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viernes, 30 de agosto de 2013

SETIEMBRE

¿A qué suena este mes? ¿A qué sabe setiembre?
Para mí, setiembre es le mes de la nostalgia: mi piel todavía rezuma el disfrute de las vacaciones y me columpio en el recuerdo de mis paseos por la playa, mis idas y venidas por los puertos del sur, mis lecturas reservadas durante el largo invierno, mis risas en días sin fin y mis silencios en madrugadas de luna y mar.
Setiembre es el mes de la melancolía: mis sentidos todavía echan de menos aquellos paisajes, aquellas voces, aquellos olores, aquellos roces que fui descubriendo con la parsimonia del vaivén de las olas.
Por eso, quizás, setiembre sea para muchos el mes de la tristeza, porque durante estos primeros días todavía están muy recientes los adioses, los billetes de vuelta, las ventanas cerradas y las maletas guardadas, todavía siguen muy presentes las vivencias y en cada centímetro de nuestro cuerpo todavía siguen latiendo las vibraciones que han hecho de este verano un momento especial y han hecho de nosotros alguien especial.
Setiembre es el mes idóneo para echar de menos, para hacer esas promesas que no nos atreveríamos a hacer en ningún otro mes del año, para reír o llorar las fotos, para pronunciar las despedidas más amargas y también para revivir lo vivido (Siempre me lo he preguntado: ¿que se hace con más intensidad: vivir o revivir?)
Setiembre es un reencuentro con tu vida, porque el verano, las vacaciones, no nos engañemos, no forman parte de la vida, no forman parte del año. El verano, las vacaciones son esa nube en la que nos subimos para volar alto y respirar, respirar con calma, sin prisas. Esa nube que nos permite viajar -nunca mejor dicho- y nos ayuda a desconcetar, a disfrutar, a descansar y a descubrir -es lo que llamo yo vacaciones en 4D-. Esa nube que vamos alimentando durante el año y que nos retroalimenta para seguir viviendo.
Setiembre es una vuelta a casa, a tu casa, a tu cama, a tu almohada, a tu café, a tu baño, a tus olores, a tus costumbres y a tus manías, a tus paisajes y a tus tiempos.
Setiembre es un regreso a tu cuerpo y a tu mente, a tu realidad y a tus sinsabores, a tus amigos y a tus espacios, a tus rutinas y a tus alicientes de siempre.
Setiembre es un punto y aparte, un capítulo cerrado, un año acabado. Aprendemos las estaciones cantando primavera, verano, otoño, invierno, y nosotros le damos la vuelta porque hay algo que siempre, año tras año, se acaba con el verano, se acaba con la llegada de setiembre.
Pero setiembre, paradójicamente, también es el mes de la esperanza. Setiembre es el incio de algo, de un nuevo curso, de una nueva andadura, y eso siempre confiere esperanza a nuestro caminar.
Setiembre es el mes de los propósitos, de los proyectos, de los retos. Como enero, sí. Pero setiembre tiene algo diferente, algo especial. Setiembre arrastra la vitalidad del verano y eso nos da más fuerzas para actuar; setiembre arrastra las últimas olas del mar, los últimos rayos del sol, los últimos días largos, días de ocio y traquilidad, y eso siempre ayuda para encarar lo que está por llegar.
Setiembre es catarsis, ese ritual necesario para comenzar, para volver a comenzar: tinte y corte de pelo, cremas nuevas y nuevas perspectivas. Cada año es lo mismo pero cada año setiembre supone algo nuevo: nuevo curso, estuche nuevo, libros nuevos, compañeros nuevos, expectivas nuevas y nuevas ilusiones.
Setiembre es ave de paso.
Es tiempo de cambio (de los insoportables calores a los nuevos fríos; de lo sudores estivales a los primeros temblores otoñales; de la larga claridad a la oscuridad temprana; de los blancos, turquesas y rosas a los marrones y morados; de la ropa ligera y corta a los tejidos envolventes más largos y tupidos); es tiempo de renovación (renovar carnet del gimnasio, renovar proyectos, renovar tradiciones) y es tiempo de incertidumbre (¿qué me deparará este nuevo "año"?)
Setiembre es una vuelta de hoja, es una hoja en blanco, un capítulo nuevo. 
Setiembre huele a nuevo...
Setiembre sabe a preludio...
Setiembre suena a ilusión...

sábado, 23 de marzo de 2013

MALTA Y YO

Tierra extraña,
isla que me acoge,
idioma imposible,
mezcla que embruja:
árabe, inglés e italiano.

