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miércoles, 1 de mayo de 2013

NAVEGANDO EN EL "ONAS"






NAVEGANDO

A siete nudos,
sobre un lienzo azul,
el Onas va bordando
finísimos hilos de plata,
rematados con lúdicas perlas de sal,
que anuncian todo un delicado encaje
de espuma blanca.




ROMANCE

En Strómboli
hay un árbol que me mira
desde la ventana;
me observa, me sonríe
y me habla.
En Strómboli
hay un árbol que,
cuando se enfada Eolo,
es puro cascabel
teñido de plata.
Y, cuando está en calma,
con la fuente a sus pies,
es un chorro de esperanza.

Por la noche,
la luna siempre le acompaña.
Él baila orgulloso
al ritmo del agua,
y ella,
fiel amante diáfana,
se deja acariciar
por sus ramas.
En Strómboli
hay un árbol que me mira
y vela mi cama;
me guiña un ojo
y me cuenta
que pronto volveré a casa...




STRÓMBOLI

Sorpresa de fuego
envuelta en azabache.
Columna difusa
entre espejos rotos.
Majestuosa, ardiente,
imprevisible, constante.
La mejor de las siete amantes
de Eolo.
Destino anhelado de los mortales.
Cono perfecto de lava y estruendo.
Las nubes juegan con el humo
al falso disimulo
mientras yo, admirada,
la observo desde un mar
misterioso y oscuro.




PONZA

Noche de vino, noche de risas,
noche de hierba, noche de celos.
Tormenta de sudor, lágrimas y semen
entre lenguas de odio y deseo.
Un movimiento, un gemido,
un arrebato, unos dedos...
Noche de miradas, noche de silencios.
Un canuto, un despecho.
Oscuridad de fondeo.
La isla de Ponza, testigo del duelo.

Un café amargo, buenos días, un bizcocho
y un árido beso.
Mar en calma, lago de espejos,
Delfines a proa, mar abierto.
Paraíso azul lejos del negro infierno.
Imágenes borrosas,
¿al olvido o al recuerdo?
Palabras saladas,
besos tiernos,
cálidas palabras
y un lo siento.
Onas en calma, ondas enredadas,
un rayo de sol en el pecho y,
a lo lejos,
la isla de Ponza,
testigo del reencuentro.




EL OTRO STRÓMBOLI

El Onas en el laberinto de viento;
abajo, en apenas dos metros cuadrados,
dos cuerpos desnudos:
tu mano en mi sexo
y, de nuevo,
otra explosión....




OTRAS MIRADAS DE AQUEL VIAJE



¡NOS VEMOS MUY PRONTITO!


FOTOS DE PEDROCLICK

viernes, 26 de abril de 2013

SIMPLEMENTE, NÁPOLES

Tu silueta se dibuja en el horizonte
y tu humanidad se erige,
majestuosa, imponente,
descarada,
entre luces y sombras.


Tu bahía me acoge
y me invita a penetrar en tu seno;
tu oscuridad sin luna
oculta tu tesoro,
accesible sólo a espíritus inquietos
y sabedores que nunca
podrán conocerte del todo,
conscientes de que tu esencia
sólo la pueden descubrir aquellos
que te viven,
te saborean
y te sufren.

Caos,
ruido,
suciedad,
código secreto
de sabores
y olores
 imposible de descifrar.

No importa.

Éste es tu encanto.
Callejuelas empinadas
preñadas de ropa tendida
y santos y vírgenes venerados
con flores y cirios
en continuo encendido.

Quizás sea éste tu secreto:
la devoción de los tuyos te protege,
tus gentes,
con sus plegarias y lágrimas, tejen
ese manto bordado de fe,
superchería y folclore
que te cubre y te hace eterna.
Y la Mafia.


Frutas
Flores
Basura
Ropa blanca,
limpia
Gasolina
Perfume barato
Cera ardiendo
Incienso
Perfume caro
Mar
Noche
Sol



Sal
Pesca
Sudor.
Y las cenizas
de la ya arcana,
inescrutable
y orgullosa
Pompeya
a las faldas
de su perpetuo castigador amante.

Nápoles,
inquieta,
elegante,
salvaje,
callejera,
estilosa,
ordinaria,
astuta,
puro Gambrinus.

