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sábado, 28 de marzo de 2015

ILUSO (microrrelato)

Érase un tipo corriente, un escritor en ciernes,
que se pasó la vida buscando personajes. 
Y así le fue...

sábado, 14 de marzo de 2015

CONSEJO DOMÉSTICO

CONSEJO DOMÉSTICO PARA MANTENER LIMPIA Y ORDENADA LA CASA

Tira todo aquello que no hayas utilizado en dos años.

Y así hice con mi último novio...


viernes, 17 de mayo de 2013

ESO O PELILLOS A LA MAR

Tengo una amiga a la que le pasa de todo. El otro día me llamó para explicarme una cosa que le acababa de suceder. Para poner en antecedentes a mis queridos lectores, les diré que mi amiga -cuyo nombre no diré para mantenerla en el anonimato y, así, preservarla de más jocosos comentarios- es profesora de un colegio privado, de esos de pago pago, de esos de uniforme y de hípica como actividad extraescolar, en la zona alta de Barcelona. Bueno, la cuestión es que me llamó a eso de las seis de la tarde de un viernes para decirme que se iba de compras a un centro comercial a la otra punta de Barcelona (es que mi amiga es muy escrupulosa en eso de separar el trabajo con el ocio porque no soporta estar paseando y encontrarse con algún alumno suyo. por eso, también se fue a vivir muy, muy lejos de su lugar de trabajo, para no encontrarse a nadie de su tutoría o de sus clases de ciencias o del colegio en general cuando bajaba en chándal y zapatillas a tirar la basura o a comprar el diario los domingos por las mañana). A lo que iba, que me enrollo mucho, que se iba de comprar y que aprovecharía para depilarse porque se iba de puente. Hasta aquí, todo normal, ¿no?
Bien. Al cabo de un par de horas, recibí otra llamada suya.
-Qué fuerte, tía. No veas lo que me acaba de ocurrir.
-¿Qué ha pasado?
-No te lo vas a creer.
-Chica, arranca ya.
-Pues, nada, ya sabes, que me he ido a Diagonal Mar.
-Sí, ya me lo habías dicho.
-Y he hecho unas cuantas compres.
-Sí, también me lo habías dicho.
-Y he aprovechado para depilarme.
-Sí, eso también me lo habías dicho.
-Todo eso en el quinto coño, ¿no?
-Sí, siempre lo haces.
-Pues nada, que una chica con una bata lila, muy mona ella, me hace pasar a la cabina. ¿Ingles? Y yo, pues sí, ingles. Y ella ¿entraditas? Bueno, lo justo. ¿Caribeñas, brasileñas o integral?
-Te sigo.
-Le dije brasileñas, como siempre, y ella me contestó vale, pues vete preparando que ahora vengo.
Yo no entendía donde estaba el misterio, la verdad, pero dejé que siguiera hablando.
-Y allí que estoy, me quito el pantalón y los zapatos, y me quedo, de cintura para abajo, en bragas y calcetines de media.
Seguía sin saber a dónde llevaría esa conversación.
-Llegó ella y empezó a prepararme. Que si los dos lacitos de papel para estrechar al máximo los laterales de las bragas, que si el elástico de las bragas lo más abajo posible, que si un aceite especial, que si los polvos talco, que si toda la pelambrera al aire, que si los calcetines de media. ¡Qué imagen más patética! Pero, bueno, yo, allí, abierta de patas, de esa guisa, mirando al techo y esperando la primera palada de cera caliente y el primer estirón que no veas cómo duele.
-Sí, ya. Eso nos pasa a todas.
-Bueno, pues, mientras las chica de la bata lila está preparando la cazuelita de la cera, noto cómo me mira y va y la tía me dice lo descuidada que tengo esa zona. Joder, con la diplomacia y el saber estar de las esteticienes estas. No debe tener ni la ESO. Yo sigo mirando al techo, como si no fuera conmigo la cosa. La chica empieza a extender la cera caliente por la ingle derecha, cómo quema la jodida, unas palmaditas y, mientras arranca el primer papelito, me suelta oye, tú eres profesora, ¿no? ¡¡¡Ahhh!!!! Me cagüen… No sé qué me había dolido más, si el estirón o la pregunta. ¡Pero, bueno! Si estábamos muy lejos de mi cole. Se me debe notar a la legua. En fin. Sí, soy profesora. Y, mientras empieza a extender otra pala de cera por el mismo lado, está ardiendo, da unas palmaditas para, acto seguido, volver a arrancar el papelito, me suelta de un colegio de la zona alta, ¿no? Esto ya me huele a chamusquina, como la cera maldita. ¿No te acuerdas de mí? A ver, criatura de Dios, ¿no me ves cómo estoy, aquí, abierta de patas, con media pelambrera al aire, las bragas que parecen un regalito con esos ridículos lazos de papel y los calcetines de media? ¿Cómo quieres que me acuerde de nadie? Yo lo que quiero es pasar este mal trago y largarme a mi casa. 
Yo empiezo a descojonarme al otro lado de la línea.
-No, espera, que aquí no acaba la cosa. Ingle izquierda. Pala de cera ardiendo, la palmadita de rigor y, cuando está a punto de arrancarla de mi sufrido cuerpo, me suelta soy Teresa. Tú fuiste mi tutora hace siete años. Pero, ¿¡por qué tiene que pasarme esto a mí!? ¿Ah, sí? Lo siento. Han pasado muchos años y pasan tantas caras y tantos nombres que ya me resulta muy complicado acordarme de todos. Otra pala de cera, otra palmadita, esta ligeramente más contundente, y otro tirón, pues deberías acordarte. Me la impresión que la tía esta está poniendo cada vez más fuerza y empeño en eso de arrancar los papelitos con la cera de las narices. ¿Ah, sí?
Yo no sabía cómo reprimir mis carcajadas. Con lo escrupulosa que era mi amiga en esos temas y tuvo que ir a parar allí. ¡Qué desgraciada!
Mi amiga, sin embargo, seguía con su tono serio el relato de los bochornosos acontecimientos.
-Parte central de la zona púbica, la más sensible. Pala de cera, sí, deberías acordarte, cera ardiente, pegajosa y ardiente. Palmadita rotunda en la zona en cuestión. ¿No habíamos dicho que era la más sensible? ¡Un poquito de cuidado, por favor! La chica, mira que hay centros de depilación en la ciudad, mira que hay chicas en ese puto centro, y me ha tenido que tocar Teresita, la mi tutoría de hacía siete años, no, si..., la chica coge con cuidado el papelito, me mira con malicia, sonríe ligeramente pero yo veo en su rostro algo parecido a la venganza, da otras palmaditas y arranca el papel de los cojones con toda su mala leche mientras pronuncia con tono de ofensa y auténtica solemnidad tú me dejaste sin título de la ESO. 
Yo no podía parar de reír.
-Sí, tú ríete. ¡Cojones con la tía! Tengo las ingles destrozadas. Si hasta me ha hecho sangre, la muy bruta. Y encima la tía me suelta que no hay rencor, que pelillos a la mar. ¡Joder, si no me ha dejado ni uno! Dudo que vuelvan a crecer los condenados.
No sabía qué decirle a mi amiga.
-Esta noche reviso todas las notas que el jueves tengo evaluación final...

viernes, 19 de abril de 2013

¿TODO LO QUE SUBE BAJA?

Sí, ya sé lo que están pensando, mis queridas mentes perversas. Ya sé. Otra vez esta loca del blog hablando de cochinadas, otra vez con lo mismo... ¿Es que no sabe hablar de otra cosa? Sí, ya sé que ustedes, mis queridas mentes “sucias”, se han imaginado lo mismo al leer el título de esta entrada, “¿Todo lo que sube baja?” ¿A qué, si no, me podía referir? Pues claro, a eso.
Pues no, no me refería a eso precisamente. No estoy pensando en "lo único", no. No tengo en mente nada de eso. No, ahora mismo no me estoy imaginando ningún miembro viril, léase pene, rabo, cipote, o cualquier otra nomenclatura que quieran utilizar. Y sí, voy a hablar de hombres, bueno, en particular de mi hombre, porque es muy malo eso de generalizar y de juzgar a toda la especie humana, sexo masculino, por el mismo rasero. Pero estoy a punto de tratar algo mucho más profundo en la vida de una pareja.
¿Todo lo que sube baja?
En su caso, no, rotundamente no. Por ejemplo, y para empezar, él sube la tapa del vater y lo otro, -¿cómo se llama?-, para hacer pipí y no, no la baja. Se queda ahí arriba hasta que llego yo y lo bajo. Y me preguntarán ustedes ¿y qué?, ¿acaso eso tiene importancia? ¿Cómo que y qué?, ¿cómo que no tiene importancia? ¡Claro que la tiene! ¡Y mucha! Lo lógico, lo normal en una casa bien (y mi casa es casa bien) es que las tapas de los váteres estén siempre echadas, bajadas. Pero, a ti, ¿qué más te da? Si no te molesta, me dice siempre él cada vez que me quejo, que no son pocas. Pues a mí me da mucho y me molesta. Priva al lavabo de elegancia y distinción; con eso te lo digo todo. Lo mismo pasa con la tapa del bidé. Siempre la deja levantada y, claro, siempre tengo que ir yo a bajarla porque, además, llámenme obsesiva o gilipollas directamente, no estoy tranquila.
Lo mismo ocurre con la tapita del tubo dentrífico, de aquellas que no se enroscan sino que se levantan con un leve golpecito de dedo. Vamos a ver. Si con un leve y seco movimiento de dedo puede levantarla, ¿por qué demonios no puede hacer lo mismo para bajarla y ajustarla? ¿Acaso cuesta tanto o es que su religión se lo prohibe? Cariño, mira, es que si no lo tapas, se seca la crema y ya es inservible, le digo yo, toda paciencia, comprensión y amor, después de haberlo observado mientras nos lavamos los dientes juntos. ¡Qué exagerada eres! ¿Exagerada, yo? ¡Jamás! Está comprobado científico que, si no se tapa, al cabo de dos días, en el orificio se hace una especie de tapón de crema dentrífica solidificada que se desborda por los lados. Y eso, a mí, me da un asco...
Por no hablar de las puertas. No se levantan, no, pero se abren y mi chico es un experto en dejarse todas las puertas abiertas: la de los armarios, la del horno, la del lavavajillas, la de la despensa, la del armarito del lavabo. ¿Pero es, cuando era pequeñito, nunca le enseñaron a cerrar las puertas? Pues no. Doy fe porque una vez me lo contó su hermana, que ya de niño se dejaba los armarios abiertos. ¿Y nadie le hizo copiar mil veces no me dejaré las puertas abiertas nunca más? ¿Nadie lo castigó sin salir a jugar con los amigos? ¿Nadie le dijo que así los armarios se estropeaban? Y eso sí que no lo soporto. Mi padre también lo hacía y teníamos casi todos las puertas de la casa descuajeringadas, desencajadas, con las bisagras hechas polvo. Y yo me decía que, cuando tuviera mi propia casa, eso jamás pasaría. ¡¡¡JA!!! La vida es un puto misterio. Pasa. Está pasando. Y creo que no puedo hacer nada para evitarlo excepto ir detrás de él cerrando todos los armarios y todo lo demás que se deja abierto. Por ejemplo, los cajones. Siempre a medio cerrar. Pero, ¿tanto cuesta cerrarlos del todo? Por Dios, que se trata de empujar un poquito más. Nada más. Que no son unas oposiciones a notaría ni es una cuestión de ingeniería. Pues no. El cajón de los calcetines, el cajón de los calzoncillos, el cajón de las servilletas, el de los cubiertos, el de los cables y demás cachibaches suyos. Y alguien me dirá que ya hay unos mecanismos que se ponen en el cajón para que, con un leve roce, se cierren solos. Gracias, ya los conozco. Los probamos en Ikea y no, él, mi chico, todo un experto en su materia (la de joder armarios y cajones) tampoco los cerraba del todo. Sabía que existía ese mecanismo y, claro, el esfuerzo fue mucho menor todavía. Batalla perdida.
¿Qué más puedo contar de la convivencia? Los papeles. Yo, papel que llega, papel que archivo en su carpeta correspondiente: facturas, nóminas, avisos, documentos, da igual. Yo tengo un lugar preciso para cada una de esas hojitas que van llegando con cuentagotas. Nunca queda un papel suelto. ¿Sus papeles? A saber. A medida que van llegando, los va dejando encima del mueble del salón, encima de la mesa, encima del mármol de la cocina, encima de la lavadora, encima de la mesa del despacho... Y allí se pueden quedar hasta el juicio final, bueno no, hasta que llega la menda y, harta de ver los papeles desperdigados por la casa, los recoge todos y los mete entre sus libros. Hasta que un buen día me pregunta ¿cariño, has visto la receta de las pastillas? ¿Cuándo la trajiste? Ufff, hace ya días. ¿Cuándo exactamente? Fui al médico hace unas tres semanas. Traducción: hacía como mínimo dos semanas que la dichosa receta había estado descansando encima de alguna superficie últil de la casa hasta que llegué yo y lo barrí todo. Debe estar entre tus papeles. ¿Dónde? En tu estantería, entre los libros de fotografía. Y es en ese momento, al buscar la receta, cuando encuentra también la nómina de hace cuatro meses, la factura de la revisión de la moto, un folleto informativo, la publicidad de una cámara de fotos y mil cosas más. Y vuelvo a plantearme la misma pregunta: ¿acaso le cuesta tanto recoger y clasificar sus propios papeles? Insisto: coño, que no se trata de una ingeniería aeronáutica.
Y así, mil cosas más.
¿Todo lo que sube baja? Debería ser que sí pero, en mi caso, va a ser que no...

