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viernes, 8 de febrero de 2013

LA CALIDAD EDUCATIVA. ADOLESCENTE, ¿VÍCTIMA O VERDUGO DE ESTA SOCIEDAD?


De un tiempo a esta parte, quizás debido a los cambios producidos últimamente por la crisis económica (paro, desahucios, recortes salariales, impuestos, recorte en las inversiones, etc.), crisis política (pérdida de horizontes claros y descrédito por parte de nuestros dirigentes vs. desafección y desconfianza por parte de la ciudadanía ), crisis moral (corrupción, hipocresía, ambición, mentiras, etc.); quizás debido al ¿nuevo? papel de los medios de información y comunicación -léase, idiotizar, adocenar, manipular, más que informar y entretener-, quizás a las nuevas maneras de ocio que existen actualmente o quizás, insisto, al ir y venir de las leyes de educación que, al paso que vamos, va a acabar con nuestra paciencia y nuestra confianza en el sistema fin, la realidad de nuestros niños y adolescentes ha ido cambiado, en estos últimos años, especialmente en estos últimos meses, inexorable y considerablemente. Pero esta metamorfosis paulatina no ha sido exclusiva de la figura del joven –sus prioridades, sus pensamientos, sus hobbies- sino también de los grandes conceptos que han acompañado desde siempre al ser humano: sociedad, familia, educación, trabajo, comunicación, religión... Y, como muy bien dijo un día alguien que sabe de modificaciones y “cataclismos”, cualquier cambio supone crisis y cualquier crisis exige un cambio, entendidos estos dos términos como readaptación y/o reestructuración. Y una crisis o un cambio, según cómo sean gestionados y canalizados pueden desembocar en oportunidad y mejora o, contrariamente, en estancamiento y fracaso.
En estas coordenadas actuales, en pleno siglo XXI, se encuentra el ADOLESCENTE y de todos es sabido que, por su naturaleza y sus circunstancias, se ve poderosamente influenciado por tres elementos claramente diferenciados y en constante evolución: FAMILIA, ESCUELA y ENTORNO (o lo que se conoce de una manera más difusa y vaga con el nombre de SOCIEDAD) y no precisamente en este orden de importancia. Paradójicamente, estos tres ámbitos constituyen, en mayor o menor medida, causa activa de las reacciones y de los cambios propios de la época adolescente pero también “sufridores” pasivos de su comportamiento. 
En primer lugar, quizás porque es donde el joven pasa la mayor parte del día durante nueve meses, se encuentra la escuela, único lugar y entorno en el cual –parece ser- se deben inculcar y desarrollar los valores que hagan de esta “personita” un hombre o una mujer de provecho, de futuro y con futuro, así como garante exclusivo de su formación integral. Pero, ¿qué está ocurriendo allí? 
Para responder esta pregunta, habría que empezar por los cimientos: la ley o las leyes. Ciertamente, no es la única responsable de esta situación que se está viviendo de un tiempo a esta parte, pero sí se puede afirmar que ha influido notablemente en el desarrollo de los “acontecimientos” para llegar a este punto ¿sin retorno? ¿Qué se puede esperar de un sistema educativo que está deviniendo constante moneda de cambio en los programas electorales de partidos políticos cuya permanencia en la Moncloa es su máxima aspiración? ¿Cómo es posible que, teniendo en cuenta que los principales “sufridores” de este sistema han de forjar el futuro de nuestro país, todavía nadie se haya percatado de la importancia y del beneficio que supondría la existencia de unas leyes consensuadas y pensadas siempre en aras del crecimiento y del desarrollo intelectual, emocional y físico del niño y del adolescente; unas leyes trabajadas desde el mismo terreno de juego –si se me permite el argot futbolístico- por hombres y mujeres que conocen de primera mano la realidad de las aulas, de los pasillos, de los lugares de recreo y, también, de la calle? ¿Cómo es posible que nos hagan “comulgar” con (y aplicar) unas leyes utópicas, con unos recursos materiales y humanos –en definitiva, con unos recursos económicos, porque, no nos vamos a engañar, parece ser que todo se reduce a eso, a una simple cuestión pecuniaria- inasumibles (por ser escasos para llevar a cabo la práctica docente con un mínimo de profesionalidad y eficacia) o inalcanzables (por ser desmesurados y, por consiguiente, irreales); una leyes dictadas desde unos despachos por hombres y mujeres que dejaron el colegio hace mucho tiempo, sin contar con la opinión, el criterio y la experiencia de maestros y profesores, psicopedagogos y padres, sin escuchar -aunque para algunos parezca una osadía- la voz de los alumnos? ¿Cómo se puede entender que nuestros dirigentes todavía no han caído en la cuenta de que, para que la EDUCACIÓN vuelva a ser un pilar fundamental en nuestra sociedad y obtenga los resultados que se esperan, tiene que estar valorada y dignificada y que eso sólo se podrá conseguir con una política educacional estable, que vaya más allá de los colores y las ideologías, que tenga como principal objetivo la formación integral del niño y del adolescente y no el desprestigio y la humillación del partido de la oposición y aspirante al poder? 
