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miércoles, 4 de junio de 2014

NOTICIAS DESDE EL ESTRECHO

Noticias de Al-Alam envolviendo todo el cuerpo, calcetines de lana cubriendo los pies, deportivas gastadas con un puma falso mordiendo la arena, vaqueros debajo del pantalón de chándal, dos jerseys, sudadera -también de imitación-, y anorak: Todo el mundo le ha dicho que lo necesitará, que esta noche no le va a sobrar nada. Ni documentación, ni fotos, ni su pulsera de oro: Le han comentado que no lleve nada que lo identifique. Con la incertidumbre mordiéndole la boca del estómago, un frío salado calando sus entrañas y el miedo a punto de deslizarse, húmedo y caliente, entre sus piernas, Hisham cuenta catorce breves y refulgentes circulitos rojos brillando en la noche incipiente en torno a un pequeño y frágil bote con un viejo motor y un nombre que le arranca un gesto entre esperanzador e irónico:قادم. No sabe qué hacer. El silencio -¿nadie va a decir nada o va a seguir escuchando sólo el rumor de las olas?- acrecienta su incomodidad pero la oscuridad, temerosa aliada de la aventura, le ayuda a disimularla. La espera se le está haciendo eterna. Acercándose desde la loma, una luz cada vez más potente y cegadora irrumpe en la playa envuelta en alaridos que ordenan premura y activan todos los resortes de los, hasta ese momento, enmudecidos y paralizados muchachos. Hisham da una última calada y hunde con ímpetu la colilla en la arena antes de embarcar su sueño. Intenta encontrar su sitio en la barca y, subiéndose hasta el cuello la cremallera del anorak, se cerciora de que la bolsa que tiene oculta bajo la ropa todavía sigue ahí: una cuchilla de afeitar, una muestra de colonia para hombre y unos zapatos de cordones (también le han asegurado que, al otro lado, nunca paran a un chico con apariencia aseada). Sonríe amargamente al comprobar que el trozo de bastela sigue intacto.
¿Me ayudas? —le pregunta Wafá cuando lo ve aparecer por detrás del horno público—. He hecho la bastela como a ti te gusta. Esta tarde va a venir todo el mundo…
Dámela —Hisham coge la bandeja y pasa con cuidado la pasta rellena a la pala de madera para introducirla en el horno.
Creo que es bastante grande. Así, te podrás llevar un poco para… —Ve a su hijo tranquilo pero un nudo en la garganta le impide acabar lo que intenta decir, lo que su mente y su corazón, desde que él se lo comunicara, se empeñan en negar.
Imposible, ummí. Sabes que tu bastela es la mejor de todo el pueblo —Hisham se asoma a la boca del horno para comprobar cómo va la cocción. Wafá nunca ha soportado que la viera triste pero, esta vez, no quiere ni puede hacer nada para ocultar su pena—. Qué bien huele ya. ¿Qué le has puesto?
Lo de siempre: cordero, aceitunas, dátiles, cebolla, huevo duro, pimiento y especias. Tu favorita… —A pesar de intentar seguir la conversación, se tortura pensando que ya no hay marcha atrás y allí, en ese rincón del pueblo, cerca de la madrasa y de la mezquita, entre los caminos de tierra y pequeños montones de basura, Wafá, consciente de que quizás pase mucho tiempo antes de que se repitan, apura esos momentos para estar a solas con su hijo.
Gracias, ummí —Wafá se deja abrazar por su hijo notando cómo hunde su juvenil rostro en su melena y aspira por última vez su perfume de almizcla, henna y jazmín—: Me lo llevo conmigo.
Hijo… —Lo aprieta fuerte contra su pecho cubierto de brocado y pasamanería dilatando el adiós mientras un ‘quédate’ y mil deseos de bienaventuranza luchan por salir de su boca.
La bastela ya está —Hisham se separa de ella; no llora, sólo sonríe, y, envuelta en ese silencioso aroma, Wafá siente cómo se hijo ya se está yendo.
Ya no se ve la playa. Noche cerrada. Quince cuerpos hacinados en el destartalado bote se mueven al vaivén de las olas. Hisham intenta mantenerse firme pero ya no sabe cómo poner sus piernas sin molestar a los demás, no sabe cómo combatir el frío y la humedad que ya se han instalado en sus huesos, no sabe cómo no dejarse vencer por el sueño y el cansancio. Sólo el jefe permanece despierto y alerta. Nadie habla. Únicamente se oyen el ruido del motor y el sonido del mar. ¿Qué hora debe ser? Hisham no se atreve a preguntar pero siente que lleva toda la vida navegando. Ya desea ver costa y descansar en tierra firme pero ni siquiera sabe si va a llegar a algún sitio. No sabe