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lunes, 22 de abril de 2013

¡FELIZ LECTURA! ¡FELIZ SANT JORDI! ¡FELIZ ENCRUCIJADAS!

 I


Blanca se volvió por enésima vez. Sumida en un intermitente e incesante vaivén entre el sueño y la vigilia, quiso refugiarse en el calor del cuerpo de su marido, pero, al hacerlo, el brazo aterrizó, indolente, en ese lado de la cama todavía intacto. Lo palpó a tientas y, al abrir los ojos para cerciorarse de la ausencia, sólo vio los números del despertador que caían, rojos, refulgentes, amenazantes, en su negra realidad: las dos y cuarto de la madrugada.
En su inquieto duermevela, se retorció por debajo de ese apacible mar de flores y espigas de cretona pero, como ya hacía varios jueves, se encontró en medio de un gélido, silencioso y oscuro océano. En un intento de llenar ese vacío, se abrazó a la almohada de su marido pero tan sólo percibió el rastro de aquel aroma masculino que tanto le atraía y que hacía tiempo había empezado a desaparecer. Ya desvelada, volvió de nuevo a su sitio e, incorporándose, encendió la lámpara de la mesita de noche con la intención de leer un rato. El parpadeo de la breve luz de su teléfono móvil llamó su atención: “Esto va para largo...” La reunión. Hubiera querido esperarlo despierta. Siempre lo hacía. Y aquella ocasión bien valía la pena. Por Ernesto. No siempre el marido de una podía salir elegido número uno en las listas para las próximas elecciones municipales. Pero el sueño había podido más que la curiosidad. Pobre Ernesto. Meses y meses trabajando duro, intentando demostrar a los del partido que él era la persona idónea para ese puesto, mucho tiempo intentando convencerlos de que él podía ser un buen alcalde y no sólo por su apellido. Pobre Ernesto. Pobre ella, también. Meses y meses aguantando sus ausencias, sus respuestas ariscas y su eterna preocupación por conseguir lo que se había propuesto; demasiadas semanas intentando permanecer siempre en un segundo plano, discreta, paciente, en un frágil equilibrio entre la admiración y el sacrificio, la complacencia y el cariño. Ése era su papel y lo aceptaba sin reparos. Sabía que lo importante era él y lo quería por eso. Volvió a mirar el móvil: ni una llamada. Se le habrá olvidado. No pasa nada. Sabía perfectamente que, fuera cual fuere la decisión tomada, su vida estaba a punto de cambiar. Demasiado tiempo esperando el momento. Y parecía que el momento, por fin, había llegado. Volvió a mirar el despertador. Las dos y media. Cómo odiaba aquellos números encarnados y brillantes que delataban y dilataban esa sensación de abandono que se negaba a aceptar. No pasa nada. De nuevo, se le cerraban los ojos y, por un segundo, vio a su marido triunfador. No pudo evitar sonreír mientras echaba una ojeada a su alrededor: cuánto tiempo había pasado desde que entró por primera vez en aquella habitación, cuántas anécdotas vividas, cuántas ilusiones puestas. Apagó la luz. De nuevo en la oscuridad, un inesperado escalofrío recorrió su cuerpo. Se encogió entre los pliegues de las sábanas y, en ese preciso instante, la cama le pareció más grande, más fría, más vacía que nunca.

