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sábado, 31 de octubre de 2015

TÚ (que soy yo)


Mírate. Aquí estás, tumbada en el sofá, rodeada de ejercicios por corregir, escuchando una música que no te suena. Incómoda, intentas encontrar la postura ideal para escribir. Lo estás escuchando. Ahí está él, en tu despacho, haciendo no-se-qué de unas fotos en tu ordenador, tarareando su música preferida. No sabes qué pensar. No sabes qué sentir. O mejor, sí que lo sabes pero no quieres, te da miedo decírtelo. Y dejas el boli, cómo has podido llegar hasta aquí, otra vez. Y recuerdas que es el tercer o cuarto intento que hacéis para salvar esta relación; el tercer o cuarto intento que siempre empieza con buenas intenciones, con un viaje en una nube llena de amor, encuentros románticos, detalles deliciosos y momentos de pasión y lujuria. Y siempre acaba en rutina, abandono y silenciosos reproches. Es el tercer o cuarto intento pero nunca cambia nada. Tú, con tu treintena a cuestas, con tu trabajo un tanto absorbente, tus sobrinas pequeñas, tu coche y tu piso que vas decorando con magníficas facturas y una implacable e inmisericorde hipoteca. Él, con su trabajo de horarios castigadores, la custodia de su hija de doce años, un piso que todavía disfruta su ex, y viviendo con sus padres y su hermana. No cambia nada. Lunes y miércoles él duerme en tu casa y dos fines de semana al mes podéis hacer algo más que dormir. Y tú te encargas de que nunca falte nada.
Todo va bien. Él te quiere. Tú le quieres. Bien. Y, sin embargo, los encuentros son cada vez más distantes y monótonos, prescindes de él para quedar con tu familia o con tus amigos, te fijas más en sus defectos y espías sus movimientos para pillarle en falta y no le dejas pasar ni una. ¿Cómo sabes que estás enamorado de mí? Él lo sabe y punto. No se plantea nada más. Pero, ¿y tú? Tú te estás cuestionando todo. ¿Será así el resto de mi vida? Ya lo decía Julia Otero, el otro día, en su programa, sobre la serie de TV3, al marido ya le va bien, su bar, su mujercita, sus cincuenta, no se plantea nada, todo le parece bien, en su micromundo. A ella se le cae el mundo, toda la vida en el bar, su marido que no la entiende y sus cincuenta que le pesan como una losa, que le recuerdan constantemente que se está haciendo mayor... Y tú, ¿estás enamorada de mí? Y estás a punto de gritarlo, no, ya no estás enamorada, ni de él ni de nadie, que ya no es lo mismo, que no hay pasión, que no hay ganas de románticos encuentros. Mucho cariño, eso sí, pero enamorada, lo que se dice enamorada, ciega de amor, ya no. Y se lo quieres decir pero tienes miedo de hacerle daño, ya vuelves a tener ese sentimiento de culpa, ¿qué pasará si le dejo? ¿Culpa o miedo? ¿No será que tienes terror a quedarte sola? Al menos, ahora hay alguien que te abraza dos veces por semana, que cena contigo frente al televisor, alguien que cuenta contigo para las vacaciones... Treinta y cuatro, ¡qué duro se hace! Estás acojonada y disfrazas tus miedos con falsas culpas, con actos de buena samaritana... ¿Otra vez estás así, con tus dudas y tus respuestas cortantes? No sé da cuenta de nada, ¿verdad? Por cierto, ¿y lo de irnos a vivir juntos? Y te subes por las paredes. Deberías ser más fuerte, más egoísta y decirlo claro. No, nos vamos a ir a vivir juntos, ni hoy, ni mañana ni nunca. Y quieres huir pero lo único que haces es ser cruel, provocar la discusión, hacerle rabiar para que sea él el que tome la decisión de dejarte. Sólo así podrás alejarte sin tener ese maldito sentimiento de culpabilidad. Malditos lastres de la educación judeocristiana.
Oyes su voz. Te llama para que veas las proezas que hace él en tu ordenador, en tu despacho. Dejas de hacer lo que estabas haciendo y vas hacia él. Y te acuerdas de aquella canción que tarareaba tu madre cuando lavaba los platos: Si tú me dices ven, lo dejo todo... ¡Maldita sea!

lunes, 17 de junio de 2013

A PESAR DE TODO (o 25 pequeñas razones para ser feliz)


Crisis, corrupción, desahucios, despidos, recortes, fraude, censura, mentiras, hipocresía... Sí, tenemos mil razones para quejarnos, para levantar la voz, para enfadarnos contra todos aquellos que han conseguido que estemos ¿peor que nunca? Sí, nos lamentamos de la situación que nos ha tocado vivir; mejor dicho, que nos han obligado a vivir, y cada uno, a su manera, como puede, sabe o le dejan, intenta sobrevivir en esta jungla hecha de sinrazones. Y sí, ¿para qué negarlo?, tenemos mil razones para seguir lamentándonos porque tenemos muy cerca, con nombre y apellidos, los rostros de los que sufren (sufrimos) en primera persona el desgaste personal, emocional, físico y social que están provocando tantas injusticias. Sí, tenemos derecho a sentirnos desgraciados, a ver la botella medio vacía, el día gris y el futuro negro. Pero, ¡¡¡eppp!!!!, si me lo permiten, también tenemos el deber y la autoridad moral de darle la vuelta a la tortilla, de ver en la lejanía el rayo de sol, de otear un arcoiris en medio de aquello que llaman el mañana. En definitiva, tenemos el deber de intentar estar bien, de ser optimistas y de arañar, allá donde podamos, esos momentos de alegría y de bienestar que tanto se empeñan en arrebatarnos. Sí, no me resigno a que esos pinten mi vida con tonos oscuros; me resisto a que, además de (des)gobernar mi cuenta corriente, mi casa, mis vacaciones o lo que me puedo poner o puedo comer, manden en mis ilusiones, en mis sueños y en mis sonrisas. Por eso, desde aquí, les digo que no, que no van a poder conmigo; que, a pesar de todo y de todos, todavía tengo razones -¡mis razones!- para ser feliz.

  • Sencillamente, porque ya es veranito. Y eso nos levanta el ánimo: el buen tiempo, la playa, la piel morenita, las uñas de los pies pintadas de rojo, los días más largos y las noches, más cálidas. Porque el sol nos da energía y el mar nos hace más saladitos.


  • Porque, cuando nos quejamos de nuestra vida o de nuestro trabajo (o no trabajo) o de nuestra salud o de nuestra situación sentimental, debemos pensar ¿comparado con quien, eh? Eso me lo dijo alguien que yo me sé y es verdad, ¿comparado con quién?
  • Porque siempre hay un amigo para compartir risas y sueños (desde aquí, Olga, mil gracias por esa tarde-noche mágica. Te confieso que has conseguido lo que nadie ha logrado: un viernes por la tarde, que siempre acabo hecha polvo, ¡hasta las diez y media de la noche despierta! Por cierto, a pesar de todo -¿comparado con quien?-, te vi estupenda, estupenda. Y gracias a ti, Elena, por compartir conmigo tu madera. Y gracias a ti, Joaquina -and family-, y a nuestros fines de semana llenos de sabor. Y gracias a ti, Olga; y a ti, Lola; y a ti...)
  • Porque me espera la morería. No necesito más.
  • Porque todavía me enganchan los buenos libros. El que estoy leyendo y me está fascinando: El problema de Spinoza, de Irvin D. Yalom.
  • Porque todavía no se han muerto las flores de mi terraza.
  • Porque el último mes tuve 1000 visitas en mi blog. ¡La leche!
  • Porque, a pesar de que mi libro no ha tenido éxito, no he perdido la esperanza (http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-ebook/dp/B009991H5A). Y continúo escribiendo. Y, lo mejor, sigo sintiéndome feliz cuando lo hago. Ya he empezado a esbozar mi segunda novela...
  • Porque sigo sorprendiéndome con mis sobrinas y mi sobrino. Porque, con ellos, se para el tiempo y puedo tocar, por un momento, la felicidad.
  • Porque, a pesar de mis problemas de cervicales y mis dolores (funciono con dos ibuprofenos al día y relajantes musculares), sigo con mi vida.
  • Porque, a pesar de no tener demasiada pasta, todavía vamos mi madre y yo de compras y nos permitimos algún capricho.
  • Porque disfruto con los paseos por la playa, que tienen un montón de ventajas: no cuestan nada, me ayudan a ponerme morena y tonifican los músculos. ¿Qué más quieres, Baldomero?
  • Porque estoy enamorada.
  • Porque, cuando me pongo taconazos para trabajar, me siento genial.
  • Porque, cada vez que voy a hacer la compra de la semana, todavía puedo ayudar a todos los que están en la puerta del supermercado (en especial, un hombre que me llama mamita porque le compro leche para sus niños y comida para él y su mujer)
  • Porque todavía conservo aquel mapamundi en el que señalo con un alfiler todos los sitios que he visitado y todos los viajes que me quedan por hacer y toda la gente que me queda por conocer.
  • Porque me he cortado el pelo y me gusto.
  • Porque, a pesar de los recortes, puedo seguir aportando mi granito de arena en las ONG a las que estoy asociada.
  • Porque, por fin, tengo emoticonos en mi whatsapp. (Parecerá una chorrada pero no veas cómo disfruto)
  • Porque mi familia es mi mejor y mayor apoyo; especialmente, las mujeres de mi familia, que no son pocas.
  • Porque todavía disfruto con mi soledad y mi silencio.
  • Porque he podido cumplir algunos sueños.
  • Porque todavía tengo sueños que cumplir.
  • Porque todavía sé reírme de mí misma.


