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viernes, 15 de noviembre de 2013

NAVARRA EN ESENCIA


NAVARRA
SIERRA DE ARALAR
VALLE DEL RONCAL
SELVA DE IRATI
EL SEÑORÍO DE BERTIZ
VALLE DE BAZTÁN
EZKURRA


MADERA




UNA LUZ EN EL CAMINO
UN DESTELLO EN LA OSCURIDAD




TESOROS BAJO NUESTROS PIES



 NATURALEZA SALVAJE


Y UN REFUGIO

Buena gente, 
buena conversación, 
buen descanso, 
buenos paisajes, 
buenos caldos
y, especialmente, 
buen yantar...
¡Vive Dios!



Fotos de PedroClick


miércoles, 30 de octubre de 2013

PUENTE DE TODOS LOS SANTOS (o bienvenido al otoño)

Aquí estoy: de nuevo, haciendo la maleta. Me voy de puente de Todos los Santos o de Difuntos o de Halloween (que ya lo he escuchado, el puente de “jalougüin”, manda narices con la influencia extranjera). Pues eso. Lo dicho. Que me voy, que no me voy a disfrazar, que voy a encontrarme con la tradición de estos días. Vamos, que me han pillado preparando mi fin de semana largo, seleccionando la ropa que me voy a poner seguro y la ropa "por-si"... por si llueve (aunque he consultado mil veces la web del tiempo y sí, va a llover, seguro. Entonces, ¿por qué demonios no pongo esa ropa con la que me voy a poner sí o sí y quito otra? Yo no. Yo necesito llevarme medio armario para estar tranquila en el viaje: por si llueve, por si hace sol, por si hace demasiado frío, por si nieva... Si, total, sólo van a ser cuatro días. Si se me olvida algo, ya lo compraré por ahí. Tampoco me voy a la otra punta del mundo ni a un lugar remoto ni desértico ni dejado de la mano de Dios. Si sólo me voy al norte y está claro que ahí donde voy a ir habrá alguna tienda que otra, ¿no? Vamos, solo por si acaso. Pues, no, no pienso olvidarme nada. Me llevaré la misma maleta que cuando salgo para quince días o más. Porque la ropa va a ser de otoño o de invierno y ocupa el doble que la ropa de verano. Porque me voy a llevar tres pares de botas; es que no me gusta repetir. 

Y, además, ¿y si llueve? ¡Ah, bueno! Es verdad, que hemos quedado que va a llover seguro. Que no se me olvide el chubasquero y las botas de agua. Y, encima, hay que añadir el neceser. Me llevo el mismo neceser para tres días que para quince. Veamos: tónico facial, algodoncillos para la cara, crema antibolsas y antiojeras, crema hidratante, antiarrugas y coloreante (tres propiedades en una sola crema. A eso yo le llamo progreso e innovación; lo demás son tonterías); sérum para la noche. ¿Qué más? Crema corporal hidratante y reafirmante; otra crema para las manos y otra, para los pies; desodorante y perfume. Y menos mal que este mes ya he tenido la regla que si no... Más cosas: un pequeño botiquín: pastillas cremagrasas y aspirinas. Las primeras porque los puentes son para descubrir y disfrutar la gastronomía del lugar. Lo siento pero yo le veo así: ademá de la arquitectura, la naturaleza y la tradión religiosa y/o pagana, yo voy a comer. Ya lo he dicho. Las aspirinas son para las posibles y probables resacas que tenga debido a los caldos y espíritus también propios del liugar. Porque también voy a beber. Y es que llevo cuatro días haciendo dieta estricta con un solo fin: postres exclusivos de esta época del año, licores y bebidas espírituosas, vinos tintos, castañas, panallets, chuletones varios, setas, pan de pueblo, embutidos de la zona. ¿Sigo? Se me está haciendo la boca agua... Es que, para mí, estos días son los mejores de la época invernal: llegan los primeros fríos y, después de este largo verano que hemos vivido, me apetece mucho enfundarme los jerseys gordos de lana y los pantalones de pana, calzarme las botas con suaves calcetines, me encanta encasquetarme el gorro y ponerme los echarpes de cachemira. Necesito un edredón y un pijama de franela. Y atavida con mi kit barbie montaña o barbie capital de provincias (que para mí es lo mismo), me muero por perderme en uno de esos bosques del norte donde los colores adquieren vida y toman forma: la de las hojas, la de los troncos, la de los caminos, la de los tejados. Quiero ver, de nuevo, cómo el verde va dando paso, lentamente, sin prisa pero sin pausa, a los rojos, los amarillos, los teja, los naranjas, los marrones, estos son los colores del otoño (joder, que me estoy pareciendo al corteinglés). 

