueden garantizar una solvencia conceptual y teórica y una competencia profesional, a pesar de esperar una gran y ascendente carrera laboral y –a modo de ejemplo- pedir, en su primera entrevista de trabajo, como si fuera la cosa más usual del mundo, un gran sueldo, un horario estupendo, vacaciones de 2 meses –como en el colegio y en la universidad- y unas prerrogativas (léase móvil de empresa, coche de empresa, tarjeta de crédito, vales de restaurante) que sólo se consiguen una vez contrastada y demostrada la valía. ¿Cómo se le puede pedir a un joven de veintitantos años que asuma el hecho de que una buena carrera profesional siempre empieza desde abajo, que debe ser humilde con sus pretensiones, que debe ser respetuoso con los jefes, los compañeros y las normas establecidas, que debe demostrar día a día sus capacidades y habilidades, superando -con tesón y su mejor sonrisa- obstáculos y zancadillas y que sólo con esfuerzo, trabajo, constancia, afán de superación, empatía y sacrificio puede forjar una buena y sólida carrera profesional? ¿Cómo se puede pretender todo eso de un joven que no lo ha aprendido e interiorizado a lo largo de su vida como estudiante, bien porque no se lo han enseñado, bien porque no lo ha creído necesario aplicar para la consecución de sus deseos y necesidades, en ambos casos debido a la desidia de padres y docentes? Yendo más allá, ¿cómo podemos confiar en el futuro de nuestro país, en nuestro propio futuro, si depende de ellos, si ellos deben hacer posible ese futuro?

Y, ante este panorama tan desolador y decepcionante, cabría plantearse una cuestión: ¿está todo perdido? La respuesta es NO, un tajante y rotundo NO. No todo está perdido. Afortunadamente, todavía existen personas comprometidas con eso que llamamos EDUCACIÓN: políticos concienciados de que unas leyes bien pensadas, consensuadas y estables constituyen la única vía para que el sistema educativo y su comunidad tengan el lugar que se merecen en nuestra sociedad; profesores formados, bien formados, coherentes, abiertos y convencidos de que una buena formación humana, intelectual y emocional de los niños y adolescentes sólo se consigue con disciplina y paciencia y que es la garantía del futuro del país; padres responsables, valientes, implicados y conscientes de lo que supone educar a un hijo: seriedad, coherencia y mucho amor y, por último, alumnos motivados, curiosos, críticos y sabedores de que el aprendizaje –de conocimientos, de hábitos y actitudes- y el desarrollo de capacidades y aptitudes es el único camino. Este grupo de personas constituyen la esperanza para el presente y el futuro.
¿Juventud en cambio? ¿Juventud en crisis? Puede que sí pero nuestra obligación -como políticos, maestros y profesores, psicólogos, padres y empresarios- es despojar este término de sus connotaciones negativas para convertirlo en un reto y una oportunidad de mejora y progreso. Para ello, sería necesario y urgente dejar de divagar, de imponer, de especular, de teorizar sobre el problema que estamos sufriendo todos. Deberíamos dejar de buscar culpables en este ente abstracto que llamamos sociedad, deberíamos dejar de ir pasando la pelota como si de un partido de tenis se tratara (parece que en eso consiste la política, ¿no? En vez de sacrifico y compromiso, en vez de trabajar conjuntamente por el BIEN COMÚN, un simple partido de tenis, individuo contra individuo, partido contra partido, a ver quién gana el último set). No es cuestión de señalar con el dedo a alguien o a algo y sí de responsabilizarnos para abordar la cuestión desde todos los ámbitos –político, administrativo, familiar, escolar, laboral, psicológico- poniendo nombre propio a sus protagonistas. Como bien dijo un día alguien que sabe de cambios y crisis: Deberíamos dejar de pre-ocuparnos tanto y ocuparnos más.

domingo, 25 de noviembre de 2012

CARTA A MIS QUERIDOS POLÍTICOS

Mis queridos políticos y demás personas que ostentan un cargo público, económico o judicial -y, por ello, tienen la enorme responsabilidad de tener mi vida, mi bienestar, mi seguridad y mi futuro en sus manos-,

Les escribo esta carta porque estoy muy preocupada por ustedes.

Sí, resultará extraño y un tanto paradójico que una ciudadana cualquiera, en vez de alarmarse por la situación tan nefasta que estamos viviendo y manifestarse en contra de las injusticias, muestre una cierta sensibilidad por ustedes.

Mis queridos políticos (presidentes, alcaldes, diputados, ministros, asesores, directores, etc. etc.), ¿cómo están?, ¿cómo se encuentran? ¿Pueden dormir bien cada noche?, ¿sufren de insomnio,? ¿y de estreñimiento?, ¿tienen pesadillas, ¿padecen de cefalea?, ¿cómo llevan las cervicales?, ¿sufren de ansiedad o de depresión?, ¿viven episodios de estrés en general? ¿O, sencillamente, están tristes, desanimados y desesperanzados?