Por si esto fuera poco, este baile de leyes (Pongamos desde la EGB, el BUP y el COU, hemos sufrido la LOECE, la LOGSE, la LOCE, la LOE, y ya estamos sufriendo las precuelas de la LOMCE...) poco han favorecido (ni favorecen) la labor docente y la tarea de cualquier estudiante que se precie como tal. El clásico “enseñar deleitando”, que tanto se defendía antaño, dio paso al método “la letra con la sangre entra” y, en los últimos años, se fue tergiversando y viciando hasta convertirse en “divertir y, si aprenden algo, mejor...” Aquel sistema, aún vigente y avalado por algunos, defendido y practicado por otros compañeros de profesión y expertos en la materia, sólo ha sembrado la desgana y la desmotivación entre los alumnos y un rechazo absoluto a la llamada “cultura del esfuerzo”, lo que supuestamente defiende la nueva ley: disciplina, constancia, paciencia, afán de superación, método, implicación, estudio, curiosidad, espíritu crítico, humildad y proyección de futuro. Lástima que la quieran imponer coartando la libertad del propio gremio (vamos mal, muy mal). Con este "bailad, malditos, bailad" y con unas expectativas de futuro que pasan por marcharse al extranjero, cada vez hay menos chicos implicados, interesados y concienciados en eso que llamamos formación, investigación y profesionalización (algunos de ellos, incluso, han sido tachados por sus propios compañeros e, incluso, por sus maestros y profesores de “raros”, “especiales”, “amargados”, “pelotas” y, en ciertos casos, han sido convertido en clara diana del tan temido y desgraciadamente conocido bullying –aunque para algunos sea simplemente un hecho puntual...-). Haciendo una mera descripción objetiva de la realidad y quizás resultando un tanto radical y pesimista, lo que predomina actualmente en las aulas de nuestros colegios e institutos son adolescentes carentes de interés por nada, de curiosidad, de ganas de saber, de metas, de ilusiones, de afán de superación por lo que, ante un fracaso –un suspenso- o una negativa, tienen pocas opciones: tirar la toalla y dedicarse a molestar a los compañeros, boicotear la clase y amargar la vida de los profesores o tirar la toalla y practicar el absentismo y convertirse en NINIs, “carne de cañón” poniendo en jaque, en ambos casos, a todo el equipo docente, a los padres y a inspección y provocando, en numerosas ocasiones, una situación de desesperación, impotencia y rabia. 
Ante este panorama, los profesores, además de intentar transmitir unos conocimientos para que nuestros alumnos tengan un mínimo bagaje cultural, nos vemos obligados a inculcarles –contra viento y marea, es decir, contra el sistema, contra los propios alumnos, contra la sociedad, contra los medios de comunicación y, en algunas ocasiones, contra la opinión de los mismos padres - una serie de valores que parecen haber perdido toda razón de ser por considerarse obsoletos e improductivos. No es fácil. No está resultando nada fácil.
