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sábado, 31 de octubre de 2015

TÚ (que soy yo)


Mírate. Aquí estás, tumbada en el sofá, rodeada de ejercicios por corregir, escuchando una música que no te suena. Incómoda, intentas encontrar la postura ideal para escribir. Lo estás escuchando. Ahí está él, en tu despacho, haciendo no-se-qué de unas fotos en tu ordenador, tarareando su música preferida. No sabes qué pensar. No sabes qué sentir. O mejor, sí que lo sabes pero no quieres, te da miedo decírtelo. Y dejas el boli, cómo has podido llegar hasta aquí, otra vez. Y recuerdas que es el tercer o cuarto intento que hacéis para salvar esta relación; el tercer o cuarto intento que siempre empieza con buenas intenciones, con un viaje en una nube llena de amor, encuentros románticos, detalles deliciosos y momentos de pasión y lujuria. Y siempre acaba en rutina, abandono y silenciosos reproches. Es el tercer o cuarto intento pero nunca cambia nada. Tú, con tu treintena a cuestas, con tu trabajo un tanto absorbente, tus sobrinas pequeñas, tu coche y tu piso que vas decorando con magníficas facturas y una implacable e inmisericorde hipoteca. Él, con su trabajo de horarios castigadores, la custodia de su hija de doce años, un piso que todavía disfruta su ex, y viviendo con sus padres y su hermana. No cambia nada. Lunes y miércoles él duerme en tu casa y dos fines de semana al mes podéis hacer algo más que dormir. Y tú te encargas de que nunca falte nada.
Todo va bien. Él te quiere. Tú le quieres. Bien. Y, sin embargo, los encuentros son cada vez más distantes y monótonos, prescindes de él para quedar con tu familia o con tus amigos, te fijas más en sus defectos y espías sus movimientos para pillarle en falta y no le dejas pasar ni una. ¿Cómo sabes que estás enamorado de mí? Él lo sabe y punto. No se plantea nada más. Pero, ¿y tú? Tú te estás cuestionando todo. ¿Será así el resto de mi vida? Ya lo decía Julia Otero, el otro día, en su programa, sobre la serie de TV3, al marido ya le va bien, su bar, su mujercita, sus cincuenta, no se plantea nada, todo le parece bien, en su micromundo. A ella se le cae el mundo, toda la vida en el bar, su marido que no la entiende y sus cincuenta que le pesan como una losa, que le recuerdan constantemente que se está haciendo mayor... Y tú, ¿estás enamorada de mí? Y estás a punto de gritarlo, no, ya no estás enamorada, ni de él ni de nadie, que ya no es lo mismo, que no hay pasión, que no hay ganas de románticos encuentros. Mucho cariño, eso sí, pero enamorada, lo que se dice enamorada, ciega de amor, ya no. Y se lo quieres decir pero tienes miedo de hacerle daño, ya vuelves a tener ese sentimiento de culpa, ¿qué pasará si le dejo? ¿Culpa o miedo? ¿No será que tienes terror a quedarte sola? Al menos, ahora hay alguien que te abraza dos veces por semana, que cena contigo frente al televisor, alguien que cuenta contigo para las vacaciones... Treinta y cuatro, ¡qué duro se hace! Estás acojonada y disfrazas tus miedos con falsas culpas, con actos de buena samaritana... ¿Otra vez estás así, con tus dudas y tus respuestas cortantes? No sé da cuenta de nada, ¿verdad? Por cierto, ¿y lo de irnos a vivir juntos? Y te subes por las paredes. Deberías ser más fuerte, más egoísta y decirlo claro. No, nos vamos a ir a vivir juntos, ni hoy, ni mañana ni nunca. Y quieres huir pero lo único que haces es ser cruel, provocar la discusión, hacerle rabiar para que sea él el que tome la decisión de dejarte. Sólo así podrás alejarte sin tener ese maldito sentimiento de culpabilidad. Malditos lastres de la educación judeocristiana.
Oyes su voz. Te llama para que veas las proezas que hace él en tu ordenador, en tu despacho. Dejas de hacer lo que estabas haciendo y vas hacia él. Y te acuerdas de aquella canción que tarareaba tu madre cuando lavaba los platos: Si tú me dices ven, lo dejo todo... ¡Maldita sea!

sábado, 30 de noviembre de 2013

¡¡HASTA LAS NARICES!!


