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domingo, 11 de noviembre de 2012

10 AÑOS DE DIFERENCIA (del morbo a la normalidad)

Un domingo cualquiera, como este domingo, por ejemplo. Un domingo entero por delante, mi chico y yo, día nublado, lavadora puesta, cansancio acumulado, prensa dominical, sofá mullidito, manta de la abuela, empieza a chispear y... ¿qué más? Aperitivo, por supuesto. Hazlo tú mientras yo selecciono algo de música, me dice distraído. A falta del típico, buenísimo y caro aperitivo “Espinaler”, preparo con gracia unos pinchos 3A (¿no saben qué es? Les cuento, es muy sencillo de hacer: cogen un bote de corazones de alcachofas, una lata de anchoas y otra de aceitunas. Con un palillo van ensartado un elemento de cada tipo , lo riegan con una mezcla de vinagre y pimentón de la Vera, y, ¡voilà!, ya tenemos un pincho 3A, o sea, de alcachofa/anchoa/aceituna), unas tostaditas con queso aderezado con aceite de oliva y pimienta, y unos berberechos de lata. De beber, un verdejo bien frío. Pongo un mantelito mono en la mesita del salón, las copas y los platillos con las viandas mientras él trastea en el despacho. Sirvo el vino y él aparece con un cd escondido entre los brazos. ¿Qué vas a poner?, pregunto intrigada. Creo que no lo conoces; es genial, responde él . A la par que pego un primer mordisco a la tostada de queso, suenan las primeras notas de una música que sí reconozco pero que, efectivamente, me resultan muy lejanas: soul, voz ronca, ritmo, letras románticas y Barry White. ¿Se acuerdan? Mi chico, mientras degluta el pincho de alcachofas/anchoas/aceitunas, empieza a hablarme de sus tiempos de discoteca, de cuando sonaban en las pistas Dona Summer, Bee Gees, Barry White, Pink Floyd, Elton John, Eric Clapton, Tina Turner. ¿Cuánto hace ya de eso? ¿Cuántos años tenías tú? A ver, déjame pensar..., le respondo mientras saboreo el verdejo, bien frío, y me pierdo en el cielo nublado de este domingo. Dices que era alrededor de 1975, ¿no? A ver, yo nací en el 69, pues... No puedo acabar la frase. Mis cábalas me devuelven a mi cruda realidad, una verdad que siempre obvio. Joder, responde él por mí, se me había olvidado. Sí, cariño, cuando tú tenías dieciséis años y ya recorrías las discotecas, yo era una cándida, inocente y pueril criatura de ¡¡¡seis añitos!!! ¡¡¡¡Qué fuerte!!!!
Mi chico y yo nos llevamos diez años y siempre se nos olvida que:
Cuando él ya conocía a artistas internacionales, en mi casa todavía se oía a Sergio y Estíbaliz, Camilo Sexto, Raphael, Lola Flores, Cecilia, Las Grecas.
Cuando él ya combinaba el trabajo (por la mañana) con los estudios de FP (por la noche), yo todavía andaba por 3º de EGB (¡esto sí que suena fuerte!).
Cuando él ya despotricaba de los curas (por sus malas experiencias con ellos, como un montón de chicos de su época), yo, superconvencida, todavía decía que de mayor me iba a hacer monja.
Cuando él ya tenía sus primeros escarceos amorosos, yo todavía jugaba con el Baby Mocosete y el Nenuco.
Cuando él iba de discotecas con sus colegas, yo iba al cine con toda mi familia a ver Tiburón I.
Cuando él ya corría delante de los grises, yo no tenía ni idea de política y de quién era ese señor bajito de bigotillo respingón y voz ridícula. 
Cuando él echaba sus primeras caladas a los Celta, yo todavía bebía el trinaranjus en pajita.
Cuando él llevaba su corbata de cuero gris y su cazadora a juego para estar más guapo y así poder ligar más (sin comentarios), yo todavía llevaba uniforme azul marino y calcetines blancos.
