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domingo, 12 de enero de 2014

LEER, COMER, AMAR

Un rey mago con sonoro, gallego nombre de mujer –Iria- me ha regalado unas letras, La palabra de las hijas de Eva, de Teresa Moure, y, con esta lectura, sin ella saberlo, me ha dado una excepcional experiencia que me ha recordado otras muchas en las que, sorprendentemente (o quizás no), los verbos LEER, COMER, AMAR se han fusionado en una misma acción. Y no, no me refiero a los libros de cocina o a los libros de comidas (léase comidas internacionales, exóticas, extravagantes o los famosos libros de tapas, pinchos, montaditos y demás degustaciones culinarias) que tanto éxito están teniendo últimamente. No. Me refiero a algo no tan físico (o sí), a algo no tan pragmático (o sí); me refiero a algo más esencial, a algo más intrínseco, a algo más sublime.
El regalo de Iria me ha recordado otros regalos (libros) que han sorprendido mi alma, han alimentado mi mente y han provocado en mi cuerpo el éxtasis. Y por eso, porque la lectura nutre, alimenta, satisface, sorprende, entretiene, proporciona placer, no puedo evitar relacionarla con otra acción igual de humana, cotidiana y decisiva: la comida.
Y así, con esta singular simbiosis, pienso y me recreo en los libros que me han regalado  -y que me he regalado, ¡para qué negarlo!- a lo largo de la vida y que han constituido -y todavía constituyen- auténticos descubrimientos y los relaciono con experiencias culinarias que también han devenido una verdadera emoción para mis sentidos.
Los versos de Neruda y los sonetos de Shakespeare fueron un regalo de mi buen y amado amigo Manel y siempre los he asociado con un algún platillo delicatesen, alguna de aquellas delicias breves, intensas y completamente rompedoras propias de la cocina de diseño (el Dos cielos, de los hermanos Torres o los platillos de mi hermana mayor en Navidad) que alteran el paladar y la mente, que obligan a ir descubriendo poco a poco, muy poco a poco y con los ojos cerrados -paradójico si pensamos en la lectura, ¿no? Pero sí, he descubierto que se puede leer con los ojos cerrados, con los ojos del alma- qué ingredientes y qué intenciones encierran esas rítmicas palabras o ese microbocado.
Los libros que me regaló Álvar –Tren a Bagdad, de El Corán, Historia de la Literatura Árabe- y toda la literatura árabe que me he ido regalando desde que la descubrí los fui saboreando como hice con aquellos tajines hechos en el desierto, a ras de duna, a fuego de leña de palmera, con manos morunas, preñados de especias que les dan ese gusto tan intenso, tan extremado e inexorablemente inolvidable.
Los best-sellers me recuerdan la comida rápida (que no basura. Ojo). Los últimos que leí en verano, Misión Olvido, de María Dueñas, y La verdad sobre el caso de Harry Quebert, de Joël Dicker, los deglutí a pasos agigantados, apenas sin masticar, apenas sin respirar, como quien se zampa una deliciosa pizza o una hamburguesa completa como algo excepcional y disonante en medio de la armonía -¿o monotonía?- que confiere una dieta completamente equilibrada y sana.
Los cuentos de mi amiga Mercedes Abad, Borges, Jack London, Saki, Empar Moliner, Fernando Iwasaki, Fernández Cubas y los microrrelatos a los que me va acostumbrando mi amiga Dolors me transportan a una barra de bar cubierta de montaditos: tan breves, tan intensos, tan rompedores, tan innovadores que acaban alterando el paladar y las neuronas.
Las últimas adquisiciones se asemejan a los nuevos restaurantes que voy descubriendo y que van ampliando la lista de mis favoritos: Una madre, de Alejandro Palomas (un libro para vivir y llorar); Stoner, de John Williams; Melissande, ¿qué son los sueños?, de Hillel Halkin; etc. 
También están los que marcan la tradición, los que se escriben con mayúsculas, igual que aquellos platos que siempre vuelven para las grandes ocasiones y para las celebraciones: Madame Bovary, La Regenta, El Quijote, los versos de Emily Dickinson...
Y luego están los de toda la vida, aquellos que se asemejan a los platos de casa, aquellos que no te importa repetir, aquellos que te acompañan siempre porque que te transportan a algún rincón de tus afectos, a algún capítulo de tu vida, a algún momento de tu humilde y anónima existencia. Allí están las obras de Carmen Martín Gaite (Nubosidad variable), Vargas Llosa (Travesuras de la niña mala), Stefan Zweig (Veinticuatro horas en la vida de una mujer), André Gide (El inmoralista), Eduardo Mendoza, Elvira Lindo, García Márquez, Landero, Moure (Hierba mora), Ryszard Kapuscinski (Viajes con Heródoto) y muchos, muchísimos más. Lo bueno que tienen estos libros, igual que los platos de toda la vida, es que forman parte de una colección abierta y sin fin. Ahí están los de siempre pero comparten estantería con los que tienen que llegar y que se harán un hueco merecido e inalienable. Igual que los platos: ahí están la ensaladilla rusa, los boquerones en vinagre, los calamares rellenos, la ternera con setas, los roscos y los pestiños de mi madre, pero también están  la ensalada de tomate y queso y la pizza de mi hermana pequeña, la habas con almejas o los calamares con alcachofas de la mayor, o los pescados al horno o en tomate, la tortilla de patatas o el pulpo a la gallega de mi amigo, amado y amante. O mis ensaladas, que están de rechupete por todos los ingredientes que meto (no tiene secreto, le echo lo que encuentro en la despensa, ni más ni menos) y por el experimento que supone para mis invitados. Y el elemento que tienen en común todos (platos y libros) y que los hace realmente especiales y merecedores de memoria es que reconoces los sabores, identificas los estilos, estás familiarizados con los secretos y, lo mejor de todo, no quieres que se acaben. Y esto es lo que está pasando con el que me ha regalado mi amiga Iria.
LEER
COMER
¿Y el tercer verbo?, se preguntarán ustedes. ¿Qué pasa con AMAR?

