sábado, 23 de marzo de 2013

MALTA Y YO

Tierra extraña,
isla que me acoge,
idioma imposible,
mezcla que embruja:
árabe, inglés e italiano.

¿Qué hago yo aquí?

Autobuses amarillos,
infraestructura precomunitaria,
acantilados vertiginosos.
Mdina, realmente,
la ciudad del silencio

Difíciles momentos de soledad.

Paseos nocturnos después de cenar,
la luna como confidente,
bus 45 Cirkewwa-La Valletta,
hilo musical de las cigarras,
un gato maltés se cuela en mi habitación de hotel,
la sonrisa del camarero al ver mi firma,
la iglesia de Mosta, una maravillosa sorpresa.

Comunicación SMS London-Malta

La Almendra, la evasión;
ciruelas en La Valletta,
Dingli Cliff,
templos de Ggantija,
mi bikini de color fresa que me encanta,
La Ventana Azul de Gozo,
Gozo-Murano, la rivalidad hecha cristal,
la cruz de cuatro brazos y ocho puntas,
la fertilidad del arte, la Venus de Malta,
pocas mujeres solas.

Alguna que otra lágrima

Barbacoas nocturnas de fin de semana;
yo, la mujer de blanco casi siempre.

¿Tranquilidad?

El constante recuerdo de alguien.

Olivos y vides,
mi padre que me acaba de llamar,
piedra calcárea,
La canción de Dorotea, más evasión;
Marta y Emma que me dejan felizmente exhaustas,
regalos para todos,
La degollación de Caravaggio,
karrozin por tierra,
dghajsa por mar,
los famosos caballeros,
donde Ulises no sucumbió
a los encantos de Calipso,
increíbles fachadas de tradición inglesa,
crucigramas para matar el tiempo,
muchas iglesias dominando el paisaje,
casas “bautizadas”, ¡me encanta!,
devoción por la Virgen y los santos.
Y Penélope esperando...

La Laguna Azul,
Gozo, Comino, Cominoto y Filfla,
San Pablo que naufraga,
mi madre con sus hermanas;
mis hermanas, con sus familias;
y yo, entre calas,
calas hermosísimas,
azul
verde
más azul.

Alma en espera
(en algún sitio leí que
“la espera es el óxido del alma”)

U2 en goleta.
Azul,
¡qué azul!

¿Dónde estará mi compañero de viajes?
¿Dónde estará mi compañero de viaje?

Mil preguntas
y una ramita de olivo...

viernes, 15 de marzo de 2013

ADIÓS



Hoy pensaba escribir sobre los hombres, sobre sus particularidades como género humano, sobre sus manías, sus miedos mal disimulados y sus paranoias peor gestionadas. Hoy pensaba reírme con ellos (no de ellos, no, ¡eso nunca...!). Hoy pensaba reír mientras escribía, pero... hoy se me ha roto el alma.
¿Se acuerdan de esa letra sevillana que decía “Algo se muere en el alma cuando un amigo se va”?
Se me ha muerto un amigo y, sí, algo se está muriendo en el alma.
Se me ha ido un amigo y, con él, se ha ido parte de mí, la que viví con él.
Se me ha ido un amigo y, contigo, amigo, se ha ido nuestra historia, una historia que empezó allá por 1998 (Dios, cómo pasa el tiempo), cuando nos conocimos en el instituto de Llavaneres y, sin darnos cuenta, sin saber ni cómo ni por qué, empezamos a compartir pizzas y esperanzas.
Se han ido esas comidas a medias en las que, poco a poco, muy poco a poco, nos fuimos conociendo: yo, urbanita de pro, pija, amorrada a un tubo de escape; tú, para qué vamos a engañarnos, más de campo que las amapolas. Yo, de letras puras; tú, de ciencias puras. Yo, extrovertida; tú, tímido como una cosa mala. Yo, bajita, rechoncha y morena; tú, alto, delgado y rubio. ¿Qué podíamos tener en común? Nada. Sin embargo...
Se han ido esas conversaciones, íntimas, casi confidencias, casi secretos. Tú me hablabas de tus excursiones y de tus proyectos. Yo te hablaba de mis letras y de mis sueños. Tú me hablabas de animalitos y plantas. Yo te escuchaba y aprendía. Tú me hablabas de tus quiero pero no puedo; yo te daba la paliza con miks amores y desamores. Y no dejábamos de mirarnos.
Se ha ido aquella cena de codornices con pétalos de rosas, en la terraza de Encarna, ¿te acuerdas?, emulando el sensual capítulo de Como agua para chocolate, esperando ansiosos los eróticos efectos de tan curiosa combinación. Nada de nada. Pero las risas que nos echamos bien valieron aquel intento culinario.  
Se han ido esas noches de baile y ese bañito en la playa a la luz de la luna. 
Se han ido esas sesiones de cine, esos encuentros literarios en los que el arte, la cultura y la gastronomía formaban un todo compacto: letras, música, buena comida, buena bebida y tu sonrisa. Sin fisuras.
Se han ido esas palabras de admiración hacia la montaña (una de tus pasiones), esas palabras de excitación y de riesgo (cuando me dijiste que te ibas a no sé qué coño de montaña en la zona de Cashmire, en la India, en pleno conflicto político. Te lo confieso: estuve preocupada hasta que volviste. Pero nunca te lo dije), esas palabras de huida cuando me dijiste que te ibas a la Patagonia a cuidar tortugas (¿o eran focas?) y me preguntaste si quería acompañarte... (le digo yo a mi jefe que me pido una excedencia para ir a cuidar focas y me hace fimar el finiquito ya)
Se han ido esos paisajes que tanto buscabas y que, de vez en cuando, encontrabas. Se han ido esas imágenes que captabas a través de tu objetivo. ¿Y tus objetivos? ¿Dónde se fueron tus objetivos?