Y flaco favor hace la televisión con esos programas –series, reality-shows, concursos, “teleencierros”, talk-shows, etc.- que se han erigido en estandartes de los nuevos valores (yo los llamaría contravalores): dinero fácil, éxito rápido, ocio remunerado, recompensas inmediatas, mínimo esfuerzo, culto al cuerpo, desprecio a la mente y todo un supuesto mundo de glamour y fama –malentendida fama-, al alcance de cualquiera, que atrae a los más jóvenes y los convierte en seres sin criterio, autómatas cuya máxima aspiración en la vida –emulando a sus ídolos- es hacer dinero sin estudiar ni trabajar. A modo de ejemplo, para ilustrar lo dicho anteriormente, si nos fijamos en la “parrilla” televisiva de un día cualquiera, nos damos cuenta de la casi total ausencia de programas atractivos y entretenidos para ojos, oídos y mentes de niños y adolescentes que los animen a leer, a esforzarse, a estudiar, a sacrificarse, que ayuden a desarrollar capacidades y aptitudes como la labor en equipo y el trabajo bien hecho y que potencien cualidades como la empatía, la solidaridad, la eficacia sin que haya por medio un cheque, una portada de revista, una entrevista o unos minutos en lo que parece ser el pasaporte al “estrellato”, los programas “basura”. Por no hablar de los programas informativos, en su mayoría, tendenciosos, partidistas, nada objetivos, meramente especulativos, que responden, ¡cómo no! a una ideología clara y cuya única pretensión es manipular las mentes y los pensamientos de las televidentes. Pensamiento único para hacer de nosotros lo que quieran. No pienso, luego existo (¡Si Descartes levantara la cabeza...!) Pero no es la televisión el único medio de entretenimiento y de información de los jóvenes que, si bien no es nociva en sí misma, se puede afirmar que sí se está utilizando de manera inapropiada. Los videojuegos, en estos últimos años, se han erigido en “los reyes” del ocio y la diversión –junto con el botellón y las drogas, sólo hay que ver las estadísticas y los datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad- y también están provocando en nuestros niños y adolescentes una seria y grave de-formación porque, a pesar de desarrollar habilidades y destrezas psicomotrices, están postergando al “jugador” al ostracismo más absoluto y provocando trastornos adictivos impidiéndole relacionarse con sus iguales con toda normalidad. Y, ¿qué se puede decir de Internet? No cabe duda de que es una buena y potente fuente de información, comunicación y entretenimiento –siempre y cuando se utilice como es debido (y, para ello, son necesarios la reflexión, el espíritu crítico y, obviamente, una serie de conocimientos previos, veraces y serios) y sus contenidos sean tratados con rigurosidad y corrección- pero, si no se gestiona adecuadamente (atendiendo a la edad y las necesidades del “navegante”), puede ocasionar problemas en los más jóvenes además de proporcionar un alud de información que, en vez de aumentar su bagaje cultural, lo único que hace es sumir al consumidor en la desinformación y el desconcierto. (además de todo eso, un dato más: supongo que conocerán la página de elrincondelvago o parecidas que fomentan el plagio. Desde ellas, se puede “bajar”, imprimir y presentar al profesor cualquier trabajo de Primaria, ESO y Bachillerato con sólo cuatro movimientos de “ratón”. ¿Dónde quedaron las tardes de biblioteca, las noches leyendo, redactando y corrigiendo? Sólo le veo una ventaja a esta nueva herramienta: nos obliga, a los profesores y padres, a estar al día en esto de las TIC para que no nos den “gato por liebre”). El WhatsApp, el Facebook, el Twitter y demás redes sociales tampoco favorecen la “cultura del esfuerzo”. Efectivamente, son útiles y beneficiosos si se gestionan y/o se controlan adecuadamente pero no podemos olvidar que estos medios de información, comunicación y diversión constituyen los paradigmas de la inmediatez y la facilidad –por no decir de la mala escritura- (justo todo lo contrario a lo que precisa un buen estudiante o un buen profesional)- y favorecen la creación de una realidad virtual que va cogiendo fuerza y credibilidad por momentos. 