Pero es que es cierto. El gris de la ciudad, apagado, serio, impersonal, a unos cuantos quilómetros de distnci, se vuelve rojizo brillante, vivo, muy vivo. No hay nada como dejarse envolver por esos paisajes eternos y salvajes en los que cada paso es un decubrimiento, una nueva tonalidad, un nuevo aroma. Yo soy urbanita, lo reconozco, nunca lo he ocultado, me encantan las grandes avenidas, las tiendas, el ruido, las prisas, el tráfico, pero, de vez en cuando, solo de vez en cuando, necesito romper con todo, necesito alejarme de la urbe y adentrarme en esas selvas norteñas y dejarme llevar por el silencio, la luz y el sosiego; 

necesito escuchar el crujir de las hojas secas bajo mis pies o el sonido del viento frío sobre mi cabeza; necesito ver madera y musgo, oler a húmedo y a tierra y a bosque; necesito tocar la naturaleza; necesito recorrer calles ancestrales cubiertas de ancestrales piedras, entrar en alguna pequeña iglesia y oler a cera y a incienso, visitar algún cementerio de pueblo y recordar a mis muertos o sentarme en la plaza y observar. Solo eso. Pero, venga, sí, lo confieso, lo que más me gusta es, después de una caminata por esos andurriales (no más de dos horas no vayan a pensar mal, ¿eh?) es entrar en el casino o en el bar del pueblo, sentarme a una mesa de madera junto a los lugareños que beben su chatito de vino mientras intentan arreglar el mundo, y preguntar al viejo camarero si tienen algo para comer. Y justo, en este momento, empiezo a escuchar las trompetas celestiales: “Pues precisamente nos han llegado unos chuletones de buey para chuparse los dedos”. Empiezo a relamerme los labios. “Si lo desean, lo podemos acompañar de unos níscalos que prepara mi mujer, que son los mejores de la comarca”. Dios, cómo estoy disfrutando con esas sagradas palabras. “Para beber, tenemos un vino con cuerpo de una bodega de aquí cerca”. Ay, que estoy llegando al éxtasis. “Y de postre, por supuesto, las natillas caseras que hace mi hija para rendir homenaje a los muertos. ¡A los muertos! Pues menos mal... Están deliciosas, sobre todo si las acompañan con el vino dulce que preparamos aquí mismo”. Miro al hombre embelesada. Estoy en el cielo. Miro a mi chico (sí, el que ha aguantado mi maleta "por-si", el que ha aceptado mi enorme neceser, el que ha escuchado con resignación mis cantos a los colores de la naturaleza otoñal, el que me ha hecho mil fotos en medio de tanto verde y rojo. Si es que no me lo merezco). Sonrío diciendo que sí a todo. ¿A qué estamos esperando?
Lo dicho. Vuelvo al norte. No hay nada más que contar. Bueno, sí. Que se lo cuento a la vuelta.

viernes, 26 de abril de 2013

SIMPLEMENTE, NÁPOLES

Tu silueta se dibuja en el horizonte
y tu humanidad se erige,
majestuosa, imponente,
descarada,
entre luces y sombras.


Tu bahía me acoge
y me invita a penetrar en tu seno;
tu oscuridad sin luna
oculta tu tesoro,
accesible sólo a espíritus inquietos
y sabedores que nunca
podrán conocerte del todo,
conscientes de que tu esencia
sólo la pueden descubrir aquellos
que te viven,
te saborean
y te sufren.

Caos,
ruido,
suciedad,
código secreto
de sabores
y olores
 imposible de descifrar.

No importa.

Éste es tu encanto.
Callejuelas empinadas
preñadas de ropa tendida
y santos y vírgenes venerados
con flores y cirios
en continuo encendido.

Quizás sea éste tu secreto:
la devoción de los tuyos te protege,
tus gentes,
con sus plegarias y lágrimas, tejen
ese manto bordado de fe,
superchería y folclore
que te cubre y te hace eterna.
Y la Mafia.


Frutas
Flores
Basura
Ropa blanca,
limpia
Gasolina
Perfume barato
Cera ardiendo
Incienso
Perfume caro
Mar
Noche
Sol



Sal
Pesca
Sudor.
Y las cenizas
de la ya arcana,
inescrutable
y orgullosa
Pompeya
a las faldas
de su perpetuo castigador amante.

Nápoles,
inquieta,
elegante,
salvaje,
callejera,
estilosa,
ordinaria,
astuta,
puro Gambrinus.