¿Qué hago yo aquí?

Autobuses amarillos,
infraestructura precomunitaria,
acantilados vertiginosos.
Mdina, realmente,
la ciudad del silencio

Difíciles momentos de soledad.

Paseos nocturnos después de cenar,
la luna como confidente,
bus 45 Cirkewwa-La Valletta,
hilo musical de las cigarras,
un gato maltés se cuela en mi habitación de hotel,
la sonrisa del camarero al ver mi firma,
la iglesia de Mosta, una maravillosa sorpresa.

Comunicación SMS London-Malta

La Almendra, la evasión;
ciruelas en La Valletta,
Dingli Cliff,
templos de Ggantija,
mi bikini de color fresa que me encanta,
La Ventana Azul de Gozo,
Gozo-Murano, la rivalidad hecha cristal,
la cruz de cuatro brazos y ocho puntas,
la fertilidad del arte, la Venus de Malta,
pocas mujeres solas.

Alguna que otra lágrima

Barbacoas nocturnas de fin de semana;
yo, la mujer de blanco casi siempre.

¿Tranquilidad?

El constante recuerdo de alguien.

Olivos y vides,
mi padre que me acaba de llamar,
piedra calcárea,
La canción de Dorotea, más evasión;
Marta y Emma que me dejan felizmente exhaustas,
regalos para todos,
La degollación de Caravaggio,
karrozin por tierra,
dghajsa por mar,
los famosos caballeros,
donde Ulises no sucumbió
a los encantos de Calipso,
increíbles fachadas de tradición inglesa,
crucigramas para matar el tiempo,
muchas iglesias dominando el paisaje,
casas “bautizadas”, ¡me encanta!,
devoción por la Virgen y los santos.
Y Penélope esperando...

La Laguna Azul,
Gozo, Comino, Cominoto y Filfla,
San Pablo que naufraga,
mi madre con sus hermanas;
mis hermanas, con sus familias;
y yo, entre calas,
calas hermosísimas,
azul
verde
más azul.

Alma en espera
(en algún sitio leí que
“la espera es el óxido del alma”)

U2 en goleta.
Azul,
¡qué azul!

¿Dónde estará mi compañero de viajes?
¿Dónde estará mi compañero de viaje?

Mil preguntas
y una ramita de olivo...

sábado, 25 de agosto de 2012

DE VUELTA

¡¡¡¡¡¡Hola!!!!!

Ya estoy de vuelta. Sí, he regresado de mis vacaciones y ya estoy aquí, con las pilas recargadas y sin ningún síndrome postvacacional, para decir adiós a este veranito y para afrontar un nuevo curso que está a punto de empezar. Con las maletas todavía por deshacer, un montón de ropa por lavar y el bronceador gastado, ahora toca vaciar la tarjeta de la cámara fotográfica, clasificar las fotos más bonitas y ponerles lugar y fecha; ahora toca ordenar todos los papeles que hemos traído del viaje: mapas, folletos informativos, tarjetas de visita, posavasos, y colocar el correspondiente imán en la nevera junto con los otros procedentes de antiguos periplos; ahora toca reencontrarse con los amigos para explicarles con pelos y señales, para su desgracia, todas las aventuras y desventuras del viaje, y para aburrirles con el fabuloso, estupendo y bien elaborado pase de fotos y vídeos que hemos hecho por esos mundos de Dios; ahora toca hacer balance y recordar y valorar y disfrutar de nuevo todos los momentos vividos en este verano de 2012 (verano, por otro lado, para olvidar: incendios, prima de riesgo, recortes, mentiras, accidentes… Pero no, ahora no tocar ponerse dramáticos. Ya habrá tiempo y más razones para ello). En fin, que, como no soy diferente al resto de los mortales, ahí van mis 21 postales de recuerdo; ahí van mis 21 momentos de este estío que ya se nos está yendo:

1.- Momento “campos de paja de la Toscana” que dan al paisaje ese tono dorado tan cálido y romántico (Pisé uno para hacerme la consabida foto y me clavé en el pie una maldita brizna con el consabido dolor/cabreo. O sea que, de romántico… poco)


2.- Momento olímpico. Las medallas de nuestros deportistas españoles (Qué poderío, señores, qué fortaleza y cuánto entusiasmo. Valen un potosí. Lástima que no se les valore como se merecen, especialmente cuando están entrenando. Lo del chándal -o chonichándal, como he oído y leído en algún sitio-, vamos a dejarlo para otro día, ¿no les parece?).
3.- Momento “Lola”. La comida de todos los veranos con mi amiga (y con final accidentado). Un beso desde aquí.
4.- Momento “tartufo”. El panini de paté de trufa negra que me zampé en un exquisito y elegante bar de Florencia (y yo, con camiseta sudada y sandalias trapajosas… Bueno, en realidad, fueron dos y dos copas de vino).
5.- Momento “lo hago por salud, porque es muy sano, no para adelgazar”. Las dos horas de caminata al día que me he currado durante el mes de agosto (vamos a hacer cálculos: 2 horas X 7 días a la semana X 4 semanas que tiene el mes, en total, aproximadamente, ¡¡¡¡56 horas caminando por el paseo marítimo, sudando como una cerda, con la lengua fuera, en vez de estar tranquila, tomando el sol tumbadita en la playa!!!! Joder, soy una máquina).
6.- Momento esteticien. La manicura de color rosa que les hice a mis sobrinas en Begur (tendrían que haber visto a la pequeñaja de dos años y pico presumiendo de uñas pintadas).
7.- Momento enológico. El vermentino que probé en Pienza, un vino blanco, afrutado, frío, delicioso (Bueno, lo confieso, fueron varias copa más el Brunello de Montealcino, y el Nobile de Montepulciano, y el dulce que caté para regalárselo a mi madre…).
8.- Momento “mi novela”. Las dos horas que he pasado releyendo y corrigiendo mi novela, ¿se acuerdan? (apliquen el mismo cálculo que el de las caminatas. Ya está a punto y soy feliz, muy feliz)
9.- Momento “rebajas”. La mañanita que pasé con mi madre de rebajas (no, mi madre, no, no vayamos a liarla): después de patearnos las calles comerciales bajo un sol de justicia, cayeron un pantalón y un cinturón para ella y un vestido para mí (lástima que ya estuvieran en los escaparates las “new collection”, los “new arrivals” de la temporada otoño-invierno y nos hayamos enamorado de una americana negra de más de 300€, ella, o séase, mi madre, y de un abrigo de color azul azafata, lo último, de otros tantos, yo. Habrá que esperar a las rebajas).
10.- Momento “glamour”. Una, bueno, dos copas de cava en la terraza de casa de mi hermana, al atardecer, con unas vistas preciosas, en compañía de mis hermanas y mi prima, hablando de nuestras cosas. Delicioso. Mil gracias, Gemma y Xavi.
11.- Momento “sólo un momento”. Los momentos contados, limitados y muy contenidos que me he permitido soñar con un remoto e hipotético “¿y si mi novela gusta?, ¿y si tiene éxito?” (dicen que soñar es gratis; también dicen que hay que tener cuidado con lo que se sueña porque puede hacerse realidad… ¿Se imaginan? ¡Sería le leche!).



