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lunes, 8 de agosto de 2016

EN POCAS PALABRAS (Encrucijadas: un sueño hecho realidad)


Un mensaje a través de un correo electrónico:

Apostamos por tu novela”

Un objetivo:

Publicar Encrucijadas

Una editorial:

Atlantis



Y ahí empezó mi histe (o) ria.


Una llamada a un teléfono para confirmar que no era una broma.

Una voz amable y certera, Maribel.

Un contrato.

Mil correcciones.

Mil pruebas para la portada y la contraportada.


Y una fecha:


Día: 7 de mayo. 
 
Hora: 19.30. 
 



Rápido. Una invitación (conociendo la vida social de mis amigos, conocidos y compañeros, era preciso convocarlos lo antes posible): 

 

Después de tantos años esperando, mi sueño empezaba a hacerse realidad...

Y llegó el día P, el día de la presentación. 

Yo soy la del pañuelo rosa en la solapa, hecha un mar de nervios pero muy feliz.

 No tenía ni idea de cuánta gente iba a asistir. Al final, ¡más de 80 personas!
 Y, al comprobar que todo iba bien, empecé a relajarme.

 ¡¡¡Y a firmar libros!!!
 Disfruté, hablé, reí, expliqué, leí y me di cuenta de que la gente me escuchaba, reía y disfrutaba conmigo. Y, a partí de aquel día, también me leería.

Había cumplido un sueño.

Pero el sueño no acabó ahí.

Otro ofrecimiento de la editorial:

¿Quieres firmar ejemplares en la Feria del Libro de Madrid?

Por supuesto que sí.

Y allí que me fui.





Fue un auténtico placer y un privilegio compartir ese día con otros escritores, ¡los que yo leo! Y fue toda una experiencia vivir esa jornada desde el otro lado...

A la vuelta, tal y como me habían dicho los de la editorial, “a mover el libro”: librerías, webs, blogs... Y no tardaron en llegar las primeras reseñas:




Incluso, una bloguera lo sorteó entre sus lectores


¡¡¡Me hizo una ilusión bárbara!!!

Pero, quizás, una de las cosas que más me llenó de ilusión y de orgullo fue ver mi libro expuesto en La Casa del Libro del Paseo de Gracia de Barcelona. http://www.casadellibro.com/libro-encrucijadas/9788494551840/3021620

 




Pero lo que más, más alegría me ha dado es recibir algún wasap o algún correo electrónico de algún amigo o conocido en el que me decía que le había gustado mucho... 


En fin. Sigo moviéndome para dar a conocer mi novela, porque esto del mundo editorial es muy complicado. Pero, como les dije a mis profesores de la Escuela de Escritores del Ateneu de Barcelona, esta es mi aventura literaria, pequeña, humilde, discreta, pero mía.

Gracias, Editorial Atlantis, por hacerla posible. http://www.edicionesatlantis.com/catalogo/12/encrucijadas/1178/
  

sábado, 21 de noviembre de 2015

EL PLACER Y LA MEMORIA DE LAS PIEDRAS




Todavía me acuerdo de cuando era pequeña y mis padres me llevaban a la playa. Recuerdo que, además de hacer hoyos en la arena, hacerme la muerta en el agua o saltar las olas, cogía los cantos rodados y siempre me hacía la misma pregunta: ¿cuántos niños más habrán jugado con ellos?, ¿desde cuándo están en esta playa?
Con el paso del tiempo, esa afición por las piedras “veraniegas” se convirtió en el gusto por las “preciosas”: el jade, la amatista, el rubí... (sí, me encantan los “joyones” de colores, me los pongo siempre, todos los que tengo que son pocos, y dicen, solo dicen, que los sé lucir muy bien) y, más tarde, devino necesidad con las “curativas”: ojo de tigre, pirita, cuarzo... (sí, lo reconozco, desde que Elena, una masajista increíble que me inició en esto de los chacras y demás conexiones extrasensoriales entre mente y cuerpo, naturaleza y cultura, piedras y piel, en el bolso llevo una bolsita -que cada vez se hace más grande- con unas cuantas piedrecitas que me dan energía, me cambian el malhumor por el bueno y me proporcionan buen rollito -o eso quiero creer-). Lo que no sabía yo era que este gusto por los trozos de rocas iba a acabar en una búsqueda continua de las piedras “históricas”. 
Después de varios viajes “temáticos” con un único factor común y recurrente -las ruinas-, no me queda más remedio que aceptarlo y admitirlo públicamente: siento un auténtico placer cuando piso esos adoquines sabiendo que fueron pisados miles de años atrás por gentes que dieron un vuelco a la historia, bien porque cambiaron la forma de pensar o porque, con sus palabras, con sus descubrimientos o con sus simples pero definitivas existencias, ofrecieron al mundo una nueva manera de ver la vida o de enfrentarse a ella;