Nápoles,
juguetona,
atractiva,
seductora.
Nápoles,
eterna.
Nápoles,

miércoles, 10 de abril de 2013

BELLEZAS


 ROSETÓN
Catedral de León
La luz que emana del exterior se filtra por la vidrieras e ilumina el interior de la Catedral.
Luz, color, silencio, histora, piedra, fe.
No se necesita nada más.


 CLAUSTRO
Catedral de León
Unas vidrieras de colores, una arquitectura gótica, sublime, y una piedra blanca confieren a este Claustro un halo de pureza, de simplicidad e invitan al recogimiento y a la admiración.

ARCOS OJIVALES
 Catedral de León
La simetría, la perfección, el equilibrio. Todo en su justa medida. No falta nada. No sobra nada.
Es el estilo gótico.

EL CAPRICHO
León
Carne de buey bien curada, tratada con cariño y con esmero.
Carne melosa, con todo su sabor, con todos sus nutrientes y sus secretos.
Un auténtico placer para todos los sentidos.
http://www.bodegaelcapricho.com/


 PAVO REAL 
Jardines de Valladolid
No hay palabras para describir, para comentar tanta belleza natural.
Sorprendente.


 
  CASA CONSISTORIAL
 Burgo de Osma (Soria)
Un día desapacible: lluvia, frío, y, de pronto, este juego de espejos.


 CALLE MOJADA
Burgo de Osma (Soria)
Lluvia, frío, procesiones anuladas, silencio, soledad, identidad.

 PREMONICIÓN
Entre Soria y Barcelona
Las nubes nos acompañan en el camino de vuelta.
Formas curiosas, extrañas, simbólicas, premonitorias: otra jornada de lluvia.


Fotos de PedroClick
http://pedroclick.blogspot.com.es/ 

jueves, 28 de marzo de 2013

SEMANA SANTA (o 50 razones para ir a Castilla-León)


1.- Viajar, viajar, viajar. Coger el coche (o el tren o el avión o el barco, da igual) y hacer kilómetros dentro de nuestras fronteras o fuera de ellas (eso también da igual).
2.- Conocer otras maneras de vivir, de comer, de disfrutar, de concebir la vida y, por supuesto, conocer otra forma de vivir y sentir la Semana Santa.
3.- Pasar de nuevo por Navarrete y comer otra vez en El Deportivo y volver a ver a Begoña y a Antonio (se lo recomiendo, son una delicia).
4.- Extasiarse con la imponente arquitectura de la catedral de Burgos, una auténtica joya de piedra: sus muros, sus columnas, sus torres, sus capiteles, sus arcos ojivales, sus arbotantes, su claustro. Toda una muestra del gótico en su máximo esplendor.
5.- Las nubes negras amenazando lluvia.
6.- Las procesiones de Semana Santa: atávicas, misteriosas, devotas, tradicionales.
7.- La cantidad ingente de confiterías tentando al visitante con la ingente cantidad de dulces típicos de esta época. Deliciosos.
8.- El Papamoscas de la catedral de Burgos. Esperar una hora en punto para ver en acción el singular y grotesco personaje en medio de tanta espiritualidad.
9.-. Las cofradías, los auténticos protagonistas de la Semana Santa por estas latitudes. Todo el año trabajando para que su procesión salga a la perfección. Viéndolas de cerca, se entiende tantas lágrimas cuando la lluvia impide que salga su paso.

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10.-Los pasos, verdaderas obras de arte preñadas de pasión, tragedia, sentimiento, lágrimas, sangre, pecado, sacrificio y salvación.

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11.- Los vinos de Ribera del Duero: puro cuerpo. Exquisitos.
12.- La tumba de Mio Cid. La literatura hecha realidad.
13.-Los penitentes, con sus túnicas, sus capirotes y sus cingulos. Morado, blanco, rojo, negro, azul...

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14.-La imponente catedral de León reflejandose en el suelo mojado de la plaza, un inquietante juego de espejos. Cuanta belleza.
15.-Las bandas de las cofradías, perfectamente uniformadas, un ejercicio de simetría, equilibrio, solemnidad  y compenetración. Todos sus miembros desfilando al unísono, poniendo melodía a la tradición y al folclore.