¡¡¡Hasta las narices!!!
¡Hasta las narices! ¡Sí! ¡Estoy hasta las narices, hasta el gorro, hasta el mismísimo..., hasta los mismísimos...
Hoy he ido al súper a comprar y me he encontrado con los voluntarios del Banco de Alimentos y sí, he colaborado, por supuesto. El año pasado fui voluntaria y este año, al no poder comprometerme, he aportado mi grano de arena comprando latas de conservas de pescado. Porque hay gente cerca de nosotros (no, no hay que irse a África subsahariana para comprobar que hay hambre; no, no hay que irse a las fabelas brasileñas para saber que hay niños que no tienen con qué vestirse) que apenas tienen algo que llevarse a la boca. Cerca, muy cerca de nosotros, hay niños que sólo comen una vez al día y eso, gracias al colegio o a entidades sin ánimo de lucro como el Banco de Alimentos.
Y mientras, leo en el diario o escucho en el informativa que una princesita de cuyo nombre no quiero acordarme y su flamante marido se gastaban la pasta que supuestamente ganaban a cambio de servicios serios y solventes en clases de coaching y de ritmos latinos. ¡¡¡Manda huevos!!! ¡Y ahí siguen, tan felices!
También he leído que los de un sindicato autonómico, ese ente que supuestamente se ideó para ayudar a los trabajadores, para apoyarlos, para velar por sus intereses, se gastaba la pasta del organismo en suculentas mariscadas, regalos, fiestones de abril o se quedaban parte de las subvenciones que, en un principio, debían estar destinadas a los trabajadores. ¡¡Qué vergüenza!!
También he leído hoy que un presidente del estado (en el que yo creí, por cierto, y al que yo voté), al hilo de la publicación de una especie de memorias, se desentiende completamente de lo que sucedió cuando él tenía el destino de todos los ciudadanos españoles en sus manos. Pelotas fuera. ¡Cómo se puede ser tan...! ¿Memorias? ¡Y un cuerno! Yo, a todos esos libritos que están saliendo últimamente en los que un, ¿cómo lo llamaría yo?, ¿un presid...?, no; ¿un polít...?, tampoco; ¿un...?, un jeta, sí, así los llamaría yo, un arribista, un mentiroso, un aprovechado, un sinvergüenza, decide escribir una parte de su vida con mentiras, con lapsus temporales, con falsa modestia, creyéndose el salvador del momento, sin un ápice de autocrítica y auto-reflexión seria y honesta, en vez de llamarlos “memorias”, los llamaría “amnesias”. En vez de “Memorias de un presidente”, “Memorias de un mandato”, “Memorias de..”, yo los titularía “La amnesia de un presidente”, “Los lapsus de un mandato”, “Los errores de cuatro años”. Y a todas esas magníficas obras de auto-recreación, autobombo y auto-complacencia, las metería en una colección que se llamaría “Despropósitos onanistas”. Porque, no me lo negarán, la cosa tiene tela. ¡¡¿¿Esta peña no tiene abuela o qué??!!
También estoy leyendo que los violadores y los asesinos ya están saliendo de la cárcel ¡¡¡y cobrando cuatrocientos y poco euros!!! Y ahora, claro, los que están arriba están corriendo para atajar la ola de indignación, de represalias o de felicidad y homenaje que está provocando esa salida masiva de.... No tengo palabras. Pero, ¿en qué coño estaban pensando los que tenían en sus manos el futuro de estos desalmados y, a la vez, la confianza y la esperanza de todos los familiares de las víctimas? ¿Es que nunca se dieron cuenta de lo que esa doctrina suponía? Joder, que no hay que ser muy inteligente... Y ahora, ¿qué? ¿Qué garantías hay de que el que mató y violó hace unos años no lo vuelva a hacer? ¿Qué certezas hay de que no vuelva a matar aquel que ya lo hizo no una vez ni dos ni tres? ¿Y si vuelven a violar y a matar y a coger las armas? ¿De quién será la culpa, eh? ¡Por el amor de Dios! Si parece una broma macabra y perversa... Si parece mentira -literalmente- que estemos en este punto. ¿Cómo se va a proteger a la gente si estos sin-nombre ya están sueltos? ¿Cómo se va a consolar a los familiares -padres, hermanos, abuelos, novios, amigos- de las víctimas? ¿Cómo se les va a convencer de que se está cumpliendo con la ley? ¡¡¿Cómo?!!!
Además, he leído las causas y consecuencias del cierre de una televisión autonómica. ¿Dónde fue a parar la decencia y la profesionalidad? ¿Qué es eso de que el derecho inalienable a estar informados objetiva e imparcialmente esté por debajo de los intereses partidistas y completamente pervertidos de un grupito al que solo le importa quedar bien ante las cámaras y tener los bolsillos llenos? ¿Me pueden decir cómo estamos ejerciendo eso que llaman democracia?¿Me pueden decir cómo narices podemos llevar a la práctica eso que llaman libertad, igualdad...? ¡¡Ah, no!! ¡Que eso ya pasó a la historia! ¡Que ahora estamos volviendo atrás! Que no, que no estamos hablando de evolución y de progreso, que estamos equivocados, que no se trata de ganar en derechos y libertades. No. ¡Qué ilusos somos! Que ahora se trata de involucionar, de volver atrás, de perder, de destruir, de aniquiliar todo lo bueno que tanto trabajo, sudor, lágrimas y sangre ha costado conseguir. ¿Alguien me puede explicar por qué y para qué tanta sinrazón?
Esto no lo he leído. Esto lo sé porque me lo están contando. Gente brillante, inteligente, arriesgada, comprometida, con un título universitario o de Ciclo Superior de Formación Profesional bajo el brazo y con muchas ganas de hacer cosas tiene que marcharse fuera, lejos para poner en práctica todo lo que han aprendido y que tanto dinero ha costado. Señores, que no hay que ser muy inteligente para saber que, si dejamos marchar tan a la ligera a los jóvenes formados, este país se va a la mierda. ¿Qué habrá dentro de nada? Nada (y dentro de ese nada me incluyo yo, que conste). Nada porque no habrá profesionales (se habrán quedado en el país que, con vista, los haya acogido para trabajar y producir), no habrá niños (porque esos que se fueron para conseguir un puesto de trabajo habrán formado sus propias familias y habrán procreado en aquel país que, insisto, con visión de futuro, los acogió siendo jóvenes valientes), no habrá negocios ni empresas (porque todas estarán fuera, con nombres españoles, con personal español, eso sí, pero no estarán en España). Sólo quedaremos los jubilados y los parados. ¡Pues vaya! A esto lo llamo una buena jugada, sí señor. A esto lo llamo visión de futuro; a esto lo llamo confianza; a esto lo llamo... ¡¡incompetencia absoluta!! Para que luego me hablen de la marca España.
Y, mientras, hambre, crisis, paro, desesperanza, tristeza y rabia.
¿Sigo?
Mejor, no, ¿verdad?
Pues eso, lo dicho.
¡¡¡Hasta las narices me tienen!!!