nada. Él, que creía saberlo todo –qué iba a hacer, a dónde iba a ir, con quién tenía que tratar-, ahora, en medio de tanta oscura inmensidad, se da cuenta de que no, de que no sabe nada y de que está muerto de miedo, de impotencia y de rabia: Marchar de un país para no sufrir las injusticias, las humillaciones y los chantajes de los omnipresentes guardianes de esa supuesta democracia; abandonar un pueblo para no saberse ridículo y estafado por tantas falsas promesas; romper una familia para no sentirse inútil por no encontrar un trabajo digno; renunciar a una vida para no reconocer que esa vida no ha servido para nada; desear huir y temer llegar… Y parece que nunca llega ese momento. Hisham bosteza y sus tripas piden a gritos un trozo de bastela. Palpa la bolsa oculta lamiéndose los labios resecos y salados pero no quiere compartir con nadie lo único que le queda de su madre. Mira de reojo a sus compañeros de travesía. Sólo sabe que no son del pueblo. Rodeado de gente, se siente más solo que nunca. La oscuridad y la incertidumbre hacen el resto.Alza la mirada y no ve estrellas. Ni siquiera la luna hace acto de presencia en esta travesía tan amarga.
¿Tú crees que allí también se verá? —Sentados en los escalones de un cafetín y con los ojos puestos en el cielo, tres muchachos se imaginan el otro lado del estrecho. La noche es clara y una luna resplandeciente les acompaña en este último encuentro. A sus pies, bolsas negras con regalos que Hisham ha recibido con contenida emoción y tres vasos de cristal decorado con filigranas verdes y doradas llenos de humeante y azucarado té aderezado de desfallecidas hojas de menta fresca.
Pues claro, no digas tonterías. Allí se verá la luna y todo lo demás, igual que sale en la tele —contesta Hisham expectante.
Mi primo, cuando vino este verano, nos contó que todo es como en las series: las calles, los restaurantes, las tiendas, los coches, las fiestas, las chicas… Joder, qué suerte tienes, tío —Hisham bebe un sorbo y se mantiene en silencio. Se siente afortunado, sí, pero en el fondo del vaso no puede evitar ver un poso de abandono y tristeza.
Tú abrígate, ¿eh? En el estrecho siempre hace frío y cuando es poniente… —el muchacho les detalla qué tiene previsto ponerse para llegar sano y salvo y los dos amigos se echan a reír—: Vas a parecer el muñeco ese de Michelin.
Mi primo también nos explicó que allí la apariencia cuenta mucho, que si te ven bien afeitadito y con ropa normal, no te paran por la calle.
Sí, ya lo tengo pensado. El cabrón de Abdullah nos ordenó que, para no tener problemas, bueno, para que él no tuviera problemas, prohibido llevar documentación ni nada que pudiera implicarlo y, sobre todo, hablar con nadie —Hisham va desgranando los entresijos de la aventura mientras va respondiendo a los saludos, los abrazos o los besos de los hombres que entran y salen del cafetín. El pueblo es muy pequeño, todos lo conocen y saben de su sueño. Hisham también sabe que, quizás, no los volverá ver.
María llega acelerada a la base y lo primero que ve es una hilera dorada de cuerpos sin vida extendidos en el suelo. Los cuenta lentamente. Quince. Se acerca a la mesa de la comida y se sirve un café y una magdalena. La llamada la ha despertado y no ha tenido tiempo para desayunar. Siente que, si antes no come algo, no va a poder hacer bien su trabajo. Le pregunta a un compañero qué ha pasado pero sólo oye frases desordenadas e inconexas: oscuridad, los muchachos intentando salir a flote, olas enormes, algunos no sabían nadar, un bote a la deriva, mucho viento, no alcanzaron los salvavidas, gritos, nuestro barco zozobraba, ha sido horroroso… Con el estómago lleno y el ánimo convulso y vacío, María se acerca a los cuerpos para inspeccionarlos. De cuclillas, retira la manta térmica de uno de ellos. “Por Dios, si sólo es un crío”, piensa mientras descifra unos rasgos juveniles en el rostro hinchado. Traga saliva y aprieta los labios. Busca en los bolsillos algún papel u objeto que le permita identificar el cadáver. Nada. Abre el anorak y se da cuenta de un bulto en el pecho. Lo cachea y saca una bolsa negra chorreando de debajo de la sudadera. Se sienta en el suelo y extrae de ella una cuchilla de afeitar, una muestra de colonia con nombre en francés, unos zapatos de cordones y un paquetito envuelto en papel de aluminio…
Joder, droga. Todos son iguales...