16.-Las vidrieras de la catedral de León para embriagarse de éxtasis, magia, historia, color, religiosidad, luz y fe.
17.- La cecina, el jamón, el lomo y el chorizo de León. ¡¡Sin palabras!!
18.- Los tambores retumbando en medio del silencio y de la oscuridad. Sobrecogedor.
19.- El tapeo por el Barrio Húmedo de León: patatas, embutido, revuelto de setas, ¡¡¡y gratis!!! Tres cervecitas y ya comes gratis. ¡¡¡Genial!!!
20.- Lengua de vaca. Sí, como lo oyen, bueno, como lo leen. Un tipo de embutido de la zona. Para mi gusto, áspero y bastante peculiar. Pero, ya se sabe, para gustos... ¡Lengua de vaca!
21.- Las manolas: luto, encaje, mantilla, rosario, peineta, tacones y sacrificio. Al final de la procesión, orgullo, satisfacción y un tremendo dolor de pies.
22.- Lluvia. Menos mal que dura poco.
22.- Pies descalzos portando enormes cruces de madera: los verdaderos penitentes.
23.- El olor a incienso.
24.- Un gin tónic después de la procesión: Lima, limón, naranja, fresa, jengibre, canela, pimienta, grosella, arándano, mil cositas entre cubitos de hielo, tónica y Ginebra. Un ritual que ríete tú de otros rituales.
25.-El peculiar uso de los pronombres: "Me le dejáis a mi", "ponla el abrigo".
26.- San Marcos: ahora, un parador de lujo; hace varios siglos, la cárcel del poeta barroco Quevedo; y, no hace mucho, durante la Guerra Civil española, cárcel, campo de concentración y centro de humillación, tortura y muerte. Una vergüenza para no olvidar.
27.- El Capricho, el templo de la carne de buey y, quizás, la verdadera razón de este viaje -¡para qué engañarnos!-. Disfrutar del gusto meloso de este animal y del ritual del dueño cortándola. (Sí, ya me he dado cuenta, esta es una Semana Santa de rituales) http://www.bodegaelcapricho.com/
28.-Los pavos reales de los jardines de Valladolid: soberbios, majestuosos, altivos, bellos, muy bellos.
29.- Una tregua: la procesión de la catedral Antigua de Valladolid.
30.- La liberación de los presos.
31.- Peñafiel, la cuna del Ribera del Duero, y su castillo, fiel y mudo guardián de sus cepas.
32.- El vino, como me ha dicho una experta en la materia, es materia viva y, como tal, necesita que se respeten sus elementos: reposo, silencio, temperatura y tiempo.
33.- ¿El mejor vino? No el más caro, no el más vendido, no el más premiado. ¿El mejor vino? El que más te guste, el que mejor que te siente.
34.- Más lluvia.
35.- Mis ojos no dan abasto: inabarcables extensiones de tierra, de cielo, de viñedos. "No falta objetivo, sobra horizonte", como diría el simpar Mario.
36.- El Duero. No necesita más comentarios.
37.- Las lecciones de geografía que estudiaba de pequeña, en vivo y en directo: el Pisuerga pasa por Valladolid; el Arlanzón, por Burgos; el Ucero, por Burgo de Osma; el Duero, por Soria, etc., etc., etc.
38.- Protos, Vega Sicilia, Arzuaga, Torres, los mejores caldos, al alcance de mi mano.
39.- Penitentes de caramelo, penitentes de chocolate, penitentes de barro, penitentes de juguete...
40.- El pan. Pan de pueblo, verdadero, sabroso, esencial.
41.- Los soportales de Burgo de Osma (ya vamos de vuelta).
42.- Los huevos de Pascua, de todos los tamaños, en todos los colores, adornados de mil maneras diferentes, decorados con mil motivos distintos.
43.- Uxama, el nombre romano de Osma.
44.- U2, Police, Michael Jackson, Luz, Revolver, Adele, Rolling Stone, Enya y muchos más que hacen más llevaderos y amenos los caminos.
45.- La imponente torre de la catedral de Burgo de Osma.
46.- Otro juego de espejos en la Plaza Mayor de Burgo de Osma.
47.- Castillos, murallas, torres defensivas, torreones, monasterios, iglesias, puentes y más obras arquitectónicas, testigos de toda una historia.
48.- Los ríos, ya desbordados.
49.- Mi compañero de viajes, divertido, ocurrente, curioso, con su cámara siempre a cuesta; mi compañero de viaje, amigo, amante, amado, leal, certero, siempre presente.

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Y la última razón: poder decir que yo estuve allí.
¿Acaso no son suficientes para plantearse pasar la Semana Santa del año que viene en estas tierras?




domingo, 22 de enero de 2012

SUR

Que vaya por delante que soy del Sur: mi ADN lleva un cachito de Sur, por mis venas corre la esencia del Sur, en mi piel llevo tatuados rincones del Sur y en mi retina, en mi memoria y -aunque suene cursi- en mi corazón, se han grabado a fuego momentos inolvidables en el Sur. Me gustan sus paisajes, sus playas, sus gentes, su manera de ver la vida, sus cervecitas al salir del trabajo, sus bromas, su gracia, ese deje tan peculiar que tienen y esa manera tan curiosa de explicarse y explicar la vida.