Nápoles,
juguetona,
atractiva,
seductora.
Nápoles,
eterna.
Nápoles,

sábado, 23 de marzo de 2013

MALTA Y YO

Tierra extraña,
isla que me acoge,
idioma imposible,
mezcla que embruja:
árabe, inglés e italiano.

¿Qué hago yo aquí?

Autobuses amarillos,
infraestructura precomunitaria,
acantilados vertiginosos.
Mdina, realmente,
la ciudad del silencio

Difíciles momentos de soledad.

Paseos nocturnos después de cenar,
la luna como confidente,
bus 45 Cirkewwa-La Valletta,
hilo musical de las cigarras,
un gato maltés se cuela en mi habitación de hotel,
la sonrisa del camarero al ver mi firma,
la iglesia de Mosta, una maravillosa sorpresa.

Comunicación SMS London-Malta

La Almendra, la evasión;
ciruelas en La Valletta,
Dingli Cliff,
templos de Ggantija,
mi bikini de color fresa que me encanta,
La Ventana Azul de Gozo,
Gozo-Murano, la rivalidad hecha cristal,
la cruz de cuatro brazos y ocho puntas,
la fertilidad del arte, la Venus de Malta,
pocas mujeres solas.

Alguna que otra lágrima

Barbacoas nocturnas de fin de semana;
yo, la mujer de blanco casi siempre.

¿Tranquilidad?

El constante recuerdo de alguien.

Olivos y vides,
mi padre que me acaba de llamar,
piedra calcárea,
La canción de Dorotea, más evasión;
Marta y Emma que me dejan felizmente exhaustas,
regalos para todos,
La degollación de Caravaggio,
karrozin por tierra,
dghajsa por mar,
los famosos caballeros,
donde Ulises no sucumbió
a los encantos de Calipso,
increíbles fachadas de tradición inglesa,
crucigramas para matar el tiempo,
muchas iglesias dominando el paisaje,
casas “bautizadas”, ¡me encanta!,
devoción por la Virgen y los santos.
Y Penélope esperando...

La Laguna Azul,
Gozo, Comino, Cominoto y Filfla,
San Pablo que naufraga,
mi madre con sus hermanas;
mis hermanas, con sus familias;
y yo, entre calas,
calas hermosísimas,
azul
verde
más azul.

Alma en espera
(en algún sitio leí que
“la espera es el óxido del alma”)

U2 en goleta.
Azul,
¡qué azul!

¿Dónde estará mi compañero de viajes?
¿Dónde estará mi compañero de viaje?

Mil preguntas
y una ramita de olivo...