domingo, 17 de febrero de 2013

COSAS QUE PUEDES HACER CON 10 KILOS MENOS


En primer lugar, ante todo y sin falsa modestia, siéntete orgullosa del logro. Sí, recreáte en lo que has conseguido porque sólo tú sabes lo que ha supuesto para ti llegar hasta aquí, sin que importe el tiempo invertido. Diez quilos menos, sí. Y sólo tú sabes la cantidad de sacrificios que has hecho para alcanzar la meta. Sólo tú sabes de la constancia, de las renuncias y de la perseverancia. ¿O acaso ya no recuerdas la primera vez que dijiste no a la copa de vino, que rechazaste unas patatas bravas o que pasaste de largo por la estantería de aperitivos del súper?
En segundo lugar, y también sin falsa humildad, recoge con orgullo y agrado todos los piropos que te están diciendo: ¡Pero qué delgada estás!, ¡Qué has hecho!, ¡Estás monísima!, ¡Qué bien te sienta la ropa ahora! No digas que no es para tanto, no digas que no, no te enfades con ellos porque antes no te decían nada, no pienses en que antes estabas como una foca o que ibas hecha un adefesio, no te castigues con tus antiguos quilos de más. Cuando te digan un piropo, sonríe, sonríe, sonríe.
En tercer lugar, ríete al ponerte de nuevo aquellos pantalones enormes y comprobar cómo se deslizan por tus caderas hasta caer rendidos al suelo. Es genial. (pero, insisto, no te flageles pensando ¿¡Cómo podía estar yo tan enorme?!
En cuarto lugar, disfruta embadurnándote de cremas hidratantes, reafirmantes, antiestrías para que tu sacrificio obtenga unos resultados óptimos y para que tu piel no se resienta. Que no te dé pereza. Regálate una buena crema, de textura suave y aroma de azahar o de jazmín, y recréate con ese sensual ritual. (A mí, la verdad, siempre me han gustado las cremas, con quilos y sin quilos. La sorpresa me la llevé cuando a mi médico nutricionista le pregunté por la mejor. Ya que estaba haciendo el sacrificio de la dieta, estaba dispuesta a hacerlo también comprando la mejor crema, la más efectiva; estaba dispuesta a gastarme mi sueldo entero. Ya sé que no se puede hacer publicidad pero, ¿cuál me recomendó sin ningún tipo de duda? La lata azul de Nivea, la lata redonda, la de toda la vida, la que no lleva agua, pura crema, la que cuesta tanto extender -ahí radica su secreto, ahí se escuentra su efectividad-, la que te deja todo el cuerpo grasiento y blanco. ¿Estás segura? Yo pensaba que me recomendaría alguna de doscientos euros, alta cosmética, alta tecnología, con los últimos descubrimientos científicos en el estudio de la piel. Pues eso, ahora mi chico y yo compartimos buenos e íntimos momentos con Nivea: yo, para cuidar mi delicada piel, y él, para cuidar sus cinturones de cuero y sus botas, las de montaña, las de la moto... Y todo, por unos 6 euros la lata formato familiar. Sin comentarios)
En quinto lugar, mírate en un espejo grande, de esos de cuerpo entero, pero mírate desnuda. ¿Qué puedes ver? ¡¡¡¡La línea del bikini!!!! ¡¡¡Síííí!!! ¡Es genial! Esa línea no imaginaria que durante tanto tiempo ha permanecido escondida entre los pliegues de esa prominente y fofa masa llamada barriga -o barrigota, como me dijo una vez mi sobrina pequeña-, esa que no sabías ni que existía porque siempre estaba tapada por las carnes y también por las bragas de cuello alto. Es una sensación indescriptible, de verdad. Ahora falta ir a una buena esteticien para que me haga una buena depilación brasileña...
En sexto lugar, siguiendo con el tema y tú sigues desnuda ante el espejo, ahora agacha la cabeza y ¿qué ves? ¡¡¡Sí!!! Efectivamente, ¡¡puedes verlo!! Antes, sólo podías ver tu barriga, tu ombligo orondo y nada más. Tus carnes te impedían saber qué había debajo de tu masa favorita. Ahora ya sabes qué hay más allá de él. Es estupendo. Incluso, si te apuras un poco, también podrás ver tus pies. 
En séptimo lugar, deshazte ya de las bragas de cuello alto, esas que llegan hasta el sobaco y que dan la impresión de que recogen todos los michelines, esas bragotas quilométricas de color carne (pero, ¿por qué no las harán de colores o con dibujitos para alegrarnos la vida?), que ocupan medio cajón y que dan vergüenza tender; esas que son los más antierótico que te puedes echar a la cara (no nos engañemos, van muy bien, son muy cómodas -esto no lo entenderán las que nacieron delgadas- pero destrempa a cualquier macho que se preste; que me lo digan a mí...). Tengo que confesar que yo no me he deshecho de ellas, les tengo demasiado cariño, han sido mis fieles compañeras y mis cómplices durante mucho tiempo y han aguantado estoicamente mis redondeces y mis carnes fofas sin quejarse y sin romperse. Son geniales. Tengo que confesar también que me he comprado alguna que otra tanga y alguna que otra braguita pequeña, fina y monísima pero, qué quieren que les diga, me siento incómoda, desnuda. Demasiados años: yo ya estoy hecha a las otras, a las de toda la vida.
En octavo lugar, quema aquellos “chalecos antibalas”, aquellos sostenes que parecen de hierro forjado, tan antiestéticos, tan de abuela de pueblo (con todos los respetos a las abuelas de pueblo a las que adoro y admiro), con tirantes y tiras de dos o tres dedos de ancho, con esas copas enormes, duras, rígidas, resistentes, como si estuvieran hechas de acero, que más que sujertarte las tetas, te comprimían medio cuerpo lleno de lorzas ocultando el tan deseado canalillo. Sí, tira esas “armaduras medievales” y regálate uno de esos sexys sujetadores de color fresa, con blonda, semitransparentes, con finos tirantes, tan bonitos que hasta te dan ganas de lucirlos por la calle. (pero, atención, cómpratelos buenos, de los que sujetan, porque ahora las carnes están un poco flácidas...)
En noveno lugar, ya puedes pasearte desnuda o en ropa interior por la casa (yo siempre lo he hecho, con bragas de cuello alto o sin ellas, la verdad. Me encanta. A mi chico, no tanto, porque, aparte de que es muy pudosoro, en casa no tenemos cortinas... Pero ya tengo excusa: entiéndelo, cari, no es que me encante pasear en pelotas por la casa, es que tengo que dejar que la crema se absorba...) y abalanzarte encima de tu hombre (o mujer) sin temor a chafarle y a dejarle sin respiración, sin repetir constantemente ¿¿¿Peso???
En décimo lugar, mírate y admírate, sin miedo, sin vergüenza. Eres tú, sigues siendo tú, quizás con los rasgos más estilizados o más angulosos, con menos tetas y menos curvas. Pero sigues siendo tú, con tu humor y con tus paranoias, intentando sacar punta a todo esto...

