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domingo, 24 de noviembre de 2013

EL LEGADO DE ELOI


El viernes estuve en el homenaje que los miembros de la UEC de Mataró (Unió Excursionista de Catalunya de Mataró) organizaron y rindieron a nuestro gran amigo Eloi Figueras Trouwborst. El acto empezó con la inauguración de una exposición de fotografías en las que se veía a Eloi en su entorno más natural, nunca mejor dicho, Eloi en contacto con la naturaleza: escalando, esquiando, haciendo vivac, alcanzando altas cumbres, en el desierto, fotografiando la naturaleza, admirando los paisajes… Entre pases de fotografías, vídeos y parlamentos, se recordó la figura del amigo. Fue un acto sencillo y muy sentido. Vimos al Eloi más valiente, el más aguerrido, el más osado, el más concienciado con el entorno; un Eloi corpulento, deportista, lanzado; un Eloi que recorría cientos, miles de kilómetros para alcanzar las más altas cotas (los 3000, los 8000), para ver los más bellos paisajes (cumbres rodeadas de nubes, vastas llanuras, blanco, todo blanco), para fotografiar las flores que crecían en tan singulares parajes: China, Bolivia, Pakistán, Argentina, Chile... Vimos a un Eloi que desafiaba las leyes de la naturaleza (paredes verticales, lenguas, oquedades, grietas a miles de kilómetros de altura, temperaturas extremas, entornos inhóspitos) y las de su propia naturaleza. Sí, también vimos a Eloi recorriendo los paisajes más cercanos, pero siempre con sus botas de escalar o de esquiar. Y, cómo no, siempre con su cámara y su trípode. Vimos al Eloi más generoso y más compañero, el que se ofrecía a trazar nuevos caminos, el que acompañaba, el que guiaba, el que conocía, el que aconsejaba. Vimos al Eloi más de la UEC, casi un héroe.

Pero yo no lo reconocí.

Entre las fotos que vi y los parlamentos que escuché, eché de menos el Eloi que conocí, al Eloi “a ras de suelo”, el Eloi amigo, el Eloi buen conversador, el Eloi lector, el Eloi escritor, el Eloi profesor, el Eloi amante de la buena comida, el Eloi mataronés, el Eloi más familiar, el Eloi hombre, el Eloi persona. Ese es el que yo conocí.
Y es que, cuando nos veíamos, no hablábamos de sus expediciones (sólo una vez me habló de su viaje a la Patagonia: a Patagonia o al psiquiatra, me dijo, ¿quieres venir? Lo siento, Eloi; siento no haber vislumbrado en esa propuesta una llamada de auxilio) ni de sus logros en el deporte de la alta montaña ni de los paisajes en las alturas (quizás porque yo de montañas, nada de nada; quizás porque lo que nos unía, extrañamente, no tenía nada que ver con eso). No. Cuando nos veíamos, lo hacíamos en tierra firme. Quedábamos para ir al cine, para hablar de libros y de escritura (la suya, muy naturalista; la mía, más creativa y literaria, pero eso también nos unía), para leer poesía, para comer o cenar (le encantaba el buen yantar, especialmente la paella de Can Margarit o una pizza en cualquier restaurante italiano de Barcelona o de Mataró), para ir de marcha, para ir a Les Santes, para ir a la playa o a la piscina a nadar, para ir al mercado de la Plaza de Cuba, o, sencillamente, para charlar, para compartir sueños y frustraciones, alegrías y penas, para arreglar el mundo -especialmente, el de la docencia. ¡Cuántos quebraderos de cabeza sufrimos por culpa de nuestros alumnos y de nuestros jefes!-, para poner en orden nuestras vidas…

Y, sí, eché de menos a este Eloi el viernes. Pero el viernes lo entendí todo.