Del Pirineu al mar de Eloi Figueras Trouwborst de Mataró (Barcelona)
Lugar: Cim del Costabona
Descripción: El mar al Golf de Roses des del Costabona

Se han ido esas paellas marineras en Can Margarit de Mataró. Cómo disfrutábamos. Cómo degustábamos la comida, el pan con tomate, la ensalada. Nos conformábamos con muy poco y cuánto bien nos hacía. Cómo reíamos (especialmente, después de una botella de vino turbio) cuando venía el dueño porque te confundía con alguien conocido. Desde que tú me enseñaste ese rincón casi a la orilla del mar, tengo que decir que, en plena canícula, mi santo (que coincide con el santo y el cumpleaños de mi madre) lo celebramos siempre allí. Y cada vez que voy, te busco.
Se han ido la ilusión y la sorpresa que sentí al verte en la fiesta de mi cuarenta aniversario.
Se han ido esos paseos por Mataró durante Les Santes.
Se han ido aquellos encuentros en Barcelona en los que hablábamos de sueños y esperanzas.
Se han ido esos detalles nuestros, solo nuestros: aquellos largos en la piscina, en pleno invierno (qué vergüenza pasé ante ti); aquella rosa que jamás me regalaste; aquella comidita en tu casa; aquel abrazo; aquel mordisco de pizza de albahaca... ¡Qué fácil era agarrarse a ellos para seguir sonriendo! ¡Qué sencillo resultaba dejarse llevar por ellos para seguir viviendo! Pero tú no supiste hacerlo, no pudiste hacerlo....
Se ha ido aquel viaje a Marruecos con tus amigos de la UEC (Unió Excusionista de Catalunya). ¡Dios, qué bien me lo pasé! Recorrimos el país de norte a sur en una camioneta cochambrosa. Se ha ido aquel deambular por tierras morunas a tu lado, en la camioneta a tu lado, en aquellos albergues del Atlas a tu lado, entre risas y mapas. Se han ido los bailes en la casa de Alí el Cojo y los paseos por los zocos. Se han idos esas noches en tienda de campaña rodeadas de bichos (yo, urbanita de pro...) en Souss Massa. Yo, con mi Sansonitte, hecha toda una pija; tú, con tus pantalones estampados y tus calcetines, que ya caminaban solos. Se han ido los tés morunos y las llamadas del almuédano. Marruecos no volverá a ser lo mismo sin ti.
Porque te has ido.
Ya no volveré a ver tu cielo estrellado.
Ya no volveré a disfrutar de tu pequeño huerto.
Ya no volveré a escuchar tu voz leyendo alguno de mis poemas.
Ya no volveré a recibir ninguna postal de tus viajes.
Ya no volveré a recibir ningún correo tuyo preguntándome cómo me va la vida.
Yo ya no volveré a...
Demasiado dolor.
Demasiadas preguntas.
Demasiada tristeza.
“Algo se muere en el alma cuando un amigo se va” y siento mi alma vacía, desolada, llorosa, rota.
 Eloi Figueras Trouwborst
Te has ido, Eloi, amigo, y no te has despedido de mí.
Te has ido y yo me he quedado aquí.
Te has ido y te has llevado un trocito de mi alma. Y me duele lo que queda de ella.
Te has ido y no sé qué sentir. Dime tú qué tengo que sentir:
Tristeza, porque ya no estás.
Alivio, porque ya has dejado de sufrir.
Enfado, porque no has pensado en los que te hemos querido, en los que te hemos acompañado en algún tramo de tu vida.
Rabia, porque no viste todo lo bueno que había cerca de ti: tu familia, tus amigos, tus hobbies, tu trabajo.
Te has ido.
¿Alguien me puede enseñar cómo debo soportar tu ausencia, ahora para siempre? ¿Alguien me puede decir cómo puedo digerir tus silencios, ahora eternos?

jueves, 7 de marzo de 2013

SER MUJER ES...

Madre, esposa, hermana, abuela, amiga, hija, compañera, pareja, maestra, nieta...
Ante todo, personas; en esencia, mujeres.

MUJER, dona, 女人, femme, woman, امرأة, frau, donna.

Desde siempre, hemos asociado a la figura femenina los valores del sacrificio, la abnegación, la renuncia, el sufrimiento, la resignación, y, también, la hemos relacionado con la maternidad, el cariño, la familia, la comprensión, la empatía y la educación, valores que que se han supuesto innatos e inherentes en el hecho de ser mujer.
Sin embargo, los tiempos están cambiando vertiginosamente -ahora, las razones no importan mucho: crisis, nuevas tecnologías, cambio climático, mundo laboral, alimentación, etc.- y parece que los roles, también,
Por eso, es necesario pararse un momento y pensar: Además todo lo que se ha dicho antes, ¿qué más implica ser, hoy, mujer? ¿Qué significa realmente?
Paseando por la calle y observando de cerca los rostros femeninos (rostros llenos de historia y de historias, rostros que hablan del pasado, viven el presente y trabajan el futuro), quizás encontremos la respuesta.
Ser mujer significa ser luchadora porque, ante las injusticias y contra las penurias, las manos y las voces femeninas gritan (algunos lo llaman histeria), denuncian y, ahora más que nunca, se levantan.
Ser mujer significa ser creadora, no solo para dar a luz a los hijos sino también para iluminar los momentos más oscuros y los senderos más difíciles.
Ser mujer significa ser creativa para inventar nuevas formas de pensar, de hacer, de trabajar y de ir por la vida.
Ser mujer significa ser optimista porque es el único camino para no dejarse llevar por la derrota y los malos augurios.
Ser mujer significa ser perseverante (algunos lo llaman obsesión) y no desfallecer nunca en el eterno intento de que las cosas vayan mejor.
Ser mujer es ser valiente para enfrentarse a todo aquello que obstaculiza la búsqueda de la felicidad y de la tranquilidad, para asumir las sorpresas que depara la vida, para romper los moldes.
Ser mujer es ser sabia porque, más allá de la formación que haya podido recibir, una mujer es una auténtica aprendiz de la vida y de la propia experiencia y de sus propios errores, y eso la hace sabia.
Ser mujer significa ser amante: amar de verdad, amar con todas las fuerzas, amar sin condiciones, amar y valorar la familia, los amigos, pero también los pequeños detalles, los buenos momentos, los sueños de futuro, el café a media tarde, un paseo por el barrio.
Ser mujer, hoy, significa...