Hace unos cuantos años -bastantes, diría yo, aunque, para mí, fue ayer-, estaba yo una mañana en el aeropuerto de Málaga esperando a mi hermana que llegara de Dublín. Empezó a sonar el inconfundible ding-dong de antaño, ese que anunciaba el inicio de un aviso por megafonía: “Atención. Se ruega al dueño del automóvil SEAT 124 con matrícula Málaga...” (hasta aquí, todo correcto: sintaxis perfecta, dicción impecable, propia de un gran profesional; incluso, no parecía que estuviera en un aeropuerto del Sur. Hay que ver... qué manía esa de que los del Sur no saben hablar ni saben decir las cosas adecuadamente. ¡Bah! Topicazo, manía, prejuicio) “… haga uté er favó de exá su coxe a un laíto, que no pué salí la fregoneta”. Sí, ya lo sé, parece un chiste, pero no lo es. Esas fueron las palabras exactas. Que conste que me había propuesto no imitar el deje sureño pero, supongo que lo entienden, me resulta difícil no reproducirlo cuando recuerdo la anécdota. A lo que iba. No sé cómo ni por qué, pero el discurso había cambiado de rumbo completamente. En el aeropuerto, la gente seguía con sus cosas sin hacer caso del aviso pero se pueden imaginar mi cara de estupor al oír el final de aquel aviso. No me lo podía creer. Y allí, frente a la puerta de Llegadas/Arrivals, estaba yo descojonándome sola cuando me vio mi hermana con sus aires irlandeses. ¿Qué te pasa? Con lágrimas en los ojos, me limité a repetir “… haga uté er favó de exá su coxe a un laíto, que no pué salí la fregoneta”.

En otra ocasión, no hace mucho, estando de vacaciones en Ceuta (al sur del Sur), vi en el escaparate de una óptica (la de más solera, reconocimiento y profesionalidad de la ciudad) unas gafas de sol preciosas a un precio muy competitivo (vamos, las segundas rebajas). Entré para probármelas. Eran de pasta verde, con cristales verdes, muy extremadas y, no es por nada, me quedaban que ni pintadas. La dependienta, con su bata blanca de profesional y sus conocimientos también de profesional, me explicó detalladamente las gracias de las gafas con un vocabulario preciso y unas lacónicas expresiones. Vamos, de auténtica profesional de la óptica y de la oftalmología. Me las llevo. La mujer colocó las gafas en una funda rígida, lo metió todo en una bolsa y, cobrándome, me dijo muy amablemente: “Si tiene algún problema con ellas, no dude en traerlas, que, muy amablemente, se lo resolveremos”. Por favor, cuánta amabilidad, cuánta profesionalidad, cuánta seriedad... Al llegar a casa, muy contenta y satisfecha, quise compartir mi compra con la familia pero, al mostrar las gafas, me di cuenta de que la funda no cerraba bien, con ese efecto de cierre hermético y seco, sino que se quedaba ligeramente abierta. Ni me las probé. Volví a meterlo todo en la bolsa y, en cinco minutos, estaba de nuevo ante aquella dependienta, con su bata blanca, rezumando profesionalidad. Le expliqué lo que había pasado. Se acordaba de mí (menos mal) y, con una amplia y profesional sonrisa, empezó a inspeccionar la funda. Hizo el ademán de abrirla y cerrarla varias veces pero, en efecto, no se cerraba del todo con ese golpe seco característico de las fundas rígidas. La colocó bajo una lupa de gran aumento para dilucidar la causa de esa anomalía (lo digo así porque ésas fueron las palabras exactas), llamó a un colega para discutir el caso y, después de unos minutos, volvió al mostrador y, ofreciéndome de nuevo la funda estropeada, muy seria y convencida, me dijo: “Er poniente”. ¿¿¡¡¿¿Perdón??!!?? ¿Qué quiere usted decir? “Puéj eso, er poniente que ahora esta mú fuerte aquí”. Parpadeé varias veces y miré a mi alrededor buscando la cámara oculta. Esa dependienta, profesionalidad donde las hubiera y especialista en materia de óptica, estaba justificando el defecto de la funda con un simple, populachero (ese argumento ya lo había oído en el mercado, en la calle, pero en un establecimiento serio como aquél...) y sospechoso “Er poniente”. ¿Lo está diciendo en serio? Sí, lo estaba diciendo completamente en serio, completamente convencida de que esa, los malditos vientos de poniente, y no otra era la verdadera razón por la cual la funda de las gafas no podía cerrarse completamente y por la cual no me la podía cambiar. “Venga con la funda cuando tengamos levante y ya hablaremos”. Me quedé sin palabras y procuré que no se notara la cara de idiota que se me estaba poniendo. Cogí humildemente la bolsita de marras y salí de la óptica sin saber bien qué había pasado. Lo único que sabía era que si esto me pasaba en una óptica de Barcelona, les montaba un pollo de mil pares... Se lo juro.

