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miércoles, 30 de noviembre de 2011

OTRA DE PELOTAS

Ya he empezado la rehabilitación (por la Seguridad Social). Después de varios meses en lista de espera, por fin he empezado mi tan anhelada y esperanzada rehabilitación. ¡Menudo chasco! Nada de masajitos, nada de reiki, nada de música clásica ni de sesiones extrasensoriales. No. Simplemente, una sala enorme con camillas, taburetes, diversos aparatos de motricidad, barras paralelas y demás artilugios tales como colchonetas, palos, pelotitas de espuma y pelotas medio hinchadas… Un hombre paseando lentamente cogido a una barra, otro tumbado en una camilla abriendo y cerrando las piernas, una mujer subiendo con los dedos una especie de escalerita colgada de la pared, otra dando vueltas a una manivela, otra estrujando la pelotita de espuma, y yo, delante de un espejo que refleja mi contracturada anatomía, diciendo que sí y que no con la cabeza durante media hora. Jamás me había sentido tan boba. ¡Qué deprimente! En fin, todo sea por mis maltrechas cervicales. ¡Ah! Se me olvidaba. Además de los aparatos y de los pacientes, se me ha olvidado mencionar quizás lo más importante: los funcionarios del uniforme blanco. A mí me han designado a un chiquito joven, un pimpollo recién salido de la universidad, con aires de enrollado, y que enseguida me dijo que no me preocupara por nada, que al principio me dolería mucho el cuello pero que, al acabar la rehabilitación (cinco días a la semana durante todo un mes), estaría como nueva. Genial. Lástima que, cuando me daba ánimos y me explicaba los ejercicios, de vez en cuando deslizaba no sin disimulo la mano por la entrepierna y, literalmente, se tocaba las pelotas (no las medio hinchadas, no, literal, las suyas propias que, a juzgar por la vehemencia de sus movimientos, debían de estar a rebosar…).
No sé si les ha pasado alguna vez, eso de estar hablando con alguien del sexo masculino y que ese alguien, como si fuera la cosa más natural del mundo, mientras te va diciendo, se esté tocando (¿rascando?, ¿acariciando?, ¿sopesando?) los huevos. Lo cierto es que se genera una situación muy incómoda porque, sin darte cuenta, tus ojos se dirigen inexorablemente hacia ese punto donde la mano y las partes se están haciendo compañía y no sabes cómo reaccionar. Intentas mirar al sujeto a los ojos, seguir la conversación, responder, estar atenta, pero, mientras intentas dirigir tu mirada hacia otro lado, una fuerza superior te empuja a plantearte una serie de cuestiones de vital importancia: ¿tendrá algo?, ¿será una manía?, ¿le digo algo?, ¿lo hará con todo el mundo?, y la fundamental, ¿no se está dando cuenta de que es asqueroso?
Yo tengo que decir que mi instructor de rehabilitación no es el primero que lo hace delante de mí (y algo me dice, no sé, llámenle intuición femenina o instinto ¿genital?, que no será el último). Algunos de mis amigos, cuando hemos tratado el tema (muy recurrente en las noches de juerga), me han afirmado que no es nada malo, que a veces les pica, que otras veces están mal puestos, que otras les escuece, que otras veces es la pilila la que está mal colocada, otras que es el calzoncillo que les roza, otras… Otro amigo me reconoció que le encantaba echar la siesta con la mano ahí, sobre todo en invierno, es que se está muy calentito, se excusaba el muy... Y más de uno admitió que no se daban cuenta cuando lo hacían y que más una vez la madre o la novia les habían llamado la atención. En definitiva, que parece una práctica habitual eso de tocarse los huevos... Literalmente.