 Y, ante toda esta avalancha de estímulos, ¿quién o quiénes deben actuar cómo gestores de estas “modernas herramientas” y, en última instancia, quién o quiénes deberían ser los auténticos y verdaderos artífices y garantes de la educación de estos niños y adolescentes? Sencillamente, los padres. Esos padres trabajadores, agobiados, esclavos del reloj y las facturas, sin tiempo suficiente para dedicarles a sus hijos (ni paciencia, en muchas ocasiones). Padres que, acuciados por los fantasmas (desgraciadamente, cada vez más cercanos y reales) del paro y de los recortes salariales, fieles seguidores de la sociedad del bienestar o sociedad de consumo -¿existe diferencia?-, pretenden hacer de aquello extraordinario que tuvieron de jóvenes algo cotidiano, “normal” en la vida de sus hijos. Padres que intentan compaginar trabajo, familia, aficiones y amistades sin mucho éxito. Padres que luchan para proporcionar lo mejor, lo más fácil y lo más placentero a sus hijos sin concederles la oportunidad de equivocarse o fracasar. Padres que, en su afán de acallar sus conciencias y, de manera equivocada, inculcar a los hijos las ganas de trabajar y aprender para, en última instancia, aprobar, equiparan un “suficiente” o un título académico con una moto o cualquier otro regalo. Padres que no quieren tener problemas con sus “retoños” y, por ello, no se atreven a decir NO o a infligir un castigo y, cuando lo hacen, se ven incapaces de mantenerlo, entre otras razones porque decir NO al hijo supone decirse NO a uno mismo –es lo que llamamos coherencia, algo que no siempre es fácil de mantener- y castigar al hijo implica castigarse uno mismo –y no siempre estamos dispuesto a sacrificarnos hasta tal punto-. Padres que, por no tener tiempo (ni, a veces, ganas) de dialogar y pactar con sus hijos, imponen su ley o los callan con cualquier bagatela sin permitirles que la obtengan con su propio esfuerzo y, así, aprecien su valor. Padres que, bajo el sincero y lógico deseo “yo lo único que quiero es que mi hijo sea feliz”, los liberan de obligaciones y deberes, de responsabilidades y esfuerzos desautorizando las decisiones de los profesores, desprestigiando, incluso, su labor como co-educadores y haciendo de sus hijos (nuestros alumnos) pequeños e indómitos monstruos. Padres que utilizan el centro escolar como un auténtico parking de sus hijos, que ceden al colegio la responsabilidad, el deber pero también el derecho de educar a sus hijos, pero que, paradójicamente, recriminan cualquier decisión del profesor y contaminan de negatividad e inutilidad el placer de la lectura, la satisfacción del trabajo bien hecho y el gozo de saber por saber aunque ello suponga tiempo, esfuerzo, constancia y su recompensa llegue a largo plazo (si es que llega). 
Y este es el resultado: niños y adolescentes consentidos, insolentes, excesivamente mimados, vagos, provocadores, egoístas, irrespetuosos, incívicos, caprichosos, intolerantes, carentes de límites, con bajo umbral de frustración, prepotentes y muy conscientes de su situación privilegiada: son, y se saben, los nuevos dioses a pesar de mostrarse ante los mayores como víctimas de la sociedad y se aprovechan de ello aunque, en el fondo, anhelen una figura autoritaria, un referente sin fisuras. Pero, aunque nos pese, el problema no se acaba en la ESO y el Bachillerato. Debido a la influencia de los cambios en el sistema educativo obligatorio y postobligatorio y, consecuentemente, a los cambios que se están produciendo últimamente en su concepción y organización, la Universidad tampoco parece que esté viviendo su mejor momento. Los niveles de exigencia y los resultados también han sufrido un descenso considerable y los que consiguen acabar los estudios superiores tampoco pueden garantizar una solvencia conceptual y teórica y una competencia profesional, a pesar de esperar una gran y ascendente carrera laboral y –a modo de ejemplo- pedir, en su primera entrevista de trabajo, como si fuera la cosa más usual del mundo, un gran sueldo, un horario estupendo, vacaciones de 2 meses –como en el colegio y en la universidad- y unas prerrogativas (léase móvil de empresa, coche de empresa, tarjeta de crédito, vales de restaurante) que sólo se consiguen una vez contrastada y demostrada la valía. ¿Cómo se le puede pedir a un joven de veintitantos años que asuma el hecho de que una buena carrera profesional siempre empieza desde abajo, que debe ser humilde con sus pretensiones, que debe ser respetuoso con los jefes, los compañeros y las normas establecidas, que debe demostrar día a día sus capacidades y habilidades, superando -con tesón y su mejor sonrisa- obstáculos y zancadillas y que sólo con esfuerzo, trabajo, constancia, afán de superación, empatía y sacrificio puede forjar una buena y sólida carrera profesional? ¿Cómo se puede pretender todo eso de un joven que no lo ha aprendido e interiorizado a lo largo de su vida como estudiante, bien porque no se lo han enseñado, bien porque no lo ha creído necesario aplicar para la consecución de sus deseos y necesidades, en ambos casos debido a la desidia de padres y docentes? Yendo más allá, ¿cómo podemos confiar en el futuro de nuestro país, en nuestro propio futuro, si depende de ellos, si ellos deben hacer posible ese futuro?