Ser mujer significa creer que precisamente eso, haber nacido mujer, es lo mejor que nos ha podido pasar en la vida.



sábado, 2 de marzo de 2013

DE LA PASIÓN A LA DES-ESPERANZA (4 sonetos de amor y de desamor)

NIÁGARA

Musa que sin cesar mueres y naces
-un espejismo que nunca me engaña-,
me seduces y dejo que me abraces
mariposa tú con tu tela de araña.

Niágara me haces cuando me deshaces
con tu lengua de fuego en mis entrañas;
inútil, intento seguir mis cauces
sin parecer ante mí una extraña:

beata, te adoro; beoda, te anhelo.
Mente y cuerpo, víctimas del seísmo
que se produce con tu primer beso.

Un solo símbolo, una duda, un secreto.
Me precipito en tus negros abismos
y me dejo llevar por el deseo.



ESE INFINITA

Oteo el horizonte, ese infinita,
desde un rincón de este finito mar;
cual sirena, acelero el navegar
venciendo olas de hilo sin cuita.

Beso la playa que a volver invita,
pruebo la sal que me hace vibrar,
descubro tesoros de jade y ámbar
y dejo en la arena mi voz escrita.

Exhausta, sigo las rutas del viento,
recorro los nemorosos perfiles
y mi boca se desnuda de aliento.

Letra sinuosa cuando -en el intento-
yo, amasijo de miembros serviles,
aspiro a traducir un sentimiento.


PUZZLE

Dudas, como cristales, del ayer
se clavan en heridas que supuran;
culpas que agudizan la ruptura
y crean excusas para volver.

Inseguridad que, sin pretender,
me empujan a una soledad futura;
temores que desmontan mi estructura
y eclipsan cualquier atisbo de placer:

Son piezas sueltas de este corazón
roto, débil y desesperanzado,
con el tiempo como solo aliado.

Busco en los recuerdos una razón,
ensayo una sonrisa ante mi hado
y espero, serena, lo inesperado.




CRONOS

Buen ungüento que sana la herida,
salvaje eco que acalla voces,
suave espuma que amortigua los roces,
sombra que pasa desapercibida.

Dios amante que, por fiel, se descuida,
piedra molar que no afila las hoces,
granos de arena que caen veloces,
azogue deslizante de esta vida.

Oh, titán, hijo pequeño de Urano,
descendiente de la maternal Gea,
devorador insaciable y ufano,

equino y esquivo esposo de Rea:
cógeme, no me sueltes de tu mano,
haz que este único viaje feliz sea.

sábado, 23 de febrero de 2013

EL AMANTE

(Dicen que es)
Frágil,
misteriosa
y sensual
como una mujer.

(Pero yo creo que tiene)
Esencia masculina,
poderosa,
arrogante,
fuerte,
orgullosa.

Se presenta ante mí
como un amante.

Me va envolviendo poco a poco
como sus ancestrales alfombras
bordadas de historias y secretos.


Me va seduciendo
con los aromas,
los colores,
los sabores...

Me va embaucando
y va desnudando mi alma.
Se me ofrece,
generoso,
paciente,
seguro de su encanto.

Y yo me dejo llevar...

Cada rincón
–desde la Gruta de Hércules en Tánger
hasta las Murallas de Tiznit,
desde el puerto de Essaouira
hasta el albergue de Alí el Cojo en Erg Chebbi-,
es una caricia nueva.



Cada instante con sus gentes
es una mirada nueva.

Y cada vivencia,
un beso:
cada rosa de El-Kelaa M’Gouna,
un sorbo de sha’i bi nana,
cada paseo azul por Chefchauen,
cada zumo de naranja en la Jama’ el-Fna’,
una gota de aceite de argán,
un baile en el desierto de Merzouga,
cada Aid al-Kabir,
cada palabra que aprendo
es un beso.

Un nuevo beso.

Durante el día,
a plena luz del sol,
es abierto,
sonoro,
alegre;
en la oscuridad,
al caer la noche,
ese beso es
callado,
húmedo
y profundo.
Y me dejo llevar...

Cierro los ojos y oigo
las voces de mi amante:
el rumor de las olas
desde las murallas blancas de Assilah;
el murmullo laberíntico del zoco de Fez;
la llamada del almuédano
en el silencio de cualquier kasbah;
la música de los cafetines
en cualquier callejón;
las risas femeninas
que proceden de las azoteas
salpicadas de la gran luna llena parabólica,
las bromas y las triquiñuelas de los niños
de manos ágiles y miradas negras.

Vuelvo a mi amante esencial,
puro,
genuino
y recorro sus perfiles
con los cinco sentidos
para no olvidar ningún detalle,
para poder aprenderlo de memoria
y evocarlo
y soñarlo
en la distancia.

Y mi amante sigue hablándome
y seduciéndome sin compasión,
convencido de su poder,
seguro de su fuerza,
sabiendo que nunca podrá ser mío completamente,
sabiendo que hace tiempo yo soy suya
porque,
nada más besar su playa,
hace ya más de diez años,
se apoderó de mi alma...

