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sábado, 15 de septiembre de 2012

ENCRUCIJADAS, MY FIRST KINDLE BOOK



Blanca está convencida de que lleva un apacible, cómodo y feliz matrimonio con Ernesto, dueño de la empresa familiar “AdeA Asesores de Almenara”, quien, siguiendo los pasos de su difunto padre, el legendario y admirado alcalde Ernesto de Almenara, ha sido nombrado candidato al consistorio para las próximas elecciones municipales.
En el primer acto de campaña, la inauguración de una bodega, situada en una zona objeto de deseo y especulación de constructores y políticos, conocerán a Ari, la joven que ha alquilado el local para poner en marcha su negocio “Modus Vivendi De óleos y espíritus”.
Con el entramado político de fondo, la bodega y su nueva “dueña” pondrán a prueba a sinceridad de tan idílico matrimonio, la honestidad y la lealtad del alcalde, e, incluso, la sexualidad de Blanca.

Esta es la sinopsis de Encrucijadas, mi primera novela, mi primer kindle book. Lo encontrarán en Amazon.es, en los siguientes enlaces:

http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-ebook/dp/B009991H5A/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1356168377&sr=1-1

Y, como regalo, les adelanto el primer capítulo:




 I


Blanca se volvió por enésima vez. Sumida en un intermitente e incesante vaivén entre el sueño y la vigilia, quiso refugiarse en el calor del cuerpo de su marido, pero, al hacerlo, el brazo aterrizó, indolente, en ese lado de la cama todavía intacto. Lo palpó a tientas y, al abrir los ojos para cerciorarse de la ausencia, sólo vio los números del despertador que caían, rojos, refulgentes, amenazantes, en su negra realidad: las dos y cuarto de la madrugada.
En su inquieto duermevela, se retorció por debajo de ese apacible mar de flores y espigas de cretona pero, como ya hacía varios jueves, se encontró en medio de un gélido, silencioso y oscuro océano. En un intento de llenar ese vacío, se abrazó a la almohada de su marido pero tan sólo percibió el rastro de aquel aroma masculino que tanto le atraía y que hacía tiempo había empezado a desaparecer. Ya desvelada, volvió de nuevo a su sitio e, incorporándose, encendió la lámpara de la mesita de noche con la intención de leer un rato. El parpadeo de la breve luz de su teléfono móvil llamó su atención: “Esto va para largo...” La reunión. Hubiera querido esperarlo despierta. Siempre lo hacía. Y aquella ocasión bien valía la pena. Por Ernesto. No siempre el marido de una podía salir elegido número uno en las listas para las próximas elecciones municipales. Pero el sueño había podido más que la curiosidad. Pobre Ernesto. Meses y meses trabajando duro, intentando demostrar a los del partido que él era la persona idónea para ese puesto, mucho tiempo intentando convencerlos de que él podía ser un buen alcalde y no sólo por su apellido. Pobre Ernesto. Pobre ella, también. Meses y meses aguantando sus ausencias, sus respuestas ariscas y su eterna preocupación por conseguir lo que se había propuesto; demasiadas semanas intentando permanecer siempre en un segundo plano, discreta, paciente, en un frágil equilibrio entre la admiración y el sacrificio, la complacencia y el cariño. Ése era su papel y lo aceptaba sin reparos. Sabía que lo importante era él y lo quería por eso. Volvió a mirar el móvil: ni una llamada. Se le habrá olvidado. No pasa nada. Sabía perfectamente que, fuera cual fuere la decisión tomada, su vida estaba a punto de cambiar. Demasiado tiempo esperando el momento. Y parecía que el momento, por fin, había llegado. Volvió a mirar el despertador. Las dos y media. Cómo odiaba aquellos números encarnados y brillantes que delataban y dilataban esa sensación de abandono que se negaba a aceptar. No pasa nada. De nuevo, se le cerraban los ojos y, por un segundo, vio a su marido triunfador. No pudo evitar sonreír mientras echaba una ojeada a su alrededor: cuánto tiempo había pasado desde que entró por primera vez en aquella habitación, cuántas anécdotas vividas, cuántas ilusiones puestas. Apagó la luz. De nuevo en la oscuridad, un inesperado escalofrío recorrió su cuerpo. Se encogió entre los pliegues de las sábanas y, en ese preciso instante, la cama le pareció más grande, más fría, más vacía que nunca.