Se lo pregunto porque yo, con todo lo que está cayendo, sí que estoy viviendo y sufriendo en mis carnes, un día sí y otro también, todas estos síntomas y, cuando tengo que echar mano de fármacos para combatirlos, siempre me vienen a la cabeza sus rostros, siempre impasibles, sonrientes, impermeables, y sus palabras, siempre vacías, falsas, inoportunas, y me pregunto, mis queridos presidentes y demás políticos:
Cuando eran pequeños, ¿sus papás y sus abuelos no les decían que era feo mentir, que con las mentiras no se iba a ningún sitio, que se pillaba antes a un mentiroso que a un cojo? ¿Acaso no les enseñaban que mentir y engañar era de cobardes, que siempre había que ir con la verdad por delante aunque eso supusiera una reprimenda o quedarse sin tele o sin salir con los amigos? ¿Acaso no les decían que la mejor manera para no mentir, par no recurrir a la mentira, era hacer las cosas bien?
Cuando eran pequeños, ¿no les decían que, si hacían algo mal, debían reconocerlo y asumir la responsabilidad en vez de echar la culpa a otro o, sencillamente, decir “yo no he sido”?
Cuando eran pequeños, ¿sus papás no les decían que no se podía hacer trampas cuando jugaban al parchís o a las cartas o a cualquier otro juego? ¿No los insistían en que los tramposos siempre eran rechazados por los compañeros y los amigos, que nadie quería jugar con los tramposos y los mentirosos ni tenerlos como amigos y que había que echarlos del juego?
Cuando eran pequeños y se acercaba la época de Navidad y Reyes Magos o el día del cumpleaños, ¿acaso sus papás y sus abuelos no les decían que no se debía ser egoísta ni ambicioso, que los Reyes Magos traerían lo que buenamente pudieran porque había más niños que también querían juguetes? ¿No les decían que había que ser humilde y generoso y, sobre todo, pensar si se habían portado bien para merecer tantos regalos? ¿No les insistían en que había niños que no tendrían regalos y que había que pensar en ellos?
Cuando eran pequeños, ¿sus papás y sus abuelos no les decían que robar era pecado?
Cuando eran pequeños e iban al parque, ¿sus papás no les decían que había que compartir el cubo y la pala con los otros niños que no tenían juguetes?
Cuando eran pequeños, ¿no les decían que no se podía hacer daño a nadie, que no se podía pegar a nadie, ni escupir, ni tirar de los pelos, ni empujar, que debían ser niños buenos y portarse bien?
Cuando eran pequeños, ¿no insistían en que si lo hacían, si mentían, si pegaban, si cogían cosas que no eran suyas, si empujaban, si hacían daño a alguien, debían pedir perdón y decir que nunca más lo volverían a hacer?
Cuando eran pequeños, ¿no les decían que las cosas se debían hacer siempre bien porque era su obligación y nunca para conseguir una recompensa?, ¿que había que estudiar, ordenar la habitación y ser cariñosos por el simple hecho de hacerlo, que la única recompensa era la propia satisfacción por el trabajo bien hecho?
Cuando eran pequeños, ¿no les decían que el interés, el trabajo, el esfuerzo y la constancia eran las únicas herramientas para sacar buenas notas, que no valía hacer chuletas, copiar o chivar -en definitiva, hacer trampas- en los exámenes?
Cuando eran pequeños y pretendían justificar sus malas acciones con promesas como “mamá, te prometo que no lo volveré a hacer”, ¿acaso no les decían que las palabras se las lleva el viento, que lo único que vale son los hechos?
Cuando eran pequeños y no cumplían sus promesas, ¿acaso sus papás no apelaban a la responsabilidad, a la honestidad, a la sinceridad,a la bondad, a la seriedad y al compromiso?
Cuando eran pequeños, ¿sus papás y sus abuelitos no les decían que...?