12.- Momento “¡marchando una cañita y una tapita de atún ahumado!”. Bueno, más de una he tomado y ha sido en Carboneras, un pueblecito de Almería, a las puertas de Cabo de Gata. Buenísimas. Uno de mis descubrimientos del año. Desde aquí, gracias a Juan Diego y a Loli.
13.- Momento “coñazo de tele”. Porque hay que ver lo mala que es la tele en verano. Yo, lo juro, sólo la he visto un ratito después de comer y alguna que otra noche. Y, entre los docufriki de Frank el de la selva, las noticias petarderas de “Sálvame” y compañía, los mismos capítulos de las series norteamericanas, los informativos dando vueltas y más vueltas de tuerca a las tragedias del verano, la verdad es que el aparato ha estado estos días de adorno.
14.- Momento “cocktail”. Fue en el Boadas, una de las mejores y más emblemáticas cocktelerías de Barcelona. Fueron dos: uno de ginebra, lima y melón –chispeante, delicioso, sin palabras- y otro de ginebra, lima y frambuesa -no me gustó tanto porque me recordaba a los jarabes de fresa que tomaba de pequeña-. Fue el día de la ascensión de la Virgen, para celebrarlo. Fue detrás de una cena estupenda y de una mañana “sorprendente” con mi pareja. ¿Qué más se puede pedir?
15.- Momento “un kilo menos”. Ha costado, está costando, pero sigo de dieta. He hecho toda la bondad que he podido pero, coño, qué difícil es. Sí, dicen que ahora es buen momento para hacer dieta (yo empecé en abril, que conste) porque es temporada de ensaladas, gazpachos, sopas frías, pero qué me dicen de las tapitas –véanse momento 4, 12 y la próxima, la 18-, y de la copitas –véanse momentos 7, 10 y 14-, y de las cenitas, y de los helados… Que no, hombre, que no, que no pueden engañarnos; que a ver si nos enteramos todos, joder, que nunca es buen momento para hacer dieta.
16.- Momento “campos de girasoles”. Cada vez que encontrábamos uno con un sitio para aparcar y hacer la foto de turno en la que estas bucólocas y bellas flores mostraran todo su esplendor, las muy "jodías" estaban vueltas al revés o cabizbajas (al final, después de recorrer kilómetros y kilómetros por la Toscana, lo conseguimos).



17.- Momento “ventilador”. Sí, durante este veranito, también mi pareja y yo hemos tenido nuestros momentos... Tras la fase de los preliminares, léase miraditas, tonteos, caricias en el sofá, en la cocina o en el despacho, nos íbamos a la cama pero con el ventilador a toda castaña porque, sin él, con el calor que ha hecho y la humedad, parecíamos dos ranas chorreantes acopladas sin muchas ganas de jarana. Y no, eso no podía seguir así.
18.- Momento “comida sana”. Sí, paella, pescado al horno, bocata de jamón, mariscada, tortilla de patatas, pan con tomate y frankfurts y patatas fritas de bolsa y pipas y ganchitos y… ¿Sigo?
19.- Momento “SIN IVA”. Debido a la ingeniosa medida por parte de nuestro querido gobierno de subir el IVA para salir de esta fatídica crisis, desde aquí, quiero agradecer a los establecimientos que, para contrarrestar los efectos depresivos de dicha decisión, no cobraron el dichoso impuesto durante alguna que otra jornada. Total, que me he comprado un lavavajillas (después de más de 10 años independizada y fregando platos como una descosida, por fin lo he conseguido, ¡¡yuhu!!) y una plancha para mis pescaditos, mi carnecita y mi verdurita.
20.- Momento "¡¡¡oohhhh!!!". Eso y la cara de auténtica flipada cuando, al doblar una esquina, al cruzar una calle o al atrevesar un callejón de algún pueblo/ciudad de la Toscana, he descubierto una iglesia, un palacio, una plazoleta, un mercado o una fachada que me ha dejado sin palabras. ¡¡¡Cuánta belleza!!!


Aunque también tengo que reconocer que he tenido esa misma impresión cuando he pasado delante del escaparate de una de esas elegantes (¡¡y caras!!) tiendas de moda: qué bolsos, qué vestidos, qué zapatos, qué joyas.



