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lunes, 22 de abril de 2013

¡FELIZ LECTURA! ¡FELIZ SANT JORDI! ¡FELIZ ENCRUCIJADAS!

 I


Blanca se volvió por enésima vez. Sumida en un intermitente e incesante vaivén entre el sueño y la vigilia, quiso refugiarse en el calor del cuerpo de su marido, pero, al hacerlo, el brazo aterrizó, indolente, en ese lado de la cama todavía intacto. Lo palpó a tientas y, al abrir los ojos para cerciorarse de la ausencia, sólo vio los números del despertador que caían, rojos, refulgentes, amenazantes, en su negra realidad: las dos y cuarto de la madrugada.
En su inquieto duermevela, se retorció por debajo de ese apacible mar de flores y espigas de cretona pero, como ya hacía varios jueves, se encontró en medio de un gélido, silencioso y oscuro océano. En un intento de llenar ese vacío, se abrazó a la almohada de su marido pero tan sólo percibió el rastro de aquel aroma masculino que tanto le atraía y que hacía tiempo había empezado a desaparecer. Ya desvelada, volvió de nuevo a su sitio e, incorporándose, encendió la lámpara de la mesita de noche con la intención de leer un rato. El parpadeo de la breve luz de su teléfono móvil llamó su atención: “Esto va para largo...” La reunión. Hubiera querido esperarlo despierta. Siempre lo hacía. Y aquella ocasión bien valía la pena. Por Ernesto. No siempre el marido de una podía salir elegido número uno en las listas para las próximas elecciones municipales. Pero el sueño había podido más que la curiosidad. Pobre Ernesto. Meses y meses trabajando duro, intentando demostrar a los del partido que él era la persona idónea para ese puesto, mucho tiempo intentando convencerlos de que él podía ser un buen alcalde y no sólo por su apellido. Pobre Ernesto. Pobre ella, también. Meses y meses aguantando sus ausencias, sus respuestas ariscas y su eterna preocupación por conseguir lo que se había propuesto; demasiadas semanas intentando permanecer siempre en un segundo plano, discreta, paciente, en un frágil equilibrio entre la admiración y el sacrificio, la complacencia y el cariño. Ése era su papel y lo aceptaba sin reparos. Sabía que lo importante era él y lo quería por eso. Volvió a mirar el móvil: ni una llamada. Se le habrá olvidado. No pasa nada. Sabía perfectamente que, fuera cual fuere la decisión tomada, su vida estaba a punto de cambiar. Demasiado tiempo esperando el momento. Y parecía que el momento, por fin, había llegado. Volvió a mirar el despertador. Las dos y media. Cómo odiaba aquellos números encarnados y brillantes que delataban y dilataban esa sensación de abandono que se negaba a aceptar. No pasa nada. De nuevo, se le cerraban los ojos y, por un segundo, vio a su marido triunfador. No pudo evitar sonreír mientras echaba una ojeada a su alrededor: cuánto tiempo había pasado desde que entró por primera vez en aquella habitación, cuántas anécdotas vividas, cuántas ilusiones puestas. Apagó la luz. De nuevo en la oscuridad, un inesperado escalofrío recorrió su cuerpo. Se encogió entre los pliegues de las sábanas y, en ese preciso instante, la cama le pareció más grande, más fría, más vacía que nunca.