Mi abuela me decía (y mi madre sigue la tradición) que el verdadero y único ingrediente que se necesita para que un plato salga a pedir de boca es el AMOR. En cada chispa de sal, en cada cucharada de aceite, en cada grado al horno, en cada masa fermentada tiene que haber amor porque, si no, el plato no saldrá como nosotros queremos. Y es que cocinar (en todas las variedades existentes) es un acto de amor, igual que regalar libros. El amor está presente desde el principio (pensar en esa persona y decidir regalarle un libro-invitarla a casa a comer) hasta el final (darle el regalo-ponerle el plato en la mesa), pasando, ¡cómo no!, en la elección de un título o de un menú. No veo mayor acto de entrega y de afecto porque la lectura, igual que la comida, como he dicho al principio, alimenta, nutre, satisface, sorprende, entretiene y proporciona placer. Regalar, regalarse libros, cocinar para alguien o para uno mismo es un acto de amor, amar, amarse. ¿Qué hay mejor que todo eso?

domingo, 24 de noviembre de 2013

EL LEGADO DE ELOI


El viernes estuve en el homenaje que los miembros de la UEC de Mataró (Unió Excursionista de Catalunya de Mataró) organizaron y rindieron a nuestro gran amigo Eloi Figueras Trouwborst. El acto empezó con la inauguración de una exposición de fotografías en las que se veía a Eloi en su entorno más natural, nunca mejor dicho, Eloi en contacto con la naturaleza: escalando, esquiando, haciendo vivac, alcanzando altas cumbres, en el desierto, fotografiando la naturaleza, admirando los paisajes… Entre pases de fotografías, vídeos y parlamentos, se recordó la figura del amigo. Fue un acto sencillo y muy sentido. Vimos al Eloi más valiente, el más aguerrido, el más osado, el más concienciado con el entorno; un Eloi corpulento, deportista, lanzado; un Eloi que recorría cientos, miles de kilómetros para alcanzar las más altas cotas (los 3000, los 8000), para ver los más bellos paisajes (cumbres rodeadas de nubes, vastas llanuras, blanco, todo blanco), para fotografiar las flores que crecían en tan singulares parajes: China, Bolivia, Pakistán, Argentina, Chile... Vimos a un Eloi que desafiaba las leyes de la naturaleza (paredes verticales, lenguas, oquedades, grietas a miles de kilómetros de altura, temperaturas extremas, entornos inhóspitos) y las de su propia naturaleza. Sí, también vimos a Eloi recorriendo los paisajes más cercanos, pero siempre con sus botas de escalar o de esquiar. Y, cómo no, siempre con su cámara y su trípode. Vimos al Eloi más generoso y más compañero, el que se ofrecía a trazar nuevos caminos, el que acompañaba, el que guiaba, el que conocía, el que aconsejaba. Vimos al Eloi más de la UEC, casi un héroe.