Y hace poco, en un viajecito por la provincia de Cádiz, mi pareja y yo paramos en un bar de tapas para comer antes de coger el avión en Jerez. Teníamos tres horas por delante, lo que nos dejaba un buen margen para comer con tranquilidad, llegar al aeropuerto y facturar sin prisas ni agobios. El bar estaba abarrotado y pudimos encontrar en un rinconcito una mesa para dos. El camarero llegó enseguida para tomar nota. Por favor, dos de secreto ibérico, una fritura de pescado para dos, una ensalada de la casa y dos cervezas. Y, como si de Eco se tratara, escuchamos a grito pelao: ¡¡¡¡Dó zecreto, una de pejcaíto, ensalaílla i dó servesa”. Las cervezas y la tapa de ibérico llegaron enseguida pero, no sé por qué extraña razón, la ensalada de la casa (¿qué complicación podían tener unas hojas de lechuga, unos trozos de tomate, unas rodajas de cebolleta, un par de espárragos, un tronco de atún y unas aceitunas?) y la fritura de pescado (eso ya lo podíamos entender más) tardaban en llegar. Pasaban los minutos, el bar hasta la bandera y los camareros corriendo por el local llevando platos y copas de cerveza. Yo, apurando la bebida y con el brazo en alto para llamar al camarero. A la media hora larga, llegó la fritura de pescado. ¿Y la ensalada? Ej que la cosina está a tope... Vale, vale. Pero, es que tenemos un poquito de prisa. Le agradeceríamos que... Y, dejándome con la palabra en la boca (no hay cosa que más rabia me dé), el camarero se puso a vociferar ¡¡¡¡a vé esa ensalaílla pá la cuatro!!!! como si, de esta manera, dejara claro que él ya hacía su trabajo. Harta de esperar, cabreada como una mona -ofendida casi, por tanta falta de profesionalidad- y con la hoja de reclamaciones en mi mente, llamé al camarero y, con cara de pocos amigos, le pedí la cuenta advirtiéndole que todavía no había traído el plato de pescado y que el servicio había sido pésimo. Se lo confieso: yo esperaba, como mínimo, una rebaja en la factura, una disculpa y un chupito de la casa. Y, ¿saben con qué me salió? ¡¡Con un chiste!! Me contó un chiste el mú jodío, un chiste de camareros andaluces y tardanzas y retrasos. Hay que tener morro. Pero, como era tan gracioso (no sé si por ser del sur o porque era el chiste que siempre contaba cuando la clientela se quejaba por sus retrasos en el pedido), no pude evitar reírme. Lo peor de todo no fue eso. Lo peor fue que yo, olvidándome del enorme cabreo que llevaba encima, acabé contándole también otro chiste de catalanes...
Ya, en el aeropuerto, con la maleta facturada y a punto de embarcar, le seguía dando vueltas a aquello que sólo había sido una divertida anécdota. Pensaba que, en Barcelona, por eso mismo, ya habría pedido la hoja de reclamaciones...
Y es que no sé qué me pasa cuando voy al Sur. Como decía aquel anuncio: yo, para encontrar mi norte, necesito un poco de sur (o algo así)