Foto de Pedro Click  http://pedroclick.blogspot.com.es/


domingo, 17 de febrero de 2013

COSAS QUE PUEDES HACER CON 10 KILOS MENOS


En primer lugar, ante todo y sin falsa modestia, siéntete orgullosa del logro. Sí, recreáte en lo que has conseguido porque sólo tú sabes lo que ha supuesto para ti llegar hasta aquí, sin que importe el tiempo invertido. Diez quilos menos, sí. Y sólo tú sabes la cantidad de sacrificios que has hecho para alcanzar la meta. Sólo tú sabes de la constancia, de las renuncias y de la perseverancia. ¿O acaso ya no recuerdas la primera vez que dijiste no a la copa de vino, que rechazaste unas patatas bravas o que pasaste de largo por la estantería de aperitivos del súper?
En segundo lugar, y también sin falsa humildad, recoge con orgullo y agrado todos los piropos que te están diciendo: ¡Pero qué delgada estás!, ¡Qué has hecho!, ¡Estás monísima!, ¡Qué bien te sienta la ropa ahora! No digas que no es para tanto, no digas que no, no te enfades con ellos porque antes no te decían nada, no pienses en que antes estabas como una foca o que ibas hecha un adefesio, no te castigues con tus antiguos quilos de más. Cuando te digan un piropo, sonríe, sonríe, sonríe.
En tercer lugar, ríete al ponerte de nuevo aquellos pantalones enormes y comprobar cómo se deslizan por tus caderas hasta caer rendidos al suelo. Es genial. (pero, insisto, no te flageles pensando ¿¡Cómo podía estar yo tan enorme?!
En cuarto lugar, disfruta embadurnándote de cremas hidratantes, reafirmantes, antiestrías para que tu sacrificio obtenga unos resultados óptimos y para que tu piel no se resienta. Que no te dé pereza. Regálate una buena crema, de textura suave y aroma de azahar o de jazmín, y recréate con ese sensual ritual. (A mí, la verdad, siempre me han gustado las cremas, con quilos y sin quilos. La sorpresa me la llevé cuando a mi médico nutricionista le pregunté por la mejor. Ya que estaba haciendo el sacrificio de la dieta, estaba dispuesta a hacerlo también comprando la mejor crema, la más efectiva; estaba dispuesta a gastarme mi sueldo entero. Ya sé que no se puede hacer publicidad pero, ¿cuál me recomendó sin ningún tipo de duda? La lata azul de Nivea, la lata redonda, la de toda la vida, la que no lleva agua, pura crema, la que cuesta tanto extender -ahí radica su secreto, ahí se escuentra su efectividad-, la que te deja todo el cuerpo grasiento y blanco. ¿Estás segura? Yo pensaba que me recomendaría alguna de doscientos euros, alta cosmética, alta tecnología, con los últimos descubrimientos científicos en el estudio de la piel. Pues eso, ahora mi chico y yo compartimos buenos e íntimos momentos con Nivea: yo, para cuidar mi delicada piel, y él, para cuidar sus cinturones de cuero y sus botas, las de montaña, las de la moto... Y todo, por unos 6 euros la lata formato familiar. Sin comentarios)
En quinto lugar, mírate en un espejo grande, de esos de cuerpo entero, pero mírate desnuda. ¿Qué puedes ver? ¡¡¡¡La línea del bikini!!!! ¡¡¡Síííí!!! ¡Es genial! Esa línea no imaginaria que durante tanto tiempo ha permanecido escondida entre los pliegues de esa prominente y fofa masa llamada barriga -o barrigota, como me dijo una vez mi sobrina pequeña-, esa que no sabías ni que existía porque siempre estaba tapada por las carnes y también por las bragas de cuello alto. Es una sensación indescriptible, de verdad. Ahora falta ir a una buena esteticien para que me haga una buena depilación brasileña...
En sexto lugar, siguiendo con el tema y tú sigues desnuda ante el espejo, ahora agacha la cabeza y ¿qué ves? ¡¡¡Sí!!! Efectivamente, ¡¡puedes verlo!! Antes, sólo podías ver tu barriga, tu ombligo orondo y nada más. Tus carnes te impedían saber qué había debajo de tu masa favorita. Ahora ya sabes qué hay más allá de él. Es estupendo. Incluso, si te apuras un poco, también podrás ver tus pies. 
En séptimo lugar, deshazte ya de las bragas de cuello alto, esas que llegan hasta el sobaco y que dan la impresión de que recogen todos los michelines, esas bragotas quilométricas de color carne (pero, ¿por qué no las harán de colores o con dibujitos para alegrarnos la vida?), que ocupan medio cajón y que dan vergüenza tender; esas que son los más antierótico que te puedes echar a la cara (no nos engañemos, van muy bien, son muy cómodas -esto no lo entenderán las que nacieron delgadas- pero destrempa a cualquier macho que se preste; que me lo digan a mí...). Tengo que confesar que yo no me he deshecho de ellas, les tengo demasiado cariño, han sido mis fieles compañeras y mis cómplices durante mucho tiempo y han aguantado estoicamente mis redondeces y mis carnes fofas sin quejarse y sin romperse. Son geniales. Tengo que confesar también que me he comprado alguna que otra tanga y alguna que otra braguita pequeña, fina y monísima pero, qué quieren que les diga, me siento incómoda, desnuda. Demasiados años: yo ya estoy hecha a las otras, a las de toda la vida.
En octavo lugar, quema aquellos “chalecos antibalas”, aquellos sostenes que parecen de hierro forjado, tan antiestéticos, tan de abuela de pueblo (con todos los respetos a las abuelas de pueblo a las que adoro y admiro), con tirantes y tiras de dos o tres dedos de ancho, con esas copas enormes, duras, rígidas, resistentes, como si estuvieran hechas de acero, que más que sujertarte las tetas, te comprimían medio cuerpo lleno de lorzas ocultando el tan deseado canalillo. Sí, tira esas “armaduras medievales” y regálate uno de esos sexys sujetadores de color fresa, con blonda, semitransparentes, con finos tirantes, tan bonitos que hasta te dan ganas de lucirlos por la calle. (pero, atención, cómpratelos buenos, de los que sujetan, porque ahora las carnes están un poco flácidas...)
En noveno lugar, ya puedes pasearte desnuda o en ropa interior por la casa (yo siempre lo he hecho, con bragas de cuello alto o sin ellas, la verdad. Me encanta. A mi chico, no tanto, porque, aparte de que es muy pudosoro, en casa no tenemos cortinas... Pero ya tengo excusa: entiéndelo, cari, no es que me encante pasear en pelotas por la casa, es que tengo que dejar que la crema se absorba...) y abalanzarte encima de tu hombre (o mujer) sin temor a chafarle y a dejarle sin respiración, sin repetir constantemente ¿¿¿Peso???
En décimo lugar, mírate y admírate, sin miedo, sin vergüenza. Eres tú, sigues siendo tú, quizás con los rasgos más estilizados o más angulosos, con menos tetas y menos curvas. Pero sigues siendo tú, con tu humor y con tus paranoias, intentando sacar punta a todo esto...