Recuerdo un alumno, que vino nuevo un año, que tenía la mala costumbre de rascarse sus partes. Daba igual que estuviera sentado en la silla escuchando la explicación, que estuviera haciendo un trabajo con los compañeros, que estuviera haciendo cola para quejarse de una nota o que estuviera ante tus propias narices argumentando por qué se merecía más nota. Allí estaba él, con su pantalón de chándal, tocándose los testículos. ¡Qué asco! Ni siquiera la mesa que había entre él y yo amortiguada tremendo panorama. Por delicadeza, educación, o, sencillamente, por vergüenza, no le dije nada, pero, aprovechando que le habían ido mal las notas, convoqué a su madre a una entrevista y le planteé el problema. ¡Ah, sí! Sólo es una manía, se limitó a decir la señora… Aguanté un curso y todavía me acuerdo de la primera y última vez que la llamé la atención. Estábamos en una excursión y, entre todas las actividades que habíamos preparado, tenían que hacer un trabajo en grupo. Junto a mis compañeras, yo me iba paseando entre los chicos por si tenían algún problema, alguna duda y también para comprobar que todos estuvieran trabajando. Al llegar al lugar donde estaba el susodicho, me fijé que, como siempre, se estaba tocando sus partes, pero, para más inri, tenía la mano debajo del pantalón. Lo siento. Sé que no tendría que haberlo dicho pero llevaba todo un curso reprimida. El caso es que, sin pensarlo ni un momento (ni las palabras ni las formas ni quién había delante), le espeté con todas mis fuerzas: ¡¡¡¡¡Quieres hacer el favor de dejar de tocarte los cojones!!!! Silencio absoluto. Enseguida me di cuenta de mi metedura de pata. Ya verás, se lo dirá a su madre, la madre me meterá un pollo, se quejará al director y el director me meterá otro pollo. Ya puedo empezar a enviar currículums. Miré a los chavales. Silencio. Miré a mis colegas. Nada. Creo que todos, igual que yo, estaban esperando una reacción del alumno. Y ésta no tardó en llegar: Pero, profe, si estoy trabajando… Mira, mira, si ya casi he acabado…
Vuelvo a mi instructor de rehabilitación. Mientras hago mis ejercicios, decir que sí con la cabeza, decir que no con la cabeza, levantar los hombros, él deambula por la sala asesorando, animando a los otros pacientes a la vez que, sin miramientos, se rasca de vez en cuando los huevos. Le observo cómo coge los brazos, las manos, la cabeza de los pacientes y les guía con cuidado los movimientos. ¡¡¡Aaaarrrggggg!!! ¡Qué asco! Antención. Se gira. Me mira. Se toca la entrepierna. Me sonríe. Se dirige hacia mí. Se toca los huevos. Vuelve a sonreírme. Está a dos pasos de mí. Vuelve a rascarse las pelotas y, al intentar coger mi cuello con el objetivo de enseñarme cómo tengo que hacer un ejercicio nuevo, muevo la cabeza brusca y rápidamente para impedir que sus manos (que hasta hace escasos segundos estuvieron en contacto con su entrepierna) rocen siquiera un centímetro de mi piel. Total: otra contractura en el cuello.

domingo, 20 de noviembre de 2011

YO Y MIS FASCIAS

¡Ah! ¿Que todavía no lo saben? ¿Es que nadie se lo ha dicho todavía? Sí, hombre. ¿Se acuerdan de lo de “yo soy yo y mis circunstancias”, de Ortega y Gasset? Pues, lamento comunicarles que eso ya pasó a la historia. Ahora, lo que se lleva es “yo soy yo y mis fascias”. Les cuento.
¿Se acuerdan de Isabel y Zoraida? Las mencioné hace poco, cuando les conté mis aventuras y desventuras buscando un buen masajista. Pues bien. Llevaba varios meses yendo dos veces por semana a la consulta de Isabel y Zoraida para que arreglaran mis problemas de cervicales y cada día, entre masajes en la espalda, algo de osteopatía, reflexoterapia y sacrocraneales, cuando me ocurrió lo siguiente.