  • Porque estoy aquí y lo puedo contar.

sábado, 23 de marzo de 2013

MALTA Y YO

Tierra extraña,
isla que me acoge,
idioma imposible,
mezcla que embruja:
árabe, inglés e italiano.

¿Qué hago yo aquí?

Autobuses amarillos,
infraestructura precomunitaria,
acantilados vertiginosos.
Mdina, realmente,
la ciudad del silencio

Difíciles momentos de soledad.

Paseos nocturnos después de cenar,
la luna como confidente,
bus 45 Cirkewwa-La Valletta,
hilo musical de las cigarras,
un gato maltés se cuela en mi habitación de hotel,
la sonrisa del camarero al ver mi firma,
la iglesia de Mosta, una maravillosa sorpresa.

Comunicación SMS London-Malta

La Almendra, la evasión;
ciruelas en La Valletta,
Dingli Cliff,
templos de Ggantija,
mi bikini de color fresa que me encanta,
La Ventana Azul de Gozo,
Gozo-Murano, la rivalidad hecha cristal,
la cruz de cuatro brazos y ocho puntas,
la fertilidad del arte, la Venus de Malta,
pocas mujeres solas.

Alguna que otra lágrima

Barbacoas nocturnas de fin de semana;
yo, la mujer de blanco casi siempre.

¿Tranquilidad?

El constante recuerdo de alguien.

Olivos y vides,
mi padre que me acaba de llamar,
piedra calcárea,
La canción de Dorotea, más evasión;
Marta y Emma que me dejan felizmente exhaustas,
regalos para todos,
La degollación de Caravaggio,
karrozin por tierra,
dghajsa por mar,
los famosos caballeros,
donde Ulises no sucumbió
a los encantos de Calipso,
increíbles fachadas de tradición inglesa,
crucigramas para matar el tiempo,
muchas iglesias dominando el paisaje,
casas “bautizadas”, ¡me encanta!,
devoción por la Virgen y los santos.
Y Penélope esperando...

La Laguna Azul,
Gozo, Comino, Cominoto y Filfla,
San Pablo que naufraga,
mi madre con sus hermanas;
mis hermanas, con sus familias;
y yo, entre calas,
calas hermosísimas,
azul
verde
más azul.

Alma en espera
(en algún sitio leí que
“la espera es el óxido del alma”)

U2 en goleta.
Azul,
¡qué azul!

¿Dónde estará mi compañero de viajes?
¿Dónde estará mi compañero de viaje?

Mil preguntas
y una ramita de olivo...

viernes, 8 de febrero de 2013

LA CALIDAD EDUCATIVA. ADOLESCENTE, ¿VÍCTIMA O VERDUGO DE ESTA SOCIEDAD?