¿Y qué más puedes hacer con diez quilos menos?
Pues dar una clase magistral de dietética y nutrición. Tantas semanas yendo al médico nutricionista (porque, esto sí que es importante, no se te ocurra hacer dieta sin la supervisión de un profesional), tantas semanas escuchando lo que puedes o no puedes comer, las combinaciones peligrosas que hacías, las calorías que no pedía tu cuerpo -pero que tú se las dabas tan ricamente-, lo que está permitido o no; qué significa todo eso de las féculas, los carbohidratos; dónde están las vitaminas y las proteínas; que las grasas son necesarias pero que hay que controlarlas; que con los azúcares pasa lo mismo; que el alcohol es puro azúcar, etc., etc., etc., lo que estaba diciendo, tantas semanas recibiendo lecciones de cómo comer bien, sano y equilibrado, me he convertido en una auténtica experta en el tema.
También acabas deleitándote con la verdura, el embutido de pavo, el queso bajo en sal y en grasas. En serio, a mí me encanta. Y lo mejor de todo, cuando lo comes, tu conciencia está la mar de tranquila. Y eso no tiene precio porque disfrutas el doble.
Comprarte esos magníficos tacones por los que has estado suspirando durante tanto tiempo. Vamos, ve a la zapatería y pruébatelos sin miedo a que ya no aguanten tu envergadura. ¿Qué tal? A que te sientan bien, ¿verdad? Y qué bonitas piernas tienes. Y hasta pareces más delgada todavía. ¡¡Qué buen invento este de los taconazos!!
Y ahora, ve a la tienda y pruébate ese vestidito corto. Por fin te entra. Se acabó la tiranía de las tallas grandes, se acabó la ropa ancha, se acabaron los colores oscuros porque estilizan, se acabó el ir a tiendas “especiales” porque en las “normales” no hay más allá de la 40, se acabó el no querer ir de tiendas. ¡Se acabó! Mírate ¡y qué guapa estás! Eso sí que es una experiencia religiosa. Lo demás son tonterías.
Ahora ya puedes pedirle a tu hermana (la delgada, la mona, la tía buena, la que te generó tantos complejos durante tu adolescencia, a la que odiabas tanto porque, cuando conocíais a algún chico, ella siempre era la guapa y tú... la simpática. ¡¡¡Había que joderse!!!) aquella blusa tan bonita o aquel pantalón tan estupendo. (Tengo que reconocer que todavía no me caben pero todo se andará...)
Ahora ya puedes pedirle a tu madre que baje del altillo toda aquella ropa de cuando tenías 18 primaveras... ¡¡¡Pero qué ilusas somos, de verdad!!!
Ahora ya puedes subir las escaleras sin ahogarte, mejor dicho, ahogándote menos, porque ahora no pesarán los quilos pero siguen pensando los años...
Ahora ya puedes pasar frío de verdad, porque, como me dijo mi médico, "claro, si ya te has quitado la capa de grasa, es normal que ahora sientas más frío". Nunca me he sentido uan foca, ni con quilos ni con michelines ni con bigote, pero, al oír aquellas palabras, me sentí más foca, más morsa que nunca. Viva el tacto y la empatía, sí, señor.


¿Y qué no puedo hacer todavía?
Lo siento, lo reconozco -y esta noche me flagelaré buscando la eterna penitencia-, pero lo que todavía no he podido conseguir es dejar de pensar en unas buenas viandas. Sigo salibando ante un buen escaparate de embutidos o una barra repleta de montaditos; sigo deleitándome ante una cazuelita de morros fritos, sigo dándome algún que otro homenaje con las bravas de La Pubilla del Taulat, sigo suspirando por unos huevos fritos y unas buenas patatas fritas, sigo disfrutando como una loca con la mejor cena que me puede hacer mi chico: su tortilla de patatas -insuperable-, un buen jamoncito de bellota, pan con tomate y aceite y un buen Ribera del Duero...
Si dejara de hacer esto, entonces, seguro, ya no sería yo. Y eso sí que no lo puedo permitir, ¿no?

viernes, 8 de febrero de 2013

LA CALIDAD EDUCATIVA. ADOLESCENTE, ¿VÍCTIMA O VERDUGO DE ESTA SOCIEDAD?