Entendí que Eloi era valiente, fuerte, atrevido en las alturas pero frágil, quebradizo, vulnerable, a pie de calle; entendí que Eloi encontraba en sus expediciones la libertad, la alegría, la armonía (que tanto le costaba hallar en la vida diaria) y que, a ras de suelo, se sentía atado o triste o atormentado; entendí por qué fotografiaba la belleza en una grieta, en una cima (sí, que fácil resultaba admirar la bella naturaleza y qué complicado resulta verla en las calles, en las obligaciones, en las consecuencias) y que no supiera encontrarla en el gris de la ciudad; entendí que buscara el silencio y la paz de la altas cumbres (qué sencillo era no oír nada, no pensar en nada en la duna del desierto, en la ladera de la montaña y qué complejo parece encontrar un minuto de callada tranquilidad entre ruidos, gritos, voces) y que no supiera encontrarlos entre las prisas y la vorágine del asfalto; entendí que necesitara enfrentarse a las inclemencias del tiempo y a los dictados de esa naturaleza hostil, salvaje, sublime y que no fuera capaz de resistir ante las injusticias sociales o las incongruencias educativas o que no pudiera sortear los obstáculos que la vida le puso en forma de desengaño o de frustración, algo muy propio de la condición humana…

¡Qué gran lección me has dado, amigo Eloi! ¡Tremendo legado me has dejado! Supiste luchar ante la adversidad natural y tu ausencia -gracias a tus colegas y amigos de la UEC de Mataró, de Sants, de Gràcia y de otras entidades- me ha enseñado que la vida es lucha, es desafío, es triunfo pero también fracaso; tu ausencia me dice que hay que ser valiente siempre y que las dificultades pueden venir en forma de alud o de roca inexpugnable pero también se presentan disfrazadas de desdén, desolación o incertidumbre.

El viernes pasado, Eloi, te recordamos entre imágenes, anécdotas, confesiones, agradecimientos, sonrisas y lágrimas.

El viernes pasado, Eloi, te descubrí y te admiré; te sonreí y te valoré; te pedí perdón, te perdoné y me perdoné… 




miércoles, 30 de octubre de 2013

PUENTE DE TODOS LOS SANTOS (o bienvenido al otoño)

Aquí estoy: de nuevo, haciendo la maleta. Me voy de puente de Todos los Santos o de Difuntos o de Halloween (que ya lo he escuchado, el puente de “jalougüin”, manda narices con la influencia extranjera). Pues eso. Lo dicho. Que me voy, que no me voy a disfrazar, que voy a encontrarme con la tradición de estos días. Vamos, que me han pillado preparando mi fin de semana largo, seleccionando la ropa que me voy a poner seguro y la ropa "por-si"... por si llueve (aunque he consultado mil veces la web del tiempo y sí, va a llover, seguro. Entonces, ¿por qué demonios no pongo esa ropa con la que me voy a poner sí o sí y quito otra? Yo no. Yo necesito llevarme medio armario para estar tranquila en el viaje: por si llueve, por si hace sol, por si hace demasiado frío, por si nieva... Si, total, sólo van a ser cuatro días. Si se me olvida algo, ya lo compraré por ahí. Tampoco me voy a la otra punta del mundo ni a un lugar remoto ni desértico ni dejado de la mano de Dios. Si sólo me voy al norte y está claro que ahí donde voy a ir habrá alguna tienda que otra, ¿no? Vamos, solo por si acaso. Pues, no, no pienso olvidarme nada. Me llevaré la misma maleta que cuando salgo para quince días o más. Porque la ropa va a ser de otoño o de invierno y ocupa el doble que la ropa de verano. Porque me voy a llevar tres pares de botas; es que no me gusta repetir. 