Ernesto abrió la puerta del dormitorio con sigilo y vio el cuerpo de Blanca levemente iluminado por un haz de luz procedente del distribuidor. Qué manía tenía de destaparse en mitad de la noche, con el frío que hacía a esas horas en la calle. Entró de puntillas y buscó la hora en el despertador digital. Las tres y diez. Qué tarde se le había hecho. Con la de cosas que tenía que hacer al día siguiente. Para no hacer ruido y despertarla, se fue quitando la ropa con cuidado, sin perder de vista la silueta dormida que tanta lo atraía, y, ligeramente excitado, se metió en la cama. Ya era viernes.
—Lo he conseguido. —Dejando fuera el crudo enero, Ernesto se había acercado por detrás al cálido contorno de su mujer y la abrazaba con todas sus fuerzas.
—Estaba preocupada por ti —musitó Blanca, acoplándose como una gata coqueta al perfil cóncavo de su marido al sentir aquel roce inesperado.
—Lo siento, cariño; se me ha echado el tiempo encima —le decía al oído mientras su rostro desaparecía en la melena de ella—. Qué bien hueles.
—Tendrías que haberme llamado. —Aquella susurrante voz femenina, en la penumbra, sonaba cálida, dulce, y eso lo encendía todavía más. Con un movimiento certero de pelvis, Ernesto se pegó con decisión a la espalda y le apretó los pechos con ímpetu—. La próxima vez, dime algo, aunque sea sólo un mensajito.
—Ya sabes cómo son los del partido. Se han empeñado en celebrarlo... —La mano de Ernesto se deslizaba de arriba abajo por debajo del camisón de seda siguiendo la senda trazada del cuerpo de Blanca hasta acabar debajo de las bragas y, mientras adivinaba en la oscuridad los recovecos más ocultos, sentía cómo ella, soñolienta, se retorcía sinuosamente dejando escapar breves jadeos —. Lo he conseguido, cariño.
—Lo sabía. No sabes cuánto me alegro. —Blanca se volvió sobre sí misma y se acurrucó contra el torso de su marido. Con los ojos completamente abiertos y una amplia sonrisa, buscó el rostro de él y empezó a cubrirlo con pueriles, breves y suaves besos mientras le daba la enhorabuena—: Felicidades, te quiero, eres el mejor, te quiero, el más guapo, te quiero...
Ernesto permaneció quieto, sonriente, dejando que su mujer lo besara y lo abrazara como una adolescente hasta que, como impelido por un resorte automático, de golpe, se separó de ella y, serio, la miró fijamente.
—Es viernes. —La besó con fuerza, metiéndole la lengua en la boca y, en un movimiento ágil y un tanto brusco, se puso encima de ella. Blanca cerró los ojos. No le apetecía hacer el amor. Prefería hablar con él, abrazada contra su pecho, que le contara cómo había ido lo reunión, qué había pasado, qué le habían dicho, qué iba a pasar desde ese momento. Pero no dijo nada. Nunca decía nada. Simplemente, cerraba los ojos y se iba. Como cada viernes.
—Qué ganas tenía de follarte. —Ernesto, más activo, más viril que nunca, le mordía los pezones por encima de la suave seda e intentaba deshacerse del camisón con torpes gestos mientras su esposa se dejaba hacer—. Qué ganas...
Con falsa impaciencia, Blanca acabó quitándose las bragas y con su marido de rodillas sobre la cama encima de ella, aprisionándola con las piernas, esperó que la embistiera como hacía cada viernes por la noche. Sin embargo y contra todo pronóstico, Ernesto se quedó quieto, erguido ante su mujer mientras ella sentía en la piel los ojos ávidos del flamante candidato a alcalde cuya respiración, cada vez más agitada, iba rasgando poco a poco el silencio de la noche. Blanca mantuvo la mirada en contrapicado y, tumbada ante él, en esa posición entre sumisa y solícita, por unos segundos, lo admiró: con ese cuerpo masculino apenas esculpido a golpe de mancuerna; el pecho henchido, varonil y tatuado con breves segmentos de una tímida luna que ya entraba por las rendijas de la persiana, el miembro erecto apuntándola desafiante y todos los músculos en tensión, aquel hombre se le antojó, por un momento, un auténtico coloso y, durante otro rápido instante, recordó todo lo que aquella misma imagen, un tanto soberbia pero muy de hombre, le había provocado en los primeros meses de casada. Lástima que aquello durara tan poco y que en tan poco tiempo descubriera en qué acababa ese alarde de sexual hombría: el simple, mecánico y previsible quehacer de los viernes. Al principio, pensó que era culpa de ella pero prefirió no decirle nada. Más tarde, se planteó la posibilidad de que fuera de él y consideró prudente no decirle nada. Con el paso del tiempo, impelida por la costumbre y la desidia y amparada en la fantasía, resolvió no hacer nada para recuperar aquellas primeras noches de amor. Así, más de ocho años. Nunca se atrevió a explicarle lo que sentía o, mejor dicho, lo que no sentía. Pero a ella no le importó. A ella ya le iba bien. Era feliz porque lo quería, lo quería mucho, era su esposa y eso era lo único que contaba.
—Por fin lo he conseguido. —En aquellos momentos, lo vio como un héroe, alguien capaz de elevarla a las cotas más altas del placer y de la felicidad; sin embargo, desengañándola para siempre de ese idílico oasis con final feliz, el candidato se abalanzó sobre ella y, sin caricias, sin susurros, sin una maldita palabra que la excitara mínimamente y facilitara el trámite, la penetró. Y ella lo encontró más grande, más fuerte, más duro que nunca. Volvió a cerrar los ojos, suspiró y se abandonó a él mientras buscaba en su mente a aquél que la ayudaba a sobrellevar mejor la obligación marital, como le decía su madre. ¿Cómo se llamaba la película? La del joven que seducía a la protagonista madura. Mientras Ernesto la empujaba una y otra vez, demostrando un brío y una inspiración inusitadas, Blanca recreaba la escena en la que él, el amante sin rostro ni nombre, se encontraba con la respetable mujer, felizmente casada, y, en ese anonimato que podía conferir un bar repleto de gente, la ponía a mil con una mirada profunda, con palabras deliciosamente obscenas que la hacían sentir la más atractiva y experta entre todas las mujeres, con caricias no por suaves menos indiscretas, mordiscos en el cuello, proposiciones impensables... Eso sí que la ponía cachonda y, aunque se lo negaba como un terrible secreto, era su refugio y su salvación la noche de los viernes. En su mente reinaba aquella escena de la película, algo sobre la infidelidad, sin identidades ni voces: sólo un cuerpo femenino que quería volver a sentir y que alguien lo sintiera, sólo un cuerpo masculino que la seducía, la excitaba y la poseía. Así, con los músculos, cada vez más tensos, de su marido encima de ella y el crucifijo que subía y bajaba acompasadamente en el espejo del armario, la mujer del flamante candidato suspiraba de vez en cuando y aguardaba. Ése parecía ser su único cometido: esperar la gran exclamación final masculina acompañada del previsible, brusco y preciso movimiento de retirada a tiempo que le permitía presenciar cómo la inteligencia, el carisma, el saber hacer de su admirado Ernesto se derramaba, caliente, viscoso, blanquecino, sobre el vientre mientras permanecía quieta, como si la cosa no fuera con ella. Como cada viernes. Y ya le iba bien.
—Mi sueño, por fin, hecho realidad —pronunció Ernesto, todavía desnudo, cogiéndola por el hombro, al tiempo que se lo acariciaba cadenciosamente; ella, después de haberse limpiado con una toallita húmeda y con las bragas y el camisón puestos, jugueteaba con los caracolillos del vello del pecho. Debía faltar poco para que amaneciera y el dormitorio olía a semen. Blanca seguía oyendo las palabras de su marido como una melodía cada vez más lejana: A partir de mañana... Blanca se acordó de cuando lo conoció, qué joven era ella, qué inexperta y qué inocente. Te necesito a mi lado... Lo reconocía, él se lo había enseñado todo. Él la había moldeado a su gusto, había sido el primero y ambos sabían perfectamente que sería el único. Estaré muy ocupado… Y era consciente de que ese pensamiento, a su marido, le volvía loco de pasión. Cuando esto haya pasado... Y ella aprendió muy rápido y muy bien. No te preocupes por nada… Sabía que no había nada por qué preocuparse. Mañana viernes me despido de los de la asesoría… Él siempre estaba allí. A decir verdad, en los últimos meses, no tanto, pero era comprensible. Ella también estaba siempre a su lado, dispuesta, esperándolo. La comida y luego... Lo tenía todo. Te quiero, le susurró él, como cada viernes. Qué más podía desear.
—Yo también te quiero, cariño.