¿Y qué más puedes hacer con diez quilos menos?
Pues dar una clase magistral de dietética y nutrición. Tantas semanas yendo al médico nutricionista (porque, esto sí que es importante, no se te ocurra hacer dieta sin la supervisión de un profesional), tantas semanas escuchando lo que puedes o no puedes comer, las combinaciones peligrosas que hacías, las calorías que no pedía tu cuerpo -pero que tú se las dabas tan ricamente-, lo que está permitido o no; qué significa todo eso de las féculas, los carbohidratos; dónde están las vitaminas y las proteínas; que las grasas son necesarias pero que hay que controlarlas; que con los azúcares pasa lo mismo; que el alcohol es puro azúcar, etc., etc., etc., lo que estaba diciendo, tantas semanas recibiendo lecciones de cómo comer bien, sano y equilibrado, me he convertido en una auténtica experta en el tema.
También acabas deleitándote con la verdura, el embutido de pavo, el queso bajo en sal y en grasas. En serio, a mí me encanta. Y lo mejor de todo, cuando lo comes, tu conciencia está la mar de tranquila. Y eso no tiene precio porque disfrutas el doble.
Comprarte esos magníficos tacones por los que has estado suspirando durante tanto tiempo. Vamos, ve a la zapatería y pruébatelos sin miedo a que ya no aguanten tu envergadura. ¿Qué tal? A que te sientan bien, ¿verdad? Y qué bonitas piernas tienes. Y hasta pareces más delgada todavía. ¡¡Qué buen invento este de los taconazos!!
Y ahora, ve a la tienda y pruébate ese vestidito corto. Por fin te entra. Se acabó la tiranía de las tallas grandes, se acabó la ropa ancha, se acabaron los colores oscuros porque estilizan, se acabó el ir a tiendas “especiales” porque en las “normales” no hay más allá de la 40, se acabó el no querer ir de tiendas. ¡Se acabó! Mírate ¡y qué guapa estás! Eso sí que es una experiencia religiosa. Lo demás son tonterías.
Ahora ya puedes pedirle a tu hermana (la delgada, la mona, la tía buena, la que te generó tantos complejos durante tu adolescencia, a la que odiabas tanto porque, cuando conocíais a algún chico, ella siempre era la guapa y tú... la simpática. ¡¡¡Había que joderse!!!) aquella blusa tan bonita o aquel pantalón tan estupendo. (Tengo que reconocer que todavía no me caben pero todo se andará...)
Ahora ya puedes pedirle a tu madre que baje del altillo toda aquella ropa de cuando tenías 18 primaveras... ¡¡¡Pero qué ilusas somos, de verdad!!!
Ahora ya puedes subir las escaleras sin ahogarte, mejor dicho, ahogándote menos, porque ahora no pesarán los quilos pero siguen pensando los años...
Ahora ya puedes pasar frío de verdad, porque, como me dijo mi médico, "claro, si ya te has quitado la capa de grasa, es normal que ahora sientas más frío". Nunca me he sentido uan foca, ni con quilos ni con michelines ni con bigote, pero, al oír aquellas palabras, me sentí más foca, más morsa que nunca. Viva el tacto y la empatía, sí, señor.


¿Y qué no puedo hacer todavía?
Lo siento, lo reconozco -y esta noche me flagelaré buscando la eterna penitencia-, pero lo que todavía no he podido conseguir es dejar de pensar en unas buenas viandas. Sigo salibando ante un buen escaparate de embutidos o una barra repleta de montaditos; sigo deleitándome ante una cazuelita de morros fritos, sigo dándome algún que otro homenaje con las bravas de La Pubilla del Taulat, sigo suspirando por unos huevos fritos y unas buenas patatas fritas, sigo disfrutando como una loca con la mejor cena que me puede hacer mi chico: su tortilla de patatas -insuperable-, un buen jamoncito de bellota, pan con tomate y aceite y un buen Ribera del Duero...
Si dejara de hacer esto, entonces, seguro, ya no sería yo. Y eso sí que no lo puedo permitir, ¿no?

viernes, 1 de febrero de 2013

LA VIDA ES ESTO

La vida es esto.
Con estas sabias palabras, un viejo hombre de barrio, ataviado con su gorra comunista, sus inseparables tirantes y su abnegado bastón, por fin dio tajante y definitiva respuesta a la pregunta que, desde los albores de la Humanidad, se han formulado pensadores, científicos, observadores, psicólogos y demás estudiosos de la especie humana, todos ellos con escaso éxito.
¿Qué es la vida?
La vida es esto, le dijo mi querido y admirado Andrés a su amigo Esmeraldo mientras aquél le daba un codazo preñado de agradecimiento, complicidad y alcohol, y miraba satisfecho la larga mesa cubierta con los restos de una, otra, entrañable y divertida comida y a los amigos de toda una vida que, con los buches llenos y los ojos inyectados de sopor, asentían ante el viejo filósofo.
¿La vida?
La vida es esto.
La vida es quedar un domingo de invierno, cargados con bolsas de comida, termos de café y cajas de buen vino, tempranito para ir de “calçotada”.
La vida es saludar a los viejos amigos y bromear con el mismo afecto de siempre, como si el tiempo no hubiera erosionado, en absoluto, los lazos, cada vez más fuertes, hechos de tiempo, paciencia y complicidad.
La vida es recibir los cálidos besos de todos los miembros de la peña en esa gélida mañana de invierno.
La vida es ver los rostros sonrientes, expectantes, generosos, aliviados de los anfitriones de la gran casa al vernos llegar con retraso.
La vida es comprobar cómo la vieja casa sigue en pie, con sus aperos de labranza, sus piedras grabadas de historias y sus secretos.


La vida es convertir a los gallos de la casa, sin saber cómo ni por qué (no cuenta el efecto del vermú, la cerveza, el vino, el cava y las brasas de la parrilla) en unos auténticos "pollos folladores".


La vida es contemplar durante un buen rato el fuego, catártico, purificador, fértil, hipnotizador, sin pensar en cómo va a dejar la ropa -ya se lo digo yo, apestosa de humo y de brasa-.
La vida es escuchar las explicaciones de un nuevo proyecto, un programa sobre puentes (quizás sea eso lo que necesitamos precisamente: puentes que nos unan más en este tiempo de desesperanza, desengaño y desconfianza).
La vida es quemarse con los “calçots” y la parrilla mientras los aguerridos hombres de campo me recuerdan dónde está el Paseo de Gracia (¿por qué será?)
La vida es acordarse de los políticos, banqueros y demás ladrones, estafadores, corruptos mientras vemos cómo se chamuscan los chorizos en la parrilla.


La vida es sentir cómo el campo aguza los sentidos y abre el apetito (¡¡¡por favor, qué manera de comer y de beber!!!)


La vida es competir para ver quién come más “calçots”, quién la dice más gorda y quién es el más porno en materia de “calçots” y de todo lo que se le parezca. (Sí, ya sé, parece lo que parece -¿o es mi mente un tanto cochina?-. Por favor, absténganse de recurrir a la broma fácil... Jajajaja)


La vida es deleitarse con los postres caseros de las mujeres de la peña y disfrutar sin pensar en las calorías, en el colesterol, en el azúcar...
La vida es despedirse de las cervecitas durante un tiempo para "purificar" la sangre y ponerse bueno.
La vida es echar de menos la caja de Infinity.
La vida es ser testigo (con el beneplácito de los dueños de la casa) de la riqueza que en ella albergan: juguetes antiguos, libros viejos, arcaicos muebles, todo un museo perdido en el tiempo y en la historia,  el testimonio de toda una vida que nos recuerda quiénes fuimos y quiénes somos ahora.
La vida es tener en la habitación un semáforo de verdad. Cuando el dueño de ellame lo comentó, pensé que se estaba quedando conmigo. Cuando comprobé in situ que era cierto, flipé en colores. ¡¡Ole tus cojones!!!
La vida es sacrificarse para estudiar los exámenes que esperan el lunes en vez de ver el partido del Barça.
La vida es soñar con nuevos encuentros: la exposición de El Roto, un partido en el Camp Nou, los 10 años del Guateque de la peña, más partidos del Barça, más fiestas mayores, más "calçotadas"…
La vida es colaborar para que el día salga redondo: preparar el almuerzo, hacer la comida, fregar los platos…
La vida es celebrar el triunfo de España en el Campeonato Europeo de balonmano sin que, en ese instante, se interpongan otros sentimientos.
La vida es volver a la infancia y cantar al conductor del autocar aquello de "señor conductor, acelere, acelere". (Era en el viaje de vuelta y ya se pueden imaginar ustedes la causa de esa vuelta -valga la redundancia- al pasado)
La vida es ver a mi chico feliz y yo, feliz junto a él.
La vida es tener un buen objetivo.


La vida es reír, reír, no parar de reír (aunque sea por el efecto del alcohol), porque ya lloraremos cuando llegue el momento, ¿no?
La vida es llegar a casa agotada y darse una ducha de agua caliente para desprenderese del olor a humo y parrilla pero no del sabor de lo sentido.
La vida es dar gracias por todo lo vivido.

¿La vida?, nos preguntábamos tú y yo... (con tu permiso)



Cuánta razón tienes, mi buen amigo Andrés. La vida es, sencillamente, esto.


¿Y nos parece poco?


PD. Todas las fotos son de PedroClick.
http://9barrisimatge.blogspot.com.es/
http://pocallum.cat/