PD. Esta tarde vuelvo al súper para comprar más latas de sardinas.


sábado, 23 de junio de 2012

LAS PARADOJAS DEL PAPEL O LA METÁFORA DEL PASO DEL TIEMPO


A mi amiga Dolors, maestra de letras, maestra de vida

Hay cosas que, por mucho que pase el tiempo, nunca cambian: mes de agosto, ensalada de verano, pescadito al horno, agua fresca, una copa de vino blanco bien frío, postre helado y varias horas por delante con mi amiga para ponernos al día, hablar de lo humano y de lo divino y echar unas risas (y si es necesario, para qué negarlo, alguna que otra lágrima).
Queda poco para nuestro próximo encuentro pero aún me acuerdo de la última vez que comimos juntas y de las palabras que, entre risas, anécdotas y planes para setiembre, con una mezcla de resignación y nostalgia, me dijo mi amiga: “Todavía conservo mi vieja máquina de escribir, mis apuntes de la universidad y un montón de revistas literarias de hace un montón de años”. No me sorprendió. El porqué ya lo sabía. Sin embargo, una pregunta salió de mi boca: “¿Para qué?” Y mientras ella continuaba con la retahíla de papeles que mantenía guardados en armarios, cajones y estanterías, yo seguía planteándome más cuestiones: ¿cuánto hacía que no utilizaba el ya prehistórico artefacto?, ¿cuánto hacía que no releía las lecciones magistrales, ya amarillentas y apergaminadas?, ¿cuánto hacía que no consultaba las páginas apolilladas de aquellas viejas revistas?, ¿cuánto hacía que…?
Papeles y más papeles que ocupan un espacio cada vez más precioso en nuestras casas. Papeles y más papeles que no son más que el testimonio de un tiempo que ya pasó, que ya vivimos, disfrutamos o sufrimos, y que, por mucho que los conservemos, jamás volverá.
¿Y yo?, me pregunté. Yo, por una mera cuestión práctica, hacía apenas un año, había tirado los apuntes de la facultad y, con ellos, cinco años de mensajes de mis compañeros, números de teléfonos, bromas, alguna que otra declaración de amor y varios poemas escritos en los márgenes de aquellas hojas. Pero todavía guardo mis cartas de adolescencia y juventud, mis agendas personales que escribo desde que hacía BUP (y era alumna de esta casa), una maleta llena de álbumes de fotos y varias cajas de hojalata y cartón llenas de recuerdos de papel: entradas de cine y de teatro, posavasos de bares, postales de Navidad, de felicitación, trípticos de museos, tarjetas de restaurantes, planos de ciudades, billetes de tren, bonos de autobús, flyers de discoteca, etc... que, con solo mirarlos, me transportan a aquella época, a aquella aventura, a aquella historia para vivirla de nuevo durante unos pocos minutos. Cartas, felicitaciones, notas, avisos, mapas, apuntes guardados bajo siete llaves… como si con esas letras impresas, atrapadas en el papel, pretendiéramos apoderarnos del tiempo vivido o, como mínimo, hacerlo transcurrir más lentamente.
Pero ha pasado el tiempo y ahora, bien por la llegada inexorable de las nuevas tecnologías (80%), bien en aras de un mundo más ecológico y sostenible (10%), la escritura sobre papel ha perdido buena parte de su utilidad práctica -y, con ello, la magia de su personalidad, de su frágil lentitud, de su arte- y la hemos sustituido por la inmediatez y la frialdad de unas teclas y demás artilugios hipermodernos.
Las cartas, con aquella personalísima caligrafía grabada en esas hojas de curioso papel, han dado paso a los correos electrónicos; las postales de Navidad y de felicitación que elegíamos con tanto esmero e ilusión pensando en cada uno de nuestros amigos se han visto relegados por un único sms –que quizás hemos recibido de alguien- enviado a un listado de nombres del teléfono móvil; los mapas, tan difíciles de doblar, han sido desbancados por el GPS en el coche o el Google Maps. Los apuntes ya no se cogen a mano y se guardan en carpetas de cartón y goma elástica sino que se escriben en el