miércoles, 4 de abril de 2012

LA PLUMA DE DON JULIÁN

Faldilla tableada, de cuadros rojos y grises, corta, por encima de la rodilla; camisa blanca, corbata gris y, cuando era necesario, un jersey de cuello de pico del mismo color. Calcetines grises y zapatos negros. No le acababa de gustar el uniforme, demasiado impersonal, demasiado serio para ella, pero no tenía otro remedio que aceptarlo. Cabello largo recogido en una coleta y un flequillo imposible de domar. Primero de bachillerato. Dieciséis años tiernos y florecientes. Martina estudiaba en un internado. Su padre, diplomático, viajaba constantemente. Su madre, relaciones públicas de una casa de moda, tenía siempre demasiado trabajo para estar pendiente de una hija adolescente. ¿Solución? Aquel internado que alguien recomendó a los Sanfeliu en una cena de finales de mayo. Era lo mejor para todos.
Colegio nuevo en lo alto de la montaña, a unos 30 kilómetros de casa. Compañeras nuevas; sus amigas de siempre se habían quedado en su antiguo colegio, en su lugar de siempre. Habitación nueva: se acabaron la televisión, el equipo de música, el teléfono con linea propia, el lavabo para ella sola y un amplio ropero. Ahora se debería conformar con un dormitorio compartido, un armario para sus vaqueros, alguna camisa y el uniforme, un MP4 y un lavabo comunitario, para unas 20 chicas más. Si quería ver la tele en sus pocos ratos libres, debía hacerlo abajo, en la sala de estar donde no podía elegir programa ni canal, se tenía que aguantar con lo que estaban viendo las demás. Control exhaustivo, uniforme asfixiante, horarios apretados, vigilancia extremada y muy poco tiempo para ella misma durante los cinco días de clase; sólo dos tardes, martes y jueves, de seis a ocho y media, podían bajar al pueblo para comprar, hacer gestiones en el banco o, simplemente, tomar algo en algún bar. Los fines de semana los podían pasar con la familia pero Martina, entre los exámenes y las ocupaciones de sus padres, se veía obligada a pasarlos sola en el internado. Quizás, por ello, porque tenía pocas oportunidades para salir, para ella y alguna que otra chica más aquellas tardes de los martes y jueves constituían una inyección de energía, libertad y desahogo. Aprovechaba para romper la rutina, comprar lo que necesitaba, champú, material escolar, alguna golosina, ir al cine o a la bolera, charlar con sus nuevas amigas y los chicos del pueblo y, especialmente los jueves, ir al banco a recoger el dinero que su padre le transfería religiosamente cada miércoles a una cuenta corriente. Era tanta su ansia y sus ganas de salir de esa cárcel de disciplina y buena educación que, al tocar la campana, a las cinco y media y, sin siquiera cambiarse de ropa, Martina y las demás chicas salían veloces y excitadas de las clases, subían para dejar los libros y cogían el bolso para bajar al pueblo sin demora. Sólo se permitían quitarse la corbata y desabrocharse unos botones de la camisa, entre miradas de complicidad y picardía.
Una avalancha de jovencitas con faldita tableada y camisa blanca inundaba las calles del pueblo. Y los chicos y las gentes del lugar lo sabían y, cada martes y cada jueves, se preparaban para recibirlas. Más de una interna suspiraba por esos días para ver a su romeo de manera clandestina y más de un lugareño se acicalaba, también sólo esos días, para seducir a alguna niña bien con uniforme. Martina no. No tenía ganas de chicos. Bastantes problemas le habían acarreado. El último escarceo amoroso le estaba costando un año, de momento, en aquel precioso lugar rodeado de naturaleza pero, al fin y al cabo, aislado del mundo, de su mundo. Lo tenía claro, no quería líos. Cuantos menos problemas, más desapercibida pasaría. Cuanto más desapercibida, menos quejas y más confianza por parte de sus padres. Sólo así lograría salir de ese internado y volvería a su casa, con sus amigas de siempre y su habitación de siempre.
Pero, no solamente los chicos del pueblo agradecían la presencia de las estudiantes. También, aquéllos que tenían tiendas y negocios esperaban la llegada, cada martes y cada jueves, de las chicas del internado. El dueño de la bolera, los camareros del bar, la taquillera del cine, las dependientas de las tiendas, los empleados del banco, los funcionarios de correos... No solamente las esperaban por lo que se podían gastar las niñas sino también por la alegría y la juventud que conferían a las calles de aquel pueblo perdido entre las montañas.