experimento una emoción indescriptible cuando me coloco ante los restos de esas edificaciones en las que se alojaron mentes privilegiadas, mentes valientes, mentes adelantadas a sus tiempos; 


me estremezco hasta el punto de llorar -sí, soy una sentimental o una bobalicona, lo que quieran- cuando alzo la vista y veo ante mí columnas, estatuas, muros, arcos, tumbas, testigos mudos de las historias que configuran la Historia y me veo formando parte de ella; me satisface comprobar que todo aquello que estudié en los libros de Historia (desde aquí, un besazo a mi profesora Rosa María) realmente existe, que no forma parte de una gran invención, y que todavía sigue en pie. Me hace inmensamente feliz y, ¿qué quieren que les diga?, más sabia y más consciente vivir en primera persona todo aquello que llamamos “nuestro pasado”, sí, nuestras raíces, nuestros inicios como, sencillamente, seres humanos que somos, más allá de nuestro color de piel, nuestras creencias, nuestro lugar de nacimiento o de nuestra propia cultura. 



España. Grecia, Italia, Sicilia, Egipto, Marruecos, ese lecho mediterráneo en el que duermen nuestros antepasados, pero también China, Perú, Japón... Tradiciones milenarias que han conferido a nuestro ADN parte de lo que somos ahora (para bien y para mal, todo sea dicho).

Cuando viajo, las busco, las recorro, las intento tocar (y no puedo), las siento. Ante ellas, me postro, las contemplo, las venero, recuerdo, pienso, imagino, recreo, intuyo, aprendo y agradezco.


No imagino mi vida ni la vida de este planeta sin las cariátides de Atenas, sin la Mezquita de Córdoba, sin el Coliseo de Roma, sin el teatro de Epidauro, son las Pirámides de Egipto, sin los Budas de China, sin... (y todo lo que me queda por ver).  
Por eso, por todo este acervo cultural que proporciona este mundo, porque en él, de una manera o de otra, en mayor o menor medida, encontramos algo de nosotros, me entristece y me cabrea ver por la televisión esas escenas de destrucción y aniquilación de nuestra Historia, de nuestro propio legado, protagonizadas por energúmenos ignorantes que piensan que, así, van a acabar con ella y van a conseguir su propósito, el de imponer sus ideas, el de trazar ellos su propia historia; locos fanáticos que están convencidos de que, eliminando los vestigios, destruyendo las manifestaciones artísticas, podrán eliminar también las creencias, la esencia, el espíritu de todo un pueblo. Monumentos funerarios de Nínive, en Irak; numerosos mausoleos musulmanes que eran Patrimonio Cultural de la Humanidad de la Unesco, en Tombuctú; monumentales estatuas de Buda esculpidas en las rocas del Valle de Bamiyán; la mezquita Babri de Ayodhya y, recientemente, Palmira... 
Sí, han sido destruidos. Lo que no saben ellos es que los que amamos y valoramos la Historia seguiremos teniendo presente esas piedras. Lo que no saben ellos es que, aunque desaparezcan las piedras, siempre nos quedará su memoria.

PD. El turbante blanco, me lo regaló el guía que me acompañó en mi primer viaje por Marruecos. Desde aquella vez, allá por 1999, me acompaña allá donde voy...

sábado, 31 de octubre de 2015

TÚ (que soy yo)