¿Se acuerdan? Yo sí me acuerdo de todo eso que me decían mis padres y mis abuelos y mis profesores cuando era pequeña y, ahora que ya soy mayor, procuro tenerlo siempre presente. A veces cuesta mucho, más de lo que debería, pero no cejo en el empeño de ser humilde, trabajadora, honesta, generosa, solidaria, coherente y consecuente (quizás sea esto último lo que más cuesta). ¿Y ustedes? ¿Ustedes lo tienen presente o han hecho tabula rasa de todas aquellas enseñanzas que recibieron y de todos esos valores que les inculcaron desde que nacieron? Si me permiten ser sincera, me parece a mí, visto lo visto y oído lo oído, que ya se han olvidado de todo eso, y yo vuelvo a preguntar:
¿Dónde fueron a parar tantos años de educación, de ética, de diálogo, de esfuerzo para que ustedes fueran, sencillamente, buenas personas? ¿Se han planteado alguna vez cómo se deben (deberían) de sentir sus padres, sus abuelos, sus maestros cuando los ven y los oyen prometer en vano, mentir sin escrúpulos, falsear en aras del propio beneficio? Si algunos de ellos levantaran la cabeza...
Y ustedes, ¿cómo se sienten? ¿Pueden vivir tranquilos con todo lo que esta pasando? ¿No se sienten culpables o, como mínimo, responsables? ¿Cómo están sus conciencias? ¿Hacen acto de contrición? ¿Van a misa?, ¿y se confiesan?, ¿y qué le dicen al sacerdote? ¿Cómo pueden sobrellevar la enorme carga que suponen los suicidios de esas personas que se vieron obligadas a dejar sus casas, los heridos que sólo intentaban manifestarse por una vida mejor y más justa, los parados, los jóvenes universitarios que no tienen otra opción que salir del país? ¿Cómo pueden llevar sobre sus hombros la muerte de personas por la mala gestión y la avaricia y la ambición...? ¿Cómo pueden seguir sonriendo y seguir prometiendo  sabiendo que están destruyendo la educación, la sanidad, la información, la cultura, el bienestar, en definitiva, el futuro de este país? ¿Cómo pueden seguir apoyando y manteniendo en sus cargos a auténticos ladrones, estafadores, incompetentes? ¿Cómo pueden seguir viviendo? Lo que les decía al principio, ¿no sufren migrañas, insomnio, estreñimiento, ansiedad? Por lo que parece, no, porque, si no, no me lo explico.
Pero lo peor no es esto, lo peor es: Con todo este panorama, mis queridos políticos, ¿cómo se atreven a reclamar nuestro voto, cómo se atreven a pedirnos confianza y paciencia, cómo se atreven a mirarnos a la cara y seguir hablando como si no pasara absolutamente nada? ¿Acaso nunca les enseñaron sus papás y sus abuelos que, cuando hacían algo malo, tenían que agachar la cabeza y estar calladitos... mientras esperaban el castigo?