(¿Les cuento un secreto? Donde más disfruto es delante de una de esas tiendas de delicatessen donde exponen con calculado detalle y suma exquisitez los salamis, los procciuto, los quesos, la pasta fresca, las especias, las setas... Tengo un problema, ¿no?)
21.- Momento “de vuelta”. Antes de que acaben mis vacaciones, cada año, irremisiblemente, me llega ese momento en que empiezo a pensar en el próximo curso, hago limpieza física y mental en casa, me compro mi agenda, me marco los cumpleaños y las fiestas, formulo mis propósitos y mis deseos y, como cada final de agosto -llevo más de diez-, voy al gimnasio más cercano para informarme sobre las actividades, las tarifas, los horarios y, al salir de allí, con una sonrisa en los labios, me digo superconvencida y superanimada: “este año, sí”. Que sí, que lo digo en serio, que lo prometo, este año, sí. O no…

PD1. ¿Se han dado cuenta de que muchos de mis momentos tienen que ver con una de las necesidades más primarias? No, si donde se ponga una buena mesa...

PD2. Si a alguien le han gustado las fotos, podrá verlas todas en el blog de www.9barrisimatge.blogspot.com

PD3. Sigue pendiente lo de setiembre...

viernes, 23 de marzo de 2012

DE CAMPING

¿Chipre con una escapada a Beirut?, ¿Córcega y Cerdeña en velero?, ¿algún país sudamericano?, ¿repetimos Nueva York?, ¿o le digo a mi hermana y a mi cuñado que sí, que aceptamos su invitación para pasar con ellos el veranito en su casa de la Costa Brava? (¿lo habrán dicho para quedar bien?) Cada vez que se acerca el verano, justo por Semana Santa, lo mismo: mil dudas para elegir destino para las vacaciones estivales. Y, siempre que llegan estas fechas, me acuerdo. Ahora me río e, incluso, lo puedo explicar sin problemas pero, cuando lo estaba viviendo, en vivo (valga la redundancia) y en directo, les puedo asegurar que no podía hacer otra cosa que lamentarme y preguntarme hecha un mar de lágrimas pero, ¡¿qué coño hago yo aquí?!
Hace unos cuantos años, recién separada de mi ex, conocí en un viaje por Marruecos a un hombre simpático, amable, cariñoso, trabajador, honrado y, encima, buen amante... (eso lo descubrí más adelante, no se vayan a creer que...) ¿qué más se podía pedir? Un chollo, ¿no? Yo le gustaba, él me gustaba; él estaba libre, yo también. La situación ideal. Ideal para que la relación prosperara, para pasar deliciosas y apasionadas veladas; estupendo, ¿verdad? Incluso era ideal para plantearnos un futuro prometedor (que no, que yo no soy de esas que ve en cada hombre un marido potencial y un posible padre de mis hijos). Todo perfecto. No me lo podía creer. Bueno, se me ha olvidado un pequeño detalle, una hija de nueve años, la mochila, ¿se acuerdan? ¿Qué te parece si pasamos una semanita los tres juntos, en un camping de la Costa Brava? ¿He oído bien? ¿Los “TRES” juntos?, ¿en una tienda de campaña? Ya verás, nos lo pasaremos muy bien y, además, será una buena oportunidad para que os conozcáis mejor. Obviamente, se refería a la niña y a mí... Piel de gallina, carraspera y mil excusas: que si es muy pronto para convivir los tres, que es una semana ideal para que vosotros, padre e hija, podáis estar más tiempo juntos, que si yo nunca he ido de camping –miento, una vez, de pequeña, y lo más divertido que me pasó fue encontrarme un toro a doscientos metros mientras hacía pis en plena naturaleza. Resumiendo, me pasé quince lluviosos días llorando y llamando a mis padres-, que si yo os vendré a ver algún día y con la misma me vuelvo a mi casa... Vamos, anímate, estuvimos el año pasado y es genial: todo el día en bañador, comer entre pinos, piscina, barbacoas... (creo que se le olvidó también mosquitos, quemaduras, incomodidades, lavabos públicos, etc.) Dios no tuvo piedad de mí porque todas las excusas fueron en vano. ¡¿Quién habló de deliciosos y apasionados momentos los DOS, y sólo los DOS, juntos, en un coqueto hotelito, con románticos paseos, románticas cenas y románticos achuchones a la luz de la luna?!
