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domingo, 19 de enero de 2014

SIN PALABRAS

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Sí, si hay palabras.

http://pedroclick.blogspot.com.es/
 

viernes, 1 de febrero de 2013

LA VIDA ES ESTO

La vida es esto.
Con estas sabias palabras, un viejo hombre de barrio, ataviado con su gorra comunista, sus inseparables tirantes y su abnegado bastón, por fin dio tajante y definitiva respuesta a la pregunta que, desde los albores de la Humanidad, se han formulado pensadores, científicos, observadores, psicólogos y demás estudiosos de la especie humana, todos ellos con escaso éxito.
¿Qué es la vida?
La vida es esto, le dijo mi querido y admirado Andrés a su amigo Esmeraldo mientras aquél le daba un codazo preñado de agradecimiento, complicidad y alcohol, y miraba satisfecho la larga mesa cubierta con los restos de una, otra, entrañable y divertida comida y a los amigos de toda una vida que, con los buches llenos y los ojos inyectados de sopor, asentían ante el viejo filósofo.
¿La vida?
La vida es esto.
La vida es quedar un domingo de invierno, cargados con bolsas de comida, termos de café y cajas de buen vino, tempranito para ir de “calçotada”.
La vida es saludar a los viejos amigos y bromear con el mismo afecto de siempre, como si el tiempo no hubiera erosionado, en absoluto, los lazos, cada vez más fuertes, hechos de tiempo, paciencia y complicidad.
La vida es recibir los cálidos besos de todos los miembros de la peña en esa gélida mañana de invierno.
La vida es ver los rostros sonrientes, expectantes, generosos, aliviados de los anfitriones de la gran casa al vernos llegar con retraso.
La vida es comprobar cómo la vieja casa sigue en pie, con sus aperos de labranza, sus piedras grabadas de historias y sus secretos.


La vida es convertir a los gallos de la casa, sin saber cómo ni por qué (no cuenta el efecto del vermú, la cerveza, el vino, el cava y las brasas de la parrilla) en unos auténticos "pollos folladores".


La vida es contemplar durante un buen rato el fuego, catártico, purificador, fértil, hipnotizador, sin pensar en cómo va a dejar la ropa -ya se lo digo yo, apestosa de humo y de brasa-.
La vida es escuchar las explicaciones de un nuevo proyecto, un programa sobre puentes (quizás sea eso lo que necesitamos precisamente: puentes que nos unan más en este tiempo de desesperanza, desengaño y desconfianza).
La vida es quemarse con los “calçots” y la parrilla mientras los aguerridos hombres de campo me recuerdan dónde está el Paseo de Gracia (¿por qué será?)
La vida es acordarse de los políticos, banqueros y demás ladrones, estafadores, corruptos mientras vemos cómo se chamuscan los chorizos en la parrilla.


La vida es sentir cómo el campo aguza los sentidos y abre el apetito (¡¡¡por favor, qué manera de comer y de beber!!!)


La vida es competir para ver quién come más “calçots”, quién la dice más gorda y quién es el más porno en materia de “calçots” y de todo lo que se le parezca. (Sí, ya sé, parece lo que parece -¿o es mi mente un tanto cochina?-. Por favor, absténganse de recurrir a la broma fácil... Jajajaja)


La vida es deleitarse con los postres caseros de las mujeres de la peña y disfrutar sin pensar en las calorías, en el colesterol, en el azúcar...
La vida es despedirse de las cervecitas durante un tiempo para "purificar" la sangre y ponerse bueno.
La vida es echar de menos la caja de Infinity.
La vida es ser testigo (con el beneplácito de los dueños de la casa) de la riqueza que en ella albergan: juguetes antiguos, libros viejos, arcaicos muebles, todo un museo perdido en el tiempo y en la historia,  el testimonio de toda una vida que nos recuerda quiénes fuimos y quiénes somos ahora.
La vida es tener en la habitación un semáforo de verdad. Cuando el dueño de ellame lo comentó, pensé que se estaba quedando conmigo. Cuando comprobé in situ que era cierto, flipé en colores. ¡¡Ole tus cojones!!!
La vida es sacrificarse para estudiar los exámenes que esperan el lunes en vez de ver el partido del Barça.
La vida es soñar con nuevos encuentros: la exposición de El Roto, un partido en el Camp Nou, los 10 años del Guateque de la peña, más partidos del Barça, más fiestas mayores, más "calçotadas"…
La vida es colaborar para que el día salga redondo: preparar el almuerzo, hacer la comida, fregar los platos…
La vida es celebrar el triunfo de España en el Campeonato Europeo de balonmano sin que, en ese instante, se interpongan otros sentimientos.
La vida es volver a la infancia y cantar al conductor del autocar aquello de "señor conductor, acelere, acelere". (Era en el viaje de vuelta y ya se pueden imaginar ustedes la causa de esa vuelta -valga la redundancia- al pasado)
La vida es ver a mi chico feliz y yo, feliz junto a él.
La vida es tener un buen objetivo.