miércoles, 2 de noviembre de 2011

DE PUENTE

Soy una urbanita. ¿Y qué? No pasa nada, ¿no? Dicen que es una nueva tendencia, una nueva tribu social. Existen los pijos, los góticos, los ecologistas, los cumbas, los latins... Pues, ya ven, ahora también tenemos los urbanitas, y yo, señores míos, soy una de ellos. No lo puedo remediar. Me gustan el asfalto, las grandes avenidas, los semáforos, el tráfico, las prisas, el metro, los escaparates y, ¡cómo no!, los restaurantes de diseño, esos lugares elegantes, minimalistas, caros –muy caros- decorados con materiales exclusivos y colores sobrios, donde te puedes encontrar perfectamente una orquídea en los lavabos y una delicatessen en la bandeja de la factura –será para hacerte más fácil y dulce el trago de pagar- y donde te sirven una hoja de rúcula, una alcaparra, un suspiro de foie y un tomate cherry sobre una fina e imperceptible –a la vista y al paladar- lecho de crujiente de tubérculo –o sea, patata frita corriente y moliente-, tres escamas de sal Maldon, dos doradas gotas –o sea, aceite- y exquisito polvo de pimienta, todo eso emplatado en una enorme e inmaculada vajilla y acompañado de un minúsculo panecillo de algún fruto seco. Todo muy bonito si no fuera porque esa sensación de exquisitez va siempre acompañada de una ¿sensación? de hambre que te empuja irremisiblemente al bar de la esquina para engullir sin miramientos ni modales un sabroso, grasiento, vulgar pero sustancioso pepito de ternera con una fría caña de cerveza...
Como iba diciendo, me considero una urbanita y, como tal, me gusta pasear por los barrios antiguos y las grandes avenidas de cualquier ciudad, ir bien vestida, con mis tacones, mis joyas –pequeñas pero buenas-, mi maquillaje discreto, sobrio, perfectamente en consonancia con el perfume, elegante, con connotaciones cítricas y un poso de sándalo y almizcle. Así soy yo, puro animal de ciudad. Y, como a toda urbanita, no hay nada peor que tu pareja te proponga, con todo el amor y toda la ilusión del mundo, eso de ¿y si este puente vamos a la montaña, cariño? Pero, ¿qué tiene de malo pasear por la ciudad, tranquilamente, tomar un aperitivo leyendo el periódico, comer fuera y después ir al cine como todo hijo de vecino? Me han hablado de una zona... Tengo muchas ganas de ir. Dicen que es precioso. Conmigo que no cuente, lo tengo clarísimo. Cuesta un poco llegar hasta allí pero vale la pena. Podemos aprovechar para hacer algún picnic, hacer senderismo, coger setas, castañas. Así desconectarás del trabajo. ¡¡¿¿Perdón??!! ¿Picnic?, ¿montaña?, ¿setas?, ¿castañas? ¡Parece mentira...! ¡Qué poco me conoce! ¿Desconectar en la montaña? Ni loca. Todo el mundo sabe que yo, para desconectar, sólo necesito un buen restaurante, un cine y una copa en algún local de moda... Ya me inventaré una buena excusa para no ir...
Pero no hay excusas que valga y, en un visto y no visto, me vi en un hotelucho de montaña (joder, si al menos hubiera reservado en un parador o en una de esas lujosas casas rurales...) ataviada con mi “kit barby montañera”: camisa de cuadros de tonos neutros, pantalón caqui con cremallera a media pierna y veinte mil bolsillos, botas de montaña recién compradas –que, aunque eran de color verde pistacho, me parecían la cosa más fea, pesada y poco favorecedora que una se podía llevar a los pies-, un foulard y un gorrito monísimo para la lluvia, todo del mismo color para ir bien conjuntada, mochila al hombro y un anorak que me convertía en el muñeco michelín con disfraz de camuflaje. Sólo me faltaba el pañuelo de los boy-scoutts. Ni maquillaje, ni joyas, ni perfume caro. ¡Qué pinta, por favor! Espero que nadie me vea en la montaña. Y allí, en medio de árboles, arbustos, matorrales, hojarasca y demás especies vegetales, estaba yo, con medio picnic a la espalda, cara de que me lo estaba pasando de coña y un sucedáneo de sonrisa, dispuesta a pasar la gran prueba de fuego. Ahora nos espera una media hora de caminata antes de llegar al riachuelo. No te preocupes cariño, yo estaré siempre a tu lado, me decía el que tantas veces me había jurado que me quería. ¿Dónde fueron a parar aquellos domingos tranquilos, de deliciosa lectura y agradable vermut en una terraza cualquiera de la ciudad? ¿Acaso habían sido un espejismo? ¿Alguien me podía explicar qué coño hacía yo disfrazada de experta montañera en medio de aquella expedición para ver una maldita cascada? ¿Dónde estaba la cámara oculta? ¿Quién había sido el artífice de tan estúpida gracia? No te preocupes por mí. Tú, como si yo no estuviera. Tú ve delante que yo iré a mi ritmo. Yo te sigo. Fue lo único que dije. Y, en efecto, sin mediar palabra, la expedición inició su recorrido en busca del riachuelo perdido y de la seta escondida. A los cinco minutos, ya estaba cagándome en todo, invocando a los dioses de la naturaleza para que me acompañaran en tan osada empresa. Él, delante, sorteando sin el más mínimo esfuerzo