Mírate. Aquí estás, tumbada en el sofá, rodeada de ejercicios por corregir, escuchando una música que no te suena. Incómoda, intentas encontrar la postura ideal para escribir. Lo estás escuchando. Ahí está él, en tu despacho, haciendo no-se-qué de unas fotos en tu ordenador, tarareando su música preferida. No sabes qué pensar. No sabes qué sentir. O mejor, sí que lo sabes pero no quieres, te da miedo decírtelo. Y dejas el boli, cómo has podido llegar hasta aquí, otra vez. Y recuerdas que es el tercer o cuarto intento que hacéis para salvar esta relación; el tercer o cuarto intento que siempre empieza con buenas intenciones, con un viaje en una nube llena de amor, encuentros románticos, detalles deliciosos y momentos de pasión y lujuria. Y siempre acaba en rutina, abandono y silenciosos reproches. Es el tercer o cuarto intento pero nunca cambia nada. Tú, con tu treintena a cuestas, con tu trabajo un tanto absorbente, tus sobrinas pequeñas, tu coche y tu piso que vas decorando con magníficas facturas y una implacable e inmisericorde hipoteca. Él, con su trabajo de horarios castigadores, la custodia de su hija de doce años, un piso que todavía disfruta su ex, y viviendo con sus padres y su hermana. No cambia nada. Lunes y miércoles él duerme en tu casa y dos fines de semana al mes podéis hacer algo más que dormir. Y tú te encargas de que nunca falte nada.
Todo va bien. Él te quiere. Tú le quieres. Bien. Y, sin embargo, los encuentros son cada vez más distantes y monótonos, prescindes de él para quedar con tu familia o con tus amigos, te fijas más en sus defectos y espías sus movimientos para pillarle en falta y no le dejas pasar ni una. ¿Cómo sabes que estás enamorado de mí? Él lo sabe y punto. No se plantea nada más. Pero, ¿y tú? Tú te estás cuestionando todo. ¿Será así el resto de mi vida? Ya lo decía Julia Otero, el otro día, en su programa, sobre la serie de TV3, al marido ya le va bien, su bar, su mujercita, sus cincuenta, no se plantea nada, todo le parece bien, en su micromundo. A ella se le cae el mundo, toda la vida en el bar, su marido que no la entiende y sus cincuenta que le pesan como una losa, que le recuerdan constantemente que se está haciendo mayor... Y tú, ¿estás enamorada de mí? Y estás a punto de gritarlo, no, ya no estás enamorada, ni de él ni de nadie, que ya no es lo mismo, que no hay pasión, que no hay ganas de románticos encuentros. Mucho cariño, eso sí, pero enamorada, lo que se dice enamorada, ciega de amor, ya no. Y se lo quieres decir pero tienes miedo de hacerle daño, ya vuelves a tener ese sentimiento de culpa, ¿qué pasará si le dejo? ¿Culpa o miedo? ¿No será que tienes terror a quedarte sola? Al menos, ahora hay alguien que te abraza dos veces por semana, que cena contigo frente al televisor, alguien que cuenta contigo para las vacaciones... Treinta y cuatro, ¡qué duro se hace! Estás acojonada y disfrazas tus miedos con falsas culpas, con actos de buena samaritana... ¿Otra vez estás así, con tus dudas y tus respuestas cortantes? No sé da cuenta de nada, ¿verdad? Por cierto, ¿y lo de irnos a vivir juntos? Y te subes por las paredes. Deberías ser más fuerte, más egoísta y decirlo claro. No, nos vamos a ir a vivir juntos, ni hoy, ni mañana ni nunca. Y quieres huir pero lo único que haces es ser cruel, provocar la discusión, hacerle rabiar para que sea él el que tome la decisión de dejarte. Sólo así podrás alejarte sin tener ese maldito sentimiento de culpabilidad. Malditos lastres de la educación judeocristiana.
Oyes su voz. Te llama para que veas las proezas que hace él en tu ordenador, en tu despacho. Dejas de hacer lo que estabas haciendo y vas hacia él. Y te acuerdas de aquella canción que tarareaba tu madre cuando lavaba los platos: Si tú me dices ven, lo dejo todo... ¡Maldita sea!

jueves, 2 de abril de 2015

ROMPIENDO TÓPICOS

Nacer
Crecer
No reproducirse
Morir

martes, 31 de marzo de 2015

PARADOJA EXISTENCIAL

Cuanto más inteligentes hacemos las máquinas, más estúpidas nos volvemos las personas.

sábado, 28 de marzo de 2015

ILUSO (microrrelato)

Érase un tipo corriente, un escritor en ciernes,
que se pasó la vida buscando personajes. 
Y así le fue...