viernes, 19 de julio de 2013

RAMADÁN MUBARAK (postales desde Tánger)


¡Qué ganitas tenía de pisar tierra mora! ¡Qué ganitas de caminar por sus callejones, ver sus rostros y oler sus aromas! ¡Qué ganitas de volver!
Llego el día anterior al inicio de mes de ayuno, el mes de Ramadán, y en seguida me envuelven sus efluvios de salitre, orín y especias. En seguida me dejo llevar por los aires morunos y, recorriendo su perfil redondo, llego a su puerto viejo y a su zoco. ¡Qué recuerdos! Callejuelas estrechas atestadas de gentes, de carromatos, de mercancías, de fruta, de cerámica, de cuero, de deliciosos y elegantes kaftanes bordados con hilo de oro y de plata y de filigranas de pasamanería, de cristales, de lentejuelas. 


Entre tantos hombres y mujeres, alguien me empuja. Unos ojos negros de mujer se funden en mi mirada y un conocido y familiar sonido de dialecto penetra en mis oídos y en mi garganta y me saca las primeras palabras en árabe: ma kein mushkil (no hay problema). Un rostro extrañado, unas pocas palabras en árabe, ana attakalamu al-lugat al-arabiya shu'iya, una sonrisa y me arranco a hablar. Y me entiende. Y me pregunta. Y le respondo. Y me doy cuenta de que, después de tantos años, no lo he olvidado. Sigo mi deambular por aquellas calles de juventud y me tropiezo con los restos de un pasado fructífero y esperanzador. Y me siguen admirando los puestos de especias. Hay algo mágico, de esotérico y de atávico en esos montones de polvos de colores tan de la tierra y aromas tan profundos.


Vivo el primer día de Ramadán como una cuaresma cristiana. Se nota en las calles y en los rostros. La vorágine del día anterior, con las tiendas abiertas de par en par hasta las tantas de la madrugada, con los comerciantes gritando sus productos y vendiéndolos con agilidad y picardía, 


con las motillos y las camionetas zigzagueando para no llevrase por delante los puestos, con los cafetines llenos de cuerpos ociosos y miradas atentas, ha desaparecido y, en su lugar, solo veo persianas echadas, calles semidesiertas y el silencio. Tardarán en abrir, me dice alguien a mi espalda, en un exótico castellano. Ya sabe, Ramadán. Sonrío. Ramadán mubarak, respondo llevándome la mano al corazón, ma'a salama. Me encanta ver esos ojos extraños extrañados cuando oyen a alguien extranjero hablar su propia lengua. Sigo mi recorrido tantas veces andado y recordado. Hace calor y pienso en ellos. En ayunas. Sin poder comer ni beber nada, ni siquiera un vaso de agua. Sin fumar. Sin sexo. Sin pensamientos impuros. Me tropiezo con puestos de pastelillos para el final del día: montañas de dulces de hojaldre, miel, sésamo, almendra, pistacho. Y ya en el puerto viejo, a lo lejos, oteo un panel verde que publicita una marca de cerveza. Sonrío y camino rápido hacia allí. Restaurante Término. Un ventilador y un viejo camarero me dan la bienvenida. Una cerveza. Me la sirve de espaladas a la puerta en una copa envuelta con una servilleta de papel. Fría, muy fría. Y prohibida, muy prohibida (por partida doble, por el alcohol y por el Ramadán). No sé qué adjetivo me provoca tantas endorfinas en ese momento.
El Ramadán se hace más hiriente en el maqha Hafa, desde donde se divisa el estrecho y la península, desde donde muchos jóvenes empiezan a maldecir su presente y a tejer su futuro europeo, tal y como lo novela Mathias Énard en su Calle de los ladrones). Y allí, sola, con mi sha'i bi nana y el sol a punto de esconderse, yo también reflexiono sobre mi futuro. Mar, té con menta, silencio y futuro. ¿Qué más quiero? De nuevo, las endorfinas...