Ernesto abrió la puerta del dormitorio con sigilo y vio el cuerpo de Blanca levemente iluminado por un haz de luz procedente del distribuidor. Qué manía tenía de destaparse en mitad de la noche, con el frío que hacía a esas horas en la calle. Entró de puntillas y buscó la hora en el despertador digital. Las tres y diez. Qué tarde se le había hecho. Con la de cosas que tenía que hacer al día siguiente. Para no hacer ruido y despertarla, se fue quitando la ropa con cuidado, sin perder de vista la silueta dormida que tanta lo atraía, y, ligeramente excitado, se metió en la cama. Ya era viernes.
—Lo he conseguido. —Dejando fuera el crudo enero, Ernesto se había acercado por detrás al cálido contorno de su mujer y la abrazaba con todas sus fuerzas.
—Estaba preocupada por ti —musitó Blanca, acoplándose como una gata coqueta al perfil cóncavo de su marido al sentir aquel roce inesperado.
—Lo siento, cariño; se me ha echado el tiempo encima —le decía al oído mientras su rostro desaparecía en la melena de ella—. Qué bien hueles.
—Tendrías que haberme llamado. —Aquella susurrante voz femenina, en la penumbra, sonaba cálida, dulce, y eso lo encendía todavía más. Con un movimiento certero de pelvis, Ernesto se pegó con decisión a la espalda y le apretó los pechos con ímpetu—. La próxima vez, dime algo, aunque sea sólo un mensajito.
—Ya sabes cómo son los del partido. Se han empeñado en celebrarlo... —La mano de Ernesto se deslizaba de arriba abajo por debajo del camisón de seda siguiendo la senda trazada del cuerpo de Blanca hasta acabar debajo de las bragas y, mientras adivinaba en la oscuridad los recovecos más ocultos, sentía cómo ella, soñolienta, se retorcía sinuosamente dejando escapar breves jadeos —. Lo he conseguido, cariño.
—Lo sabía. No sabes cuánto me alegro. —Blanca se volvió sobre sí misma y se acurrucó contra el torso de su marido. Con los ojos completamente abiertos y una amplia sonrisa, buscó el rostro de él y empezó a cubrirlo con pueriles, breves y suaves besos mientras le daba la enhorabuena—: Felicidades, te quiero, eres el mejor, te quiero, el más guapo, te quiero...
Ernesto permaneció quieto, sonriente, dejando que su mujer lo besara y lo abrazara como una adolescente hasta que, como impelido por un resorte automático, de golpe, se separó de ella y, serio, la miró fijamente.
—Es viernes. —La besó con fuerza, metiéndole la lengua en la boca y, en un movimiento ágil y un tanto brusco, se puso encima de ella. Blanca cerró los ojos. No le apetecía hacer el amor. Prefería hablar con él, abrazada contra su pecho, que le contara cómo había ido lo reunión, qué había pasado, qué le habían dicho, qué iba a pasar desde ese momento. Pero no dijo nada. Nunca decía nada. Simplemente, cerraba los ojos y se iba. Como cada viernes.
—Qué ganas tenía de follarte. —Ernesto, más activo, más viril que nunca, le mordía los pezones por encima de la suave seda e intentaba deshacerse del camisón con torpes gestos mientras su esposa se dejaba hacer—. Qué ganas...
Con falsa impaciencia, Blanca acabó quitándose las bragas y con su marido de rodillas sobre la cama encima de ella, aprisionándola con las piernas, esperó que la embistiera como hacía cada viernes por la noche. Sin embargo y contra todo pronóstico, Ernesto se quedó quieto, erguido ante su mujer mientras ella sentía en la piel los ojos ávidos del flamante candidato a alcalde cuya respiración, cada vez más agitada, iba rasgando poco a poco el silencio de la noche. Blanca mantuvo la mirada en contrapicado y, tumbada ante él, en esa posición entre sumisa y solícita, por unos segundos, lo admiró: con ese cuerpo masculino apenas esculpido a golpe de mancuerna; el pecho henchido, varonil y tatuado con breves segmentos de una tímida luna que ya entraba por las rendijas de la persiana, el miembro erecto apuntándola desafiante y todos los músculos en tensión, aquel hombre se le antojó, por un momento, un auténtico coloso y, durante otro rápido instante, recordó todo lo que aquella misma imagen, un tanto soberbia pero muy de hombre, le había provocado en los primeros meses de casada. Lástima que aquello durara tan poco y que en tan poco tiempo descubriera en qué acababa ese alarde de sexual