sábado, 26 de enero de 2013

CUERPOS Y CUERPAZOS

“Las muñecas de Famosa se dirigen al portal para hacer llegar al Niño su alegría y su amistad. Y Jesús en el pesebre se ríe porque está alegre...” ¿Se acuerdan? Qué tiempos aquellos en los que los Reyes Magos recorrían cientos, miles de kilómetros, para colocar junto al zapato limpio unos cuantos juguetes, cajas de colores y monedas de chocolate. Y carbón si nos habíamos portado mal durante el año que acababa de acabar. Para mí, sigue siendo lo mismo: sigo poniendo el zapato y sigo esperando, ilusionada, los regalos, que se van adaptando a la edad que, año tras año, de manera inexorable, van sumando en mi calendario. Los juguetes y los colores de la infancia pasaron a mejor vida y llegaron la ropa de adolescente y a los cassettes y a los libros. De ahí pasamos a la electrónica y demás artilugios y, así, sin prisa pero sin pausa, hemos llegado a la vida adulta y a unos Reyes Magos pragmáticos, que no se andan con tonterías: cosméticos, vales de ropa (para comprarla en rebajas), alguna que otra sesión de spa o de cata de vinos, entradas de teatro, más libros y, desde que tengo sobrinos, el que más ilusión me hace, un calendario con las sonrisas de mis “tres niñas y un niño” (es que todavía no me he acostumbrado a hablar en masculino, habida cuenta que en este ranking gana la mayoría femenina), un calendario que luzco en mi mesa de trabajo (en el trabajo) y que me hace sonreír cada vez que lo miro.
Este año, sin embargo, los Reyes Magos han roto mis esquemas y mis expectativas: junto al taconazo de este año, además del libro y del vale de ropa, había un regalo grande y plano. Qué bien, pensé, el calendario de mis sobrinos pero, esta vez, de pared. Lo desenvolví con ansiedad y, ante mis ojos redondos y grandes como platos, apareció un torso masculino, desnudo, moreno, lustroso, que marcaba músculo por todas partes y que anunciaba un nuevo año, 2013. ¡¡¡El calendario de los bomberos!!! No podía creérmelo. ¿De quién coño había sido la idea? Y, encima, dedicado: “Mamen: Todo el fuego para ti. Quémate y llama al cuerpo”. ¡¡¡Manda huevos!!! Allí estaba yo, en la mañanita de Reyes, delante de mis padres, mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinas y mi churri, con el cuerpo del delito, ¡y qué cuerpo!, nunca mejor dicho. No sabía qué decir. En mi mirada se dibujaba la consabida pregunta: ¿quién ha sido?, ¿a quién se le ha ocurrido semejante idea? Pero, claro, delante de las niñas, no podía decir nada, no podía echar por tierra la magia de los Reyes Magos. Para que lo cuelgues en el despacho, me dijo riendo mi hermana. ¿En el despacho del trabajo? Y enseguida me imaginé la escena: esos bomberos colgados en la pared, desnudos, sudorosos, potentes, provocativos, mirándome a los ojos, seduciéndome con cada centímetro de su piel, con cada músculo, con todos los músculos de su anatomía. ¡¡Qué bien iba a trabajar!! ¡¡Qué feliz iba a estar durante todo el día!! ¡¡Qué estupendo ver cada mañana a ese tiarrón esperándome en el despacho!! Lástima de un pequeño detalle: comparto despacho con mi jefa y por ahí pasan un montón de chavales y chavalas a lo largo de todo el día. Qué pensarían de mí: yo, seria, estricta, profesional, disciplinada, con ese elenco de cuerpazos encima de mi cabeza. ¡¡¡Ufff!!! Imposible. Mejor, el calendario de mis sobrinos. Pero, mientras ojeaba los meses y a los chicarrones en esas posturas imposibles, con esos cuerpos moldeados a golpe de mancuerna y abdominal, con esas miradas penetrantes y esas sonrisas encantadoras, mientras alababa la profesionalidad de los modelos y del fotógrafo, una duda empezaba a rondar por mi cabecita: Vale, no sé de quién ha sido la idea de regalarme el calendario de los benditos bomberos (la verdad es que nunca lo había visto, pensaba que era una leyenda urbana), pero, ¿a santo de qué me lo ha regalado? ¿Tan mal me ve?, ¿tan desesperada estoy que no lo puedo disimular? Y miraba a mi churri que, sin el menor atisbo de incomodidad o de celos, sonreía maliciosamente mientras decía que no con la cabeza y levantaba los hombros. No, yo no he sido, te lo juro. Y no sé quién ha sido el artífice del regalo que te ha dejado muda.
Y aquí tengo a mi ejército de bomberos desnuditos y deliciosos, colgados en la pared del despacho de casa. El de enero está de muerte, está corriendo por una pasarela de madera, ataviado únicamente con unas deportivas. Lo miro y lo vuelvo a mirar. Joder, sí que está bueno, sí. Miro a mi chico, que ahora está a mi lado, trabajando con el otro ordenador, y me siento culpable. Me mira y me sonríe. Lleva el chándal de los sábados, la barba del fin de semana y una barriga que se está haciendo más que incipiente, la maldita curva de la felicidad o la maldita cerveza (más bien, lo segundo). Disimuladamente, miro al bombero de enero. Vuelvo a mirar a mi chico. Decididamente no hay color pero, como me dijo una amiga que vio el calendario -aquí, quien no se consuela es porque no quiere-, esos chicos no existen, no; no existen esos torsos perfectos ni esa anatomía griega, proporcionada y tan bien depilada (atención, si alguno de esos bomberos está leyendo esto, que me llame y me diga que sí, que existe. Más que nada, para ir matando mitos). Tengo que adelgazar, ¿verdad? Pienso detenidamente la respuesta para que no se desate una batalla inútil: ¿Tú te sientes bien, cariño? Lo importante es la salud. Me sonríe y se va. Vuelve con una cerveza y una bolsa de patatas fritas. Pues sí, estoy de coña. (Se me había olvidado que tiene una autoestima a prueba de bomba y una imagen de sí mismo a prueba de respuestas ridículas. Si esto mismo hubiera pasado al revés, habría estado sin hablarle durante una semana, lo juro). Y otra duda vuelve a rondar por esta mente femenina que Dios me ha dado: ¿cómo habría reaccionado yo si a él le hubieran traído los Reyes Magos un calendario plagado de señoritas medio desnudas, embutidas en biquinis imposibles, con unas tetas rebosantes y una cinturita de Barby, en posturas escandalosas?, ¿lo habría tolerado? ¿Cómo llevaría yo eso de tener colgado en el despacho un calendario de doce cuerpazos esculpidos a golpe de bisturí y bótox, con sus correspondientes atributos y esas boquitas (me imagino) de muñeca hinchable? ¡¡¡Ahhh!!! ¡¡Por favor, que aún hay clases!! ¡¡Ni que estuviéramos en la cabina de un camión!!

PD. Lo acabo de decidir. No voy a esperar al de febrero. En cuanto cuelgue esta entrada, descuelgo el calendario y lo hago desparecer. No vaya a ser que los Reyes Magos de 2014 me quieran poner a prueba...

domingo, 13 de enero de 2013

DE VIAJE CON EL SUPERMIRAFIORI

Acabo de pasar el fin de semana en un lugar idílico de la Costa Brava y, mientras volvía en coche a mi casa, tranquila, relajada, escuchando mi musiquita en mi Ipod conectado, cómoda y calentita, me acordaba de esos viajes horrorosos e interminables que hacíamos mi familia y yo de vuelta a casa los domingos por la tarde después de pasar el fin de semana en el apartamento del Maresme. Daba igual que hiciera frío o calor, que tuviéramos deberes o no, que quisiéramos ir o no. Sí o sí -no había posibilidad de negociación ni de chantaje emocional-, cada viernes cogíamos el coche cargados con los capazos de mimbre de la comida, la carteras -en mi época, no existían las mochilas con ruedas ni las modernas bandoleras- repletas de libros y de libretas, estuches, compases, diccionarios para hacer los deberes y algunas maletas de ropa, especialmente en invierno porque, ¿no se lo había dicho antes?, en ese pueblo del Maresme hacía un frío del carajo. Y, después de pasar el fin de semana haciendo deberes, yendo a la plaza de los columpios y dando un paseo por la calle peatonal, los domingos por la tarde, de nuevo, cogíamos las carteras -que, a la vuelta, pesaban más porque, come le dije una vez a mi madre, muy convencida yo, en las libretas había más letras, más frases, más números, más problemas resueltos y todo eso debía de pesar, ¿no? Bendita ingenuidad, bendita inocencia o bendita gilipollez, elijan lo que quieran-, los capazos de mimbre de la comida y las maletas con la ropa sucia y nos metíamos en el Seat Supermirafiori, ¿se acuerdan? e iniciábamos el camino de vuelta a casa. Un suplicio, vamos.
El primer trago que teníamos que pasar era el puro que se encendía mi padre nada más poner en marcha el coche. Papá, abre la ventanilla, por favor, que nos estamos ahogando. Papá, apaga el puro que echa un pestazo que no veas. No molestéis a vuestro padre, que está conduciendo. Pero, mamá... Ni mamá ni leches, zanjaba mi padre la controversia del maldito puro. Total, una hora aproximadamente tragando humo y peste. Y sí, ya sé lo que están pensando, en aquella época, nosotras, mi madre y mis hermanas, ya podíamos aparecer como fumadoras pasivas. No me extraña que ahora odie el tabaco...
El segundo aro por el que teníamos que pasar durante el viaje era el "Carrusel deportivo". ¡Menudo coñazo, por favor! (Esto lo digo ahora; yo, en aquellos tiempos, no decía esas palabrotas porque de la bronca que me metía mi padre, quedaba servida para el resto de mis días). Odiaba soberanamente escuchar las retransmisiones deportivas de un partido de fútbol y las conexiones que hacían cuando en los otros encuentros de liga alguien marcaba un gol. Había un montón de hombres gritando a pulmón abierto los pases de los jugadores y que se quedaban sin voz cuando alguien metía un ¡¡¡¡Goooooooooooool en el Villamarín!!!!! De tantos domingos escuchando la misma tontería, llegué a aprender el nombre de los estadios de fútbol de España: el Villamarín, la Romareda, el Sánchez Pizjuán, el Camp Nou, el Bernabeu. Entre el puro habano y el sonsonete aquel, el viaje de vuelta a casa los domingos se me antojaba una auténtica tortura. Papá, ¿puedes cambiar de emisora, por favor? Esto es muy aburrido. Y mi madre: no molestéis a vuestro padre, que está conduciendo. Sin embargo, en esas retransmisiones, había un momento hilarante para mí, un momento que me parecía, ya en esa época, de tan machista, ridículo: "Soberano es cosa de hombres". No me digan que ya lo han olvidado. ¿Y qué pasaba con la cantidad de niñas, mujeres, madres que se veían obligadas a escuchar ese rollaco? ¿Acaso no había nada que no fuera cosa de ellas?
El tercer obstáculo que debíamos pasar eran las insufribles caravanas, pero no porque tardáramos más en volver a casa sino porque, en aquellas circunstancias, el coche se calaba y no había dios que lo volviera a poner en marcha. ¿Se lo imaginan? Los coches ya circulando y el nuestro, que nada, que no quiere hacerlo. Mil intentos girando la llave de contacto, unos ruidos sospechosos, la radio apagada, ¡qué alivio! y mi padre, callad que necesito oír el motor. ¿Qué quería decir con eso? Pero el motor no decía nada. Un intento, otro intento, los coches circulando a nuestro lado pitando a mi padre y a nuestro infortunio hasta que llegaba el momento fatídico, vale, niñas, salid y empujad. ¡Que vergüenza pasaba! Mi madre, mis hermana y yo empujando por el maletero, hiciera frío o calor, mientras mi padre, tan ricamente sentado en su asiento de todopoderoso conductor, ahogando el motor con sus intentos de poner el coche en marcha. Eso si, en medio del recorrido, no se decidía a inspeccionar el motor o a arreglar algún faro que no funcionaba del todo bien. Entonces, ni corto ni perezoso, en un golpe de volante (de nuevo, los avergonzantes pitidos de los otros conductores, ¡loco!, ¡pero, se puede saber qué coño estás haciendo, y con criaturas...!, ¡deberían retirarte el carné! (menos mal que, en aquella época, no existía eso de los puntos porque si no...) Todavía me acuerdo de la escenita: mi madre, alumbrando el motor con un mechero (en esas ocasiones daba gracias de que fumara...) y mi padre, a ver, niñas, ¿tenéis un trozo de papel de plata, un envoltorio de chicle?, por aquí debo de tener un palillo, unos cuantos segundos después, sin saber cómo ni por qué, todo volvía a funcionar. Es un arreglo provisional; en cuanto lleguemos a casa, lo llevo al taller. Mi padre lo arreglaba todo de manera provisional y con unos mecanismos un tanto sospechosos. A mi me recordaba a McGiver, ¿se acuerdan? aquel tipo que te hacía una bomba con un alambre, un palo de polo, un trozo de cable y un chicle mascado. Pues mi padre, igual. Sólo les diré que, algunos años después, cuando salía con un chico gallego, mi padre le dejó el Supermirafiori para que me llevara de paseo y en medio del camino, ya de noche, se apagaron de golpe las luces y el automóvil dejó de funcionar. Parecía cosa de encuentros en la tercera fase. Con el miedo en el cuerpo, el chico hizo correctamente todas las maniobras para parar en el arcén, y cuando abrió el capó para ver qué ocurría, se encontró con toda una feria choquetín hecha de papel de plata y palillos varios. ¡¡¡¡Qué vergüenza cuando lo vio el de la grúa y preguntó quién había diseñado esa manualidad...!!!! Y así trascurrían nuestros viajes de vuelta a casa: entre carruseles deportivos, peste a puro habano, rezando para que nos nos quedáramos parados en mitad de la caravana, contando las matrículas para encontrar alguna que sumara diez y jugando a "De la Habana ha venido un barco cargado con la letra..." Nos machábamos los sesos buscando palabras con esa letra. Y no vean todas las que pensábamos. No, si, pensándolo bien, al final tendré que agradecer a esos horrorosos, insufribles, interminables viajes por haber enriquecido mi vocabulario. ¡¡Acabáramos!!