jueves, 1 de enero de 2015

MIS 500 MUJERES

Hoy, 1 de enero de 2015, después de recoger el último confeti y la última peluca de colores de la fiesta de anoche, después de guardar la vajilla y la cubertería de gala y de colocar las sobras de la cena en fiambreras, me he puesto a eller los periódicos y las revistas de la última semana. Cada año es lo mismo: listas y listas para fotografiar lo que fue, lo que pasó en el año que está a punto de finalizar. Los libros más vendidos, las películas más vistas, los destinos más visitados, los artistas más premiados e, incluso, las palabras más dichas.  Una de las revistas -tildada de femenina- sacó un  número especial sobre el poder femenino y  las 500 españolas más influyentes. Sí, me gustó ver y leer tanto “empoderamiento”, tanta belleza, tanto talento y tanta sabiduría. Pero, lo siento, después de más de una semana dándole vueltas al asunto, se impone una reflexión:
Vuelvo la cabeza en el trabajo, en la compra, en la familia, entre los amigos y no veo por ningún lado mujeres posando con deliciosos vestidos, perfectamente maquilladas y peinadas, en suntuosos salones, como si la vida les hubiera venido regalada. Y sé que no es así, sé que detrás de tanta sonrisa impecable y en lo alto de esos tacones, hay horas y horas de esfuerzo, miles de momentos de debilidad y unos cuantos de fértil resiliencia; quizás haya habido también días y meses de desierto para poder llegar hasta el objetivo del fotógrafo en cuestión. Yo, a mi alrededor, veo mujeres, sí, muchas mujeres, pero todas sabemos que jamás posarán para una portada ni les harán una entrevista para un reportaje a doble página. Y, qué quieren que les diga, para mí, que vivo a ras de suelo, quizás esas mujeres, con su trabajo o con su manera de hacerlo, sean las más influyentes para la gran mayoría. Sin restar mérito a las grandes científicas, las grandes profesionales de las leyes, las grandes actrices, las grandes políticas, las grandes periodistas y un largo etcétera de grandes, miro a mi alrededor y hago mi particular lista de las 500 mujeres más influyentes:
Empiezo por mi madre, una abuela que, como la mayoría de las abuelas, ha vuelto a trabajar a jornada completa cuidando a los nietos para que sus hijas puedan ir a trabajar o haciéndose cargo de algunos gastos de la casa o cocinando para todos.
Mis hermanas, que, como la mayoría de mujeres -casadas o no- con hijos, son auténticas ingenieras de lo doméstico, en eso que llaman conciliación. Sin apenas tiempo para ellas (porque se lo entregan al jefe, a los hijos, a la casa, al marido, a los padres...), se han convertido en malabaristas en esta gran carpa que es la vida real.
Sigo con mi doctora de cabecera que, con paciencia y a pesar de los recortes, sigue tratándome con profesionalidad, delicadeza y tiempo suficiente hasta el punto de convertirse en confesora, consejera, psicóloga, confidente o, incluso, amiga.
La tendera que, como todas las tenderas -pescatera, carnicra, frutera, etc-, se levanta a las tantas para ir a comprar el género que, con buen tino, me aconseja cada día.
La profesora de instituto (como yo) que se deja la piel en el aula para inculcar un mínimo de curiosidad a sus alumnos adolescentes a la vez que se pelea por una coma bien puesta o da consejos de cómo tratar al sexo opuesto.
La vendedora de la ONCE a la que cada semana me acerco para comprarle el número y para que me contagie un poco de su optimismo y de su particular manera de “ver” la vida.
La señora de la limpieza, con tres hijos y su marido en paro. El único sustento de la familia.
La profesora de zumba que cada martes me alegra (todas somos mujeres) con sus movimientos y me recomienda el sudor como buen antídoto contra la baja autoestima.
La conductora del autobús que cojo cada mañana para ir a trabajar y los “piropos” que tiene que aguantar de algunos usuarios.
La madre de mi chico, que siempre me cuenta que, sin saber apenas leer y escribir, sobrevivió a la miseria y a la ignorancia.
La que lucha, desde una insignificante asociación de barrio o desde una desconocida ONG, por la igualdad y por los derechos de las mujeres y también, por qué no, de los hombres.
Una alumna lesbiana, que todavía no se atreve a decírselo a sus amigas y a sus padres.
Una vecina que sufría maltrato y que, un buen día, desapareció. No hace mucho, al cabo de unos meses, volví a verla en el supermercado: guapa, alegre, sola. No todas pueden decir lo mismo.
La abogada que lleva el divorcio de una amiga y que tiene que aguantar las “tonterías” del marido ofendido: la justicia, la paciencia, el saber hacer y la implacabilidad tienen su rostro.
Mis sobrinas, mis pequeñas mujercitas, que van forjando su carácter a golpe de experiencias (buenas y malas) y mucho amor.
Un montón de amigas que están intentando hacerse un hueco en el mundo de la música, del teatro, de la moda, de la interpretación, de... y que sí, que algunas veces tirarían la toalla, pero enseguida se ponen la pestaña y, de nuevo, manos a la obra. Como les digo yo a mis alumnos y a ellas: tenemos derecho a la pataleta, tenemos derecho a dar de vez en cuando un puñetazo en la mesa y cagarnos en todo (perdonen la expresión), tenemos derecho a tropezar y a dudar, pero, acto seguido, tenemos la obligación (moral o no) de levantarnos, sacudir el polvo de nuestras ropas, alzar orgullosas la cabeza y seguir caminando.
¿Sigo? Seguro que, si me lo propusiera, llegaría a las quinientas porque miro a mi alrededor y esas son las mujeres que yo veo: ojerosas, cansadas, siempre de aquí para allá, con sus cuitas y sus esperanzas, con la risa puesta o con la lágrima a punto de caer, intentando ser madres, hijas, amigas, amantes, esposas, profesionales... Y me tropiezo con un espejo y allí me veo yo, arrastrando mis complejos, mis risas, mis culpas, mis dudas, mis buenos momentos y mis aspiraciones a escritora. Pero soy yo y no me cambiaría por nadie porque, permítanme este subidón de autoestima, yo soy la persona más influyente para mí, yo soy la mujer más importante para mí: yo soy la mujer que más se admira, la que más se ayuda, la que más se gusta, la que más se quiere (ya lo decía mi madre, si no te quieres, ¿quién te va a querer?; si no quieres ayudarte, ¿quién va a poder hacerlo?; si no te gustas, ¿cómo va a gustar a los demás?)
Y no, nadie va a invitarnos a uno de esos divertidos afterwork o a una exquisita fiesta o a un torneo deportivo o a un foro profesional o a una presentación de algún producto importante. No, nadie va a pedirnos que posemos ante unos focos y una cámara fotográfica después de haber pasado por backstage. No, nadie va a ponernos un micrófono y va a preguntarnos cómo es nuestra vida y qué hemos hecho para llegar hasta donde hemos llegado. No, nadie va a reparar en nuestros pequeños logros y en nuestros fracasos, aquellos que nos hicieron crecer.
Miro a mi alrededor y esas son las mujeres -quizás desconocidas, quizás irrelevantes, quizás insignificantes- que me acompañan cada día, que van dejando un poco de su sabiduría a su paso y las que, sin ellas saberlo, ejercen una pequeña o una gran influencia sobre mí. Son las “500” más influyentes para mí. Son mis 500.