Pero yo no lo reconocí.

Entre las fotos que vi y los parlamentos que escuché, eché de menos el Eloi que conocí, al Eloi “a ras de suelo”, el Eloi amigo, el Eloi buen conversador, el Eloi lector, el Eloi escritor, el Eloi profesor, el Eloi amante de la buena comida, el Eloi mataronés, el Eloi más familiar, el Eloi hombre, el Eloi persona. Ese es el que yo conocí.
Y es que, cuando nos veíamos, no hablábamos de sus expediciones (sólo una vez me habló de su viaje a la Patagonia: a Patagonia o al psiquiatra, me dijo, ¿quieres venir? Lo siento, Eloi; siento no haber vislumbrado en esa propuesta una llamada de auxilio) ni de sus logros en el deporte de la alta montaña ni de los paisajes en las alturas (quizás porque yo de montañas, nada de nada; quizás porque lo que nos unía, extrañamente, no tenía nada que ver con eso). No. Cuando nos veíamos, lo hacíamos en tierra firme. Quedábamos para ir al cine, para hablar de libros y de escritura (la suya, muy naturalista; la mía, más creativa y literaria, pero eso también nos unía), para leer poesía, para comer o cenar (le encantaba el buen yantar, especialmente la paella de Can Margarit o una pizza en cualquier restaurante italiano de Barcelona o de Mataró), para ir de marcha, para ir a Les Santes, para ir a la playa o a la piscina a nadar, para ir al mercado de la Plaza de Cuba, o, sencillamente, para charlar, para compartir sueños y frustraciones, alegrías y penas, para arreglar el mundo -especialmente, el de la docencia. ¡Cuántos quebraderos de cabeza sufrimos por culpa de nuestros alumnos y de nuestros jefes!-, para poner en orden nuestras vidas…

Y, sí, eché de menos a este Eloi el viernes. Pero el viernes lo entendí todo.

Entendí que Eloi era valiente, fuerte, atrevido en las alturas pero frágil, quebradizo, vulnerable, a pie de calle; entendí que Eloi encontraba en sus expediciones la libertad, la alegría, la armonía (que tanto le costaba hallar en la vida diaria) y que, a ras de suelo, se sentía atado o triste o atormentado; entendí por qué fotografiaba la belleza en una grieta, en una cima (sí, que fácil resultaba admirar la bella naturaleza y qué complicado resulta verla en las calles, en las obligaciones, en las consecuencias) y que no supiera encontrarla en el gris de la ciudad; entendí que buscara el silencio y la paz de la altas cumbres (qué sencillo era no oír nada, no pensar en nada en la duna del desierto, en la ladera de la montaña y qué complejo parece encontrar un minuto de callada tranquilidad entre ruidos, gritos, voces) y que no supiera encontrarlos entre las prisas y la vorágine del asfalto; entendí que necesitara enfrentarse a las inclemencias del tiempo y a los dictados de esa naturaleza hostil, salvaje, sublime y que no fuera capaz de resistir ante las injusticias sociales o las incongruencias educativas o que no pudiera sortear los obstáculos que la vida le puso en forma de desengaño o de frustración, algo muy propio de la condición humana…

¡Qué gran lección me has dado, amigo Eloi! ¡Tremendo legado me has dejado! Supiste luchar ante la adversidad natural y tu ausencia -gracias a tus colegas y amigos de la UEC de Mataró, de Sants, de Gràcia y de otras entidades- me ha enseñado que la vida es lucha, es desafío, es triunfo pero también fracaso; tu ausencia me dice que hay que ser valiente siempre y que las dificultades pueden venir en forma de alud o de roca inexpugnable pero también se presentan disfrazadas de desdén, desolación o incertidumbre.

El viernes pasado, Eloi, te recordamos entre imágenes, anécdotas, confesiones, agradecimientos, sonrisas y lágrimas.