Ernesto abrió la puerta del dormitorio con sigilo y vio el cuerpo de Blanca levemente iluminado por un haz de luz procedente del distribuidor. Qué manía tenía de destaparse en mitad de la noche, con el frío que hacía a esas horas en la calle. Entró de puntillas y buscó la hora en el despertador digital. Las tres y diez. Qué tarde se le había hecho. Con la de cosas que tenía que hacer al día siguiente. Para no hacer ruido y despertarla, se fue quitando la ropa con cuidado, sin perder de vista la silueta dormida que tanta lo atraía, y, ligeramente excitado, se metió en la cama. Ya era viernes.
—Lo he conseguido. —Dejando fuera el crudo enero, Ernesto se había acercado por detrás al cálido contorno de su mujer y la abrazaba con todas sus fuerzas.
—Estaba preocupada por ti —musitó Blanca, acoplándose como una gata coqueta al perfil cóncavo de su marido al sentir aquel roce inesperado.
—Lo siento, cariño; se me ha echado el tiempo encima —le decía al oído mientras su rostro desaparecía en la melena de ella—. Qué bien hueles.
—Tendrías que haberme llamado. —Aquella susurrante voz femenina, en la penumbra, sonaba cálida, dulce, y eso lo encendía todavía más. Con un movimiento certero de pelvis, Ernesto se pegó con decisión a la espalda y le apretó los pechos con ímpetu—. La próxima vez, dime algo, aunque sea sólo un mensajito.
—Ya sabes cómo son los del partido. Se han empeñado en celebrarlo... —La mano de Ernesto se deslizaba de arriba abajo por debajo del camisón de seda siguiendo la senda trazada del cuerpo de Blanca hasta acabar debajo de las bragas y, mientras adivinaba en la oscuridad los recovecos más ocultos, sentía cómo ella, soñolienta, se retorcía sinuosamente dejando escapar breves jadeos —. Lo he conseguido, cariño.
—Lo sabía. No sabes cuánto me alegro. —Blanca se volvió sobre sí misma y se acurrucó contra el torso de su marido. Con los ojos completamente abiertos y una amplia sonrisa, buscó el rostro de él y empezó a cubrirlo con pueriles, breves y suaves besos mientras le daba la enhorabuena—: Felicidades, te quiero, eres el mejor, te quiero, el más guapo, te quiero...
Ernesto permaneció quieto, sonriente, dejando que su mujer lo besara y lo abrazara como una adolescente hasta que, como impelido por un resorte automático, de golpe, se separó de ella y, serio, la miró fijamente.
—Es viernes. —La besó con fuerza, metiéndole la lengua en la boca y, en un movimiento ágil y un tanto brusco, se puso encima de ella. Blanca cerró los ojos. No le apetecía hacer el amor. Prefería hablar con él, abrazada contra su pecho, que le contara cómo había ido lo reunión, qué había pasado, qué le habían dicho, qué iba a pasar desde ese momento. Pero no dijo nada. Nunca decía nada. Simplemente, cerraba los ojos y se iba. Como cada viernes.
—Qué ganas tenía de follarte. —Ernesto, más activo, más viril que nunca, le mordía los pezones por encima de la suave seda e intentaba deshacerse del camisón con torpes gestos mientras su esposa se dejaba hacer—. Qué ganas...
Con falsa impaciencia, Blanca acabó quitándose las bragas y con su marido de rodillas sobre la cama encima de ella, aprisionándola con las piernas, esperó que la embistiera como hacía cada viernes por la noche. Sin embargo y contra todo pronóstico, Ernesto se quedó quieto, erguido ante su mujer mientras ella sentía en la piel los ojos ávidos del flamante candidato a alcalde cuya respiración, cada vez más agitada, iba rasgando poco a poco el silencio de la noche. Blanca mantuvo la mirada en contrapicado y, tumbada ante él, en esa posición entre sumisa y solícita, por unos segundos, lo admiró: con ese cuerpo masculino apenas esculpido a golpe de mancuerna; el pecho henchido, varonil y tatuado con breves segmentos de una tímida luna que ya entraba por las rendijas de la persiana, el miembro erecto apuntándola desafiante y todos los músculos en tensión, aquel hombre se le antojó, por un momento, un auténtico coloso y, durante otro rápido instante, recordó todo lo que aquella misma imagen, un tanto soberbia pero muy de hombre, le había provocado en los primeros meses de casada. Lástima que aquello durara tan poco y que en tan poco tiempo descubriera en qué acababa ese alarde de sexual