notebook y se almacenan en una nube; las fotos tampoco se ordenan en álbumes y se queda con los amigos para enseñarlas sino que se cuelgan en algún espacio virtual para que la gente las pueda ver desde cualquier ordenador en cualquier momento. Las estanterías plagadas de libros comprados y leídos a lo largo de toda una vida –con flores secas y demás recuerdos entre sus hojas- van estancándose con la llegada de libro electrónico. Las agendas personales siguen existiendo pero en un aparatito en el que se registran las citas y los recados con tres palabras mal escritas para luego eliminarlos con una sola tecla. Incluso, algunos restaurantes ya presentan su carta de platos en un IPad. Y yo, guardando todavía el enorme y original pliegue de papel del delicioso Oyster Bar de mi viaje a Nueva York…
Así las cosas, sin embargo, no puedo evitar llegar a una conclusión. Suena paradójico pero, mientras Internet, perfecto, infalible, eterno, se ha inventado para ser el gran almacén -a veces, vertedero- del quehacer humano, cada vez estoy más convencida de que el papel, en su humilde condición de frágil y efímero, se ha erigido en el guardián de nuestra memoria y, por ende, en el garante de nuestra existencia.
A pesar de ello, me pregunto yo, hoy en día, ¿cuándo escribimos sobre papel? Apenas, un post-it enganchado en la puerta de la nevera para avisar que no me esperes para cenar, que hay que sacar el pescado del congelador o que falta harina, o un miserable trozo de papel para hacer la lista de la compra (todavía no he visto en el supermercado a nadie consultar en la Blackberry cuántos kilos de naranjas necesita, pero todo llegará).
Sí, no ha duda. Las nuevas tecnologías nos facilitan la vida, que no significa que nos haga la vida más fácil (alguien dijo que la vida, para que sea vida, tiene que costar vivirla). Sí, no hay duda. Con las nuevas tecnologías, hemos salido ganando: gastamos menos papel, lo que no implica necesariamente que tengamos más conciencia ecológica; las cartas y los avisos llegan más rápido a su destino, aunque no por ello estén mejor escritos; gestionamos mejor los documentos lo cual, está comprobado, no significa más eficiencia. Sí, no hay duda. Las nuevas tecnologías son positivas. Pero, ¿qué quieren que les diga? Una parte de mí me dice que estamos perdiendo no sólo en vocabulario, sintaxis, ortografía (esto sería tema para otra larga y profunda reflexión) sino también en proximidad, calidez y dedicación.
Los que han nacido con un ordenador portátil bajo el brazo y preferían el sonido del móvil al del sonajero me dirán que no, que estoy exagerando, pero es que no han vivido “lo otro” y no pueden comparar.
Yo, que todavía escribo postales a mis amigos cuando me voy de vacaciones, sigo creyendo (¿ilusa de mí?) que, al realizar ese ritual -localizar una tienda donde vendan paisajes del lugar, elegir una a una las postales, buscar las palabras adecuadas pensando en cada uno de mis amigos, sus gustos, su manera de ser, consultar en mi pequeña, vieja y viajada agenda las direcciones, dedicar una tarde para escribir y visitar la oficina de correos-, tengo conciencia de mi tiempo, de que soy dueña de ese tiempo delicioso, porque lo saboreo, lo disfruto, lo vivo; porque, en definitiva, también forma parte del viaje.
Yo, que todavía me enfrento a la hoja de papel -real, no virtual- en blanco, armada con mi pluma y mil ideas, me resisto a vivir al cien por cien sometida a esa fiebre que se ha instalado definitivamente en nuestra piel, quizás porque sigo pensando que, cada vez que felicito a alguien con un mensaje en el teléfono móvil o envío una carta por correo electrónico, dejo atrás la magia de unas letras manuscritas sobre papel, pensadas, pausadas; quizás porque, cada vez que tecleo rauda y eficiente unas letras, siento que, con esa misma rapidez, se me escapa el tiempo entre los dedos.