Y, ante este panorama tan desolador y decepcionante, cabría plantearse una cuestión: ¿está todo perdido? La respuesta es NO, un tajante y rotundo NO. No todo está perdido. Afortunadamente, todavía existen personas comprometidas con eso que llamamos EDUCACIÓN: políticos concienciados de que unas leyes bien pensadas, consensuadas y estables constituyen la única vía para que el sistema educativo y su comunidad tengan el lugar que se merecen en nuestra sociedad; profesores formados, bien formados, coherentes, abiertos y convencidos de que una buena formación humana, intelectual y emocional de los niños y adolescentes sólo se consigue con disciplina y paciencia y que es la garantía del futuro del país; padres responsables, valientes, implicados y conscientes de lo que supone educar a un hijo: seriedad, coherencia y mucho amor y, por último, alumnos motivados, curiosos, críticos y sabedores de que el aprendizaje –de conocimientos, de hábitos y actitudes- y el desarrollo de capacidades y aptitudes es el único camino. Este grupo de personas constituyen la esperanza para el presente y el futuro.
¿Juventud en cambio? ¿Juventud en crisis? Puede que sí pero nuestra obligación -como políticos, maestros y profesores, psicólogos, padres y empresarios- es despojar este término de sus connotaciones negativas para convertirlo en un reto y una oportunidad de mejora y progreso. Para ello, sería necesario y urgente dejar de divagar, de imponer, de especular, de teorizar sobre el problema que estamos sufriendo todos. Deberíamos dejar de buscar culpables en este ente abstracto que llamamos sociedad, deberíamos dejar de ir pasando la pelota como si de un partido de tenis se tratara (parece que en eso consiste la política, ¿no? En vez de sacrifico y compromiso, en vez de trabajar conjuntamente por el BIEN COMÚN, un simple partido de tenis, individuo contra individuo, partido contra partido, a ver quién gana el último set). No es cuestión de señalar con el dedo a alguien o a algo y sí de responsabilizarnos para abordar la cuestión desde todos los ámbitos –político, administrativo, familiar, escolar, laboral, psicológico- poniendo nombre propio a sus protagonistas. Como bien dijo un día alguien que sabe de cambios y crisis: Deberíamos dejar de pre-ocuparnos tanto y ocuparnos más.

sábado, 1 de septiembre de 2012

¿LA ÚLTIMA REFORMA?