De un tiempo a esta parte, quizás debido a los cambios producidos últimamente por la crisis económica (paro, desahucios, recortes salariales, impuestos, recorte en las inversiones, etc.), crisis política (pérdida de horizontes claros y descrédito por parte de nuestros dirigentes vs. desafección y desconfianza por parte de la ciudadanía ), crisis moral (corrupción, hipocresía, ambición, mentiras, etc.); quizás debido al ¿nuevo? papel de los medios de información y comunicación -léase, idiotizar, adocenar, manipular, más que informar y entretener-, quizás a las nuevas maneras de ocio que existen actualmente o quizás, insisto, al ir y venir de las leyes de educación que, al paso que vamos, va a acabar con nuestra paciencia y nuestra confianza en el sistema fin, la realidad de nuestros niños y adolescentes ha ido cambiado, en estos últimos años, especialmente en estos últimos meses, inexorable y considerablemente. Pero esta metamorfosis paulatina no ha sido exclusiva de la figura del joven –sus prioridades, sus pensamientos, sus hobbies- sino también de los grandes conceptos que han acompañado desde siempre al ser humano: sociedad, familia, educación, trabajo, comunicación, religión... Y, como muy bien dijo un día alguien que sabe de modificaciones y “cataclismos”, cualquier cambio supone crisis y cualquier crisis exige un cambio, entendidos estos dos términos como readaptación y/o reestructuración. Y una crisis o un cambio, según cómo sean gestionados y canalizados pueden desembocar en oportunidad y mejora o, contrariamente, en estancamiento y fracaso.
En estas coordenadas actuales, en pleno siglo XXI, se encuentra el ADOLESCENTE y de todos es sabido que, por su naturaleza y sus circunstancias, se ve poderosamente influenciado por tres elementos claramente diferenciados y en constante evolución: FAMILIA, ESCUELA y ENTORNO (o lo que se conoce de una manera más difusa y vaga con el nombre de SOCIEDAD) y no precisamente en este orden de importancia. Paradójicamente, estos tres ámbitos constituyen, en mayor o menor medida, causa activa de las reacciones y de los cambios propios de la época adolescente pero también “sufridores” pasivos de su comportamiento. 
En primer lugar, quizás porque es donde el joven pasa la mayor parte del día durante nueve meses, se encuentra la escuela, único lugar y entorno en el cual –parece ser- se deben inculcar y desarrollar los valores que hagan de esta “personita” un hombre o una mujer de provecho, de futuro y con futuro, así como garante exclusivo de su formación integral. Pero, ¿qué está ocurriendo allí? 
Para responder esta pregunta, habría que empezar por los cimientos: la ley o las leyes. Ciertamente, no es la única responsable de esta situación que se está viviendo de un tiempo a esta parte, pero sí se puede afirmar que ha influido notablemente en el desarrollo de los “acontecimientos” para llegar a este punto ¿sin retorno? ¿Qué se puede esperar de un sistema educativo que está deviniendo constante moneda de cambio en los programas electorales de partidos políticos cuya permanencia en la Moncloa es su máxima aspiración? ¿Cómo es posible que, teniendo en cuenta que los principales “sufridores” de este sistema han de forjar el futuro de nuestro país, todavía nadie se haya percatado de la importancia y del beneficio que supondría la existencia de unas leyes consensuadas y pensadas siempre en aras del crecimiento y del desarrollo intelectual, emocional y físico del niño y del adolescente; unas leyes trabajadas desde el mismo terreno de juego –si se me permite el argot futbolístico- por hombres y mujeres que conocen de primera mano la realidad de las aulas, de los pasillos, de los lugares de recreo y, también, de la calle? ¿Cómo es posible que nos hagan “comulgar” con (y aplicar) unas leyes utópicas, con unos recursos materiales y humanos –en definitiva, con unos recursos económicos, porque, no nos vamos a engañar, parece ser que todo se reduce a eso, a una simple cuestión pecuniaria- inasumibles (por ser escasos para llevar a cabo la práctica docente con un mínimo de profesionalidad y eficacia) o inalcanzables (por ser desmesurados y, por consiguiente, irreales); una leyes dictadas desde unos despachos por hombres y mujeres que dejaron el colegio hace mucho tiempo, sin contar con la opinión, el criterio y la experiencia de maestros y profesores, psicopedagogos y padres, sin escuchar -aunque para algunos parezca una osadía- la voz de los alumnos? ¿Cómo se puede entender que nuestros dirigentes todavía no han caído en la cuenta de que, para que la EDUCACIÓN vuelva a ser un pilar fundamental en nuestra sociedad y obtenga los resultados que se esperan, tiene que estar valorada y dignificada y que eso sólo se podrá conseguir con una política educacional estable, que vaya más allá de los colores y las ideologías, que tenga como principal objetivo la formación integral del niño y del adolescente y no el desprestigio y la humillación del partido de la oposición y aspirante al poder? 
Por si esto fuera poco, este baile de leyes (Pongamos desde la EGB, el BUP y el COU, hemos sufrido la LOECE, la LOGSE, la LOCE, la LOE, y ya estamos sufriendo las precuelas de la LOMCE...) poco han favorecido (ni favorecen) la labor docente y la tarea de cualquier estudiante que se precie como tal. El clásico “enseñar deleitando”, que tanto se defendía antaño, dio paso al método “la letra con la sangre entra” y, en los últimos años, se fue tergiversando y viciando hasta convertirse en “divertir y, si aprenden algo, mejor...” Aquel sistema, aún vigente y avalado por algunos, defendido y practicado por otros compañeros de profesión y expertos en la materia, sólo ha sembrado la desgana y la desmotivación entre los alumnos y un rechazo absoluto a la llamada “cultura del esfuerzo”, lo que supuestamente defiende la nueva ley: disciplina, constancia, paciencia, afán de superación, método, implicación, estudio, curiosidad, espíritu crítico, humildad y proyección de futuro. Lástima que la quieran imponer coartando la libertad del propio gremio (vamos mal, muy mal). Con este "bailad, malditos, bailad" y con unas expectativas de futuro que pasan por marcharse al extranjero, cada vez hay menos chicos implicados, interesados y concienciados en eso que llamamos formación, investigación y profesionalización (algunos de ellos, incluso, han sido tachados por sus propios compañeros e, incluso, por sus maestros y profesores de “raros”, “especiales”, “amargados”, “pelotas” y, en ciertos casos, han sido convertido en clara diana del tan temido y desgraciadamente conocido bullying –aunque para algunos sea simplemente un hecho puntual...-). Haciendo una mera descripción objetiva de la realidad y quizás resultando un tanto radical y pesimista, lo que predomina actualmente en las aulas de nuestros colegios e institutos son adolescentes carentes de interés por nada, de curiosidad, de ganas de saber, de metas, de ilusiones, de afán de superación por lo que, ante un fracaso –un suspenso- o una negativa, tienen pocas opciones: tirar la toalla y dedicarse a molestar a los compañeros, boicotear la clase y amargar la vida de los profesores o tirar la toalla y practicar el absentismo y convertirse en NINIs, “carne de cañón” poniendo en jaque, en ambos casos, a todo el equipo docente, a los padres y a inspección y provocando, en numerosas ocasiones, una situación de desesperación, impotencia y rabia. 
Ante este panorama, los profesores, además de intentar transmitir unos conocimientos para que nuestros alumnos tengan un mínimo bagaje cultural, nos vemos obligados a inculcarles –contra viento y marea, es decir, contra el sistema, contra los propios alumnos, contra la sociedad, contra los medios de comunicación y, en algunas ocasiones, contra la opinión de los mismos padres - una serie de valores que parecen haber perdido toda razón de ser por considerarse obsoletos e improductivos. No es fácil. No está resultando nada fácil.