domingo, 11 de noviembre de 2012

10 AÑOS DE DIFERENCIA (del morbo a la normalidad)

Un domingo cualquiera, como este domingo, por ejemplo. Un domingo entero por delante, mi chico y yo, día nublado, lavadora puesta, cansancio acumulado, prensa dominical, sofá mullidito, manta de la abuela, empieza a chispear y... ¿qué más? Aperitivo, por supuesto. Hazlo tú mientras yo selecciono algo de música, me dice distraído. A falta del típico, buenísimo y caro aperitivo “Espinaler”, preparo con gracia unos pinchos 3A (¿no saben qué es? Les cuento, es muy sencillo de hacer: cogen un bote de corazones de alcachofas, una lata de anchoas y otra de aceitunas. Con un palillo van ensartado un elemento de cada tipo , lo riegan con una mezcla de vinagre y pimentón de la Vera, y, ¡voilà!, ya tenemos un pincho 3A, o sea, de alcachofa/anchoa/aceituna), unas tostaditas con queso aderezado con aceite de oliva y pimienta, y unos berberechos de lata. De beber, un verdejo bien frío. Pongo un mantelito mono en la mesita del salón, las copas y los platillos con las viandas mientras él trastea en el despacho. Sirvo el vino y él aparece con un cd escondido entre los brazos. ¿Qué vas a poner?, pregunto intrigada. Creo que no lo conoces; es genial, responde él . A la par que pego un primer mordisco a la tostada de queso, suenan las primeras notas de una música que sí reconozco pero que, efectivamente, me resultan muy lejanas: soul, voz ronca, ritmo, letras románticas y Barry White. ¿Se acuerdan? Mi chico, mientras degluta el pincho de alcachofas/anchoas/aceitunas, empieza a hablarme de sus tiempos de discoteca, de cuando sonaban en las pistas Dona Summer, Bee Gees, Barry White, Pink Floyd, Elton John, Eric Clapton, Tina Turner. ¿Cuánto hace ya de eso? ¿Cuántos años tenías tú? A ver, déjame pensar..., le respondo mientras saboreo el verdejo, bien frío, y me pierdo en el cielo nublado de este domingo. Dices que era alrededor de 1975, ¿no? A ver, yo nací en el 69, pues... No puedo acabar la frase. Mis cábalas me devuelven a mi cruda realidad, una verdad que siempre obvio. Joder, responde él por mí, se me había olvidado. Sí, cariño, cuando tú tenías dieciséis años y ya recorrías las discotecas, yo era una cándida, inocente y pueril criatura de ¡¡¡seis añitos!!! ¡¡¡¡Qué fuerte!!!!
Mi chico y yo nos llevamos diez años y siempre se nos olvida que:
Cuando él ya conocía a artistas internacionales, en mi casa todavía se oía a Sergio y Estíbaliz, Camilo Sexto, Raphael, Lola Flores, Cecilia, Las Grecas.
Cuando él ya combinaba el trabajo (por la mañana) con los estudios de FP (por la noche), yo todavía andaba por 3º de EGB (¡esto sí que suena fuerte!).
Cuando él ya despotricaba de los curas (por sus malas experiencias con ellos, como un montón de chicos de su época), yo, superconvencida, todavía decía que de mayor me iba a hacer monja.
Cuando él ya tenía sus primeros escarceos amorosos, yo todavía jugaba con el Baby Mocosete y el Nenuco.
Cuando él iba de discotecas con sus colegas, yo iba al cine con toda mi familia a ver Tiburón I.
Cuando él ya corría delante de los grises, yo no tenía ni idea de política y de quién era ese señor bajito de bigotillo respingón y voz ridícula. 
Cuando él echaba sus primeras caladas a los Celta, yo todavía bebía el trinaranjus en pajita.
Cuando él llevaba su corbata de cuero gris y su cazadora a juego para estar más guapo y así poder ligar más (sin comentarios), yo todavía llevaba uniforme azul marino y calcetines blancos.
Cuando él se alegraba de la muerte de ese hombrecillo porque no le dejaba estudiar tranquilo, yo sólo recuerdo que tuvimos fiesta en el cole.
Cuando el probaba sus primeros tragos de alcohol, yo no tenía ni idea de chupitos ni de combinados ni de otras cosas, claro.
Cuando él ya podía ver películas y series televisivas con dos rombos, yo todavía me entusiasmaba y lloraba con Marco, Heidi...
Cuando él se echaba su primera novieta, yo tenía el póster de Los Pecos colgado en pared de mi habitación y soñaba con casarme con el rubio.
Cuando él ya decía sus primeros "tacos" serios, yo todavía pensaba que decir "teta", "culo", "caca" era pecado y que me iría derechita al infierno sin pasar por el purgatorio.
Cuando él ya leía a Hermann Hesse (Siddartha), yo todavía leía los tebeos de los domingos.
Cuando él compró su primera caja de condones, a mí todavía me explicaban el dichoso tema con la historia de la abejita y la flor (de nuevo, sin comentarios).
Cuando el cobró su primer sueldo serio, yo todavía echaba lo que me regalaban mis tías y mis abuelos por mi cumpleaños en un cerdito de barro.
Cuando él probó por primera vez el porro, mis únicos conocimientos sobre "flores aromáticas" se reducían a la manzanilla que me daba mi madre cuando tenía dolor de barriga.
Cuando él ya hacía números para independizarse, yo saltaba de alegría porque -después de varios años suplicándoselo a mis padres-, por fin, me "independizaba" de mi hermana pequeña y tenía mi propia habitación.
En fin. Que, cuando él tenía 25 años, yo era una adolescente -con acné y mil complejos- de quince años.
¿Se imaginan? No me dirán que no es fuerte... Incluso suena a morboso y a perverso, ¿verdad? Supongo que les vendrá a la mente un montón de sucesos provocados por esa diferencia de edad, ¿no? A mí, sí. No se lo voy a negar. Si me lo hubieran dicho a los quince años, si alguien me hubiera comentado que acabaría con un hombre diez años mayor que yo, le habría tachado de loco, de insensato. ¿Yo?, ¿con un vejestorio diez años mayor que yo? ¡¡Ni soñarlo!!
Pues ya me ven... Aquí estoy, un domingo cualquiera, con el cielo cubierto y la manta sobre mis piernas, junto a este hombre diez años mayor que yo. Mientras sigo dando cuenta del vino y del pincho 3A, mientras sigo escuchando a Barry White...
we got it together did'nt we
nobody but you and me
we got it together baby
my first, my last, my everything
and the answer to all my dreams
you're my sun, my moon, my guiding star
my kind of wonderful, that's what you are
i know there's only, only one like you
theres no way they could have made two
you're you're all i'm living for
your love i'll keep for evermore,
you're the first my last my everything
in you i've found so many things
a love so new only you could bring
can't you see if you,
you'll make me feel this way
you're like a first morning dew on a brand new day
i see so many ways that i can love you
till the day i die........
you're my reality yet i'm lost in a dream
you're the first my last my everything
pienso en lo afortunada que soy al haberlo encontrado en mi camino, pienso en lo felices que somos y en lo bien que nos compenetramos, en lo provechoso y tranquilizador que resulta llevarnos diez años (diferencia de perspectivas, de puntos de vista, de maneras de enfrentarse a los problemas, de gestionar las emociones...) pero, sin poder evitarlo, una duda planea por mi cabeza: si durante muchos años, esa diferencia de edad provoca inquietud, morbo, miedo, e, incluso, puede ser objeto de perversión y de denuncia, ¿cuándo pasa a considerarse normal en una relación de pareja?



sábado, 20 de octubre de 2012

¿INDECENTE, YO?