A aquellas mentes privilegiadas (privilegiadas por los sueldos, pensiones, remuneraciones, dietas e indemnizaciones que reciben, no por otra cosa) que durante estos últimos años se han estado devanando los sesos para meternos a los ciudadanos de a pie -nosotros: esos simples, abnegados y cada vez más hartos mortales- en esta cruenta y eterna crisis y que ahora nos quieren sacar de ella con fabulosas reformas materializadas en inconsecuentes y contraproducentes políticas de recortes -en sanidad, en educación, en cultura, etc.-, rocambolescas e injustas leyes de despido,  subidas de impuestos y demás sospechosas argucias; a todos ellos, decía, les propongo una nueva y última reforma:

Recortes salariales, bueno, no, despido definitivo y sin indemnización ni nada por el estilo a todos aquellos cuya ocupación -y preocupación- debería ser velar por el bien común y garantizar por encima de todo el bienestar de los ciudadanos que están bajo su auspicio y que, sin embargo, han demostrado con denodado esfuerzo, probada solvencia y sobrada profesionalidad:

* que han olvidado por qué están ahí,
* que se han pasado por el forro lo que prometieron,
* que están imputados en alguna causa judicial (siempre juran que no han hecho nada pero si están imputados, por algo será, ¿no?),
* que son unos auténticos demagogos (hablan, hablan, hablan pero nunca dicen nada...),
* que se prodigan en mentiras y falsedades (aunque para mantenerlas y justificarlas tengan que recurrir a más mentiras y falsedades. Es el cuento de nunca acabar...),
* que no cumplen lo que prometen (aunque luego digan que nunca han prometido nada),
* que no son tolerantes con las opiniones y las ideas de los demás,
* que se piensan que están en posesión de la verdad,
* que se dedican a insultar de manera constante y sistemática a los que no están de acuerdo con ellos (por aquello de estás conmigo o contra mí),
* que consideran que una buena defensa consiste en un buen ataque,
* que practican el absentismo en sus puestos de trabajos (llámese escaño, despacho, etc.)
* que pretenden lucrarse con sospechosas acciones y transacciones,
* que se burlan de las necesidades y desgracias ajenas,
* que se aprovechan de la buena fe de los ciudadanos (y de la confianza y del desconocimiento y de la desesperación y de la desesperanza...)
* que son unos auténticos incompetentes, inútiles, lerdos a la hora de acometer sus funciones,
* que no saben cuáles son sus funciones ni se preocupan por saberlas,
* que no tienen ética ni moral ni escrúpulos ni conciencia a la hora de tomar decisiones,
* que no saben pensar ni dialogar ni llegar a consensos,
* que se jactan de su posición y de su cargo y abusan de ellos,
* que están convencidos de que pueden actuar con total impunidad por el simple hecho de ser quienes son, por el simple hecho de estar donde están,
* que no contemplan su cargo como una responsabilidad y un servicio a los ciudadanos sino todo lo contrario, que los ciudadanos estamos a su servicio,
* que ocupan un cargo sin tener en cuenta sus capacidades intelectuales, sus habilidades profesionales y su talla moral,
* que no saben hablar inglés (como mínimo),
* que creen que la política es igual a ambición y poder,
* que piensan que sólo se puede ejercer el poder prohibiendo las libertades (de expresión, de asociación, etc.) y amenazando (es lo que se llama política el terror, ¿no?),
* que piensan que para tener poder tienen que esconder, manipular y tergiversar la información,
* que utilizan los medios de comunicación para adocenar y manipular a los ciudadanos,
* que se aprovechan impunemente de esta crisis (ya se sabe, en río revuelto…)
* que todavía no saben el verdadero significado de términos como democracia, libertad, consenso, bien común, etc., etc., etc.,
* que, después de suplicar el voto con promesas falsas y falsas complicidades, cosifican a los ciudadanos, los desprecian, los ningunean y, lo peor de todo,
* que consideran que somos unos auténticos idiotas.

Seguro que me faltan más puntos pero, ¿qué les parece esta reforma? ¿Cuánto dinero creen que podemos ahorrar? ¿La aprobamos, aunque sea por decretazo?