De un tiempo a esta parte, quizás debido a los cambios producidos últimamente por la crisis económica (paro, desahucios, recortes salariales, impuestos, recorte en las inversiones, etc.), crisis política (pérdida de horizontes claros y descrédito por parte de nuestros dirigentes vs. desafección y desconfianza por parte de la ciudadanía ), crisis moral (corrupción, hipocresía, ambición, mentiras, etc.); quizás debido al ¿nuevo? papel de los medios de información y comunicación -léase, idiotizar, adocenar, manipular, más que informar y entretener-, quizás a las nuevas maneras de ocio que existen actualmente o quizás, insisto, al ir y venir de las leyes de educación que, al paso que vamos, va a acabar con nuestra paciencia y nuestra confianza en el sistema fin, la realidad de nuestros niños y adolescentes ha ido cambiado, en estos últimos años, especialmente en estos últimos meses, inexorable y considerablemente. Pero esta metamorfosis paulatina no ha sido exclusiva de la figura del joven –sus prioridades, sus pensamientos, sus hobbies- sino también de los grandes conceptos que han acompañado desde siempre al ser humano: sociedad, familia, educación, trabajo, comunicación, religión... Y, como muy bien dijo un día alguien que sabe de modificaciones y “cataclismos”, cualquier cambio supone crisis y cualquier crisis exige un cambio, entendidos estos dos términos como readaptación y/o reestructuración. Y una crisis o un cambio, según cómo sean gestionados y canalizados pueden desembocar en oportunidad y mejora o, contrariamente, en estancamiento y fracaso.
En estas coordenadas actuales, en pleno siglo XXI, se encuentra el ADOLESCENTE y de todos es sabido que, por su naturaleza y sus circunstancias, se ve poderosamente influenciado por tres elementos claramente diferenciados y en constante evolución: FAMILIA, ESCUELA y ENTORNO (o lo que se conoce de una manera más difusa y vaga con el nombre de SOCIEDAD) y no precisamente en este orden de importancia. Paradójicamente, estos tres ámbitos constituyen, en mayor o menor medida, causa activa de las reacciones y de los cambios propios de la época adolescente pero también “sufridores” pasivos de su comportamiento. 
En primer lugar, quizás porque es donde el joven pasa la mayor parte del día durante nueve meses, se encuentra la escuela, único lugar y entorno en el cual –parece ser- se deben inculcar y desarrollar los valores que hagan de esta “personita” un hombre o una mujer de provecho, de futuro y con futuro, así como garante exclusivo de su formación integral. Pero, ¿qué está ocurriendo allí? 
Para responder esta pregunta, habría que empezar por los cimientos: la ley o las leyes. Ciertamente, no es la única responsable de esta situación que se está viviendo de un tiempo a esta parte, pero sí se puede afirmar que ha influido notablemente en el desarrollo de los “acontecimientos” para llegar a este punto ¿sin retorno? ¿Qué se puede esperar de un sistema educativo que está deviniendo constante moneda de cambio en los programas electorales de partidos políticos cuya permanencia en la Moncloa es su máxima aspiración? ¿Cómo es posible que, teniendo en cuenta que los principales “sufridores” de este sistema han de forjar el futuro de nuestro país, todavía nadie se haya percatado de la importancia y del beneficio que supondría la existencia de unas leyes consensuadas y pensadas siempre en aras del crecimiento y del desarrollo intelectual, emocional y físico del niño y del adolescente; unas leyes trabajadas desde el mismo terreno de juego –si se me permite el argot futbolístico- por hombres y mujeres que conocen de primera mano la realidad de las aulas, de los pasillos, de los lugares de recreo y, también, de la calle? ¿Cómo es posible que nos hagan “comulgar” con (y aplicar) unas leyes utópicas, con unos recursos materiales y humanos –en definitiva, con unos recursos económicos, porque, no nos vamos a engañar, parece ser que todo se reduce a eso, a una simple cuestión pecuniaria- inasumibles (por ser escasos para llevar a cabo la práctica docente con un mínimo de profesionalidad y eficacia) o inalcanzables (por ser desmesurados y, por consiguiente, irreales); una leyes dictadas desde unos despachos por hombres y mujeres que dejaron el colegio hace mucho tiempo, sin contar con la opinión, el criterio y la experiencia de maestros y profesores, psicopedagogos y padres, sin escuchar -aunque para algunos parezca una osadía- la voz de los alumnos? ¿Cómo se puede entender que nuestros dirigentes todavía no han caído en la cuenta de que, para que la EDUCACIÓN vuelva a ser un pilar fundamental en nuestra sociedad y obtenga los resultados que se esperan, tiene que estar valorada y dignificada y que eso sólo se podrá conseguir con una política educacional estable, que vaya más allá de los colores y las ideologías, que tenga como principal objetivo la formación integral del niño y del adolescente y no el desprestigio y la humillación del partido de la oposición y aspirante al poder? 
Por si esto fuera poco, este baile de leyes (Pongamos desde la EGB, el BUP y el COU, hemos sufrido la LOECE, la LOGSE, la LOCE, la LOE, y ya estamos sufriendo las precuelas de la LOMCE...) poco han favorecido (ni favorecen) la labor docente y la tarea de cualquier estudiante que se precie como tal. El clásico “enseñar deleitando”, que tanto se defendía antaño, dio paso al método “la letra con la sangre entra” y, en los últimos años, se fue tergiversando y viciando hasta convertirse en “divertir y, si aprenden algo, mejor...” Aquel sistema, aún vigente y avalado por algunos, defendido y practicado por otros compañeros de profesión y expertos en la materia, sólo ha sembrado la desgana y la desmotivación entre los alumnos y un rechazo absoluto a la llamada “cultura del esfuerzo”, lo que supuestamente defiende la nueva ley: disciplina, constancia, paciencia, afán de superación, método, implicación, estudio, curiosidad, espíritu crítico, humildad y proyección de futuro. Lástima que la quieran imponer coartando la libertad del propio gremio (vamos mal, muy mal). Con este "bailad, malditos, bailad" y con unas expectativas de futuro que pasan por marcharse al extranjero, cada vez hay menos chicos implicados, interesados y concienciados en eso que llamamos formación, investigación y profesionalización (algunos de ellos, incluso, han sido tachados por sus propios compañeros e, incluso, por sus maestros y profesores de “raros”, “especiales”, “amargados”, “pelotas” y, en ciertos casos, han sido convertido en clara diana del tan temido y desgraciadamente conocido bullying –aunque para algunos sea simplemente un hecho puntual...-). Haciendo una mera descripción objetiva de la realidad y quizás resultando un tanto radical y pesimista, lo que predomina actualmente en las aulas de nuestros colegios e institutos son adolescentes carentes de interés por nada, de curiosidad, de ganas de saber, de metas, de ilusiones, de afán de superación por lo que, ante un fracaso –un suspenso- o una negativa, tienen pocas opciones: tirar la toalla y dedicarse a molestar a los compañeros, boicotear la clase y amargar la vida de los profesores o tirar la toalla y practicar el absentismo y convertirse en NINIs, “carne de cañón” poniendo en jaque, en ambos casos, a todo el equipo docente, a los padres y a inspección y provocando, en numerosas ocasiones, una situación de desesperación, impotencia y rabia. 
Ante este panorama, los profesores, además de intentar transmitir unos conocimientos para que nuestros alumnos tengan un mínimo bagaje cultural, nos vemos obligados a inculcarles –contra viento y marea, es decir, contra el sistema, contra los propios alumnos, contra la sociedad, contra los medios de comunicación y, en algunas ocasiones, contra la opinión de los mismos padres - una serie de valores que parecen haber perdido toda razón de ser por considerarse obsoletos e improductivos. No es fácil. No está resultando nada fácil.
Y flaco favor hace la televisión con esos programas –series, reality-shows, concursos, “teleencierros”, talk-shows, etc.- que se han erigido en estandartes de los nuevos valores (yo los llamaría contravalores): dinero fácil, éxito rápido, ocio remunerado, recompensas inmediatas, mínimo esfuerzo, culto al cuerpo, desprecio a la mente y todo un supuesto mundo de glamour y fama –malentendida fama-, al alcance de cualquiera, que atrae a los más jóvenes y los convierte en seres sin criterio, autómatas cuya máxima aspiración en la vida –emulando a sus ídolos- es hacer dinero sin estudiar ni trabajar. A modo de ejemplo, para ilustrar lo dicho anteriormente, si nos fijamos en la “parrilla” televisiva de un día cualquiera, nos damos cuenta de la casi total ausencia de programas atractivos y entretenidos para ojos, oídos y mentes de niños y adolescentes que los animen a leer, a esforzarse, a estudiar, a sacrificarse, que ayuden a desarrollar capacidades y aptitudes como la labor en equipo y el trabajo bien hecho y que potencien cualidades como la empatía, la solidaridad, la eficacia sin que haya por medio un cheque, una portada de revista, una entrevista o unos minutos en lo que parece ser el pasaporte al “estrellato”, los programas “basura”. Por no hablar de los programas informativos, en su mayoría, tendenciosos, partidistas, nada objetivos, meramente especulativos, que responden, ¡cómo no! a una ideología clara y cuya única pretensión es manipular las mentes y los pensamientos de las televidentes. Pensamiento único para hacer de nosotros lo que quieran. No pienso, luego existo (¡Si Descartes levantara la cabeza...!) Pero no es la televisión el único medio de entretenimiento y de información de los jóvenes que, si bien no es nociva en sí misma, se puede afirmar que sí se está utilizando de manera inapropiada. Los videojuegos, en estos últimos años, se han erigido en “los reyes” del ocio y la diversión –junto con el botellón y las drogas, sólo hay que ver las estadísticas y los datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad- y también están provocando en nuestros niños y adolescentes una seria y grave de-formación porque, a pesar de desarrollar habilidades y destrezas psicomotrices, están postergando al “jugador” al ostracismo más absoluto y provocando trastornos adictivos impidiéndole relacionarse con sus iguales con toda normalidad. Y, ¿qué se puede decir de Internet? No cabe duda de que es una buena y potente fuente de información, comunicación y entretenimiento –siempre y cuando se utilice como es debido (y, para ello, son necesarios la reflexión, el espíritu crítico y, obviamente, una serie de conocimientos previos, veraces y serios) y sus contenidos sean tratados con rigurosidad y corrección- pero, si no se gestiona adecuadamente (atendiendo a la edad y las necesidades del “navegante”), puede ocasionar problemas en los más jóvenes además de proporcionar un alud de información que, en vez de aumentar su bagaje cultural, lo único que hace es sumir al consumidor en la desinformación y el desconcierto. (además de todo eso, un dato más: supongo que conocerán la página de elrincondelvago o parecidas que fomentan el plagio. Desde ellas, se puede “bajar”, imprimir y presentar al profesor cualquier trabajo de Primaria, ESO y Bachillerato con sólo cuatro movimientos de “ratón”. ¿Dónde quedaron las tardes de biblioteca, las noches leyendo, redactando y corrigiendo? Sólo le veo una ventaja a esta nueva herramienta: nos obliga, a los profesores y padres, a estar al día en esto de las TIC para que no nos den “gato por liebre”). El WhatsApp, el Facebook, el Twitter y demás redes sociales tampoco favorecen la “cultura del esfuerzo”. Efectivamente, son útiles y beneficiosos si se gestionan y/o se controlan adecuadamente pero no podemos olvidar que estos medios de información, comunicación y diversión constituyen los paradigmas de la inmediatez y la facilidad –por no decir de la mala escritura- (justo todo lo contrario a lo que precisa un buen estudiante o un buen profesional)- y favorecen la creación de una realidad virtual que va cogiendo fuerza y credibilidad por momentos. 
 Y, ante toda esta avalancha de estímulos, ¿quién o quiénes deben actuar cómo gestores de estas “modernas herramientas” y, en última instancia, quién o quiénes deberían ser los auténticos y verdaderos artífices y garantes de la educación de estos niños y adolescentes? Sencillamente, los padres. Esos padres trabajadores, agobiados, esclavos del reloj y las facturas, sin tiempo suficiente para dedicarles a sus hijos (ni paciencia, en muchas ocasiones). Padres que, acuciados por los fantasmas (desgraciadamente, cada vez más cercanos y reales) del paro y de los recortes salariales, fieles seguidores de la sociedad del bienestar o sociedad de consumo -¿existe diferencia?-, pretenden hacer de aquello extraordinario que tuvieron de jóvenes algo cotidiano, “normal” en la vida de sus hijos. Padres que intentan compaginar trabajo, familia, aficiones y amistades sin mucho éxito. Padres que luchan para proporcionar lo mejor, lo más fácil y lo más placentero a sus hijos sin concederles la oportunidad de equivocarse o fracasar. Padres que, en su afán de acallar sus conciencias y, de manera equivocada, inculcar a los hijos las ganas de trabajar y aprender para, en última instancia, aprobar, equiparan un “suficiente” o un título académico con una moto o cualquier otro regalo. Padres que no quieren tener problemas con sus “retoños” y, por ello, no se atreven a decir NO o a infligir un castigo y, cuando lo hacen, se ven incapaces de mantenerlo, entre otras razones porque decir NO al hijo supone decirse NO a uno mismo –es lo que llamamos coherencia, algo que no siempre es fácil de mantener- y castigar al hijo implica castigarse uno mismo –y no siempre estamos dispuesto a sacrificarnos hasta tal punto-. Padres que, por no tener tiempo (ni, a veces, ganas) de dialogar y pactar con sus hijos, imponen su ley o los callan con cualquier bagatela sin permitirles que la obtengan con su propio esfuerzo y, así, aprecien su valor. Padres que, bajo el sincero y lógico deseo “yo lo único que quiero es que mi hijo sea feliz”, los liberan de obligaciones y deberes, de responsabilidades y esfuerzos desautorizando las decisiones de los profesores, desprestigiando, incluso, su labor como co-educadores y haciendo de sus hijos (nuestros alumnos) pequeños e indómitos monstruos. Padres que utilizan el centro escolar como un auténtico parking de sus hijos, que ceden al colegio la responsabilidad, el deber pero también el derecho de educar a sus hijos, pero que, paradójicamente, recriminan cualquier decisión del profesor y contaminan de negatividad e inutilidad el placer de la lectura, la satisfacción del trabajo bien hecho y el gozo de saber por saber aunque ello suponga tiempo, esfuerzo, constancia y su recompensa llegue a largo plazo (si es que llega). 
Y este es el resultado: niños y adolescentes consentidos, insolentes, excesivamente mimados, vagos, provocadores, egoístas, irrespetuosos, incívicos, caprichosos, intolerantes, carentes de límites, con bajo umbral de frustración, prepotentes y muy conscientes de su situación privilegiada: son, y se saben, los nuevos dioses a pesar de mostrarse ante los mayores como víctimas de la sociedad y se aprovechan de ello aunque, en el fondo, anhelen una figura autoritaria, un referente sin fisuras. Pero, aunque nos pese, el problema no se acaba en la ESO y el Bachillerato. Debido a la influencia de los cambios en el sistema educativo obligatorio y postobligatorio y, consecuentemente, a los cambios que se están produciendo últimamente en su concepción y organización, la Universidad tampoco parece que esté viviendo su mejor momento. Los niveles de exigencia y los resultados también han sufrido un descenso considerable y los que consiguen acabar los estudios superiores tampoco pueden garantizar una solvencia conceptual y teórica y una competencia profesional, a pesar de esperar una gran y ascendente carrera laboral y –a modo de ejemplo- pedir, en su primera entrevista de trabajo, como si fuera la cosa más usual del mundo, un gran sueldo, un horario estupendo, vacaciones de 2 meses –como en el colegio y en la universidad- y unas prerrogativas (léase móvil de empresa, coche de empresa, tarjeta de crédito, vales de restaurante) que sólo se consiguen una vez contrastada y demostrada la valía. ¿Cómo se le puede pedir a un joven de veintitantos años que asuma el hecho de que una buena carrera profesional siempre empieza desde abajo, que debe ser humilde con sus pretensiones, que debe ser respetuoso con los jefes, los compañeros y las normas establecidas, que debe demostrar día a día sus capacidades y habilidades, superando -con tesón y su mejor sonrisa- obstáculos y zancadillas y que sólo con esfuerzo, trabajo, constancia, afán de superación, empatía y sacrificio puede forjar una buena y sólida carrera profesional? ¿Cómo se puede pretender todo eso de un joven que no lo ha aprendido e interiorizado a lo largo de su vida como estudiante, bien porque no se lo han enseñado, bien porque no lo ha creído necesario aplicar para la consecución de sus deseos y necesidades, en ambos casos debido a la desidia de padres y docentes? Yendo más allá, ¿cómo podemos confiar en el futuro de nuestro país, en nuestro propio futuro, si depende de ellos, si ellos deben hacer posible ese futuro?