Hace dos días, paseando por una calle comercial de Barcelona, vi en el escaparate de una tienda una camisa preciosa que parecía ligera y muy, muy cómoda. Viendo que el precio se adecuaba a mi presupuesto, entré en el establecimiento y me la probé. Al verme en el espejo de ese minúsculo probador, me gustó y me gusté. “Si se desabrocha este botón, le da un tono más desenfadado, no tan serio”, me dijo la dependienta. Y así fui a trabajar al día siguiente, con la camisa nueva y el botón, desabrochado. No se veía nada, apenas unos centímetros de escote; simplemente, le daba a mi imagen un aire diferente. La jornada laboral transcurrió con total normalidad (mis compañeras me dijeron que me sentaba de maravilla y que estaba estupenda) hasta que un colega de rango superior, antes de empezar una reunión, se acercó por detrás y, sin esperarlo, me susurró al oído: “Chica, no veas cómo me gustas tan indecente”. Me volví sorprendida y enojada (no, señores, aquello no era un piropo, no vayamos a confundir los términos) pero sólo supe responderle que teníamos que aclarar ciertas cosas (sí, lo sé, debería haberlo mandado a la mierda pero no tuve coraje...). El hombrecillo volvió a su silla y, entre risas rijosas y con las mejillas coloradas, sin dejar de mirarme, parecía comentar la jugada con su compañero de mesa. Intenté olvidar el asunto y concentrarme en el contenido de la charla pero mi cabeza no dejaba de dar vueltas en torno a esa maldita palabra tan arcaica pero tan estigmatizadora: ¡Indecente! ¡Indecente! ¡Indecente!

¿Indecente, yo?

¿Sensual? Sí. ¿Voluptuosa? También. ¿Seductora? Sólo en ocasiones especiales. ¿Frívola? Sólo cuando hace falta. ¿Indecente? …

No, señoras y señores, indecente, no.

Indecentes
son aquellos
que consideran la mujer como mero objeto
que piensan que las mujeres, en el trabajo, siguen siendo meros objetos
que prefieren unas buenas tetas a un buen cerebro (¿quién dijo que una mujer no puede tener ambas cosas?)
que, cuando ven a una mujer con buenas tetas y buen cerebro, la tachan de Dios sabe qué
que hacen del palo del churrero (por lo de caliente) su bandera
que confunden el piropo con el insulto
que ponen etiquetas y no aceptan ser etiquetados
que disfrutan ninguneando, menospreciando y/o humillando al otro (y si es la otra, ni les cuento)
que hacen ver que son y nos lo quieren hacer creer (aquí, ya se me está yendo la cabeza por otros derroteros...)
que no admiten el error
que justifican su incompetencia y/o su vagancia desprestigiando a los demás (y si se trata de las demás, ya se pueden imaginar de dónde vendrá tal desprestigio)
que se creen en posesión de la verdad
que dicen mucho y hacen poco
que dicen una cosa, piensan otra y hacen lo que más les conviene
que afirman ser sinceros pero no son valientes
que, después de la misa dominical, se saltan todos los mandamientos, especialmente el 10, pero también el 8, el 7, el 6, el 9...
que hacen de la crítica fácil su razón de vivir
que “chanchullean” con la vida, el trabajo y con los sueños de los demás
que pretenden inocular el respeto a través de la política del terror
que se muestran intolerantes e intransigentes ante la diversidad de opiniones
que se creen imprescindibles pero no necesarios
que confunden delegar con escaquearse
que necesitan un “cabeza de turco” para continuar con sus vidas
que se erigen en salvaguardas de los valores mientras arden en la hoguera de las vanidades...

¿Indecente, yo?

Quizás, pero al menos mi indecencia se "arregla" abrochando un botón...

sábado, 1 de septiembre de 2012

¿LA ÚLTIMA REFORMA?