El iftar, la ruptura del ayuno, llega con la voz metálica del almuédano, Al-lahu Akbar, y de nuevo me vuelvo a reconciliar con esos sonidos entre sinuosos y cortantes que aprendí e interioricé en mis años mozos. Me gusta oír esa breve oración mientras se desliza por los tejados y las antenas parabólicas mientras yo hago lo mismo por las calles que bajan al puerto. El final del ayuno, especialmente el primer día, se vive como un Barça-Real Madrid: calles desiertas y silenciosas, bares llenos y algún que otro grito que sale de las casas, a modo de celebración. Pero, en vez de cerveza, pepito de ternera y bravas, harira, bastela y dulces. Las plazas y los rincones vuelven a ser hervideros de gentes que ya han pasado el primer mal trago del ayuno, nunca mejor dicho. Vuelvo a oler a tabaco y a comida, a ajetreo y a seducción.
Tánger me seduce y no sé bien por qué: por lo que fue, por lo que es o por lo que no quiere o no puede ser. Abandono, suciedad, decadencia, pobreza. Edificios a medio construir, fachadas a medio pintar y sueños a medio camino entre la realidad y la pesadilla. La bahía me abraza y vienen a mi mente otras bahías llenas de luz y música, otros puertos llenos de actividad y poderío. Y, a pesar de la luz de su sol y de su arena, a pesar de su belleza, de su esplendoroso pasado, Tánger permanece oscura, triste y fea. 

No como Assilah, la hermana pequeña de Tánger. Blanca, muy blanca, y azul muy azul.


Abierta y luminosa.





 

Llena de arte y de tradición


Llena de originalidad y de creatividad.


 Llena de color y de ideas.




Assilah es bella. Assilah invita al recreo y a la alegría, al recuerdo y al futuro.

Tánger, refugio de artistas, ciudad de contrastes y de contradicciones, de luminosa bahía y de oscuros y sucios portales. Lo tiene todo para ser una gran ciudad: una playa blanca, una medina ancestral, modernas avenidas, un puerto comercial y otro que no se sabe qué será, ¿deportivo?, ¿pesquero? Pero lo mejor que tiene es su ubicación, está situada en una zona privilegiada. Tánger, puerta de África, pasillo hacia Europa, ventana al Atlántico, muy cerca del Mediterráneo.
Tánger, ciudad de pasado glorioso, de presente indefinido y de futuro... ¿Qué futuro le espera a esta ciudad? 


Acabo de volver de allí y todavía huelo a sal, los colores permanecen en mi retina, las especias ya están en mi cocina. Y, de momento, las endorfinas siguen intactas.