sábado, 17 de noviembre de 2012

PATADAS EN EL DICCIONARIO (o todos somos la RAE)


“No, hija, muchas gracias, pero no quiero LSD en mi casa”. Con estas palabras, respondió mi madre, muy convencida ella, a la respuesta de si quería que les pusiéramos Internet en casa. ¿¿¡¡LSD, mamá!!?? “Sí, hija, es que tengo miedo de engancharme con eso... -argumentaba mi santa madre, muy digna ella-. Mira la vecina del quinto; desde que se lo puso, no para con los mails y ya dice que no puede vivir sin él”. Pero mamá... “Que no, no insistas, he dicho que no quiero LSD y no quiero LSD”. Chico trabajo me costó convencerla de que no se trataba de LSD o de cualquier otro tipo de estupefacientes sino de ADSL (mirándolo bien, Internet se ha convertido en una de las drogas más potentes del siglo XXI y ya llevamos unos años oyendo de la adicción a las nuevas tecnologías. Ya hay unidades clínicas para tratar a aquellos que están enganchados al mail, al whatsapp o al facebook...). “Tú ya me has entendido, ¿no?”, fue lo que me dijo. Y tan tranquila...
Y es que mi madre es experta en hacer que la lengua, aquello que los ilustres de la RAE defienden como un sistema que se tiene que adaptar a los hablantes, sea un organismo vivo -valga el pleonasmo-. Y tanto que es un organismo vivo; que se lo digan a ella que, cada dos por tres, le da la vuelta a las palabras y a las estructuras sintácticas. Hace unos meses, yo misma lloraba de la risa al oírla decir “hija, ¿tienes "sicolina" en casa? (ahora mismo, este palabra, sicolina, aparece en la pantalla de mi ordenador subrayada con una patata ondulada de color rojo. Coloco el cursor encima de ella y... ¡sorpresa! ¡Esta palabra no existe!) Perdona, mamá, pero ¿qué me has pedido exactamente? Hay, hija, últimamente estás muy espesa (¡espesa, yo...!), te he pedido sicolina, sí, hombre, lo que tenéis en casa para las baldosas del baño... (Pero qué buena es mi madre enriqueciendo el léxico español. Si los de la RAE tendrían que cederle una letra y todo...)
Pero ella no es la única.
Cuando yo era jovencita (más jovencita que ahora porque todavía sigo siéndolo, ¿eh?), una tarde llegué a casa hecha polvo. Había tenido tres exámenes aquel día y, la verdad, estaba cansadísima. Debía de hacer muy mala cara porque, en cuanto entré en el portal, la señora portera, que estaba distribuyendo el correo en los buzones, al verme, me dijo: “Niña, qué mala cara llevas, ¿que tienes la monstruación? (Atención, otra palabra que no existe pero que forma parte de ese organismo vivo que es nuestra lengua...) ¡¿La monstruación?! Sí, niña, la regla. Es que tienes muy mala cara. ¡¡La menstruación!! Vale que yo viva la regla como si fuera un auténtico “palo” pero de ahí a relacionarla con los monstruos...
Hace unos años, una amiga, sabiendo que otras amigas y yo nos habíamos quedado hasta tarde para preparar la declaración de renta, vino a vernos a casa y, sonriente, nos dijo: “Qué, en pleno aborigen, ¿no?” Mis amigas y yo nos miramos extrañadas, como preguntándonos qué demonios quería decir aquello del aborigen, y, al ver que no respondíamos, mi amiga nos lo aclaró: “Tantos nervios, tantas prisas, tantas horas, menudo aborigen estáis viviendo”. ¡¡¡Acabáramos!!! ¿Acaso quería decir vorágine? No nos atrevimos a rectificarla en su error: era nuestra jefa... La cuestión es que sigue siéndolo y, cada vez que entramos en una etapa de prisas, de nervios, de preparación para alguna auditoría, ella, para tranquilizarnos, siempre nos dice: “Que no os invada el aborigen. Ante el aborigen que se acerca, lo mejor es mantener la calma...” Huelga decir que, cada vez que menciona esa palabra en lugar de la otra -no pocas veces a lo largo del año-, mis amigas y yo hacemos esfuerzos supremos para no mirarnos y, sobre todo, para que no se nos escape la risa delante de ella... Pero cada vez es más difícil porque ella, como mi madre, es una experta en renovar el vocabulario: absoleto (otra palabra que no existe) por obsoleto, pipti pipti por fifty fift (aquí, como pueden observar, hace una gran aportación al inglés...); morroña (me suena al anuncio de yogures jorroña que jorroña) por morriña o casualística por casuística (qué manera de complicar la lengua, Dios mío). Además, como se debe aburrir con los refranes o las frases hechas del imaginario español, los renueva sin ningún tipo de miramiento: “A buenas horas, manzanas verdes” en vez de “A buenas horas, mangas verdes” o "entre pintos y flautas", "adiós, mundo fiel", “A cabo saco” en vez de “a saco Paco”... 
¿Y quién no se acuerda de las meteduras de pata de algunos/as famosos/as en cuanto a palabras se refiere? Supongo que algunos de ustedes recordarán el célebre candelabro de la Mazagatos cuando cambió la expresión de "estar en el candelero" por "estar en el candelabro"...
La verdad es que pensaba que todo esto de inventarse palabras (por omisión de letras, adición de letras, cambio de orden de letras o directamente palabra nueva) sólo existía en los mercadillos de barrio: “Espera, xoxo, que voy a la fragoneta a ver si hay de tu talla” o “Niña, que tengo la tanga de cavinkrein...” o “Xoxete, si vas mu cargá, pídete un tachis”. También pensaba que eso de inventarse palabras podía ser una fase que viven los niños a la hora de aprender a hablar. Un día escuché a una niñas monísimas (o sea, mis sobrinillas) decir: “He visto a Jofesina en el patio” o “El coche de papá no funfiona” o “Mamá ha ido a darse un majasito” o la famosa canción “la putaracha, la putaracha ya no puede caminar...”.
Durante mis años de carrera universitaria, me acerqué al origen y formación de la lengua española: el latín, las lenguas romances, los dobletes (palabras patrimoniales y cultismos), los préstamos, arabismos, galicismos, germanismos, anglicismos... y después de ver todos estos ejemplos en los que queda patente la “viveza” de la lengua, lo cierto es que todos los que hablamos, o sea, todos, absolutamente todos tenemos en nuestras manos, perdón, en nuestra boca, el poder de hacer evolucionar nuestra lengua, sea la que fuere.
No. Si ya lo digo yo. Si los de la RAE han aceptado "asín" arguyendo que lo dice mucha gente, como mi madre siga con lo de la sicolina y el LSD, el día menos pensado, me la encuentro sentada en la butaca de la letra O. O de... ¡¡¡OLE TUS COJONES!!!

domingo, 28 de octubre de 2012

PIPÍ-CACA (o el arte del buen viajero)


El jueves pasado fui a cenar a casa de mi amiga Montse: exquisitos quesos para untar, sabrosas aceitunas, encurtido de alcachofa, estupendas croquetas de boletus, vino, cava y un delicioso tajine de pollo y dátiles, sin duda alguna el plato ideal para una velada en la que los viajes y las dunas serían los únicos protagonistas.
En torno a esa mesa nos reunimos seis amantes de los kilómetros y de las aventuras, seis viajeros -que no turistas- con nuestras mochilas a la espalda, mochilas llenas de experiencias, culturas, paisajes, lenguas, amigos y un montón de anécdotas. En torno a esa mesa, hablamos de Marruecos, de Costa de Marfil, de Tumbuctú, del Sáhara..., reímos, contamos, recordamos y planificamos nuevos viajes. Y así, entre platillo y platillo, entre anécdota y anécdota, los seis estuvimos de acuerdo al afirmar que, para viajar, hay que abrir las mentes y activar varios resortes o chips: el chip de la tolerancia, el chip de la capacidad de adaptación y el chip del humor, mejor dicho, el chip de saber reírse de uno mismo. Sólo así, los peores momentos (momentos desagradables, inesperados, violento, comprometedores) en un entorno desconocido (no voy a decir hostil porque tampoco es para tanto) se convierten en un simple pasaje de nuestro gran libro de viajes, un motivo de risas en futuros encuentros.
Recordé aquel viaje de fin de año por Marruecos. Viaje inolvidable con mi hermana y mi cuñado y más gente. Noche del 31 de diciembre, desierto de Merzouga, jaimas, alfombras, dátiles, cava caliente y tajine de cordero y verduras. También recordé el viaje a China y aquel momento histórico en la Ciudad Prohibida (Véase entrada “Popó” del 4 de febrero de 2012).
Otra vez, también en Marruecos, en Rabat concretamente, haciendo un curso de lengua árabe, en la residencia de estudiantes, me entró un apretón. Puse en marcha la “Operación Popó”: toallitas higiénicas, papel higiénico y mi Marie Claire, por supuesto. No me acordaba que los váteres, allí, son simples agujeros en el suelo, con tan mala suerte, además, de que el retrete donde entré tenía el pestillo un poquito suelto (los otros dos estaban ocupados). Y allí me ven, de cuclillas, en una postura un tanto forzada, procurando que mis pantalones no tocaran ni un centímetro del suelo sucio, manteniendo un difícil equilibrio, con una mano aguantando las toallitas, el papel y mi glamourosa revista (mi glamour se estaba yendo por el maldito agujero), alargando la otra mano intentando sujetar la puerta para que nadie la abriera desde fuera y fuera testigo de tan lamentable postal...
Y en otra ocasión, viajando con dos conocidos (lo reconozco, Marruecos me puede, me iría allí hasta con el mismísimo diablo. Lo bueno de aquella excursión es que uno de ellos acabó siendo más que un conocido... hasta ahora. Y que dure) por todo Marruecos en Lada, aterrizamos en un camping perdido en pleno Atlas. Aquí descansaremos. Vale. Yo odio el camping pero por mi Marruecos hago lo que sea. Me tiene tan subyugada que tengo publicado un escrito titulado "Marruecos, la esencia" (http://elpais.com/diario/2005/10/15/viajero/1129410492_850215.html)
Problem, nos dice el encargado, no agua. ¿Cómo? ¿Y cómo me lavo los dientes? ¿Y para ir al lavabo? ¿Tualet? El hombre me señaló una zona de cedros. Supongo que se imaginarán las risas de aquellos dos conocidos compañeros de viaje. ¡Ni una risa! ¡Ni una palabra! Vosotros, ni miréis, les decía mientras, muy digna yo, me dirigía hacia los cedros con mi rollo de papel higiénico y mi revista de turno. ¡Que no miréis! ¡He dicho que no miréis! ¡Como miréis, os las cargáis!, iba yo gritando en cuclillas, intentando concentrarme en mi tarea. La cuestión es que, tan pendiente que estaba yo de que mis colegas no me miraran, no me di cuenta de que una columna de niños uniformados a lo boyscout se iba acercando por mi izquierda. Me quedé helada. Allí estaba yo, en esa postura tan incómoda y tan comprometedora -vamos, con el culo al aire, para qué andarse con rodeos-, convertida en el blanco de las miradas de reojo y las risillas de esos niños que, sin volver la cabeza y con paso marcial, iban desfilando ante mí. No sé si aquella imagen les traumatizó pero a mí se me quitaron las ganas de todo...
O cuando hice una travesía en velero y, después de varios días de estreñimiento, tuve que pasar de mis escrúpulos y de mis prejuicios, coger mi revista y meterme en esos pocos metros cuadrados mientras los demás tripulantes podían oír perfectamente todo lo que hacía. Durante aquel primer viaje en velero (una gran oportunidad para ponerse a prueba uno mismo) comprobé que todos tenemos nuestras manías y costumbres al ir al lavabo, que todos hacemos ruiditos, que todos necesitamos nuestro tiempo y nuestros rituales y que no pasaba absolutamente nada. Y dicen que la muerte es lo que nos hace iguales. ¡Ja! Lo que nos hace verdaderamente iguales es el hecho de ir al lavabo, en otras palabras, mear, cagar y pedorrearse.
Pero, donde pasé más vergüenza fue en una estación de servicio, en un viaje de fin de curso. Yendo hacia Italia en autocar en pleno mes de junio, después de beber mucha agua y con la vejiga a punto de reventar, nada más parar. Me fui corriendo hacia los lavabos. ¡Qué alivio!, pensé al sentarme en la taza blanca. Debía de estar llena, llena, porque aquella micción parecía no tener fin. ¡Joder, quién está meando así!, oigo decir a una de mis alumnas. ¡Qué corte! Contraje los músculos en un intento vano de interrumpir mi tarea. Imposible. La naturaleza es muy sabia. ¡Pedazo meada!, vuelvo a escuchar al otro lado de la puerta del retrete. Identifico la voz. Se la tengo jurada. No puedo hacer nada por parar. Realmente, estaba a tope (¿no les ha pasado nunca? Qué suerte). ¡Joder, si parece un elefante! Muerta de vergüenza, dejé caer las últimas gotas. Qué bochorno. Cómo iba a salir de allí. ¡Parece que el hipopótamo ya ha acabado de mear y el nivel de los ríos ha subido un doscientos por ciento! Bueno, eso era el colmo. Con la cabeza bien alta, abrí la puerta del retrete. ¡Joder, la tutora!, soltó al unísono aquel nutrido grupo de alumnas que todavía seguía allí, como esperando a ver quién era la propietaria de tan tremenda meada. Completamente cortadas, les solté: ¿Qué pasa?, ¿acaso nunca habéis visto un hipopótamo en un lavabo? Pues es la cosa más normal del mundo. No sabéis lo que os perdéis... Y así, mudas y avergonzadas, se quedaron mis chicas mientras yo, tierra trágame, salía de allí como buenamente podía.