¿Te gusta?, ¿quieres leer más?, ¿quieres saber cómo irá?


Encuentra el libro en 
http://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_noss?__mk_es_ES=%C5M%C5Z%D5%D1&url=node%3D827231031&field-keywords=mamen+gargallo+encrucijadas&x=17&y=22 

y ¡feliz lectura!




sábado, 2 de marzo de 2013

DE LA PASIÓN A LA DES-ESPERANZA (4 sonetos de amor y de desamor)

NIÁGARA

Musa que sin cesar mueres y naces
-un espejismo que nunca me engaña-,
me seduces y dejo que me abraces
mariposa tú con tu tela de araña.

Niágara me haces cuando me deshaces
con tu lengua de fuego en mis entrañas;
inútil, intento seguir mis cauces
sin parecer ante mí una extraña:

beata, te adoro; beoda, te anhelo.
Mente y cuerpo, víctimas del seísmo
que se produce con tu primer beso.

Un solo símbolo, una duda, un secreto.
Me precipito en tus negros abismos
y me dejo llevar por el deseo.



ESE INFINITA

Oteo el horizonte, ese infinita,
desde un rincón de este finito mar;
cual sirena, acelero el navegar
venciendo olas de hilo sin cuita.

Beso la playa que a volver invita,
pruebo la sal que me hace vibrar,
descubro tesoros de jade y ámbar
y dejo en la arena mi voz escrita.

Exhausta, sigo las rutas del viento,
recorro los nemorosos perfiles
y mi boca se desnuda de aliento.

Letra sinuosa cuando -en el intento-
yo, amasijo de miembros serviles,
aspiro a traducir un sentimiento.


PUZZLE

Dudas, como cristales, del ayer
se clavan en heridas que supuran;
culpas que agudizan la ruptura
y crean excusas para volver.

Inseguridad que, sin pretender,
me empujan a una soledad futura;
temores que desmontan mi estructura
y eclipsan cualquier atisbo de placer:

Son piezas sueltas de este corazón
roto, débil y desesperanzado,
con el tiempo como solo aliado.

Busco en los recuerdos una razón,
ensayo una sonrisa ante mi hado
y espero, serena, lo inesperado.