Fotos de PedroClick http://pedroclick.blogspot.com.es/

viernes, 15 de marzo de 2013

ADIÓS



Hoy pensaba escribir sobre los hombres, sobre sus particularidades como género humano, sobre sus manías, sus miedos mal disimulados y sus paranoias peor gestionadas. Hoy pensaba reírme con ellos (no de ellos, no, ¡eso nunca...!). Hoy pensaba reír mientras escribía, pero... hoy se me ha roto el alma.
¿Se acuerdan de esa letra sevillana que decía “Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”?
Se me ha muerto un amigo y, sí, algo se está muriendo en el alma.
Se me ha ido un amigo y, con él, se ha ido parte de mí, la que viví con él.
Se me ha ido un amigo y, contigo, amigo, se ha ido nuestra historia, una historia que empezó allá por 1998 (Dios, cómo pasa el tiempo), cuando nos conocimos en el instituto de Llavaneres y, sin darnos cuenta, sin saber ni cómo ni por qué, empezamos a compartir pizzas y esperanzas.
Se han ido esas comidas a medias en las que, poco a poco, muy poco a poco, nos fuimos conociendo: yo, urbanita de pro, pija, amorrada a un tubo de escape; tú, para qué vamos a engañarnos, más de campo que las amapolas. Yo, de letras puras; tú, de ciencias puras. Yo, extrovertida; tú, tímido como una cosa mala. Yo, bajita, rechoncha y morena; tú, alto, delgado y rubio. ¿Qué podíamos tener en común? Nada. Sin embargo...
Se han ido esas conversaciones, íntimas, casi confidencias, casi secretos. Tú me hablabas de tus excursiones y de tus proyectos. Yo te hablaba de mis letras y de mis sueños. Tú me hablabas de animalitos y plantas. Yo te escuchaba y aprendía. Tú me hablabas de tus quiero pero no puedo; yo te daba la paliza con miks amores y desamores. Y no dejábamos de mirarnos.
Se ha ido aquella cena de codornices con pétalos de rosas, en la terraza de Encarna, ¿te acuerdas?, emulando el sensual capítulo de Como agua para chocolate, esperando ansiosos los eróticos efectos de tan curiosa combinación. Nada de nada. Pero las risas que nos echamos bien valieron aquel intento culinario.  
Se han ido esas noches de baile y ese bañito en la playa a la luz de la luna. 
Se han ido esas sesiones de cine, esos encuentros literarios en los que el arte, la cultura y la gastronomía formaban un todo compacto: letras, música, buena comida, buena bebida y tu sonrisa. Sin fisuras.
Se han ido esas palabras de admiración hacia la montaña (una de tus pasiones), esas palabras de excitación y de riesgo (cuando me dijiste que te ibas a no sé qué coño de montaña en la zona de Cashmire, en la India, en pleno conflicto político. Te lo confieso: estuve preocupada hasta que volviste. Pero nunca te lo dije), esas palabras de huida cuando me dijiste que te ibas a la Patagonia a cuidar tortugas (¿o eran focas?) y me preguntaste si quería acompañarte... (le digo yo a mi jefe que me pido una excedencia para ir a cuidar focas y me hace fimar el finiquito ya)
Se han ido esos paisajes que tanto buscabas y que, de vez en cuando, encontrabas. Se han ido esas imágenes que captabas a través de tu objetivo. ¿Y tus objetivos? ¿Dónde se fueron tus objetivos?


Del Pirineu al mar de Eloi Figueras Trouwborst de Mataró (Barcelona)
Lugar: Cim del Costabona
Descripción: El mar al Golf de Roses des del Costabona