Así pensaba don Julián, el empleado del banco al que le tocaba trabajar los jueves por la tarde. Con su traje gris, su chaleco, su reloj de cadena, su pajarita de cuadros, sus lentes y su pluma, allí estaba cada día y cada jueves por la tarde, detrás de la ventanilla, atendiendo cortés y eficientemente a los clientes. Serio, trabajador y muy pulido, así era considerado no sólo por todos aquellos que acudían a confiarle sus ahorros o a consultarle alguna duda de tipo financiero sino también por los empleados de la sucursal. No sorprendió que, además de la manida placa de agradecimiento por los veinticinco años de fidelidad a la entidad, sus compañeros de fatiga le regalaran una pluma. Una preciosa pluma de cuerpo de color azabache brillante y plumín y pinza de oro. De considerado diámetro y con porte señorial, la pluma le confería a don Julián todavía más seriedad y profesionalidad a la que demostraba diariamente tras la ventanilla y una elegancia que no coincidía con su mediocre apariencia. Pero, también, sobre todo durante los días después del breve piscolabis de aniversario, aquella pluma se convirtió en motivo de burla y jocosos comentarios por tener un cierto parecido con el miembro masculino. Ruborizado y ligeramente violento, el empleado de la pajarita escondía su timidez detrás de sus gafas de montura oscura y de su bigote perfectamente recortado. A pesar de las bromas un tanto jocosas y subidas de tono, todos valoraban y resaltaban, además de su paciencia y su trabajo bien hecho, su exquisita caligrafía, de trazos oblicuos hechos con aquella pluma que él tanto apreciaba.
Don Julián, como el resto de las gentes, también esperaba la llegada de las niñas, ya no tan niñas, con sus faldillas por encima de la rodilla y sus camisas blancas que anunciaban las formas de esos cuerpecitos jóvenes e inexpertos. Él mismo se sorprendía cuando se quedaba mirando de manera furtiva las líneas del sujetador que se intuían tímidamente bajo la tela blanca o el vuelo de los pliegues de la falda que dejaban asomar unos centímetros más de la piel de esos muslos de carnes duras y firmes. Después de 30 apacibles años casado con doña Elena, la hija del ya caduco director del banco, se sorprendía los jueves por la tarde, después de comer, poniéndose más colonia y más gomina en el pelo e intentando hacer el nudo de su pajarita aún más perfecto. Se violentaba al sentirse nervioso cuando entraban las chicas en el banco, como un vendaval de risas y de frescura, para hacer las gestiones pertinentes y se apostaban, irreverentes e inconscientemente provocadoras -¿quién iba a querer seducir a un hombre como él?- en su ventanilla y se santiguaba después de mirar con disimulo e incipiente deseo, mientras contaba billetes y rellenaba impresos, el triángulo de piel sonrosada que formaba el cuello de la camisa desabrochada, el triángulo cuyo vértice coincidía deliciosamente con el principio del canalillo de aquella adolescente de pelo recogido en una coleta y flequillo rebelde. Sólo necesitaba ese vértice, como una punta de lanza hiriente, para adivinar unos pechos jóvenes, tersos y ávidos de caricias y besos; sólo ese vértice le invitaba a intuir un vientre liso y blanco, un culito juguetón y un coño hambriento de sensaciones nuevas. Y ese pensamiento le erizaba el vello y le levantaba el ánimo... No se atrevía a mirarla a los ojos. Tampoco lo necesitaba. De tantos jueves que se habían visto en el banco, don Julián ya sabía qué tenía que hacer sin mediar más que unas pocas palabras. Unos breves saludos -el suyo, serio y lacónico; el de ella, jovial y distendido- bastaban para que él le diera un impreso y le dejara, cuando no había ningún bolígrafo en el pequeño mostrador, su estimada pluma, ella lo rellenara y lo firmara y, a cambio, él le diera el dinero solicitado. Media vuelta y hasta la semana siguiente. Y, mientras los muslos de Martina jugaban al escondite con la mirada inquieta de don Julián, él acariciaba suavemente su estupenda pluma de oro y azabache.