Y, ante este panorama tan desolador y decepcionante, cabría plantearse una cuestión: ¿está todo perdido? La respuesta es NO, un tajante y rotundo NO. No todo está perdido. Afortunadamente, todavía existen personas comprometidas con eso que llamamos EDUCACIÓN: políticos concienciados de que unas leyes bien pensadas, consensuadas y estables constituyen la única vía para que el sistema educativo y su comunidad tengan el lugar que se merecen en nuestra sociedad; profesores formados, bien formados, coherentes, abiertos y convencidos de que una buena formación humana, intelectual y emocional de los niños y adolescentes sólo se consigue con disciplina y paciencia y que es la garantía del futuro del país; padres responsables, valientes, implicados y conscientes de lo que supone educar a un hijo: seriedad, coherencia y mucho amor y, por último, alumnos motivados, curiosos, críticos y sabedores de que el aprendizaje –de conocimientos, de hábitos y actitudes- y el desarrollo de capacidades y aptitudes es el único camino. Este grupo de personas constituyen la esperanza para el presente y el futuro.
¿Juventud en cambio? ¿Juventud en crisis? Puede que sí pero nuestra obligación -como políticos, maestros y profesores, psicólogos, padres y empresarios- es despojar este término de sus connotaciones negativas para convertirlo en un reto y una oportunidad de mejora y progreso. Para ello, sería necesario y urgente dejar de divagar, de imponer, de especular, de teorizar sobre el problema que estamos sufriendo todos. Deberíamos dejar de buscar culpables en este ente abstracto que llamamos sociedad, deberíamos dejar de ir pasando la pelota como si de un partido de tenis se tratara (parece que en eso consiste la política, ¿no? En vez de sacrifico y compromiso, en vez de trabajar conjuntamente por el BIEN COMÚN, un simple partido de tenis, individuo contra individuo, partido contra partido, a ver quién gana el último set). No es cuestión de señalar con el dedo a alguien o a algo y sí de responsabilizarnos para abordar la cuestión desde todos los ámbitos –político, administrativo, familiar, escolar, laboral, psicológico- poniendo nombre propio a sus protagonistas. Como bien dijo un día alguien que sabe de cambios y crisis: Deberíamos dejar de pre-ocuparnos tanto y ocuparnos más.

domingo, 30 de diciembre de 2012

DE RITOS Y RETOS (¡¡¡¡Feliz 2013!!!!)

Sí, ya lo sé, otra columna sobre el fin de año, otra reflexión acerca de las últimas horas de estos 365 que pronto se acaban y otra lista de proyectos para llevar a cabo en los próximos 365 días que pronto empezarán. Pero es que resulta inevitable dejarse llevar por el mágico influjo que ejercen estos últimos momentos del año que ya tocan a su fin; resulta imposible no echar la vista atrás y volver a la misma ceremonia de ritos y retos que supuso el fin de año del año pasado y plantearse la fatídica pregunta: de todo lo que me propuse mientras brindaba por el nuevo año, ¿qué he cumplido? Pues no, yo no voy a hacer balance ni introspección ni nada que se le parezca. ¡No soy tan masoca! No pienso recrearme en mi vagancia o en mi pereza o en mi pasotismo ante esos buenos propósitos que, de manera despiadada e inexorable, me planteé cuando llegó el 1 de enero de 2012 (y, para qué engañarnos, el de 2011, el de 2010, el de 2009, el de 2008 y así ad infinitum. Tampoco voy a flagelarme pensando en el también maldito 1 de setiembre, cuando, después de unas vacaciones llenas de veladas hasta el amanecer, cervezas y tintos de verano hasta la saciedad, ocio hasta el aburrimiento, empezó el curso escolar o laboral y me vi literalmente ahogada por los horarios, las obligaciones y la férrea disciplina, y aquellos firmes proyectos -apuntarme e ir al gimnasio, estar más con la familia, cuidar más mi casa, escribir más, leer más, llamar más a mis amigos, apuntarme a inglés, no comer tanto, etc., etc., etc.- se fueron diluyendo por el desagüe de mi voluntad (mejor dicho, de mi falta de voluntad).
A pesar de todo, y sabiendo y aceptando que el hombre es el único animal que tropieza no sólo dos veces con la misma piedra, estoy segura de que este fin de año volveremos a caer en los mismos rituales y volveremos a formular los mismos propósitos de cada años. A saber:
El día 31 empieza con un brunch en el Universal del Mercado de la Boquería: huevos fritos con foie y una copa de cava (para mí, la mejor manera de empezar el último día del año, un brindis mi chico y yo por todo lo que nos ha pasado y todo lo que nos pasará juntos... Ser lo recomiendo); a ese momento único y especial le sigue la compra de las últimas viandas necesarias para el gran ritual atávico, la cena de fin de año, que, por cierto, organizo yo en mi casa (pero por qué no estaré calladita...). Desde hace unos años, lo mismo, pa qué cambiar: de entrantes, buen jamón de bellota, pulpo a feira, canapés de salmón y sucedáneo de caviar, croquetas de boletus y foie, gambas rojas a la plancha y algo de verde. El plato estrella será este año caldereta de bogavante. Piña natural y sorbete de limón, de postre y la consabida bandeja de turrones, polvorones, mazapanes, neulas, frutos secos y bombones. Vinos, cavas y las uvas, que no falten. Durante la mañana, entre las compras y el trajín en la casa, estoy tranquila, pero, después de comer y a medida que avanza la tarde, me voy poniendo cada vez más nerviosa. ¿Y quién lo paga? Pues quién va ser, el cocinero que ya está entre ollas y pucheros cortando los bichejos esos y haciendo el suquet de pescado. Mientras, yo estoy organizando el salón: muevo el sofá de lado, aparto la mesita, cambio la lámpara de sitio, barro y abro la mesa. Me gusta decorarla en tonos morados y dorados con velas grandes y cintas, con purpurina sobre el mantel y los platos, las servilletas, a juego, colocadas en las copas como si fueran candelabros a punto de encenderse, y más velas, y algún que otro detallito para cada uno de los invitados, y más velas (¿les he dicho que me encantan las velas?). Me alejo de la mesa unos pasos, enciendo la lámpara del techo. Está todo perfecto. Con tanta decoración, no cabe ni un plato pero la mesa está preciosa, parece una de esas mesas que aparecen en los reportajes navideños del Hola. Me siento orgullosa. Son las siete y media de la tarde. Los invitados llegarán a partir de las nueve y yo todavía no me he arreglado ni he hecho los canapés. Entro en la cocina. Por el amor de Dios, ¿qué ha pasado aquí? Una pata de pulpo asomando por una olla; en otra, el suquet ya está haciendo chupchup y está llenando la cocina de vapor; oteo en el horizonte una pared manchada de tomate (¿pero por qué el sofrito siempre deja huella?) y un montón de platos por fregar (¿pero por qué no va fregando los utensilios a medida que los va utilizando? No sé, quizás así la cocina no acabe hecha un asco, ¿no?, un asco que siempre acabo limpiando yo, no por nada). Cariño, ¿te ayudo?, le pregunto asomando la cabeza, si quieres, tú, cocina, y yo voy fregando, ¿vale? No, de esto me encargo yo. Me echo a temblar y le insinúo, bueno, no, le digo intentando disimular ya mi mala leche y mis nervios, que ponga papel de periódico en el suelo para que no acabe como un cuadro de Miquel Barceló, lleno de manchas de tomate y pinceladas de aceite, de suquet, un trozo de cebolla pisado o unas gotas de cerveza (la que ya está bebiendo siguiendo la máxima de que un cocinero siempre debe estar hidratado en la cocina; a saber de dónde la ha sacado). Dúchate y arréglate, que cuando yo acabe aquí, te pones tú con el resto y yo me ducho.
Buena idea, a ver si me relajo con el agua caliente. Me ducho, me unto de cremas y empieza mi ritual: me tengo que poner alrededor de la cadera y tapando el ombligo una cinta de color rojo con un lacito verde y otro azul. Mi madre nos la hizo hace muchos años para que nos diera suerte, salud y amor. Lo malo es que, con el paso de los años, mis curvas han aumentado y mi diámetro también. Apenas puedo atarme la cinta y, por supuesto, y no tapa mi ombligo. Me la pongo como puedo, vamos, con un imperdible y se sube hasta la cintura. No me pongo bragas rojas pero sí algún pañuelo del mismo color. Me maquillo con polvos de oro y me enjoyo a más no poder. Dicen que el oro atrae la riqueza y el dinero. Por mí, que no quede. Un vestidito negro, sencillito, medias y taconazos. No lo he leído en ningún sitio pero, a mí, los taconazos me dan seguridad y confianza, ideal para el tránsito de un año a otro. Abro las ventanas. La ropa, recogida y la cama, con sábanas limpias y bien hecha. Dicen que, así, se van los malos espíritus y los buenos se quedan. Paso por el salón y me detengo frente a la mesa, perfectamente ornamentada. Hacemos muy buena pareja: ella, de morado y dorado; yo, de negro y dorado (bueno, y el detalle de color rojo). Me apoyo de manera indolente, cojo una copa de cava y brindo frente a la puerta de la terraza, sonriendo, como si fuera la mismísima Isabel Preysler. Pero, ¿se puede saber qué estás haciendo?, me dice una voz desde la puerta de la cocina, anda, vamos, que ya son las ocho y media. Joder, ya me ha fastidiado mi posado para la prensa. Sólo quedan los canapés. Lo he recogido todo para que estés más cómoda. Abro la puerta de la cocina y ¡¡¡horreaur!!!! Vale, sí, lo reconozco, dicen que la intención es lo que cuenta. Ha hecho un conato de limpieza pero mi poderosa y maquiavélica visión ya ha detectado una mancha en el mármol y restos de suquet en la olla supuestamente lavada. Sólo ha pasado una bayeta por la vitrocerámica. Creo que todavía no sabe cuál es el producto especial para este tipo de cocina. Mañana, sin falta, se lo digo. Los papeles de periódico todavía están en el suelo, lo que significa que no lo ha fregado. ¡¡¡¡Arggggg!!!! Respiro profundamente y, mientras paseo con mis taconazos por la alfombra de rotativos, detecto un delicioso aroma a caldereta de bogavante y a pulpo gallego. El jodido cocina como los ángeles. En el fondo, lo adoro pero hay veces que... Bandeja de canapés, lista. Bandeja de turrones, preparada. Las velas, encendidas. Todo está en su sitio. Va a ser una gran noche. Como todas las del 31 de diciembre.
Las nueve y ya suena el timbre. Los invitados van llegando: mi madre envuelta en lamé dorado y lentejuelas del mismo color; parece una burbuja de Freixanet. Mi hermana con su marido y los carritos de sus dos hijos pequeños. Ya me ha avisado que el bebé está malito y que tiene vómitos. Me pide disculpas por si mancha algo... No pasa nada. La madre del cocinero con su novio. La hermana del cocinero. La hija del cocinero y su amiga. Ya son bastantes. Les ha encantado la mesa pero se chupan los dedos con la cena que hemos preparado. Todo está saliendo a las mil maravillas: mi suegra, que todavía me llama chochete; mi madre, dándole al vino y cantando canciones de Raphael; mi sobrino pequeño, que ya ha vomitado y ha dejado su impronta en la pared de la habitación; la joven que ya no sabe disimular con su amiga; mi cuñada, hablando de sus sesiones con el psicólogo; mi cuñado, explicando con su castellano irlandés sus descubrimientos en neurología; mi hermana, poniéndose morada de gambas; mi cocinero favorito, que ya ha roto una copa -como siempre-., dándole al pulpo y al vino y yo, intentando que todas las velas sigan encendidas y llevando y trayendo platos. Queda un cuarto de hora para las doce de la noche. Mi madre, con su "chispa", nos da las últimas instrucciones para despedir el año viejo y recibir el nuevo año: un plato de lentejas para comer después de las uvas, un billete envolviendo la patilla de las gafas, un anillo de oro en la copa de cava, una vela roja encendida (¿¿¿otra???), algo rojo cerca de la piel. Todos con la bolsa de cotillón en las manos y mirando fijamente a la tele. La bola del reloj empieza a caer lentamente. Esto ya se acaba. Me refiero al 2012. Atención. Prohibido hacer el tonto, no vayamos a confundir las campanadas de los cuartos. ¿Cuál será el primer anuncio del año? ¡¡¡¡Ssshhhh!!! Callarse, que no se oyen las campanadas. Tú, no comas todavía, que trae mala suerte. ¿Tenéis pensados los deseos para este 2013? Que te calles, que no oigo. ¡UNA! Y el primer grano de uva ya en la boca. ¡DOS! ¿Qué nos deparará este nuevo año? ¡TRES! ¡Ahhhh! Se me olvidó pelar la uva y quitar los granos. ¡CUATRO! Este año tampoco me ha ido tan mal. ¡CINCO! La uva se empieza a acumular en la boca. ¡SEIS! Miro a mi hermana y me echo a reír. ¡SIETE! Virgencita, que me quede como estoy. ¡OCHO! Trabajo y salud para todos. ¡NUEVE! Ya no me caben más. ¡DIEZ! Y amor y humor y esperanza. ¡ONCE! No puedo tragar. Creo que voy a vomitar. ¡DOCE! ¡Pa dentro! ¡¡¡¡FELIZ AÑO 2013!!!!! Abrazos, besos, más abrazos, más besos y una cucharada de lentejas de lata. Ahora sí que voy a vomitar...