Y, además, ¿y si llueve? ¡Ah, bueno! Es verdad, que hemos quedado que va a llover seguro. Que no se me olvide el chubasquero y las botas de agua. Y, encima, hay que añadir el neceser. Me llevo el mismo neceser para tres días que para quince. Veamos: tónico facial, algodoncillos para la cara, crema antibolsas y antiojeras, crema hidratante, antiarrugas y coloreante (tres propiedades en una sola crema. A eso yo le llamo progreso e innovación; lo demás son tonterías); sérum para la noche. ¿Qué más? Crema corporal hidratante y reafirmante; otra crema para las manos y otra, para los pies; desodorante y perfume. Y menos mal que este mes ya he tenido la regla que si no... Más cosas: un pequeño botiquín: pastillas cremagrasas y aspirinas. Las primeras porque los puentes son para descubrir y disfrutar la gastronomía del lugar. Lo siento pero yo le veo así: ademá de la arquitectura, la naturaleza y la tradión religiosa y/o pagana, yo voy a comer. Ya lo he dicho. Las aspirinas son para las posibles y probables resacas que tenga debido a los caldos y espíritus también propios del liugar. Porque también voy a beber. Y es que llevo cuatro días haciendo dieta estricta con un solo fin: postres exclusivos de esta época del año, licores y bebidas espírituosas, vinos tintos, castañas, panallets, chuletones varios, setas, pan de pueblo, embutidos de la zona. ¿Sigo? Se me está haciendo la boca agua... Es que, para mí, estos días son los mejores de la época invernal: llegan los primeros fríos y, después de este largo verano que hemos vivido, me apetece mucho enfundarme los jerseys gordos de lana y los pantalones de pana, calzarme las botas con suaves calcetines, me encanta encasquetarme el gorro y ponerme los echarpes de cachemira. Necesito un edredón y un pijama de franela. Y atavida con mi kit barbie montaña o barbie capital de provincias (que para mí es lo mismo), me muero por perderme en uno de esos bosques del norte donde los colores adquieren vida y toman forma: la de las hojas, la de los troncos, la de los caminos, la de los tejados. Quiero ver, de nuevo, cómo el verde va dando paso, lentamente, sin prisa pero sin pausa, a los rojos, los amarillos, los teja, los naranjas, los marrones, estos son los colores del otoño (joder, que me estoy pareciendo al corteinglés). 

Pero es que es cierto. El gris de la ciudad, apagado, serio, impersonal, a unos cuantos quilómetros de distnci, se vuelve rojizo brillante, vivo, muy vivo. No hay nada como dejarse envolver por esos paisajes eternos y salvajes en los que cada paso es un decubrimiento, una nueva tonalidad, un nuevo aroma. Yo soy urbanita, lo reconozco, nunca lo he ocultado, me encantan las grandes avenidas, las tiendas, el ruido, las prisas, el tráfico, pero, de vez en cuando, solo de vez en cuando, necesito romper con todo, necesito alejarme de la urbe y adentrarme en esas selvas norteñas y dejarme llevar por el silencio, la luz y el sosiego; 

necesito escuchar el crujir de las hojas secas bajo mis pies o el sonido del viento frío sobre mi cabeza; necesito ver madera y musgo, oler a húmedo y a tierra y a bosque; necesito tocar la naturaleza; necesito recorrer calles ancestrales cubiertas de ancestrales piedras, entrar en alguna pequeña iglesia y oler a cera y a incienso, visitar algún cementerio de pueblo y recordar a mis muertos o sentarme en la plaza y observar. Solo eso. Pero, venga, sí, lo confieso, lo que más me gusta es, después de una caminata por esos andurriales (no más de dos horas no vayan a pensar mal, ¿eh?) es entrar en el casino o en el bar del pueblo, sentarme a una mesa de madera junto a los lugareños que beben su chatito de vino mientras intentan arreglar el mundo, y preguntar al viejo camarero si tienen algo para comer. Y justo, en este momento, empiezo a escuchar las trompetas celestiales: “Pues precisamente nos han llegado unos chuletones de buey para chuparse los dedos”. Empiezo a relamerme los labios. “Si lo desean, lo podemos acompañar de unos níscalos que prepara mi mujer, que son los mejores de la comarca”. Dios, cómo estoy disfrutando con esas sagradas palabras. “Para beber, tenemos un vino con cuerpo de una bodega de aquí cerca”. Ay, que estoy llegando al éxtasis. “Y de postre, por supuesto, las natillas caseras que hace mi hija para rendir homenaje a los muertos. ¡A los muertos! Pues menos mal... Están deliciosas, sobre todo si las acompañan con el vino dulce que preparamos aquí mismo”. Miro al hombre embelesada. Estoy en el cielo. Miro a mi chico (sí, el que ha aguantado mi maleta "por-si", el que ha aceptado mi enorme neceser, el que ha escuchado con resignación mis cantos a los colores de la naturaleza otoñal, el que me ha hecho mil fotos en medio de tanto verde y rojo. Si es que no me lo merezco). Sonrío diciendo que sí a todo. ¿A qué estamos esperando?
Lo dicho. Vuelvo al norte. No hay nada más que contar. Bueno, sí. Que se lo cuento a la vuelta.