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lunes, 2 de julio de 2012

¡¡¡VERANITO!!! (o mis libros para una isla desierta)

Con las maletas a medio hacer, el neceser casi completo, los mapas, las guías de viaje, la documentación a punto y a buen recaudo, busco entre las estanterías todos los libros que, durante este largo invierno -y otoño, y primavera- he ido comprando para leerlos este veranito que ya ha llegado. Este, este, y este, y este también. Demasiados. Y pesan demasiado para no tener ningún altercado con las dichosas azafatas a la hora de facturar en una de estas estupendas compañías low cost que te cobran por llevar cien gramos de más. No, si ya lo decía yo. No era mala idea eso del e-book. Para el año que viene, seguro que ya no tendré ese problema. Lo pediré para mi cumpleaños. Y tal y como está el panorama literario, no estará de más irse familiarizando con este soporte, que no con el arte de leer.
Pero no, no me voy a llevar ningún libro. No me acordaba ya que había pensado otros planes para mí en materia de lecturas. Les cuento.
Allá por el año 2006, creo recordar, mi cabecita empezó a sufrir un extraño fenómeno. Por algo que me contaron, una idea empezó a rondar por los pliegues de mi cerebro y durante mucho tiempo, sin yo quererlo, una historia empezó a fraguarse y una obsesión me fue persiguiendo día tras día, mes tras mes. Y así, incapaz de sacarme esos fantasmas de mi cabeza y de mi vida -personajes con nombres y apellidos, escenarios con sus calles y sus plazas, tramas con nudos y subtramas-, como si de una terapia se tratara, decidí ponerla por escrito. En un año, la tenía escrita e, ilusa de mí, hice un montón de fotocopias y las envié a las editoriales, pensando que eso sería cuestión de coser y cantar. Me contestaron algunas pero la mayoría respondió elocuentemente con el silencio.
Deduje que la novela era una auténtica mierda, pero no me rendí. Todo lo contrario. Como lo único que quería era perfeccionarla, me apunté a la Escuela de Escritores del Ateneu de Barcelona y, durante tres años, entre lecciones magistrales, consejos que no tienen precio, risas, muchos ejercicios escritos con sus jodidas correcciones -la única manera de aprender a escribir es escribiendo y corrigiendo-, y unas cuantas cenas y comidas sin igual, aprendí que el arte de escribir se basa, fundamentalmente, en reflexión (pensar, pensar y pensar la historia que quieras contar), trabajo, mucho trabajo (para aprender las técnicas, para perfeccionarse, para escribir y reescribir tantas veces como sean necesarias), ilusión, mucha ilusión (para no desfallecer nunca), algo de inspiración (porque para eso se llama arte, ¿no?) y muchísima humildad (porque, después de haber escrito una novela de 300 páginas, no te puedes creer alguien genial; y, porque después de más de 50 cartas y/o mails de rechazo, tampoco te puedes creer que no vales nada).
Y después de más de cinco años desde aquel flash en que me he encontrado de todo (coeditoriales que quieren sacarte hasta el último euro; informes de lectura hechos por, no se lo pierdan, ¡un cuidador de perros!; negativas justificándose en la crisis, maldita crisis; ánimos mil para seguie intentándolo), después de varias relecturas más, después de una infinidad de consejos y después de caer y volver a levantarme, he decidido intentarlo de nuevo. Por eso, no me llevo ningún libro de vacaciones. No. Rectifico. Me llevo MI libro, MI novela (y, por qué no decirlo, MIS ilusiones y MIS esperanzas) de viaje, para volver a leerlo, para volver a corregirlo y traerlo de vuelta con un aire nuevo. Y con esta nueva versión, colgarlo en el Amazon y venderlo por 2 euros (uno, para mí y el otro, para alguna ONG o Fundación, para ver si, entre todos, podemos arreglar un poquito este mundo que con la que está cayendo...).
En fin, estos son mis planes de lectura para este veranito. Pero no se preocupen. Aquí les dejo algunos de mis libros preferidos (unos leídos más de dos y tres veces) que me han acompañado en mis viajes y han hecho que mis vacaciones (además de PGF y su cámara, de los paisajes, los vinos nuevos, los descubrimientos y los mares) tengan un sabor especial (y no me refiero a la gastronomía típica del lugar, que también):