Se han ido esas paellas marineras en Can Margarit de Mataró. Cómo disfrutábamos. Cómo degustábamos la comida, el pan con tomate, la ensalada. Nos conformábamos con muy poco y cuánto bien nos hacía. Cómo reíamos (especialmente, después de una botella de vino turbio) cuando venía el dueño porque te confundía con alguien conocido. Desde que tú me enseñaste ese rincón casi a la orilla del mar, tengo que decir que, en plena canícula, mi santo (que coincide con el santo y el cumpleaños de mi madre) lo celebramos siempre allí. Y cada vez que voy, te busco.
Se han ido la ilusión y la sorpresa que sentí al verte en la fiesta de mi cuarenta aniversario.
Se han ido esos paseos por Mataró durante Les Santes.
Se han ido aquellos encuentros en Barcelona en los que hablábamos de sueños y esperanzas.
Se han ido esos detalles nuestros, solo nuestros: aquellos largos en la piscina, en pleno invierno (qué vergüenza pasé ante ti); aquella rosa que jamás me regalaste; aquella comidita en tu casa; aquel abrazo; aquel mordisco de pizza de albahaca... ¡Qué fácil era agarrarse a ellos para seguir sonriendo! ¡Qué sencillo resultaba dejarse llevar por ellos para seguir viviendo! Pero tú no supiste hacerlo, no pudiste hacerlo....
Se ha ido aquel viaje a Marruecos con tus amigos de la UEC (Unió Excusionista de Catalunya). ¡Dios, qué bien me lo pasé! Recorrimos el país de norte a sur en una camioneta cochambrosa. Se ha ido aquel deambular por tierras morunas a tu lado, en la camioneta a tu lado, en aquellos albergues del Atlas a tu lado, entre risas y mapas. Se han ido los bailes en la casa de Alí el Cojo y los paseos por los zocos. Se han idos esas noches en tienda de campaña rodeadas de bichos (yo, urbanita de pro...) en Souss Massa. Yo, con mi Sansonitte, hecha toda una pija; tú, con tus pantalones estampados y tus calcetines, que ya caminaban solos. Se han ido los tés morunos y las llamadas del almuédano. Marruecos no volverá a ser lo mismo sin ti.
Porque te has ido.
Ya no volveré a ver tu cielo estrellado.
Ya no volveré a disfrutar de tu pequeño huerto.
Ya no volveré a escuchar tu voz leyendo alguno de mis poemas.
Ya no volveré a recibir ninguna postal de tus viajes.
Ya no volveré a recibir ningún correo tuyo preguntándome cómo me va la vida.
Yo ya no volveré a...
Demasiado dolor.
Demasiadas preguntas.
Demasiada tristeza.
“Algo se muere en el alma cuando un amigo se va” y siento mi alma vacía, desolada, llorosa, rota.
 Eloi Figueras Trouwborst
Te has ido, Eloi, amigo, y no te has despedido de mí.
Te has ido y yo me he quedado aquí.
Te has ido y te has llevado un trocito de mi alma. Y me duele lo que queda de ella.
Te has ido y no sé qué sentir. Dime tú qué tengo que sentir:
Tristeza, porque ya no estás.
Alivio, porque ya has dejado de sufrir.
Enfado, porque no has pensado en los que te hemos querido, en los que te hemos acompañado en algún tramo de tu vida.
Rabia, porque no viste todo lo bueno que había cerca de ti: tu familia, tus amigos, tus hobbies, tu trabajo.
Te has ido.
¿Alguien me puede enseñar cómo debo soportar tu ausencia, ahora para siempre? ¿Alguien me puede decir cómo puedo digerir tus silencios, ahora eternos?

sábado, 23 de febrero de 2013

EL AMANTE

(Dicen que es)
Frágil,
misteriosa
y sensual
como una mujer.

(Pero yo creo que tiene)
Esencia masculina,
poderosa,
arrogante,
fuerte,
orgullosa.

Se presenta ante mí
como un amante.

Me va envolviendo poco a poco
como sus ancestrales alfombras
bordadas de historias y secretos.


Me va seduciendo
con los aromas,
los colores,
los sabores...

Me va embaucando
y va desnudando mi alma.
Se me ofrece,
generoso,
paciente,
seguro de su encanto.

Y yo me dejo llevar...

Cada rincón
–desde la Gruta de Hércules en Tánger
hasta las Murallas de Tiznit,
desde el puerto de Essaouira
hasta el albergue de Alí el Cojo en Erg Chebbi-,
es una caricia nueva.



Cada instante con sus gentes
es una mirada nueva.

Y cada vivencia,
un beso:
cada rosa de El-Kelaa M’Gouna,
un sorbo de sha’i bi nana,
cada paseo azul por Chefchauen,
cada zumo de naranja en la Jama’ el-Fna’,
una gota de aceite de argán,
un baile en el desierto de Merzouga,
cada Aid al-Kabir,
cada palabra que aprendo
es un beso.

Un nuevo beso.

Durante el día,
a plena luz del sol,
es abierto,
sonoro,
alegre;
en la oscuridad,
al caer la noche,
ese beso es
callado,
húmedo
y profundo.
Y me dejo llevar...

Cierro los ojos y oigo
las voces de mi amante:
el rumor de las olas
desde las murallas blancas de Assilah;
el murmullo laberíntico del zoco de Fez;
la llamada del almuédano
en el silencio de cualquier kasbah;
la música de los cafetines
en cualquier callejón;
las risas femeninas
que proceden de las azoteas
salpicadas de la gran luna llena parabólica,
las bromas y las triquiñuelas de los niños
de manos ágiles y miradas negras.