CRONOS

Buen ungüento que sana la herida,
salvaje eco que acalla voces,
suave espuma que amortigua los roces,
sombra que pasa desapercibida.

Dios amante que, por fiel, se descuida,
piedra molar que no afila las hoces,
granos de arena que caen veloces,
azogue deslizante de esta vida.

Oh, titán, hijo pequeño de Urano,
descendiente de la maternal Gea,
devorador insaciable y ufano,

equino y esquivo esposo de Rea:
cógeme, no me sueltes de tu mano,
haz que este único viaje feliz sea.

sábado, 15 de septiembre de 2012

ENCRUCIJADAS, MY FIRST KINDLE BOOK



Blanca está convencida de que lleva un apacible, cómodo y feliz matrimonio con Ernesto, dueño de la empresa familiar “AdeA Asesores de Almenara”, quien, siguiendo los pasos de su difunto padre, el legendario y admirado alcalde Ernesto de Almenara, ha sido nombrado candidato al consistorio para las próximas elecciones municipales.
En el primer acto de campaña, la inauguración de una bodega, situada en una zona objeto de deseo y especulación de constructores y políticos, conocerán a Ari, la joven que ha alquilado el local para poner en marcha su negocio “Modus Vivendi De óleos y espíritus”.
Con el entramado político de fondo, la bodega y su nueva “dueña” pondrán a prueba a sinceridad de tan idílico matrimonio, la honestidad y la lealtad del alcalde, e, incluso, la sexualidad de Blanca.

Esta es la sinopsis de Encrucijadas, mi primera novela, mi primer kindle book. Lo encontrarán en Amazon.es, en los siguientes enlaces:

http://www.amazon.es/ENCRUCIJADAS-ebook/dp/B009991H5A/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1356168377&sr=1-1

Y, como regalo, les adelanto el primer capítulo:




 I


Blanca se volvió por enésima vez. Sumida en un intermitente e incesante vaivén entre el sueño y la vigilia, quiso refugiarse en el calor del cuerpo de su marido, pero, al hacerlo, el brazo aterrizó, indolente, en ese lado de la cama todavía intacto. Lo palpó a tientas y, al abrir los ojos para cerciorarse de la ausencia, sólo vio los números del despertador que caían, rojos, refulgentes, amenazantes, en su negra realidad: las dos y cuarto de la madrugada.
En su inquieto duermevela, se retorció por debajo de ese apacible mar de flores y espigas de cretona pero, como ya hacía varios jueves, se encontró en medio de un gélido, silencioso y oscuro océano. En un intento de llenar ese vacío, se abrazó a la almohada de su marido pero tan sólo percibió el rastro de aquel aroma masculino que tanto le atraía y que hacía tiempo había empezado a desaparecer. Ya desvelada, volvió de nuevo a su sitio e, incorporándose, encendió la lámpara de la mesita de noche con la intención de leer un rato. El parpadeo de la breve luz de su teléfono móvil llamó su atención: “Esto va para largo...” La reunión. Hubiera querido esperarlo despierta. Siempre lo hacía. Y aquella ocasión bien valía la pena. Por Ernesto. No siempre el marido de una podía salir elegido número uno en las listas para las próximas elecciones municipales. Pero el sueño había podido más que la curiosidad. Pobre Ernesto. Meses y meses trabajando duro, intentando demostrar a los del partido que él era la persona idónea para ese puesto, mucho tiempo intentando convencerlos de que él podía ser un buen alcalde y no sólo por su apellido. Pobre Ernesto. Pobre ella, también. Meses y meses aguantando sus ausencias, sus respuestas ariscas y su eterna preocupación por conseguir lo que se había propuesto; demasiadas semanas intentando permanecer siempre en un segundo plano, discreta, paciente, en un frágil equilibrio entre la admiración y el sacrificio, la complacencia y el cariño. Ése era su papel y lo aceptaba sin reparos. Sabía que lo importante era él y lo quería por eso. Volvió a mirar el móvil: ni una llamada. Se le habrá olvidado. No pasa nada. Sabía perfectamente que, fuera cual fuere la decisión tomada, su vida estaba a punto de cambiar. Demasiado tiempo esperando el momento. Y parecía que el momento, por fin, había llegado. Volvió a mirar el despertador. Las dos y media. Cómo odiaba aquellos números encarnados y brillantes que delataban y dilataban esa sensación de abandono que se negaba a aceptar. No pasa nada. De nuevo, se le cerraban los ojos y, por un segundo, vio a su marido triunfador. No pudo evitar sonreír mientras echaba una ojeada a su alrededor: cuánto tiempo había pasado desde que entró por primera vez en aquella habitación, cuántas anécdotas vividas, cuántas ilusiones puestas. Apagó la luz. De nuevo en la oscuridad, un inesperado escalofrío recorrió su cuerpo. Se encogió entre los pliegues de las sábanas y, en ese preciso instante, la cama le pareció más grande, más fría, más vacía que nunca.