  • María DUEÑAS, El tiempo entre costuras (una deliciosa historia en un rincón muy conocido para mí. A la espera de ver la versión televisiva)
  • André GIDE, El inmoralista (un clásico transgresor que releo cada año)
  • Ryszard KAPUSCINSKI, Viajes con Heródoto (una auténtica guía de viajes con pensamientos y lecciones magistrales dignos de ser recordados)
  • Julio MEDEM, Aspasia. Amante de Atenas (todavía no lo he leído pero promete: la vida en la Grecia Clásica, la polis, la democracia, los primeros filósofos, todo visto a través de una mujer excepcional, Aspasia, la amante de Pericles)
  • Eduardo MENDOZA, El enredo de la bolsa y la vida (fresco, tremendamente divertido, ideal para llevárselo de vacaciones)
  • Olga MERINO, Perros que ladran en el sótanos (una historia de sufrimiento y desarraigo contada con maestría)
  • Teresa MOURE, Hierba mora (un momento de la vida de Descartes. Una delicia)
  • Azar NAFISI, Cosas que he callado (todo una vida en Teherán). También es la autora de Leer “Lolita” en Teherán (sencillamente, genial)
  • Mario VARGAS LLOSA, Travesuras de la niña mala (exquisita, sensual)
  • Stefan ZWEIG, Veinticuatro horas en la hora de una mujer (tan pocas páginas para decir tanto)
  • Más de mis “moritas” y “moritos”: algo de Atiq Rahimi, Nedjma, Muhammad Xukri, Kader Abdolah, Salwa al Neimi, Fatima Mernisi, Tahar Ben Jelloun, etc., etc., etc.
  • Y, por supuestos, los cuentos de mi admirada y añorada Mercedes Abad, de Empar Moliner, Javier Tomeo, Fernando Iwasaki...

Me falta un montón de títulos pero estos son los que me llevaría a una isla desierta.


Yo seguiré con lo mío. Quizás, en setiembre, cuando vuelva, pueda anunciarles una buena nueva...

LES DESEO UN FELIZ VERANO Y UNAS ESTUPENDAS VACACIONES 3D PARA :
Desconectar
Descansar
Disfrutar