sábado, 2 de junio de 2012

LA NIÑA DE COLORES (cuento infantil. O no)

Érase una vez, no muy lejos de aquí, en medio de un azul y profundo mar, un lugar llamado Grisla. Como el resto de las islas, ésta tenía sus playas, sus palmeras, sus montañas y sus valles, su embarcadero y su pequeño y peculiar pueblo que daba nombre a este trozo de tierra. Se trataba de un pueblo pesquero, con sus calles y callejuelas, su plaza, su mercado, su colegio, su parque de juegos, su iglesia, su ayuntamiento... y sus gentes: hombres y mujeres que trabajaban, compraban y cuidaban de sus hijos; abuelos y abuelas que paseaban y se sentaban en la plaza o en el parque donde se entretenían los más pequeños del lugar y niños y niñas que iban al colegio y a la playa, los pescadores, los tenderos, el alcalde...
Pero, a diferencia de otras islas que salpicaban el ancho mar, Grisla se caracterizaba por ser toda ella, enterita, de color gris. Grises eran sus playas y sus montañas; grises eran su cielo, su mar y su sol; grises, las calles y las casas de su pueblo y grises también, sus habitantes. Pero, no solamente el aspecto de la isla adquiría esta tonalidad apagada y triste. También el corazón de sus gentes estaban de este color... Los mayores iban a trabajar con prisas, aburridos y siempre mirando al suelo. Los abuelos se limitaban a vigilar a los nietos o a mirar al resto de los vecinos y los niños apenas jugaban ni reían. Parecía un pueblo fantasma, aburrido, sin alma. Era un pueblo sin pasado ni presente ni futuro. Ni en las calles, en el mercado o en las playas se oía el jolgorio de sus habitantes y los parques no parecían lugares de juego. Por muy pequeño que fuera el pueblo y por mucho que se conocieran, los vecinos apenas se saludaban o hablaban entre ellos y los niños no jugaban juntos. Sólo se miraban unos a otros de manera furtiva y huraña. Cada uno iba a lo suyo, cada uno de los habitantes de la isla estaba encerrado en su propio mundo, nadie compartía nada con nadie y nadie ayudaba a nadie.

Un buen día, llegó a la isla un matrimonio con su hija, Patricia, de enormes y expresivos ojos y el pelo recogido en una simpática coleta con un lazo de colores, para hacerse cargo de la panadería del pueblo cuyo dueño había fallecido. Los tres formaban una bella familia, una estampa preciosa que, sin embargo, tenía algo especial... En el barco, a medida que se acercaban al embarcadero, se dieron cuenta de algo extraño. En medio del inmenso mar azul, les sorprendía el tono grisáceo y apagado que reinaba en toda la isla. Esperaban ver el dorado de sus playas, el verde de sus árboles y sus montañas, el rojo de los tejados, el amarillo del sol y una infinidad de colores en sus flores y en sus gentes. Pero no. Todo era gris, sólo de color gris...

—Mamá, creo que no lo voy a pasar bien en este pueblo —decía Patricia apoyada en la barandilla del balcón de su nueva casa—. Mira qué cara llevan las personas. No sonríen, no se hablan...
—No digas eso —contestaba la madre mientras se asomaba también a la calle para comprobar lo que decía su hija—. Seguro que no es tan gris como parece. Tenemos que darnos tiempo, cariño, para adaptarnos al pueblo y a la manera de ser de sus habitantes.
—Pero, fíjate, mamá —replicaba la niña desoyendo las palabras de su madre—, la ropa es de color gris, las casas y todo lo demás son de color gris, ¡todo es de ese color! ¡Todo parece triste y aburrido!
—Tranquila, hija mía. No te preocupes. Ya verás como no significa nada. Ya verás... —pensaba la madre en voz alta confiando en que todo se tratara de una simple ilusión óptica—. Todo es cuestión de confianza y optimismo.