FELIZ 2015

domingo, 21 de diciembre de 2014

ENCRUCIJADAS (o una lección de humildad)

Historias. Siempre me han gustado las historias. Desde que tengo uso de razón, mi cabecita ha ideado mil historias y, desde que sé escribir, me ha fascinado eso de ponerlas por escrito. Y aún sigo. Me gusta escribir. Soy feliz escribiendo. Lo peor de todo es que (todavía no sé si por suerte o para mi desgracia) siempre me han dicho que no lo hago tan mal. Y eso (por suerte o para mi desgracia) me da alas para seguir escribiendo. Al principio, fueron unos concursos escolares; a continuación, cuentos infantiles cuando caía enferma; más tarde, unos poemas adolescentes; en tiempos universitarios, me aventuré con versos más comprometidos; de mayorcita, me atreví con una novela juvenil y ya, por fin, me dejé seducir por una historia que me rondó durante un par de años y acabé escribiendo mi primera novela "seria". Horas libres, fines de semana, un verano entrero escribiendo. Y fui feliz, muy feliz. No me importaba nada. Sólo quería escribir. Era como si una fuerza superior me arrastrara, primero, a la pluma y el papel y, más tarde, al reto de la pantalla en blanco. Quería escribir. Necesitaba escribir. Y lo malo era que, cada vez que dejaba algún capítulo para leer, me seguían diciendo que no lo hacía tan mal, que escribía bien. Y eso me dio alas, muchas alas (está claro que si alguien me hubiera dicho "mira, nena, escribes fatal, dedícate a otra cosa", lo habría dejado y, quizás, me habría ahorrado muchos sinsabores).
Después de acabar la novela (yo, ilusa de mí, pensaba que ya estaba. No sabía que aquel ejemplar de trescientas y pico páginas sólo era el primero de muchos, muchísimos borradores), en vez de dejarla en el fondo de un cajón como hacía con todo lo que escribía, la mandé a varias, muchas grandes y prestigiosas editoriales (me gasté un montón de pasta en fotocopias y correos) imaginándome cómo sería la llamada que me llevaría al olimpo de las grandes plumas. Menudo bofetón. Todavía guardo las cartas en las que se rechazaba, muy amablemente, mi "obra". Después de decenas de negativas y sumida en un agujero negro lleno de cruda realidad -fracaso, deceoción, desánimo, autoestima baja...-, decidí no achantarme (pero, por Dios, cómo habría agradecido un "nena, en serio, déjalo ya, dedícate a otra cosa. Esto, definitivamente, no es lo tuyo") y me apunté a la Escuela de Escritores del Ateneu de Barcelona. Allí, rodeada de ilusas e ilusos como yo y de grandes profesionales de la escritura (eternamente agradecida a Pau y a Mercedes), me enseñaron todo de lo que adolecía mi novelita. Aprendí las técnicas, los secretos, las normas que debía seguir si quería escribir decentemente unas cuantas páginas. Sometí mis palabras, una a una, a una crítica feroz, corregí no sé cuántas veces los capítulos, cambié el orden de las escenas, volví a corregir. Qué cura de humildad eso de sentirse y ser evaluada constantemente; qué duro eso de "este capítulo no sirve, vuelve a escribirlo". Después de tres años de formación en la escuela y de otros dos años releyendo, corrigiendo y reescribiendo, la di por finalizada y volví a mandarla a no sé cuántas editoriales grandes y pequeñas, solventes, pretigiosas, independientes, recién nacidas... esperando, ahora sí, la esperada respuesta afirmativa. Volvieron a rechazarme, bueno, a ella, a la novela (otro doloroso bofetón en el ego y en el alma) pero algo había cambiado: A pesar de decir que no, que no podían aceptarla, en las respuestas se leía algo diferente ("la novela está bien escrita", "la novela tiene mucho potencial", "la novela suscita mucho interés"... Quiero creer que no lo decían para quedar bien. No era necesario. Con un no hubiera bastado). Y eso me volvió a dar alas para seguir intentándolo. Pasado un tiempo y con un cierto espíritu de humilde derrota, oí cómo alguien me animaba a utilizar otros métodos de publicación, vamos, que la colgara en internet (http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-Mamen-Gargallo-Guil-ebook/dp/B009991H5A). No me gustaba la idea; todavía soñaba con ver en papel mis palabras y mi nombre en una portada. Pero lo hice. No sabía cómo funcionaba el asunto pero lo hice. Correos electrónicos, facebook lo confieso, todavía no me he metido en twitter), "flyers", blogs, webs. Hasta hoy. 
Al principio, la compraron algunos amigos y mis familiares. Y luego cayo en el más profundo y amargo de los olvidos. Y yo también decidí olvidarme de mi pretensión. Y no volví a escribir. Había entendido la lección. Debía reconocer y asumir que, definitiva y dolorosamente, eso de montar historias, recrear personajes y ponerlos negro sobre blanco, eso que me hacía tan feliz, no era lo mío. Debo confesar, sin emabargo, que no dejé de escribir del todo, nunca he dejado de hacerlo. Escribía, sí, pero sin ningún tipo de ánimo. Hasta que un buen día, alguien "colgó" una crítica. Llamé a mis hermanas y a mis amigos para preguntarles si habían sido ellos. ¡Menuda sorpresa! ¡No! ¡Ellos no habían hecho nada, no sabían de qué les estaba hablando! Se tenía que tratar de alguien desconocido que había comprado la novela, la había leído, le había gustado y había querido compartirlo. Un lector. Tenía un lector. Entré en la web para intentar saber algo más y me encontré con una gráfica plagadita de puntitos rojos que indicaban los ejemplares vendidos. No tenía un lector, tenía varios lectores (vale, no son los miles de lectores que tienen María, Carlos, Dolores, pero eran lectores, mis lectores). ¡Qué subidón! Sí, mi novelita se estaba vendiendo, poquito a poco y con humildad. Y hasta hay gente que ha colgado alguna crítica más, y no son malas... Y no los conozco (que ya sabemos que la familia te compra lo que sea). Y qué quieren que les diga: humildemente, soy feliz.