El viernes pasado, Eloi, te descubrí y te admiré; te sonreí y te valoré; te pedí perdón, te perdoné y me perdoné… 




sábado, 1 de junio de 2013

OPERACIÓN BIKINI



Hoy, sábado, 1 de junio de 2013, mis queridos y abnegados lectores, empieza para una buena parte de las mortales del mundo mundial la esperada y temida “Operación Bikini”, o, lo que es lo mismo, esa amalgama de trucos, consejos, cálculos, combinaciones, mejunjes y demás triquiñuelas que solemos llevar a cabo el último mes de la primavera para poder lucir palmito los largos días y las cortas noches de la siguiente estación. Y yo, señoras y señores, he inaugurado dicha operación como se merece, por todo lo alto: tostaditas de salmón y paté y un buen cafelito con leche, con su azúcar y su espumita, de esos como los que me preparaba mi madre en tiempos ya remotos. Y es que yo llevo haciendo esto de la “operación bikini” desde hace ya un año. Sí, llevo un año desayunando café solo con sacarina acompañado de una tostada de pan integral con queso de régimen, con un 30% menos de grasa. Y sí, tengo que reconocer que me he acostumbrado, sí, a esa mínima pócima amarga con un mínimo y soso bocado;  mi dietista dice que es lo mejor, sí; pero, qué quieren que les diga, donde se ponga un gran tazón de café con leche con sus dos cucharadas de azúcar blanca y un par de bizcochos de chocolate o unas rebanadas de pan -en plural, sí- cubiertas de algo suculento, no sé, jamoncito, paté, boquerones en vinagre, tortilla de patatas… Llevo un año suspirando por este desayuno y hoy, 1 de junio, primer día de la operación bikini, por fin, he hecho realidad esta fantasía. Déjense de fantasías erótico-festivas: para una mujer que está permanentemente de dieta, pesando los gramos, calculando las calorías, midiendo los centímetros y espiando la báscula, no hay nada más libidinoso, más excitante y más orgásmico que un buen manjar repleto de sabrosas y suculentas viandas, aquellas que rebosan los platos y la mesa, aquellas que transgreden las sagradas combinaciones de nutrientes y que hacen honor a todo lo prohibido. ¡¡¡¡Dios!!!! ¡¡¡¡Qué placer!!!! Llevo un año con el maldito papel colgado en la puerta de la nevera, con los listados de alimentos estrellas: frutas (no todas porque el plátano o la chirimoya están en rojo), verduras y hortalizas (aquí sí que entra todo lo verde, lo rojo y lo naranja), pescado blanco y carne también blanca (pollo, pavo y conejo). ¡¡Y todo con aceite acalórico!! ¡Ay! Cómo echo de menos mi aceite de oliva, el bueno, el sabroso, el genuino. Llevo un año racionando otros alimentos como la ternera o el marisco. Nada de lo otro, sí, de lo realmente bueno, las aceitunas, el coco, el aguacate, la mayonesa o el kétchup, y, por supuesto, nada, absolutamente nada de alcohol y de dulces. A mí no me va lo dulce, nunca me ha ido, pero ¿no les pasado nunca que basta que les prohíban algo para que les entren unas ganas locas de comerlo? Pues eso me ha pasado a mí, en cuanto me prohibieron los dulces, empecé a babear como una lela amorrada a los escaparates de las pastelerías y de las panaderías. Lo mismo con el alcohol. Yo, desde siempre, he bebido mucha agua, poco alcohol (sólo los fines de semana) y nada, absolutamente nada de refrescos (no me gustan); pues bien, sigo bebiendo agua pero, con las malditas prohibiciones, ya me he aficionado a los líquidos de cola y cada vez me pirro más por una cervecita bien fría, una copita de vino o un sorbito de cava. ¡¡Qué vida más perra!!
Y es que, ya lo decía Platón, el ser humano está lleno de contradicciones y ha sido creado para tener siempre un pie en el bien y el resto del cuerpo tanteando y tentando el mal (que, en este aspecto, el de la comida me refiero, no está tan mal)
¡Operación bikini! Me río yo de estas “operaciones” y de todo lo que hay detrás de esas terribles palabras. Para empezar, el sexismo: ¿Por qué no hay una “Operación Slip” o una “Operación Boxer”? ¿Acaso ellos no tienen que ponerse a punto para el verano y perder esos flotadores, lorzas o esas barrigas cerveceras que han ido “trabajando” durante el invierno a base de cervezas, potajes y sedentarismo? ¿Acaso ellos no deberían pensar en los demás (como hacemos nosotras) cuando se ponen el primer bañador de la temporada?  ¿Acaso ellos no están obligados a tener en cuenta que el exceso de michelines, además de ser una cuestión estética, es un asunto de salud? Me acuerdo de que, antes de ponerme yo a dieta, ya me sentía mal: me costaba moverme, roncaba como una cerda (bueno, mi compañero, ídem de ídem, no se vayan a pensar) y no me sentía bien conmigo misma: empecé a odiar ir de compras y empecé a descuidarme (sí, lo reconozco). Pero la puntilla me la dio mi médico de cabecera (una mujer estupenda y una profesional como la copa de un pino) cuando me advirtió que, si seguía así, tendría muchos problemas de salud en un futuro no muy lejano. Vamos, que me acojonó, la tía. Me explicó todos los efectos que tiene el exceso de quilos en una mujer que pasa los 40: que si colesterol, que si después de la menopausia (¡por favor! Yo, menopaúsica, ¡si estoy hecha una pimpollita!), que si tenía que hacerme análisis (¡pero si siempre he estado bien!).... La muy puñetera consiguió que me pusiera manos a la obra.