En medio de tanto color aburrido y apagado, aprovechando el buen tiempo y las vacaciones de la chiquilla, los tres ofrecían todo un espectáculo de color y alegría a las gentes del pueblo. Cuando podían, entre bromas, risas y besos, iban los tres a pasear por el embarcadero o a jugar en la playa y, cuando sus padres tenían que trabajar en la panadería, Patricia iba al parque que había cerca de allí. Con sus pantalones rojos, su camisa de cuadros multicolores y su lazo como el arco iris, Patricia llevaba sus juguetes para compartirlos con los demás niños e intentaba hablar con ellos. Pero los niños, ante tan sorprendente actitud de la recién llegada, echaban a correr. También se asombraban cuando la oían reír mientras se columpiaba alto o se deslizaba por el tobogán. Patricia no entendía nada, ¿por qué no querían jugar con ella?, ¿por qué no jugaban o hablaban, al menos, entre ellos?, ¿por qué no se reían?, ¿por qué era todo tan gris?
—No quiero ir a jugar al parque. Los niños no quieren jugar conmigo y me miran como si fuera un bicho raro —comentaba Patricia a sus padres cada vez que venía del parque.
—¿Por qué dices eso? —sus padres sabían perfectamente lo que quería decir su hija. También ellos lo habían notado en la panadería—. Dales tiempo para que te conozcan un poco. Es cuestión de confianza, optimismo y paciencia y tú tienes todo eso, ¿verdad?
—No papá. Son niños tristes, apagados, aburridos. No se ríen, no juegan, no hablan, no se divierten y yo ya no sé qué hacer... —decía Patricia desanimada—. ¿Cómo pueden vivir en un mundo tan gris? ¿No se dan cuenta de que no son felices? ¿No saben que con una sonrisa se vive mejor? ¿Cómo pueden vivir sin hablar con los demás, sin compartir, sin ayudar? Es lo que siempre me habéis dicho... ¿Qué puedo hacer?
—Es verdad. Te lo hemos enseñado porque creemos en ello —contestaba el padre intentando convencer a su hija de lo correcto de sus ideas—. ¿Sabes lo que puedes hacer? Sé tú misma, Pat. No cambies. Limítate a ser tú misma. Entre tanto gris, sé una niña de colores...

Y así hizo Patricia. Decidió seguir yendo al parque con sus juguetes, su ropa de colores y su pelo recogido en un lazo como el arco iris. Siguió intentando jugar y hablar con los demás niños y siguió riendo mientras se columpiaba alto o se deslizaba por el tobogán. Tampoco sus padres desistieron en el intento de hablar con los vecinos y ofrecerles, además de una barra de pan, la mejor de sus sonrisas.
Cuentan las gentes que, poco a poco, esa tonalidad que reinaba en toda la isla fue desapareciendo para dar paso a toda una gama de tímidos colores. Así, los habitantes de Grisla pudieron advertir el suave verde de las montañas y los valles, el azul casi transparente del cielo y el mar, el amarillo pálido de unos vergonzosos rayos de sol y una infinidad de colores increíbles que inundaron hasta el último rincón de la isla. Ante tal mágico y sorprendente cambio, los habitantes del pueblo empezaron a hablar entre ellos intentando encontrar el origen o la razón de tan magnífico y espléndido acontecimiento. Los niños jugaban a adivinar nuevos colores y se reían al descubrir o inventar tonos diferentes
Con el tiempo, Grisla se fue convirtiendo en un lugar lleno de alegría, optimismo, futuro y... colores, muchos colores. Los vecinos, cada vez, se comunicaban más entre ellos, reían, hablaban, se ayudaban y compartían todo lo que tenían y Patricia cada día era más feliz. Pero no estaba del todo satisfecha. Sí. Efectivamente. Las gentes habían cambiado. Los colores habían pintado la isla pero los colores eran todavía muy pálidos y claros. Patricia pensaba que faltaba algo pero no sabía qué. Hasta que ocurrió el milagro...
Un buen día, cuando las risas y la alegría ya se habían convertido en algo normal y cotidiano, empezó a llover en la isla. Las gotas eran de un azul transparente que apenas se percibía. Patricia decidió ir a jugar en los charcos con sus amiguitos y salió a la calle con su chubasquero, sus botas de agua y su paraguas, cómo no, de colores. Sin que nadie pudiera explicárselo, las gotas de agua que caían sobre el paraguas de Patricia salían rebotadas en forma de cascadas de purpurina que, al posarse en cualquier superficie, hacían que ésta adquiriera un tono más brillante e intenso. Poco a poco, mientras la simpática niña chapoteaba en los charcos, junto con los demás niños, todo el pueblo se fue convirtiendo en una auténtica postal de resplandecientes y llamativos colores que brillaban todavía más con los centelleantes rayos de un generoso sol acompañado de un majestuoso arco iris que decidieron salir después de aquella mágica tormenta de verano. Nadie se lo podía creer. Todos comentaban lo sucedido. No podían encontrar una explicación razonable a tan admirable milagro. Cada uno daba una razón. Sólo se ponían de acuerdo al decir que aquella transformación del pueblo coincidía con la llegada de aquella niña de expresivos ojos y corazón de oro, la niña de colores...