Después de una semana muy dura y un intercambio de impresiones algo tenso (por ser diplomática) con mi jefe, fui a mi cita con ellas con la intención de olvidarme de ese episodio y relajarme al máximo. Como siempre, me desnudé, me quedé en bragas y, tumbada en la camilla, me tapé con una breve toalla que apenas cubría mis partes esenciales. Isabel, con los primeros masajes en los hombros, debió intuir alguna preocupación porque me preguntó si me había pasado algo. Dije que no. Se fue hacia los pies para hacerme reflexoterapia y, de nuevo, te noto algo tensa. ¿Yo? Qué va. Me hizo un poco de reiki y, otra vez, me preguntó si había ocurrido algo importante. En efecto. Durante varios días me había estado persiguiendo la proposición indecente de mi jefe (no, no me pidió que me acostara con él ni que le hiciera nada bajo la mesa de su despacho, no) y sus palabras al negarme. Con la excusa de que yo trabajaba bien, me pidió, como quien no quiere la cosa, que le hiciera todo el trabajo que él no había hecho durante meses, todo por amor al arte y porque se trataba de él. Todavía me acuerdo de sus palabras cuando me negué e hice ademán de salir de su despacho: “Sé cómo hacerte daño. Podría decirte unas cuantas cosas que te amargarían la vida para siempre”. No sé a qué se refería pero, con las piernas temblando y abriendo la puerta de su guarida, sin saber exactamente cómo, le contesté con todo el aplomo que pude reunir en ese momento: “Tú y yo sabemos que no harás nada”. Con sus amenazantes palabras machacando mi cerebro, de nuevo, volví a decirle a Isabel que no me había pasado nada. Y no sonó el gallo de pura casualidad. El caso es que inició su sesión de sacrocraneal. Sentía sus dedos en la base del cráneo y notaba cómo me iba relajando. De pronto, empecé a sentir una sequedad inusitada en la garganta, me costaba tragar saliva. Con los ojos cerrados, me llevé una mano al cuello; me dolía, me pinchaba y hacía esfuerzos para que no se notara. Oí la voz suave y susurrante de Isabel que me preguntaba si me pasaba algo. Y yo, con la voz ronca y los ojos cerrados, empecé a gritar ¡Me ahogo!, ¡no puedo tragar!, ¡me ahogo!, ¡no puedo respirar! Sentí cómo Isabel me incorporaba poco a poco a la vez que me instaba ¡Suéltalo! ¡Grítalo! ¡Díselo! Y yo, sentada en la camilla, desnuda, intentando abrir los ojos, no, no los abras. Mejor así, cerrados, como poseída por un espíritu maligo, empecé a proferir ¡Hijo de puta! ¡Eres malo! Me sentía ida, completamente fuera de mí. ¡Sigue!, ¡no te calles!, s¡uéltalo todo!, me decía Isabel. Y yo, como la niña del exorcista, con los ojos en blanco, seguía gritando en la sala de consulta, intentando taparme con esa sucinta toalla que se iba resbalando por mis redondeces ¡Cabronazo! ¡Mala persona! ¡Hijo de puta! Sólo me faltaba vomitar moco verde y que mi cabeza empezara a dar vueltas. ¡Hijo de puta! ¿Quién te has creído que eres? ¡Hijo de…! Y me desplomé. Al cabo de unos segundos, abrí los ojos y vi a Isabel sonriéndome: Bravo, tus fascias han hablado por ti.
Volví a casa exhausta, vacía, liberada e intrigada: Tus fascias han hablado por ti. ¿Qué coño me había pasado? ¿Qué era eso de las fascias?
Al cabo de dos días, tal y como estaba planificado desde hacía semanas, volví y me recibió Zoraida. No mencioné nada de la sesión anterior. Y, como siempre, me desnudé, me quedé en bragas, me tumbé en la camilla y me cubrí con una breve toalla. Después de media hora de masaje en las cervicales, y de la consabida y sinuosa indicación de “Ya puedes darte la vuelta”, escuché una petición que jamás pensé que me harían: ¿Puedo tocarte el paladar?
¿Alguna vez les han pedido algo así? A lo largo de mi vida, me han pedido muchas cosas, ¿me dejas un boli?, ¿me pasas los apuntes?, ¿me ayudas a poner la mesa?, ¿me dejas esos pantalones?, ¿te puedo besar?, ¿me dejas que te meta mano?; me han querido tocar muchas partes del cuerpo, pero ¿el paladar? Eso sí que era una novedad. Con los ojos abiertos como platos, la toalla Dios sabía dónde y la morbosa intriga dibujada en mi boca, le dije que sí, que podía tocarme el paladar pero que antes debía explicarme para qué. Si no lo entendí mal -estaba tan alucinada que no sé si procesé correctamente lo que Zoraida me explicó-, resulta que, para muchos, la boca es la entrada del alma y que, por ahí, por la boca, se entraba en contacto con las fascias. No tenía ni idea de que existiera esa palabreja. Perdona, pero ¿qué es eso de las fascias? Pues son como unas membranas que envuelven los músculos, las vísceras, los huesos y que se van formando desde las primeras semanas de gestación y acumulan toda la información que va viviendo el feto. Estupendo. Me quedé sin palabras y, literalmente, con la boca abierta. Bien, ahora, relájate. Un momento. Una cosa era estar intrigada y otra muy