hombría: el simple, mecánico y previsible quehacer de los viernes. Al principio, pensó que era culpa de ella pero prefirió no decirle nada. Más tarde, se planteó la posibilidad de que fuera de él y consideró prudente no decirle nada. Con el paso del tiempo, impelida por la costumbre y la desidia y amparada en la fantasía, resolvió no hacer nada para recuperar aquellas primeras noches de amor. Así, más de ocho años. Nunca se atrevió a explicarle lo que sentía o, mejor dicho, lo que no sentía. Pero a ella no le importó. A ella ya le iba bien. Era feliz porque lo quería, lo quería mucho, era su esposa y eso era lo único que contaba.
—Por fin lo he conseguido. —En aquellos momentos, lo vio como un héroe, alguien capaz de elevarla a las cotas más altas del placer y de la felicidad; sin embargo, desengañándola para siempre de ese idílico oasis con final feliz, el candidato se abalanzó sobre ella y, sin caricias, sin susurros, sin una maldita palabra que la excitara mínimamente y facilitara el trámite, la penetró. Y ella lo encontró más grande, más fuerte, más duro que nunca. Volvió a cerrar los ojos, suspiró y se abandonó a él mientras buscaba en su mente a aquél que la ayudaba a sobrellevar mejor la obligación marital, como le decía su madre. ¿Cómo se llamaba la película? La del joven que seducía a la protagonista madura. Mientras Ernesto la empujaba una y otra vez, demostrando un brío y una inspiración inusitadas, Blanca recreaba la escena en la que él, el amante sin rostro ni nombre, se encontraba con la respetable mujer, felizmente casada, y, en ese anonimato que podía conferir un bar repleto de gente, la ponía a mil con una mirada profunda, con palabras deliciosamente obscenas que la hacían sentir la más atractiva y experta entre todas las mujeres, con caricias no por suaves menos indiscretas, mordiscos en el cuello, proposiciones impensables... Eso sí que la ponía cachonda y, aunque se lo negaba como un terrible secreto, era su refugio y su salvación la noche de los viernes. En su mente reinaba aquella escena de la película, algo sobre la infidelidad, sin identidades ni voces: sólo un cuerpo femenino que quería volver a sentir y que alguien lo sintiera, sólo un cuerpo masculino que la seducía, la excitaba y la poseía. Así, con los músculos, cada vez más tensos, de su marido encima de ella y el crucifijo que subía y bajaba acompasadamente en el espejo del armario, la mujer del flamante candidato suspiraba de vez en cuando y aguardaba. Ése parecía ser su único cometido: esperar la gran exclamación final masculina acompañada del previsible, brusco y preciso movimiento de retirada a tiempo que le permitía presenciar cómo la inteligencia, el carisma, el saber hacer de su admirado Ernesto se derramaba, caliente, viscoso, blanquecino, sobre el vientre mientras permanecía quieta, como si la cosa no fuera con ella. Como cada viernes. Y ya le iba bien.
—Mi sueño, por fin, hecho realidad —pronunció Ernesto, todavía desnudo, cogiéndola por el hombro, al tiempo que se lo acariciaba cadenciosamente; ella, después de haberse limpiado con una toallita húmeda y con las bragas y el camisón puestos, jugueteaba con los caracolillos del vello del pecho. Debía faltar poco para que amaneciera y el dormitorio olía a semen. Blanca seguía oyendo las palabras de su marido como una melodía cada vez más lejana: A partir de mañana... Blanca se acordó de cuando lo conoció, qué joven era ella, qué inexperta y qué inocente. Te necesito a mi lado... Lo reconocía, él se lo había enseñado todo. Él la había moldeado a su gusto, había sido el primero y ambos sabían perfectamente que sería el único. Estaré muy ocupado… Y era consciente de que ese pensamiento, a su marido, le volvía loco de pasión. Cuando esto haya pasado... Y ella aprendió muy rápido y muy bien. No te preocupes por nada… Sabía que no había nada por qué preocuparse. Mañana viernes me despido de los de la asesoría… Él siempre estaba allí. A decir verdad, en los últimos meses, no tanto, pero era comprensible. Ella también estaba siempre a su lado, dispuesta, esperándolo. La comida y luego... Lo tenía todo. Te quiero, le susurró él, como cada viernes. Qué más podía desear.
—Yo también te quiero, cariño.