PD. Voy al lavabo a lavarme un poco la boca. La tengo pringosa de mosto y de lentejas. Mientras me pinto de nuevo los labios, veo reflejado en el espejo algo que no debería estar allí, sobre el radiador. Lo cojo. Son unos gayumbos. ¡¡¡Por favor!!! ¿Los habrá visto alguien? ¡Qué bochorno! Los guardo rápidamente en un cajón. Vuelvo a mirarme en el espejo. Sonrío. Me guiño un ojo. Y me lanzo un beso. Como la Preysler.

sábado, 2 de junio de 2012

LA NIÑA DE COLORES (cuento infantil. O no)

Érase una vez, no muy lejos de aquí, en medio de un azul y profundo mar, un lugar llamado Grisla. Como el resto de las islas, ésta tenía sus playas, sus palmeras, sus montañas y sus valles, su embarcadero y su pequeño y peculiar pueblo que daba nombre a este trozo de tierra. Se trataba de un pueblo pesquero, con sus calles y callejuelas, su plaza, su mercado, su colegio, su parque de juegos, su iglesia, su ayuntamiento... y sus gentes: hombres y mujeres que trabajaban, compraban y cuidaban de sus hijos; abuelos y abuelas que paseaban y se sentaban en la plaza o en el parque donde se entretenían los más pequeños del lugar y niños y niñas que iban al colegio y a la playa, los pescadores, los tenderos, el alcalde...
Pero, a diferencia de otras islas que salpicaban el ancho mar, Grisla se caracterizaba por ser toda ella, enterita, de color gris. Grises eran sus playas y sus montañas; grises eran su cielo, su mar y su sol; grises, las calles y las casas de su pueblo y grises también, sus habitantes. Pero, no solamente el aspecto de la isla adquiría esta tonalidad apagada y triste. También el corazón de sus gentes estaban de este color... Los mayores iban a trabajar con prisas, aburridos y siempre mirando al suelo. Los abuelos se limitaban a vigilar a los nietos o a mirar al resto de los vecinos y los niños apenas jugaban ni reían. Parecía un pueblo fantasma, aburrido, sin alma. Era un pueblo sin pasado ni presente ni futuro. Ni en las calles, en el mercado o en las playas se oía el jolgorio de sus habitantes y los parques no parecían lugares de juego. Por muy pequeño que fuera el pueblo y por mucho que se conocieran, los vecinos apenas se saludaban o hablaban entre ellos y los niños no jugaban juntos. Sólo se miraban unos a otros de manera furtiva y huraña. Cada uno iba a lo suyo, cada uno de los habitantes de la isla estaba encerrado en su propio mundo, nadie compartía nada con nadie y nadie ayudaba a nadie.

Un buen día, llegó a la isla un matrimonio con su hija, Patricia, de enormes y expresivos ojos y el pelo recogido en una simpática coleta con un lazo de colores, para hacerse cargo de la panadería del pueblo cuyo dueño había fallecido. Los tres formaban una bella familia, una estampa preciosa que, sin embargo, tenía algo especial... En el barco, a medida que se acercaban al embarcadero, se dieron cuenta de algo extraño. En medio del inmenso mar azul, les sorprendía el tono grisáceo y apagado que reinaba en toda la isla. Esperaban ver el dorado de sus playas, el verde de sus árboles y sus montañas, el rojo de los tejados, el amarillo del sol y una infinidad de colores en sus flores y en sus gentes. Pero no. Todo era gris, sólo de color gris...

—Mamá, creo que no lo voy a pasar bien en este pueblo —decía Patricia apoyada en la barandilla del balcón de su nueva casa—. Mira qué cara llevan las personas. No sonríen, no se hablan...
—No digas eso —contestaba la madre mientras se asomaba también a la calle para comprobar lo que decía su hija—. Seguro que no es tan gris como parece. Tenemos que darnos tiempo, cariño, para adaptarnos al pueblo y a la manera de ser de sus habitantes.
—Pero, fíjate, mamá —replicaba la niña desoyendo las palabras de su madre—, la ropa es de color gris, las casas y todo lo demás son de color gris, ¡todo es de ese color! ¡Todo parece triste y aburrido!
—Tranquila, hija mía. No te preocupes. Ya verás como no significa nada. Ya verás... —pensaba la madre en voz alta confiando en que todo se tratara de una simple ilusión óptica—. Todo es cuestión de confianza y optimismo.