Y ahora me animo con un "booktrailer" (http://vimeo.com/115381696) y con otra novela.

PD. FELIZ NAVIDAD

lunes, 15 de diciembre de 2014

UNA BUENA FOTO o UNA FOTO BUENA


Sales de casa, la cámara de fotos en el bolsillo o colgada del cuello. Es inevitable. Ya no puedes ir sin ella. Ya forma parte de ti, de tu manera de vivir, de tu manera de ser. Vas por la ciudad sin un destino concreto, sin rumbo fijo. Un paseo. Caminas. Calles, esquinas, gente, vehículos. Ja conoces todo lo que te rodea pero todo te parece nuevo. Te paras delante de un semáforo en rojo. Fachadas, coches, peatones, farolas. Verde. Sigues tus pasos sin saber a dónde te llevarán. Plazas, callejuelas, más gente. Una calle cortada. Otro semáforo. Vuelves a pararte y vuelves la cabeza. Un movimiento reflejo. Y allí está. No sabes qué es exactamente pero ya la tienes. Coges la cámara lentamente como si aquello que, en un segundo y sin razón aparente, te ha cautivado estuviera a punto de huir, de emprender el vuelo. Una luz, una sombra, un rostro, una piedra... No sabes qué es. Lo único que comprendes -y no con la razón- es que aquello tan cotidiano, tan insignificante, tan... acaba de contarte una historia, te ha dicho algo que ha traspasado el cerebro y la piel. Te colocas la cámara delante del ojo como si formara parte de tu propia mirada, de tu rostro, incluso de tu cuerpo. Miras a través del objetivo: para ti, la luz perfecta, la posición perfecta, la imagen perfecta. Es la perfección subjetiva. Aprietas el botón. Ya la tienes. Estás convencido. Es la foto. Tu foto. Una buena foto. 
 