martes, 25 de septiembre de 2012

FILOFRIKI

Ahora que ya hemos digerido que la Real Academia de la Lengua Española ha aceptado oficialmente términos como 'acojonamiento', 'beisbolero', 'bloguero', 'canalillo', 'chatear', 'cienciología', 'clitoriano', 'culamen', 'euscaldún', 'friki', 'gayumbos', 'minicadena', 'ochomil', 'okupa', 'papamóvil', 'pepero', 'sms', 'sudoku', 'sociata', 'ugetista' o 'usb', voy a proponer a los ilustres academicistas un nuevo término, o mejor, una nueva acepción: FILOFRIKI.
Dicho vocablo surgió durante un delicioso atardecer de verano, en un bello rincón de la Costa Brava, en compañía de mi familia y alguien más. Después de un caluroso día de playa, con un sol refulgente que se escondía tras las montañas y una copa de cava en la mano, el marido de mi prima preguntó en voz  alta qué pueblos franceses están más cerca de la frontera, por aquello de decir que también había estado en el país galo. Tienes Perpignan, Llivia, Carcassone, Colliure… ¿Y qué se puede ver en ellos? Cada uno de los allí presentes fue diciendo las gracias de las localidades: que si uno tiene un río muy bonito, que si en el otro está la farmacia más antigua de Europa (y un bar donde he almorzado ostras, caviar y cava, dije yo -no es broma-), que si es un pueblo medieval amurallado, que si tiene una playa preciosa... Y un cementerio muy pequeño donde está la tumba de Machado, rematé yo, ilusionada. ¿¿¿¿¿Yyyyyyy?????, fue lo que oí a mi alrededor además de ver miradas de alucine absoluto y sonrisas condescendientes. Sólo por eso vale la pena ir, dije convencida. ¿Un cementerio?, ¿una tumba? Y ese Machado, ¿cómo es que acabó allí? Después de contarles la historia de los últimos días del poeta, les expliqué que no pocos filólogos habíamos ido allí a recitar sus versos y a comprobar que todavía hay mucha gente que le recuerda y le añora. Las caras de estupefacción se hicieron más elocuentes y las risas más sonoras, a la vez que alguien exclamó "mira que sois raros lo de letras, ¿eh?",“pero, qué friki, por favor”.
Vamos a ver. ¿Acaso no va la gente detrás de un corredor de motos, o de un artista, o de un futbolista, o de un diseñador y se gasta todos los ahorros por estar en las ciudades que ellos pisan? Y nadie dice nada... Pero bueno.
Lejos de amedrentarme o de enojarme con tan osado juicio de valor, les expliqué que, cuando estudiaba filología, me gustaba comprobar in situ los escenarios que salían en las novelas que leía, y que tenía –y sigo teniendo- un amigo al que le chifla hacer eso cuando viaja. De hecho, muchas veces, hemos elegido nuestros destinos de viaje –cada uno por su lado- en función de la última novela que ha caído en nuestras manos. Así, él fue a la Cueva de Montesinos a declamar el “Oh, Belerma; oh, Belerma” de El Quijote; o a Madrid, a recorrer el callejón del Gato del que tanto hablaba Valle Inclán en su Luces de Bohemia.
Yo también he tenido esos momentos de desatada mitomanía literaria: en mi viaje por tierras gaditanas, me emocioné al descubrir la casa donde había nacido y vivido Carlos Murciano, un poeta con aires andalusíes y caminar por las calles que tan bien reflejó en sus versos (aunque también tengo que reconocer que obligué a mi partenaire a ir a Chipiona para ver la tumba de la más grande…); fui a Oviedo, además de para ver a mi buen amigo don Jorge, para pasear por sus callejuelas y plazas, para recrearme en su catedral, sabiendo que desde lo alto de una de las torres podía estar mirándome Fermín de Pas –de paso, me hice una foto con mi estimada Ana Ozores-; fui a Dublín persiguiendo a James Joyce y, a la vez, para comprobar qué tal estaba mi hermana;  recorrí Marruecos siguiendo las huellas de mis adorados Mohamed Xucri, Tahar Ben Jelloun, Fatima Mernissi...; busqué en el cementerio de Père-Lachaise, en París, el último suspiro de Proust, Apollinaire,  Balzac, Cyrano de Bergerac, aunque donde realmente flipé fue ante la tumba de Jim Morrison, cubierta de flores, latas de cerveza, botellas de whisky y vomitadas varias…; disfruté de lo lindo en Alcalá de Henares, en su universidad, escuchando la historia de los gorrones, en la casa de Cervantes y sentada en un banco entre el enjuto hidalgo y el rechoncho Panza (aunque no sé si disfruté más con las cervecitas y las tapas…); y en la casa-museo de Rosalía de Castro, en Padrón, con esos pimientitos, qué ricos; y en el Puerto de Santa María (¡qué buen marisquito, vive Dios!) rememorando los versos de Alberti
¿Y por todo eso mi primo nos estaba llamando friki? No, friki, no, "FILOFRIKI".
Pues, parece ser que actualmente, el mundo está plagado de filofrikis porque, hace un tiempo, se puso de moda ir a Lisboa por Pessoa o por Saramago; a Barcelona, por Mendoza, Marsé, Laforet, Rodoreda; a El Cairo por Naguib Mahfouz;  a Nueva York, por Paul Auster… Los ayuntamientos, no se sabe si para sacar dinerito o para dar a conocer a sus ilustres artistas, elaboraron recorridos auténticamente literarios: la Barcelona del Quijote, el Sur de Juan Ramón Jiménez, la meseta de Machado, el Madrid de Galdós, el París de Vargas Llosa.  ¿Y qué me dicen de lo más reciente, la Barcelona de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, o de La Catedral del Mar, de Falcones? Me juego lo que sea a que pronto sacarán la ruta de El tiempo entre costuras, de María Dueñas. Ya estoy viendo el eslogan: un viaje sentimental y exótico por la España en tiempos del Protectorado y por el norte africano…
¿Qué quieren que les diga? Eso, lo de viajar buscando los escenarios y las cunas de los escritores, ya lo hacíamos nosotros. El problema está en que, cuando contratamos el viaje en una agenda, somos unos viajeros cultos y curiosos y, cuando vamos por nuestra cuenta, sólo somos unos "filofrikis".