Vuelvo a mi amante esencial,
puro,
genuino
y recorro sus perfiles
con los cinco sentidos
para no olvidar ningún detalle,
para poder aprenderlo de memoria
y evocarlo
y soñarlo
en la distancia.

Y mi amante sigue hablándome
y seduciéndome sin compasión,
convencido de su poder,
seguro de su fuerza,
sabiendo que nunca podrá ser mío completamente,
sabiendo que hace tiempo yo soy suya
porque,
nada más besar su playa,
hace ya más de diez años,
se apoderó de mi alma...

Foto de Pedro Click  http://pedroclick.blogspot.com.es/


domingo, 28 de octubre de 2012

PIPÍ-CACA (o el arte del buen viajero)


El jueves pasado fui a cenar a casa de mi amiga Montse: exquisitos quesos para untar, sabrosas aceitunas, encurtido de alcachofa, estupendas croquetas de boletus, vino, cava y un delicioso tajine de pollo y dátiles, sin duda alguna el plato ideal para una velada en la que los viajes y las dunas serían los únicos protagonistas.
En torno a esa mesa nos reunimos seis amantes de los kilómetros y de las aventuras, seis viajeros -que no turistas- con nuestras mochilas a la espalda, mochilas llenas de experiencias, culturas, paisajes, lenguas, amigos y un montón de anécdotas. En torno a esa mesa, hablamos de Marruecos, de Costa de Marfil, de Tumbuctú, del Sáhara..., reímos, contamos, recordamos y planificamos nuevos viajes. Y así, entre platillo y platillo, entre anécdota y anécdota, los seis estuvimos de acuerdo al afirmar que, para viajar, hay que abrir las mentes y activar varios resortes o chips: el chip de la tolerancia, el chip de la capacidad de adaptación y el chip del humor, mejor dicho, el chip de saber reírse de uno mismo. Sólo así, los peores momentos (momentos desagradables, inesperados, violento, comprometedores) en un entorno desconocido (no voy a decir hostil porque tampoco es para tanto) se convierten en un simple pasaje de nuestro gran libro de viajes, un motivo de risas en futuros encuentros.
Recordé aquel viaje de fin de año por Marruecos. Viaje inolvidable con mi hermana y mi cuñado y más gente. Noche del 31 de diciembre, desierto de Merzouga, jaimas, alfombras, dátiles, cava caliente y tajine de cordero y verduras. También recordé el viaje a China y aquel momento histórico en la Ciudad Prohibida (Véase entrada “Popó” del 4 de febrero de 2012).
Otra vez, también en Marruecos, en Rabat concretamente, haciendo un curso de lengua árabe, en la residencia de estudiantes, me entró un apretón. Puse en marcha la “Operación Popó”: toallitas higiénicas, papel higiénico y mi Marie Claire, por supuesto. No me acordaba que los váteres, allí, son simples agujeros en el suelo, con tan mala suerte, además, de que el retrete donde entré tenía el pestillo un poquito suelto (los otros dos estaban ocupados). Y allí me ven, de cuclillas, en una postura un tanto forzada, procurando que mis pantalones no tocaran ni un centímetro del suelo sucio, manteniendo un difícil equilibrio, con una mano aguantando las toallitas, el papel y mi glamourosa revista (mi glamour se estaba yendo por el maldito agujero), alargando la otra mano intentando sujetar la puerta para que nadie la abriera desde fuera y fuera testigo de tan lamentable postal...
Y en otra ocasión, viajando con dos conocidos (lo reconozco, Marruecos me puede, me iría allí hasta con el mismísimo diablo. Lo bueno de aquella excursión es que uno de ellos acabó siendo más que un conocido... hasta ahora. Y que dure) por todo Marruecos en Lada, aterrizamos en un camping perdido en pleno Atlas. Aquí descansaremos. Vale. Yo odio el camping pero por mi Marruecos hago lo que sea. Me tiene tan subyugada que tengo publicado un escrito titulado "Marruecos, la esencia" (http://elpais.com/diario/2005/10/15/viajero/1129410492_850215.html)