Coges el coche. Llevas las cámaras fotográficas, el trípode, los filtros, los objetivos. Queda poco para que el sol se ponga. Sabes dónde tienes que ir. Desde los búnkers o desde Torre Baró, el paisaje es increíble. Tienes la foto asegurada. Y lo sabes. Aparcas. No hay nadie. Hace frío. De pie, miras hacia el horizonte. Realmente, es un bello espectáculo. Abres el trípode y lo aseguras en la tierra con unas piedras. Fijas la cámara. Sabes perfectamente qué quieres. Un filtro determinado. Un objetivo concreto. La ley de los tres tercios, la profundidad de campo, el diafragma, la velocidad. ¿Qué más? Todas las leyes, todos los consejos, todos los conocimientos adquiridos con la experiencia, con las lecturas especializadas, con los cursos y un montón de fotos vistas se ponen al servicio de este momento. La luz, el cielo, los colores, las luces de la ciudad, el sol, los contrastes, el ruido de la imagen. Encuadras. Te alejas. Cambias de objetivo. Mueves la cámara. Te acercas. Lo tienes todo controlado. Está todo perfecto. Es la perfección objetiva. Apuntas. Ya está. Ya la tienes. Sí. Estás convencido. Es la foto, tu foto. Una foto buena.
Este es el secreto de la fotografía: ¿Una buena foto o una foto buena?


martes, 28 de octubre de 2014

SI TÚ ME DICES VEN...

Me dijo ven y no lo dejé todo.

sábado, 18 de octubre de 2014

VERSOS (microrrelato de Mamen y Mario)

Los versos no abren todas las puertas, pero bajan algunas bragas.

jueves, 2 de octubre de 2014

OTRO MICRORRELATO

Y, cuando entró en la habitación de sus padres sin permiso, lo entendió todo.

sábado, 21 de junio de 2014

MARIO Y SUS MICRORRELATOS

"Cuando me di cuenta de que le gustaban los tonticos, ya era demasiado tarde para hacerme el mongui."

Esto dijo mi amigo Mario cuando me contaba una de sus aventuras erótico-festivas mientras tomábamos una cerveza en el Casal de la Prospe, en la plaza de Ángel Pestaña. 

Me reí. Me reí mucho. Me paré a pensar. Y exclamé: "¡Coño, Mario, pedazo de micrerrelato te has sacado de la manga, así, como quien no quiere la cosa! Y Mario, con esa mirada azul, esa sonrisa picarona y esa falsa modestia del que se sabe buen escritor pero todavía por descubrir, respondió: "Pues sí, me salen constantemente. Yo soy así. Mi vida es así. Mi vida no es un relato. Sólo microrrelatos."

domingo, 20 de abril de 2014

ULISES (microrrelato)


Una soleada mañana de domingo. La terraza de un bar. Un aperitivo. Un hombre con la prensa bajo el brazo. Un niño de cuatro años. Y un cachorro de Golden Retrevier.

-Papá, ¿puedo ir a jugar con Ulises?
-Sí, pero no os alejéis mucho.
-Vale. ¡Vamos, Ulises!

El suplemento de economía. Una cerveza y un refresco. El niño y el perro yendo y viniendo. El dominical. Unos berberechos y unas patatas fritas. Los resultados de la liga. El niño y el perro jugueteando entre las mesas de la terraza. Y una mujer que vocifera cerca de allí:

-Perdone, ¿es suyo?
-Sí, pero no hace nada, tranquilo.
-Es que no me deja leer.
-Es muy pequeño, sólo quiere jugar.
-Pero es que me está molestando, ¿no lo está viendo?
-Si no se mueve, no le hará nada.
-Todos son iguales. Como tienen uno, se piensan que a los demás nos tiene que gustar también. Haga el favor de llevárselo de aquí.

El hombre se levantó, se acercó a la mesa, lo cogió en volandas y lo ató a su silla.