¿Te gusta?, ¿quieres leer más?, ¿quieres saber cómo irá?


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y ¡feliz lectura!




lunes, 2 de julio de 2012

¡¡¡VERANITO!!! (o mis libros para una isla desierta)

Con las maletas a medio hacer, el neceser casi completo, los mapas, las guías de viaje, la documentación a punto y a buen recaudo, busco entre las estanterías todos los libros que, durante este largo invierno -y otoño, y primavera- he ido comprando para leerlos este veranito que ya ha llegado. Este, este, y este, y este también. Demasiados. Y pesan demasiado para no tener ningún altercado con las dichosas azafatas a la hora de facturar en una de estas estupendas compañías low cost que te cobran por llevar cien gramos de más. No, si ya lo decía yo. No era mala idea eso del e-book. Para el año que viene, seguro que ya no tendré ese problema. Lo pediré para mi cumpleaños. Y tal y como está el panorama literario, no estará de más irse familiarizando con este soporte, que no con el arte de leer.
Pero no, no me voy a llevar ningún libro. No me acordaba ya que había pensado otros planes para mí en materia de lecturas. Les cuento.
Allá por el año 2006, creo recordar, mi cabecita empezó a sufrir un extraño fenómeno. Por algo que me contaron, una idea empezó a rondar por los pliegues de mi cerebro y durante mucho tiempo, sin yo quererlo, una historia empezó a fraguarse y una obsesión me fue persiguiendo día tras día, mes tras mes. Y así, incapaz de sacarme esos fantasmas de mi cabeza y de mi vida -personajes con nombres y apellidos, escenarios con sus calles y sus plazas, tramas con nudos y subtramas-, como si de una terapia se tratara, decidí ponerla por escrito. En un año, la tenía escrita e, ilusa de mí, hice un montón de fotocopias y las envié a las editoriales, pensando que eso sería cuestión de coser y cantar. Me contestaron algunas pero la mayoría respondió elocuentemente con el silencio.
Deduje que la novela era una auténtica mierda, pero no me rendí. Todo lo contrario. Como lo único que quería era perfeccionarla, me apunté a la Escuela de Escritores del Ateneu de Barcelona y, durante tres años, entre lecciones magistrales, consejos que no tienen precio, risas, muchos ejercicios escritos con sus jodidas correcciones -la única manera de aprender a escribir es escribiendo y corrigiendo-, y unas cuantas cenas y comidas sin igual, aprendí que el arte de escribir se basa, fundamentalmente, en reflexión (pensar, pensar y pensar la historia que quieras contar), trabajo, mucho trabajo (para aprender las técnicas, para perfeccionarse, para escribir y reescribir tantas veces como sean necesarias), ilusión, mucha ilusión (para no desfallecer nunca), algo de inspiración (porque para eso se llama arte, ¿no?) y muchísima humildad (porque, después de haber escrito una novela de 300 páginas, no te puedes creer alguien genial; y, porque después de más de 50 cartas y/o mails de rechazo, tampoco te puedes creer que no vales nada).
Y después de más de cinco años desde aquel flash en que me he encontrado de todo (coeditoriales que quieren sacarte hasta el último euro; informes de lectura hechos por, no se lo pierdan, ¡un cuidador de perros!; negativas justificándose en la crisis, maldita crisis; ánimos mil para seguie intentándolo), después de varias relecturas más, después de una infinidad de consejos y después de caer y volver a levantarme, he decidido intentarlo de nuevo. Por eso, no me llevo ningún libro de vacaciones. No. Rectifico. Me llevo MI libro, MI novela (y, por qué no decirlo, MIS ilusiones y MIS esperanzas) de viaje, para volver a leerlo, para volver a corregirlo y traerlo de vuelta con un aire nuevo. Y con esta nueva versión, colgarlo en el Amazon y venderlo por 2 euros (uno, para mí y el otro, para alguna ONG o Fundación, para ver si, entre todos, podemos arreglar un poquito este mundo que con la que está cayendo...).
En fin, estos son mis planes de lectura para este veranito. Pero no se preocupen. Aquí les dejo algunos de mis libros preferidos (unos leídos más de dos y tres veces) que me han acompañado en mis viajes y han hecho que mis vacaciones (además de PGF y su cámara, de los paisajes, los vinos nuevos, los descubrimientos y los mares) tengan un sabor especial (y no me refiero a la gastronomía típica del lugar, que también):