A aquellas mentes privilegiadas (privilegiadas por los sueldos, pensiones, remuneraciones, dietas e indemnizaciones que reciben, no por otra cosa) que durante estos últimos años se han estado devanando los sesos para meternos a los ciudadanos de a pie -nosotros: esos simples, abnegados y cada vez más hartos mortales- en esta cruenta y eterna crisis y que ahora nos quieren sacar de ella con fabulosas reformas materializadas en inconsecuentes y contraproducentes políticas de recortes -en sanidad, en educación, en cultura, etc.-, rocambolescas e injustas leyes de despido,  subidas de impuestos y demás sospechosas argucias; a todos ellos, decía, les propongo una nueva y última reforma:

Recortes salariales, bueno, no, despido definitivo y sin indemnización ni nada por el estilo a todos aquellos cuya ocupación -y preocupación- debería ser velar por el bien común y garantizar por encima de todo el bienestar de los ciudadanos que están bajo su auspicio y que, sin embargo, han demostrado con denodado esfuerzo, probada solvencia y sobrada profesionalidad:

* que han olvidado por qué están ahí,
* que se han pasado por el forro lo que prometieron,
* que están imputados en alguna causa judicial (siempre juran que no han hecho nada pero si están imputados, por algo será, ¿no?),
* que son unos auténticos demagogos (hablan, hablan, hablan pero nunca dicen nada...),
* que se prodigan en mentiras y falsedades (aunque para mantenerlas y justificarlas tengan que recurrir a más mentiras y falsedades. Es el cuento de nunca acabar...),
* que no cumplen lo que prometen (aunque luego digan que nunca han prometido nada),
* que no son tolerantes con las opiniones y las ideas de los demás,
* que se piensan que están en posesión de la verdad,
* que se dedican a insultar de manera constante y sistemática a los que no están de acuerdo con ellos (por aquello de estás conmigo o contra mí),
* que consideran que una buena defensa consiste en un buen ataque,
* que practican el absentismo en sus puestos de trabajos (llámese escaño, despacho, etc.)
* que pretenden lucrarse con sospechosas acciones y transacciones,
* que se burlan de las necesidades y desgracias ajenas,
* que se aprovechan de la buena fe de los ciudadanos (y de la confianza y del desconocimiento y de la desesperación y de la desesperanza...)
* que son unos auténticos incompetentes, inútiles, lerdos a la hora de acometer sus funciones,
* que no saben cuáles son sus funciones ni se preocupan por saberlas,
* que no tienen ética ni moral ni escrúpulos ni conciencia a la hora de tomar decisiones,
* que no saben pensar ni dialogar ni llegar a consensos,
* que se jactan de su posición y de su cargo y abusan de ellos,
* que están convencidos de que pueden actuar con total impunidad por el simple hecho de ser quienes son, por el simple hecho de estar donde están,
* que no contemplan su cargo como una responsabilidad y un servicio a los ciudadanos sino todo lo contrario, que los ciudadanos estamos a su servicio,
* que ocupan un cargo sin tener en cuenta sus capacidades intelectuales, sus habilidades profesionales y su talla moral,
* que no saben hablar inglés (como mínimo),
* que creen que la política es igual a ambición y poder,
* que piensan que sólo se puede ejercer el poder prohibiendo las libertades (de expresión, de asociación, etc.) y amenazando (es lo que se llama política el terror, ¿no?),
* que piensan que para tener poder tienen que esconder, manipular y tergiversar la información,
* que utilizan los medios de comunicación para adocenar y manipular a los ciudadanos,
* que se aprovechan impunemente de esta crisis (ya se sabe, en río revuelto…)
* que todavía no saben el verdadero significado de términos como democracia, libertad, consenso, bien común, etc., etc., etc.,
* que, después de suplicar el voto con promesas falsas y falsas complicidades, cosifican a los ciudadanos, los desprecian, los ningunean y, lo peor de todo,
* que consideran que somos unos auténticos idiotas.

Seguro que me faltan más puntos pero, ¿qué les parece esta reforma? ¿Cuánto dinero creen que podemos ahorrar? ¿La aprobamos, aunque sea por decretazo?

sábado, 2 de junio de 2012

LA NIÑA DE COLORES (cuento infantil. O no)

Érase una vez, no muy lejos de aquí, en medio de un azul y profundo mar, un lugar llamado Grisla. Como el resto de las islas, ésta tenía sus playas, sus palmeras, sus montañas y sus valles, su embarcadero y su pequeño y peculiar pueblo que daba nombre a este trozo de tierra. Se trataba de un pueblo pesquero, con sus calles y callejuelas, su plaza, su mercado, su colegio, su parque de juegos, su iglesia, su ayuntamiento... y sus gentes: hombres y mujeres que trabajaban, compraban y cuidaban de sus hijos; abuelos y abuelas que paseaban y se sentaban en la plaza o en el parque donde se entretenían los más pequeños del lugar y niños y niñas que iban al colegio y a la playa, los pescadores, los tenderos, el alcalde...
Pero, a diferencia de otras islas que salpicaban el ancho mar, Grisla se caracterizaba por ser toda ella, enterita, de color gris. Grises eran sus playas y sus montañas; grises eran su cielo, su mar y su sol; grises, las calles y las casas de su pueblo y grises también, sus habitantes. Pero, no solamente el aspecto de la isla adquiría esta tonalidad apagada y triste. También el corazón de sus gentes estaban de este color... Los mayores iban a trabajar con prisas, aburridos y siempre mirando al suelo. Los abuelos se limitaban a vigilar a los nietos o a mirar al resto de los vecinos y los niños apenas jugaban ni reían. Parecía un pueblo fantasma, aburrido, sin alma. Era un pueblo sin pasado ni presente ni futuro. Ni en las calles, en el mercado o en las playas se oía el jolgorio de sus habitantes y los parques no parecían lugares de juego. Por muy pequeño que fuera el pueblo y por mucho que se conocieran, los vecinos apenas se saludaban o hablaban entre ellos y los niños no jugaban juntos. Sólo se miraban unos a otros de manera furtiva y huraña. Cada uno iba a lo suyo, cada uno de los habitantes de la isla estaba encerrado en su propio mundo, nadie compartía nada con nadie y nadie ayudaba a nadie.