Ernesto abrió la puerta del dormitorio con sigilo y vio el cuerpo de Blanca levemente iluminado por un haz de luz procedente del distribuidor. Qué manía tenía de destaparse en mitad de la noche, con el frío que hacía a esas horas en la calle. Entró de puntillas y buscó la hora en el despertador digital. Las tres y diez. Qué tarde se le había hecho. Con la de cosas que tenía que hacer al día siguiente. Para no hacer ruido y despertarla, se fue quitando la ropa con cuidado, sin perder de vista la silueta dormida que tanta lo atraía, y, ligeramente excitado, se metió en la cama. Ya era viernes.
—Lo he conseguido. —Dejando fuera el crudo enero, Ernesto se había acercado por detrás al cálido contorno de su mujer y la abrazaba con todas sus fuerzas.
—Estaba preocupada por ti —musitó Blanca, acoplándose como una gata coqueta al perfil cóncavo de su marido al sentir aquel roce inesperado.
—Lo siento, cariño; se me ha echado el tiempo encima —le decía al oído mientras su rostro desaparecía en la melena de ella—. Qué bien hueles.
—Tendrías que haberme llamado. —Aquella susurrante voz femenina, en la penumbra, sonaba cálida, dulce, y eso lo encendía todavía más. Con un movimiento certero de pelvis, Ernesto se pegó con decisión a la espalda y le apretó los pechos con ímpetu—. La próxima vez, dime algo, aunque sea sólo un mensajito.
—Ya sabes cómo son los del partido. Se han empeñado en celebrarlo... —La mano de Ernesto se deslizaba de arriba abajo por debajo del camisón de seda siguiendo la senda trazada del cuerpo de Blanca hasta acabar debajo de las bragas y, mientras adivinaba en la oscuridad los recovecos más ocultos, sentía cómo ella, soñolienta, se retorcía sinuosamente dejando escapar breves jadeos —. Lo he conseguido, cariño.
—Lo sabía. No sabes cuánto me alegro. —Blanca se volvió sobre sí misma y se acurrucó contra el torso de su marido. Con los ojos completamente abiertos y una amplia sonrisa, buscó el rostro de él y empezó a cubrirlo con pueriles, breves y suaves besos mientras le daba la enhorabuena—: Felicidades, te quiero, eres el mejor, te quiero, el más guapo, te quiero...
Ernesto permaneció quieto, sonriente, dejando que su mujer lo besara y lo abrazara como una adolescente hasta que, como impelido por un resorte automático, de golpe, se separó de ella y, serio, la miró fijamente.
—Es viernes. —La besó con fuerza, metiéndole la lengua en la boca y, en un movimiento ágil y un tanto brusco, se puso encima de ella. Blanca cerró los ojos. No le apetecía hacer el amor. Prefería hablar con él, abrazada contra su pecho, que le contara cómo había ido lo reunión, qué había pasado, qué le habían dicho, qué iba a pasar desde ese momento. Pero no dijo nada. Nunca decía nada. Simplemente, cerraba los ojos y se iba. Como cada viernes.
—Qué ganas tenía de follarte. —Ernesto, más activo, más viril que nunca, le mordía los pezones por encima de la suave seda e intentaba deshacerse del camisón con torpes gestos mientras su esposa se dejaba hacer—. Qué ganas...
Con falsa impaciencia, Blanca acabó quitándose las bragas y con su marido de rodillas sobre la cama encima de ella, aprisionándola con las piernas, esperó que la embistiera como hacía cada viernes por la noche. Sin embargo y contra todo pronóstico, Ernesto se quedó quieto, erguido ante su mujer mientras ella sentía en la piel los ojos ávidos del flamante candidato a alcalde cuya respiración, cada vez más agitada, iba rasgando poco a poco el silencio de la noche. Blanca mantuvo la mirada en contrapicado y, tumbada ante él, en esa posición entre sumisa y solícita, por unos segundos, lo admiró: con ese cuerpo masculino apenas esculpido a golpe de mancuerna; el pecho henchido, varonil y tatuado con breves segmentos de una tímida luna que ya entraba por las rendijas de la persiana, el miembro erecto apuntándola desafiante y todos los músculos en tensión, aquel hombre se le antojó, por un momento, un auténtico coloso y, durante otro rápido instante, recordó todo lo que aquella misma imagen, un tanto soberbia pero muy de hombre, le había provocado en los primeros meses de casada. Lástima que aquello durara tan poco y que en tan poco tiempo descubriera en qué acababa ese alarde de sexual