miércoles, 4 de junio de 2014

NOTICIAS DESDE EL ESTRECHO

Noticias de Al-Alam envolviendo todo el cuerpo, calcetines de lana cubriendo los pies, deportivas gastadas con un puma falso mordiendo la arena, vaqueros debajo del pantalón de chándal, dos jerseys, sudadera -también de imitación-, y anorak: Todo el mundo le ha dicho que lo necesitará, que esta noche no le va a sobrar nada. Ni documentación, ni fotos, ni su pulsera de oro: Le han comentado que no lleve nada que lo identifique. Con la incertidumbre mordiéndole la boca del estómago, un frío salado calando sus entrañas y el miedo a punto de deslizarse, húmedo y caliente, entre sus piernas, Hisham cuenta catorce breves y refulgentes circulitos rojos brillando en la noche incipiente en torno a un pequeño y frágil bote con un viejo motor y un nombre que le arranca un gesto entre esperanzador e irónico:قادم. No sabe qué hacer. El silencio -¿nadie va a decir nada o va a seguir escuchando sólo el rumor de las olas?- acrecienta su incomodidad pero la oscuridad, temerosa aliada de la aventura, le ayuda a disimularla. La espera se le está haciendo eterna. Acercándose desde la loma, una luz cada vez más potente y cegadora irrumpe en la playa envuelta en alaridos que ordenan premura y activan todos los resortes de los, hasta ese momento, enmudecidos y paralizados muchachos. Hisham da una última calada y hunde con ímpetu la colilla en la arena antes de embarcar su sueño. Intenta encontrar su sitio en la barca y, subiéndose hasta el cuello la cremallera del anorak, se cerciora de que la bolsa que tiene oculta bajo la ropa todavía sigue ahí: una cuchilla de afeitar, una muestra de colonia para hombre y unos zapatos de cordones (también le han asegurado que, al otro lado, nunca paran a un chico con apariencia aseada). Sonríe amargamente al comprobar que el trozo de bastela sigue intacto.
¿Me ayudas? —le pregunta Wafá cuando lo ve aparecer por detrás del horno público—. He hecho la bastela como a ti te gusta. Esta tarde va a venir todo el mundo…
Dámela —Hisham coge la bandeja y pasa con cuidado la pasta rellena a la pala de madera para introducirla en el horno.
Creo que es bastante grande. Así, te podrás llevar un poco para… —Ve a su hijo tranquilo pero un nudo en la garganta le impide acabar lo que intenta decir, lo que su mente y su corazón, desde que él se lo comunicara, se empeñan en negar.
Imposible, ummí. Sabes que tu bastela es la mejor de todo el pueblo —Hisham se asoma a la boca del horno para comprobar cómo va la cocción. Wafá nunca ha soportado que la viera triste pero, esta vez, no quiere ni puede hacer nada para ocultar su pena—. Qué bien huele ya. ¿Qué le has puesto?
Lo de siempre: cordero, aceitunas, dátiles, cebolla, huevo duro, pimiento y especias. Tu favorita… —A pesar de intentar seguir la conversación, se tortura pensando que ya no hay marcha atrás y allí, en ese rincón del pueblo, cerca de la madrasa y de la mezquita, entre los caminos de tierra y pequeños montones de basura, Wafá, consciente de que quizás pase mucho tiempo antes de que se repitan, apura esos momentos para estar a solas con su hijo.
Gracias, ummí —Wafá se deja abrazar por su hijo notando cómo hunde su juvenil rostro en su melena y aspira por última vez su perfume de almizcla, henna y jazmín—: Me lo llevo conmigo.
Hijo… —Lo aprieta fuerte contra su pecho cubierto de brocado y pasamanería dilatando el adiós mientras un ‘quédate’ y mil deseos de bienaventuranza luchan por salir de su boca.
La bastela ya está —Hisham se separa de ella; no llora, sólo sonríe, y, envuelta en ese silencioso aroma, Wafá siente cómo se hijo ya se está yendo.
Ya no se ve la playa. Noche cerrada. Quince cuerpos hacinados en el destartalado bote se mueven al vaivén de las olas. Hisham intenta mantenerse firme pero ya no sabe cómo poner sus piernas sin molestar a los demás, no sabe cómo combatir el frío y la humedad que ya se han instalado en sus huesos, no sabe cómo no dejarse vencer por el sueño y el cansancio. Sólo el jefe permanece despierto y alerta. Nadie habla. Únicamente se oyen el ruido del motor y el sonido del mar. ¿Qué hora debe ser? Hisham no se atreve a preguntar pero siente que lleva toda la vida navegando. Ya desea ver costa y descansar en tierra firme pero ni siquiera sabe si va a llegar a algún sitio. No sabe nada. Él, que creía saberlo todo –qué iba a hacer, a