Y así transcurrió la velada del jueves pasado, evocando excéntricos momentos, riendo las ocurrencias y soñando con volver a viajar. Por cierto, aquí les dejo la dirección de uno de ellos, experto en viajes por África subsahariana kongooccidental.wordpress.com.

domingo, 14 de octubre de 2012

¡UNA DE BRAVAS! (o el secreto de "La Pubilla del Taulat")

Pues sí, lo han adivinado. Otra vez vuelvo a hablar de comida. Qué le voy a hacer si es mi perdición, mi vicio, mi placer no oculto. Lo reconozco. Me pierden mi boca y mi estómago porque, para mí, no hay nada mejor que unas buenas viandas para saber que la vida vale la pena; que, a pesar de todos los problemas y los sinsabores, todavía tenemos ganas de reunirnos ante unos platillos llenos de sabores y otras sensaciones, echar unas cervezas y unas risas. No es que tengamos ganas, es que necesitamos hacer un alto en el camino, bajarnos del tren del estrés, de las preocupaciones y de las prisas, y dedicarnos tiempo y placeres para aquello que llaman “desconectar”. En definitiva, darnos un homenaje, que bien lo merecemos.
Y es en este contexto en que “La Pubilla del Taulat” encuentra su razón de ser: un oasis en medio del desierto, un lugar de solaz y de recreo, un rincón de música y de risas, de tranquilidad y apetitoso ajetreo. Vamos, el auténtico aperitivo dominical.



Caracolas salpicadas de aceite y vinagre, gambas saladas, chocos, montaditos de tomate seco y anchoa, croquetas de boletus, lacón, boquerones en vinagre, y la estrella de la casa, la niña bonita, las patatas bravas: esto es lo que se ofrece en esta bodeguita de 1886. Puedo prometer y prometo que he probado un montón de bravas en mi vida (mis curvas lo avalan); puedo prometer y prometo que allá donde voy siempre pido patatas bravas (como si no hubiera otra cosa, sí, es de juzgado de guardia) y puedo decir con toda seguridad (no les miento) que las de la Pubilla son unas de las mejores, sino las mejores, que han pasado por mis pupilas gustativas y por las yemas de mis dedos (venga, sí, lo digo, me encanta rebañar el plato con el dedo y chuparlo con fruición para saborear hasta la última gota de salsa). Y es que Miguel es el maestro de las bravas (aparte de ser un bravo maestro, claro está). Patatas recién hechas (nada de recalentadas o refritas, no) y una salsa que quita el sentido (nada de mayonesa y ketchup, no; nada de alioli y tabasco, no. Su salsa es de auténtico “gourmet”). Cada vez que vamos mi pareja y yo, solos o con amigos (porquel, cada vez que viene alguien, lo llevamos allí. Apuesta segura, créanme), y las pedimos, especulamos con los ingredientes -¿de qué estará hecha esta jodida salsa que está tan buena?, ¿de huevo y trufa?, ¿de huevo, aceite y almendras?-, y cada vez que le digo a Miguel que me dé la receta, me responde con su sonrisa picarona y con un “a ti te la voy a decir, ¡ja!”. Lo confieso: me tiene loca con su secreto.
Recuerdo la primera vez que aterrizamos en esa esquina llena de sabor y de tradición, hace ya más de diez años: Una de bravas y dos cervezas, dije yo a aquel chico que se había acercado con cara seria (con el paso de los años, descubrí a un Toni irónico, lleno de chispa, y un experto en tirar las cañas). A esas cañas y a ese platillo de patatas con aquella salsa tan especial y diferente le siguieron varias cervezas más y más tapas hasta que dijimos basta. Vamos, que salimos doblados de allí. Y en seguida me sentí una más en el barrio porque, a ese domingo de prensa y aperitivo, le siguieron un montón de domingos y un montón de sábados y un montón de días de fiesta de guardar. Recuerdo una noche de bravas, cervezas y Mónica Naranjo a todo volumen; recuerdo a un Miguel desatado bailando detrás de la barra; recuerdo un aperitivo “especial” en la calle mi chico y yo; recuerdo a un Toni “bordando chascarrillos” entre risas; recuerdo la tradicional botella verde de sifón para hacer el vermú de toda la vida; recuerdo a la matriarca sentada en una esquina del minúsculo local, observando, disfrutando con el ajetreo del momento; recuerdo las mesas de blanco mármol y los antiguos dispensadores de cerveza y las botellas viejas llenas de polvo y de historias; recuerdo los nervios de Miguel y de Toni cuando los pedidos y las gentes se amontonan en esos pocos metros cuadrados...
Pero lo que más me gusta, lo reconozco, es cuando nos dejamos caer alguna tarde entre semana y la Pubilla está vacía y Miguel y Toni están tranquilos y se acercan y nos enseñan, orgullosos y satisfechos, las noticias que han salido del bar en la prensa o empezamos a hablar de viajes, de libros, de música, o nos contamos chistes y vivencias. En esas tardes tranquilas, con la copa de cerveza en la mano, también aprovecho para pasearme por la bodega que Jesús, el hermano de Miguel, tiene al lado de la Pubilla y llevarme algún vino diferente o varias botellas de ginebra...
Pensándolo bien, quizás el secreto, el verdadero secreto de “La Pubilla del Taulat” no esté en la salsa de las patatas bravas sino en el encanto de los que hacen de este lugar perdido entre la vorágine de Barcelona un auténtico remanso de paz para darnos una tregua y un homenaje...