Cuenta la leyenda que, después de unos pocos días, cuando la gente todavía se reunía en la calle o en la plaza para comentar el milagro sucedido en la isla, el alcalde decidió convocar a todos los vecinos para anunciar algo importante. De todos era conocido el extraordinario cambio que se había producido en Grisla. Había dejado de ser una isla gris, apagada, triste, aburrida, sin alma, para ser un lugar mágico, lleno de colores, alegre, optimista, generoso y agradable. Era evidente que aquel trozo de tierra en medio de la inmensidad del mar no podía continuar llamándose de aquella manera. El nombre de Grisla ya no reflejaba el nuevo estado de la isla y de sus habitantes. Era urgente cambiarle el nombre. Y, en medio de murmullos y comentarios entre unos y otros, surgió la dulce voz de Patricia:
—Es verdad. Todo ha cambiado. Ya no es una isla gris ni triste. Ya no se puede llamar Grisla. Ahora, ya somos felices, ya hay optimismo, la gente habla, sonríe y juega. Ahora, las cosas ya tienen color, ya tenemos sol y arco iris. —Y, después de permanecer un rato callada, provocando la expectación de los allí presente, continuó diciendo—: Ya que el arco iris ha cubierto nuestra isla, arco iris, isla de arco iris, isla de iris... ¡Ya lo tengo! Irisla, se va a llamar Irisla.
—Así, todo el mundo sabrá que nuestra isla es una isla de colores. Una isla bendecida por el arco iris –aprobó el alcalde, mirando a Patricia con simpatía y complicidad, entre los aplausos y vítores de los vecinos-. Irisla. A partir de ahora, nuestra isla será conocida en todo el mundo por sus colores y su alegría. A partir de ahora nuestra isla se llamará Irisla.


lunes, 23 de abril de 2012

¿PARA QUÉ?

"¡Escribir! Escribir para no volverse loco, para agarrarse a sus raíces, para verter los silencios, prolongados y dolorosos, que se cruzan en nuestras vidas."

Tahar Ben Jelloun, Con los ojos bajos 

¡Escribir!

Para imaginar,
            recrear,
                evocar e inventar,
                    seducir y enamorar,
                       recordar y nunca olvidar.

 ¡Escribir!

Para volver a aquellos oscuros rincones de nuestra vida
                                                y
                                          saldar antiguas cuentas pendientes.

¡Escribir!

Para sabernos leídos
                         y no sentirnos solos
                                             y abandonados.

¡Escribir! 

Para convertirnos en protagonistas de nuestra propia historia
                               y confesar aquello que nunca nos hemos atrevido a vivir.

¡Escribir!

Para hablar,
                 porque,
                           a veces,
                                   la pluma es el cómplice y aliado de nuestros silencios.

¡Escribir!

Para crecer,
                   porque,
                          a veces,
                                  la hoja en blanco es el mayor y el mejor reto que nos ofrece la vida.

¡Escribir!

Para desgranarse,
                     porque,
                          a veces,
                                   la tinta es la única sangre que corre por nuestras venas.

¡Escribir!

Para desahogarse,
                     porque,
                              a veces,
                                      la tinta es la última lágrima que nos queda por llorar.

¡Escribir!

Para
denunciar
transgredir
quejarse
ir contracorriente
protestar,
             porque,
                     a veces,
                            es la única manera que tenemos de gritar, de hacer oír nuestras voces.


¡Escribir!

Para demostrar al mundo que, alguna vez, ¡sólo alguna vez!, hemos amado y nos han amado.


¡Escribir!

Sencillamente, para decir que somos.

Escribir, en última instancia, para sentirnos vivos.

Escribir, en definitiva, para estar vivos.


FELIZ DÍA DEL LIBRO. FELIZ DÍA DE SANT JORDI.