Como si de una pesadilla (¿o de una película de risa?) se tratara, todo empezó a ir mal desde que puse el pie en ese supuesto paraíso. Para montar la tienda, lo que padre e hija hacían a las mil maravillas y a una velocidad sorprendente, yo lo estropeaba, tropezaba con los clavos y los torcía, no tensaba correctamente la cuerdas y, a la mínima, la tienda se iba abajo, o, sencillamente, no atinaba a meter los malditos tubitos por los agujeros correspondientes. Cuanto más me esforzaba por hacer las cosas bien y por aparentar ser toda una experta ante los ojos de mi recién estrenado novio y su hija, peor me salían, más bloqueada estaba y más cabreada me ponía. Bolsas instaladas, un rincón destinado para la intendencia, el colchón de matrimonio y uno individual. Y todo en menos de cinco metros cuadrados. A mí me dirán lo que quieran pero el camping es todo menos cómodo y, por supuesto, íntimo. Aunque yo también era un poco ilusa en aquella época. ¿Intimidad?, ¿en una tienda de campaña rodeada de otras tantas, entre caminos por donde pasaban decenas de desconocidos veraneantes a cualquier hora?, ¿con una niña que dormía a cinco centímetros de su padre? Estaba claro que no. Y no me refiero a la intimidad que todos pensamos porque, en el fondo, ¿a quién le importa no poder estar a solas –insisto- con su recién estrenado novio o intentar hacer “algo” entre paredes que parecen papel de fumar o con el temor de que su linda niña asomara su linda cabecita en el mejor de los momentos? Ni soñarlo. Ya me veía yo a dos velas durante toda una semanita...
No. Yo me refiero a otro tipo de intimidad, más... ¿cómo llamarlo?, más doméstica, aquélla que afecta a esos pequeños detalles de tu vida cotidiana. Imagínense, por ejemplo, a una servidora ingeniándoselas para llevar el neceser y la toalla de baño, la ropa limpia y, en caso de necesidades mayores, la revista a los lavabos públicos. Lo primero, para ducharme; lo segundo, para cambiarme y lo tercero, señores, porque no creo que sea la única que lee mientras visita al “señor Roca”. Me sentía violenta al no poder hacer las cosas libremente y muy observada con eso de la revista. Que si debajo de la camiseta, que si entre la ropa limpia, que si bien dobladita en el neceser. ¡Qué rollo! Rezaba para ver a alguien entrando tranquilamente, sin avergonzarse de nada, al lavabo con un lecturas o un marieclaire, pero nada. O no leían o hacían como yo, escondían las revistas o periódicos debajo de la camiseta. Pero el "shock" me vino cuando, al entrar en la zona de aseo para mujeres, encontré (¿pero qué coño pretendía encontrar yo, ilusa de mí?) diez duchas alineadas (vale, lo podré aguantar) y, atención, diez retretes juntitos, uno al lado del otro. ¿Y allí pretendía mi flamante novio que hiciera yo mis necesidades? Huelga decir que, además de las picaduras de mosquitos y una quemadura con una puñetrera lámpara de cámping, me llevé de allí un buen estrenimiento. Lo intenté, les juro que lo intenté. Ante la imposibilidad de hacer nada durante el día (siempre había alguien), me levantaba a horas intempestivas de la madrugada para estar más tranquila y desahogarme -nunca mejor dicho- sin temor a que nadie me viera o me oyera, pero, también, a esas horas, las dos, las tres, las cuatro de la madrugada, también había alguien que había tenido la misma idea que yo.
Y, ¿qué me dicen de la ropa tendida? Una cosa es tender camisetas, bañadores, toallas u otras prendas cotidianas y otra bien diferente mostrar toda la colección de bragas, sujetadores y demás prendas íntimas, porque, digo yo, alguna vez había que lavarlas, ¿no? Qué vergüenza pensar que todos tus “vecinos” podían identificar tu ropa interior y chismorrear mira, por ahí va la de la tanga morada (¿la o el tanga? Siempre he tenido problemas con el género de esta prenda) o esa nunca lleva sujetadores porque no lava ni uno...