martes, 25 de septiembre de 2012

FILOFRIKI

Ahora que ya hemos digerido que la Real Academia de la Lengua Española ha aceptado oficialmente términos como 'acojonamiento', 'beisbolero', 'bloguero', 'canalillo', 'chatear', 'cienciología', 'clitoriano', 'culamen', 'euscaldún', 'friki', 'gayumbos', 'minicadena', 'ochomil', 'okupa', 'papamóvil', 'pepero', 'sms', 'sudoku', 'sociata', 'ugetista' o 'usb', voy a proponer a los ilustres academicistas un nuevo término, o mejor, una nueva acepción: FILOFRIKI.
Dicho vocablo surgió durante un delicioso atardecer de verano, en un bello rincón de la Costa Brava, en compañía de mi familia y alguien más. Después de un caluroso día de playa, con un sol refulgente que se escondía tras las montañas y una copa de cava en la mano, el marido de mi prima preguntó en voz  alta qué pueblos franceses están más cerca de la frontera, por aquello de decir que también había estado en el país galo. Tienes Perpignan, Llivia, Carcassone, Colliure… ¿Y qué se puede ver en ellos? Cada uno de los allí presentes fue diciendo las gracias de las localidades: que si uno tiene un río muy bonito, que si en el otro está la farmacia más antigua de Europa (y un bar donde he almorzado ostras, caviar y cava, dije yo -no es broma-), que si es un pueblo medieval amurallado, que si tiene una playa preciosa... Y un cementerio muy pequeño donde está la tumba de Machado, rematé yo, ilusionada. ¿¿¿¿¿Yyyyyyy?????, fue lo que oí a mi alrededor además de ver miradas de alucine absoluto y sonrisas condescendientes. Sólo por eso vale la pena ir, dije convencida. ¿Un cementerio?, ¿una tumba? Y ese Machado, ¿cómo es que acabó allí? Después de contarles la historia de los últimos días del poeta, les expliqué que no pocos filólogos habíamos ido allí a recitar sus versos y a comprobar que todavía hay mucha gente que le recuerda y le añora. Las caras de estupefacción se hicieron más elocuentes y las risas más sonoras, a la vez que alguien exclamó "mira que sois raros lo de letras, ¿eh?",“pero, qué friki, por favor”.
Vamos a ver. ¿Acaso no va la gente detrás de un corredor de motos, o de un artista, o de un futbolista, o de un diseñador y se gasta todos los ahorros por estar en las ciudades que ellos pisan? Y nadie dice nada... Pero bueno.
Lejos de amedrentarme o de enojarme con tan osado juicio de valor, les expliqué que, cuando estudiaba filología, me gustaba comprobar in situ los escenarios que salían en las novelas que leía, y que tenía –y sigo teniendo- un amigo al que le chifla hacer eso cuando viaja. De hecho, muchas veces, hemos elegido nuestros destinos de viaje –cada uno por su lado- en función de la última novela que ha caído en nuestras manos. Así, él fue a la Cueva de Montesinos a declamar el “Oh, Belerma; oh, Belerma” de El Quijote; o a Madrid, a recorrer el callejón del Gato del que tanto hablaba Valle Inclán en su Luces de Bohemia.
Yo también he tenido esos momentos de desatada mitomanía literaria: en mi viaje por tierras gaditanas, me emocioné al descubrir la casa donde había nacido y vivido Carlos Murciano, un poeta con aires andalusíes y caminar por las calles que tan bien reflejó en sus versos (aunque también tengo que reconocer que obligué a mi partenaire a ir a Chipiona para ver la tumba de la más grande…); fui a Oviedo, además de para ver a mi buen amigo don Jorge, para pasear por sus callejuelas y plazas, para recrearme en su catedral, sabiendo que desde lo alto de una de las torres podía estar mirándome Fermín de Pas –de paso, me hice una foto con mi estimada Ana Ozores-; fui a Dublín persiguiendo a James Joyce y, a la vez, para comprobar qué tal estaba mi hermana;  recorrí Marruecos siguiendo las huellas de mis adorados Mohamed Xucri, Tahar Ben Jelloun, Fatima Mernissi...; busqué en el cementerio de Père-Lachaise, en París, el último suspiro de Proust, Apollinaire,  Balzac, Cyrano de Bergerac, aunque donde realmente flipé fue ante la tumba de Jim Morrison, cubierta de flores, latas de cerveza, botellas de whisky y vomitadas varias…; disfruté de lo lindo en Alcalá de Henares, en su universidad, escuchando la historia de los gorrones, en la casa de Cervantes y sentada en un banco entre el enjuto hidalgo y el rechoncho Panza (aunque no sé si disfruté más con las cervecitas y las tapas…); y en la casa-museo de Rosalía de Castro, en Padrón, con esos pimientitos, qué ricos; y en el Puerto de Santa María (¡qué buen marisquito, vive Dios!) rememorando los versos de Alberti
¿Y por todo eso mi primo nos estaba llamando friki? No, friki, no, "FILOFRIKI".
Pues, parece ser que actualmente, el mundo está plagado de filofrikis porque, hace un tiempo, se puso de moda ir a Lisboa por Pessoa o por Saramago; a Barcelona, por Mendoza, Marsé, Laforet, Rodoreda; a El Cairo por Naguib Mahfouz;  a Nueva York, por Paul Auster… Los ayuntamientos, no se sabe si para sacar dinerito o para dar a conocer a sus ilustres artistas, elaboraron recorridos auténticamente literarios: la Barcelona del Quijote, el Sur de Juan Ramón Jiménez, la meseta de Machado, el Madrid de Galdós, el París de Vargas Llosa.  ¿Y qué me dicen de lo más reciente, la Barcelona de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, o de La Catedral del Mar, de Falcones? Me juego lo que sea a que pronto sacarán la ruta de El tiempo entre costuras, de María Dueñas. Ya estoy viendo el eslogan: un viaje sentimental y exótico por la España en tiempos del Protectorado y por el norte africano…
¿Qué quieren que les diga? Eso, lo de viajar buscando los escenarios y las cunas de los escritores, ya lo hacíamos nosotros. El problema está en que, cuando contratamos el viaje en una agenda, somos unos viajeros cultos y curiosos y, cuando vamos por nuestra cuenta, sólo somos unos "filofrikis".

domingo, 13 de mayo de 2012

LA VERDAD QUE...

La verdad que hace tiempo que le estoy dando vueltas al tema. La verdad que hace tiempo que lo voy observando. Y la verdad que estoy hasta los mismísimos. La verdad que todo empezó cuando una señora supuestamente famosa (digo lo de supuesta porque en realidad sólo era la mujer del exmarido de una tonadillera, muy buena peluquera, eso sí, pero se había metido -¿o la habían metido?- en el mundo del papel cuché y de la prensa rosa por vía interpuesta. O sea, y para resumir, se había convertido de la noche a la mañana y por enamorarse de un “ex de” en famosilla de tercera mano); bueno, a lo que iba, que pierdo el hilo, todo empezó cuando esta señora se sentó en un programa de cotilleos para someterse a una entrevista de corazón. No miento si digo que a cada una de las preguntas que le hizo el presentador ella empezó respondiendo con un “la verdad que”. Total, ¿cuántas cuestiones le formularon?, ¿veinte?, ¿treinta? Pues veinte o treinta “la verdad que” soltó la señora en un tiempo récord mientras veía la entrevista (sí, lo reconozco, yo también veo de vez en cuando, sólo de vez en cuando estos programas infumables pero un tanto saludables para dejar el encefalograma plano durante unos minutos. Sólo unos minutos porque, cuando empiezan a gritar los tertulianos de turno y a insultarse entre ellos, ya empiezo a tener dolor de encéfalo). “La verdad que mi marido y yo nos queremos muchísimo”, “la verdad que su exmujer y yo nos llevamos fenomenal”, “la verdad que su hija me adora y yo la adoro a ella”, “la verdad que…” ¡Cuánta riqueza de vocabulario!, ¡qué habilidad para responder!, ¡qué manera tan elegante de enlazar las preguntas con las respuestas!, ¡cómo se repite la señora!, ¿es que no sabe decir otra cosa! Tanto es así que yo misma, una servidora, en pijama y con un cuenco de palomitas entre las piernas, empezaba las intervenciones de la famosilla de tercera mano con un sonoro y carcajeante “la verdad que”. Y no debí de ser la única, porque, durante toda la semana siguiente, salió en todos los programas de “zapping”, se comentó en la prensa escrita y se oyó más de un comentario en los programas de radio y en otros de la televisión. La señora en cuestión consiguió su objetivo: ser famosa por méritos propios, convertirse en material de estudio por los miembros de la RAE (Real Academia de la Lengua Española) –y si no fue así, poco le faltaron-, y, lo más importante, ser la creadora de toda una moda lingüística que, poco coña, ha perdurado hasta nuestros días. La verdad que, pasados unos cuantos años, todavía veo en la tele a más de una persona de esas que se consideran famosas que posa glamurosa –menudo ripio me acaba de salir-, interesante e incluso con ciertos aires de culta en la photocall o a la salida de algún que otro evento y, con la alcachofa en los labios, después de oír la pregunta de turno, empieza su intervención con un ya manido, ridículo, repetitivo e irrisorio “la verdad que” como si esas tres palabras (deberían ser cuatro: “la verdad es que”, pero por razones de economía lingüística o por algún otro motivo que va más allá de mi inteligencia comprensiva, han quedado fosilizadas en tres), como si esas tres palabras pronunciadas con una gran sonrisa, una mirada fija en la cámara y una caída de pestañas fueran un mantra, un ritual para deshacerse de los genios malignos que rodean a la prensa rosa, o, sencillamente, otra manera de seducir al personal. La verdad que no lo acabo de entender. Lo peor de todo es que lo que empezó siendo una moda, horrorosa pero, por suerte, efímera, se fue gravando en la mente de las personas –famosas o no-hasta convertirse en un uso lingüístico en toda regla (en serio, señoras y señores de la RAE, yo, de ustedes, empezaría a planteármelo). Deportistas, periodistas, artistas, políticos, todos, ¡absolutamente todos! empiezan a hablar con un “la verdad que”. El otro día, sin ir más lejos, un cantante de renombre, célebre –que no famoso porque esta palabra ya ha perdido su verdadera carga semántica- por sus canciones y también por su labor solidaria, en una entrevista en la radio, pronunció dieciocho veces (las conté) “la verdad que”; al día siguiente, salió por la televisión en uno de esos programas llamados “magazine”, o sea, de todo un poco, y volvió a responder la preguntas del presentador con trece (las conté) “la verdad que”; y, para más inri, en la prensa escrita, en otra entrevista, leí once veces (también las conté) tan magnífica fórmula “la verdad que”. La verdad que la tenemos, la maldita fórmula fosilizada, tan interiorizada, tan asimilada que parece que nadie se dé cuenta de la cantidad de veces que la repiten. Yo debo de ser un bicho raro porque sí, las cuento. Y, además, creo que tengo insertado en mi cabeza un chip detector de “la verdad que” porque enseguida me percato de ello y no me pasa desapercibido. Lo peor de todo no es eso, no es que pierda el hilo de la entrevista o de la conversación del personaje en cuestión porque presto más atención a los “la verdad que” que va soltando de manera reiterada, como auténticas perlas lingüísticas, sino que el protagonista de la velada, que a priori me podía resultar interesante, culto hasta el punto de ser un referente en mi imaginario personal, con dos “la verdad que” que suelte, ya pierde todo su encanto, todo su atractivo, todo su interés y queda desterrado a mi personal cementerio de personajillos y demás monstruos –en el más estricto sentido de la palabra- lingüísticos. (Sí, esto también lo reconozco, me encanta fijarme en la manera de hablar de la gente; no hay nada que me produzca más repulsión que un charlatán de feria, un demagogo, uno que hable mucho y no diga nada, y que, encima, la vaya dando patadas al diccionario. Sí, qué le vamos a hacer, no hay nada que me “ponga” más que un buen discurso, bien organizado, bien “hilvanado”, bien construido. Si a eso le añadimos una voz sugerente…) Y la verdad que ustedes me dirán: sí, todo esto está muy bien, pero cada uno tiene su forma de hablar y eso hay que respetarlo. Completamente de acuerdo. No me pregunten por qué, pero, efecto, cada uno de nosotros tiene una particular manera de expresarse. Por la educación recibida, por el entorno en que ha crecido, ahora también por los programas de televisión que ha visto, o por alguna oscura e inescrutable razón, cada uno de nosotros ha interiorizado una serie de coletillas, de fórmulas fijas, de expresiones que ya forman parte de nuestro ADN lingüístico. Yo misma. Si les preguntaran a mis alumnos o a los que integran mi círculo más cercano –y no tan cercano, me atrevería a decir- por mis “comodines” lingüísticos, seguro que le dirían varios. Pero una cosa es tener eso, lo que yo llamo recursos, y otra cosa muy diferente es tener un registro tan limitado que cualquier conversación, cualquier entrevista o cualquier intervención mediática se convierte en una auténtica carrera de obstáculos por parte del oyente o el lector para extraer entre tanto “la verdad que” algo de información, la verdadera esencia de todo discurso. Y todo esto, ¿a qué venía? Pues que, en plena época de exámenes, me encontré con un comentario de texto literario de un alumno que empezaba con “La verdad que”. Me quedé alucinada, completamente paralizada con el boli rojo en la mano. ¿Hasta aquí han llegado? ¿Ya se han metido en las aulas? ¿Cuándo ha sido? Rodeé las tres malditas palabras con varios desaforados e iracundos círculos rojos y una palabra con muchos interrogantes y exclamaciones: ¡¡¡¿¿¿¡¡¡Perdón!!!!???!!! Seguí leyendo el examen pensando que se trataba tan solo de un desliz por parte de la autora del escrito, pero cuál fue mi sorpresa al percatarme de que había empezado todos los párrafos de la misma manera. Llamé a mi alumna para saber por qué había hecho eso: “La gente habla así, todo el mundo lo dice, sale en la tele”. Con esas inocentes palabras, se me apareció la virgen. Lo vi todo claro. “Sale en la tele”. No hay más que decir. Pero yo, cual quijote intentando deshacer entuertos, le respondí: “Mira, cariño (sí, así estamos los profesores, haciendo de solícitos, comprensivos y cariñosos papás para que los niños no se nos desmotiven…), lo primero que tienes que saber es que se dice “la verdad es que”, no “la verdad que”. En segundo lugar, que no todo lo que sale en la tele vale y no todo lo que oyes está dicho correctamente. Tienes que ser más crítica con todo lo que sale en la tele o se publica en internet. Y, en tercer lugar, hay otras maneras más adecuadas y variadas para cohesionar un texto. Busca sinónimos, consulta el listado de conectores que di a principio de curso. ¿Lo entiendes?” Tras la respuesta afirmativa, le di la opción de repetir el ejercicio. Al cabo de unos días, un lunes, la alumna me entregaba satisfecha su comentario de texto corregido. Empezaba con un “Ciertamente” (bien, la niña ha hecho caso a mis indicaciones) y seguía y acababa con varios “ciertamente” a principio de párrafo. Lo leí varias veces y no daba crédito: la niña no ha entendido nada. Desesperada, desmotivada y totalmente impotente ante la situación, puse la tele no para desconectar mi encefalograma sino para ver algo bien hecho, un programa de la 2 o del 33, algo de libros, de historia, de cultura, no sé, algo que no me hiciera perder definitivamente la esperanza en el género humano y su rasgo más exclusivo, el lenguaje. Quien busca halla. ¡Ahá! Un programa literario. Y uno de mis autores favoritos. ¡Qué bien! Sobria puesta en escena, mirada penetrante, atenta a las cuestiones del presentador. Primera pregunta, primera respuesta: “Ciertamente, la novela presenta rasgos del realismo decimonónico…”. Segunda pregunta, segunda respuesta: “Ciertamente, se trata de un narrador testigo que…” Tercera pregunta, tercera respuesta: “Ciertamente,...” Así hasta llegar a la última pregunta y su correspondiente respuesta: “Ciertamente, el lector de hoy en día no es exigente, se conforma con cualquier cosa, habla de cualquier manera y me atrevería a decir que, salvando honrosas excepciones, quedamos muy pocos en eso que llamamos Cultura con mayúscula.” ¡Será cretino! Me sentí completamente desolada: jolines, él era uno de ellos, uno de mis referentes, pero, ciertamente, él solito se ha cavado su propia tumba en mi particular cementerio…