Pero, ¿y ellos? ¿Por qué siempre hemos de ser nosotras las que estamos obligadas a estar de coña en la playa o en la piscina? ¿Quién ha dicho que a nosotras nos encanta ver a esos panzudos paseando por la playa, con los michelines embadurnados de crema solar moviéndose al vaivén de las olas o los pectorales a la altura de las costillas? No, señores, a nosotras también nos gusta ver cuerpos esculturales (no importa la edad), músculos tersos, piernas torneadas y tabletas abdominales. Insisto, no nos importa la edad. A nosotras también nos gusta admirar la belleza y no tener que volver la cabeza con cara de asco ante tanto buda apalancado en la arena con la nevera y la silla de plástico al lado.
¡Operación bikini! Otra cuestión relacionada es la publicidad que se hace en torno a este mito: anuncios de chicas jóvenes (algunas tan jóvenes que ni siquiera se han desarrollado), chicas hiperdelgadas que publicitan pastillas para adelgazar, alimentos para adelgazar y empresas que ayudan a adelgazar). ¿Qué pasa? ¿Cómo es que no sale ningun mujer entrada en años y en kilos con el mismo propósito? ¿Qué pasa? ¿Que nos creen idiotas? ¿Quién coño se va a creer toda esa bazofia en la que no nos tienen en cuenta a nosotras, las cuarentonas (mejor dicho, a las cuarentañeras) que nacieron ya con barriga y miches, que tenemos que comer fuera, que tenemos que lidiar con el trabajo, la casa, los niños, el marido; que tenemos que superar la ansiedad y las crisis de todo tipo? ¿En qué narices piensan los publicistas para poner una niñita en bañador anunciando barritas saciadoras o saciantes, pastillas quemagrasas o fajas reductoras? ¡¡¡Por el amor de Dios!!! ¡¡¡Si eso no se lo cree nadie!!! Que me pongan a mí, ya verían como venden después de probarlo todo... O no, porque, por fin, nos daríamos cuenta de que todo eso no vale un pimiento. Que lo único que vale es cerrar la boquita y mirar a otro lado cuando veamos pasar por nuestras narices las bandejas de los camareros repletos de deliciosas tentaciones. ¡¡¡Aaahhhh!!!
Pero lo peor de toda esta maldita “Operación bikini” son los tiempos. Me explico. Los anuncios para adelgazar, tanto en la tele como en la prensa escrita como en las marquesinas de autobús o vallas publicitarias, empiezan a aflorar por abril, mayo (sin olvidar el mes de enero, justo después de los atracones navideños) lo que significa que, supuestamente, en escasos dos meses, una mujer va a poder perder todos los quilos que ha ido acumulando en ¿cuántos meses?, ¿6?, ¿7?, ¿8 meses? ¡¡¡Por favor!!! Eso sí que es un atentado contra la salud pública. Con esas operaciones bikini suicidas, lo único que se consigue es someter al cuerpo y a la mente a unas condiciones completamente perniciosas para el equilibrio de la persona hasta el punto de alterar completamente el organismo con consecuencias, en algunas ocasiones, irreversibles. Promesas y más promesas sin el control de buenos profesionales. Eso sí que debería estar perseguido por la ley. Pasar de los bocadillos, los potajes, los huevos fritos con patatas, los embutidos, los dulces y las cervezas de los partidos de liga a la hoja de lechuga, el pollo a la plancha y la manzana o la piña, así, de golpe, sin preparación alguna. Pasar de las 2000 calorías a las 500 de rigor, ¡¡¡y sin pasarse, ¿eh?!! a base de sacrificios infundados, perversiones nutricionales; vamos, cerrando el pico sin apenas criterio. ¡¡¡Qué duro!!! Pero lo más duro es comprobar que todavía hay mujeres hechas y derechas, cultas y cultivadas, que escuchan esos cantos de sirena y se creen a esos parlanchines y parlanchinas de pacotilla. ¡¡¡Alerta!!!
En fin. Yo he hecho mi operación bikini, estoy haciendo mi operación bikini desde hace un año, con la ayuda de Bibiana, mi querida y abnegada dietista, la que me sonríe siempre cada viernes, la que nunca me regaña si gano algunos gramos durante la semana, la que comprende mis “pecados” y mis debilidades, la que me anima a seguir cuidándome (mil gracias desde aquí, de verdad). He adelgazado unos quilos, sí, estoy más ágil y alguien me dice que ya no ronco, pero sigo teniendo mis mofletes, mis curvas y mis redondeces (si no, ya no sería yo) y me gusto. Porque eso -además de la salud, por supuesto y por encima de todo- es lo importante, estar a gusto en la propia piel, gustarse, seguir gustándose. Porque en eso está la verdadera recompensa: llevar un bikini a gusto, con gusto, con seguridad y con arte es la mejor “operación bikini”.