La vida es reír, reír, no parar de reír (aunque sea por el efecto del alcohol), porque ya lloraremos cuando llegue el momento, ¿no?
La vida es llegar a casa agotada y darse una ducha de agua caliente para desprenderese del olor a humo y parrilla pero no del sabor de lo sentido.
La vida es dar gracias por todo lo vivido.

¿La vida?, nos preguntábamos tú y yo... (con tu permiso)



Cuánta razón tienes, mi buen amigo Andrés. La vida es, sencillamente, esto.


¿Y nos parece poco?


PD. Todas las fotos son de PedroClick.
http://9barrisimatge.blogspot.com.es/
http://pocallum.cat/



sábado, 19 de enero de 2013

LOS AUTÉNTICOS "RESCATADORES"

Cada año lo había visto en la televisión: deportistas famosos visitando los hospitales y Reyes Magos entregando regalos a los niños en las plantas de pediatría. Cada año observaba en la pantalla las sonrisas de los niños enfermos y las miradas gratificantes de las madres abnegadas y entregadas y de los padres pacientes y solícitos. Cada año reflexionaba sobre la labor de los médicos, las enfermeras y demás personal durante estos días de especial significado. Y este año, nos ha tocado a nosotros, a mi familia, y hemos vivido en carne y hueso todo lo que veíamos tan cómodos desde el sofá del salón.
Durante estos días de magia, ilusión y sueños, en la planta de Pediatría del Hospital Sant Pau de Barcelona, hemos vivido, entre batas verdes, tubos de oxígeno, mascarillas, chutes de adrenalina y bombonas de helio, la visita de Xavi, Alba, Montoya y Thiago del Barça y la llegada de los Reyes Magos de Oriente y de la Tuna. Han sido ellos quienes, de una manera u otra, han roto la monotonía de horas de espera y días sin fin, y han hecho que las jornadas de hospitalización tuvieran algo de positiva emoción.
Sin embargo, para ser sincera y honesta, tengo que decir que la verdadera magia proviene de otras personas, personas anónimas que no salen en la tele, que no son famosos, y que, lejos de cobrar un dineral y a pesar de los recortes salariales, siguen poniendo todo su empeño y su profesionalidad para que el sistema público de sanidad continúe funcionando y que los enfermos se vayan curando poco a poco. Por toda la labor realizada en silencio, en el anonimato y en la honradez, GRACIAS. Gracias y ánimos a los médicos, a las enfermeras, a los auxiliares, al personal de limpieza, a los voluntarios por atender cuidadosamente nuestros enfermos (y familiares) sin escatimar esfuerzos ni horas ni sonrisas. Gracias por seguir trabajando y luchando por lo que es justo y necesario.
Estamos muy agradecidos pero no puedo evitar pensar en la gran paradoja que he presenciado: arriba, deportistas célebres y ricos, managers, regalos, representantes de grandes empresas; abajo: tiendas de campaña, pancartas y recogidas de firmas que evidencian la lucha contra los recortes y las injusticias que se están cometiendo en el ámbito de la Sanidad.
Sanidad, Educación, Cultura, Bienestar... No puedo evitar sublevarme contra tanto político ambicioso e incompetente, contra tanto recorte sin escrúpulos y sin futuro y contra tanto rescate sin sentido. No, señores políticos, no se engañen: ante tanta injusticia, tanto desagravio y tanta hipocresía, quienes están rescatando el país no son ustedes sino esos ciudadanos anónimos que, a pesar de todo, siguen al pie del cañón alzando la voz y tendiendo la mano. Esto no es una paradoja, es una maldita ironía.