Y flaco favor hace la televisión con esos programas –series, reality-shows, concursos, “teleencierros”, talk-shows, etc.- que se han erigido en estandartes de los nuevos valores (yo los llamaría contravalores): dinero fácil, éxito rápido, ocio remunerado, recompensas inmediatas, mínimo esfuerzo, culto al cuerpo, desprecio a la mente y todo un supuesto mundo de glamour y fama –malentendida fama-, al alcance de cualquiera, que atrae a los más jóvenes y los convierte en seres sin criterio, autómatas cuya máxima aspiración en la vida –emulando a sus ídolos- es hacer dinero sin estudiar ni trabajar. A modo de ejemplo, para ilustrar lo dicho anteriormente, si nos fijamos en la “parrilla” televisiva de un día cualquiera, nos damos cuenta de la casi total ausencia de programas atractivos y entretenidos para ojos, oídos y mentes de niños y adolescentes que los animen a leer, a esforzarse, a estudiar, a sacrificarse, que ayuden a desarrollar capacidades y aptitudes como la labor en equipo y el trabajo bien hecho y que potencien cualidades como la empatía, la solidaridad, la eficacia sin que haya por medio un cheque, una portada de revista, una entrevista o unos minutos en lo que parece ser el pasaporte al “estrellato”, los programas “basura”. Por no hablar de los programas informativos, en su mayoría, tendenciosos, partidistas, nada objetivos, meramente especulativos, que responden, ¡cómo no! a una ideología clara y cuya única pretensión es manipular las mentes y los pensamientos de las televidentes. Pensamiento único para hacer de nosotros lo que quieran. No pienso, luego existo (¡Si Descartes levantara la cabeza...!) Pero no es la televisión el único medio de entretenimiento y de información de los jóvenes que, si bien no es nociva en sí misma, se puede afirmar que sí se está utilizando de manera inapropiada. Los videojuegos, en estos últimos años, se han erigido en “los reyes” del ocio y la diversión –junto con el botellón y las drogas, sólo hay que ver las estadísticas y los datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad- y también están provocando en nuestros niños y adolescentes una seria y grave de-formación porque, a pesar de desarrollar habilidades y destrezas psicomotrices, están postergando al “jugador” al ostracismo más absoluto y provocando trastornos adictivos impidiéndole relacionarse con sus iguales con toda normalidad. Y, ¿qué se puede decir de Internet? No cabe duda de que es una buena y potente fuente de información, comunicación y entretenimiento –siempre y cuando se utilice como es debido (y, para ello, son necesarios la reflexión, el espíritu crítico y, obviamente, una serie de conocimientos previos, veraces y serios) y sus contenidos sean tratados con rigurosidad y corrección- pero, si no se gestiona adecuadamente (atendiendo a la edad y las necesidades del “navegante”), puede ocasionar problemas en los más jóvenes además de proporcionar un alud de información que, en vez de aumentar su bagaje cultural, lo único que hace es sumir al consumidor en la desinformación y el desconcierto. (además de todo eso, un dato más: supongo que conocerán la página de elrincondelvago o parecidas que fomentan el plagio. Desde ellas, se puede “bajar”, imprimir y presentar al profesor cualquier trabajo de Primaria, ESO y Bachillerato con sólo cuatro movimientos de “ratón”. ¿Dónde quedaron las tardes de biblioteca, las noches leyendo, redactando y corrigiendo? Sólo le veo una ventaja a esta nueva herramienta: nos obliga, a los profesores y padres, a estar al día en esto de las TIC para que no nos den “gato por liebre”). El WhatsApp, el Facebook, el Twitter y demás redes sociales tampoco favorecen la “cultura del esfuerzo”. Efectivamente, son útiles y beneficiosos si se gestionan y/o se controlan adecuadamente pero no podemos olvidar que estos medios de información, comunicación y diversión constituyen los paradigmas de la inmediatez y la facilidad –por no decir de la mala escritura- (justo todo lo contrario a lo que precisa un buen estudiante o un buen profesional)- y favorecen la creación de una realidad virtual que va cogiendo fuerza y credibilidad por momentos. 
 Y, ante toda esta avalancha de estímulos, ¿quién o quiénes deben actuar cómo gestores de estas “modernas herramientas” y, en última instancia, quién o quiénes deberían ser los auténticos y verdaderos artífices y garantes de la educación de estos niños y adolescentes? Sencillamente, los padres. Esos padres trabajadores, agobiados, esclavos del reloj y las facturas, sin tiempo suficiente para dedicarles a sus hijos (ni paciencia, en muchas ocasiones). Padres que, acuciados por los fantasmas (desgraciadamente, cada vez más cercanos y reales) del paro y de los recortes salariales, fieles seguidores de la sociedad del bienestar o sociedad de consumo -¿existe diferencia?-, pretenden hacer de aquello extraordinario que tuvieron de jóvenes algo cotidiano, “normal” en la vida de sus hijos. Padres que intentan compaginar trabajo, familia, aficiones y amistades sin mucho éxito. Padres que luchan para proporcionar lo mejor, lo más fácil y lo más placentero a sus hijos sin concederles la oportunidad de equivocarse o fracasar. Padres que, en su afán de acallar sus conciencias y, de manera equivocada, inculcar a los hijos las ganas de trabajar y aprender para, en última instancia, aprobar, equiparan un “suficiente” o un título académico con una moto o cualquier otro regalo. Padres que no quieren tener problemas con sus “retoños” y, por ello, no se atreven a decir NO o a infligir un castigo y, cuando lo hacen, se ven incapaces de mantenerlo, entre otras razones porque decir NO al hijo supone decirse NO a uno mismo –es lo que llamamos coherencia, algo que no siempre es fácil de mantener- y castigar al hijo implica castigarse uno mismo –y no siempre estamos dispuesto a sacrificarnos hasta tal punto-. Padres que, por no tener tiempo (ni, a veces, ganas) de dialogar y pactar con sus hijos, imponen su ley o los callan con cualquier bagatela sin permitirles que la obtengan con su propio esfuerzo y, así, aprecien su valor. Padres que, bajo el sincero y lógico deseo “yo lo único que quiero es que mi hijo sea feliz”, los liberan de obligaciones y deberes, de responsabilidades y esfuerzos desautorizando las decisiones de los profesores, desprestigiando, incluso, su labor como co-educadores y haciendo de sus hijos (nuestros alumnos) pequeños e indómitos monstruos. Padres que utilizan el centro escolar como un auténtico parking de sus hijos, que ceden al colegio la responsabilidad, el deber pero también el derecho de educar a sus hijos, pero que, paradójicamente, recriminan cualquier decisión del profesor y contaminan de negatividad e inutilidad el placer de la lectura, la satisfacción del trabajo bien hecho y el gozo de saber por saber aunque ello suponga tiempo, esfuerzo, constancia y su recompensa llegue a largo plazo (si es que llega). 
Y este es el resultado: niños y adolescentes consentidos, insolentes, excesivamente mimados, vagos, provocadores, egoístas, irrespetuosos, incívicos, caprichosos, intolerantes, carentes de límites, con bajo umbral de frustración, prepotentes y muy conscientes de su situación privilegiada: son, y se saben, los nuevos dioses a pesar de mostrarse ante los mayores como víctimas de la sociedad y se aprovechan de ello aunque, en el fondo, anhelen una figura autoritaria, un referente sin fisuras. Pero, aunque nos pese, el problema no se acaba en la ESO y el Bachillerato. Debido a la influencia de los cambios en el sistema educativo obligatorio y postobligatorio y, consecuentemente, a los cambios que se están produciendo últimamente en su concepción y organización, la Universidad tampoco parece que esté viviendo su mejor momento. Los niveles de exigencia y los resultados también han sufrido un descenso considerable y los que consiguen acabar los estudios superiores tampoco pueden garantizar una solvencia conceptual y teórica y una competencia profesional, a pesar de esperar una gran y ascendente carrera laboral y –a modo de ejemplo- pedir, en su primera entrevista de trabajo, como si fuera la cosa más usual del mundo, un gran sueldo, un horario estupendo, vacaciones de 2 meses –como en el colegio y en la universidad- y unas prerrogativas (léase móvil de empresa, coche de empresa, tarjeta de crédito, vales de restaurante) que sólo se consiguen una vez contrastada y demostrada la valía. ¿Cómo se le puede pedir a un joven de veintitantos años que asuma el hecho de que una buena carrera profesional siempre empieza desde abajo, que debe ser humilde con sus pretensiones, que debe ser respetuoso con los jefes, los compañeros y las normas establecidas, que debe demostrar día a día sus capacidades y habilidades, superando -con tesón y su mejor sonrisa- obstáculos y zancadillas y que sólo con esfuerzo, trabajo, constancia, afán de superación, empatía y sacrificio puede forjar una buena y sólida carrera profesional? ¿Cómo se puede pretender todo eso de un joven que no lo ha aprendido e interiorizado a lo largo de su vida como estudiante, bien porque no se lo han enseñado, bien porque no lo ha creído necesario aplicar para la consecución de sus deseos y necesidades, en ambos casos debido a la desidia de padres y docentes? Yendo más allá, ¿cómo podemos confiar en el futuro de nuestro país, en nuestro propio futuro, si depende de ellos, si ellos deben hacer posible ese futuro?