Se trataba, efectivamente, de pocos minutos, los justos para hacer la transacción. Ni uno más. Pero a don Julián le sabían a gloria. Era el momento que esperaba durante la semana y, sin entender esa reacción, a medida que se acercaba el día, una mezcla de deseo, miedo, excitación y vergüenza recorría todo su cuerpo. Todo. No lo podía comprender. A su edad. Si se enterara doña Elena. Y su jefe, el director del banco, ¿qué pensaría de él? Algún día le pillarían una mirada o un gesto delatador y se acabaría su carrera que tan bien estaba cimentando. Ya, en algunas ocasiones, se había estado acariciando en el lavabo de su casa, nada más llegar del banco. Cariño, ¿te encuentras mal? Incluso, una noche de lluvia, con su mujer dormida, se había corrido imaginándose a ese demonio de chica insinuarse al otro lado de la ventanilla, desabrochándose todavía más la camisa y dejando ver sus pechos redondos y bien formados; imaginándose que, respondiendo a las insinuaciones de la descarada, la cogía por la cintura mientras acariciaba con sus labios esos ávidos y sonrosados pezones; que le metía la lengua en su boca mientras escondía sus manos por debajo de la faldilla y descubría, cada más excitado, la desnudez de su culo y el triangulito del tanga. Como con veinte años menos, soñaba que la levantaba al vuelo y la sentaba en una de las mesas de la oficina; le bajaba el tanga, dejando al descubierto otro triangulito oscuro y cálido, mientras ella le desabrochaba los pantalones y le dejaba desnudo de cintura para abajo. Fóllame, se imaginaba que le decía, fóllame. Y él, sumiso y solícito, se la metía entera, toma, engúlletela con tu coño, mira cómo te estoy follando, toma, toma, toma... Y ella arqueaba la espalda encima de la mesa de la oficina, abierta de piernas, mientras le pedía más y más. Tan modosita que parecía. Dios, cómo le ponía. No sabía bien a qué respondía esos impulsos nuevos. Pero, cuando se arreglaba delante del espejo, inventando una nueva sonrisa sólo para ella, lo reconocía: ¿a quién pretendía engañar? Sabía perfectamente qué sentía y por qué. Lo malo es que, a pesar de lo que ello suponía, le gustaba aquel aluvión de sensaciones ya olvidadas y no quería evitarlas.
Aquel jueves, don Julián volvió a casa, como siempre, a eso de las nueve y veinte de la noche; como siempre, después de cuadrar las cuentas, ni una copita después de trabajar, ni unas risas con los compañeros. Derechito a casa, que doña Elena debía tener la cena preparada. Y, como cada jueves, puré de calabacín, muslitos de pollo y natillas hechas por la suegra. Todavía con la pajarita puesta y el suave recuerdo de la falda corta y el escote un poco más pronunciado, don Julián cenó con su mujer, en silencio, mientras veían el programa de turno. Y, como cada jueves, después de cenar, el pijama, el batín y a seguir viendo la tele junto a su mujer, en silencio. Mientras, en lo alto de la colina, ella estaba haciendo los deberes. Ya había cenado, se había duchado y, en camisón, se había tenido que poner en serio en su pequeño escritorio. Si no acababa esa noche el trabajo, no podría presentárselo a la señorita Lewitt, la de inglés, y tendría problemas con sus padres. Joder. Y ahora se acababa el bolígrafo negro. Una ojeada le sirvió parta darse cuenta de que no tenía más bolígrafos de ese color en el estuche ni en el cubilete de lápices. Empezó a buscar en su mochila y, en el fondo, vio algo que brillaba en la oscuridad. ¿Qué podía ser eso? Buscó a ciegas, guiada por una estela de oro, y don Julián sintió una leve caricia en su polla que le hizo moverse en la butaca. Miró de reojo a su mujer. Nada. Menos mal. Tranquilo, Julián, no te vayas a poner cachondo ahora con este concurso de la tele. ¿De dónde ha salido esta pluma?, ¿de quién será? El aburrido y previsible empleado del banco volvió a experimentar esa sensación placentera y, para él, pecaminosa, y empezó a ponerse nervioso; notaba como si alguien, una mano suave le hubiera cogido la verga y un cierto sofoco le empezaba a recorrer todo el cuerpo. Cariño, ¿por qué no te vas ya a dormir? Tienes cara de cansada... Martina, ante tan imprevisible hallazgo, no se lo pensó dos veces y continuó el trabajo de inglés con esa pluma. Don Julián, solo en el salón, iba sintiendo cada vez más esas caricias, como si alguien invisible se hubiera propuesto hacerle una paja. Notaba unos dedos delicados pero firmes en el tronco de su miembro, lo apretaban, lo movían ligeramente, lo soltaban y lo cogían de nuevo. Y, don Julián, deliciosamente exhausto, ya con los ojos en blanco, sentía cómo, poco a poco, se iba excitando y su polla se iba poniendo cada vez más dura. Y la niña de los Sanfeliu seguía haciendo el maldito trabajito para la señorita Lewitt, escribía unas cuantas líneas, consultaba el diccionario, algunas líneas más, se levantaba para descansar un poco, otras líneas, buscaba información entre sus apuntes de clase y volvía a trazar más líneas con esa desconocida pluma que se habçía encontrado en la mochila... Él, en su casa, en el pueblo, no podía