sábado, 23 de junio de 2012

LAS PARADOJAS DEL PAPEL O LA METÁFORA DEL PASO DEL TIEMPO


A mi amiga Dolors, maestra de letras, maestra de vida

Hay cosas que, por mucho que pase el tiempo, nunca cambian: mes de agosto, ensalada de verano, pescadito al horno, agua fresca, una copa de vino blanco bien frío, postre helado y varias horas por delante con mi amiga para ponernos al día, hablar de lo humano y de lo divino y echar unas risas (y si es necesario, para qué negarlo, alguna que otra lágrima).
Queda poco para nuestro próximo encuentro pero aún me acuerdo de la última vez que comimos juntas y de las palabras que, entre risas, anécdotas y planes para setiembre, con una mezcla de resignación y nostalgia, me dijo mi amiga: “Todavía conservo mi vieja máquina de escribir, mis apuntes de la universidad y un montón de revistas literarias de hace un montón de años”. No me sorprendió. El porqué ya lo sabía. Sin embargo, una pregunta salió de mi boca: “¿Para qué?” Y mientras ella continuaba con la retahíla de papeles que mantenía guardados en armarios, cajones y estanterías, yo seguía planteándome más cuestiones: ¿cuánto hacía que no utilizaba el ya prehistórico artefacto?, ¿cuánto hacía que no releía las lecciones magistrales, ya amarillentas y apergaminadas?, ¿cuánto hacía que no consultaba las páginas apolilladas de aquellas viejas revistas?, ¿cuánto hacía que…?
Papeles y más papeles que ocupan un espacio cada vez más precioso en nuestras casas. Papeles y más papeles que no son más que el testimonio de un tiempo que ya pasó, que ya vivimos, disfrutamos o sufrimos, y que, por mucho que los conservemos, jamás volverá.
¿Y yo?, me pregunté. Yo, por una mera cuestión práctica, hacía apenas un año, había tirado los apuntes de la facultad y, con ellos, cinco años de mensajes de mis compañeros, números de teléfonos, bromas, alguna que otra declaración de amor y varios poemas escritos en los márgenes de aquellas hojas. Pero todavía guardo mis cartas de adolescencia y juventud, mis agendas personales que escribo desde que hacía BUP (y era alumna de esta casa), una maleta llena de álbumes de fotos y varias cajas de hojalata y cartón llenas de recuerdos de papel: entradas de cine y de teatro, posavasos de bares, postales de Navidad, de felicitación, trípticos de museos, tarjetas de restaurantes, planos de ciudades, billetes de tren, bonos de autobús, flyers de discoteca, etc... que, con solo mirarlos, me transportan a aquella época, a aquella aventura, a aquella historia para vivirla de nuevo durante unos pocos minutos. Cartas, felicitaciones, notas, avisos, mapas, apuntes guardados bajo siete llaves… como si con esas letras impresas, atrapadas en el papel, pretendiéramos apoderarnos del tiempo vivido o, como mínimo, hacerlo transcurrir más lentamente.
Pero ha pasado el tiempo y ahora, bien por la llegada inexorable de las nuevas tecnologías (80%), bien en aras de un mundo más ecológico y sostenible (10%), la escritura sobre papel ha perdido buena parte de su utilidad práctica -y, con ello, la magia de su personalidad, de su frágil lentitud, de su arte- y la hemos sustituido por la inmediatez y la frialdad de unas teclas y demás artilugios hipermodernos.
Las cartas, con aquella personalísima caligrafía grabada en esas hojas de curioso papel, han dado paso a los correos electrónicos; las postales de Navidad y de felicitación que elegíamos con tanto esmero e ilusión pensando en cada uno de nuestros amigos se han visto relegados por un único sms –que quizás hemos recibido de alguien- enviado a un listado de nombres del teléfono móvil; los mapas, tan difíciles de doblar, han sido desbancados por el GPS en el coche o el Google Maps. Los apuntes ya no se cogen a mano y se guardan en carpetas de cartón y goma elástica sino que se escriben en el notebook y se almacenan en una nube; las