Y Ulises siguió correteando por ahí.


domingo, 6 de octubre de 2013

LLAMADME PENÉLOPE



Llamadme Penélope, sí, como la mujer de Ulises, aquella que en La Odisea, de Homero, para sobrellevar mejor la ausencia de su marido y para ahuyentar la presencia de posibles pretendientes, se dedicaba a tejer y a destejer infinitos lienzos… Llamadme Penélope, sí. Os explicaré por qué.
Hace poco leí en una publicación que el participio pasado del verbo 'tejer' en latín (texere) es textu, 'tejido'. ¡Qué maravillosa sorpresa! Y que, de ahí, de ese participio pasado, con el paso del tiempo (¡qué gran aliado!), mediante asociaciones metafóricas, ese vocablo sirvió para designar lo que estaba escrito, el texto, y que “no era otra cosa que el tejido de las letras y de las palabras”. No podía ser más perfecta esta ligazón ni más elocuente ni más representativa. Tejidos para hablar de escritos, de textos. Tejer como sinónimo de escribir. Sencillamente, precioso. Y, mientras escribo estas palabras en mi blog, mi particular telar, como cada semana, me emociono imaginándome como una deliciosa, abnegada y detallista tejedora y me acuerdo de aquellas mujeres del sur de Marruecos que tejían, y siguen tejiendo, sus alfombras y “escribían” allí, en silencio, en esos rudos lienzos, coloridas formas para transmitir sus vidas: sus historias, sus ilusiones, sus penas… O de aquellas mujeres de ancestrales pueblos hispánicos que siguen bordando los mantos a las vírgenes o los mantones de celebración con delicados hilos de oro y plata para declarar su fe y para dejar fijados el folclore y las fiestas… O de aquellas otras mujeres que, incansablemente, dejándose la vista y la espalda, como auténticas orfebres, se esfuerzan por mantener viva la tradición en forma de ajuares “escritos” con puntadas de seda y pasamanería. Y de tantas otras que, con aguja, hilo y dedal, tejen y tejen en cualquier rincón del mundo para dejar constancia de su paso por este mundo. Con esmero, delicadeza, constancia, atención.
Porque, ¿qué es, sino, un texto? Pues eso, una muestra más de nuestro paso por este mundo. Una evidencia, un rastro, una prueba de que alguien estuvo aquí. Un tejido perfectamente tramado con la urdimbre en el telar.
Obviando por un momento el significado maquiavélico y perverso que han adquirido estos términos (urdir, tramar): maquinar; disponer, preparar con astucia y cautela un engaño o una traición contra alguien o para la consecución de algún designio, me quedo con la primigenia acepción, la más bella y “romántica”: disponer los hilos en el telar para formar un lienzo. Porque de eso se trata cuando escribimos: de disponer, de preparar las palabras (los hilos) en el papel (el telar) para formar un texto (un lienzo, una tela, un tejido en el sentido más etimológico de la palabra). Insisto, no puede ser más perfecta ni más elocuente ni más visual esta ancestral ligazón. Maravillosa.
Pero no es tarea fácil; hay que conocer muy bien esos hilos para saber cuáles van mejor para confeccionar cualquier tipo de tela. No todos van bien y hay que seleccionar con cuidado y esmero. Seda, lana, lino, poliéster... no son iguales y no dan los mismos resultados. Tampoco dan los mismos resultados todas las puntadas: no es lo mismo el punto de cruz, el punto de colmena, el bordado... De la misma manera ocurre con el cañamazo sobre el que se teje. Hay que planificar bien qué se quiere hacer y para quién o para qué. Y es quizás en esa acción, pensar bien y seleccionar primorosamente los hilos, los colores, el telar, el tipo de puntada, el diseño, el cañamazo, donde se encuentra el secreto y la belleza de un tejido. 
Pues lo mismo ocurre con la escritura. Antes de coger un papel y un bolígrafo (o antes de abrir el Word en el ordenador), hay que pensar bien qué se quiere escribir, cómo se quiere escribir, a quién se quiere escribir, con qué objetivo, etc. Hay que seleccionar bien las palabras, los conectores, los signos de puntuación, para que, al final, el texto quede bien tramado y quede perfecto.
Y no es fácil. Parece que escribir, escribir bien, no es complicado, que todo el mundo puede hacerlo y hacerlo bien. Pero hay que ser primoroso y exigente con la ortografía (¡menudo hueso acabo de tocar!), con la sintaxis (¡otro hueso!) y con la redacción, con la coherencia y con la cohesión (¡el hueso más duro!). Pero lo más importante no es eso; lo realmente importante es la voluntad, ese deseo de hacerlo bien, de no conformarse con cualquier cosa aunque con esa cualquier cosa ya nos entiendan. No, no es fácil si se quiere hacer bien.
Y aquí me tienen, tejiendo, como Penélope, la de Ulises. Aquí me tienen buscando hilos de oro y plata, hilos de seda y de lana fina, lana selecta, hilos de colores para tejer. Aquí me tienen, puntada tras puntada, haciendo filigranas con los hilos, buscando la orfebrería pura. Pero yo no soy Penélope, yo no tejo para paliar la espera o la ausencia, yo no tejo para rechazar a nadie. Yo tejo para vivir, para decir que estoy viva y para dar a mi vida placer y alegría. Yo tejo para dar sentido a mi vida, yo escribo para seguir viviendo.