diferente, que me relajara. ¿Desde cuándo no me metían los dedos en la boca? Ni me acordaba. Exceptuando el palito de madera de marras que te mete el médico de cabecera cuando le dices que te duele la garganta y que te provoca unas arcadas de mil demonios, ¿cuándo había sido la última vez que me habían metido forma semejante en mi orificio bucal? Ejem, pasapalabra. La cuestión es que estuve un buen rato con la boca abierta mientras el dedito de Zoraida, envuelto en látex y mojado de agua, me iba penetrando (porque de eso se trataba, de una penetración en toda regla, consentida, pero penetración al fin y al cabo). Notaba cómo el dedo de Zoraida me iba acariciando con sumo cuidado el velo del paladar, las encías, la parte de abajo del paladar, la parte interna de las mejillas, toda, absolutamente toda la boca. No dejó ni un rincón por explorar. Muy bien, me decía Zoraida de vez en cuando, sin tener en cuenta las arcadas que me producía cada vez que el dedo se iba hacia la campanilla. Bravo, seguía exclamando convencida (aunque nada convincente), ¿lo notas?, ¿notas cómo tus fascias me están hablando? A saber qué demonios le estaban diciendo mis malditas fascias. Y yo, ahí tumbada, el pelota picada, sin enterarme. Me da una rabia que hablen de mí a mis espaldas…
Lo cierto es que, después de esa sesión, me quedé liberada (como si me hubiera confesado o algo así...) y completamente fascinada, con ganas de que volviera a meter mano a mi paladar. Lástima que sólo me lo hiciera una vez. Una cosa me quedó clara: desde aquel día, vigilo muy mucho lo que me meto en la boca, no vaya a ser que, en una de esas, mis fascias empiecen a largar por esa boquita…

domingo, 6 de noviembre de 2011

MASAJES A MIL

Mi primera experiencia con el fascinante mundo de los masajes la tuve en junio de 1992 en Estambul. Mientras Barcelona ya estaba preparada para sus Juegos Olímpicos, una recién licenciada promoción de la Facultad de Filología Hispánica estaba viviendo, a modo de viaje de fin de carrera, su particular pasión turca. Una de las actividades programadas por la agencia contratada era, además del paseo por el Bósforo y visita a la Mezquita Azul, ir a un baño turco pero, en vez de ir con todo el grupo –ya se sabe, mis complejos y mi vergüenza me impedían enseñar a las compañeras los michelines, pelambreras y demás recovecos corporales- mi amiga Gloria y yo decidimos ir por nuestra cuenta el último día, antes de regresar a Barcelona. Y, claro, en vez de meternos en el baño turco destinado para los turistas –genial, por lo que nos contaron nuestras compañeras, una pasada: tarifa reducida, vestuarios y lavabos impolutos, mármoles azules, café turco, música de fondo, toallas blancas y limpias, jabones perfumados y agradables al tacto, elegantes “ayudantas”...-, nosotras dos, por listas, no tuvimos más remedio que conformarnos con un baño turco normal y corriente, de barrio. Para empezar, la entrada dejaba bastante que desear, teniendo en cuenta las maravillas que nos habían contado las chicas de la promoción, pero, a falta de tiempo y sobradas de curiosidad y de ganas por experimentar el archiconocido baño turco, nos armamos de valor y allí nos metimos. Después de pelearnos (no, no se puede decir que era el típico regateo) con el de la ventanilla para conseguir un precio decente, una señora nos metió en una especie de tugurio de madera donde nos tenía preparados unos zuecos de madera y una toalla de dudosa procedencia. Con gestos un tanto bruscos, nos indicó que nos desnudáramos y nos señaló una puerta. A mí, como siempre que me pasa cuando me encuentro en una situación un tanto surrealista, y aquella lo era bastante, me entró la risa floja pero mi amiga, indignada por el trato recibido, había resuelto marchar de aquel asqueroso antro. Después de convencerla con argumentos como venga, Gloria, no nos iremos de Estambul sin haber pasado por un baño turco, ¿no? y pero, ¿no queríamos aventura? Pues creo que hoy viviremos una muy interesante, allí estábamos las dos, como Dios nos trajo al mundo, patéticas y esperpénticas, subidas a unos inestables zuecos de madera y una toalla de color indefinido que sólo Dios sabía quién los había utilizado con anterioridad. Cuál fue nuestra sorpresa cuando, al pasar el umbral de aquella puerta, nos encontramos en un recinto circular, caliente, húmedo, lleno de vaho, todo de mármol blanco, con una fuente en el centro y varios surtidores en los laterales, todo ello tenuemente iluminado gracias a una claraboya en forma de estrella que había en el techo. Pero más sorprendidas nos quedamos cuando, en medio de esa húmeda neblina, vimos aparecer a dos señoras semi desnudas –sólo llevaban unas bragas “de cuello alto” que, debido a la humedad y el sudor, se habían pegado a la piel y, transparentes, dejaban ver curvas, michelines