dónde iba a ir, con quién tenía que tratar-, ahora, en medio de tanta oscura inmensidad, se da cuenta de que no, de que no sabe nada y de que está muerto de miedo, de impotencia y de rabia: Marchar de un país para no sufrir las injusticias, las humillaciones y los chantajes de los omnipresentes guardianes de esa supuesta democracia; abandonar un pueblo para no saberse ridículo y estafado por tantas falsas promesas; romper una familia para no sentirse inútil por no encontrar un trabajo digno; renunciar a una vida para no reconocer que esa vida no ha servido para nada; desear huir y temer llegar… Y parece que nunca llega ese momento. Hisham bosteza y sus tripas piden a gritos un trozo de bastela. Palpa la bolsa oculta lamiéndose los labios resecos y salados pero no quiere compartir con nadie lo único que le queda de su madre. Mira de reojo a sus compañeros de travesía. Sólo sabe que no son del pueblo. Rodeado de gente, se siente más solo que nunca. La oscuridad y la incertidumbre hacen el resto.Alza la mirada y no ve estrellas. Ni siquiera la luna hace acto de presencia en esta travesía tan amarga.
¿Tú crees que allí también se verá? —Sentados en los escalones de un cafetín y con los ojos puestos en el cielo, tres muchachos se imaginan el otro lado del estrecho. La noche es clara y una luna resplandeciente les acompaña en este último encuentro. A sus pies, bolsas negras con regalos que Hisham ha recibido con contenida emoción y tres vasos de cristal decorado con filigranas verdes y doradas llenos de humeante y azucarado té aderezado de desfallecidas hojas de menta fresca.
Pues claro, no digas tonterías. Allí se verá la luna y todo lo demás, igual que sale en la tele —contesta Hisham expectante.
Mi primo, cuando vino este verano, nos contó que todo es como en las series: las calles, los restaurantes, las tiendas, los coches, las fiestas, las chicas… Joder, qué suerte tienes, tío —Hisham bebe un sorbo y se mantiene en silencio. Se siente afortunado, sí, pero en el fondo del vaso no puede evitar ver un poso de abandono y tristeza.
Tú abrígate, ¿eh? En el estrecho siempre hace frío y cuando es poniente… —el muchacho les detalla qué tiene previsto ponerse para llegar sano y salvo y los dos amigos se echan a reír—: Vas a parecer el muñeco ese de Michelin.
Mi primo también nos explicó que allí la apariencia cuenta mucho, que si te ven bien afeitadito y con ropa normal, no te paran por la calle.
Sí, ya lo tengo pensado. El cabrón de Abdullah nos ordenó que, para no tener problemas, bueno, para que él no tuviera problemas, prohibido llevar documentación ni nada que pudiera implicarlo y, sobre todo, hablar con nadie —Hisham va desgranando los entresijos de la aventura mientras va respondiendo a los saludos, los abrazos o los besos de los hombres que entran y salen del cafetín. El pueblo es muy pequeño, todos lo conocen y saben de su sueño. Hisham también sabe que, quizás, no los volverá ver.
María llega acelerada a la base y lo primero que ve es una hilera dorada de cuerpos sin vida extendidos en el suelo. Los cuenta lentamente. Quince. Se acerca a la mesa de la comida y se sirve un café y una magdalena. La llamada la ha despertado y no ha tenido tiempo para desayunar. Siente que, si antes no come algo, no va a poder hacer bien su trabajo. Le pregunta a un compañero qué ha pasado pero sólo oye frases desordenadas e inconexas: oscuridad, los muchachos intentando salir a flote, olas enormes, algunos no sabían nadar, un bote a la deriva, mucho viento, no alcanzaron los salvavidas, gritos, nuestro barco zozobraba, ha sido horroroso… Con el estómago lleno y el ánimo convulso y vacío, María se acerca a los cuerpos para inspeccionarlos. De cuclillas, retira la manta térmica de uno de ellos. “Por Dios, si sólo es un crío”, piensa mientras descifra unos rasgos juveniles en el rostro hinchado. Traga saliva y aprieta los labios. Busca en los bolsillos algún papel u objeto que le permita identificar el cadáver. Nada. Abre el anorak y se da cuenta de un bulto en el pecho. Lo cachea y saca una bolsa negra chorreando de debajo de la sudadera. Se sienta en el suelo y extrae de ella una cuchilla de afeitar, una muestra de colonia con nombre en francés, unos zapatos de cordones y un paquetito envuelto en papel de aluminio…
Joder, droga. Todos son iguales...

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