hombría: el simple, mecánico y previsible quehacer de los viernes. Al principio, pensó que era culpa de ella pero prefirió no decirle nada. Más tarde, se planteó la posibilidad de que fuera de él y consideró prudente no decirle nada. Con el paso del tiempo, impelida por la costumbre y la desidia y amparada en la fantasía, resolvió no hacer nada para recuperar aquellas primeras noches de amor. Así, más de ocho años. Nunca se atrevió a explicarle lo que sentía o, mejor dicho, lo que no sentía. Pero a ella no le importó. A ella ya le iba bien. Era feliz porque lo quería, lo quería mucho, era su esposa y eso era lo único que contaba.
—Por fin lo he conseguido. —En aquellos momentos, lo vio como un héroe, alguien capaz de elevarla a las cotas más altas del placer y de la felicidad; sin embargo, desengañándola para siempre de ese idílico oasis con final feliz, el candidato se abalanzó sobre ella y, sin caricias, sin susurros, sin una maldita palabra que la excitara mínimamente y facilitara el trámite, la penetró. Y ella lo encontró más grande, más fuerte, más duro que nunca. Volvió a cerrar los ojos, suspiró y se abandonó a él mientras buscaba en su mente a aquél que la ayudaba a sobrellevar mejor la obligación marital, como le decía su madre. ¿Cómo se llamaba la película? La del joven que seducía a la protagonista madura. Mientras Ernesto la empujaba una y otra vez, demostrando un brío y una inspiración inusitadas, Blanca recreaba la escena en la que él, el amante sin rostro ni nombre, se encontraba con la respetable mujer, felizmente casada, y, en ese anonimato que podía conferir un bar repleto de gente, la ponía a mil con una mirada profunda, con palabras deliciosamente obscenas que la hacían sentir la más atractiva y experta entre todas las mujeres, con caricias no por suaves menos indiscretas, mordiscos en el cuello, proposiciones impensables... Eso sí que la ponía cachonda y, aunque se lo negaba como un terrible secreto, era su refugio y su salvación la noche de los viernes. En su mente reinaba aquella escena de la película, algo sobre la infidelidad, sin identidades ni voces: sólo un cuerpo femenino que quería volver a sentir y que alguien lo sintiera, sólo un cuerpo masculino que la seducía, la excitaba y la poseía. Así, con los músculos, cada vez más tensos, de su marido encima de ella y el crucifijo que subía y bajaba acompasadamente en el espejo del armario, la mujer del flamante candidato suspiraba de vez en cuando y aguardaba. Ése parecía ser su único cometido: esperar la gran exclamación final masculina acompañada del previsible, brusco y preciso movimiento de retirada a tiempo que le permitía presenciar cómo la inteligencia, el carisma, el saber hacer de su admirado Ernesto se derramaba, caliente, viscoso, blanquecino, sobre el vientre mientras permanecía quieta, como si la cosa no fuera con ella. Como cada viernes. Y ya le iba bien.
—Mi sueño, por fin, hecho realidad —pronunció Ernesto, todavía desnudo, cogiéndola por el hombro, al tiempo que se lo acariciaba cadenciosamente; ella, después de haberse limpiado con una toallita húmeda y con las bragas y el camisón puestos, jugueteaba con los caracolillos del vello del pecho. Debía faltar poco para que amaneciera y el dormitorio olía a semen. Blanca seguía oyendo las palabras de su marido como una melodía cada vez más lejana: A partir de mañana... Blanca se acordó de cuando lo conoció, qué joven era ella, qué inexperta y qué inocente. Te necesito a mi lado... Lo reconocía, él se lo había enseñado todo. Él la había moldeado a su gusto, había sido el primero y ambos sabían perfectamente que sería el único. Estaré muy ocupado… Y era consciente de que ese pensamiento, a su marido, le volvía loco de pasión. Cuando esto haya pasado... Y ella aprendió muy rápido y muy bien. No te preocupes por nada… Sabía que no había nada por qué preocuparse. Mañana viernes me despido de los de la asesoría… Él siempre estaba allí. A decir verdad, en los últimos meses, no tanto, pero era comprensible. Ella también estaba siempre a su lado, dispuesta, esperándolo. La comida y luego... Lo tenía todo. Te quiero, le susurró él, como cada viernes. Qué más podía desear.
—Yo también te quiero, cariño.