y demás misterios del cuerpo femenino- que, más que finas y elegantes “ayudantas”, parecían auténticas luchadoras de sumo japonés. Con un gesto bastante desagradable, cada una de ellas, por separado, nos cogió del brazo y nos llevó a un lado de la sala circular y nos pidió, chapurreando el inglés, que nos tumbáramos boca arriba. Relax, relax, me pedía mi “masajista” particular mientras me restregaba todo el cuerpo, enérgicamente, con un guante de esparto empapado en una especie de jabón –no me pregunten de qué marca porque no lo sabría decir. Sólo sé que no era Sanex ni Dave, ni nada por el estilo-. ¿Cómo coño quería que me relajara la muy condenada si estaba arrancándome la piel a jirones? Además de sus bruscas maneras, tengo que reconocer que me violentaba la situación. Hasta aquella tarde, a mí no me había tocado con tanto ímpetu y en una situación parecida ninguna señora, ni siquiera una profesional de la medicina o de la fisioterapia. Relax, relax. No podía. Para colmo, no oía ni podía ver a mi amiga Gloria porque la señora, más grande que las señoras de Botero, lo impedía con sus brazos y con toda su humanidad en general. Los hombros, el cuello, el pecho, las caderas, el pubis, el vientre, los muslos, la entrepierna..., todo pasaba por ese guante de esparto embadurnándome de jabón lagarto. Y yo, con un ojo cerrado –intentando relajarme- y con el otro abierto –vigilando por donde iban eas manos de leñador-, tensa, muy tensa. Para colmo de males, escuchaba hablar a las dos señoras en un idioma totalmente indescifrable –vamos, en turco, me imagino yo- y eso me ponía más nerviosa todavía. A saber qué demonios estarían planeando hacer aquellas dos moles otomanas con dos bellas, tiernas y virginales doncellas europeas... Una palmadita en el muslo y un gesto rotativo con el dedo anular. Down. Otro masaje por los hombros, la espalda, las nalgas, los muslos, las piernas. Relax, relax, eran las únicas palabras que me dirigía la gran experta en artes de relajación... Con los músculos tensos y el culo prieto, por si las moscas, yo parecía una piedra, más dura que el mármol que yacía bajo mis sudorosas carnes. Sólo le faltó decir a la mujer yu ar biutiful mientras se recreaba en mis nalgas para que yo me incorporara de un salto mientras decía tajante okey, it’s enough, thank you y me iba derechita, desconcertada y tambaleándome sobre los zuecos de madera a aquella puerta que me retornaría, de nuevo, a la realidad...
Después de aquella singular experiencia, tardé bastante en ponerme desnuda ante alguien que no fuera mi novio-amante de turno. Conseguí trabajo, me compré un coche, viajé, conocí gente y, debido a las tensiones propias de la responsabilidad, mis cervicales se fueron agarrotando hasta el punto de verme obligada a contratar los servicios de un/a fisioterapeuta. Mi madre me habló de un tal Jose (sin acento en la e), que le había ido muy bien a una vecina suya y que lo hacía a muy buen precio. Lo llamé y me dio la opción, para ahorrarme dinero y someterme a los horarios de la clínica en la que trabajaba- de ir a su casa después de nuestros respectivos trabajos con un bono que incluía diez sesiones. Y así lo hice. Teñido de rubio panocha, abundante bigote –también teñido- , bata blanca casi desabrochada, pelo en el pecho –éste, sin teñir- , la virgen del Rocío colgada de un estupendo cordón de oro, pantalones blancos que transparentaban el estampado de un minúsculo calzoncillo, zuecos de médico y una pluma que podía ser la envidia de cualquier pavo real, Jose me recibió en su casa –decorada al más puro estilo kitch, con armadura en el recibidor y tapetes de croché enmarcados- y me hizo pasar a su consulta. Después de un breve cuestionario, preguntarme más exhaustivamente por mi problema y tomarme medidas, me pidió que me quedara en ropa interior y que me tumbara en la camilla. Apagó la luz del techo dejando encendido un flexo en una esquina de la habitación y, al ritmo de la música clásica de Albinoni, me subió a los cielos. Fue increíble; tanto que “duré” con él cinco años. Cinco años de masajes cada quince días. Cinco años de Albinoni, Vivaldi, Shubert y música barroca de cámara. Cinco años de ungüentos reafirmantes contra la celulitis y demás cremas relajantes contra las contracturas. Cinco años con varios centímetros y kilos perdidos. Cinco años en los que, entre masaje y masaje, la confianza hizo acto de presencia hasta el punto de que él me contaba lo atrevidas y descaradas que eran algunas de sus clientas y lo celoso que se ponía su novio con tanta proposición deshonesta. Cinco años de masajes, violines y confidencias que acabaron bruscamente con la muerte repentina del novio de Jose y de su no menos repentina desaparición (llevándose con él el dinero de mi bono recién pagado). No he vuelto a saber nada de él.