En medio de tanto color aburrido y apagado, aprovechando el buen tiempo y las vacaciones de la chiquilla, los tres ofrecían todo un espectáculo de color y alegría a las gentes del pueblo. Cuando podían, entre bromas, risas y besos, iban los tres a pasear por el embarcadero o a jugar en la playa y, cuando sus padres tenían que trabajar en la panadería, Patricia iba al parque que había cerca de allí. Con sus pantalones rojos, su camisa de cuadros multicolores y su lazo como el arco iris, Patricia llevaba sus juguetes para compartirlos con los demás niños e intentaba hablar con ellos. Pero los niños, ante tan sorprendente actitud de la recién llegada, echaban a correr. También se asombraban cuando la oían reír mientras se columpiaba alto o se deslizaba por el tobogán. Patricia no entendía nada, ¿por qué no querían jugar con ella?, ¿por qué no jugaban o hablaban, al menos, entre ellos?, ¿por qué no se reían?, ¿por qué era todo tan gris?
—No quiero ir a jugar al parque. Los niños no quieren jugar conmigo y me miran como si fuera un bicho raro —comentaba Patricia a sus padres cada vez que venía del parque.
—¿Por qué dices eso? —sus padres sabían perfectamente lo que quería decir su hija. También ellos lo habían notado en la panadería—. Dales tiempo para que te conozcan un poco. Es cuestión de confianza, optimismo y paciencia y tú tienes todo eso, ¿verdad?
—No papá. Son niños tristes, apagados, aburridos. No se ríen, no juegan, no hablan, no se divierten y yo ya no sé qué hacer... —decía Patricia desanimada—. ¿Cómo pueden vivir en un mundo tan gris? ¿No se dan cuenta de que no son felices? ¿No saben que con una sonrisa se vive mejor? ¿Cómo pueden vivir sin hablar con los demás, sin compartir, sin ayudar? Es lo que siempre me habéis dicho... ¿Qué puedo hacer?
—Es verdad. Te lo hemos enseñado porque creemos en ello —contestaba el padre intentando convencer a su hija de lo correcto de sus ideas—. ¿Sabes lo que puedes hacer? Sé tú misma, Pat. No cambies. Limítate a ser tú misma. Entre tanto gris, sé una niña de colores...

Y así hizo Patricia. Decidió seguir yendo al parque con sus juguetes, su ropa de colores y su pelo recogido en un lazo como el arco iris. Siguió intentando jugar y hablar con los demás niños y siguió riendo mientras se columpiaba alto o se deslizaba por el tobogán. Tampoco sus padres desistieron en el intento de hablar con los vecinos y ofrecerles, además de una barra de pan, la mejor de sus sonrisas.
Cuentan las gentes que, poco a poco, esa tonalidad que reinaba en toda la isla fue desapareciendo para dar paso a toda una gama de tímidos colores. Así, los habitantes de Grisla pudieron advertir el suave verde de las montañas y los valles, el azul casi transparente del cielo y el mar, el amarillo pálido de unos vergonzosos rayos de sol y una infinidad de colores increíbles que inundaron hasta el último rincón de la isla. Ante tal mágico y sorprendente cambio, los habitantes del pueblo empezaron a hablar entre ellos intentando encontrar el origen o la razón de tan magnífico y espléndido acontecimiento. Los niños jugaban a adivinar nuevos colores y se reían al descubrir o inventar tonos diferentes
Con el tiempo, Grisla se fue convirtiendo en un lugar lleno de alegría, optimismo, futuro y... colores, muchos colores. Los vecinos, cada vez, se comunicaban más entre ellos, reían, hablaban, se ayudaban y compartían todo lo que tenían y Patricia cada día era más feliz. Pero no estaba del todo satisfecha. Sí. Efectivamente. Las gentes habían cambiado. Los colores habían pintado la isla pero los colores eran todavía muy pálidos y claros. Patricia pensaba que faltaba algo pero no sabía qué. Hasta que ocurrió el milagro...
Un buen día, cuando las risas y la alegría ya se habían convertido en algo normal y cotidiano, empezó a llover en la isla. Las gotas eran de un azul transparente que apenas se percibía. Patricia decidió ir a jugar en los charcos con sus amiguitos y salió a la calle con su chubasquero, sus botas de agua y su paraguas, cómo no, de colores. Sin que nadie pudiera explicárselo, las gotas de agua que caían sobre el paraguas de Patricia salían rebotadas en forma de cascadas de purpurina que, al posarse en cualquier superficie, hacían que ésta adquiriera un tono más brillante e intenso. Poco a poco, mientras la simpática niña chapoteaba en los charcos, junto con los demás niños, todo el pueblo se fue convirtiendo en una auténtica postal de resplandecientes y llamativos colores que brillaban todavía más con los centelleantes rayos de un generoso sol acompañado de un majestuoso arco iris que decidieron salir después de aquella mágica tormenta de verano. Nadie se lo podía creer. Todos comentaban lo sucedido. No podían encontrar una explicación razonable a tan admirable milagro. Cada uno daba una razón. Sólo se ponían de acuerdo al decir que aquella transformación del pueblo coincidía con la llegada de aquella niña de expresivos ojos y corazón de oro, la niña de colores...

Cuenta la leyenda que, después de unos pocos días, cuando la gente todavía se reunía en la calle o en la plaza para comentar el milagro sucedido en la isla, el alcalde decidió convocar a todos los vecinos para anunciar algo importante. De todos era conocido el extraordinario cambio que se había producido en Grisla. Había dejado de ser una isla gris, apagada, triste, aburrida, sin alma, para ser un lugar mágico, lleno de colores, alegre, optimista, generoso y agradable. Era evidente que aquel trozo de tierra en medio de la inmensidad del mar no podía continuar llamándose de aquella manera. El nombre de Grisla ya no reflejaba el nuevo estado de la isla y de sus habitantes. Era urgente cambiarle el nombre. Y, en medio de murmullos y comentarios entre unos y otros, surgió la dulce voz de Patricia:
—Es verdad. Todo ha cambiado. Ya no es una isla gris ni triste. Ya no se puede llamar Grisla. Ahora, ya somos felices, ya hay optimismo, la gente habla, sonríe y juega. Ahora, las cosas ya tienen color, ya tenemos sol y arco iris. —Y, después de permanecer un rato callada, provocando la expectación de los allí presente, continuó diciendo—: Ya que el arco iris ha cubierto nuestra isla, arco iris, isla de arco iris, isla de iris... ¡Ya lo tengo! Irisla, se va a llamar Irisla.
—Así, todo el mundo sabrá que nuestra isla es una isla de colores. Una isla bendecida por el arco iris –aprobó el alcalde, mirando a Patricia con simpatía y complicidad, entre los aplausos y vítores de los vecinos-. Irisla. A partir de ahora, nuestra isla será conocida en todo el mundo por sus colores y su alegría. A partir de ahora nuestra isla se llamará Irisla.