hombría: el simple, mecánico y previsible quehacer de los viernes. Al principio, pensó que era culpa de ella pero prefirió no decirle nada. Más tarde, se planteó la posibilidad de que fuera de él y consideró prudente no decirle nada. Con el paso del tiempo, impelida por la costumbre y la desidia y amparada en la fantasía, resolvió no hacer nada para recuperar aquellas primeras noches de amor. Así, más de ocho años. Nunca se atrevió a explicarle lo que sentía o, mejor dicho, lo que no sentía. Pero a ella no le importó. A ella ya le iba bien. Era feliz porque lo quería, lo quería mucho, era su esposa y eso era lo único que contaba.
—Por fin lo he conseguido. —En aquellos momentos, lo vio como un héroe, alguien capaz de elevarla a las cotas más altas del placer y de la felicidad; sin embargo, desengañándola para siempre de ese idílico oasis con final feliz, el candidato se abalanzó sobre ella y, sin caricias, sin susurros, sin una maldita palabra que la excitara mínimamente y facilitara el trámite, la penetró. Y ella lo encontró más grande, más fuerte, más duro que nunca. Volvió a cerrar los ojos, suspiró y se abandonó a él mientras buscaba en su mente a aquél que la ayudaba a sobrellevar mejor la obligación marital, como le decía su madre. ¿Cómo se llamaba la película? La del joven que seducía a la protagonista madura. Mientras Ernesto la empujaba una y otra vez, demostrando un brío y una inspiración inusitadas, Blanca recreaba la escena en la que él, el amante sin rostro ni nombre, se encontraba con la respetable mujer, felizmente casada, y, en ese anonimato que podía conferir un bar repleto de gente, la ponía a mil con una mirada profunda, con palabras deliciosamente obscenas que la hacían sentir la más atractiva y experta entre todas las mujeres, con caricias no por suaves menos indiscretas, mordiscos en el cuello, proposiciones impensables... Eso sí que la ponía cachonda y, aunque se lo negaba como un terrible secreto, era su refugio y su salvación la noche de los viernes. En su mente reinaba aquella escena de la película, algo sobre la infidelidad, sin identidades ni voces: sólo un cuerpo femenino que quería volver a sentir y que alguien lo sintiera, sólo un cuerpo masculino que la seducía, la excitaba y la poseía. Así, con los músculos, cada vez más tensos, de su marido encima de ella y el crucifijo que subía y bajaba acompasadamente en el espejo del armario, la mujer del flamante candidato suspiraba de vez en cuando y aguardaba. Ése parecía ser su único cometido: esperar la gran exclamación final masculina acompañada del previsible, brusco y preciso movimiento de retirada a tiempo que le permitía presenciar cómo la inteligencia, el carisma, el saber hacer de su admirado Ernesto se derramaba, caliente, viscoso, blanquecino, sobre el vientre mientras permanecía quieta, como si la cosa no fuera con ella. Como cada viernes. Y ya le iba bien.
—Mi sueño, por fin, hecho realidad —pronunció Ernesto, todavía desnudo, cogiéndola por el hombro, al tiempo que se lo acariciaba cadenciosamente; ella, después de haberse limpiado con una toallita húmeda y con las bragas y el camisón puestos, jugueteaba con los caracolillos del vello del pecho. Debía faltar poco para que amaneciera y el dormitorio olía a semen. Blanca seguía oyendo las palabras de su marido como una melodía cada vez más lejana: A partir de mañana... Blanca se acordó de cuando lo conoció, qué joven era ella, qué inexperta y qué inocente. Te necesito a mi lado... Lo reconocía, él se lo había enseñado todo. Él la había moldeado a su gusto, había sido el primero y ambos sabían perfectamente que sería el único. Estaré muy ocupado… Y era consciente de que ese pensamiento, a su marido, le volvía loco de pasión. Cuando esto haya pasado... Y ella aprendió muy rápido y muy bien. No te preocupes por nada… Sabía que no había nada por qué preocuparse. Mañana viernes me despido de los de la asesoría… Él siempre estaba allí. A decir verdad, en los últimos meses, no tanto, pero era comprensible. Ella también estaba siempre a su lado, dispuesta, esperándolo. La comida y luego... Lo tenía todo. Te quiero, le susurró él, como cada viernes. Qué más podía desear.
—Yo también te quiero, cariño.