Problem, nos dice el encargado, no agua. ¿Cómo? ¿Y cómo me lavo los dientes? ¿Y para ir al lavabo? ¿Tualet? El hombre me señaló una zona de cedros. Supongo que se imaginarán las risas de aquellos dos conocidos compañeros de viaje. ¡Ni una risa! ¡Ni una palabra! Vosotros, ni miréis, les decía mientras, muy digna yo, me dirigía hacia los cedros con mi rollo de papel higiénico y mi revista de turno. ¡Que no miréis! ¡He dicho que no miréis! ¡Como miréis, os las cargáis!, iba yo gritando en cuclillas, intentando concentrarme en mi tarea. La cuestión es que, tan pendiente que estaba yo de que mis colegas no me miraran, no me di cuenta de que una columna de niños uniformados a lo boyscout se iba acercando por mi izquierda. Me quedé helada. Allí estaba yo, en esa postura tan incómoda y tan comprometedora -vamos, con el culo al aire, para qué andarse con rodeos-, convertida en el blanco de las miradas de reojo y las risillas de esos niños que, sin volver la cabeza y con paso marcial, iban desfilando ante mí. No sé si aquella imagen les traumatizó pero a mí se me quitaron las ganas de todo...
O cuando hice una travesía en velero y, después de varios días de estreñimiento, tuve que pasar de mis escrúpulos y de mis prejuicios, coger mi revista y meterme en esos pocos metros cuadrados mientras los demás tripulantes podían oír perfectamente todo lo que hacía. Durante aquel primer viaje en velero (una gran oportunidad para ponerse a prueba uno mismo) comprobé que todos tenemos nuestras manías y costumbres al ir al lavabo, que todos hacemos ruiditos, que todos necesitamos nuestro tiempo y nuestros rituales y que no pasaba absolutamente nada. Y dicen que la muerte es lo que nos hace iguales. ¡Ja! Lo que nos hace verdaderamente iguales es el hecho de ir al lavabo, en otras palabras, mear, cagar y pedorrearse.
Pero, donde pasé más vergüenza fue en una estación de servicio, en un viaje de fin de curso. Yendo hacia Italia en autocar en pleno mes de junio, después de beber mucha agua y con la vejiga a punto de reventar, nada más parar. Me fui corriendo hacia los lavabos. ¡Qué alivio!, pensé al sentarme en la taza blanca. Debía de estar llena, llena, porque aquella micción parecía no tener fin. ¡Joder, quién está meando así!, oigo decir a una de mis alumnas. ¡Qué corte! Contraje los músculos en un intento vano de interrumpir mi tarea. Imposible. La naturaleza es muy sabia. ¡Pedazo meada!, vuelvo a escuchar al otro lado de la puerta del retrete. Identifico la voz. Se la tengo jurada. No puedo hacer nada por parar. Realmente, estaba a tope (¿no les ha pasado nunca? Qué suerte). ¡Joder, si parece un elefante! Muerta de vergüenza, dejé caer las últimas gotas. Qué bochorno. Cómo iba a salir de allí. ¡Parece que el hipopótamo ya ha acabado de mear y el nivel de los ríos ha subido un doscientos por ciento! Bueno, eso era el colmo. Con la cabeza bien alta, abrí la puerta del retrete. ¡Joder, la tutora!, soltó al unísono aquel nutrido grupo de alumnas que todavía seguía allí, como esperando a ver quién era la propietaria de tan tremenda meada. Completamente cortadas, les solté: ¿Qué pasa?, ¿acaso nunca habéis visto un hipopótamo en un lavabo? Pues es la cosa más normal del mundo. No sabéis lo que os perdéis... Y así, mudas y avergonzadas, se quedaron mis chicas mientras yo, tierra trágame, salía de allí como buenamente podía.

Y así transcurrió la velada del jueves pasado, evocando excéntricos momentos, riendo las ocurrencias y soñando con volver a viajar. Por cierto, aquí les dejo la dirección de uno de ellos, experto en viajes por África subsahariana kongooccidental.wordpress.com.