Cuando él se alegraba de la muerte de ese hombrecillo porque no le dejaba estudiar tranquilo, yo sólo recuerdo que tuvimos fiesta en el cole.
Cuando el probaba sus primeros tragos de alcohol, yo no tenía ni idea de chupitos ni de combinados ni de otras cosas, claro.
Cuando él ya podía ver películas y series televisivas con dos rombos, yo todavía me entusiasmaba y lloraba con Marco, Heidi...
Cuando él se echaba su primera novieta, yo tenía el póster de Los Pecos colgado en pared de mi habitación y soñaba con casarme con el rubio.
Cuando él ya decía sus primeros "tacos" serios, yo todavía pensaba que decir "teta", "culo", "caca" era pecado y que me iría derechita al infierno sin pasar por el purgatorio.
Cuando él ya leía a Hermann Hesse (Siddartha), yo todavía leía los tebeos de los domingos.
Cuando él compró su primera caja de condones, a mí todavía me explicaban el dichoso tema con la historia de la abejita y la flor (de nuevo, sin comentarios).
Cuando el cobró su primer sueldo serio, yo todavía echaba lo que me regalaban mis tías y mis abuelos por mi cumpleaños en un cerdito de barro.
Cuando él probó por primera vez el porro, mis únicos conocimientos sobre "flores aromáticas" se reducían a la manzanilla que me daba mi madre cuando tenía dolor de barriga.
Cuando él ya hacía números para independizarse, yo saltaba de alegría porque -después de varios años suplicándoselo a mis padres-, por fin, me "independizaba" de mi hermana pequeña y tenía mi propia habitación.
En fin. Que, cuando él tenía 25 años, yo era una adolescente -con acné y mil complejos- de quince años.
¿Se imaginan? No me dirán que no es fuerte... Incluso suena a morboso y a perverso, ¿verdad? Supongo que les vendrá a la mente un montón de sucesos provocados por esa diferencia de edad, ¿no? A mí, sí. No se lo voy a negar. Si me lo hubieran dicho a los quince años, si alguien me hubiera comentado que acabaría con un hombre diez años mayor que yo, le habría tachado de loco, de insensato. ¿Yo?, ¿con un vejestorio diez años mayor que yo? ¡¡Ni soñarlo!!
Pues ya me ven... Aquí estoy, un domingo cualquiera, con el cielo cubierto y la manta sobre mis piernas, junto a este hombre diez años mayor que yo. Mientras sigo dando cuenta del vino y del pincho 3A, mientras sigo escuchando a Barry White...
we got it together did'nt we
nobody but you and me
we got it together baby
my first, my last, my everything
and the answer to all my dreams
you're my sun, my moon, my guiding star
my kind of wonderful, that's what you are
i know there's only, only one like you
theres no way they could have made two
you're you're all i'm living for
your love i'll keep for evermore,
you're the first my last my everything
in you i've found so many things
a love so new only you could bring
can't you see if you,
you'll make me feel this way
you're like a first morning dew on a brand new day
i see so many ways that i can love you
till the day i die........
you're my reality yet i'm lost in a dream
you're the first my last my everything
pienso en lo afortunada que soy al haberlo encontrado en mi camino, pienso en lo felices que somos y en lo bien que nos compenetramos, en lo provechoso y tranquilizador que resulta llevarnos diez años (diferencia de perspectivas, de puntos de vista, de maneras de enfrentarse a los problemas, de gestionar las emociones...) pero, sin poder evitarlo, una duda planea por mi cabeza: si durante muchos años, esa diferencia de edad provoca inquietud, morbo, miedo, e, incluso, puede ser objeto de perversión y de denuncia, ¿cuándo pasa a considerarse normal en una relación de pareja?