Por cierto, ayer hice una ensaladilla rusa para chuparse los dedos (receta de mi madre). Es que hoy tengo cenita con los amigos. Y, mañana, comida familiar. Y pasado...
Lo dicho, ¡3 hurras por la operación bikini!

domingo, 17 de febrero de 2013

COSAS QUE PUEDES HACER CON 10 KILOS MENOS


En primer lugar, ante todo y sin falsa modestia, siéntete orgullosa del logro. Sí, recreáte en lo que has conseguido porque sólo tú sabes lo que ha supuesto para ti llegar hasta aquí, sin que importe el tiempo invertido. Diez quilos menos, sí. Y sólo tú sabes la cantidad de sacrificios que has hecho para alcanzar la meta. Sólo tú sabes de la constancia, de las renuncias y de la perseverancia. ¿O acaso ya no recuerdas la primera vez que dijiste no a la copa de vino, que rechazaste unas patatas bravas o que pasaste de largo por la estantería de aperitivos del súper?
En segundo lugar, y también sin falsa humildad, recoge con orgullo y agrado todos los piropos que te están diciendo: ¡Pero qué delgada estás!, ¡Qué has hecho!, ¡Estás monísima!, ¡Qué bien te sienta la ropa ahora! No digas que no es para tanto, no digas que no, no te enfades con ellos porque antes no te decían nada, no pienses en que antes estabas como una foca o que ibas hecha un adefesio, no te castigues con tus antiguos quilos de más. Cuando te digan un piropo, sonríe, sonríe, sonríe.
En tercer lugar, ríete al ponerte de nuevo aquellos pantalones enormes y comprobar cómo se deslizan por tus caderas hasta caer rendidos al suelo. Es genial. (pero, insisto, no te flageles pensando ¿¡Cómo podía estar yo tan enorme?!
En cuarto lugar, disfruta embadurnándote de cremas hidratantes, reafirmantes, antiestrías para que tu sacrificio obtenga unos resultados óptimos y para que tu piel no se resienta. Que no te dé pereza. Regálate una buena crema, de textura suave y aroma de azahar o de jazmín, y recréate con ese sensual ritual. (A mí, la verdad, siempre me han gustado las cremas, con quilos y sin quilos. La sorpresa me la llevé cuando a mi médico nutricionista le pregunté por la mejor. Ya que estaba haciendo el sacrificio de la dieta, estaba dispuesta a hacerlo también comprando la mejor crema, la más efectiva; estaba dispuesta a gastarme mi sueldo entero. Ya sé que no se puede hacer publicidad pero, ¿cuál me recomendó sin ningún tipo de duda? La lata azul de Nivea, la lata redonda, la de toda la vida, la que no lleva agua, pura crema, la que cuesta tanto extender -ahí radica su secreto, ahí se escuentra su efectividad-, la que te deja todo el cuerpo grasiento y blanco. ¿Estás segura? Yo pensaba que me recomendaría alguna de doscientos euros, alta cosmética, alta tecnología, con los últimos descubrimientos científicos en el estudio de la piel. Pues eso, ahora mi chico y yo compartimos buenos e íntimos momentos con Nivea: yo, para cuidar mi delicada piel, y él, para cuidar sus cinturones de cuero y sus botas, las de montaña, las de la moto... Y todo, por unos 6 euros la lata formato familiar. Sin comentarios)
En quinto lugar, mírate en un espejo grande, de esos de cuerpo entero, pero mírate desnuda. ¿Qué puedes ver? ¡¡¡¡La línea del bikini!!!! ¡¡¡Síííí!!! ¡Es genial! Esa línea no imaginaria que durante tanto tiempo ha permanecido escondida entre los pliegues de esa prominente y fofa masa llamada barriga -o barrigota, como me dijo una vez mi sobrina pequeña-, esa que no sabías ni que existía porque siempre estaba tapada por las carnes y también por las bragas de cuello alto. Es una sensación indescriptible, de verdad. Ahora falta ir a una buena esteticien para que me haga una buena depilación brasileña...