domingo, 29 de enero de 2012

EL CLÁSICO

Llegué a las ocho y media de la tarde para coger sitio. La mesa ya estaba reservada pero me dijeron que íbamos a ser unos veinte aquella noche. Saludé a Ángela, la china que lleva todo el cotarro. Pedí un agua con rodajitas de limón. Cogí el periódico. Me senté en un rinconcito y me dispuse a pasar el tiempo tranquilamente (es un decir porque sólo leí noticias catastróficas) hasta que llegara la hora.
A partir de las nueve, nueve y cuarto, empezaron a llegar los demás: Andrés -que venía con un amigo recién llegado de Senegal-, Manel, Isidro, Nico, Lili y su familia, Joan, Elia, Kiko, y un largo etcétera cuyos nombres todavía no recuerdo con exactitud. Poco a poco, se fueron colocando alrededor de la mesa como piezas del tetris, encajando a la perfección, sin dejar ni un solo espacio, de tal modo que ¡joder, vamos a tener que ponernos una sonda porque, tal y como estamos ya, va a ser imposible ir al lavabo!
A las nueve y media, el lugar estaba abarrotado y Ángela ya iba de bólido de la cocina a la barra, de la barra a las mesas, de las mesas a la cocina: dos cervezas, un bocadillo de panceta, un plato combinado de chuleta de cerdo, tres cañas, una de bravas, almendritas saladas, dos de morro caliente, cuatro tubos, tres bocadillos de tortilla, cinco quintos y algún que otro cuenco de arroz chino. Todos colocados, todos servidos. Y, por fin, llegó la hora, las diez de la noche, la hora C de aquel miércoles de enero. Y yo estaba allí, rodeada de botellines de cerveza y platos rebosantes de colesterol, envuelta de atávica testosterona (es decir, de gritos, cánticos iniciáticos, golpes en la mesa, bufandas ondeando en lo alto y demás demostraciones masculinas) a punto de presenciar el gran evento de la hora C, la hora del clásico: Otro partido del Barça contra el Real Madrid.
Sí, señores, yo, que me acuesto cada día como las gallinas, a las diez y media de la noche; yo, que no sacrifico mi sueño por nada del mundo (es que me levanto cada día a las seis de la mañana); yo, que siempre he despotricado de esos encuentros salvajes y desproporcionados, que no hay nada como un buen cine de autor o una obra de teatro, de esas que te hacen pensar...; yo, que me estoy quejando constantemente de los sueltos astronómicos que cobran ciertos jugadores de fútbol; yo estaba allí, como ida ante la pantalla plana gigante, contagiada de todo el entusiasmo que se vivía en esos pocos metros cuadrados, aplaudiendo a rabiar a Messi, a Xavi, a Pinto, a Alves, a Iniesta, a Busquets; abucheando a Pepe, a Cristiano, a Casillas, a Ramos, y cantando a todo pulmón el himno del Barça (que no sé) en cuanto apareció la figura del entrenador mientras estrechaba cortésmente la mano del polémico portugués. ¡Ángela, una sin alcohol! Empieza el partido.
Me había propuesto no abusar en la cena pero, mientras veinte hombrecillos en pantalón corto sudaban la gota gorda corriendo tras una pelota, yo sólo presenciaba un ir y venir de platillos humeantes que rezumaban grasa. Mi estómago empezó a hacer de las suyas, mis jugos gástricos iniciaron su ritual y mi boca ya estaba salivando ante tanto “manjar”. De fondo, un “hilo musical” lleno de ¡uyyyy! cada vez que el portero local despejaba un balón enemigo; de ánimos cada vez que uno de los nuestros se apropiaba del esférico; pero, sobre todo, de improperios: ¡tarugo!, ¡inútil!, ¡asesino! cuando alguien en concreto se acercaba a uno bicolor. Pero yo, modosita y recatada ante tanto “salvaje”, a lo mío, debatiéndome entre un plato de ensalada o algo más “suculento”. No, acuérdate de la dieta. No te conviene tanta porquería, y menos por la noche. Mejor, un pescadito a la plancha, un poco de ensalada y agua. Sí, eso.