Un buen día, llegó a la isla un matrimonio con su hija, Patricia, de enormes y expresivos ojos y el pelo recogido en una simpática coleta con un lazo de colores, para hacerse cargo de la panadería del pueblo cuyo dueño había fallecido. Los tres formaban una bella familia, una estampa preciosa que, sin embargo, tenía algo especial... En el barco, a medida que se acercaban al embarcadero, se dieron cuenta de algo extraño. En medio del inmenso mar azul, les sorprendía el tono grisáceo y apagado que reinaba en toda la isla. Esperaban ver el dorado de sus playas, el verde de sus árboles y sus montañas, el rojo de los tejados, el amarillo del sol y una infinidad de colores en sus flores y en sus gentes. Pero no. Todo era gris, sólo de color gris...

—Mamá, creo que no lo voy a pasar bien en este pueblo —decía Patricia apoyada en la barandilla del balcón de su nueva casa—. Mira qué cara llevan las personas. No sonríen, no se hablan...
—No digas eso —contestaba la madre mientras se asomaba también a la calle para comprobar lo que decía su hija—. Seguro que no es tan gris como parece. Tenemos que darnos tiempo, cariño, para adaptarnos al pueblo y a la manera de ser de sus habitantes.
—Pero, fíjate, mamá —replicaba la niña desoyendo las palabras de su madre—, la ropa es de color gris, las casas y todo lo demás son de color gris, ¡todo es de ese color! ¡Todo parece triste y aburrido!
—Tranquila, hija mía. No te preocupes. Ya verás como no significa nada. Ya verás... —pensaba la madre en voz alta confiando en que todo se tratara de una simple ilusión óptica—. Todo es cuestión de confianza y optimismo.

En medio de tanto color aburrido y apagado, aprovechando el buen tiempo y las vacaciones de la chiquilla, los tres ofrecían todo un espectáculo de color y alegría a las gentes del pueblo. Cuando podían, entre bromas, risas y besos, iban los tres a pasear por el embarcadero o a jugar en la playa y, cuando sus padres tenían que trabajar en la panadería, Patricia iba al parque que había cerca de allí. Con sus pantalones rojos, su camisa de cuadros multicolores y su lazo como el arco iris, Patricia llevaba sus juguetes para compartirlos con los demás niños e intentaba hablar con ellos. Pero los niños, ante tan sorprendente actitud de la recién llegada, echaban a correr. También se asombraban cuando la oían reír mientras se columpiaba alto o se deslizaba por el tobogán. Patricia no entendía nada, ¿por qué no querían jugar con ella?, ¿por qué no jugaban o hablaban, al menos, entre ellos?, ¿por qué no se reían?, ¿por qué era todo tan gris?
—No quiero ir a jugar al parque. Los niños no quieren jugar conmigo y me miran como si fuera un bicho raro —comentaba Patricia a sus padres cada vez que venía del parque.
—¿Por qué dices eso? —sus padres sabían perfectamente lo que quería decir su hija. También ellos lo habían notado en la panadería—. Dales tiempo para que te conozcan un poco. Es cuestión de confianza, optimismo y paciencia y tú tienes todo eso, ¿verdad?
—No papá. Son niños tristes, apagados, aburridos. No se ríen, no juegan, no hablan, no se divierten y yo ya no sé qué hacer... —decía Patricia desanimada—. ¿Cómo pueden vivir en un mundo tan gris? ¿No se dan cuenta de que no son felices? ¿No saben que con una sonrisa se vive mejor? ¿Cómo pueden vivir sin hablar con los demás, sin compartir, sin ayudar? Es lo que siempre me habéis dicho... ¿Qué puedo hacer?
—Es verdad. Te lo hemos enseñado porque creemos en ello —contestaba el padre intentando convencer a su hija de lo correcto de sus ideas—. ¿Sabes lo que puedes hacer? Sé tú misma, Pat. No cambies. Limítate a ser tú misma. Entre tanto gris, sé una niña de colores...