miércoles, 19 de octubre de 2011

SOY DE LETRAS

Soy de letras. Ea, ya lo he dicho. Sí, soy de letras. ¿Y qué? ¿Pasa algo? Joder, como si ser de letras fuera una especie de virus cuyo antídoto todavía no se ha encontrado (yo estoy convencida de que ni siquiera se está buscando porque ya nos dan por perdidos). Sí, soy de letras. Y a mucha honra. Y me pongo así de chula porque me da la impresión de que decir que una es de letras es como decir ‘soy una lerda’, que he elegido letras porque soy un auténtico zoquete con los números, las ciencias y todo lo que tenga que ver con fórmulas, ya sean matemáticas, físicas o químicas; que decidí hacer letras por descarte, por desesperación, por hacer algo, vaya. Pues no. Yo soy de letras por convicción y por vocación. Y sí, lo reconozco, soy algo durilla con los números, qué le vamos a hacer, algún defecto debía de tener, ¿no?; más bien, diría que me cuesta entender los conceptos matemáticos y los términos económicos que están tan de moda y que, al parecer, hay que dominar si una quiere tener una jubilación tranquila.
Porque una cosa es tener todas los recibos bien ordenaditos en una carpeta monísima de colores; otra cosa es tener todos los papeles de la hipoteca perfectamente clasificados en otra carpeta también monísima; y otra cosa es tener en el ordenador un Excel con todos los haberes y deberes que voy rellenando religiosamente cada mes (es que soy una auténtica virgo). Pero otra cosa muy diferente es entender todos y cada uno de los conceptos que aparecen en esos insidiosos papelitos de diferentes colores, texturas y medidas. Porque, supongo que me darán la razón, hay veces que la cosa no es tan simple, hay veces que todo se complica, como si las fuerzas del mal en forma de incomprensibles términos y palabras raras se hubieran aliado en mi contra. Entonces es cuando echo de menos ser de ciencias.
Como muestra, dos botones:
Desde que empecé a trabajar, con nómina, TC, Seguridad Social y toda la mandanga, y tuve que hacer la declaración de la renta, mayo se me antojaba como el mes de las histerias de la economía doméstica: ¿me falta algún papel?, ¿me habrán hecho bien la retención?; si se me olvida algo, ¿me meterán en la cárcel? Llamaba por teléfono, reservaba día y hora y bien arregladita (como si fuera al ministerio, vamos, inocente de mí) me presentaba en la delegación de hacienda con mis carpetitas bajo el brazo y todos los recibos primorosamente ordenados y revisados hasta la extenuación. A medida que el funcionario me los iba pidiendo, yo los iba sacando de la dichosa carpetita con una sonrisa y una respiración cada vez más tranquila, y él iba tecleando con una rapidez nunca vista no se qué. Entonces llegaba el gran momento en que el individuo en cuestión giraba la pantalla del ordenador y preguntaba al aire: ¿Todo bien? Yo miraba y remiraba aquel monstruo de tres cabezas y no se cuántos tentáculos en forma de extraños conceptos y números y más números. Le devuelven 937,46 euros. Yo, mientras, repasaba aquellas incomprensibles cifras y, sin entender de dónde demonios habían salido, afirmaba disimulando un apabullante dominio del tema: Todo perfecto.
Hasta que me compré el piso. Estuve pagando durante tres años unos recibos mensuales en concepto de entrada y, cuando firmé la hipoteca, mi padre ya me avisó que la declaración de renta de aquel año sufriría algunas modificaciones. Se acercaba mayo y yo, hecha un atajo de nervios, revisando una y otra vez cada maldito papel de la dichosa carpetita, que ya empezaba a odiar, pedí a mi padre que me explicara en qué iban a consistir tales modificaciones. Tres cuartos de hora estuvo. No entendí ni papa. Se lo pedí a mi cuñado. Nada. Y el que era un proyecto de novio en aquel entonces también se prestó a explicármelo. Inútil. El día D, de Declaración de renta, llegué a la mesa 73 de la delegación y una tal señorita Merche se presentó muy amablemente dispuesta a hacerme los cálculos pertinentes y a resolver todas mis dudas. Perfecto Por fin, lo podré entender de una maldita vez. A medida que iba introduciendo los datos, efectivamente, me iba explicando todo lo que estaba sucediendo en la pantalla de su ordenador y, por ende, en mi declaración. ¿Lo ha entendido? Pues no, lo siento. ¿Le importaría volver a explicármelo? La señorita Merche repitió, palabra a palabra, la perorata de las hipotecas y las entradas. ¿Ya lo ha entendido? Pero, ¿cómo lo voy a entender si me ha dicho exactamente lo mismo? Con todos los recibos dispersos por la mesa y el manual de declaración de renta de aquel año abierto por el apartado del tema que nos ocupaba, la funcionaria, resoplando de manera insolente y adoptando una actitud de maestra de niños pequeños, me lo explicó todo de nuevo. ¿Lo entiende ahora? Mi cara debía ser todo un poema porque la mujer soltó en voz alta un joder, tampoco es tan difícil. Ni que fuera usted de letras. ¡ACABÁRAMOS!