Jose me aficionó de tal manera a los masajes que, desde que desapareció de mi vida, me ha pasado los últimos años buscando un/a sustituto/a. Unas navidades, para olvidarme del trabajo y de todos los problemas que tenía en él, fui a pasar unos días a un resort spa (el balneario de toda la vida pero revestido de glamour y distinción) de Hammamet, en Túnez. Aquello sí que estaba bien montado. Todo super-limpio, super-iluminado, fuentes de mármol azul y agua de colores, albornoz, gorro y chanclas gratis –bueno, de gratis nada porque lo pagué en el precio de los servicios-, y personal tunecino que echaba “patrás”. Creo que, en mi subconsciente, como una auténtica huérfana de masajista, estaba buscando a Jose, el de la virgen del Rocío en el pecho y el pelo teñido de rubio panocha. Estaba tan acostumbrada a desnudarme con Jose, sin ningún tipo de pudor ni cortapisas –supongo que el hecho de que él fuera gay contribuyó a que yo me desinhibiera con más rapidez y facilidad, ¿no creen?-, que, cuando aquel masajista tunecino, guapo hasta morir, cachas y moreno, me recibió en su cabina –había contratado un “massage du fleur” sin tener ni la más remota idea de qué parte de mi cuerpo iba a tratar ni en qué consistía ni, por supuesto, quién me lo iba a dar-, yo, sin mediar palabra, mientras él preparaba los aceites y los pétalos de rosa, me quedé en pelota picada. Menudo susto se pegó el chico cuando se dio la vuelta para atenderme. No sabía dónde mirar, el pobre, y yo, al principio –quitarme la ropa y quedarme sin neuronas fue todo uno-, no entendía nada. Su sonrojo y su mirada baja me dieron a entender que algo había hecho mal o que había metido la pata. Sorry, what’s wrong? Me explicó en inglés que él era masajista pero que, como era musulmán practicante, no podía ver a una mujer desnuda por lo que me pedía, muy cortésmente, que me vistiera otra vez, que me haría el masaje con la ropa puesta. Huelga decir que aquello no fue masaje ni fue nada, no sentí ni los óleos ni los pétalos por ninguna parte y que salí de la misma manera que entré. Perdón, miento, salí cabreada por la tomadura de pelo pero consciente de la facilidad con la que me desnudo ante un desconocido con bata blanca.
Huérfana todavía de masajista, Elena fue todo un descubrimiento. Debido al extenso y detallado cuestionario al que me sometió –medidas, profesión, hábitos alimentarios, vicios, deportes que practico, si suelo ir con tacones y con ropa estrecha, si respiro correctamente...- y a su profesionalidad, me "trabajó" muy bien, tanto que "duramos" más de dos años. Ella me hizo reiky, una técnica oriental milenaria que consiste en trabajar el yo interior para mejorar el yo exterior. Ella, cada quince días, iluminada por velas de sal y acompañada de música tantra, me untaba de cremas y aceites, me trabajaba los meridianos, me “movía” los músculos, me abría los chacras, activaba mi aura, me hacía imposición de manos, me tiraba las cartas de los ángeles, me invitaba a té, me regalaba piedras, me subía la moral y todo, por un módico precio...
Como si fuera cosa del destino, Elena, un buen día, también despareció. Pasó mucho tiempo hasta que encontré a Isabel y Zoraida (pronto leerán una columna sobre mis masajes con ellas). Ahora, estoy con Roman, bueno, no, con Gggggggoman porque es francés. Ahora es él el que, en lugar de darme masajitos entre velas y aromas, me ajusta las vértebras y me machaca los huesos. Vamos a ver cuánto me dura...