sábado, 10 de diciembre de 2011

LA MOCHILA


Hace unos años, salí con un chico que llevaba mochila incorporada (léase, tenía una hija). Reconozco que esto de tener una pareja con apéndice tiene sus pros y sus contras. Supongo que como todo en la vida ¿no? Entre los contras podemos encontrar el hecho de ver a tu amante, aquél que te mete mano en la cola del cine o te susurra las mil y una guarrerías que te haría si no estuviéramos cenando con unos amigos o te mira con ojos lascivos mientras poner a hervir los mejillones, ejerciendo de solícito, tierno y paternal –valga la redundancia- padre en momentos, quizás y sólo quizás, en los que tú lo necesitas más o lo requieres como macho ibérico. Reconozco que frases como ¿Esta tarde? Uff, imposible. Tengo que llevar a la niña al dentista o Este sábado toca festival de Laurita, ¿por qué no nos acompañas? o Este fin de semana su madre no se puede quedar con la niña, ¿te importa si...? pueden acabar con la libido de cualquier mujer y hacer desaparecer cualquier indicio de la perra cachonda que todas llevamos dentro. Sin contar con la mala leche que te entra al ver cómo tus planes y tus expectativas de velada romántica y solitaria –a dúo, me refiero, naturalmente- se escapan por el sumidero. Entre los contras, también podemos observar el hecho de no poder intervenir directa y contundentemente ante reacciones de niña caprichosa, malcriada y maleducada –algo muy común, parece ser, porque no podemos olvidar, y esto sale en todos los manuales, que la niña ve a la pareja de su padre como una rival que la ha relegado a un segundo plano- por lo que una debe reaccionar siempre con elegancia, paciencia, una sonrisa y un tranquilo, cariño, ya se le pasará cuando, en realidad, lo que está pensando es joder, lo que necesita esta niña es un buen sopapo o un buen internado y porque, ante cualquier reacción tuya, la niña siempre te puede soltar un tú calla que no eres mi madre...
Pero, como decía, la cuestión que nos ocupa también tiene sus pros. Y esto yo lo empecé a ver cuando la hija de mi amante empezó a entrar en la pre-adolescencia. Resultó muy interesante y divertido presenciar la evolución de Laura desde la barrera sin esa implicación y, por consiguiente, sin ese sufrimiento propio de los progenitores naturales. Todavía me acuerdo cuando el padre intentó explicarle qué era la menstruación y qué “riesgos” entrañaba. Hazlo tú, cariño, acabó diciéndome el padre entre cortado y desconcertado, tú ya tienes mucha mano con adolescentes y, además, eres mujer. ¡Acabáramos! ¿Por qué esa absurda y estúpida manía de creer que sólo las mujeres pueden y deben explicar a las hijas “el tema”? ¿Acaso los hombres no saben cómo funciona “el tema” o es que les da reparo? Y ya me ven a mí, explicandoles a los dos –no sé quién estaba más interesado, la verdad, si la hija o el padre-, mediante dibujos y flechas, lo del óvulo y su recorrido desde los ovarios, las trompas y demás recovecos femeninos hasta llegar a los cambios de humor y demás alteraciones premenstruales y a los cinco días de compresas y tampones con sus correspondientes mitos y leyendas urbanas. Aproveché la ocasión, con la complicidad y el permiso del padre y ante la sorpresa de la niña, para explicarle a Laurita, de manera objetiva, seria y científica, algunos aspectos de las relaciones sexuales. Todavía me acuerdo, en mis años de estudiante, cuando la monja de religión anunció, en segundo de BUP, que nos iba a explicar todo lo referente al sexo entre un hombre y una mujer y que lo haría ¡con diapositivas! Menudo revuelo se armó con aquel anuncio. Todas nos frotábamos las manos ante tan sugerente clase. Aquello que mirábamos, descubríamos y aprendíamos, en secreto, en revistas de dudosa reputación –porque con los padres, lógicamente, no podíamos contar-, lo íbamos a confirmar en clase de religión; y, encima, con fotos o dibujos, daba igual. Primera diapositiva, una flor. Segunda diapositiva, una abeja. Tercera diapositiva, la abeja posada en la flor. ¡Y eso fue todo, señores! Menudo chasco, vaya mierda de explicación –no me extraña que saliéramos tan taradas...-, otra vez teníamos que volver a las revistas y novelitas clandestinas subidas de tono.