Y, ante este panorama tan desolador y decepcionante, cabría plantearse una cuestión: ¿está todo perdido? La respuesta es NO, un tajante y rotundo NO. No todo está perdido. Afortunadamente, todavía existen personas comprometidas con eso que llamamos EDUCACIÓN: políticos concienciados de que unas leyes bien pensadas, consensuadas y estables constituyen la única vía para que el sistema educativo y su comunidad tengan el lugar que se merecen en nuestra sociedad; profesores formados, bien formados, coherentes, abiertos y convencidos de que una buena formación humana, intelectual y emocional de los niños y adolescentes sólo se consigue con disciplina y paciencia y que es la garantía del futuro del país; padres responsables, valientes, implicados y conscientes de lo que supone educar a un hijo: seriedad, coherencia y mucho amor y, por último, alumnos motivados, curiosos, críticos y sabedores de que el aprendizaje –de conocimientos, de hábitos y actitudes- y el desarrollo de capacidades y aptitudes es el único camino. Este grupo de personas constituyen la esperanza para el presente y el futuro.
¿Juventud en cambio? ¿Juventud en crisis? Puede que sí pero nuestra obligación -como políticos, maestros y profesores, psicólogos, padres y empresarios- es despojar este término de sus connotaciones negativas para convertirlo en un reto y una oportunidad de mejora y progreso. Para ello, sería necesario y urgente dejar de divagar, de imponer, de especular, de teorizar sobre el problema que estamos sufriendo todos. Deberíamos dejar de buscar culpables en este ente abstracto que llamamos sociedad, deberíamos dejar de ir pasando la pelota como si de un partido de tenis se tratara (parece que en eso consiste la política, ¿no? En vez de sacrifico y compromiso, en vez de trabajar conjuntamente por el BIEN COMÚN, un simple partido de tenis, individuo contra individuo, partido contra partido, a ver quién gana el último set). No es cuestión de señalar con el dedo a alguien o a algo y sí de responsabilizarnos para abordar la cuestión desde todos los ámbitos –político, administrativo, familiar, escolar, laboral, psicológico- poniendo nombre propio a sus protagonistas. Como bien dijo un día alguien que sabe de cambios y crisis: Deberíamos dejar de pre-ocuparnos tanto y ocuparnos más.