sábado, 23 de junio de 2012

LAS PARADOJAS DEL PAPEL O LA METÁFORA DEL PASO DEL TIEMPO


A mi amiga Dolors, maestra de letras, maestra de vida

Hay cosas que, por mucho que pase el tiempo, nunca cambian: mes de agosto, ensalada de verano, pescadito al horno, agua fresca, una copa de vino blanco bien frío, postre helado y varias horas por delante con mi amiga para ponernos al día, hablar de lo humano y de lo divino y echar unas risas (y si es necesario, para qué negarlo, alguna que otra lágrima).
Queda poco para nuestro próximo encuentro pero aún me acuerdo de la última vez que comimos juntas y de las palabras que, entre risas, anécdotas y planes para setiembre, con una mezcla de resignación y nostalgia, me dijo mi amiga: “Todavía conservo mi vieja máquina de escribir, mis apuntes de la universidad y un montón de revistas literarias de hace un montón de años”. No me sorprendió. El porqué ya lo sabía. Sin embargo, una pregunta salió de mi boca: “¿Para qué?” Y mientras ella continuaba con la retahíla de papeles que mantenía guardados en armarios, cajones y estanterías, yo seguía planteándome más cuestiones: ¿cuánto hacía que no utilizaba el ya prehistórico artefacto?, ¿cuánto hacía que no releía las lecciones magistrales, ya amarillentas y apergaminadas?, ¿cuánto hacía que no consultaba las páginas apolilladas de aquellas viejas revistas?, ¿cuánto hacía que…?
Papeles y más papeles que ocupan un espacio cada vez más precioso en nuestras casas. Papeles y más papeles que no son más que el testimonio de un tiempo que ya pasó, que ya vivimos, disfrutamos o sufrimos, y que, por mucho que los conservemos, jamás volverá.
¿Y yo?, me pregunté. Yo, por una mera cuestión práctica, hacía apenas un año, había tirado los apuntes de la facultad y, con ellos, cinco años de mensajes de mis compañeros, números de teléfonos, bromas, alguna que otra declaración de amor y varios poemas escritos en los márgenes de aquellas hojas. Pero todavía guardo mis cartas de adolescencia y juventud, mis agendas personales que escribo desde que hacía BUP (y era alumna de esta casa), una maleta llena de álbumes de fotos y varias cajas de hojalata y cartón llenas de recuerdos de papel: entradas de cine y de teatro, posavasos de bares, postales de Navidad, de felicitación, trípticos de museos, tarjetas de restaurantes, planos de ciudades, billetes de tren, bonos de autobús, flyers de discoteca, etc... que, con solo mirarlos, me transportan a aquella época, a aquella aventura, a aquella historia para vivirla de nuevo durante unos pocos minutos. Cartas, felicitaciones, notas, avisos, mapas, apuntes guardados bajo siete llaves… como si con esas letras impresas, atrapadas en el papel, pretendiéramos apoderarnos del tiempo vivido o, como mínimo, hacerlo transcurrir más lentamente.
Pero ha pasado el tiempo y ahora, bien por la llegada inexorable de las nuevas tecnologías (80%), bien en aras de un mundo más ecológico y sostenible (10%), la escritura sobre papel ha perdido buena parte de su utilidad práctica -y, con ello, la magia de su personalidad, de su frágil lentitud, de su arte- y la hemos sustituido por la inmediatez y la frialdad de unas teclas y demás artilugios hipermodernos.
Las cartas, con aquella personalísima caligrafía grabada en esas hojas de curioso papel, han dado paso a los correos electrónicos; las postales de Navidad y de felicitación que elegíamos con tanto esmero e ilusión pensando en cada uno de nuestros amigos se han visto relegados por un único sms –que quizás hemos recibido de alguien- enviado a un listado de nombres del teléfono móvil; los mapas, tan difíciles de doblar, han sido desbancados por el GPS en el coche o el Google Maps. Los apuntes ya no se cogen a mano y se guardan en carpetas de cartón y goma elástica sino que se escriben en el notebook y se almacenan en una nube; las fotos tampoco se ordenan en álbumes y se queda con los amigos para enseñarlas sino que se cuelgan en algún espacio virtual para que la gente las pueda ver desde cualquier ordenador en cualquier momento. Las estanterías plagadas de libros comprados y leídos a lo largo de toda una vida –con flores secas y demás recuerdos entre sus hojas- van estancándose con la llegada de libro electrónico. Las agendas personales siguen existiendo pero en un aparatito en el que se registran las citas y los recados con tres palabras mal escritas para luego eliminarlos con una sola tecla. Incluso, algunos restaurantes ya presentan su carta de platos en un IPad. Y yo, guardando todavía el enorme y original pliegue de papel del delicioso Oyster Bar de mi viaje a Nueva York…
Así las cosas, sin embargo, no puedo evitar llegar a una conclusión. Suena paradójico pero, mientras Internet, perfecto, infalible, eterno, se ha inventado para ser el gran almacén -a veces, vertedero- del quehacer humano, cada vez estoy más convencida de que el papel, en su humilde condición de frágil y efímero, se ha erigido en el guardián de nuestra memoria y, por ende, en el garante de nuestra existencia.
A pesar de ello, me pregunto yo, hoy en día, ¿cuándo escribimos sobre papel? Apenas, un post-it enganchado en la puerta de la nevera para avisar que no me esperes para cenar, que hay que sacar el pescado del congelador o que falta harina, o un miserable trozo de papel para hacer la lista de la compra (todavía no he visto en el supermercado a nadie consultar en la Blackberry cuántos kilos de naranjas necesita, pero todo llegará).
Sí, no ha duda. Las nuevas tecnologías nos facilitan la vida, que no significa que nos haga la vida más fácil (alguien dijo que la vida, para que sea vida, tiene que costar vivirla). Sí, no hay duda. Con las nuevas tecnologías, hemos salido ganando: gastamos menos papel, lo que no implica necesariamente que tengamos más conciencia ecológica; las cartas y los avisos llegan más rápido a su destino, aunque no por ello estén mejor escritos; gestionamos mejor los documentos lo cual, está comprobado, no significa más eficiencia. Sí, no hay duda. Las nuevas tecnologías son positivas. Pero, ¿qué quieren que les diga? Una parte de mí me dice que estamos perdiendo no sólo en vocabulario, sintaxis, ortografía (esto sería tema para otra larga y profunda reflexión) sino también en proximidad, calidez y dedicación.
Los que han nacido con un ordenador portátil bajo el brazo y preferían el sonido del móvil al del sonajero me dirán que no, que estoy exagerando, pero es que no han vivido “lo otro” y no pueden comparar.
Yo, que todavía escribo postales a mis amigos cuando me voy de vacaciones, sigo creyendo (¿ilusa de mí?) que, al realizar ese ritual -localizar una tienda donde vendan paisajes del lugar, elegir una a una las postales, buscar las palabras adecuadas pensando en cada uno de mis amigos, sus gustos, su manera de ser, consultar en mi pequeña, vieja y viajada agenda las direcciones, dedicar una tarde para escribir y visitar la oficina de correos-, tengo conciencia de mi tiempo, de que soy dueña de ese tiempo delicioso, porque lo saboreo, lo disfruto, lo vivo; porque, en definitiva, también forma parte del viaje.
Yo, que todavía me enfrento a la hoja de papel -real, no virtual- en blanco, armada con mi pluma y mil ideas, me resisto a vivir al cien por cien sometida a esa fiebre que se ha instalado definitivamente en nuestra piel, quizás porque sigo pensando que, cada vez que felicito a alguien con un mensaje en el teléfono móvil o envío una carta por correo electrónico, dejo atrás la magia de unas letras manuscritas sobre papel, pensadas, pausadas; quizás porque, cada vez que tecleo rauda y eficiente unas letras, siento que, con esa misma rapidez, se me escapa el tiempo entre los dedos.