El primer día de discoteca de Laurita también lo viví con relativa tranquilidad. Mientras yo miraba el espectáculo que allí, a las puertas del garito, se había organizado, el padre de la criatura alargaba, inquieto, el cuello para poder ver a su hija entre tanto quinceañero o escudriñaba el reloj como si unos minutos más o menos de la hora pactada fueran a librarle de tanto nerviosismo. Reconozco que me divertía ver la puerta de la discoteca abarrotada de jovencitas excitadísimas y jovencitos no tanto, pero todos ellos sonrientes, sudorosos y con la emoción y la ilusión en los ojos y en los labios. Del resto del cuerpo, mejor no hablamos, ¿vale? Al otro lado de la calle y en los alrededores de la discoteca, coches y más coches de padres y madres preocupadas y expectantes oteando el horizonte y respirando tranquilos al ver a su hijo salir de ese "antro de lujuria y perdición". Más que la puerta de una discoteca de 18:00 a 21:00 horas, aquello parecía la puerta de un colegio cuando llegan los alumnos de una excursión. Laura, ¿dónde estás? Deja de morrearte y sal ya. Son las nueve y cuarto. Éstas fueron las "simpáticas" palabras que mi amante y pareja dirigió a su telçefono móvil. Y, efectivamente, no pasaron ni cinco minutos cuando vimos salir a Laura, cogida del brazo de una amiga, tambaleándose sobre unos finos y delicados tacones (sus primeros tacones) y lamentándose de un dolor de pies inaguantable. No puedo más, estoy hecha polvo, fueron sus palabras nada más dejarse caer en el asiento trasero del coche. Ni un hola papá, ni un beso, nada. Te has fijado en ese tío de la barra, molaba cacho pero estaba con la guarra de la Jessi. Esa sí que buscaba rollo. La próxima vez le entro. Su padre, mudo y atónito, me apretó la mano mientras conducía. Yo me limitaba a sonreír y a ser su apoyo moral en tan difícil trance. Su niña se había hecho mayor...
Unos meses más tarde, comiendo los tres juntos un apacible mediodía de sábado, hablando, hablando, Laura dejó ir que, efectivamente, justo cuando recibió la llamada de su padre dándole prisa para salir de la discoteca, se estaba “morreando” con un tío. A su padre y a mí se nos escapó la risa supongo que de complicidad por lo violenta que debió resultar la situación para ella. Y entre jujú jajá, le pregunté si se había enrollado con él, y ella, también entre jujú, jajá, soltó pues claro y siguió riendo. Nos quedamos mudos, ¿Laura, enrollándose con un chico en una discoteca? ¿Con sólo 15 años? Pero enseguida reaccionamos y nos pusimos a reír, esta vez de nerviosismo al comprobar científicamente que sí, Laura se había hecho mayor.
La segunda fase de este proceso natural para la protagonista y para mí pero turbador para su padre, aunque nunca lo quiso reconocer, fue la comunicación de la existencia de un novio. Por cierto, os comunico que ya tengo novio, fue lo que dijo cuando la dejábamos en casa de una amiga. Lo siguiente que se oyó fue el ruido del portazo que dio al salir del coche. ¿O fue el corazón de su padre al dar un vuelco? Silencio absoluto. Durante el recorrido hacia el cine donde pasaríamos la tarde antes de recoger a Laura, sólo hubo silencio. Sólo él sabe lo que debió pasar por su mente después de recibir esa noticia, por cierto, os comunico que ya tengo novio. Yo me lo puedo imaginar. ¿Novio?, ¿desde cuando?, ¿y qué se supone que significa ese ya? –esta última pregunta es muy complicada para una mente masculina, reconozco que es cosecha propia, lo siento-, ¿y ahora, qué? ¿Estás bien? Silencio. Minutos de angustioso y desconcertante silencio. Es ley de vida, acerté a decir sin ser plenamente consciente de lo que supone para un padre saber que su hija, su única hija, “ya” tiene novio. Ya lo sé, me contestó forzando una sonrisa y espachurrándome la mano. Malo, cuando me aprieta la mano es porque algo le preocupa más de la cuenta o porque está mal y no me lo dice. Y, al cabo de un buen