  • María DUEÑAS, El tiempo entre costuras (una deliciosa historia en un rincón muy conocido para mí. A la espera de ver la versión televisiva)
  • André GIDE, El inmoralista (un clásico transgresor que releo cada año)
  • Ryszard KAPUSCINSKI, Viajes con Heródoto (una auténtica guía de viajes con pensamientos y lecciones magistrales dignos de ser recordados)
  • Julio MEDEM, Aspasia. Amante de Atenas (todavía no lo he leído pero promete: la vida en la Grecia Clásica, la polis, la democracia, los primeros filósofos, todo visto a través de una mujer excepcional, Aspasia, la amante de Pericles)
  • Eduardo MENDOZA, El enredo de la bolsa y la vida (fresco, tremendamente divertido, ideal para llevárselo de vacaciones)
  • Olga MERINO, Perros que ladran en el sótanos (una historia de sufrimiento y desarraigo contada con maestría)
  • Teresa MOURE, Hierba mora (un momento de la vida de Descartes. Una delicia)
  • Azar NAFISI, Cosas que he callado (todo una vida en Teherán). También es la autora de Leer “Lolita” en Teherán (sencillamente, genial)
  • Mario VARGAS LLOSA, Travesuras de la niña mala (exquisita, sensual)
  • Stefan ZWEIG, Veinticuatro horas en la hora de una mujer (tan pocas páginas para decir tanto)
  • Más de mis “moritas” y “moritos”: algo de Atiq Rahimi, Nedjma, Muhammad Xukri, Kader Abdolah, Salwa al Neimi, Fatima Mernisi, Tahar Ben Jelloun, etc., etc., etc.
  • Y, por supuestos, los cuentos de mi admirada y añorada Mercedes Abad, de Empar Moliner, Javier Tomeo, Fernando Iwasaki...

Me falta un montón de títulos pero estos son los que me llevaría a una isla desierta.


Yo seguiré con lo mío. Quizás, en setiembre, cuando vuelva, pueda anunciarles una buena nueva...

LES DESEO UN FELIZ VERANO Y UNAS ESTUPENDAS VACACIONES 3D PARA :
Desconectar
Descansar
Disfrutar


domingo, 27 de noviembre de 2011

¡¡¡MANDA "GÜEVOS"!!!

8 años para estudiar dos carreras universitarias, títulos de idiomas, un postgrado en lengua, un montón de cursos de especialización y de formación y muchas horas de clases particulares y de sustituciones a lo largo y ancho de la geografía catalana.
En definitiva y en total, unos 20 años de experiencia en el ámbito docente.
20 años desgañitándome para hacer entender a los adolescentes (ellos, siempre ellos) lo importante que es tener una buena formación académica.
20 años reinventándome para inculcarles que la lengua es la base de la comunicación y del pensamiento y que, por ello, hay que valorarla, respetarla, aprenderla y utilizarla correctamente.
20 años “camuflando” la lectura para que les “entre” mejor, para que se den cuenta algún día de que, sí o sí, hay que leer bien. (Estos últimos años, el disfraz es el de las nuevas tecnologías. Veremos cuánto da de sí...)
20 años (bueno, un poco menos) pretendiendo que un puñado de chicos y chicas a punto de entrar en la universidad entiendan y acepten que hay otras maneras de ver las cosas, otras maneras diferentes a las suyas, y que nadie está en posesión de la verdad verdadera.
20 años defendiendo a ultranza, contra viento y marea, que no sólo es importante la ortografía (no nuestro único caballo de batalla) sino que también hay que esforzarse para conseguir un texto bien cohesionado, bien argumentado, bien explicado.
20 años (bueno, un poco menos) intentando convencerles con argumentos racionales que, para forjarnos un criterio y poderlo defender con solvencia y madurez, hay que leer mucho, hay que pensar mucho, hay que equivocarse mucho...
20 años estrujándome el cerebro buscando maneras, recursos y estrategias para hacer llegar el mensaje de que la filosofía es importante, es útil y es interesante y atractiva (vamos, que no es un palo, un tostón, un peñazo, una rallada, un coñazo, como suelen decir ellos).
20 años para que ellos mismos lleguen a la conclusión (no sé si alguno lo habrá hecho. Este constituye otro de los misterios de la Humanidad...) de que la Lengua, la Literatura, la Filosofía, así como la Historia, el Arte, la Religión, etc., son imprescindibles para entender el mundo y saber quiénes somos. Como dije un día en clase, para no ir “cojos” por la vida.
20 años de ilusiones, esfuerzos y esperanzas (que dicen que es lo último que se pierde. No sé yo...) de que el mensaje "cale"...
20 años que culminaron de golpe, como un bofetón, un buen día, al entrar en clase, en esto:

 



PD. Cuando le pedí explicaciones al “propietario” de la mesa, me argumentó con cara de no haber roto nunca un plato: “Pero, tú dijiste que la lengua y la filo servían para no estar cojos...”

¡¡¡Ole tus "güevos", capao!!!!

domingo, 2 de octubre de 2011

THE "CUL" MAGAZINE

Lo que son las cosas. No hace mucho, durante un encuentro con mis colegas, aspirantes a escritores, y mi profesora, embaucados por los exquisitos manjares y la elegante y serena belleza de la anfitriona, y embriagados por la simpatía, los vinos y los deliciosos gintonics -todavía por llegar- del anfitrión, surgió un tema de debate muy interesante y tabú en ese tipo de reuniones.
Estábamos hablando de lo que habíamos leído durante el verano, de las lecturas imprescindibles que nos esperaban este otoño, de los premios literarios, de nuestros proyectos de novela, de los autores que iban a marcar tendencia este invierno, cuando nuestra profesora volvió del lavabo entusiasmada con su particular descubrimiento: “Estaba colgado en el radiador. Es genial”. Se trataba de un pequeño ejemplar, Lecturas para el baño o algo así, de lectura -valga la redundancia- rápida y fácil, con anécdotas, chistes, frases célebres, curiosidades. Lo dicho, ideal para ir al lavabo.
Y en ese momento, todos reunidos alrededor de esa magnífica mesa, todos cultos, intelectuales, con carreras universitarias, buenos lectores, aspirantes a ser mejores escritores, en ese preciso momento se abrió la Caja de Pandora. Ahí, como impelidos por una fuerza sobrehumana -muy humana, diría yo-, al principio, con cierto pudor, pero, al cabo de unos minutos, sin vergüenza alguna, empezamos a soltarnos para descubrir, para confesar nuestras más íntimas costumbres en materia escatológica: pues yo me llevo el diario; yo, una revista; yo dejo sobre la cisterna todos los dominicales; yo tengo un libro que voy leyendo cada vez que voy. Hasta ahí, todo muy normal. Sin embargo, quizás por los efluvios del alcohol, quizás por el morboso deseo de vomitar nuestras miserias, amparadas por el anonimato de los amigos, los amigos de los amigos, algún conocido, los familiares…, empezaron a fluir mil y una excentricidades: Mi madre siempre se lleva un café y unos crucigramas; un amigo mío tienen la psp siempre a punto; mi sobrino le pide a su madre el móvil para jugar con él; mi hermana, cuando estudiaba, se llevaba el tablero de dibujo; mi cuñado, el portátil y aprovecha para responder los mails, es su oficina particular; mi suegra…
Mientras iban hablando y riendo, yo me acordaba de mis peripecias con mi mejor laxante en el camping, en los viajes del colegio (siendo alumna y siendo profesora, no sé qué es peor), en la estrechez del velero donde hice algún crucero por el Mediterráneo. Al principio, lo hacía a escondidas; ocultaba el ejemplar entre los pliegues de la ropa, en el neceser, en la toalla… Por suerte, después de un par de días de convivencia, ya fuera con conocidos o con desconocidos, optaba por hacer las cosas con naturalidad, como quien no quiere la cosa. Es más. En más de una ocasión, viendo mi cara de satisfacción al salir del baño con la Marie Claire bajo el brazo, más de una me pidió la revista para tener un buen encuentro con el señor Roca.