En sexto lugar, siguiendo con el tema y tú sigues desnuda ante el espejo, ahora agacha la cabeza y ¿qué ves? ¡¡¡Sí!!! Efectivamente, ¡¡puedes verlo!! Antes, sólo podías ver tu barriga, tu ombligo orondo y nada más. Tus carnes te impedían saber qué había debajo de tu masa favorita. Ahora ya sabes qué hay más allá de él. Es estupendo. Incluso, si te apuras un poco, también podrás ver tus pies. 
En séptimo lugar, deshazte ya de las bragas de cuello alto, esas que llegan hasta el sobaco y que dan la impresión de que recogen todos los michelines, esas bragotas quilométricas de color carne (pero, ¿por qué no las harán de colores o con dibujitos para alegrarnos la vida?), que ocupan medio cajón y que dan vergüenza tender; esas que son los más antierótico que te puedes echar a la cara (no nos engañemos, van muy bien, son muy cómodas -esto no lo entenderán las que nacieron delgadas- pero destrempa a cualquier macho que se preste; que me lo digan a mí...). Tengo que confesar que yo no me he deshecho de ellas, les tengo demasiado cariño, han sido mis fieles compañeras y mis cómplices durante mucho tiempo y han aguantado estoicamente mis redondeces y mis carnes fofas sin quejarse y sin romperse. Son geniales. Tengo que confesar también que me he comprado alguna que otra tanga y alguna que otra braguita pequeña, fina y monísima pero, qué quieren que les diga, me siento incómoda, desnuda. Demasiados años: yo ya estoy hecha a las otras, a las de toda la vida.
En octavo lugar, quema aquellos “chalecos antibalas”, aquellos sostenes que parecen de hierro forjado, tan antiestéticos, tan de abuela de pueblo (con todos los respetos a las abuelas de pueblo a las que adoro y admiro), con tirantes y tiras de dos o tres dedos de ancho, con esas copas enormes, duras, rígidas, resistentes, como si estuvieran hechas de acero, que más que sujertarte las tetas, te comprimían medio cuerpo lleno de lorzas ocultando el tan deseado canalillo. Sí, tira esas “armaduras medievales” y regálate uno de esos sexys sujetadores de color fresa, con blonda, semitransparentes, con finos tirantes, tan bonitos que hasta te dan ganas de lucirlos por la calle. (pero, atención, cómpratelos buenos, de los que sujetan, porque ahora las carnes están un poco flácidas...)
En noveno lugar, ya puedes pasearte desnuda o en ropa interior por la casa (yo siempre lo he hecho, con bragas de cuello alto o sin ellas, la verdad. Me encanta. A mi chico, no tanto, porque, aparte de que es muy pudosoro, en casa no tenemos cortinas... Pero ya tengo excusa: entiéndelo, cari, no es que me encante pasear en pelotas por la casa, es que tengo que dejar que la crema se absorba...) y abalanzarte encima de tu hombre (o mujer) sin temor a chafarle y a dejarle sin respiración, sin repetir constantemente ¿¿¿Peso???
En décimo lugar, mírate y admírate, sin miedo, sin vergüenza. Eres tú, sigues siendo tú, quizás con los rasgos más estilizados o más angulosos, con menos tetas y menos curvas. Pero sigues siendo tú, con tu humor y con tus paranoias, intentando sacar punta a todo esto...