lunes, 23 de abril de 2012

¿PARA QUÉ?

"¡Escribir! Escribir para no volverse loco, para agarrarse a sus raíces, para verter los silencios, prolongados y dolorosos, que se cruzan en nuestras vidas."

Tahar Ben Jelloun, Con los ojos bajos 

¡Escribir!

Para imaginar,
            recrear,
                evocar e inventar,
                    seducir y enamorar,
                       recordar y nunca olvidar.

 ¡Escribir!

Para volver a aquellos oscuros rincones de nuestra vida
                                                y
                                          saldar antiguas cuentas pendientes.

¡Escribir!

Para sabernos leídos
                         y no sentirnos solos
                                             y abandonados.

¡Escribir! 

Para convertirnos en protagonistas de nuestra propia historia
                               y confesar aquello que nunca nos hemos atrevido a vivir.

¡Escribir!

Para hablar,
                 porque,
                           a veces,
                                   la pluma es el cómplice y aliado de nuestros silencios.

¡Escribir!

Para crecer,
                   porque,
                          a veces,
                                  la hoja en blanco es el mayor y el mejor reto que nos ofrece la vida.

¡Escribir!

Para desgranarse,
                     porque,
                          a veces,
                                   la tinta es la única sangre que corre por nuestras venas.

¡Escribir!

Para desahogarse,
                     porque,
                              a veces,
                                      la tinta es la última lágrima que nos queda por llorar.

¡Escribir!

Para
denunciar
transgredir
quejarse
ir contracorriente
protestar,
             porque,
                     a veces,
                            es la única manera que tenemos de gritar, de hacer oír nuestras voces.


¡Escribir!

Para demostrar al mundo que, alguna vez, ¡sólo alguna vez!, hemos amado y nos han amado.


¡Escribir!

Sencillamente, para decir que somos.

Escribir, en última instancia, para sentirnos vivos.

Escribir, en definitiva, para estar vivos.


FELIZ DÍA DEL LIBRO. FELIZ DÍA DE SANT JORDI.