A partir de ahí, como si mi mente selectiva hubiera borrado tan bochornoso incidente, sólo me acuerdo de que, ofendidísima, empecé a recoger los papeles, mientras otra señorita (supongo que era la supervisora o algo así) me dirigía muy amablemente a una sala más apartada. Bueno, en realidad, también me recuerdo a mí misma gritando como una energúmena entre las mesas y los contribuyentes: ¡Perdona, guapita de cara, ¿acaso sabes tú hacer un comentario literario de un soneto de Góngora?!
Pero el colmo de mi cortedad en cuestión de números y finanzas domésticas llegó este verano, mientras preparaba mi viaje a China. Como cada año, llamaba a mi hermana para decirle dónde estaban apuntados los números secretos de las cuentas corrientes y de las tarjetas, las claves para entrar en las entidades bancarias on-line, todo lo del fondo de pensiones, el seguro de viajes. Todo por si me pasaba algo durante el viaje. ¿Y el seguro de vida? ¿Seguro de vida? ¿Qué seguro de vida? No tenía ni idea si lo tenía o no. No te iría mal que te informaras y que te hicieras uno… Ya sabes, el piso, papá, mamá, nosotras…Vale. Muy puesta, yo, llamo a la entidad bancaria donde tengo la hipoteca para averiguar si lo tengo. No, no lo tengo. Una voz muy amable me pregunta si quiero informarme sobre sus seguros de vida. ¿Tienen más de uno? Habrá que estar muy atenta para pillar a la primera las diferencias y las prestaciones. La voz empieza a hablarme sobre las cuotas mensuales, no es muy caro, no; me habla de los beneficiarios, me menciona eso de en caso de accidente, luego me comenta algo de en caso de fallecimiento… Pero mi cabeza está en otro sitio y mis oídos ya no escuchan esa voz tan agradable. Vamos a ver si lo he entendido. Yo voy a pagar cada mes una cantidad determinada de dinero para que, en caso de accidente o muerte, lo reciban mis beneficiarios. Sí, lo he entendido perfectamente. Pero una duda me está corroyendo: si no tengo ningún accidente, ¿me devolverán el dinero? Si es así, perfecto, me apunto. Si no así, ¿dónde iría a parar MI dinero? No se lo pregunto porque estoy metida en esa vorágine de dudas. No pienso. Sólo quiero respuestas. Sólo quiero que me digan que no me preocupe por nada, que, en ningún caso, voy a perder dinero. La voz me sigue hablando pero yo, a lo mío: mi dinero, ¿quién se lo va a quedar? Y sin someter mis dudas a una mínima reflexión, vamos, sin contar hasta cien, como siempre me aconseja mi madre, me lanzo al ruedo: Perdone, señorita, ¿y si no tengo nunca ningún accidente? La voz empieza a contestar pues, si no tiene ningún… pero yo, erre que erre, sigo enfrascada en mis cavilaciones y, convencida (lo juro) de la complejidad y la lógica de mis dudas, vuelvo a tirarme a la piscina (obviamente y conociéndome, sin agua): Es más, ¿¿¿¿¿y si nunca me muero?????

PD. Supongo que querrán saber cómo acabó la consulta. Pues bien, después de tan absurda, ridícula, irrisoria, patética y esperpéntica pregunta, se hizo el silencio. Al cabo de unos segundos, mi cerebro, que se había parado durante unos minutos (porque, si no, no lo entiendo), volvió a funcionar y colgué de inmediato. Creo que la voz todavía se está partiendo de risa.