miércoles, 30 de noviembre de 2011

OTRA DE PELOTAS

Ya he empezado la rehabilitación (por la Seguridad Social). Después de varios meses en lista de espera, por fin he empezado mi tan anhelada y esperanzada rehabilitación. ¡Menudo chasco! Nada de masajitos, nada de reiki, nada de música clásica ni de sesiones extrasensoriales. No. Simplemente, una sala enorme con camillas, taburetes, diversos aparatos de motricidad, barras paralelas y demás artilugios tales como colchonetas, palos, pelotitas de espuma y pelotas medio hinchadas… Un hombre paseando lentamente cogido a una barra, otro tumbado en una camilla abriendo y cerrando las piernas, una mujer subiendo con los dedos una especie de escalerita colgada de la pared, otra dando vueltas a una manivela, otra estrujando la pelotita de espuma, y yo, delante de un espejo que refleja mi contracturada anatomía, diciendo que sí y que no con la cabeza durante media hora. Jamás me había sentido tan boba. ¡Qué deprimente! En fin, todo sea por mis maltrechas cervicales. ¡Ah! Se me olvidaba. Además de los aparatos y de los pacientes, se me ha olvidado mencionar quizás lo más importante: los funcionarios del uniforme blanco. A mí me han designado a un chiquito joven, un pimpollo recién salido de la universidad, con aires de enrollado, y que enseguida me dijo que no me preocupara por nada, que al principio me dolería mucho el cuello pero que, al acabar la rehabilitación (cinco días a la semana durante todo un mes), estaría como nueva. Genial. Lástima que, cuando me daba ánimos y me explicaba los ejercicios, de vez en cuando deslizaba no sin disimulo la mano por la entrepierna y, literalmente, se tocaba las pelotas (no las medio hinchadas, no, literal, las suyas propias que, a juzgar por la vehemencia de sus movimientos, debían de estar a rebosar…).
No sé si les ha pasado alguna vez, eso de estar hablando con alguien del sexo masculino y que ese alguien, como si fuera la cosa más natural del mundo, mientras te va diciendo, se esté tocando (¿rascando?, ¿acariciando?, ¿sopesando?) los huevos. Lo cierto es que se genera una situación muy incómoda porque, sin darte cuenta, tus ojos se dirigen inexorablemente hacia ese punto donde la mano y las partes se están haciendo compañía y no sabes cómo reaccionar. Intentas mirar al sujeto a los ojos, seguir la conversación, responder, estar atenta, pero, mientras intentas dirigir tu mirada hacia otro lado, una fuerza superior te empuja a plantearte una serie de cuestiones de vital importancia: ¿tendrá algo?, ¿será una manía?, ¿le digo algo?, ¿lo hará con todo el mundo?, y la fundamental, ¿no se está dando cuenta de que es asqueroso?
Yo tengo que decir que mi instructor de rehabilitación no es el primero que lo hace delante de mí (y algo me dice, no sé, llámenle intuición femenina o instinto ¿genital?, que no será el último). Algunos de mis amigos, cuando hemos tratado el tema (muy recurrente en las noches de juerga), me han afirmado que no es nada malo, que a veces les pica, que otras veces están mal puestos, que otras les escuece, que otras veces es la pilila la que está mal colocada, otras que es el calzoncillo que les roza, otras… Otro amigo me reconoció que le encantaba echar la siesta con la mano ahí, sobre todo en invierno, es que se está muy calentito, se excusaba el muy... Y más de uno admitió que no se daban cuenta cuando lo hacían y que más una vez la madre o la novia les habían llamado la atención. En definitiva, que parece una práctica habitual eso de tocarse los huevos... Literalmente.
Recuerdo un alumno, que vino nuevo un año, que tenía la mala costumbre de rascarse sus partes. Daba igual que estuviera sentado en la silla escuchando la explicación, que estuviera haciendo un trabajo con los compañeros, que estuviera haciendo cola para quejarse de una nota o que estuviera ante tus propias narices argumentando por qué se merecía más nota. Allí estaba él, con su pantalón de chándal, tocándose los testículos. ¡Qué asco! Ni siquiera la mesa que había entre él y yo amortiguada tremendo panorama. Por delicadeza, educación, o, sencillamente, por vergüenza, no le dije nada, pero, aprovechando que le habían ido mal las notas, convoqué a su madre a una entrevista y le planteé el problema. ¡Ah, sí! Sólo es una manía, se limitó a decir la señora… Aguanté un curso y todavía me acuerdo de la primera y última vez que la llamé la atención. Estábamos en una excursión y, entre todas las actividades que habíamos preparado, tenían que hacer un trabajo en grupo. Junto a mis compañeras, yo me iba paseando entre los chicos por si tenían algún problema, alguna duda y también para comprobar que todos estuvieran trabajando. Al llegar al lugar donde estaba el susodicho, me fijé que, como siempre, se estaba tocando sus partes, pero, para más inri, tenía la mano debajo del pantalón. Lo siento. Sé que no tendría que haberlo dicho pero llevaba todo un curso reprimida. El caso es que, sin pensarlo ni un momento (ni las palabras ni las formas ni quién había delante), le espeté con todas mis fuerzas: ¡¡¡¡¡Quieres hacer el favor de dejar de tocarte los cojones!!!! Silencio absoluto. Enseguida me di cuenta de mi metedura de pata. Ya verás, se lo dirá a su madre, la madre me meterá un pollo, se quejará al director y el director me meterá otro pollo. Ya puedo empezar a enviar currículums. Miré a los chavales. Silencio. Miré a mis colegas. Nada. Creo que todos, igual que yo, estaban esperando una reacción del alumno. Y ésta no tardó en llegar: Pero, profe, si estoy trabajando… Mira, mira, si ya casi he acabado…
Vuelvo a mi instructor de rehabilitación. Mientras hago mis ejercicios, decir que sí con la cabeza, decir que no con la cabeza, levantar los hombros, él deambula por la sala asesorando, animando a los otros pacientes a la vez que, sin miramientos, se rasca de vez en cuando los huevos. Le observo cómo coge los brazos, las manos, la cabeza de los pacientes y les guía con cuidado los movimientos. ¡¡¡Aaaarrrggggg!!! ¡Qué asco! Antención. Se gira. Me mira. Se toca la entrepierna. Me sonríe. Se dirige hacia mí. Se toca los huevos. Vuelve a sonreírme. Está a dos pasos de mí. Vuelve a rascarse las pelotas y, al intentar coger mi cuello con el objetivo de enseñarme cómo tengo que hacer un ejercicio nuevo, muevo la cabeza brusca y rápidamente para impedir que sus manos (que hasta hace escasos segundos estuvieron en contacto con su entrepierna) rocen siquiera un centímetro de mi piel. Total: otra contractura en el cuello.

1 comentario:

  1. yay! tu lectora favorita ha vuelto. Gracias por cambiar el fondo!!!

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