rato, ¿me ayudarás? Me lo podía imaginar, niña adolescente, sus primeras experiencias y él, que se sentía perdido, desbordado. Por supuesto, cariño, yo estaré a tu lado. Joder, menudo papelón. Una cosa es ser profesora e intentar orientar a los padres de mis alumnos en su tarea de educar a “sus” hijos. Una cosa es ser testigo, siempre desde la barrera –con lo bien que se estaba allí- de casi todas las acciones que emprendía mi amante en aras de una buena educación y formación para su hija. Pero, ay señoras, otra cosa muy diferente es que te pida con voz temblorosa que te impliques para ayudar a padre e hija a llevar con la mayor dignidad y naturalidad posibles esa fase. En esos momentos, le vi tan vulnerable, tan solo –el síndrome de rey destronado ya estaba mostrando sus primeros síntomas- que no pude negarme.
Y me puse manos a la obra. Mucha comunicación, aconsejo yo a los padres de mis alumnos, sobre todo que no falte la comunicación. Y ya sabes, Laura, cariño, nos puedes contar lo que quieras, absolutamente todo. No tengas miedo. Cualquier duda, cualquier problema, algo que no entiendas, acude a nosotros, ¿vale, corazón? Sólo me faltó mover la cabeza a lo Igartiburu y susurrar "corazón de verano”. Comunicación, comprensión, respeto, mentes abiertas, Y, sobre todo, tú decides lo que quieres hacer y lo que no quieres hacer con ese chico. Tú decides, nada de extrañarse o poner el grito en el cielo ante lo que digan los adolescentes porque, si no, no volverán a confiar en vosotros. Qué bien hablo, ¿verdad? No, si yo la teoría me la sé muy bien...
La gran prueba llegó cuando, mientras sacaba la mesa después de comer y su padre y yo todavía estábamos con el café, nos dijo, oye, en confianza, una cosa, ¿es normal que cuando te meten la lengua en la boca para besarte la muevan con mucha velocidad? A su padre se le atragantó el café y a mí se me escapó una carcajada, más sonora y escandalosa de lo habitual, que ya es decir. Pero, ¿cómo de rápido?, le pregunté adoptando la seriedad necesaria para tratar un asunto de tanta enjundia, la velocidad de la lengua al besar –ni yo me había planteado el tema en mi primer beso, me excuso contarlo porque creo que el receptor recibió tal mordisco que le fue imposible meterme la lengua; es más, se limitó a darme “piquitos” y ya está-. Es que parece una centrifugadora... Su padre seguía mudo y paralizado y a mí ya se me caían las lágrimas de la risa (no sé si por la preguntita de marras o por la cara del padre). La cuestión no es que vaya rápido o lento sino que lo importante es saber si te gusta cómo te besa o no. ¿A ti te gusta cómo te besa tu novio? La callada por respuesta. Y, sin contarme ni un pelo y recurriendo a mi experiencia y a mi profesión, le expliqué que si no le comentaba nada al chico, el no podría saber nunca que sus besos no eran bien recibidos y que, por lo tanto, seguiría besando como una centrifugadora. (Señoras, esto que le acababa de decir a Laura y que ella entendió a la perfección con 15 años yo tardé en averiguar otros 15 años más. Pensaba que los hombres tenían que adivinar o intuir –por un gesto, un tono de voz, una mirada- todo lo que pasaba por mi mente y todo lo que me ocurría. ¡Qué ilusa!) La niña miraba a su padre buscando su aprobación y él movía afirmativamente la cabeza mientras me sonreía y me preguntaba ¿Te acuerdas? (Que si me acuerdo, dice, ¿cómo no me voy a acordar? Pero eso es tema para otra columna... ) Seguimos riendo con la ocurrencia de la niña, ya no tan niña. Estaba bien esto de la comunicación, se notaba que Laura tenía confianza en nosotros. Era preferible que nos contara sus dudas, que no buscara información en fuentes de dudosa procedencia y nula veracidad y fiabilidad. Nuestras palabras habían caído en terreno abonado. Comunicación. Confianza. Estábamos orgullosos de lo que habíamos conseguido. Pero, súbitamente, vi cómo una nube negra se posaba sobre la cabeza de mi amante: todo esto esta muy bien, pero, una preguntita de nada, cuando la niña eche su primer polvo, ¿también nos lo “comunicará”...?