sábado, 14 de abril de 2012

DE MODAS y "MODAS"

¿Saben que es lo que más odio de la llegada del buen tiempo? Los pikis. ¿...? ¡Sí, hombre! Aquellas “fundas” de media de color carne que se ponen muchas mujeres y también algunos hombres en los pies para poder llevar los zapatos sin medias ni calcetines sin problemas de dolores ni rozaduras. Es un gran invento, lo reconozco, porque, efectivamente, gracias a ellos, se evita llegar a casa con los pies sangrando por el talón o con bombollas en el maldito juanete. Sí, señor, chapeau por su inventor. Pero una cosa es utilizarlo para tu comodidad y mantenimiento de tus lindos pies y otra cosa es hacer alarde de ellos trasgrediendo toda norma de estética, pateando el buen gusto; rayando, incluso, la “horterada”. Me explico. No puedo evitar –ni quiero, todo hay que decirlo- sonreír maliciosamente cuando, en una reunión de esas, informal, todo sentados formando un círculo (oseasé, una reunión con tiempo para todo, para escuchar y tomar apuntes, para hacer la lista de la compra, para ir planificando las vacaciones y, también, movidos por la curiosidad humana y el chafardeo más atávico, para otear el panorama pensante y hacer una repasada a modos y maneras de vestir) a principios de la temporada de canícula, cuando se ven los primeros tirantes, las primeras bermudas, las primeras faldillas y las primeras sandalias o mocasines de verano, observo algún espécimen llevando con toda dignidad y orgullo unos cómodos zapatos veraniegos, elegantes, sobrios a la par que informales, y de ellos sobresalen tímida e irreverentemente unos extraños ribetes de un material y un color un tanto impropio y desfasado para la ocasión y la circunstancia. En algunas personas, gracias a los dioses, ese ribete es mínimamente visible, lo que induce a pensar que se ha preocupado para que no se vea y el natural movimiento le ha jugado una mala pasada. Tranquilos, en cuanto se dé cuenta, completamente avergonzado, subsanará el problema en aras del bienestar y el “bienpensar” de los presentes. El problema viene cuando ese ribete sobresale escandalosamente de unos mocasines blancos –el color del verano, no me lo negarán-, beig o, incluso, azul marino y ocupa más superficie carnal de lo debido haciendo de esos pies y de esa horrenda combinación una auténtica apología del mal gusto e, insisto, de la “horterada”. No sabría decir si es por solidaridad de género o porque ya nos hemos acostumbrado a ver tal desafortunado espectáculo en las mujeres; el caso es que entre el sexo femenino, la cuestión parece más aceptable. Incluso cuando esos queridos pikis se alían con unas frescas sandalias o unas recuperadas y actualizadas manoletinas provocando un delirante festival de costuras, pequeñas carreras y arrugas. Lo peor, sin embargo –y corriendo el riesgo de que se me acuse de feminista- viene cuando uno se da cuenta de que el que (atención, estamos hablando de él, no de ella) lleva a cabo tan tamaña empresa lo hace con toda la prestancia de ánimos como si aquella lamentable, irrisoria y antiestética combinación hubiera salido de la última colección de Jean Paul Gautier o de la de Tom Ford. Es entonces cuando se debe apelar a la prudencia y a la contención para no caer en la tentación de soltar una carcajada o comentar con el de al lado, si es de confianza, entre jocoso y compasivo, tal descubrimiento en el caballero sentado justamente en frente de una servidora. Es entonces cuando se echa de menos un manual, como el de los buenos modales en la mesa, que trate cuestiones tan cotidianas, pragmáticas y, aparentemente, tan insignificantes, como el uso y abuso de los pikis. Ya tengo el título de tan necesario capítulo: Pikis: de la horterada a la oculta elegancia (o al revés), ¿qué les parece?
También debería haber otros capítulos. El otro día, sin ir más lejos, en el metro que me lleva a mi abajo, me fijé en una mujer, bien maquillada, con un peinado también perfecto, muy elegante con su traje de chaqueta, falda y americana,... hasta que, con la intención de seguir admirándome con sus zapatos, mi mirada cayó en picado sobre unas espeluznantes marcas en las medias negras, justo en la zona del empeine. Han acertado, se trataba de los redondeles que provoca el talón en las medias debido al uso y al roce, visibles solamente cuando éstas están puestas del revés. Vamos a ver, señora. Muy mona, usted, pero, ¿es que no nos fijamos cuando nos vestimos? Vale que nos levantemos pronto, vale que estemos dormidas, vale que siempre vayamos con prisas pero, por favor, cuando nos pongamos las medias, vigilemos que nos las ponemos correctamente y, si no, como lo haríamos con cualquier otra prenda de vestir, nos las quitamos y nos las volvemos a poner del derecho, ¿no?
Y lo mismo ocurre con las hombreras, esos trozos de almohadilla –ahora un tanto desfasados pero siempre pendientes del hilo de la moda-. Hay que ponérselas correctamente, tanto si están cosidas a la blusa o la americana como si nos las sujetamos con el tirante del sujetador. La cuestión es que queden bien colocadas, simétricas y perfectamente acopladas al hombro. No es por nada. Sólo que, si no es así, una puede parecer contrahecha o ligeramente descompensada...
Y, ¿qué me dicen del pintalabios? Que sirven para eso, para dar color y resaltar los labios. Sólo los labios. No las comisuras, no parte del labio superior –llamado comúnmente bigotillo- ni, por supuesto, los dientes. Porque, la verdad, no sabes qué cara poner ni cómo reprimir la risa cuando te das cuenta, en una animada conversación, de que a tu interlocutora se le ha ido la mano con el Channel Rouge número 10. Ni cómo decirle de manera discreta, sin ofender, que vaya al lavabo y que se mire en el espejo enseñando dientes (como la Pantoja dijo en su día).
Aunque, pensándolo bien, no sé de qué estoy hablando si hoy en día lo que se ve, lo que se tiene que ver es todo, absolutamente todo. ¿Qué más da enseñar los pikis si lo más normal (esta palabrita me lleva de cabeza, ¿en qué consiste, hoy en día, ser normal?) es enseñar el elástico del calzoncillo o de la braga, eso sí, de marca? Sólo falta que a alguien se le ocurra la idea de hacer “pikis” de marca. Entonces sí que será normal, atractivo y moderno enseñar esas dichosas “fundas” de media de color carne con el logotipo y las iniciales de esos dos diseñadores italianos. ¿Se imaginan?
¿Qué más da que la hombrera esté mal puesta si hoy hay que llevar camisetas que muestren el tirante del sostén? Si es que, la que no los enseña no está en la onda. Dentro de poco, ya verán, diseñarán prendas con las almohadillas por fuera y, entonces, se acabará el problema...
Y respecto al pintalabios, ídem de ídem. Si ya hay una tendencia estética que ensalza los ojos completamente negros de khol, con mucho eyeliner y kilos de rimel en las pestañas, como si te hubieras maquillado mal –por exceso- o te hubieras desmaquillado todavía peor –por defecto-, pronto llegará la moda de cubrirte toda la boca, labios, comisuras y dientes incluidos, con pintalabios. Hará furor. Si no, al tiempo. Lo malo será cuando nos quieran imponer el total maquillaje con gloss, de esos que te dejan los labios muy brillantes, sí, pero tremendamente “enganchosos”. Toda la boca, los labios, el bigotillo, los dientes, todo cubierto con esa especie de resina que nos impedirá hablar, sonreír, comer con normalidad porque tendremos que ir, para evitar pegarnos, como auténticas muñecas hinchables...