¿Y qué más puedes hacer con diez quilos menos?
Pues dar una clase magistral de dietética y nutrición. Tantas semanas yendo al médico nutricionista (porque, esto sí que es importante, no se te ocurra hacer dieta sin la supervisión de un profesional), tantas semanas escuchando lo que puedes o no puedes comer, las combinaciones peligrosas que hacías, las calorías que no pedía tu cuerpo -pero que tú se las dabas tan ricamente-, lo que está permitido o no; qué significa todo eso de las féculas, los carbohidratos; dónde están las vitaminas y las proteínas; que las grasas son necesarias pero que hay que controlarlas; que con los azúcares pasa lo mismo; que el alcohol es puro azúcar, etc., etc., etc., lo que estaba diciendo, tantas semanas recibiendo lecciones de cómo comer bien, sano y equilibrado, me he convertido en una auténtica experta en el tema.
También acabas deleitándote con la verdura, el embutido de pavo, el queso bajo en sal y en grasas. En serio, a mí me encanta. Y lo mejor de todo, cuando lo comes, tu conciencia está la mar de tranquila. Y eso no tiene precio porque disfrutas el doble.
Comprarte esos magníficos tacones por los que has estado suspirando durante tanto tiempo. Vamos, ve a la zapatería y pruébatelos sin miedo a que ya no aguanten tu envergadura. ¿Qué tal? A que te sientan bien, ¿verdad? Y qué bonitas piernas tienes. Y hasta pareces más delgada todavía. ¡¡Qué buen invento este de los taconazos!!
Y ahora, ve a la tienda y pruébate ese vestidito corto. Por fin te entra. Se acabó la tiranía de las tallas grandes, se acabó la ropa ancha, se acabaron los colores oscuros porque estilizan, se acabó el ir a tiendas “especiales” porque en las “normales” no hay más allá de la 40, se acabó el no querer ir de tiendas. ¡Se acabó! Mírate ¡y qué guapa estás! Eso sí que es una experiencia religiosa. Lo demás son tonterías.
Ahora ya puedes pedirle a tu hermana (la delgada, la mona, la tía buena, la que te generó tantos complejos durante tu adolescencia, a la que odiabas tanto porque, cuando conocíais a algún chico, ella siempre era la guapa y tú... la simpática. ¡¡¡Había que joderse!!!) aquella blusa tan bonita o aquel pantalón tan estupendo. (Tengo que reconocer que todavía no me caben pero todo se andará...)
Ahora ya puedes pedirle a tu madre que baje del altillo toda aquella ropa de cuando tenías 18 primaveras... ¡¡¡Pero qué ilusas somos, de verdad!!!
Ahora ya puedes subir las escaleras sin ahogarte, mejor dicho, ahogándote menos, porque ahora no pesarán los quilos pero siguen pensando los años...
Ahora ya puedes pasar frío de verdad, porque, como me dijo mi médico, "claro, si ya te has quitado la capa de grasa, es normal que ahora sientas más frío". Nunca me he sentido uan foca, ni con quilos ni con michelines ni con bigote, pero, al oír aquellas palabras, me sentí más foca, más morsa que nunca. Viva el tacto y la empatía, sí, señor.


¿Y qué no puedo hacer todavía?
Lo siento, lo reconozco -y esta noche me flagelaré buscando la eterna penitencia-, pero lo que todavía no he podido conseguir es dejar de pensar en unas buenas viandas. Sigo salibando ante un buen escaparate de embutidos o una barra repleta de montaditos; sigo deleitándome ante una cazuelita de morros fritos, sigo dándome algún que otro homenaje con las bravas de La Pubilla del Taulat, sigo suspirando por unos huevos fritos y unas buenas patatas fritas, sigo disfrutando como una loca con la mejor cena que me puede hacer mi chico: su tortilla de patatas -insuperable-, un buen jamoncito de bellota, pan con tomate y aceite y un buen Ribera del Duero...
Si dejara de hacer esto, entonces, seguro, ya no sería yo. Y eso sí que no lo puedo permitir, ¿no?