sábado, 7 de enero de 2012

SE ACABÓ

Bueno. Ya está. Finito. Sefiní. Se acabó. Ya ha pasado. Una más para contarla. Y ya, hasta el año que viene. No, no se trata de la gripe (quizás, en función de cómo se viva, es peor). No, no crean. Me gusta mucho. Cuando se acerca, me ilusiono pensando en ella pero hoy puedo decir que, por fin, se acabó. Sí, lo han adivinado. Me refiero a la Navidad. Hoy doy por acabadas las fiestas navideñas. ¿Que cómo lo sé? Muy sencillo. Tengo cuatro poderosas razones. Primera: porque, por fin y de una vez por todas, se han acabado todas las sobras de las comilonas navideñas, léase, turrones, salsas, patés, frutas exóticas, panes varios y un montón de delicatessen más. Está muy bien esto de no tirar nada, pero, como cada año por estas fechas, he acabado aborreciendo el foie, el jamón de Jabugo, los barquillos rellenos de turrón y el cava (para que yo diga esto, por Dios… Qué triste es mi vida…). Segunda razón: porque hoy, en casa, los papeles dorados, los adornos navideños y los lazos de colores han dado paso a las bolsas con un único título: REBAJAS. Por favor, cómo estaban las tiendas hoy. Qué locura: colas para entrar, colas para acceder a los probadores, colas para pagar. Ni que se acabara el mundo, por favor. Codazos por aquí, miradas de reojo por allá, pisotones por acullá. Apenas he durado una hora y media entre la vorágine consumidora. Todo por agenciarme algunas prendas que hacían exactamente 48 horas valían el doble... Cómo se pone la gente por unos trapillos de nada... Pero la razón más poderosa para mí para dar por concluidos los fastos navideños es la tan ansiada vuelta a la normalidad: la casa ha recobrado sus habituales colores (los papanoeles rojos, las estrellas doradas y los adornos de purpurina, en fin, todo lo que convierte tu casa en una especie de feria choquetín con tantos brillos y luces que necesitas unas gafas de sol para ir de la habitación a la cocina, un año más ha regresado a la oscuridad de una caja que ya está en el altillo), la cocina vuelve a estar ordenada (sin copas, salseras ni bandejas por medio y con la pata de jamón dando sus últimos coletazos), los armarios se han vaciado de regalos escondidos y, por fin, mañana, domingo, podré disfrutar de una apacible y silenciosa mañana de lectura del periódico, la revista dominical y sus correspondientes suplementos. ¡Ah! Y, por supuesto del vermut...
Pero, ¿cuándo empieza todo? Para mí, comienza con un email de mis hermanas antes del puente de la Constitución: "Para que no nos pille el toro como cada año, ¿por qué no empezamos a elaborar la lista de Reyes? Mamá ya ha comentado que le apetece un conjuntito de lana de color verde hoja y unas medias a juego... (hay cosas que no cambian) Por cierto, ¿cómo nos organizamos? Yo preparo la cena de Nochebuena porque vienen mis suegros. Fin de año, donde siempre, en tu casa, ¿no?". Ese es el pistoletazo de salida y, a partir de ese momento, los acontecimientos se aceleran: lotería de Navidad (la del trabajo, la de siempre, la de la pescadería, la del kiosko, la de… Y así, entre boletos, participaciones y billetes enteros, un pastón me he gastado este año…, total para que sólo me toque el reintegro de cinco euros); cena de empresa (misa, cena fría, bromas ridículas, discurso del jefe y entrega del lote, total, unas dos horas y media de paripé laboral. Y que lo pueda seguir contando, con la que está cayendo); compras en el mercado y en el súper (otro pastón en pijaditas comestibles para luego acabar aborreciéndolas, ¿cuándo aprenderé?); cena de Nochebuena (la preparaba mi hermana mayor pero no fui porque cogí una galipandia que me dejó a 39 de fiebre que bajaron después de 11 horas durmiendo); comida de Navidad (en casa de la familia política, intentando rechazar con educación la consabida sopa de galets con la pelota de carne –lo siento, es superior a mis fuerzas. No trago ni el cocido de mi madre- y aguantando las bromitas de las hermanas, cuñados y demás parentela que veo de uvas a peras. Otro día lo cuento con más detalle); cena de Fin de Año (este año me ha tocado a mí prepararla, ¡14 personas!, ¡ahí es ná! No es porque sea yo pero la mesa, preciosa; la comida, exquisita; los detalles, impecables; las uvas, en su bolsita correspondiente junto con el cotillón; hasta compré polvos dorados para el pelo -a ver si nos traen suerte este año, si no por lo del dorado, al menos que sea por lo del polvo...-. Y después de los brindis y las supersticiones, algo de oro en la copa, un billete en la patilla de las gafas (hay que ver lo que llegamos a hacer por un pellizquito...), las lentejas se quedaron en la cocina…, después de los abrazos, los deseos y un "binguito", ya me ven a mí, a eso de las tres y media de la madrugada, con la peluca dorada y el antifaz de purpurina, tacones y vestidito fino, muy puesta yo, fregando nosécuántas copas, tropecientos platos, parecía que no se acababan nunca, ochocientos mil cubiertos de todo tipo y una infinidad de bandejas. ¿Parece esto una in-directa para que el año que viene los Reyes Magos me traigan un lavavajillas? Pues sí.) Seguimos con más escenas de Navidad. Las compras de Reyes (mucha planificación pero hasta última hora buscando una mochila para mi sobrina mayor. La madre, o sea, mi hermana, desesperadita, y nosotras, o sea, mi madre y yo, de apoyo moral acompañándola por todas las papelerías, tiendas de deporte y centros comerciales de Barcelona. Mi otra hermana, con las niñas para que no sospecharan nada. Ya lo digo yo, quien dijo que los reyes son los padres –y tíos, abuelos, etc.- se quedó descansando). Con la mochila todavía en el coche, cabalgata de los Reyes Magos (el año que viene, voy a ir con el casco de la moto porque durante las tres veces –sí, lo han leído bien, tres veces- que vi las carrozas y demás coches repletos de regalos y carbón, recibí unos siete caramelazos en la cara. Me llega a caer otro y denuncio a toda la comitiva real). Y, en medio de tanta entrañable escena navideña, un viajecito al sur, encuentros con los amigos, paseos nocturnos para ver las calles adornadas, alguna que otra sesión de “soffing”. Y, de todo lo que planeé que haría durante las vacaciones, nada de nada.
Pero lo mejor de las fiestas es ver la carita de mis tres sobrinas ante los regalos que les habían traído Melchor, Gaspar y Baltasar y comprobar otro año cómo la sorpresa, la ilusión y la magia bien valen tanta espera y tantos esfuerzos.
¡Ah! Se me olvidaba la cuarta razón para echar el telón a esta Navidad. El lunes empiezo el regimen ¡jua, jua! El pan y el alcohol, fuera ¡jua, jua, jua! A partir de ahora, verdurita y pescadito a la plancha ¡jua, jua, jua, jua! Se acabaron los turrones, el chocolate y las galletas ¡jua, jua, jua, jua, jua! Y, por supuesto, nada de picar entre horas ¡jua, jua, jua, jua, jua, jua! Además, un poco de ejercicio cada mañana antes de ir a trabajar, no subir en ascensor e ir caminando a todas partes. ¡¡¡¡Jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja!!!!
Hasta el año que viene.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

ALGO SOBRE MI MADRE

Tengo una madre que vale un potosí (o sea, un imperio, un tesoro; vamos, que mi madre es la leche). Desde que tengo uso de razón, la recuerdo diciendo que lo que quería era tener una familia y cuidar de ella; la recuerdo completamente entregada a ese cometido de ser madre, ahí es nada. Siempre ha estado pendiente de nosotras, sus hijas, en todos los aspectos: nuestra salud (la física y la mental…), los estudios, los amigos, los novios, el trabajo… TODO. Y ahora que ya tiene nietas, ejerce otra de sus grandes pasiones, la de ser abuela. Y bien que lo hace.
Mi madre tiene muchas virtudes que, lo reconozco públicamente, en según qué situaciones -especialmente, cuando estoy premenstrual o estoy saturada de trabajo-, me sacan ligeramente de mis casillas.
Mi madre es tan prudente que, cuando tengo que ir a recogerla a su casa –mi casa de toda la vida-, para no hacerme esperar, baja al portal media hora antes. No, mamá, no bajes. Yo te llamo antes de coger el coche y te pico al interfono cuando llegue. Así, me esperas tan tranquila en casa. Pues no. ¿Pa qué? Ella, no. Ella pasa de mí y, claro, siempre –haga frío o calor, llueva o truene- me la encuentro fuera, en una esquina del portal, perfectamente arreglada, tiesa como un palo, con su bolso y su crucigrama. ¿Hace mucho que me esperas? No, hija, si acabo de bajar… ¡¡¡Farso!!! La conozco muy bien y seguro que ya hace varios, bastantes, muchos minutos que está allí, como quien no quiere la cosa. Yo insisto pero ella, erre que erre. Un día de estos, como me atrase lo más mínimo, me la voy a encontrar fosilizada, o, mejor aún, en plan cariátide griega…
Mi madre es tan precavida que es incapaz de dejar sus cosas (léase, sus eternas bolsas con el crucigrama, algún regalito para las niñas, alguna fiambrera con comida de la buena, etc., etc., etc.) en el maletero del coche, es que no quiero que luego se me olviden, y se las pone siempre entre sus piernas, en el asiento del copiloto. ¿Vas bien, mamá?, le preguntas viéndola hecha un cuatro, con sus bolsas entre las piernas retorcidas y colocadas en extrañas posiciones. No, si estoy muy cómoda… responde como acartonada, sin moverse para que el extraño tetris que ha formado por debajo de su cintura no se venga abajo.
Mi madre es tan estimulante con sus nietas que, cuando eran pequeñas y se quedaban en su casa, les hablaba constantemente y les explicaba todo lo que hacía, especialmente la comida (ahora, vamos a pelar las patatas; ahora, cortaremos las pechugas de pollo; ahora, pondremos harina en un plato…Yo creo que tienen interiorizado todo el recetario y que saldrán muy buenas cocineras). También, les ponía música para que aprendieran ritmos y más palabras. ¿Y qué canciones les pones, mamá? Pues, las de toda la vida. Qué bien, canciones populares, nanas, canciones infantiles, villancicos… Las alarmas se encendieron cuando, un buen día, le pedimos a la mayor (no tenía más de tres añitos) que cantara algo y la niña se arrancó por algo parecido a Escándalo de Raphael… Lo que yo decía, canciones de toda la vida.
Pero la virtud que me tiene más fascinada es su locuacidad y su habilidad para enlazar temas diversos (yo creo que viene de familia porque cuando se junta con sus hermanas…). Cada martes voy a comer a su casa (mi casa de toda la vida) y nada más oír el ruido de mis llaves, empieza a hablar. Yo creo que a mi madre la han suplantado por un autómata que está programado para no dejarme abrir el pico porque, si no, no lo entiendo. Sin saludar ni nada, ya oigo desde la puerta de casa algún comentario de algún miembro de la familia; a continuación y sin nexo aparente (yo ya le he dado un beso y me siento a la mesa), me cuenta lo último de su amiga Teresa; un segundo más tarde, como por arte de birlibirloque (yo estoy comiendo sin poder decir nada; juro que lo he intentado pero no me ha dejado), me menciona algo que ha visto en la tele; sin saber cómo ni por qué, pasa automáticamente a hablar de la boda. Atención, archivos en funcionamiento. ¿La boda? (¡yuhu, las primeras palabras que me deja decir!), ¿qué boda? Sí, hombre, la de la duquesa. ¡Joder! Y sin poder continuar con mi escaso diálogo, ella vuelve a cambiar de tema así, sin pausa, sin punto y aparte, sin nada de nada.¡Me río yo de los conectores y los marcadores discursivos! Toda una vida profesional intentando inculcar a mis alumnos la importancia del buen uso de los enlaces textuales para hilvanar las ideas y escribir o decir algo con sentido, bien cohesionado, y va mi madre y, pim pam pim pam, en un periquete te suelta tres, cuatro, cinco frases seguidas que, aunque no tengan ni la más mínima relación, quedan perfectamente unidas. ¡Manda narices!
Todo eso sin contar con algunos momentos especialmente difíciles, aquellos que empiezan por ¿te acuerdas de Rosita? No, mamá. Si, hombre, la del cuarto. No, mamá. Que sí, la que tiene una hija que se fue a Londres a... Que no, mamá. Seguro que sí; Rosita, la que su marido tuvo un accidente que... En este punto, con los nervios a flor de piel, se me plantean dos opciones: seguir defendiendo mi desconocimiento (que es verdad, que no la he visto en mi vida) arriesgándome a seguir con ese diálogo de auténticas besugas (las dos) o respirar hondo, mirar al techo y afirmar entusiasmada, ¡ah, sí! Rosita... Ahora caigo. Aunque, pensándolo bien, no sé qué es mejor porque, al menos, cuando le decía que no conocía a esa tal Rosita, podía abrir la boca...