evitar jadear en voz baja. No quería que su mujer se levantara y viera ese panorama, a su querido y formal Julián, con la bata desabrochada, el pantalón medio bajado, las piernas ligeramente abiertas, enseñando todo lo que ella hacía tiempo que no veía y de qué manera. De vez en cuando, abría los ojos y miraba, entre atónito y complaciente, su enorme polla tiesa. Se la cogía, se la tocaba pero su erección no había sido fruto de sus caricias; había sido por otra cosa, pero no sabía de dónde venía. En aquellos momentos, poco le importaba. Martina dudaba entre el simple past o el continuous tense y don Julián empezó a notar la humedad de unos labios carnosos en la punta del rabo, como si de pequeños besos se tratara, mientras se lo cogían fuertemente. Ahora, unos tiernos mordisquitos, cómo le gustaba eso, e imaginaba que esos labios avanzaban más y más a lo largo de su miembro, dejando una estela de calor húmedo por toda su polla. Qué bien se la estaban comiendo, eso, chúpame la polla, tragátela, susurraba a nadie para que su voz se confundiera con la del presentador del concurso, cómeme la polla. Y, cada vez, se iba poniendo más cachondo. Como sigas así, me voy a correr. Hablaba solo. Notaba una lengua jugosa que jugueteaba con su glande. Sólo una vez había sentido eso, hacía muchos años, cuando su tío lo llevó de putas para desvirgarlo. Después de esa iniciática experiencia, se atrevió a pedírselo a su mujer y doña Elena, ofendida y muy puesta en su papel de abnegada esposa, no le habló durante dos semanas. Muchos años después, solo en la penumbra del salón de su casa, con el presentador del concurso como único testigo, don Julián notaba cómo una boca sin rostro y sin cuerpo le estaba comiendo la polla. Sus gemidos iban en aumento y Martina seguía dudando. Con las manos en las ingles, en los muslos, en el vientre, en su miembro, no sabía dónde ponerlas para no interrumpir tanta excitación, don Julián se iba retorciendo de auténtico placer en la butaca del salón. Dios, qué bien me la estás mamando. Martina había ido a la habitación de una compañera a resolver las dudas y, después de un breve instante de tranquilidad, el formal esposo de doña Elena sintió cómo su cipote volvía a quedar atrapado en aquellas desconocidas y transparentes manos. Se lo cogían fuertemente, lo movían, lo dejaban y lo volvían a coger. Como si quisiera guiar a esos misteriosos dedos para rematar una buena faena, don Julián se cogió su polla y arriba y abajo, arriba y abajo. No podía más. Iba a estallar de un momento a otro. Un ruido brusco procedente de la habitación donde dormía plácidamente su mujer le sobresaltó y abrió los ojos. Vio a su niña rebelde ante él; se vio, de nuevo, en el banco, con su pajarita, su impecable chaleco y sus lentes, rellenando papeles; vio cómo aquella chica vestida con la faldita de cuadros y blusa blanca se acercaba, sinuosa y provocativa, a la ventanilla. Mientras se la estaba machacando, se vio cogiendo a la niña del internado y desabrochando poco a poco aquella camisa que tantas veces le obligó a contar de nuevo los billetes. Se imaginó apoyándola en su mostrador y, entre canalla y amante, arrancándole el tanga para follarla por detrás. Ven, guapa, esto es lo que tú quieres, ¿verdad? Soñó que le apretaba las nalgas redondas mientras le iba dando una y otra vez, una y otra vez. Vamos, más. Dame más, la oía gritar. Y su mano seguía deslizándose con vigor por toda la polla mientras Martina escribía su nombre y el curso en la portada del trabajo... Qué culo. Toma, toma. No puedo más, me voy a correr. La niña rebelde, ahora responsable y satisfecha del trabajo buen hecho, guardó el dossier en la cartera y dejó caer aquella preciosa y sólida pluma encima del escritorio. Y un ardiente y anacarado chorro se fue deslizando, pegajoso, por entre los huesudos dedos de don Julián...
Como cada jueves, las chicas del colegio bajaban al pueblo para divertirse un poco, comprar lo necesario y comprobar si sus papás ricos y demasiado ocupados para hacerse cargo de las hijas adolescentes habían hecho la transacción pertinente. Como cada jueves, allí estaba don Julián, esperando ese soplo de aire fresco y juvenil. Como cada jueves, entró ella, con su faldita de cuadros, su camisa blanca y su pelo recogido en una coleta. Perdone, dijo mientras rebuscaba en su bolso. Y don Julián volvió a sentir aquella súbita caricia. Creo que esta pluma es suya. Martina la cogía con decisión en su mano, entre sus dedos. Me la debí llevar sin querer la semana pasada. Y el empleado de mediocre existencia sonrió mientras notaba, de nuevo, aquel mismo calor en la entrepierna y aquella misma excitación misteriosa de hacía una semana. Martina miró la pluma, acarició suavemente el negro azabache, es realmente preciosa, gracias a ella, pude hacer el trabajo de inglés, y jugueteó con ella enredándola en su pelo durante un rato. Don Julián, nervioso y sin saber qué decir y qué hacer, advirtió cómo su polla iba creciendo, otra vez, aprisionada debajo de su pantalón.
Me han puesto un sobresaliente...