sábado, 14 de enero de 2012

MISTERIOS DE LA HUMANIDAD

La Muralla China, el Faro de Alejandría, las Pirámides de Egipto, el Coloso de Rodas… Sin duda alguna, se trata de grandes obras que constituyen una gran incógnita para el hombre, que, todavía hoy, despiertan una gran curiosidad y generan un sinfín de preguntas. Sin embargo, más allá de estas espectaculares construcciones, podemos decir que, hoy por hoy, existe otro tipo de misterio relacionado con la Humanidad que provoca, al menos en mí, grandes dudas y, en algunas ocasiones, grandes quebraderos de cabeza. Veamos.
Una tarde cualquiera, de compras, una servidora se para ante el escaparate de una zapatería, se fija en un artículo -le gusta-; observa el precio –se ajusta a su presupuesto- y, ni corta ni perezosa, entra en el establecimiento y se dirige a una dependienta –una joven dispuesta a agradar y a hacer bien su trabajo- llevándola hacia el escaparate para indicarle con el dedo índice exactamente el par de botas del que se ha enamorado (botas de caña alta, de piel negra, con un detalle de plata envejecida en los lados, sin tacón): Esas. Sí, en negro. Un 38, por favor. Una se sienta y, al cabo de un par de minutos, ve a la joven aparecer con una gran caja de cartón, qué bien, ya tengo botas. La chiquita en cuestión abre la caja mientras pronuncia convencida de estar realizando una gran tarea: No tengo su número en negro, pero le he traído unas de color marrón, son un 37. ¿He oído bien? Miro a la dependienta como quien acaba de descubrir un marciano en pleno mercado. ¿Ha oído bien lo que le he dicho? Miro las botas (en efecto, son marrones, un 37, tienen un poco de tacón y no se parecen en nada a las que yo le había pedido) Me siento como si estuviera en la dimensión desconocida. ¿Qué está pasando? Vuelvo a mirar a la niña procurando vislumbrar un atisbo de sentido común en sus ojos ocultos tras un kilo de rímel y pinturas varias e intentando adivinar en qué momento de su trayectoria académica dejó de entender los enunciados de los ejercicios y de los problemas. Vamos a ver. Creo que no hay mucho que analizar: un modelo particular de botas, de color negro, número 38. No es muy complicado, ¿no? Con lo fácil que sería decir lo siento, no tengo lo que usted quiere, y dejar que el cliente se decida por otro modelo o por otro color (A todas las dependientas de zapaterías, exclusiva, por mucho que se empeñen, lo de cambiar el número de pie lo veo más difícil). Pues no, las dependientas (lo digo en plural porque no me ha pasado ni una ni dos ni tres veces) de las zapaterías, con toda su buena fe, no digo que no, te sacan algo que no tiene nada que ver con lo que le has pedido pero, encima, se cabrean como unas monas cuando les preguntas, con toda la buena fe (o no), si han entendido lo que les has pedido…
Lo mismo ocurre cuando vas a comprar una prenda de ropa, pongamos un pantalón: ¿tienen este modelo? Sí, de color marrón, la talla 42. Y va y te trae uno de color negro, de la talla 40. No me voy a poner tiquismiquis con el color pero, joder, si le he pedido una 42, es que necesito una 42, no una 40 o una 44. Pruébeselo -me dice, ingenua, la dependienta que, con todos los respectos, a duras penas se habrá sacado la ESO-, seguro que le sienta muy bien, sacando un poco el botón… Sí, claro, así cualquiera, sacando un poco el botón, poniendo un parche en el culo, quitando la cremallera y poniendo unos corchetes... Tienen cada idea... Y la pregunta es: ¿es que estas chicas no se plantean nunca que cuando un cliente pido algo es porque quieren precisamente eso, de esas características y no otras? Porque, digo yo, es sólo un suponer, si yo quisiera un pantalón de la talla 40, pediría un pantalón de la talla 40, ¿no?
Lo mismo ocurre cuando vas a la peluquería y te toca una aprendiz (con todo lo que ello supone, además de la cara tuneada con pircings y vestida como si estuviera de botellón…): lavar y cortar sólo las puntas, por favor. Fácil, ¿no? Pues no, porque la niña, llevada por el espíritu de Eduardo Manostijeras y regida por media neurona, empieza a cortar hasta que le digo, perdona, bonita, te he dicho sólo las puntas. Dios mío, que habrá entendido por “sólo las puntas”. El momento álgido de la sesión de peluquería llega con el secado. Después de pedirle que lo quiero informal, con las puntas hacia afuera, en plan despeinado, y de relajarme con el calorcito y el runrún del secador, a las palabras de bueno, esto ya está, ¿qué le parece?, abro los ojos, me miro en el espejo y… ¿qué veo? Mi cabeza y mi pelo como si fuera el envoltorio de una caja de bombones de una pastelería de barrio: tirabuzones por aquí, estirados por allá, rizado por detrás… ¿Que qué me parece? Qué ganas tengo de decirle cuatro cosas a esa mona... Te he pedido informal... ¡Pero si te queda monísimo! Sí, para ponerme en lo alto de un pastel de bodas. ¡¡¡Ahhhhh!!! ¡¡¿Dónde está la hoja de reclamaciones?!! Esto mismo le pasó una vez a mi hermana y salió llorando de la peluquería pero no porque se viera rara con ese nuevo peinado sino porque pensaba en el futuro del país...
Lo mismo me ocurre cuando voy al mercado. Yo sólo quiero que me pongan un cuarto de almejas para el arroz. Si quisiera 300 gramos, habría pedido 300 gramos, ¿no? Si pido un kilo de judías, no quiero más, ni un kilo cien, ni un kilo doscientos. Si pido ciento cincuenta de jamón dulce, quiero exactamente eso. Hay dependientes y dependientas que lo clavan: son exactos, precisos y, cuando se pasan o no llegan, se esfuerzan por llegar al peso solicitado. Y ya estás tú para decirles ya está bien o déjalo así. Pero hay otros y otras que se piensan que la balanza es su aliada para tomarte el pelo e inflar la cuenta. Ni una mirada de complicidad, ni un gesto de duda, nada de nada. Y así nos van las cosas: inflando cuentas. Ay, no me tiren de la lengua...
Y lo mismo me ha ocurrido alguna vez en algún bar o restaurante. Chicos con perilla y tatuajes en los brazos poniendo patas arriba el negocio: pedidos equivocados, orden de los platos alterado. No, yo te he pedido el filete poco hecho y, de primero, ensalada de la casa… Perdón, es que no lo he entendido bien… Insisto, ¿qué coño hay que entender cuando pides un menú?
Y cuando me sucede todo eso, no puedo evitar pensar en la infancia y en el paso por el colegio (deformación profesional). Me acuerdo de que, cuando la señorita decía a ver, niños, hoy vamos a hacer un trabajo manual. Primero, vamos a pintar esta manzana. Y, ¿qué hacían los niños? Pues eso, pintar la manzana. Ahora, vamos a recortarla. Y, ¿qué teníamos que hacer? Precisamente eso, recortar la manzana. Y ahora, vamos a pegarla en esta otra hoja. Y los niños la enganchaban sin ningún problema. Y, más o menos, unos mejor y otros no tan bien, todos seguían las tres indicaciones, una detrás de otra. Qué bonito era. ¿Dónde ha quedado todo eso?
Porque, por lo que veo, algunos niños, a medida que han ido creciendo (estoy hablando de la juventud, que quede claro), han ido perdiendo neuronas (¿no debería ser al revés?), sus capacidades intelectuales han ido mermando considerablemente (¿no deberían estar en su apogeo?) y sus habilidades se han ido atrofiando (¿no deberían potenciarse al máximo?).
Y la gran duda es: ¿cuándo narices la línea constituida por las siguientes acciones escucho (con atención)-proceso (entiendo perfectamente o, si no, pregunto)-ejecuto (sin problemas) se rompió? ¿En qué maldito momento aquello de pinta, recorta y pega quedó relegado al más absoluto ostracismo?
Y la siguiente duda: ¿Acaso no es este (y no otro) el gran misterio de la Humanidad?