Otra cosa es la cuestión de las sombras chinas. ¡Ah!, pero ¿no saben de qué les estoy hablando? Veamos, media noche, recinto a oscuras, una linterna en el interior de la tienda; una servidora, de rodillas o en cuclillas, como puede, intenta ponerse el pijama y empieza a hacer un striptis ¿sugerente?, completamente gratuito para el resto de los veraneantes y su recién estrenado novio -ése que apenas la toca y la mira y que, cuando lo hace, convertido en un “dioni”, está con un ojo puesto en los vecinos y otro en la linda niñita- va y dice cariño, procura cambiarte a oscuras, es que estás dando el espectáculo, se te ve todo. Espectáculo, desde luego, pero ¡de contorsionismo!
Otro punto y aparte es la convivencia con tus congéneres, cuando, por primera vez, llevas los platos de la comida al fregadero y te pones a lavarlos como si estuvieras en la cocina de tu casa. Casualmente, te encuentras a tu vecina de parcela y empieza el suplicio: en el primer encuentro, te explica que, efectivamente, es tu vecina y que son de Moratalaz y que ya llevan viniendo cinco años a este camping tan maravilloso –y yo que me pregunto, ¿y a mí, qué?-. Otro día, entre fiambreras y platos con sobras de pollo a l’ast, te explica intimidades de su familia, su trabajo, sus vacaciones y sus michelines –y yo que me pregunto, ya un poquito asqueada, ¿acaso tengo cara de que me interese?-. Y el tercer encuentro ya se produce a la puerta de tu “choza”, sobre las diez de la noche, cuando has conseguido convencer a tu novio recién estrenado para dar una vuelta, SOLOS, por la orilla del mar, bajo la luz de la luna, como una pareja de novios normal y corriente, y se presenta la familia de la vecina de parcela al completo con unas cuantas latas de cervezas y unas bolsas de patatas, ¿hace unas cervecitas, vecino? Chistes verdes, y malos, algún que otro eructo, diálogo de besugos (más que nada, porque yo me sentía así, como una auténtica besuga en medio de todo aquello...), los chiquillos correteando a tu alrededor, agarrándote con las manos pringosas y mi compañera de fregoteo que me coge del brazo y me suelta en plan confidente ven aquí, xoxete (ahhhggg), que hablaremos de nuestras cosas. ¡HORREAUR! A partir de aquí, lo de la revista y las sombras chinas, créanme, se convirtieron en pura anécdota.
Pero, sin duda alguna, lo mejor de esa semanita de camping fueron sus noches. Cálidas y eternas noches enlatada, literalmente, en una superficie minúscula e incómoda, con un montón de ropa ajena desperdigada (Pero, ¿quién quiere un hotelito, con sus amplias habitaciones, su servicio de limpieza, sus camas duras y confortables, sus comidas de buffet libre, su aire acondicionado, su baño privado? ¿En qué estaría yo pensando? ¡Pero qué excéntrica y pija soy!). Cálidas y excitantes noches con tu partenaire rozándote por detrás y pidiendo guerra; la luna como testigo de esos encuentros tan "apasionados"; la niña, a cinco centímetros de su padre, soñando en voz alta; el rumor de las olas que ya empiezas a destestar con todas tus fuerzas; los vecinos de Moratalaz que continúan con su juerga particular; ruidos guturales y otro tipo de sonidos perfectamente identificables procedentes de otras tiendas de camping (bueno, va, lo digo, ¡eran pedos! ¿Se imaginan? Cada noche, un concierto de pedos de todo tipo. Lo dicho, ¿¡¿qué coño hacía yo allí!?!); grillos y animalillos diversos correteando a un palmo de tus narices; los ingleses, que vuelven “pacíficamente” del pueblo; la brisa marina que ya ni siento; la silueta de una lagartija en una de las “paredes” de la tienda y el hombre, aquel hombre ideal -el chollo, ¿recuerdan?- que sigue meneándose como una culebrilla, pegado a una servidora, intentando pasar a la siguiente fase. Para, que te va a oír la niña. Suspiro resignada y le doy un manotazo; se ríe y empieza a roncar. Decidido, mañana me voy a mi casa. ¿Quién demonios dijo que el roce hace el cariño...?