PD. Por todo esto y más, te admiro y te quiero.

domingo, 16 de octubre de 2011

ME VOY DE BODA

Un sábado cualquiera de setiembre de un año cualquiera, boda a la vista: se casa un primo mío –llamémosle Juan-, el de Madrid, el juerguista, el crápula, el follonero. ¿La afortunada? La novia de toda la vida, la paciente (por esperar tantos años), la resignada (por aguantar los escarceos del novio con otras chicas), pero novia y futura esposa, que eso es lo que cuenta, al fin y al cabo. Fina, elegante, quisquillosa y con unas ganas locas de pasar por la vicaría. Para ambas familias, es la boda del año: ceremonia en un barrio pijo de la capital y banquete en una finca señorial, a las afueras de Madrid, últimamente el lugar más chic&cool para celebrar cualquier enlace.
Meses antes –no digo cuántos para que no me llamen paranoica-, en Barcelona, ya empezamos a planificar el evento: que si traje –¿largo?, no dice nada la invitación, ¿habrá que ir con mantilla?-; que si regalo –como hay confianza y la lista es en el Corte Inglés, cosa que odio, decido aumentar la cuenta corriente de la pareja-; que si alojamiento –¿habrá sitio suficiente para toda la familia, todos los tíos, los otros primos, mis padres, mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinas y yo, o me tendré que buscar un hotelito barato para mí sola?-. ¿No lo he dicho todavía? Voy a ir sin acompañante masculino.
Llamada desde Madrid algunas semanas antes del gran evento, la madre del novio, o sea, mi tía: hola guapa, ¿cómo te va la vida?. Oye, con respecto a la boda, ya me han dicho que tú no traes a nadie, ¿no? Bien hecho, hija, menos líos. Entonces, podrás dormir en cualquier sitio... (primer lanzamiento). Y se queda tan ancha, la tía –es que, en verdad, es mi tía-. Dormir en cualquier sitio. ¿Qué debe significar eso?, ¿que me tengo que buscar la vida por Madrid?, ¿que, por no ir con un señor a juego con mi bolso, me debo conformar con un colchón en cualquier rincón de la casa?, ¿que me van a reservar la habitación del fondo, la de los niños pequeños (algo muy común, no se sabe por qué, que la tita soltera duerma siempre con los sobrinos)? ¿Acaso no se han parado a pensar que precisamente por eso, por el hecho de ser soltera y sin compromiso, me puede salir algún plan, que me pueden proponer una noche de sexo desenfrenado o puedo encontrar al hombre de mi vida y, por eso, no puedo dormir en cualquier sitio, rodeada de niños pequeños, que necesito la mejor habitación de la casa, con baño incorporado, si es posible? Decididamente, la gente no piensa. Al final, me reservan una alcoba en la buhardilla, llena de trastos viejos y una cama de hace mil años. No, si ya lo sabía yo...
Ya, en la capital del imperio, en casa de mi primo, dos horas antes de la ceremonia, toda la parentela, elegantísima, nos vamos haciendo las fotos de rigor. Además, algunos amigos del novio también van llegando. Una de mis tías, entre encajes y perlas, hace un segundo lanzamiento: Oye, tú no tienes novia, ¿verdad? Negativa del pobre muchacho, entre atribulado y avergonzado. Me lo veo venir: Qué bien, ésta –leve movimiento de su cabeza llena de bucles señalándome a mí; no hay tierra suficiente para tragarme- también está libre. Comentario hecho con todo el cariño del mundo, no se vayan a pensar, ¿eh? Pero, joder con la manía y la obsesión que tienen los parientes de buscar pareja a los que no la tienen...
La iglesia, preciosa; la ceremonia, emotiva; la novia, elegantísima; los invitados, afables y el aperitivo, insuperable... Alrededores de la finca, a 30 kilómetros de Madrid. 20.30 h. Un derroche de pedrería, lentejuelas, tacones de aguja, gasas, sedas y brocados contrasta con el negro sempiterno de los chaqués. Entre flashes y canapés, intento caminar de puntillas para que mis tacones no se claven en el maldito césped del jardín y, entre eso, el chal que no sé cómo ponérmelo, el canapé, la copa de cava, el bolsito de marras y los niños revoletando entre mis piernas, debo parecer a Chiquito de la Calzada... Haciendo equilibrios, me voy encontrando con algún que otro conocido de otras bodas, primos carnales, parientes lejanos y gente nueva que me presenta la alcahueta de mi tía. Intercambio de nombres, ocupaciones, relación con los novios, hasta que llega el típico y tópico comentario sin gracia: te he visto muy sola en la iglesia... (tercer lanzamiento) ¿Sola?, ¿con mis padres, mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinas, mis tíos, mis primos...? ¿Están ciegos o qué? ¡¡¡Ah!!! Se refieren a que voy sin acompañante masculino. Ahora lo entiendo. Y ante mi muda sonrisa de "qué coñazo de gente", respuestas varias (elijan la que más rabia les dé):
1) Haces bien, los hombres sólo traen problemas,
2) Tú sí que te lo has montado bien: sin obligaciones, sin problemas, sin agobios...,
3) Pues a ver si te espabilas que ya se te está pasando el arroz...,
4) Pobre, con lo mona que eres... No te preocupes, ya te llegará.
Y el mejor, éste no tiene desperdicio (a partir de aquí, dejé de contar los lanzamientos):
5) Y, ¿cómo llevas lo del sexo?
¡¿Cómo?! ¡¿He oído bien?! ¿Sexo? ¿Y qué hay de mi trabajo, de mi salud, d emi casa? Y lo que es peor, ¿ni un maldito comentario sobre mi modelito de pedrería y crepê de seda que me ha costado un pastón? Estoy empezando a preocuparme. ¿Qué pasa, que por no llevar un señor colgado del brazo una ya se convierte –mejor dicho, la convierten- en un ser invisible y sin vida propia, como la que podría tener cualquier hijo de vecino emparejado?, ¿que, por no presentar oficialmente a un hombre como pareja o novio, no se puede tener una vida sexual activa o una relación estable? Y, además, ¿por qué tanto interés por mi vida privada?. ¿Acaso voy preguntando a los casados qué, qué tal te va con la parienta, cuánto hace que no lo hacéis, te lo hace bien...?
En la mesa, la cosa va “in crescendo”: rodeada de primos supuestamente felices en sus matrimonios, soy el blanco de todo tipo de observaciones monotemáticas. Mi prima, la hermana del novio, hemos estado a punto de ponerte en la mesa de los amigos de Juan, todos chicos y todos solteros pero siempre van super-salidos. Sonrío diplomáticamente. A mí han debido verme cara de ninfómana desesperada porque, si no, no logro entenderlo. La mujer de mi otro primo, y, ¿cómo llevas lo de no tener novio? Me muerdo la lengua. Insisto, hay gente un tanto limitada intelectualmente. Venga, volvamos a explicarlo, no tener novio no significa no tener otras relaciones amistosas, sexuales, amorosas. El primo de mi primo, seguro que vas de fiesta en fiesta y que tu casa es un auténtico centro de diversión, lujuria y perversión. Cuento hasta cien. No, me parece que no se ha entendido. Ahora, nos hemos ido al otro extremo. Ni tanto ni tan calvo. Otro más, deberías salir un poco más, se te ve amuermada. Esto ya es el colmo. Y otro, no, seguro que tiene a alguien por ahí escondido... Vale, ya no puedo más, todo lo que queráis, pero de todos los que estamos en esta mesa, seguro que la que más folla soy yo.
Silencio, miradas de reojo, codazos delatores, bocas abiertas, gestos de resignación y alguno, entre sorprendido y avergonzado –como si se hubiera destapado la caja de truenos- asintiendo disimuladamente con la cabeza.
Vals iniciático, barra libre, Beyoncé amenizando la velada y, hacia las 4 de la mañana, entre pinchos de tortilla y un madrugador chocolate con churros, por supuesto, el último comentario –ya lo estaba echando de menos-, quiero creer fruto del nivel de alcohol en la sangre y el dolor de pies, por parte de la madre del novio, tú sí que has sabido ser inteligente... -por fin alguien reconocía mi valía, dos carreras universitarias, una profesión que me encanta, el reconocimiento de mis colegas, algún cargo de responsabilidad, mi primer (espero que no el último) poemario, algún artículo publicado, una independencia consecuente, un equilibrio personal, muchos proyectos de futuro, buenos amigos, un piso de propiedad mantenido sin ayuda de nadie, la verdad es que sí, ¿por qué voy a negarlo?, no me puedo negar: soy inteligente- ...no tener marido es lo más inteligente que has hecho en tu vida.