domingo, 14 de octubre de 2012

¡UNA DE BRAVAS! (o el secreto de "La Pubilla del Taulat")

Pues sí, lo han adivinado. Otra vez vuelvo a hablar de comida. Qué le voy a hacer si es mi perdición, mi vicio, mi placer no oculto. Lo reconozco. Me pierden mi boca y mi estómago porque, para mí, no hay nada mejor que unas buenas viandas para saber que la vida vale la pena; que, a pesar de todos los problemas y los sinsabores, todavía tenemos ganas de reunirnos ante unos platillos llenos de sabores y otras sensaciones, echar unas cervezas y unas risas. No es que tengamos ganas, es que necesitamos hacer un alto en el camino, bajarnos del tren del estrés, de las preocupaciones y de las prisas, y dedicarnos tiempo y placeres para aquello que llaman “desconectar”. En definitiva, darnos un homenaje, que bien lo merecemos.
Y es en este contexto en que “La Pubilla del Taulat” encuentra su razón de ser: un oasis en medio del desierto, un lugar de solaz y de recreo, un rincón de música y de risas, de tranquilidad y apetitoso ajetreo. Vamos, el auténtico aperitivo dominical.



Caracolas salpicadas de aceite y vinagre, gambas saladas, chocos, montaditos de tomate seco y anchoa, croquetas de boletus, lacón, boquerones en vinagre, y la estrella de la casa, la niña bonita, las patatas bravas: esto es lo que se ofrece en esta bodeguita de 1886. Puedo prometer y prometo que he probado un montón de bravas en mi vida (mis curvas lo avalan); puedo prometer y prometo que allá donde voy siempre pido patatas bravas (como si no hubiera otra cosa, sí, es de juzgado de guardia) y puedo decir con toda seguridad (no les miento) que las de la Pubilla son unas de las mejores, sino las mejores, que han pasado por mis pupilas gustativas y por las yemas de mis dedos (venga, sí, lo digo, me encanta rebañar el plato con el dedo y chuparlo con fruición para saborear hasta la última gota de salsa). Y es que Miguel es el maestro de las bravas (aparte de ser un bravo maestro, claro está). Patatas recién hechas (nada de recalentadas o refritas, no) y una salsa que quita el sentido (nada de mayonesa y ketchup, no; nada de alioli y tabasco, no. Su salsa es de auténtico “gourmet”). Cada vez que vamos mi pareja y yo, solos o con amigos (porquel, cada vez que viene alguien, lo llevamos allí. Apuesta segura, créanme), y las pedimos, especulamos con los ingredientes -¿de qué estará hecha esta jodida salsa que está tan buena?, ¿de huevo y trufa?, ¿de huevo, aceite y almendras?-, y cada vez que le digo a Miguel que me dé la receta, me responde con su sonrisa picarona y con un “a ti te la voy a decir, ¡ja!”. Lo confieso: me tiene loca con su secreto.
Recuerdo la primera vez que aterrizamos en esa esquina llena de sabor y de tradición, hace ya más de diez años: Una de bravas y dos cervezas, dije yo a aquel chico que se había acercado con cara seria (con el paso de los años, descubrí a un Toni irónico, lleno de chispa, y un experto en tirar las cañas). A esas cañas y a ese platillo de patatas con aquella salsa tan especial y diferente le siguieron varias cervezas más y más tapas hasta que dijimos basta. Vamos, que salimos doblados de allí. Y en seguida me sentí una más en el barrio porque, a ese domingo de prensa y aperitivo, le siguieron un montón de domingos y un montón de sábados y un montón de días de fiesta de guardar. Recuerdo una noche de bravas, cervezas y Mónica Naranjo a todo volumen; recuerdo a un Miguel desatado bailando detrás de la barra; recuerdo un aperitivo “especial” en la calle mi chico y yo; recuerdo a un Toni “bordando chascarrillos” entre risas; recuerdo la tradicional botella verde de sifón para hacer el vermú de toda la vida; recuerdo a la matriarca sentada en una esquina del minúsculo local, observando, disfrutando con el ajetreo del momento; recuerdo las mesas de blanco mármol y los antiguos dispensadores de cerveza y las botellas viejas llenas de polvo y de historias; recuerdo los nervios de Miguel y de Toni cuando los pedidos y las gentes se amontonan en esos pocos metros cuadrados...
Pero lo que más me gusta, lo reconozco, es cuando nos dejamos caer alguna tarde entre semana y la Pubilla está vacía y Miguel y Toni están tranquilos y se acercan y nos enseñan, orgullosos y satisfechos, las noticias que han salido del bar en la prensa o empezamos a hablar de viajes, de libros, de música, o nos contamos chistes y vivencias. En esas tardes tranquilas, con la copa de cerveza en la mano, también aprovecho para pasearme por la bodega que Jesús, el hermano de Miguel, tiene al lado de la Pubilla y llevarme algún vino diferente o varias botellas de ginebra...
Pensándolo bien, quizás el secreto, el verdadero secreto de “La Pubilla del Taulat” no esté en la salsa de las patatas bravas sino en el encanto de los que hacen de este lugar perdido entre la vorágine de Barcelona un auténtico remanso de paz para darnos una tregua y un homenaje...