Y así hizo Patricia. Decidió seguir yendo al parque con sus juguetes, su ropa de colores y su pelo recogido en un lazo como el arco iris. Siguió intentando jugar y hablar con los demás niños y siguió riendo mientras se columpiaba alto o se deslizaba por el tobogán. Tampoco sus padres desistieron en el intento de hablar con los vecinos y ofrecerles, además de una barra de pan, la mejor de sus sonrisas.
Cuentan las gentes que, poco a poco, esa tonalidad que reinaba en toda la isla fue desapareciendo para dar paso a toda una gama de tímidos colores. Así, los habitantes de Grisla pudieron advertir el suave verde de las montañas y los valles, el azul casi transparente del cielo y el mar, el amarillo pálido de unos vergonzosos rayos de sol y una infinidad de colores increíbles que inundaron hasta el último rincón de la isla. Ante tal mágico y sorprendente cambio, los habitantes del pueblo empezaron a hablar entre ellos intentando encontrar el origen o la razón de tan magnífico y espléndido acontecimiento. Los niños jugaban a adivinar nuevos colores y se reían al descubrir o inventar tonos diferentes
Con el tiempo, Grisla se fue convirtiendo en un lugar lleno de alegría, optimismo, futuro y... colores, muchos colores. Los vecinos, cada vez, se comunicaban más entre ellos, reían, hablaban, se ayudaban y compartían todo lo que tenían y Patricia cada día era más feliz. Pero no estaba del todo satisfecha. Sí. Efectivamente. Las gentes habían cambiado. Los colores habían pintado la isla pero los colores eran todavía muy pálidos y claros. Patricia pensaba que faltaba algo pero no sabía qué. Hasta que ocurrió el milagro...
Un buen día, cuando las risas y la alegría ya se habían convertido en algo normal y cotidiano, empezó a llover en la isla. Las gotas eran de un azul transparente que apenas se percibía. Patricia decidió ir a jugar en los charcos con sus amiguitos y salió a la calle con su chubasquero, sus botas de agua y su paraguas, cómo no, de colores. Sin que nadie pudiera explicárselo, las gotas de agua que caían sobre el paraguas de Patricia salían rebotadas en forma de cascadas de purpurina que, al posarse en cualquier superficie, hacían que ésta adquiriera un tono más brillante e intenso. Poco a poco, mientras la simpática niña chapoteaba en los charcos, junto con los demás niños, todo el pueblo se fue convirtiendo en una auténtica postal de resplandecientes y llamativos colores que brillaban todavía más con los centelleantes rayos de un generoso sol acompañado de un majestuoso arco iris que decidieron salir después de aquella mágica tormenta de verano. Nadie se lo podía creer. Todos comentaban lo sucedido. No podían encontrar una explicación razonable a tan admirable milagro. Cada uno daba una razón. Sólo se ponían de acuerdo al decir que aquella transformación del pueblo coincidía con la llegada de aquella niña de expresivos ojos y corazón de oro, la niña de colores...

Cuenta la leyenda que, después de unos pocos días, cuando la gente todavía se reunía en la calle o en la plaza para comentar el milagro sucedido en la isla, el alcalde decidió convocar a todos los vecinos para anunciar algo importante. De todos era conocido el extraordinario cambio que se había producido en Grisla. Había dejado de ser una isla gris, apagada, triste, aburrida, sin alma, para ser un lugar mágico, lleno de colores, alegre, optimista, generoso y agradable. Era evidente que aquel trozo de tierra en medio de la inmensidad del mar no podía continuar llamándose de aquella manera. El nombre de Grisla ya no reflejaba el nuevo estado de la isla y de sus habitantes. Era urgente cambiarle el nombre. Y, en medio de murmullos y comentarios entre unos y otros, surgió la dulce voz de Patricia:
—Es verdad. Todo ha cambiado. Ya no es una isla gris ni triste. Ya no se puede llamar Grisla. Ahora, ya somos felices, ya hay optimismo, la gente habla, sonríe y juega. Ahora, las cosas ya tienen color, ya tenemos sol y arco iris. —Y, después de permanecer un rato callada, provocando la expectación de los allí presente, continuó diciendo—: Ya que el arco iris ha cubierto nuestra isla, arco iris, isla de arco iris, isla de iris... ¡Ya lo tengo! Irisla, se va a llamar Irisla.
—Así, todo el mundo sabrá que nuestra isla es una isla de colores. Una isla bendecida por el arco iris –aprobó el alcalde, mirando a Patricia con simpatía y complicidad, entre los aplausos y vítores de los vecinos-. Irisla. A partir de ahora, nuestra isla será conocida en todo el mundo por sus colores y su alegría. A partir de ahora nuestra isla se llamará Irisla.