Y tú, ¿qué haces cuando vas la lavabo?, le preguntamos a un colega que había permanecido en silencio durante esa lluvia de singulares acciones. Mira que sois raros, raros, raros. Joder, yo cuando voy al lavabo, simplemente, cago.
Todavía me parece escuchar las carcajadas…
Creo que todos estábamos de acuerdo en una cosa. La verdad es que es un placer y un alivio ir a casa de alguien y descubrir en el baño pequeñas joyas literarias. Y es una auténtica putada ir a un lavabo y no tener nada que leer. Y cuando sucede eso, cuando no hay nada que leer, ¿qué hacemos?, fue la siguiente cuestión. Yo cojo un bote de champú o de gel y leo las etiquetas; yo siempre leo los componentes de la pasta de dientes; yo cuento baldosas; yo busco el botiquín y cojo algunos prospectos; pues yo cuento cuántos objetos hay de color azul turquesa, cuántos de color verde esmeralda, cuántos salmón y así hasta que acabo todos los colores, siempre gana el azul o el verde...
Ante la dramática posibilidad de no tener nada que leer, todos los presentes nos quedamos en silencio, pensativos. ¡Ya lo tengo!, exclamó una de las aspirantes a escritora. Podríamos hacer The cool magazine. Todos aplaudimos la ocurrencia aunque no sabíamos bien qué relación tenía con lo que estábamos hablando. Es una idea genial, resolvió la profesora, una idea moderna, rompedora, atractiva, chic, innovadora. Muy cool, sí señora. No, si yo me refería a The cul magazine, con u. Una revista para el culo. De nuevo, todavía me parece escuchar las carcajadas. Sí, hombre, una revista para leer única y exclusivamente en el baño, no sé, una revista de actualidad, con muchas secciones diferentes, para toda la familia: artículos para mujeres, para jóvenes, reportajes para hombres, una parte de tebeo para niños, entretenimientos. Sí, una revista que se vendería con el papel higiénico, se le ocurrió a uno. Podría llevar muestras gratuitas, dijo otro; muestras de toallitas refrescantes, de jabones íntimos, alguna crema para las hemorroides. Estaría bien, ¿no? Y, ¿llevaría fotos guarras?, preguntó el que sólo va al baño para defecar. No sé, en el lavabo yo también hago otras cosas...
Y así, como suele pasar en las mejores familias, entre risas, los primeros gintonics de pepino que llegaban a la mesa y ocurrencias cada más descabelladas y atrevidas, explotamos esa propuesta sabiendo que se quedaría en eso, en una locura escatológica (si alguien lee esto y pretende apropiarse de la idea, que sepa que nosotros tenemos el copyright).
Mientras, yo me acordaba de Laura. Cuando era pequeña, en una comida familiar, le dije que, si quería ir al lavabo, tenía que excusarse con elegancia con frases como “¿me disculpáis un momento?” o algo parecido. Efectivamente, en medio de la comida, le entraron ganas e hizo lo que yo le había enseñado. Todos los comensales alabaron la buena educación de la niña. Al tardar más de la cuenta, pensé que se había entretenido haciendo lo que la mayoría de los adultos hacemos, leer o contar baldosas. Al sentarse de nuevo a mi lado, le pregunté en voz baja si se había quedado leyendo, que no pasaba nada, que todo el mundo lo hacía. Ella, candidez e inocencia donde las haya, profirió en voz alta: ¿Leer? No. Es que no me salía el zurullo…