los diferentes obstáculos que uno se suele encontrar en un típico y tópico bosque: ramas, troncos, barrizales, socavones, rocas, matorrales, pequeños desniveles, todo sin dificultad aparente. Pero para mí, acostumbrada a caminar sobre asfalto plano –como mucho, adoquines en el barrio viejo-, aquel paisaje suponía un auténtico suplicio. ¿Cómo vas?, le oí preguntarme en varias ocasiones. De putísima madre, musitaba yo notando como me iba faltando el aire y las fuerzas. ¿Cómo lo llevas?, insistía el caballero varias pasos más adelante. ¿Que cómo lo llevo? Bien si no teníamos en cuenta el rasguño que me había hecho en el brazo con un arbusto, la torcedura que llevaba arrastrando por haber pisado mal una maldita piedra que alguien había puesto en mi camino, y el bofetón que me había dado una rama que, curiosamente, tampoco había visto por estar mirando constantemente al suelo. Muy bien, muy bien. ¿Ya debe faltar poco, no? Y una sonora carcajada irrumpió en el silencio de aquel vergel. No llevábamos ni diez minutos caminando y a mí ya me había parecido una eternidad. Si a eso le sumábamos que no podía ni con mi alma... Él iba tranquilo y feliz, no se cogía a ninguna rama para descender, no tropezaba con nada, no resbalaba, no se enredaba con nada... Y, encima, el muy "jodío" se podía permitir el lujo de silbar y cantar. Mientras, yo parecía estar viviendo un auténtico vía crucis. Conseguía disimular los resbalones, los tropiezos, los enredos con ramas impertinentes y algún que otro desequilibrio con la madre naturaleza pero, obviamente, tenía que llegar la caída. Y llegó. Estaba cantado. Colorada como un tomate (ojo con el desnivel, me había dicho él... Tampoco soy tan ciega, había pensado yo...), sentada en un barrizal, con el culo hecho polvo, la muñeca derecha dolorida y con una mala leche que no me aguantaba, intenté quitarle importancia al asunto. ¿Te has hecho daño, preciosa? Por supuesto que no me había hecho daño. No ha sido nada. Y lo de preciosa vamos a dejarlo, no estoy en mi mejor momento que digamos. ¿Necesitas ayuda?, me preguntó, complaciente, solícito, cariñoso, inocente y confiado. No, respondí yo orgullosa, casi ofendida. ¿Acaso alguien estaba poniendo en duda mis habilidades y capacidades para desenvolverme tranquila y satisfactoriamente en el ámbito forestal? Vi en el rostro de mi amado amante una sonrisa casi infantil pero mi ego, por los suelos, bueno, por el maldito barrizal de aquella maldita montaña, hizo que sólo viera una maquiavélica mueca en una mezcla entre Chucky, la niña de El exorcista y el niño de La profecía. Me levanté aparentando normalidad e intentando ocultar el dolor y las ganas de desaparecer de allí. ¿Seguro que estás bien? El pobre no era consciente de la dimensión y el calibre de sus palabras, no sabía que había traspasado la frontera... Lo miré con unos ojos que desprendían el mismo fuego que el de los infiernos pero él no pareció entender nada. Sólo yo era capaz de percibir el graznido lejano de un cuervo al acecho de un cadáver. Y no era el mío precisamente...
No fue media hora, como había dicho él. Con mi lentitud y mi caída, la expedición tardó en llegar más tiempo al riachuelo. Y, acto seguido, él pidió para comer. No era mala idea. Quizás así lograba olvidar el bochorno y la mala leche. Manta campestre, bocadillos de jamón, una bolsa de patatas, unas latas de berberechos y mejillones y una botella de vino. Qué buena pinta tenía todo. Sacacorchos y servilletas. Lástima de los tenedores y los vasos. No pasa nada. Total, estamos en la montaña. Cara de circunstancias y abnegación. Tranquila que por una vez que comas con los dedos y bebas a morro no te va pasar nada. Aquellas palabras del hombre, entre la broma y el consuelo, no hicieron otra cosa que aumentar mi mala hostia. Y, encima, todo ello acompañado de hormigas, alguna que otra lombriz, las arañas de agua y demás “amiguitos” del bosque. ¿Se acuerdan de aquel enorme plato, con un minúsculo pero exquisito bocado en aquel elegante, sobrio, caro, limpio y minimalista restaurante? Pues lo dicho. Para colmo de males, además de coger los berberechos con los dedos y beber a morro de la botella de vino, el concierto de jazz o música clásica fue sustituido por un concurso de ciertos ruidos corporales. Eso sí, en vivo y en directo, sin trampa ni cartón. No me lo podía creer. Vale que la naturaleza fomentara conductas naturales pero aquello era demasiado. No sabía qué hacer: escapar corriendo de tan esperpéntica postal, suplicar que un rayo me partiera en dos o unirme al cantante solista, que ganas no me faltaban...
Balance de tan fantástica jornada: ni una sola seta, unas cuantas “castañas” en mi trasero, algunos arañazos y magulladuras, la espalda molida por haber comido en una postura incómoda, las botas nuevas sucias de barro, cansada, harta de tanta montaña y con unas ganas locas de volver a “amorrarme” a un tubo de escape...