miércoles, 5 de octubre de 2011

CIENCIAS DE LA CORRUPCIÓN

Un nuevo curso, nuevos alumnos y los mismos retos: intentar que los adolescentes tomen consciencia de lo que significa tener unos estudios, una cultura y una educación; de lo importante que es ser disciplinado, constante y trabajador; de que deben aprender a ser autónomos y proactivos, a trabajar en grupo, a ser consecuentes, a ser críticos con ellos mismos y con lo que les rodea… Bla, bla, bla… Siempre lo mismo. Y la cuestión es: ¿lo estamos consiguiendo? ¿A pesar de los recortes y de los esfuerzos por parte del gremio docente (y la mayoria,decente), estamos inculcando todos esos valores para que lleguen a ser ciudadanos de futuro y con futuro? Pero creo que ésas no deben ser las cuestiones que nos debemos plantear. Siendo sinceros y viendo lo que sucede a nuestro alrededor, el gran interrogante debería ser: ¿Realmente, son ésos los valores que debemos inculcar o tendrían que ser otros?
Ahora que nuestros alumnos de 2º de Bachillerato ya se están planteando qué hacer con su vida después de acabar esta etapa y se están debatiendo entre infinidad de titulaciones para elegir su futuro (no olvidemos que serán nuestros futuros médicos, futuros abogados, futuros investigadores, futuros políticos, futuros profesores, futuros ingenieros, etc.) y después de revisar infinidad de veces el listado infinito de grados que ofrecen las diferentes universidades (Ciencias Ambientales, Ciencias Biomédicas, Ciencias de la actividad física y del deporte, Ciencias Empresariales, Ciencias Políticas, Ciencias de la Información, Ciencias de la Educación), viendo el panorama nacional e internacional, echo de menos algo. Me pregunto dónde está el grado de Ciencias de la Corrupción, en qué universidad se estudia y qué materias o créditos lo componen.
Observando y analizando los perfiles de estos titulados en Ciencias de la Corrupción, se podría decir que han estudiado las siguientes asignaturas:
Derecho, para conocer las leyes con el único objetivo de transgredirlas. No para respetarlas y hacerlas respetar sino para descubrir sus recovecos oscuros, para saber qué vacios legales presentan y poder actuar, así, con total impunidad.
Economía, para dominar términos y realidades como “cohecho”, “malversación de fondos”, “prevaricación”, “paraíso fiscal”, “contratación fraudulenta”, “economía sumergida”, “fraude fiscal”. O, simplemente, para saber que, si te doy X a cambio de Y, yo recibo ZZZZZZ o, lo que es lo mismo, $$$$$$$ o €€€€€€.
Ética, para acabar sabiendo que, si se actúa sin ella, no ocurre absolutamente nada; que, incluso, es recomendable “pasar de ella” para conseguir pingües beneficios en las transacciones o pactos. Después de miles de años de reflexión y estudio por parte de nuestros filósofos para poder dilucidar qué mueve al ser humano a actuar de esa manera, llegamos a la conclusión de que se puede vivir con “total dignidad” siendo completamente amoral o inmoral, y que es precisamente esa falta de ética el motor de las economías mundiales. Si sumamos la falta de escrúpulos al egoísmo, más la ambición, más la ignorancia, más la estupidez supina, obtendremos como resultado el perfil del corrupto idóneo. No, si ya lo decía Platón…
Antropología y Sociología, para conocer a la víctima de nuestras argucias; para saber que el ser humano necesita confiar en sus representantes, necesita una cierta estabilidad política para seguir creyendo en el sistema, necesita seguridad para seguir viviendo, y está dispuesto a apoyar, una vez más, a aquel que le está robando, le está engañando y se está riendo en su cara. Da la impresión de que en esta materia existe un seminario en el que se enseña cómo detectar los grupos sociales más vulnerables, más frágiles y cómo aprovecharse de ellos con mentiras, engaños y falsas promesas. Debe de haber otro seminario en el que se da pautas para ejercer el abuso de poder mediante abusos sexuales…
Demagogia, para aprender a hablar, hablar y hablar sin decir absolutamente nada. Y en este bloque se podría encontrar un ciclo de conferencias sobre Léxico y Gramática, en las que se enseña diversas técnicas para decir siempre lo mismo -es decir, nada- sin repetir las mismas palabras. Y con un apartado muy importante para aprender a humillar, atacar e insultar a los que acusan, a los que dudan, a los que denuncian, a los que se cuestionan los hechos y los actos, todo ello sin vulnerar, eso sí, las leyes de la diplomacia.
Semántica, para recuperar el verdadero significado de conceptos como “democracia”, “justicia”, “igualdad”, “bien común” y un largo etcétera que se olvidan nada más asumir el poder. Jurarían que esta matería, la suspenden todos...
Psicología, para profundizar en uno mismo y conocer cuáles son los propios límites en el asunto que nos ocupa, la CORRUPCIÓN. Para hilvanar un pensamiento y un discurso basado en el YO-ME-MÍ-CONMIGO y quedarse “tan pancho”. Para esconder los defectos, las incapacidades y, sobre todo, las inseguridades y debilidades personales y sociales.
Telegenia, para aparecer ante la prensa y la opinión pública bien vestidos, bien peinados y con el discurso –que, insisto, no dice nada, no ofrece nada- bien aprendido, con las palabras bien buscadas y, especialmente, con esa prepotencia y esa sorna que caracterizan al corrupto.
Obviamente, y siguiendo el famoso Plan de Bolonia, las universidades que ofertan este grado universitario, Ciencias de la Corrupción, garantizan prácticas en diferentes y reconocidas instituciones. Véase: ministerios, consejerías, consistorios, clubs deportivos, ONGs, entidades financieras, centros educativos, empresas de diversa índole. Como se puede observar, existe un amplio abanico de posibilidades para que el estudiante de Ciencias de la Corrupción pueda aplicar sus conocimientos.
Así las cosas, la próxima vez que un alumno me pregunte sobre los estudios superiores y me pida ayuda para tomar la gran decisión, no se me ocurrirá apelar a los intereses personales, a las habilidades sociales, a las aptitudes profesionales. Tampoco aludiré al esfuerzo, a la constancia y a la ilusión. La próxima vez que alguien me responda “Sí, todo eso está muy bien pero, ¿ganaré mucho dinero?”, guardaré todos esos argumentos en el cajón de las utopías y le contestaré: ¡Ah, haber empezado por ahí! ¿Es eso lo único que quieres? ¿Sólo ganar dinero? Pues, está claro. Corrupto, hijo, hazte corrupto.