¡Ángela, una cerveza, una de bravas y una de morro cliente!
¡Qué placer gastronómico! ¡Qué bien sabe el pecado! ¡Qué gusto transgredir la norma!
Con la gula satisfecha, ese saborcito en los labios y el alcohol en las neuronas (qué exagerada soy, ¿no?), el partido empezó a cambiar de rumbo (¿o fui yo la que lo vio de otra manera?)
Al primer gol, ya noté ese cambio: me levanté, me abracé al de al lado (sólo lo conocía de vista y había cruzado con él cuatro palabras contadas), claro que la ocasión lo merecía. Pero, a partir de ahí, fui otra. ¡Vamos!, ¡arriba!, ¡chuta, cabrón!, ¿¡que no lo ves!? ¡hijo de tu madre! Ni yo misma me reconocí aunque, comparado con lo que decían los otros, lo mío era un juego de niños. ¡Angela, otra cerveza! El segundo gol local, un chutazo impresionante, despertó la fiera que hay en mí: gritos, silbidos, palmadas en la espalda, abrazos con todos los del bar, besos, risas... Aquello parecía una auténtica catarsis. ¡Qué liberación gritar sin que nadie diga lo contrario! ¡Qué sensación la de decir tacos sin que nadie te lo repruebe! ¡Qué bueno silbar, suspirar, animar, aplaudir, cantar todos juntos! ¡Qué borregos parecíamos!
Media parte. Como si de un ritual religioso se tratara, con el gesto del árbitro, todos los allí presentes nos levantamos de golpe: unos para ir al lavabo (con la consecuente cola) y otros para fumar fuera.
A las once y cinco de la noche (hacía una media hora que yo ya debía estar en brazos de Morfeo), también como autómatas, todos volvimos a nuestros asientos y, de nuevo, otra ronda: más cervezas, más bocadillos de tortilla, más patatas bravas, más morro caliente, más panceta, ale, venga colesterol, venga grasa, y yo, como buena niña que soy, me limité a pedir un quinto. El último, lo juro.
Gol anulado del contrario. Jugarretas varias. ¡Cabrón! ¡Hijo de …! Gol del contrario. No pasa nada. Todavía nos tienen que marcar más. En un abrir y cerrar de ojos, otro gol del contrario. Ahora sí que está la cosa chunga. Hay que vender al portero. Nervios. Tensión. Diez minutos para que acabe el partido. Y, justo, en ese preciso momento, el “hilo musical” dejó de escucharse. Tan sólo, algún ¡Ángela, un descafeinado! o ¡Ángela, un coñac! o ¡Ángela, un gintonic, que esto no hay quien lo aguante!
Me levanté un momento para estirar las piernas y, por un momento, me fijé en los parroquianos que estaban allí, subyugados ante la pantalla plana gigante. Todo el mundo estaba en silencio, aguantando la respiración, suplicando en murmullos para que acabara ya el encuentro. Por un momento, pensé que todo el mundo, sí, literal, todo el mundo -Argentina, Paraguay y Uruguay a las 17:00 (-5h); en Chile, Bolivia y el Este de Estados Unidos (New York, Miami, Boston, New Jersey) a las 16:00 (-6h); en Venezuela a las 15:30 (-6:30); en Colombia, Perú, México y el Centro de Estados Unidos (Texas, Kansas, Oklahoma ) a las 15:00 horas (7); en Honduras, Nuevo México (US), El Salvador, Utah y Denver a las 14:00 horas (-8); y en Los Angeles, San Francisco, a las 13:00 horas (+9). Esta información la he sacado de Internet-, lo que iba diciendo, todo el mundo estaría igual que nosotros, con el corazón en un puño (por ambas partes), con los nervios a flor de piel, en torno a una mesa llena de cervezas y platillos con las sobras de colesterol.
Porque, pensándolo bien, ¿alguien se puede imaginar un encuentro así (no sólo me refiero al partido de fútbol en sí) con un plato de verdura hervida?

PD. A Joan, Manel, Elia, Andrés, Kiko, Nico, Isidro, Lili y ese largo etcétera de 9barris que vosotros ya sabéis, gracias por dejarme ser "vuestra novia".