fotos tampoco se ordenan en álbumes y se queda con los amigos para enseñarlas sino que se cuelgan en algún espacio virtual para que la gente las pueda ver desde cualquier ordenador en cualquier momento. Las estanterías plagadas de libros comprados y leídos a lo largo de toda una vida –con flores secas y demás recuerdos entre sus hojas- van estancándose con la llegada de libro electrónico. Las agendas personales siguen existiendo pero en un aparatito en el que se registran las citas y los recados con tres palabras mal escritas para luego eliminarlos con una sola tecla. Incluso, algunos restaurantes ya presentan su carta de platos en un IPad. Y yo, guardando todavía el enorme y original pliegue de papel del delicioso Oyster Bar de mi viaje a Nueva York…
Así las cosas, sin embargo, no puedo evitar llegar a una conclusión. Suena paradójico pero, mientras Internet, perfecto, infalible, eterno, se ha inventado para ser el gran almacén -a veces, vertedero- del quehacer humano, cada vez estoy más convencida de que el papel, en su humilde condición de frágil y efímero, se ha erigido en el guardián de nuestra memoria y, por ende, en el garante de nuestra existencia.
A pesar de ello, me pregunto yo, hoy en día, ¿cuándo escribimos sobre papel? Apenas, un post-it enganchado en la puerta de la nevera para avisar que no me esperes para cenar, que hay que sacar el pescado del congelador o que falta harina, o un miserable trozo de papel para hacer la lista de la compra (todavía no he visto en el supermercado a nadie consultar en la Blackberry cuántos kilos de naranjas necesita, pero todo llegará).
Sí, no ha duda. Las nuevas tecnologías nos facilitan la vida, que no significa que nos haga la vida más fácil (alguien dijo que la vida, para que sea vida, tiene que costar vivirla). Sí, no hay duda. Con las nuevas tecnologías, hemos salido ganando: gastamos menos papel, lo que no implica necesariamente que tengamos más conciencia ecológica; las cartas y los avisos llegan más rápido a su destino, aunque no por ello estén mejor escritos; gestionamos mejor los documentos lo cual, está comprobado, no significa más eficiencia. Sí, no hay duda. Las nuevas tecnologías son positivas. Pero, ¿qué quieren que les diga? Una parte de mí me dice que estamos perdiendo no sólo en vocabulario, sintaxis, ortografía (esto sería tema para otra larga y profunda reflexión) sino también en proximidad, calidez y dedicación.
Los que han nacido con un ordenador portátil bajo el brazo y preferían el sonido del móvil al del sonajero me dirán que no, que estoy exagerando, pero es que no han vivido “lo otro” y no pueden comparar.
Yo, que todavía escribo postales a mis amigos cuando me voy de vacaciones, sigo creyendo (¿ilusa de mí?) que, al realizar ese ritual -localizar una tienda donde vendan paisajes del lugar, elegir una a una las postales, buscar las palabras adecuadas pensando en cada uno de mis amigos, sus gustos, su manera de ser, consultar en mi pequeña, vieja y viajada agenda las direcciones, dedicar una tarde para escribir y visitar la oficina de correos-, tengo conciencia de mi tiempo, de que soy dueña de ese tiempo delicioso, porque lo saboreo, lo disfruto, lo vivo; porque, en definitiva, también forma parte del viaje.
Yo, que todavía me enfrento a la hoja de papel -real, no virtual- en blanco, armada con mi pluma y mil ideas, me resisto a vivir al cien por cien sometida a esa fiebre que se ha instalado definitivamente en nuestra piel, quizás porque sigo pensando que, cada vez que felicito a alguien con un mensaje en el teléfono móvil o envío una carta por correo electrónico, dejo atrás la magia de unas letras manuscritas sobre papel, pensadas, pausadas; quizás porque, cada vez que tecleo rauda y eficiente unas letras, siento que, con esa misma rapidez, se me escapa el tiempo entre los dedos.